¡Hola! Aquí les traigo la segunda parte de este fic. ¡Disfruten! (:


Disclaimer: InuYasha y compañía no me pertenecen, son de la fantabulosa Rumkio Takahashi. De lo contrario, Kikyo nunca hubiera sido revivida.


De noche.

Pareciera que el cielo azul regado por estrellas de la noche se le caería encima. Era increíble como la oscuridad parecía querer abarcar su visión de no ser por la gran luna blanca siempre imponente, posicionada orgullosamente en lo más alto.

La brisa soplaba un poco más fuerte que la última vez que había estado en este claro y agitaba sus cabellos. Aún tenia el cuello resentido por los poderosos "siéntate" que Kagome le había gritado hacía tres días cuando jugaron la carrera hacia la aldea. Desde ese entonces no había podido volver a la pequeña extensión de pasto y flores libre de árboles.

Se relajó, levantó su mirada al cielo y cerró lo ojos, respirando profundamente el aire con aroma a tierra mojada y vegetación. Justo a la tarde había llovido, pero los nubarrones se desplazaron justo a tiempo para dar paso al maravilloso espectáculo que tenía sobre su cabeza.

Por más que haya vivido tantos años respirando el mismo aire y admirando el mismo cielo, nunca iba a dejar de asombrarse. No había vez en que le sea indiferente, ni que el espectáculo sea el mismo.

«Ahora entiendo a Kagome, cuando disfruta de dormir a la intemperie.» Pensó mientras se recostaba en la alcolchonada hierba. «En su época no se pueden ver las estrellas ni el cielo así.» Y volvió a cerrar sus orbes mientras ponía sus manos bajo su cabeza.

Sabía que la pelinegra se estaba acercando, podía olerla de entre los arboles. Sonrió muy disimuladamente cuando percibió en su aroma una mezcla de alegría y tranquilidad. Oía con sus blancas orejas el crujir de las ramas y hojas secas bajo los pasos de ella.

La oyó detenerse y miró en dirección al ruido levantando un poco la cabeza del piso. Su cabello estaba regado hacia un costado.

Cuando Kagome vio a InuYasha, él estaba recostado boca arriba y sus miradas se conectaron casi involuntariamente. El sabía que venía, pero ella no sabía que el estaba ahí.

La miraba con unos ojos que parecían tener brillo propio, a unos cien metros de distancia. Bajó la mirada avergonzada. Odiaba sentir las mariposas revolotear en su estómago con cualquier gesto que InuYasha hacía. Hizo a un lado su vergüenza y le habló:

—Hola, InuYasha.— Dijo con una sutil sonrisa mientras empezaba a caminar, pero él no contestó. —Pensé que estarías en el árbol sagrado.— No oyó respuesta, de nuevo.

Cuando se sintió lo suficientemente cerca, alzó la vista y le enfrentó la mirada. Lo cierto es que el no le había sacado los dorados ojos de encima.

El tiempo se detuvo en ese instante y Kagome se permitió sumergirse en ese oro líquido que en ese momento, en esa noche en particular, era abrasador.

Parpadeó, se sentó junto a él y miró el cielo. Sonrió involuntariamente a la luna que en su época no podía ver por el brillo de las luces artificiales. Las miles de estrellas allá arriba la hipnotizaban.

Hacía una agradable temperatura, ni calor ni frío. Entonces se recostó y estiró las piernas, acariciando con amor el pasto bajo sus manos.

InuYasha la observó de reojo. De no ser por sus cualidades especiales, solo podría apreciar el perfil iluminado por la luz de la luna. Pero como él era un Inu-Hanyou podía ver las pestañas negras que coronaban los ojos que miraban soñadoramente el cielo, los rosados labios formando una sutil sonrisa y el pecho de la sacerdotisa subiendo y bajando al compás de su relajada respiración.

La amaba. Maldición, ¡Cómo la amaba!

Kagome bajó la mirada del cielo y la fijó en la de él. Casi se ahoga de la sorpresa cuando lo pilló mirándola con una expresión en su rostro que jamás había visto.

Como ella era una simple humana, solo podía ver iluminados los angulosos pómulos, la nariz y la boca.

De los ojos ni hablar, por que cuando los vio brillar al llegar al claro le pareció que estaba alucinando, pero ahora podía confirmar que los ojos de InuYasha la miraban con las pupilas dilatadas y el aro dorado brillaba como nunca antes.

—Keh...— Dijo él cortando abruptamente la magia del momento, cerrando fuertemente sus orbes y mirando el cielo. —¿Esto es lo que admiras siempre, kagome?—

Ella sonrió y dejando de mirar el perfil del chico para dedicar su atención a la maravilla del cielo, murmuró:

—Sí, InuYasha...— Suspiró. —No se puede admirar el cielo así en mi época, tú lo has visto.— Cerró sus ojos negando suavemente con la cabeza.

Él no contestó y los dos se sumieron en un cómodo silencio mientras los grillos cantaban y las luciérnagas revoloteaban entre ellos.

En un momento InuYasha se relajó y cerró los ojos colocando de nuevo, las manos bajo su cabeza.

Kagome lo miró de reojo y se acerco un poco más a él poniéndose de costado, en posición fetal. Suspiró.

¿Que idiota que hace a uno el amor, no?

Lo admiró con ojos brillosos y sus mejillas se tiñeron de un lindo rosa. La verdad es que no se pudo explicar de dónde sacó el valor para tomar de nuevo, como hacía unos días, un mechón del plateado cabello y respirar su aroma.

InuYasha no era ningún tonto, sabía bien que Kagome se había acercado y también que había tomado su cabello. Tampoco pudo responderse el por qué estaba dejando que ella estuviera tan cerca y encima lo estuviera acariciando. Sentía como deslizaba sus dedos por las hebras con un amor infinito.

Sinceramente esas acciones le resultaban extrañas, por que nunca nadie antes había buscado su compañía y mucho menos había querido tocarlo cariñosamente, excepto su madre.

Sus sentimientos hacia la pelinegra eran claros, pero a pesar de haber pasado cincuenta años sellado y clavado en un árbol, seguía siendo un inmaduro adolescente. Increíblemente valiente como para arriesgar su vida en una batalla, pero muy inseguro para los asuntos del corazón.

«Se siente tan bien tenerla cerca..» Pensó mientras sentía sus mejillas sonrojarse. «Me pregunto si..» Se odió y reprodujo todas las maldiciones que conocía mentalmente cuando se dio cuenta que su brazo parecía tener vida propia y se dirigía a la cintura de Kagome.

La pelinegra había empezado a trenzar la pequeña porción de cabellos entre sus dedos temblorosos de vergüenza. Disfrutaba mucho en ese momento de que él le permitiera estar tan cerca, tan... tranquilamente.

Dio un respingo y de su boca escapó un pequeño chillido de sorpresa cuando sintió la mano del hanyou posarse en su baja espalda y atraerla hacia él. Estaba tan concentrada en peinar el dichoso pelo que no había visto como InuYasha levantó el brazo y lo acercó a ella. Automáticamente se tapó la cara roja de vergüenza.

Kagome -Curiosamente- conservaba el buen humor de hacía tres días. Justo el día anterior se había escapado de las garras de InuYasha para poder ir a su época y concurrir a la escuela. Sus amigas la atosigaron con preguntas sobre su salud y un interrogatorio con respecto a su "novio rebelde". Intentó desviarlas del tema muy sutilmente, pero ellas como insistentes amigas, no quisieron que Kagome siguiera esperando un milagro con respecto a InuYasha.

|*-Flash Back-*|

—Vamos Kagome, tienes que tomar la iniciativa.— Dijo Ayumi.

—Es verdad, por que tal vez, todo lo que necesita él es un empujoncito.— Comentó Eri.

Y Yuka asintiendo gravemente con la cabeza, respiró hondo y levantó su dedo índice, señalándola con el ceño fruncido. —Kagome, escucha bien.—

La pobre de Kagome sentía el sudor frío aflorar en su espalda, producto del miedo que le producía pensar QUE disparatada idea le diría su amiga. Pero ocultó todo eso asintiendo seriamente y clavando su mirada en la de la chica con decisión en su rostro.

—Lo que tienes que hacer es...—

Los pájaros que estaban en los árboles aledaños a la escuela salieron disparados en busca de un nuevo refugio cuando se oyó el grito de impresión y vergüenza de la pelinegra.

|*-Flash Back-*|

Al principio la idea de Yuka se le antojó de lo mas descabellada, pero conforme pudo pensarlo mejor al llegar a el templo, se dijo que no perdería nada con al menos intentarlo... claro, si los nervios y la timidez se lo permitían.

¿Vieron cuando las palabras salen de la boca antes de pensarlas? Bueno, eso mismo le pasó a Kagome.

—¡Mira!— Exclamó ella señalando sobre InuYasha hacia entre los árboles, a la izquierda del chico. —¡Es un gato de cinco patas!—

InuYasha sólo por el hecho de escuchar una exclamación miró hacia donde ella le señalaba, pero frunció el ceño cuando no vio nada y giró la cabeza hacia la chica para cuestionarle sobre qué leches había sido eso.

Justo en ese momento Kagome se armó de valor y maldiciendo mentalmente a Yuka por sus ideas y a ella por seguirle la corriente, se interpuso en el trayecto del rostro del hanyou, quedando así sus labios unidos en un contacto de lo más delicado.

Su corazón se aceleró y cerró sus ojos café. Lo que no se esperó fue la reacción de InuYasha. Luego de unos segundos de inactividad que parecieron horas, como un acto involuntario la mano que estaba en la baja espalda ejerció mas presión y la estrechó contra su cuerpo.

Ahora en la oscuridad de la noche que los cobijaba, casi no se notaba cuándo empezaba un cuerpo y cuándo terminaba el otro.

Ella recargó una mano en el musculoso y bien fornido pecho, mientras que su otra mano se dirigió a la mejilla, presionando más los masculinos labios con los suyos. Entreabrió un poco la boca para poder atrapar el labio inferior entre los suyos y que así comenzara una batalla por ver quién tenía las riendas del beso, que a medida que pasaban los segundos se volvía cada vez más pasional, entrando en juego las inexpertas lenguas ansiosas de conocerse. Se separaron cuando sus pulmones clamaron por aire.

InuYahsa se sonrojó furiosamente, compitiendo con el rojo de su haori. No podía creer lo fogoso que había sido el beso que Kagome le había dado. ¡Llevaba tanto tiempo ansiando probar la boca de ella y al fin lo había hecho!. Se prometió que no pasaría mucho tiempo antes de volver a besarla.

Pero su timidez había sido demasiado para él y de un solo movimiento, despegó la mano femenina de su pecho, beso -contra su vergüenza- fugazmente los labios rosados y saltó como nunca antes, al árbol más cercano, maldiciendo para sí.

Kagome miró hacia la oscuridad, donde la mancha roja había desaparecido y sonrió. Sabía perfectamente que InuYasha jamás le declararía abiertamente sus sentimientos, pero ese beso fue una especie de trampa: Si no le correspondía, entonces tristemente entendería que él no compartía sus sentimientos. Y a decir verdad eso había esperado. Pero cuando InuYasha la pegó hacia él, no le importó nada más y disfrutó del beso como si eso fuera lo mejor en el mundo. Por que lo era.

Una risita escapó de sus labios y miró hacia la luna, que lo había observado todo. Por que en su época no podía admirarla así. Y nada se compara a contemplar a la persona que amas bajo la plateada luz. O admirar tus ojos preferidos un soleado día de primavera.

O siquiera a disfrutar de un cómodo silencio lleno de conversaciones calladas que los ojos sostienen, rodeados por el susurro del viento acariciando la hierva.


Y acá se termina este capítulo. (:

Antes que nada quería agradecer a Astraid´Taisho, Serena tsukino chiba y roque85 por sus lindos comentarios y a todos aquellos que pusieron este mini-fic en alertas y favoritos.

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¡Saludos desde Argentina!