.— Hokage desk—.
Advertenicas:
Como todos los one-shots de éste fic, también contiene smut.
E igualmente, sus personajes pertenecen a su creador.
Todos en el mundo poseían un secreto. O dos. O quizás más de cinco incluso. Y todos eran preciados. Fueran para bien o para mal. Nadie se libraba de ello. Ni siquiera el bebé que escondía el chupete bajo la almohada adrede para que su madre se volviera loca buscándolo.
Y el nuevo Hokage era uno de ellos. El que más, si se pensaba bien. Cargar con un país sobre sus hombros conllevaba a que existieran secretos que era mejor nunca rebelar a sus queridos ciudadanos.
Pero esos secretos, eran los que menos le preocupaban al Hokage. O le hacían disfrutar.
Uno de ellos era la ingesta de Ramen que hacía a escondidas de su adorada mujer. Si Hinata llegara a enterarse de ello (aunque muchos sospechaban que Hinata era demasiado consentida con Naruto y fingía no percatarse del hecho), seguramente le caerían muchas raciones de verduras que devorar al día. Y él las odiaba. Claro que esto no era un secreto.
Otro secreto sería el muñeco que tenía escondido en el armario para el próximo aniversario de bodas. O el hecho de que haya escondido de Shikamaru que Sai se había llevado de estraperlo información acerca de su compañera de equipo, pues Shikamaru era como el padre al que Sai tendría que pedirle consejo sin intentaba cortejar de más a la rubia.
Pero el mayor secreto que poseía el Hokage, junto a muchos otros, tenía que ver, una vez más, con su esposa. Probablemente Hinata lo matara si ese secreto saliera a la luz. Y no era para menos. Aunque él también tenía que guardar el secreto de que, tras la primera vez, le había gustado tanto que no podía negarse a hacerlo.
Todo había comenzado unos meses atrás, cuando él recién se había sentado tras su enorme escritorio de Hokage, frente a tantos aburridísimos papeles y deseaba que llegara la hora de irse a su casa para disfrutar, de muy buena forma, de la compañía de su esposa.
Shikamaru le había estado insistiendo con reuniones, formularios y más tareas que el anterior Hokage, Kakashi, había ignorado por completo. Naruto sospechaba que había sido completamente aposta. Total, se jubiló enseguida.
Naruto había maldecido al que fuera su profesor y antecesor, pero no le había quedado más remedio que quedarse esa noche con el doble de trabajo, sin poder cumplir su deseo de reunirse con su mujer.
—¿Seguro que vas a poder tu solo? — Había cuestionado Shikamaru arqueando una ceja.
Estaba en la puerta, con el cuerpo vuelto hacia Temari y la cara medio girada, observándole. Naruto no necesitaba terminar de verle el rostro a Temari para comprender que no iba a permitir que le quitara esa noche a su hombre. Y ya conocía cómo era la rubia enfadada.
—Sí, sí. Vete-ttebayo— indicó moviendo las manos en un aman aburrido por salvar su vida.
Shikamaru chasqueó la lengua, pero concentró toda su atención en su mujer, olvidándose de que le dejara ahí toda la noche a solas.
El joven Hokage suspiró y se dispuso a encargarse de todo lo que pudiera antes de volverse loco.
Alguien llamó a su puerta justo cuando estaba a punto de subirse por las paredes. Le picaban los ojos y empezaba a necesitar un buen paseo. Aunque fuera alrededor del escritorio.
—Adelante— invitó.
Mentalmente, empezó a rogar con que fuera una batalla y tuviera que salir a luchar. Pero sin embargo, fue algo mejor.
La sonrisa que Hinata le dedicaba siempre era como una corriente eléctrica vibrando en su espalda.
—Hinata— saludó poniéndose en pie y acercándose a ella—. ¿Por qué has venido tan tarde?
La mujer de su vida sonrió y le mostró una bolsa. En su interior, pudo reconocer algo de ropa limpia y enseres necesarios para el aseo.
—Imaginé que no ibas a regresar a casa esta noche— comenzó mientras él la tomaba de los hombros y dejaba un casto beso en sus labios que la hizo sonrojarse—. Pensé que querrías lavarte cuandito que tuvieras oportunidad y traje muda limpia.
Naruto no se contuvo y la estrechó contra él.
—Dios, eres la mejor esposa del mundo, Dattebayo.
Hinata rió con aquella risita perlada que tenía y que tanto le gustaba. La soltó para permitirle pasar hasta el escritorio y dejar la bolsa con la ropa sobre éste. Naruto no pudo evitar que sus ojos se fueran tras ella, delineando las curvas de su cuerpo, disfrutando del contoneo de sus nalgas al caminar o de cómo sus piernas marcaban la corta falda del vestido.
Se mordió el labio inferior y rápidamente, apareció tras ella, sujetándola de la cintura y pegando su trasero contra él.
—¿N-naruto-kun? — exclamó asustada, levantando la mirada hacia él—. ¿Ocurre algo?
Naruto inclinó su rostro hasta su mejilla, dejando un reguero de besos hasta su oído.
—Que eres realmente hermosa, Hinata— susurró ronco. Entonces, se las ingenió para que la mujer sintiera la parte más primitiva que había despertado en él—. Haces que pase esto cada vez que estás cerca de mí. Eres genial, Dattebayo— susurró, enterrando sus dientes en la ternilla, bajando a pequeños mordiscos y suspiros hasta su hombro.
Hinata tragó, sonrojada y volvió a mirar hacia él. Cambió de pie el peso de su cuerpo y se acomodó para él, para sentirle mejor. Llevaba tacones, con lo cual, su erección quedaba justo en el lugar que la quería.
Fue tan sencillo subir la falda hacia arriba que hasta un niño torpe podría haberlo logrado.
Hinata gruñó y acarició la mano que mantenía sobre su vientre, creando círculos al compás de los movimientos de su cadera frotándose con el trasero femenino. Gruñó y la miró desde su altura.
—Abre las piernas para mí— rogó, disfrutando del sonrojo que instaló en sus mejillas.
—S-sí.
La joven mujer lo hizo. Un simple y abierto paso, a la par que echaba la mano hacia atrás, aferrando su miembro por encima de la ropa e invitándolo a frotarse contra ella. Con un gesto rápido, abrió el pantalón y lo invitó a unirse a las caricias de su mano.
Pero antes de eso, Naruto se detuvo.
Moriría antes de que alguien descubriera a su mujer en ese estado. Se apartó solo lo necesario para crear un clon.
—Ves fuera y avisa si viene alguien— ordenó a un furibundo clon que enseguida deseó encargarse más de lo que veía ahí que en el exterior—. ¡Venga, diablos! — exigió.
El clon desapareció y un instante después lo sintió apoyarse contra la puerta. Hinata le miró, con el ceño fruncido.
—No deberías de ser tan duro contigo mismo— regañó, frotando su trasero contra él como castigo—. Luego te arrepentirás.
Naruto le restó importancia, empujándose más contra ella, encajándola contra el escritorio y presionando sus caderas. Su erección se coló perfectamente entre sus muslos y acarició el centro femenino, logrando un gritito por parte de su dueña.
Hinata se aferró al escritorio, presionando sus senos y vientre contra este, entregándole una mejor visión de su trasero. La boca se le hizo agua.
La puerta crujió una vez con el peso de su clon. Aquello, por algún motivo, le resultó doblemente excitante y lo sintió directamente en su miembro. Lamió el brazo derecho de la joven, empezando a frotarse.
—Hinata… ¿Y si no fuera un clon mío? — cuestionó.
La voz de la joven empezó a sonar drásticamente excitada.
—N-naruto-kun , qué cosas dices… sería muy vergonzoso.
Oh, sí. Desde luego que sería completamente vergonzoso. Pero tan terriblemente excitante. Lamió su oreja, sin cesar sus movimientos. Frote más frote. La humedad de su sexo calando la ropa interior, empapando su propio sexo hasta que las braguitas quedaron a un lado.
—Estarías realmente sexy de ese modo. Callando tus sonidos como ahora mismo, para que nadie te escuche.
Hinata cubría su boca con ambas manos, apenas logrando reprimir pequeños grititos de placer o sus jadeos. Con pequeñas lágrimas de cristal en los ojos, mirando su reflejo en el ventanal.
—Mientras me hundo en ti— continuó. Y lo efectuó.
Húmeda, caliente y tan preparada para él, apresándolo en pequeños espasmos cercanos al orgasmo. Rechinó los dientes, moviéndola de forma que su pierna quedara sobre su hombro, golpeando con fuerza sus caderas contra ella.
—Hinata… ¿Escucharán cómo suenas de genial?— Entrecerró los ojos. El sombrero cayó por su espalda y ella gruñó un grito contra sus manos.
—N… nh… N-Narut… ¡Naruto-kun!
El orgasmo la venció con sus deseos de cubrirse. Naruto arqueó una ceja, moviéndose hasta alcanzar su propio clímax, jadeando, salió de ella pegando sus cuerpos.
—Traviesa— canturreó.
Hinata cubrió su rostro con ambas manos, muerta de vergüenza, mientras sentía los restos de su marido escapar entre sus piernas, intentando recuperarse al igual que él.
—N-Naruto-kun no baka.
El nombrado sonrió de oreja a oreja, besándola. Miró hacia la puerta, sonriendo. Se levantó y tras vestirse, la miró.
—Ahora seré yo quién podrá escucharte.
Hinata lo miró algo espantada.
—¿Q-qué? — balbuceó, intentando arreglarse las ropas.
Naruto no esperó y golpeó la puerta. Su clon apareció, mirándoles con curiosidad y, tal y como se imaginó, una erección dentro de sus pantalones. El Hokage sonrió y miró a su esposa.
—Dijiste que no podía ser malo conmigo, ¿recuerdas?
Y mientras su mujer se coloreaba y su clon se relamía, salió, dispuesto a darse una ducha.
Aquel día fue una de las más increíbles experiencias. Su escritorio había sido testigo de cómo su esposa podía disfrutar de ser escuchada o al menos, suponerlo. La realidad era que su clon estaba excitado por imaginarse la situación, porque después de la ducha, él no supo que su clon había terminado hasta que desapareció.
Cuando entró, Hinata estaba dormida, desnuda, sobre su escritorio. Con una sonrisa de mejilla a mejilla, Naruto la besó y la devolvió a su casa.
Pero, como esto era acerca de los muchos secretos que el Hokage sostenía sobre su vida, nadie podía suponer que, tras esa experiencia, su bella y hermosa esposa… la tímida florecilla que él mismo había desbocado, podía llegar a esconderse bajo su escritorio en alguna que otra reunión, mientras su boca se encargaba de otras tareas completamente peligrosa dentro de su pantalón.
ºEndº
