notas: fue algo complicado hacer concordar fechas para las edades. Conqueror of Shamballa sucede en 1923, de eso no queda duda, así que Ed llega a Berlín dos años antes, en 1921, con aproximadamente la edad que le adjudico aquí. El problema es que no hay datos concisos sobre su fecha de nacimiento, así que, si la tengo la edad mal, mil perdones.


2

La noche anterior no habían hablado. Alfons le había mostrado su habitación y se había retirado a dormir, abrumado por los acontecimientos del día y la conciencia de los cambios que la llegada de Edward significaría. Se había quedado dormido en su habitación, conjunta a la de su invitado, pensando que debía contactar a Hohenheim en cuanto amaneciera.

Y ahí estaba ahora, tomando una taza de café y esperando a que se hiciera lo suficientemente tarde para llamarlo. Edward aún no salía de su habitación y, siendo totalmente sincero, Alfons temía el momento en el que lo hiciera: la noche anterior, a la luz de la mañana, le resultaba aún más confusa e incomprensible que ayer. ¿Por qué se había sorprendido de verlo? ¿Por qué sabía su nombre? ¿Por qué había huido después de que se había presentado?

Lo mejor sería hablar primero con Hohenheim. Decidido, se puso de pie sin poder esperar más, decidiendo en el momento que iría a verlo en persona. Dejó la taza vacía en el fregadero y se disponía a salir, saco en mano y sombrero puesto, cuando escuchó pasos a su espalda. Suspiró porque sabía que sus planes habían de postergarse y dio media vuelta, saludando a Edward con una sonrisa y deseándole los buenos días. Ahogó una exclamación de sorpresa cuando vio que el rubio, además de la pierna derecha, tenía el brazo izquierdo de metal.

"Lo-lo siento", dijo inmediatamente después, avergonzado de su reacción. Debería golpearse a sí mismo; seguro el pobre había tenido una vida difícil y ahí iba él, sin tacto alguno, a echárselo en cara. Edward, sin embargo, no dijo nada y terminó de bajar las escaleras, quedando justo enfrente de él.

"Buenos días", contestó al fin con voz grave y mirada seria. Tenía el cabello rubio agarrado en una coleta y ropa de dormir blanca que, además de inadecuada para la estación, le venía demasiado grande. Después de la noche anterior, tan agitada, y teniéndolo enfrente, así, Alfons notó que le sacaba unos quince centímetros de altura. Demasiado pequeño para su edad (¿qué edad tendría?).

"¿Qui-quieres algo de desayunar?" preguntó atropelladamente "He hecho café y podemos cocinar algo… si quieres", terminó con un susurro inseguro. Eso había comenzado mal.

"Está bien", contestó el otro simplemente, caminando hacia la cocina. Alfons lo siguió aliviado y comenzó a sacar productos al azar de la nevera, sin tener un platillo en mente. Estaba buscando pan en la despensa cuando Edward habló de repente, casi provocando que se golpeara contra la puerta de madera de lo rápido que reaccionó, sorprendido. "Perdí mi pierna y mi brazo hace muchos años. No tienes que preocuparte por herir mis sentimientos, si tienes curiosidad. Es historia vieja".

Titubeó un poco antes de decidirse.

"¿Puedo verlos de cerca?", pidió inseguro. Se moría de curiosidad de saber cómo funcionaban; tenían una flexibilidad en las articulaciones que le intrigaba. Edward asintió y lo miró inexpresivamente mientras se acercaba a él, extendiéndole el brazo derecho sin decir nada. Alfons lo tomó con cuidado entre sus manos, como si fuera a romperse, y examinó con atención su mecanismo asombrándose cada vez más por la excelencia del trabajo. Había partes en que no terminaba de comprender su funcionamiento y, de ser posible, le hubiera gustado desarmarlo para descubrirlo. ¿Quizá Edward le dejara hacerlo algún día…?

Se sobresaltó cuando los dedos metálicos se movieron y soltó el brazo sin cuidado, escuchando casi sin creerlo una risa suave que salía de los labios del rubio. Sonrojándose, pidió disculpas por su distracción y sonrió avergonzado.

"Es un muy buen trabajo el de tu brazo", comentó alegremente Alfons, sintiendo que la tensión entre los dos retrocedía un poco.

Edward se encogió de hombros, desviando la mirada hacia la ventana (gesto que se haría costumbre suya siempre que tratara de esconder sus pensamientos de él) antes de responder con la reminiscencia de una sonrisa en los labios. "Tenía una muy buena mecánica. Ella también hizo mi pierna; no hay nadie como Winry si de automails se trata".

Ignorando aquella palabra extraña –que suponía no quería decir más que 'prótesis'-, Alfons se concentró en el resto de las palabras de Edward. Parecía que él y esa Winry eran muy cercanos, a juzgar por el tono lleno de cariño con el que hablaba de ella. 'Quizá son pareja', pensó.

Espera. "¿'Tenía'? ¿Qué sucedió?", preguntó antes de poder contenerse.

"No podré verla en mucho tiempo", dijo Edward simplemente.

Sintiendo que era un tema delicado, Alfons no comentó nada más y se ocupó armando un desayuno decente mientras el otro miraba por la ventana, sentado en la mesa de la cocina. Había mil preguntas que quería hacerle y no sabía cómo comenzar, así que se decidió por la más obvia.

"No sabía que Hohenheim tuviera un hijo", comentó mientras preparaba unos sándwiches. "¿Cuántos años tienes?"

"Dieciséis", contestó la voz de Edward a sus espaldas. "¿Tú?"

"Dieciocho", sonrió Alphonse, girándose con dos platos con sándwiches en sus manos. "Tenemos casi la misma edad."

Edward se sonrió a sí mismo antes de contestar con un "sí…" incierto y aceptar el plato que le era tendido. Mordisqueó el sándwich distraídamente mientras Alfons le servía una taza de café y de nuevo lo encontró mirándolo fijamente, casi observando los pensamientos del otro revoloteando frenéticamente detrás de sus ojos. Parecía que Edward trataba de resolver un problema particularmente difícil lo más rápido posible.

Tomó un sorbo de su taza, sentándose frente a él y devolviéndole la mirada con tranquilidad, antes de encogerse de hombros y tomar el sándwich en sus manos.

"¿Algo que quieras decirme?" preguntó antes de darle una mordida, divertido al notar el sobresalto de Edward y la manera tan rápida en la que había clavado la vista en su plato con un leve rubor en sus mejillas. Negó lentamente y ninguno dijo nada mientras terminaban de comer, sumidos en sus pensamientos.

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Lo invitó a salir con él porque no quería que se quedara solo en la casa. Aunque no sabía qué era lo que le pasaba, se notaba a leguas que el chico estaba deprimido: toda la mañana y gran parte de la tarde la había pasado sentado en la cocina mirando a la calle con los ojos entrecerrados, sumido en sus pensamientos. Alfons había tratado de hablar con él, pero el otro estaba encerrado en un estoico silencio que no le permitía traspasar. Pensando que era natural –no llevaban ni dos días de conocerse- lo había dejado con sus pensamientos, entreteniéndose en su habitación con los planos de un nuevo proyecto. Si todo salía bien, lograría que este cohete funcionara: sólo era cosa de experimentar.

Había decidido salir a despejarse la mente. Había un problema en cuanto al balance de químicos y se había bloqueado, así que dar un paseo le parecía buena idea. Quizá encontrase la solución si caminaba un poco fuera del ambiente encerrado de su habitación.

No se sorprendió cuando encontró a Edward en la misma posición y no comentó nada al respecto; simplemente le había dicho que iba a salir y que agradecería si lo acompañara. Edward se había sobresaltado y echado una mirada sorprendida en su dirección, pero había accedido sin ningún problema y ahora estaban los dos paseando por la orilla del Havel, cubiertos hasta la nariz con las bufandas y las manos metidas en los bolsillos del saco por el frío. El paseo había sido tranquilo hasta ese momento, comentando de vez en cuando lo que veían por las calles. No fue hasta que una avioneta cruzó por el cielo que Edward mostró otra expresión fuera de la máscara indiferente que le había cubierto el rostro desde que salieron de la casa, transformándose en una de sorpresa y deleite. Siguió el recorrido de la avioneta fijamente con ojos maravillados y, cuando ésta finalmente se perdió en el cielo de la noche, Edward tenía un brillo en los ojos que antes no estaba ahí.

"¿Te gustan las avionetas?", preguntó Alfons, algo enternecido por el obvio arrobo del otro ante algo tan común. Edward se sonrojó un poco y resopló, girando el rostro hacia el lado contrario para ocultar su vergüenza.

"Nunca había visto una", confesó, pateando una piedrecilla y fijando la vista en sus pies.

"¿Nunca?", repitió Alfons sorprendido. Después de la Guerra, era imposible que jamás se hubiera topado con avionetas militares.

"Sí, nunca. ¿Cómo vuelan? ¿Por qué no se caen por su propio peso?" Las preguntas ansiosas de Edward no hicieron más que aturdirlo aún más. Una cosa era no haber visto avionetas, otra era ignorar los principios básicos de la aerodinámica. ¿Cómo pensaba Hohenheim que podría ayudarlo con sus cohetes si parecía no tener conocimientos básicos de ciencia?

"Las alas cambian la presión del aire a su alrededor, rompiendo la resistencia y logrando que se sustente en el aire. El avión avanza haciendo tracción y se mueve a los lados por los alerones", contestó Alfons ausentemente, sin ahondar mucho en el asunto porque no era su especialidad.

"¿Rompiendo la resistencia?" murmuró Edward para sí mismo, pensativo.

"La presión de aire sobre las alas es menor que la que existe debajo, por lo que empuja al avión hacia arriba", ofreció Alfons con ligereza. Por lo menos no le habían preguntado algo que no supiera a causa de los cohetes.

Edward reflexionó unos minutos al respecto sin decir nada, caminando al lado de Alfons y moviendo la cabeza de repente acorde a sus pensamientos.

"Hohenheim me comentó que trabajas con cohetes. ¿Puedo ver cómo los haces funcionar alguna vez?" preguntó de repente, volteándolo a ver con una mirada apasionada en sus ojos miel. Alfons se alegró del cambio interiormente: ya no era esa coraza sin vida que había estado sentada en su cocina toda la mañana.

"Claro que sí, Edward. Te invitaré la próxima vez que vaya a trabajar con el resto del equipo".

"Ed" corrigió el otro. "Dime Ed." Le sonrió débilmente, pero fue la primera sonrisa sincera que le dirigió desde su llegada y Alfons sintió por fin que la muralla que se interponía entre los dos comenzaba a desaparecer.

"Ed" repitió Alfons. "No puedo creer que jamás hubieras visto una avioneta" agregó con voz cantarina, burlándose un poco a modo de juego.

"De dónde vengo no hay aviones, Alfons" contestó el otro defensivamente mientras se ajustaba el saco sobre su pecho. La noche había avanzado y la temperatura bajaba cada vez más; Edward parecía que se congelaba con lentitud bajo su bufanda, así que Alfons lo tomó el brazo y modificó la dirección de su caminata hacia la casa.

"¿No hay aviones? ¿Acaso eres de un pueblo?" Preguntó Alfons intrigado. Sólo había dos posibles respuestas: o era de alguna población alejada de las ciudades –aunque eso no garantizaba que no hubiera sido bombardeada por avionetas durante la Guerra- o había estado oculto bajo una roca durante los últimos veinte años.

"Se podría decir que sí" contestó Edward evasivamente. "Crecí en un pueblo llamado Resembool, está en el centro de una pradera y creo que no supera los mil habitantes. Nunca hubo mucho movimiento."

En Alemania no había ningún pueblo llamado así y le sonaba a que se encontraba en ese país, así que Alfons siguió su primera corazonada. "¿Resembool? ¿Queda eso en Inglaterra?"

"Eh… sí."

Algo en el tono de voz y la expresión de Edward -'Ed', se recordó a sí mismo- no le daba buena espina, pero no supo muy bien qué era y, de cualquier manera, ya había llegado a casa, así que lo dejó pasar. Ya descubriría los secretos de su nuevo inquilino con el paso del tiempo.


R&R~~~