CAPÍTULO II
Octubre de 2013.
Rojo grana.
Habitualmente, Nico di Angelo se despertaba por los ruidos que hacían sus estruendosos amigos, ruidos que indicaban que se habían despertado y que se preparaban para ir a sus respectivas clases. Ni Jason ni Percy entendían el concepto de hacer algo en silencio, y mucho menos el hecho de despertarse y ponerse en funcionamiento antes de las ocho de la mañana. Aquel día, sin embargo, Nico se despertó por la razón opuesta. Su cuerpo no estaba habituado a tal quietud a aquellas horas en un día laborable. Un vistazo al reloj de pared le reveló que eran ya las nueve de la mañana. Era miércoles. Tanto Jason como Percy tenían clase de ocho a once. Confundido, se levantó. Se restregó la mano por la cara, olvidando que se había dormido prácticamente con los colores pastel en la mano, prácticamente a medio dibujo, razón por la cual las tenía sucias. Seguramente ahora su cara luciría un borrón de amarillo y azul, sus colores predilectos del momento.
Cuando salió de su habitación, después de dejar la puerta perfectamente cerrada como siempre, se encontró que la de Percy, situada justo frente a la suya, estaba abierta. El interior era puro desastre como siempre, esta vez sin Percy dentro. Al final del pasillo vio que lo mismo sucedía con la de Jason, a diferencia de la anterior ésta se encontraba ordenada. Así que bajó las escaleras, en busca de los chicos.
Se los encontró en el sofá, durmiendo uno encima del otro. Cabe remarcar que estaban, además, en ropa interior. Sin nada más. Sus expresiones faciales bajo el efecto de Hipnos eran tranquilas y alegres. Nico enarcó una ceja. A veces se preguntaba si algún día ese par acabarían saliendo juntos, o si cuando encontraran pareja aquellos comportamientos que estaban arraigándose de un modo peligroso, cesarían. Al paso que iban, lo dudaba.
—Arriba, holgazanes. Arriba… —dijo, estirando el brazo de Percy, que estaba encima de Jason. Lo zarandeó.
—Cinco minutos más… —murmuró Percy con voz soñolienta, enterrando el rostro en el hombro de Jason.
El rubio, en cambio, abrió los ojos de par en par al tiempo que se retorcía bajo su amigo.
—Joder, Perce, has vuelto a babearme… maldito baboso —se lo quitó de encima sin esfuerzo, y se levantó del sofá. El moreno, en cambio, se quedó acurrucado—. Buenos días, Nico. Creo que tienes pintura en la cara.
—No es pintura. Son colores pastel —puntualizó. Nico no estaba de humor casi nunca, mucho menos por las mañanas—. Y yo creo que vosotros no llegáis a clase… ¿alguna razón?
Jason sonrió mientras rebuscaba en la mesilla de café, llena de porquerías azules de Percy, sus gafas.
—Mi profesora está en un congreso en la UCLA. No tengo clase.
—Pero Percy…
—Percy es Percy —respondió, encogiéndose de hombros—. Ya intenté cambiarle el año pasado, ya lo intentó Annabeth también, pero es imposible. Es un absentista experto en las súplicas y los coqueteos tontos y siempre acaba aprobando por los pelos. No tienes que preocuparte por él.
—Os estoy escuchando… —murmuró el aludido, molesto.
—No estamos diciendo ninguna mentira —arguyó Jason.
—Si no es eso. Me da igual si decís verdad o mentira, la cuestión es que os oigo y quiero dormir.
—Nada de dormir. Vamos a aprovechar que no tenemos clase ninguno de los tres y vamos a ir a tomar un buen desayuno todos juntos. Os invito yo.
Nico volvió a subir las escaleras, entró en su cuarto y comenzó a ordenar los colores y los papeles que había dejado desperdigados en su éxtasis artístico de la noche anterior. Mientras tanto, podía escuchar cómo Jason trataba de despertar a Percy y acababa levantándolo él mismo, cargándolo hasta el piso de arriba y metiéndolo en la ducha a la fuerza.
Cuando entró en el baño para lavarse la cara, Percy seguía bajo el agua (al principio renegaba, pero luego siempre se pasaba horas y horas bajo la ducha) y Jason estaba lavándose los dientes, ya vestido. Era una estampa "familiar" de lo más habitual en ellos.
—Ayer hablamos por Skype con Annie y Pipes —comentó Jason al verle, justo antes de volver a meterse el cepillo en la boca.
—Ah, ¿sí? ¿Cómo están?
—Asquerosamente bien —comentó Percy, aunque sin malicia—. La semana que viene pillarán un tren súper barato y visitarán a Italia. Quieren que les des algunos consejos y frases típicas en italiano…
—Cuando quieran —dijo Nico, que ya se estaba restregando la cara con agua—. ¿Por qué no me dijisteis que estabais hablando con ellas? Querría haberles saludado…
—Lao hizzzemozzz —fue la ininteligible respuesta de Jason, antes de escupir en la pila—. Pero tú estabas encerrado, otra vez, en el rincón del artista…
Nico enarcó una ceja antes de coger una goma y hacerse una pequeña coleta en su pelo. Justo cuando terminaba de hacerlo el grifo de la ducha se cerró y Percy volvió a hablar.
—Les dijimos que ahora tenemos que compartirte con un chico imaginario que te tiene sorbido el seso —Abrió la cortinilla de la ducha de golpe, salió sin ningún pudor desnudo en toda su gloria y pasó por delante de ellos—. Voy a vestirme. Dadme cinco minutos, amores míos.
—El trío calavera acaba de hacer su entrada —comentó Katie, comentario al que al principio Will no le encontró el sentido—. ¿Querrás servirles los platos tú?
—¿Por qué tendría que…? —comenzó a preguntar Will, que habitualmente se ocupaba de la caja y cantar los pedidos, no iba a servir ni a recoger las mesas. Pero mientras lo preguntaba, había alzado la vista de lo que tenía entre manos y sus ojos dieron de lleno con el trío calavera en cuestión—. Oh.
Allí estaban, otra vez. Entraron con su soltura habitual, como si se trataran en realidad de tres reyes, soberanos y ajenos a las miradas que despertaban. Porque era inevitable hacerlo, contemplarlos, y más aún si pasabas tantas aburridas horas trabajando en aquel local. Tres chicos jóvenes increíblemente atractivos, cada uno de una manera completamente distinta. Todos ellos con la capacidad de encandilar a cualquiera por separado y más aún, en aquel curioso conjunto.
Estaba el más alto de los tres, también el más atlético y a juzgar por los bíceps que dejaban ver sus camisetas, el más fuerte, con su sempiterna expresión calmada, sus ojos azul eléctrico y sus cabellos rubios cortos (aunque se los estaba dejando cada vez más largos, como ya había notado su compañera de trabajo Drew. Era su preferido de los tres). Porque por descontado, él murmuraba con sus compañeras sobre ellos. Katie apostaba por que el rubio y el de los ojos verdes tenían algo, Drew descartaba la idea, decía que el rubio estaba por la hermosa puertorriqueña que muchas veces le acompañaba. A Will, en cambio, no le interesaba la vida amorosa de ninguno de los dos, sino de la del tercero en discordia…
Al lado del rubio, iba el que tenía un aspecto de creador de problemas, con cabellos color de ébano desordenados, unos profundos ojos verde mar y una sonrisilla siempre traviesa asomando a sus labios. Vestía de forma descuidada, como si hubiera tomado prestada la ropa del hermano de la chica con la que se había levantado aquella mañana. Siempre estaba flirteando con las camareras, e incluso con Will, aunque parecía no darse cuenta. Era el que atraía la atención de Katie, que decía que cuando él le guiñaba el ojo al servirle los pedidos, sentía cómo una ola del Atlántico la atrapaba y la engullía hasta el fondo del océano.
Y en último lugar, se encontraba el más rezagado de los tres. Estaba claro que Will también había mirado a los otros, uno no estaba ciego, y menos ante aquellos chicos, pero la atención que pudiera prestarles no se podía comparar con la atención que ponía en aquel chico. Era el que pasaba más horas allí, muchas veces en soledad, con los auriculares en las orejas y las manos trabajando en sus dibujos. Era un artista. Katie había visto alguna vez, fugazmente, algo de lo que dibujaba, pero Will, desde su puesto en la barra, nunca había tenido tal placer. Aun así, estaba seguro de que debía ser muy bueno. Lo veía en su dedicación y su gesto concentrado, en sus ensimismamientos momentáneos, en la intensidad que desprendía cuando sostenía un lápiz en la mano.
Por el aspecto que lucía su pelo siempre parecía que acababa de salir de la cama, lo que era increíblemente sexy y encendía una llama de deseo en la boca del estómago de Will. A él también le había estado creciendo el pelo, y hoy se lo había recogido en pequeña coleta que le quedaba adorable, y además, permitía que viera mejor su cara, así como su oreja derecha, en la que lucía un par de pendientes. Su tez era olivácea, o al menos era así cuando había llegado al café por primera vez, pues parecía que desde que el verano había llegado a su fin el sol no había tenido el placer de volverle a tocar y cada vez estaba más y más pálido. Era el más delgado de los tres, casi de la misma estatura del de los ojos verde mar, con una apariencia más estilizada y delicada. Solía llevar ropas oscuras, tenía preferencia por los estampados de calaveras, y muchas capas encima. Hoy, sin embargo, el clima le sonreía. Al quitarse su desgastada chaqueta de aviador había dado paso a una camiseta negra, mucho más ceñida de lo habitual y que dejaba ver sus brazos delgados y de una blancura casi impoluta. En sus manos, además, había múltiples pulseras, algunas de cuero, y sorprendentemente, podía verse que poseía una con cuentas de vivos colores. El pantalón que había decidido ponerse aquel día, negro desgastado, como siempre, era de una talla más adecuada a su constitución, y Will se relamió internamente al poder comprobar algo que ya suponía: poseía un trasero perfecto.
—Doy por hecho que sí, ¿no? A ver si así se da cuenta de ti…
Era cierto. Si bien el chico era el cliente más habitual de los tres, y no había día en que no le pidiera algo, nunca le prestaba la más mínima atención. Hablaba mirando a la caja registradora, pagaba dejando el dinero en el platito indicado para tal acción. No ponía la mano para que le entregara el cambio, esperaba a que lo dejara en el dichoso platito. Will siempre le decía, con una sonrisa agradable: que lo disfrutes, o que tengas un buen día, y a veces incluso, ¿qué tal, quieres lo de siempre? Pero el chico simplemente le decía su pedido y lo pagaba. Nada más. Muchas veces llevaba los auriculares puestos, y Will escuchaba que la música seguía sonando mientras le hablaba. Otras veces miraba la pantalla de su teléfono móvil al tiempo que lo hacía. Si alguna vez le había dirigido una mirada, lo había disimulado muy bien.
—Yo sólo digo que después de que hagan su pedido, me tomaré un descanso de diez minutos —comentó Katie, sonriéndole. Ella le había insistido en que si le gustaba tanto como parecía, hablara con él. Le había preguntado en más de una ocasión que a santo de qué le venía aquella timidez y aquella inseguridad con aquel chico, si él nunca había tenido problemas en aquel aspecto. Pero Will había estudiado tantas veces el lenguaje corporal del otro chico que sabía… que no reaccionaría bien. Que sería muy difícil, si no imposible. Que así como estaba seguro que al de los ojos verdes también le gustaban los chicos (si es que también las chicas, cosa que a veces dudaba), no lo tenía nada claro con Nico—. Es hora de intentarlo, Solace. Y si resulta que no, olvídate ya de él. Así de simple.
—Así de simple… —murmuró Will, torciendo el gesto. Pero en seguida lo recompuso. Tenía que poner buena cara, un cliente se acercaba a pedir. Y precisamente, era uno de los del trío calavera. El rubio.
x.x.x
Cuando Jason alzó la vista del papelito donde había anotado qué sería lo que pedirían (Jason siempre hacía listas hasta para la cosa más ridícula), se quedó mudo al ver quién se encontraba sonriéndole tras la caja registradora.
Antes de aquel momento le había visto muchas veces, le había saludado y habían hablado mínimamente. Pero por primera vez lo vio… de verdad. E inconscientemente, dirigió una mirada a su mesa, como para tratar de comprobar algo. En aquellos momentos Percy estaba revolviéndole el pelo a Nico. Nico… sí, no había duda. Aunque no permitía que nadie entrara en su habitación, Percy no se había podido reprimir y la tarde anterior, mientras Nico seguía en clase, había abierto la puerta para ver junto a Jason los cuadros que había estado pintando su amigo durante aquellos últimos días. No había duda… el chico de los cuadros de Nico era aquel camarero sonriente.
—Buenos días, ¿qué querías? —preguntó el chico, sin dejar de mostrar aquella sonrisa radiante.
—Estooo… perdona… se me ha olvidado una cosa. Vengo en un instante.
Caminó de nuevo hasta la mesa, donde se encontró a Percy, que le estaba haciendo una trencita a Nico en la nuca.
—Perce, te necesito —le estiró del brazo.
—Espera, espera, que estoy terminando…
—Percy Jackson —dijo Jason, con una seriedad que captó toda la atención del aludido.
—Vaaaale, voy. Pero una vez que Nico acepta… con lo que le gusta hacerse el difícil.
—Es importante —repitió el rubio, llevándoselo casi a rastras del brazo.
Ahora había una chica delante de ellos, pidiendo. Tenía el pelo de un rojo vibrante, y sus ropas (seguramente personalizadas por ella misma) dejaban claro que debía pertenecer a la facultad de Nico. Sin razón aparente, estaba haciendo su pedido con un cepillo del pelo en la mano.
—Mira al chico de la caja —murmuró Jason en su oído—. Mírale bien.
Pero antes de mirarle, Percy giró el rostro y le miró a él, mostrando una sonrisilla.
—¿Es que te gusta? —la pregunta iba acompañada por un incitante alzamiento de cejas.
—¿Tú quieres hacerme caso y mirarle, sesos de alga?
La sonrisilla de Percy se quedó atascada. Aquél era un apodo de Annabeth, de sus años de coqueteo y posteriormente de novios… era extraño que empleara aquel apelativo Jason. Sin saber qué pensar de ello, le hizo caso. Desvió la mirada.
—Por Poseidón —exclamó. Era su exclamación favorita—. ¿Es él, no?
—¿El chico de los cuadros de Nico? ¿Sí, verdad?
—La verdad es que es tan guapo como nuestro Rey de los fantasmas lo dibuja, ¿eh?
Fue ahora Jason quien le miró alzando las cejas.
—A ver si al que le gusta es a ti.
—Ja, ja, ja. No es mi tipo. Ya te gustaría librarte así de fácil de mí, Grace. ¿Qué hacemos? ¿Se lo decimos a Nico?
—¡No! Tú estate calladito. Si Nico se entera de que hemos entrado en su habitación para echar un vistazo a sus cuadros, nos mata. O peor, nos convierte en estatuas de piedra. Lo que tenemos que hacer es que se acerque a la mesa y hable con Nico…
—Me gusta cómo piensas —dijo Percy, asintiendo.
—Chicos, ¿ahora sí que tenéis el pedido? —Les preguntó el chico de los cuadros de Nico, que por cierto y a falta de nombre, su amigo lo había llamado "El Sol"—. Aunque si lo que queréis es un lugar privado, os puedo dejar entrar en el cuarto del personal —añadió, centrando la vista en la mano de Jason, que seguía agarrada al brazo de Percy.
Jason apartó su mano de inmediato, pero justo antes de pedir, susurró al oído de su amigo:
—Sarcástico y descarado, perfecto para Nico —Ante el comentario, el otro chico asintió.
x.x.x
Percy le había preguntado qué tenía que hacer para poder posar como modelo en la facultad de Bellas Artes, y Nico se lo estaba explicando, disuadiéndole al mismo tiempo con gran insistencia. Le decía que había que estar quieto durante mucho tiempo, cosa que Percy no sería capaz de hacer en la vida, que no era tan simple, había que saber crear muchas poses distintas, y que Percy resultaría pésimo porque en las fotos siempre salía con dos caras diferentes: con una sonrisilla traviesa o sonriendo de oreja a oreja.
—Pues anda que tú, que sólo sabes salir de una forma: con cara de agonía —replicó Percy, tras lo cual trató de imitar la cara de su amigo.
Jason se rió, antes de añadir:
—Además, supongo que no sería muy conveniente que se te empinase en mitad de una pose… y tú… Percy…
El aludido se sonrojó de un modo en que pocas veces lo hacía, pero de pronto, cambió su expresión pegó un fuerte codazo a Jason.
—Lo decía en broma, pero si te has sonrojado así, por algo se… —Jason se calló al recibir un nuevo codazo, y al parecer esta vez interpretó bien por qué se lo habían dado, ya que se interrumpió.
Nico les miró frunciendo el ceño. No entendía qué pasaba. Justo cuando les iba a preguntar por qué no paraban de pegarse pataditas bajo la mesa (cosa que no veía, pero notaba), su teléfono sonó, así que descolgó y dijo:
—¿Hola? Ey, Hazel… —añadió, sonriendo. Siempre era un placer hablar con su hermana. Ella empezó a hablarle de algo que había hecho Leo el día anterior cuando Frank y ella habían ido a visitarle (Leo había conseguido entrar en Harvard, y aunque estaba a menos de quince minutos de ellos, siempre estaba tan ocupado que nunca iba a verles, por lo que tenían que acabar haciéndolo ellos), y de algo relacionado con una chica con la que compartí algunas clases que sabía ingeniar máquinas tan bien como él, cuando el camarero comenzó a servirles los platos. Entonces Jason y Percy empezaron a hacerle señales más que evidentes con los ojos, que indicaban hacia la derecha. Con cara de incomprensión, Nico siguió hablando con Hazel, y viendo que sus amigos seguían, se levantó para hablar aparte. Una vez hubo terminado y se estaba guardando el teléfono en el bolsillo les dijo—. Es posible que Leo pronto tenga novia.
La réplica de Percy le sorprendió:
—Claro que sí. Estoy seguro de que la tendrá antes que tú, con lo desastre que eres para esto…
—¿Ey? No tengo intención en tener novia…
—Eso lo sabemos, di Angelo —comentó en esta ocasión Grace—. Lo sabemos bien. En fin, desayunemos. Está claro que no podemos hacer nada contigo.
Tanto Percy como Jason a partir de ese momento estuvieron muy raros, y comieron rápido y acabaron marchándose, alegando que iban a aprovechar para ir al gimnasio, que el anterior día se lo habían saltado. Nico se encogió de hombros, sin comprender, y se despidió de ellos. Todavía le faltaba acabarse el café… y cuando ya se habían marchado, alargó la mano al plato de Jason, que se había dejado el sobre de azúcar, como siempre, y echó todo el contenido en su taza. Adoraba el dulce, aunque nunca lo admitía. Pegó un largo trago de su ahora apetecible bebida y sacó su cuaderno de bocetos. Estaba a punto de terminarlo, y quería hojearlo para ver qué ideas valdría la pena desarrollar en su nuevo proyecto.
—Tus amigos me han dicho que querías otra tortita —dijo una voz, que Nico tardó en descubrir que iba dirigida a él. De hecho, tenía al camarero plantado ante su mesa.
—¿Perdona? —preguntó Nico, mirando a su alrededor. No entendía. ¿No se habían ido ya Percy y Jason?
—Me han dicho que te gustan mucho las tortitas con mucho sirope —explicó el chico.
—Pero si yo no… —comenzó a responder, y al tiempo que lo hacía, fue alzando la vista. Un nudo se formó en su garganta al notar el increíble cuerpo del chico que tenía delante. Aquella cintura que invitaba a ser abrazada, la mano, firme en el plato con la tortita, aquellos brazos fuertes y bronceados, sus clavículas sobresalientes, el cuello largo y masculino… y entonces llegó a su cara, y su mirada se instaló inmediatamente en sus ojos. Es posible que un gemido se escapara de su garganta, al tiempo que se quedaba sin respiración.
Simplemente, no podía creerlo.
Eres real, pensó, al tiempo que se recreaba en su rostro, en cada detalle, cada glorioso detalle. Hechizado por su belleza, y al mismo tiempo, maldiciéndose a sí mismo. Sus ojos eran mucho, mucho más increíbles que los de sus cuadros. El tono que le había dado a sus cabellos era erróneo, su piel desprendía más calidez que la de sus lienzos… y su sonrisa, el chico estaba sonriéndole, y él nunca había dibujado aquellos delicados hoyuelos que se le habían formado.
La respuesta física fue instantánea. Sus manos se abrieron y cerraron rápidamente. Necesitaba un lápiz, un boli, la misma salsa de kétchup, lo que fuera… tenía la necesidad imperiosa de dibujarle. Al mismo tiempo notó que su cuerpo comenzaba a arder. Sus mejillas, en concreto, parecían en llamas. En su mente, dibujó un rápido boceto. Él, sentado en la silla de la cafetería, como si se encontrara en un banco de una iglesia, todo claroscuros, salvo su corazón y sus mejillas, en rojo grana intenso. Y ante él, aquel chico, aquella pura aparición divina… con un halo de luz y electricidad a su alrededor…
—¿Soy real? —preguntó el chico, sonriendo aún más ampliamente.
Mierda. Mierda. Mierda. Lo he dicho en voz alta. Soy un auténtico gilipollas. Rápidamente, cogió su chaqueta, su mochila, y casi tropezando con él, casi cayéndose al mismo suelo, comenzó a correr en dirección a la puerta de salida.
No escuchó cómo el otro chico le llamaba, le decía que esperara, que se había dejado su cuaderno… daba igual. Porque no pensaba volver. Y era una auténtica desgracia. Debería haberse dado cuenta antes, de que él, El Sol, era el chico de la cafetería. Podría haberlo dibujado a escondidas, haberse asomado a su perfecto rostro cada día, un poquito cada vez, hasta haber logrado capturarlo en sus obras. Pero ahora en cambio, con la vergüenza que lo corroía, lo tenía claro. No volvería a verlo más. Porque no podía. Simplemente no podía.
Juro por la laguna Estigia que en al escribir esto no había pretendido hacer tantas insinuaciones de Jason y Percy. Lo juro. ¡Pero han sido ellos, que se han puesto a hacerlo solitos bajo mis teclas!
Espero que os haya gustado. No sé si está saliendo demasiado... azucarado todo. Me gustaría saber vuestra opinión.
