Que resaca. Mientras me cepillo los dientes y me visto, me recuerdo mil veces no volver a beber. Debo estar en la estación de bomberos en media hora y siento todos mis ralentizados después de anoche. Tengo unas ojeras tan oscuras como kilométricas y mi cabeza duele como los mil demonios.
Pero eso no es lo peor; lo peor es lo otro que él hizo anoche.
Dios ¿cómo puedo dejarme un tío y me toco el culo? Ojala que Izo no ha visto la escena en la pista de baile, de lo contrario no me deja en paz hasta el día de mi muerte. Mi propia mente no me dejará en paz.
Miró mi propio reflejo en el espejo antes de salir; no me veo genial, pero con un poco de tacto y habilidad podría disimular mi estado calamitoso. Sólo espero que no haya ningún caso grave hoy; nada que exija mucho esfuerzo de mi parte. Si fuera otro, hasta podría pedir el día libre por el malestar. Pero amo mi trabajo, y no me perdería este primer día por nada del mundo.
Nunca fue uno de esos niños que sueñan con ser bomberos; de hecho la carrera nunca me llamó la atención hasta que hice un semestres de voluntariado. Por aquel entonces yo aún estaba en la Universidad, pero la carrera que había elegido, o mejor dicho, la que elegía mis padres por mí, no me satisfacía. Decidir tomar un descanso y probar algo nuevo, y la posibilidad de ayudar a la comunidad sonaba fantástica. Ahora me doy cuenta que en realidad estaba desesperado por ayudarme a mí mismo. Y funcionó. Luego de ese semestre yo ya no era él solo había descubierto mi pasión. Abandoné la Universidad, para el gran pesar de mi familia, y me convertí en bombero profesional.
No hay nada que me haga sentir más orgulloso que usar el uniforme, no hay alcalde triunfo que derrotar a esa fuerza de la naturaleza tan salvaje como es el fuego no hay nada como la felicidad de ayudar a otra persona en el peor momento. Hasta diría que es una adicción. Y fue justamente esa adicción la que llenó mi vida, la que me ayudó a salir adelante en periodos de mierda como mi separación con Hancock. Mi motor. El motivo por el cual salir de mi cama todas mis mañanas aún sintiéndome como el culo; el trabajo, cumplir con el trabajo.
La estación queda a diez minutos del nuevo apartamento que estoy rentando; lo elegí así a propósito. Aunque con una resaca a cuestas, una caminata de diez minutos se asemeja a una marcha de la muerte. Siento mariposas en el estómago; ¿Ya estás en el trabajo? ¿Cómo eres mis nuevos compañeros? Dios sabe que necesito amigos nuevos en este nuevo comienzo. Izo siempre es mi mejor amigo, pero ahora debe disfrutar de su nueva vida junto a Thatch, el hombre ama, y no cargar con un amigo soltero, heterosexual y deprimido.
¿Aunque puedo llamarme a mí mismo hetero después de anoche?
Sí, por supuesto que sí. El alcohol nos hace hacer locuras y eso fue lo que ocurrió anoche. Nada más y nada menos. Siempre me han gustado y me gustan las mujeres. Mi mala experiencia con Hancock no significa nada. Al igual que no significa nada mi episodio con Marco.
¿Por qué todavía recuerdo su nombre? Es historia antigua.
Camino con un nudo en el estómago, y cuando veo la central de bomberos frente a mis ojos, el nudo se intensifica y el ardor sube por mi garganta. Sonrío para mí mismo como un idiota al ver el edificio gris alzarse frente a mi vista y el cartel en colores vivos rojos que anuncian Departamento de Bomberos. Ver esa insignia me produce el mismo establecimiento que hace cuánto atrás. Tomo un respiro hondo y cruzo la puerta.
Atravieso el gran patio donde están los camiones aparcados. Algunos cabos están limpiando uno de ellos entre bromas. Cuando me ven a mí lucen sorprendidos.
—Oye ¿tú eres él nuevo? —el más joven de ellos me pregunta
—Así es. Soy Portgas D. Ace —dejo caer mi bolso al piso y extirpar mi mano para saludarlo.
Los demás se acercan a saludarme, y tú le estrecho la mano a cada uno.
—Bienvenido a la octava división, muchachito —me saluda un hombre fornido de gruesos bigotes grises. Su apretón de manos es tan fuerte que dejo escapar un dolor de cabeza —Jajaja ¡tenemos un debilucho aquí!
—Vista ha estado en esta división desde hace diez años —el más joven me dice entre risas -Yo soy Haruta.
Estrecho su mano, y luego la de otro hombre castaño de mediana edad y piel rosada.
—Yo soy Rakuyo. Vas a estar a gusto aquí, es un destacamento tranquilo.
—Sí, nuestra tarea diaria es rescatar a un gato de un árbol para la vieja, —Haruta está guardando las manos en los pantalones amarillos de su uniforme.
-Y ese es Rex —otro de ellos me dice mientras un día se acerca a mí moviendo su rabo. Me inclino para rascar su cabeza y el animal sacude su rabo todavía más rápido.
—Vamos adentro así conoces el resto —Vista me palmea la espalda con otro golpe doloroso. Pero antes de que yo pueda dar un paso, todas las sirenas comienzan a sonar con ese chillido tan amenazante y excitante al mismo tiempo. No importa cuántas veces escuche ese sonido durante mi vida, siempre me provocará el mismo estremecimiento hasta el día que muera.
—Mierda... un incendio —Haruta sacude su cabeza mientras trepa al camión. Veo un grupo de hombres que sale precipitado del edificio hacia los camiones, todos en uniforme completo y con sus cascos rojos asegurados en sus cabezas. Por algún motivo yo me quedo paralizado. Mientras los gritos y la excitación se pueden palpar en el aire.
—¡Vamos señoritas, el tiempo apremia! —uno de ellos grita, y por su tono de voz asumo que es el que tiene más jerarquía en el destacamento. Cuando lo miro, noto la insignia de Subinspector en su pechera derecha. Y cuando finalmente veo su rostro, mi corazón da un vuelco.
Es Marco.
El mismo Marco de anoche, el que besé y el que me tocó el culo. El hombre entre cuyos brazos y muslos me corrí.
Me quedo paralizado contemplando su rostro; esos rasgos tan afilados y masculinos bajo la sombra de su casco rojo. Noto que sus labios se separan por la sorpresa, y sus ojos se clavan en mí, hasta que Marco presiona un casco contra mi pecho y me grita:
—¡Rápido, novato... al camión!
Con mi corazón latiendo a mil por hora, me subo al camión de un salto. Tomo asiento junto al joven Haruta, que está conduciendo. A mi lado está Marco, y el aroma de su loción inevitablemente me despierta recuerdos de anoche. Mierda, no puedo enfrentar mi primera misión así. Y tenerlo sentado a mi lado, con nuestros muslos casi tocándose, hace que me estremezca.
Haruta conduce a toda velocidad por las calles, rumbo al origen del incendio. Detrás nuestro vienen dos camiones más, haciendo sonar las sirenas. En menos de diez minutos llegamos a un edificio preso de las llamas. Un grupo de gente está agolpada en la entrada, lo cual al instante es reconfortante. Al bajar del camión recibimos la noticia de que no ha quedado nadie dentro del edificio y es una de las mejores noticias que se pueden recibir en este trabajo. Los paramédicos están brindando asistencia a algunas personas mareadas por el humo, o simplemente petrificadas por el miedo, pero no hay heridos graves.
Vista conecta la manguera al hidrante y el ayudo a dirigirla hacia el corazón del incendio, siempre es un buen ojo para detectar el origen del fuego. Marco y Haruta hacen lo propio del otro extremo del edificio, hasta que el fuego está finalmente extinto. En algunos momentos llegan las cámaras de televisión a través del siniestro, aunque no están demasiado engañados porque no hay heridos fatales.
Una vez que nuestro trabajo está terminado, regresa mi nerviosismo al estar cerca de Marco. Este se acerca a mí con una media sonrisa y golpea mi pecho con suavidad. Su tacto y su sonrisa me hacen estremecer.
—Buen trabajo, novato —me dados antes de volver al camión.
