La profesora Yoshida la retiene cuando suena el timbre, el ceño fruncido como siempre que le habla a Kageyama. Cuando le muestra su última tarea de inglés, toda marcada en rojo, no se sorprende demasiado.
—Kageyama, no puedes seguir arrastrando este tipo de errores, son muy básicos. Ya estamos estudiando el Simple Past y tú todavía tienes problemas para ver cuándo se utiliza la "S" en el Simple Present.
La reprimenda sigue un poco más pero a estas alturas es tan familiar que sabe que sólo necesita asentir en los lugares adecuados. Espera que Yoshida no se la haga demasiado larga o llegará tarde al entrenamiento.
Finalmente, cuando Kageyama ya se está imaginando la expresión furiosa de Daichi, la profesora suelta un suspiro (lo hace a menudo cuando le habla) y la deja marchar.
No se sorprende al encontrarse con Hinata esperándola, cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro como de costumbre. Un poco menos usual es que no le eche en cara su tardanza apenas la ve. Sólo dice el "¡hola, Kageyama!" habitual pero sin el centenar de preguntas y comentarios que suelen seguirlo. Ahora que la mira más atentamente, Hinata parece algo nerviosa, echando miradas de reojo hacia un lado. Sigue su mirada y se encuentra con un chico, más alto que Hinata (no que sea un gran mérito) pero algo más bajo que ella, quien parece a su vez estar esperando algo.
Kageyama aprieta los dientes: después del episodio con las flores se siente con muy poca paciencia para este tipo de cosas. El chico se tensa cuando ella se lo queda mirando fijo, pero logra que sus labios se curven en una sonrisa que no parece demasiado forzada.
—Tú debes ser Kageyama-san: Hinata habla mucho de ti.
Kageyama se da vuelta para mirar a la chica, y algo en su expresión hace que ella abra bien grandes los ojos y alce las manos en gesto defensivo.
—¡No tienes que mirarme así, no dije nada malo! Bueno, casi nada malo, pero no es mi culpa que tengas un carácter horrible…
Kageyama va a replicar, pero entonces nota algo: Hinata no lleva nada. Ni sus libros, ni el bolso con el uniforme de vóley. Está a punto de preguntarle si es realmente tan tarada como para olvidarse todo en el aula, cuando nota dónde están las cosas de su amiga: las lleva el chico colgadas del hombro. Se lo queda mirando una vez más, pero esta vez es como si lo viera por vez primera. ¿Por qué tiene las cosas de Hinata?
Como si le leyera el pensamiento, ella carraspea.
—Kageyama, éste es Matsuo. Matsuo Akio. Se sienta tres bancos detrás de mí en clase. Dijo que mis cosas parecían muy pesadas así que se ofreció a llevármelas. ¿No es súper amable?
Le sonríe con todo el rostro, de esa manera tan suya que tiene Hinata, y un rubor rosa empieza a subir por el cuello del chico hasta llegarle a la frente salpicada de acné.
Kageyama se siente muy fastidiada de pronto.
—Tenemos que irnos ya o Daichi se enfadará.
—Ey, que si no te hubiese tenido que esperar…
Hinata decide callarse al ver su cara y en cambio se dirige al chico.
—Muchas gracias, Matsuo.
Estira la mano, para que el chico le alcance sus cosas, pero él se muerde el labio.
—¿No prefieres que te las lleve hasta el gimnasio? Así no te cansas antes del entrenamiento.
Hinata se queda algo desconcertada.
—Supongo… Digo, si no te molesta…
—¡Para nada! —responde muy rápidamente y Kageyama lo fulmina con la mirada: era su turno de llevarle las cosas a Hinata, pero ella no parece recordarlo en ese momento, demasiado ocupada sonriéndole a cómo-se-llame.
Daichi las está esperando en los escalones de entrada al gimnasio, los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido, que deja paso a una expresión de absoluta confusión cuando las ve llegar acompañadas.
—Kageyama —empieza, en un tono que no se sabe si es sorprendido, horrorizado o simplemente incrédulo —¿estás… estás dejando que un chico lleve tus cosas?
—No.
Hinata se pone algo roja.
—En realidad, Matsuo —lo señala con un gesto vago de la mano —se ofreció a llevarme las cosas a mí.
Daichi pestañea un par de veces.
—¡Oh! Qué… qué amable de su parte —Se pasa una mano por el pelo, dejándoselo de punta —Ahora tenemos que empezar el entrenamiento, igual, así que apúrense.
Hinata y el chico se enredan con las tiras de los bolsos cuando él intenta alcanzárselos, Kageyama resopla y termina agarrando el bolso de gimnasia para colgárselo al hombro. Se vuelve al llegar a la puerta para mirar a Hinata, que sigue parada cual estaca al lado de él.
—¿Vamos?
—¡Oh, sí! Eh, muchas gracias, Matsuo. Fue muy… bonito, de tu parte.
Él se pasa una mano por la nuca, alborotándose los rulos castaños.
—Oh, no fue nada. ¿Nos… nos vemos mañana, verdad?
Hinata parece algo confundida.
—Y… sí, mañana hay clases…
Si se tratara de un episodio aislado, vaya y pase. Pero cuando se quiere dar cuenta, cada día de la semana en que Hinata la está esperando a la salida del aula allí está él, llevándole el bolso. Las veces en que va Kageyama a esperarla, siempre sale con él pegado a sus talones, mientras el resto de sus compañeras miran la escena soltando risitas y codeándose entre ellas, más cabeza-huecas que nunca.
Él siempre insiste en llevarle las cosas a Hinata, así que día por medio la chica insiste en llevarle las cosas a Kageyama, porque no pienso darte esa ventaja.
Hinata es así de idiota.
No pasa mucho tiempo antes de que la noticia cunda por el club de vóley.
—HINATA, ¿TIENES UN FESTEJANTE?
—¿Y NO SE LO CONTASTE A TUS SENPAIS?
Los gritos de Noya y Tanaka llegan fuertes y claros a donde están parados Hinata y su portador de libros personal, y se ponen los dos como tomates. Él tartamudea algo a modo de despedida y huye antes de que el equipo de Karasuno pueda caer en malón sobre él.
—Ahhh, ¡no tenía por qué irse tan rápido! Queríamos conocerlo.
—…¿cómo pretendían que no huyera? —pregunta Sugawara. Las chicas hacen caso omiso de ella, y cada una agarra a Hinata por un brazo.
—¿Y de dónde lo conoces?
—¿En qué curso está?
—¿Cómo se llama?
—¿Juega al vóley?
—¿Hace mucho de esto?
—¿Es que ni siquiera necesitan respirar? Si quieren que les responda algo, ¡déjenla hablar!
Cada vez más roja, Hinata empieza a responder, tartamudeando y trastabillando. No dice nada que Kageyama no sepa ya: no hay mucho que decir sobre el chico, ni siquiera juega al vóley.
—Pero vio nuestro último partido, y dijo que yo estuve asombrosa.
Hinata suena completamente maravillada y Tanaka y Noya sueltan sendos awwwws. Kageyama pone los ojos en blanco: como si ella nunca le dijera a Hinata cuando juega particularmente bien.
—Y entonces se ofreció a llevarme las cosas, y le dije que sí, y eso.
—Ay, pero qué bonito —dice Tsukishima con voz aflautada. Kageyama no se da cuenta por qué le suena familiar hasta que cae: está imitando a la directora Tronchatoro en Matilda —¿Podemos empezar a entrenar o vamos a seguir con el asesinato en masa por aburrimiento?
—Tsukishima, no seas así. Es un hito monumental: nuestra pequeña kouhai está creciendo. Tenemos que aconsejarla—
—¿En qué, si ninguna tiene novio? —pregunta Ennoshita, y ahí interviene Daichi para gritarles a todas que empiecen a correr.
Noya y Tanaka no se olvidan del tema, por supuesto. Tienen muchas más preguntas, algunas realmente desubicadas que hacen enrojecer a Hinata hasta la raíz del pelo, y consejos que suenan peores que los de la Cosmopolitan.
Pero no hay mucho más que contar: Matsuo sigue llevándole las cosas a Hinata mientras ella y Kageyama se turnan con el bolso de esta última, y habla muy poco. Prefiere dejar que Hinata lleve toda la conversación en un cuasi monólogo y mira fascinado cada uno de sus gestos y mohines, como si quisiera memorizárselos.
A Kageyama le irrita tanto. Pero la primera vez que frunce el ceño cuando las chicas están atosigando a Hinata a preguntas sobre él, Tanaka le pregunta si está celosa de que su amiga tenga novio y Tsukishima se le ríe en la cara, así que se cuida mucho de mantener una expresión lo más neutra posible.
Claro que, según Hinata, su expresión más neutra le da el aspecto de estar planeando un asesinato en masa.
—Me va a ir horrible en el examen de inglés, lo sé —está diciendo Hinata en tono trágico una tarde mientras se dirigen los tres al gimnasio—. No entiendo nada y Yoshida creo que ya se resignó porque ya ni siquiera me reta, a ese punto llegué. Voy a terminar reprobando y teniendo que ir a clases de recuperatorio y como me coincidan con los entrenamientos me mato.
—No, Daichi lo hará por ti.
—¡No te rías, Kageyama-idiota, que estás en la misma que yo!
Empiezan a discutir, como siempre, y en momentos así, es fácil olvidarse, es casi demasiado fácil creer que nada ha cambiado.
La ilusión no dura mucho.
Matsuo carraspea suavemente, y luego un par de veces más, un poco más fuerte, hasta que logra que le presten atención.
—Yo… yo podría ayudarte. Se me da bien inglés. Me saqué un 92 en la última prueba.
Hinata y Kageyama se paran en seco para mirarlo, boquiabiertas. Sólo Tsukishima puede exhibir ese tipo de notas como si nada.
—Uau, ¡eso es genial! —exclama Hinata —¿Y en matemática cómo te va?
Matsuo arruga la nariz y niega con la cabeza.
—No tan bien. Tengo un 68.
Eso es bastante más de lo que tiene ninguna de las dos, pero por una vez Hinata tiene el buen gusto de mantener la boca cerrada al respecto.
—¡Oh, bueno, no importa! Kenma puede seguir ayudándonos por Skype. ¿Seguro que no te importaría explicarnos inglés?
—¿Explicarnos?
–Y sí, Kageyama-idiota, si terminas en clases de recuperatorio, ¿quién va a lanzarme la pelota?
Así terminan los tres pasando parte de la hora del almuerzo en la biblioteca, y ellas tienen que resignar sus sesiones de entrenamiento privadas. Hinata refunfuña como una nena de cinco años hasta que Kageyama le recuerda que fue idea suya y que si terminan teniendo que recuperar clases, entonces se perderán los entrenamientos de verdad.
Si a Matsuo le molesta que Kageyama esté allí, lo disimula mucho mejor que ella.
Demuestra también tener mucha más paciencia que la profesora para su inutilidad crónica para los idiomas extranjeros (inutilidad crónica en general, lo llama Tsukishima, pero ésa es una infeliz que se saca la nota más alta en todo): lleva tres días repitiendo "he, she, it" como mantra y no parece cansarse. Kageyama sinceramente no entiende para qué necesitan aprender inglés siendo todos japoneses, pero entonces recuerda la amenaza de las clases de recuperatorio y vuelve a repetir: "he, she, it van con S final, a menos que esté el does adelante" a ver si le queda grabado de una vez.
No ayuda que Hinata sea incapaz de quedarse quieta cinco minutos seguidos: ya les ha pateado la silla a ambos más de una vez, tirado la lapicera al piso como cinco, y hasta el libro en una ocasión. Las miradas de la bibliotecaria cada vez son más torvas. Una parte de Kageyama siente algo de vergüenza ajena; otra ruega porque la bibliotecaria los termine echando y así se termine esta tortura.
Cuando Matsuo dice que hay un libro de ejercicios que podría ayudarles, ninguno se sorprende que sea Hinata la primera en saltar de la silla para ofrecerse a ir a buscarlo. Al marcharse casi a la carrera, el silencio parece volverse mucho más pesado. Matsuo abre la boca un par de veces, y luego hace como que bosteza o tose y la cierra de nuevo; Kageyama ni siquiera amaga a iniciar una conversación.
Pasan los minutos y la tarada de Hinata no vuelve.
—Voy a buscar a la cabeza-hueca, capaz que se perdió y todo.
Matsuo frunce la nariz, como si fuera a rebatir lo de "cabeza-hueca", pero se lo piensa mejor.
—Te acompaño.
(Kageyama tiene que morderse la lengua para no contestarle no te necesito porque claramente no va por ella).
Cuando la encuentran, Kageyama suelta un resoplido. Hinata está frente a una de las estanterías en puntas de pie, sus piernas y brazos estirados al máximo, una expresión de absoluta concentración en su rostro, como si fuera cuestión de mera voluntad superar esos centímetros que le faltan. Por supuesto que no se le ocurrió buscarse un taburete o pedirle ayuda a alguien, eso sería demasiado.
Niega con la cabeza ante su grado de estupidez crónica. Matsuo, en cambio, la observa con la cabeza ladeada apenas, una sonrisa dibujándose en sus labios delgados. Da entonces un paso adelante y la escena se desarrolla en la mente de Kageyama en blanco y negro como los paneles de un manga: Matsuo acercándose a Hinata, estirándose por detrás de ella para alcanzar el libro, ella dándose la vuelta, encajada entre él y la estantería, alzando la vista, ruborizándose al agradecerle el libro, los dos sonriendo tontamente.
La mano de Kageyama sale disparada para frenarlo por el hombro.
—Ya se lo alcanzo yo, que soy más alta que tú.
—Pero…
En tres zancadas, Kageyama se pone detrás de Hinata y apenas estira el brazo para agarrar el libro.
—¿Qué…? —empieza indignada, dándose la vuelta, hasta que su mirada topa con la de Kageyama, sacudiendo el libro en su mano. Hinata resopla.
—Ya lo tenía.
—Me imagino.
Desde una distancia tan corta, tiene que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarla a los ojos. Kageyama nota que su cuello así parece más largo.
También tiene el moño deshecho.
—Ten —le dice, encajándole el libro, y se pone a rehacerle el moño del cuello, mientras Hinata muy maduramente le saca la lengua.
Pasan raspando el examen de inglés, pero las dos consideran que ya perdieron suficientes de sus prácticas privadas y total, falta mucho para el siguiente examen, ya se preocuparán cuando llegue la hora. Hasta que a Matsuo se le ocurre la brillante idea de repasar mientras almuerzan, así después pueden usar el resto del recreo para entrenar. Es un arreglo mejor que el anterior porque la tortura dura menos y no tienen que ir a la biblioteca, pero significa que ya no almuerzan más las dos solas como de costumbre.
Kageyama se siente fastidiada sin saber muy bien por qué. No es como si las cosas cambiaran demasiado porque esté el chico ahí: siguen sentándose la una al lado de la otra, Hinata sigue intentando robarle tragos de su jugo mientras Kageyama se hace con parte de su bento en venganza, Hinata sigue parloteando y gesticulando casi sin interrupción y engullendo la comida como una nena de cinco años. Matsuo sólo se atreve a interrumpir de vez en cuando para repasar en voz alta los verbos irregulares del Simple Past, que ellas intentan repetir sin mucha suerte. Es muy molesto eso de que los verbos sean de una manera en presente y de otra nada que ver en pasado. ¿Cómo llega uno de go a went? No se parecen en nada.
—El japonés es una lengua más compleja que el inglés para los extranjeros —les dice él y Hinata se encoge de hombros.
—Sí, pero ya la sabemos.
Tiene un grano de arroz en la mejilla porque es incapaz de comer como una persona normal, y Kageyama está estirando la mano para quitárselo, como siempre, pero esta vez él llega antes. Cuando su mano roza la piel de Hinata, ésta se pone del color del uniforme de Nekoma y él también.
—Lo-lo siento. Es que tenías un grano de arroz…
—Oh, no es nada, me pasa todo el rato. Digo, eh, gracias.
Kageyama se pone de pie de un salto.
—¿Vamos? Se nos va a terminar el recreo sin practicar.
Él frunce el ceño.
—¿No les hace mal, sin hacer la digestión ni nada?
—Nah, estamos acostumbradas —le contesta Hinata, que ya juntó todas sus cosas en un parpadeo y le está tirando de la manga a Kageyama —Vamos, que quiero practicar el remate nuevo antes del entrenamiento de hoy.
—No soy yo la que se está tardando, sino tú…
—¡A que no llegas antes que yo!
—¡Pero si serás tramposa…!
Luego llega lo que el equipo de Karasuno dará en llamar La Semana de las Flores en los años por venir. Empieza, como muchas otras cosas, de un modo bastante inocente: un día Matsuo la está esperando a Hinata con un ramito de jazmines. Ésta se queda de una pieza, mirando las flores como si fueran una especie alienígena nunca antes vista.
—¿Son… son para mí?
Él asiente, y Kageyama nota que al ponerse colorado le sobresalen aun más los granitos de la frente.
—Si te gustan…
—¡Me encantan! —casi chilla Hinata, arrancándoselas de la mano como si temiera que fuera a cambiar de idea, y hace todo el camino al gimnasio dando saltitos y acercándose las flores a la nariz. Al menos no estornuda.
El equipo entero rodea a Hinata cuando la ven llegar con el ramo, salvo Tsukishima, que se mantiene a distancia, y Yamaguchi, que se queda indecisa a mitad de camino.
—Oh, qué bonitas —dice Narita, acercándose para olerlas, y las demás sueltan suspiros o comentarios de aprobación, según el caso, mientras que Tanaka le da tal palmada en el hombro que casi se lo disloca.
—¡Así se hace, Hinata! Ya lo tienes muerto por ti.
—Debe ser lindo, que te regalen flores —dice Asahi, con aire soñador. Noya la mira alzando las cejas.
—Pensé que eras alérgica.
—Bueno… sí —admite —. Pero es el gesto.
—¿El gesto de que te regalen algo que va a hacer que no dejes de estornudar? —pregunta Suga-san.
—No, eso no, pero que te regalen algo bonito sí.
Por alguna razón Sugawara la mira a Noya, que se encoge de hombros como diciendo "¿y yo qué?"
—Ay, creo que el único hombre que alguna vez me regaló flores fue mi abuelo —se lamenta Kinoshita. Tanaka suelta un suspiro melodramático.
—No hay caso: tenemos que hacer algo para conseguir un chico.
—¿Cómo, si nos la pasamos casi todo el tiempo jugando al vóley entre chicas? Incluso cuando salimos del colegio, ¿a dónde vamos? A jugar al vóley contra otras chicas.
—Miren, si Hinata lo logró cuando es la más enferma del vóley, sacando a Kageyama…
—…a la que también le regalaron flores, no sé si te acuerdas…
—Chicas, resígnense de una vez: no es el vóley, son ustedes.
Kageyama lo agradece de todo corazón cuando llega Ukai a gritarles que empiecen con el precalentamiento de una vez. Igual hasta ella se acerca a felicitar a Hinata por las flores.
—Aunque —agrega, frunciendo el ceño —¿qué vas a hacer con ellas durante el entrenamiento?
Hinata claramente no pensó en eso por la cara que pone, mirando alrededor como si esperase que mágicamente aparezca un florero en el gimnasio, hasta que Shimizu se compadece de ella y corta la parte de arriba de una botella de plástico para poner las flores en agua.
Una vez que empieza el entrenamiento, nadie habla más de flores ni chicos, y Hinata no para de correr tras la pelota y de gritarle ¡una más! a Kageyama, como si no existiera un Matsuo Akio en el mundo.
Al día siguiente, son margaritas. Al otro, una especie de girasoles pequeños. El miércoles, unas flores coloridas que Narita identifica como fresias, y el jueves, claveles rojos, seguidos luego por unas florcitas celestes no identificadas.
Hacia finales de la semana el entusiasmo inicial de Hinata se ha trocado en algo muy parecido a la desesperación.
—¿Qué se supone que haga con todas estas flores? Se me acabaron ya todos los floreros y jarrones, empecé a usar jarras y vasos largos pero a mi mamá mucho no le simpatiza, ¡y las flores no se mueren lo bastante rápido para hacerle lugar a las otras!
—Tíralas —sugiere Kageyama sin compasión.
—¡No se tira lo que te regalan! Ey, ¿tú no querrías…?
—No.
Si no aceptó las que le regalaron a ella, mucho menos las que le regalen a Hinata.
La chica suspira, tirando el último ramo en el canasto de la bicicleta. Ya no se preocupa demasiado por su integridad física.
—No sé por qué los chicos no pueden regalar caramelos, o helados garigari-kuns, o bollitos de carne. Las chicas les regalan galletitas caseras a los chicos, ¡yo me conformaría con unas compradas!
Kageyama pone los ojos en blanco, porque bien puede ir y comprárselas ella misma.
Pero al día siguiente, Kageyama lleva un tupper con lo que sobró de los brownies que preparó su abuela y cuando se lo ofrece a Hinata después del almuerzo, ésta le echa los brazos al cuello.
—¡Eres la mejor!
De ahí en adelante Matsuo resigna los ramos de flores por los garigari-kuns, que tal vez sean menos románticos pero son más apreciados.
