Para Kat,
pues soy extranjero
tan pronto no vuelva
a mi hogar soñado.
Vivo errante, buscando,
mi hogar son tus brazos
.

II

Refugio

"I traveled the world and the seven seas,
everybody is looking for something…"

Oscuro, húmedo. El distante sonido de la lluvia se mezclaba con otros ruidos en la lejanía, componiendo una fortuita sinfonía de ecos inteligibles. Una ciudad bajo ataque, una ciudad en agonía.

Wanda se removió en su sitio. El tosco tacto de los escombros le acarició el hombro lastimándola. Las partículas de polvo regadas por lo que quedaba del suelo de la habitación de sus padres crujieron al tallarse unas contra otras y cuando del cofre del corazón de Wanda emergieron sentimientos conocidos como el tedio, la desesperanza y el miedo, como viejos enemigos de infancia llegados de tierras lejanas, listos para atormentarla y torturarla; no quiso abrir los ojos.

Apretó los párpados con fuerza deseando que aquellos pesados trozos del techo de la casa de su familia desaparecieran y le regalaran la libertad que su alma de niña había deseado tanto. No quiso abrir los ojos pero con su mano buscó aquí y allá la de su hermano, tibia y reconfortante. Los brazos del chico no la estaban sosteniendo y su hombro, siempre dispuesto aunque fatigado y adolorido, no estaba ahí para reconfortar el cuello lastimado de Wanda.

No quiso abrir los ojos aunque bajo sus párpados comenzaron asomar lágrimas de impotencia. Quiso llamarlo, quiso gritar su nombre, pero su voz se percibía muda, amortiguada por el escombro pulverizado que se había alojado en sus pulmones. No quiso abrir los ojos aunque deseaba más que otra cosa en el mundo poder ver a la cara a Pietro y comprobar que él seguía ahí para ella. Pero no lo estaba. Se había ido, dejándola a solas, a merced del asesino que se regodeaba mirándola ante y curelmente, suplicando por su vida y no responder de forma alguna.

No quiso abrir los ojos y mirar de frente el reluciente rostro de la muerte por temor a detonar su explosivo corazón si se atrevía a ofenderla, posando su vista sobre su inicua piel metálica donde estaba grabado en grandes y ostentosas letras negras el nombre Stark.

―Hey, hey… vuelve conmigo, ¡vuelve!

La voz de Peter la rescató de pronto. Respiró profundo y de golpe, como si hubiera sacado la cabeza después de haberla tenido sumergida en las oscuras profundidades de una fosa. No estaba bajo los escombros en su casa en Sokovia. A veces, olvidaba que ya no se encontraba ahí, olvidaba que los rescatistas los sacaron, a ella y a Pietro después de tres días de estar sepultados junto a la cabeza aun activa de un proyectil. Sus sueños a veces la obligaban a volver, la encerraban de vuelta ahí para revivir el trauma y sufrir de nuevo la ansiedad ser arrebatada por la muerte en cualquier momento sin aviso, tal como le arrebató a su hermano.

―Aún no he despertado… ―dijo Wanda tallándose los ojos. Se limpió las lágrimas disimuladamente. Afuera seguía lloviendo.

―No lo sé. ¿Fue aquí donde nos quedamos? Ya no lo recuerdo. Podría ser una noche distinta… pero si lo fuera… ¿Por qué cada ocasión volvemos siempre al mismo sueño? No entiendo porque no puedo recordarlo… ―Peter se sujetó la cabeza entre las manos sacudiéndose el cabello. Por más que lo intentó no pudo enmarañarlo más de lo que ya estaba.

―No te molestes. Es normal no ser consiente de muchas cosas dentro de un sueño. Parte del cerebro se encuentra fuera de servicio y por eso la lógica dentro de los sueños no opera igual que afuera. Cosas increíbles o ridículas podrían suceder aquí dentro sin siquiera sorprendernos.

―Claro, una vez leí un libro sobre eso. El tipo decía que podías tomar control de tus sueños si hacías pruebas de realidad, es decir, tratar de hacer cosas imposibles para así comprobar si estabas dentro de un sueño o no. ―el chico levantó sus manos e intentó hacer pasar la una a través de la otra como ejemplo.

―Eso no nos sirve. Nosotros sabemos que es un sueño. De otra manera ¿como es que estaríamos aquí los dos? ―ella se puso de pie y caminó al otro lado de la habitación. El lugar estaba a media luz, y Wanda no podía reconocer en donde estaban. El techo era bajo y parecía una habitación pequeña y sencilla, repleta de objetos que no supo reconocer. Solo ubicó la cama donde había estado acostada y una delgada ventanita cerca del techo por donde veía entrar la luz de los relámpagos de afuera.

―Podríamos habernos conocido en el mundo real. Tal vez ya nos conocemos, solo que no lo recordamos, por aquello de la lógica rara del sueño. ―Peter se reclinó poniéndose cómodo sobre su silla.

―No. No lo creo. ―ella miró para otro lado y, al recordar la lluvia, se pasó la mano por el cabello y notó que lo tenía empapado. Trató de escurrirlo un poco y el agua le caía a chorros de los mechones pelirrojos. ―Sobre eso de conocernos en el mundo real… lo estuve pensando y creo que es posible que si seas un invento de mi imaginación.

―¿Qué? Pero… ¿de qué hablas? ―le lanzó una toalla. Peter lucia totalmente seco, ya fuera porque corrió muy rápido para mojarse o porque el viento lo secó por completo a la velocidad que pasaba. ―¿Qué pasó con saber que esto es un sueño y tu obsesión con los 80's?

―Eso no prueba nada. De hecho, es un punto en contra. ―comenzó a secarse el cabello mientras hablaba, como si fuera cualquier cosa ―Yo sé que es un sueño, por lo tanto, tú debes saberlo. Sabes lo que se yo, porque eres parte de mi mente. Y no era mi obsesión con los ochentas.

―Exacto ―él saltó de su silla apuntándole convencido con medio kit kat en su mano ―ni siquiera entiendo como eso prueba nada. Nadie está obsesionado con los 80's y todos lo están porque es lo actual. ¿Acaso crees que a alguien durante las cruzadas lo acusaron de estar obsesionado con la Edad Media?

Wanda entornó la vista mirándolo. Apretó un mechón de su cabello entre sus manos para exprimirlo bien. Peter no entendió que miraba y se quedó haciendo un gesto como diciendo ¿Qué? mientras ella se le acercaba mirándolo directamente a los ojos.

―No lo entiendes ¿cierto? ―le susurró la chica.

―Justo ahora no creo entender siquiera mi nombre si me lo preguntaras…

Ella se dio la vuelta y acercándose a la pared encontró un espejo sobre una cómoda y se miró comprobando el estado de su cabello.

―Para mí la obsesión con los 80's es posible, pero no normal porque yo no vivo en los ochentas… y que sea para ti tan difícil de entender me dice que… tú de hecho sí lo haces.

A través del espejo pudo ver como él asentía pensativo.

―Claro… debo suponer entonces que vienes del futuro. ―se encogió de hombros ―ya decía yo que había algo raro en ti además de tu ropa. Supuse que en la unión soviética estaban de moda las gabardinas a la Drácula o algo así…

Ignorando el comentario, Wanda se quitó el abrigo, que estaba frío por el agua de la lluvia y lo hizo a un lado, debajo llevaba una blusa oscura sin mangas, muy ceñida. Peter volvió a sentarse, esta vez haciendo girar la silla para poder apoyar los brazos en el respaldo que quedó entre sus piernas.

―Te metes en los sueños de las personas y viajas en el tiempo… ―dijo distraídamente ―al profesor le encantaría conocerte.

―¿A quién?

―¿Puedes hacer solo una de las dos o solo viajas en el tiempo cuando sueñas?

―¡No! ―saltó ella un poco desesperada ―No se supone que haga ninguna. ¿Por qué te parece tan normal todo esto?

―Porque soy un producto de tu menteee… ―Peter giró la silla e hizo que su voz sonara temblorosa y distante como imitando a un fantasma ―o por la lógica rara de los sueños donde todo es posible.

Cruzándose de brazos, Wanda lo miró seria apoyándose en la cómoda junto a la pared.

―O… ―continuó Peter, poniéndose de pie caminando hasta ella mirándola muy de cerca, tratando de amedrentarla como ella hiciera minutos antes con él ―si admites que soy una persona real y un poquito más listo de lo que crees talvez te diga la verdadera razón.

Ella le sostuvo la mirada y no retrocedió un solo centímetro, con actitud retadora en los ojos.

―Adelante, intenta convencerme.

―Es simple. Ya no vivimos en la edad de piedra, nena. Tener habilidades especiales no es lo normal, pero ya no es tan raro como hace diez años. La existencia de los mutantes ya es del dominio público y estamos cada vez más cerca de ser tratados como iguales. Me sorprende que viniendo del futuro no lo sepas.

Tomó una nueva barra de chocolate y la rompió ruidosamente con los dientes para darle un toque dramático a su respuesta.

―Número uno ―respondió Wanda, quitándole de los dedos el resto de la golosina para comerla al terminar su exposición―no me llames nena. Suena estúpido aun viviendo en los ochentas. Número dos, jamás dije que viniera del futuro o que tuviera alguna idea sobre estos… mutantes de los que hablas; y número tres, nada de esto prueba que seas una persona real. Estoy familiarizada con toda esta basura de los ochentas porque Pietro le encantaba coleccionarla…

―¿Quién?

Los ojos de Wanda fueron a parar al fondo de la habitación súbitamente humedecidos en lágrimas, pero no estaba mirando nada. Más bien era a ella a quien no quería que miraran.

―¿A quién le encantaba? ―insistió Peter. Mala idea.

Ella apretó los labios y los dedos de las manos, casi arañando la madera de la cómoda en que estaba apoyada.

―¿Quién es Pier… lo que sea? ¿Tu novio?

―¡No te importa! ―gritó la chica haciéndolo a un lado y caminado al otro lado de la habitación para darse espacio. ―Real o no, no tienes que estar sobre mí todo el tiempo. Este lugar ya es bastante reducido… ¿Qué clase de miserable agujero es este, un refugio anti-bombas?

Peter se quedó mirándola, frente a él a por lo menos dos metros de distancia, dándole la espalda abrazándose a si misma sin mirarlo.

―Es mi cuarto ―dijo finalmente ―o lo era cuando menos hasta hace unos meses que me mudé a la escuela.

―No tiene ventanas…

―Pues no. Es un sótano. No se supone que las tenga.

―Vives en un sótano ―volteó Wanda reconociendo las paredes y los muebles. El lugar ahora se percibía un poco más claramente, como más iluminado.

―En el de la casa de mi madre. Si.

―Vives en el sótano de la casa de tu madre… ―repitió ella como si eso la ayudara a creerlo.

―Vivía, ―corrigió él triunfante. ―ahora vivo en la escuela, como el resto de los alumnos del profesor.

―¿Y que son todas estas cosas?

―Son mis cosas. Tocadiscos, máquina de palomitas, futbolito, pac-man… ¿juegas pac-man?

La mirada del chico recorrió los objetos del lugar mientras Wanda exploraba el sitió viendo las cosas más de cerca, finalmente se sentó en un sofá que descansaba frente a una repisa repleta de figuras y revistas de historietas. Mientras, la atención de Peter se detuvo en un objeto que él sabía que no debería estar ahí. Sobre uno de los muebles, era grande y metálico, hueco por dentro y al frente, como una especie de casco. La última vez que lo vio fue en Egipto, el día que un bravucón le rompió la pierna y el mundo casi se termina.

―No me gusta mucho pac-man realmente. Me parece demasiado aburrido. ―respondió la chica al tiempo que él se sentaba junto a ella en el sofá.

Algunos mechones de cabello cano le escapaban debajo de una especie de feo casco que estaba usando. Metálico, demasiado pesado para ser de motociclista.

―No te gustan los juegos, ¿eh? ―la miró de reojo girando la cabeza lentamente con el pesado accesorio cubriéndole las mejillas y la frente.

―No. Dije que no me gusta pac-man. Prefiero algo más movido. ¿Tienes King of Fighters, por ejemplo?

―¿Qué es King of Fighters?

―Una vieja serie de juegos de lucha. No puede ser que no la conozcas. Pietro y yo la jugábamos en el arcade cuando éramos niños, era el primero de la serie, King of Fighters '94 y…

Wanda se calló de pronto y al voltear a ver a Peter lo encontró con los ojos muy abiertos, mirándola en silencio.

―Es… mi hermano. Pietro. Él y yo crecimos en Sokovia, un pequeño país de Europa del Este. Seguramente en tu tiempo ni siquiera aparecía en los mapas. ―dijo finalmente, en un momento de vulnerabilidad, pero esta vez no lloró sino que levantó la vista disfrutando el feliz recuerdo ―Él tenía los dedos más veloces que todos los niños del barrio y aún así me las arreglaba para ganarle. Él decía que yo hacía trampa con mis juegos mentales… y pensar que entonces aun éramos normales…

Al bajar la mirada a verlo, los ojos del chico seguían fijos en ella pero ahora parecían llenos de asombro, como un niño que contempla por primera vez fuegos artificiales.

―¿Qué sucede?

―En todo el tiempo que tienes soñando conmigo no recuerdo haberte visto sonreír… hasta ahora ―Peter se quitó el casco como si eso le permitiera verla mejor.

―¿Estaba sonriendo?

―Sí, lo hacías y no lucía nada mal realmente ―dijo el chico y al ver que Wanda juntaba las manos y desviaba la vista sin tener nada que decir, continuó tratando de sonar casual ―dices que entonces eran normales. ¿No habían descubierto aun sus poderes?

―Aun no teníamos poderes.

―Tal vez aun no sabían que eran mutantes, eso se manifiesta con el tiempo pero se es mutante desde que se nace.

―¡Pero nosotros no somos mutantes!

―Escucha, no sé cómo sea el futuro. Ahora me preocupa que alguna suerte de horrible guerra del gobierno haya borrado todo registro de los mutantes y los haya obligado a esconderse nuevamente. No sería la primera vez que pasa, y me refiero al futuro represivo; ya sucedió una vez… o pudo suceder… en realidad no lo entiendo muy bien. Lo que si se, es que nadie puede hacer lo que tú haces sin ser mutante. ¿Qué hay de tu hermano? ¿Él tiene algún poder?

―Si lo tenía…

―¿Ya no? ¿Dejo de funcionar? Eso a veces pasa. El estrés puede hacer que se inhiban las habilidades espaciales, solo necesita relajarse y verá que pronto…

―Él murió.

Peter tuvo que callarse de golpe, cerrar la boca y desear no haber dicho nada en primer lugar. Tragó saliva, dejó el casco sobre la mesa de centro frente al sofá y se acomodó inquieto.

―Yo lo siento mucho…

―Olvídalo ―lo detuvo Wanda sin querer escuchar nada más ―en serio no quiero hablar de eso.

Ella volvió a darle la espalda y su rostro se cubrió nuevamente de aquella espesa sombra de tristeza que la perseguía continuamente. No quedaba rastros de la bella sonrisa que tanto había fascinado a Peter y el chico la echó muchísimo de menos, como si hubiera esperado la vida entera para verla y se hubiera extinguido en segundos.

―Creo que… de alguna manera vine aquí escapando de ello ―se dijo para sí ―pero creo que ni en mis sueños puedo huir de eso.

Wanda permaneció en silencio, en la oscuridad, con los ojos clavados en el rincón entre el suelo y la pared. Escuchó a Peter levantarse del sofá dar algunos pasos acercarse a ella y antes de poder hacer o decir algo, sintió el peso de un objeto depositándose suavemente sobre su cabeza.

Ella se dio vuelta y descubrió al chico frente a ella mirándola, levantó las manos hacia su cabeza y se encontró a si misma usando el feo casco de metal que él traía puesto unos momentos antes. Lo sujetó un instante, con las manos sobre las salientes metálicas que le cubrían las mejillas, dispuesto a quitárselo de encima, pero él la detuvo colocando delicadamente sus manos sobre las de ella, como si le sostuviera el rostro con delicadeza.

―¿Qué es esto? ―preguntó tratando de mantenerse inexpresiva mientras le sostenía la mirada.

―Es un casco protector. Uno muy especial. Sirve para evitar que otros entren en tu cabeza y hagan de las suyas. ―Peter aprovechó para acariciar su frente mientras le acomodaba los mechones de cabello que se escapaban bajo el casco. ―Si no quieres que esos pensamientos te acosen, solo… déjalos afuera y con esto no podrán volver a entrar.

―No creo que sea así como funciona… ―su voz salió casi en un susurro y el chico tuvo que acercarse mucho para oírla y al hablar, respondió también susurrando.

―Este es nuestro sueño y puede funcionar como nosotros queramos que lo haga.

Los dos jóvenes siguieron acercándose y lo último que Wanda vio al cerrar sus ojos fue a Peter cerrar los suyos mientras lo único que ocupaba la mente de la chica era el deseo de mitigar el temblor ansioso de sus labios en la gentil caricia de los de él.

Él la rodeó con sus brazos y fue ahí cuando ella notó que la piel de sus hombros desnudos estaba helada en contraste con su cálido abrazo. No respondió, sino que se refugió en aquellos brazos, donde en un descuido de su mente consiente, creyó de todo corazón podía dejar de sentir y solamente descansar.

Dejar de ser fuerte todo el tiempo, dejar de pelear por su vida, dejar de gruñir, morder, alardear y agredir como una fiera en una jungla. Dejar de sentir miedos, rencores y envidias. Dejar de cargar sobre sus hombros el peso de una humanidad que exigía que ella la vengara aun cuando ella misma sentía un incansable enojo contra la propia humanidad.

En ese abrazo, Wanda quiso creer, pensar y soñar que podía dejar de pelear cuando menos por un momento y volver a ser la niña que el mundo no le permitió ser por estar constantemente en guerra.