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LOVE 101
His choice
Esta vez, Megan había llegado la primera a clase, y lo prefería, así tenía tiempo de organizar su escritorio y retomar las notas de la clase anterior. Traquetea los dedos en la madera de su mesa, libro en mano. Se había deshecho de ese maldito despertador y ahora ponía la alarma en el móvil, mucho más práctico. Pasa la vista por la clase vacía y se concentra de nuevo en el monólogo de Romeo, moviendo los labios al compás de cada palabra.
Al mismo tiempo, el profesor de literatura inglesa, entra a clase con cinco minutos de antelación, y mira de reojo, algo sorprendido de encontrarse a la joven ya sentada. Sin comentar nada, se sienta en su silla y saca el libro, esperando a que el resto de la clase llegue y llene la sala.
Pero ella, como buena lectora, no se entera, sus ojos siguen fijos en el libro, prácticamente aislada al resto de estímulos externos, ni siquiera prestando atención a quien acababa de entrar. Con cada entonación alza la mano y la cierra como si así pudiera mostrar los sentimientos de cada verso.
—¡...lips, oh, you...!— Dice más alto de lo debido sin darse cuenta, continuando la frase.
Él mira de soslayo cuando la escucha y sonríe levemente de lado. Vuelve a quedarse serio cuando los alumnos comienzan a entrar en el aula. Pacientemente espera a que todos se sienten y luego les mira con expresión firme.
—Vamos a comenzar ya con los ensayos del libro.— Explica a sus alumnos.
En cuanto siente un papelito darle en la cara, Meg se da cuenta de que no está sola, y enseguida se sienta correctamente en su sitio.
—Ay...— Se acaricia la frente y coge la notita que le ha mandado su amiga.
Al abrirla lee lo que pone.
"Profesor buenorro. Mira ese trasero".
Sonríe levemente pero mira a Ruby con una ceja alzada, como preguntándole por qué es tan pervertida. Guarda la nota entre la obra y abre el libro.
El hombre coge uno de sus papeles y le pega una rápida pasada.
—Estén atentos a los grupos.— Les indica y divide la clase en tres grupos para poder representar bien la obra, recorriendo nombres uno a uno con perfecta pronunciación. —Megan Masters en el segundo grupo como Julieta.— Dice mientras continúa repartiendo a la gente en los grupos.
La universitaria abre mucho los ojos al escuchar su nombre en aquel lugar.
—¡Qué!— Se le escapa aquella exclamación en medio de clase. Enseguida se da cuenta de que algunos se han girado hacia ella y agacha la cabeza como si la voz no hubiera procedido su boca, dejándolo pasar.
—¿Tiene algún problema, señorita Masters?— Pregunta el profesor, cruzando sus brazos tras su espalda sin quitarle la vista de encima.
—No, yo no, qué va...— Niega con la cabeza rápido, alzando la vista hacia él sin dejarla fija más de un segundo seguido.
—Bien.— Deja los papeles sobre la mesa y suspira mirándolos a todos. —Hagamos una prueba. Todos los Romeos y las Julietas al "escenario".— Indica mientras se sienta en primera fila. –La escena del suicidio.
La pobre chica se tira del pelo ligeramente, frustrada, dándose cabezazos leves contra la mesa, maldiciendo cada vez más alto según oye al profesor hablar. Se levanta a la pizarra muy despacio, tirándose del borde de la falda. ¿Por qué había elegido ponerse falda ese día?
—Primer grupo, adelante.— Les ordena con un movimiento de cabeza mientras se prepara para una catástrofe. Espera con paciencia resignada a que terminen para poder exponer sus errores. —Bien. Desastroso. Debéis poner más ganas y no leer tanto. Segundo grupo adelante.— Dice fijando los ojos en la joven.
Ésta coge el libreto sin casi mirar ya que no lo necesita, y abre la boca tomando aire para comenzar. Pero al subir la mirada, las palabras se le traban. Intenta ignorar a toda esa enorme cantidad de gente que tenía los ojos sobre ella, y observa a su compañera que levanta los pulgares en señal de ánimo. Vuelve a abrir la boca pero nada sale de ella, se queda en silencio. El miedo escénico la tenía bien agarrada.
El maestro suspira exasperado una vez más y se levanta tras el tercer grupo, la última pareja resulta la misma decepción.
—Señoras y caballeros, no es tan difícil saber hacerlo de la manera correcta. Si se han leído el libro tal y como les mandé deberían saber el sentimiento que conlleva esa escena.
—¿Y usted sabe?— Evidentemente, Michael Fabray tenía que saltar con aquel comentario, mascando chicle con la boca abierta y esa sonrisa de chulito que parecía nunca borrarse de su cara.
—Por supuesto.— Responde sin ser humilde mientras alza las cejas. —¿Quieren acaso una demostración?
Ella, que había estado dándose cabezazos contra la mesa, alza la al oír el "Sí" unísono de todos sus compañeros. Se echa hacia atrás en el asiento cruzándose de brazos para observar la escena.
—Muy bien.— Se apoya en su mesa y sonríe muy levemente. —Julieta dos, ¿me hace el honor de acompañarme?— Pregunta mientras unos murmullos divertidos se extienden por la clase. —Ya que no ha sido capaz de hablar me servirá en esta escena.
—Claro como lo he hecho tan bien la primera vez...— Susurra la chica para sí, acercándose frente a él, intentando no mirarle demasiado.
—Mostraremos solo un pequeño trozo.— Afirma manteniendo sus ojos en ella con firmeza. —Por favor, siéntese en la mesa.
—Ahm...— Duda un poco pero por supuesto como es el profesor no le va a llevar la contraria, así que se sienta en la mesa como él ha dicho y le mira expectante.
Levanta una ceja hacia el resto de alumnos y luego clava sus ojos, ahora más verdes, en los de la joven de forma intensa y comienza el monólogo, hablando de manera perfecta, intensa, sintiéndolo como si fuera verdad.
—Aquí pondré mi descanso eterno y sacudiré el yugo de las estrellas infinitas quitándolo de ésta carne harta del mundo. ¡Ojos mirad por última vez! ¡Brazos dad vuestro último abrazo! ¡Y vosotros! labios, puertas del aliento, sellad con legítimo beso una concesión sin término a la muerte rapaz...
Su tono ha ido bajando de intensidad mientras apoyaba las manos en la mesa a los lados del cuerpo de la estudiante para inclinarse poco a poco hacia su boca, quedando muy cerca de esta cuando termina de hablar. Pero no la toca, se aparta y mira al resto de alumnos para ver si han entendido como se haría.
Embobada había quedado perdiéndose en sus ojos a medida que las palabras salían de su boca, anonadada por la pasión que ponía en ellas. También cada vez más sonrojada cuanto más que acercaba a ella, pudiendo volver a respirar cuando se separa.
Algunos alumnos aplauden y otros simplemente guardan silencio estupefactos.
—A trabajar.— Ordena él, sentándose de nuevo en primera fila.
Megan traga saliva aún algo paralizada, bajándose la falda bien antes de quitarse de la mesa para volver a su sitio, increíblemente avergonzada. Coge el libro y se lo pone en la cara intentando ocultar sus mejillas rojas.
La clase es entretenida, la pasan practicando mientras el hombre les corrige y les va dando algunos consejos. Con la joven tiene algunos, por no decir bastantes, roces aparentemente inocentes mientras este le corrige. Está jugando y se nota, pero su rostro serio es de un profesor concentrado en su trabajo.
Podía sentirle de tanto en tanto, cerca de su cuerpo, a veces lo suficiente como para rozarse y notar su calor por encima de la ropa. La voz le tiembla cuando esto pasa, y se sonroja algo más, pero intenta inútilmente que no se notara.
Una vez la clase ha finalizado, el profesor despide a los alumnos y se queda sentado en su silla y su escritorio mientras el aula se vacía, haciendo algunas anotaciones en su libreta. Ruby sale la primera como de costumbre.
—¡Pero quieres esperarme!— Le chilla Meg, como de costumbre. Ya casi se había vuelto un ritual.
Mete todas sus cosas a presión en la cartera y se la cuelga al hombro, siendo la última en salir como siempre. El hombre sigue apuntando en su libreta cuando la escucha.
—Señorita Masters, por favor, espere un momento.— Le pide con tono suave y tranquilo, sin mirarla.
La muchacha se queda quieta en el sitio, en el marco de la puerta, dándose la vuelta muy lentamente. Si la había vuelto a fastidiar tendría que ver quién le había echado un mal de ojo.
—¿Sí, profesor?
—¿Tiene usted problemas con la gente?— Cuestiona según guarda sus plumas, libros y apuntes que ha hecho sobre ellos.
—Ahm... No...— Responde algo confusa, recolocándose la cartera en el hombro ya que pesaba. No sabía por qué se interesaba.
—Entonces debo entender que ha sido algún tipo de miedo escénico.
—Eh... Sí, supongo...— Se encoge de hombros, tras colocarse un mechón detrás de la oreja que no dejaba de taparle el ojo.
—Entiendo...— Asiente y entrecierra los ojos para colocar un dedo sobre sus labios observándola. —Puede marcharse si quiere.— Vuelve a sus papeles, pero alza una ceja al verla todavía de pie ahí delante. —¿Tiene usted alguna petición o duda?
—Ahm...– Vacila, no sabe si decírselo o no, ya que después de todas las escenitas que ha causado supone que contradecirle tan solo agravaría la situación. —No es nada... solo...— Desvía la mirada de él porque le resulta intimidante. —Creo que yo no debería ser Julieta...
—En mi opinión creo que lo hará bien.— Atento a lo que hace, unas ideas algo turbias se cruzan por su mente. Las almacena en su debido lugar y luego habla. —Solo debe de soltarse un poco.
—Sí... Eso dice Ruby...— Suspira tirándose de los bordes de la falda. —Aunque lo mejor sería que usted eligiera a otra chica...
Deja el bolígrafo sobre la mesa y cruza las manos entrelazando sus propios dedos para después mirarla fijamente.
—Tiene usted un gran problema de autoestima.
—Como todos los adolescentes del mundo, diría yo...
—No se crea.— Frunce los labios y luego se levanta para acercarse a ella, atreviéndose a rozar su mejilla. —Estoy seguro de mi elección.— Expresa con voz suave, con un deje de doble sentido impreso.
Meg abre mucho los ojos con expresión atónita al verle acercarse, apoyándose con más fuerza al marco de la puerta según lo hace, un escalofrío la recorre cuando la roza, quedándose momentáneamente sin aire.
—Me voy... Quiero decir que me tengo que ir. Sí, me tengo que ir a clase.— Repite más alto, como si se estuviera excusando, y se recoloca la cartera para irse.
—Por supuesto.— Se aparta de ella un par de pasos. —Espero que tenga un buen día, señorita.
En cuanto la deja espacio, toma aire de nuevo volviendo a respirar y sale corriendo por el pasillo, esquivando gente. Él la observa marcharse, quedándose ahí parado durante un instante y luego se da la vuelta para volver a sentarse y continuar así con su trabajo.
Como era de esperar, a la vuelta a casa, Ruby la había atosigado a preguntas de por qué había tardado tanto, al menos no había llegado tarde a clase de fotografía, pero había estado distraída, así que lo mismo daba. La otra chica hizo un comentario realmente pervertido que la otra respondió con un empujón.
—¡No, Ruby, no le he mirado el culo a nuestro profesor!
