Disclaimer: Los personajes pertenecen a Twilight de Stephanie Meyer, mi historia es totalmente ficticia.
Beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com / groups /elite . fanfiction)
Batalla contra el Miedo
Summary: Todo presagiaba que era para mal, el dolor y el miedo nunca desaparecerían, nunca tendría su final feliz; pero ese destino infernal fue el que la llevó a sus brazos, a superar sus temores y librar una batalla contra el miedo. Cuando el miedo que debería ser algo normal se convierte en una realidad, en una enfermedad, sin embargo, él está ahí... Su paraíso personal. Olderella.
"Todas las batallas en la vida sirven para enseñarnos algo, inclusive aquellas que perdemos"
Paulo Coelho.
Mirando fijamente la puerta trasera de la cocina de su padre, se decía a sí misma que hoy sí, hoy lo haría. En el fondo sabía que al finalizar el día, habría pasado como los anteriores en los últimos seis meses. Escuchó un ruido y se giró para ver bajar a Charlie de su habitación.
—Hoy es el día del juicio. —No la saludó, tenía claro que él estaba disgustado con ella.
—Ya lo sé.
—¿No piensas hacer nada?, no sé qué digo, ya es tarde, aunque te dieses prisa y aun contando con el cambio horario, no llegarías a tiempo.
—Papá, lo siento, no puedo ir. —Y era verdad, no es que no quisiera, simplemente se ponía enferma el solo pensar en salir de casa, ya ni hablar de coger un avión, volver a esa maldita ciudad, y menos aún al juicio, se estremeció y empezó a ver lucecitas, mierda, estaba alucinando de nuevo, al final sí se estaba volviendo demente como su madre, seguro tenía esquizofrenia.
—Ella te necesita ahí, a su lado, apoyándola, no es solo por ella, Bella, es por ti también, lo sabes, ese cretino las dañó a ambas.
—Lo sé, papá, por eso fue Emmett a estar con ella.
Charlie soltó un bufido.
—Emmett no eres tú, no es su mejor amiga, no es quien vivió ese infierno con ella, y pasó por lo mismo. —Claro, y tal vez en un mundo paralelo eso debió unirlas más, el pasar juntas por esa pena, aunque eso las hizo separarse.
—Por eso mismo, Charlie, no entiendes que no puedo volver a verla, que solo la vi una vez después de eso y lo único que vi fue dolor, fue impotencia, la mía, no hice nada, Charlie, no hice nada por ayudarla, no hice nada por ayudarme. Olvidé todas las clases de defensa personal, olvidé que tenía el spray de pimienta que me habías regalado en el bolso, que Rose siempre llevaba un arma en el suyo, olvidé moverme, olvidé respirar, lo olvidé todo. No, no, lo siento, pero no puedo volver a verla, no puedo volver a esa ciudad, no puedo.
Sus manos empezaron a temblar, su rostro se tornó pálido, un sudor frío le perló la frente y encima del labio, comenzó a respirar espasmódicamente, a ver luces, fue cayendo al suelo lentamente, moviéndose como si tuviese un ataque al corazón. Al escuchar un ruido de un golpe fuerte su padre se dio la vuelta, para encontrarla tirada en el suelo, con el café esparcido encima de la camisa del pijama, moviéndose violentamente, vio como se orinaba encima y como sus lágrimas salían sin cesar de sus ojos, sudando frío, decía en una voz casi superficial: "Me muero, papá. No puedo respirar". Charlie corrió a llamar al médico, no podía creer que esto estuviese pasando de nuevo, ya llevaba cuatro ataques desde que salió del hospital después de la agresión, pensaba que ya lo tenía superado, hacía casi dos meses que no le daba ninguno, era terrible verla en ese estado, como si no tuviera control de su cuerpo que se zarandeaba como si tuviese una crisis epiléptica y su mirada perdida. ¡Mierda, mierda, mierda!, ¿por qué la había presionado tanto?, su niña se estaba desmoronando.
Esa misma noche Bella recibió una llamada de Emmett, estaba preocupado, su suegro le había contado de la crisis de pánico de Bella, sin embargo habían pasado varias horas y al parecer ella ya se sentía mejor, aunque siempre que Charlie la miraba tenía la mirada perdida y esa manía que había adquirido hacía meses le tenía el cuello totalmente rojo, no sabía por qué ella hacía eso, pero no paraba de toquetearse el cuello y al ser tan blanca quedaba esa marca rosa en su piel, ahora mismo no era rosa, era roja intensa, parecía que en cualquier momento empezaría a sangrar por ese lugar.
Bella habló con su prometido evitando cualquier pregunta que él pudiese hacer sobre lo que sucedió esa mañana, cuando el chico se vio vencido empezó a contarle del juicio; pero ella dejó su mente volar, no quería saber nada sobre los detalles, lo único que le importaba era el veredicto y eso fue lo único que escuchó.
—Así que ganó, Bella, Rose ganó y se hizo justicia.
—Me alegro, gracias, Emmett.
—¿Quieres hablar con ella, felicitarla? Fue una jabata y no se dejó amilanar por nada, es una luchadora, lo es. ¿Entonces?
—No, dile que me alegro y que gracias. Adiós, Emmett, nos vemos cuando vuelvas. —Diciendo esto colgó el teléfono sin tan siquiera escuchar la despedida del hombre.
Se alegraba, de verdad lo hacía, ese canalla llamado Jasper Whitlock recibió su merecido, y fue Rosalie la que se encargó de hacerlo todo, ella no había hecho nada, solo salió del hospital, cogió un avión, llegó a Forks y desde ese día no había vuelto a salir, ni hablar con ella, no sabía cómo consiguió hacer todo lo que hizo después de... Ella parecía el ave fénix resurgida de sus cenizas, mientras Bella solo quería enterrarse y no volver a salir.
Emmett ya no le interesaba, no le quería, es más, no quería a nadie a su lado, a veces quería desaparecer, ni siquiera quería que Charlie o su médico, el doctor Cullen, la viesen. Estaba sola con ese miedo, ese total miedo que siempre tenía, miedo a salir, miedo a los hombres, miedo a que la tocaran, miedo a que la atacaran, miedo a estar perdiendo la cabeza, miedo a sufrir otra crisis, miedo a volver a sentir como si su vida escapara de ella, miedo a no controlar su cuerpo, miedo a estar paralizada de nuevo, miedo a no poder gritar, miedo a no defenderse, miedo a no ser ella, miedo a todo, miedo al miedo...
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En la Navidad de ese año, Charlie preparó la cena e invitó a Emmett, algunas semanas atrás llamó a Rose y Shelly para invitarlas a celebrar la Navidad juntos, pero se excusaron diciendo que no podían, que se estaban trasladando a vivir a Francia, fue un duro golpe para él, sin embargo lo comprendía, cuando se lo contó a Isabella esta no dijo nada, no volvió a hablar de Rose como lo había estado haciendo desde hace más de un año, como si nunca hubiese existido.
Bella no había vuelto a salir de casa y rompió con su prometido, aunque en el fondo Charlie esperaba que volvieran, ella no quería recibir terapia y cada vez que se le nombraba ese tema sufría una crisis, así que dejó de mencionarlo.
Pero esa Navidad, al igual que la anterior, no fue nada buena, aunque Emmett se presentó a cenar (seguía queriendo a Bella, se le notaba), fue ésta la que no cenó con ellos, no bajó de su cuarto. Solo se presentó un momento para felicitarles por las fiestas a ambos, sin dejar que ninguno se le acercara, su ex prometido le dijo que su regalo llegaría mañana, porque no había alcanzado a llegar a tiempo, ella rehusó recibir nada alegando que no estaba obligado a ello y que ella no compró nada para él. Bella no dejó que ni siquiera su padre le diera su regalo, se dio la vuelta y volvió a su cuarto.
Al día siguiente cuando bajó, Charlie estaba junto a la encimera tomando café.
—Anoche te fuiste y no pude darte tu regalo.
—Gracias, papá, no quiero nada.
Aun así Charlie se dio la vuelta y fue al salón justo cuando ella salía con una taza de café en la mano, lo vio agachado en un rincón donde había unas cuantas mantas, recogió algo, se dio la vuelta y en sus manos tenía un hermoso cachorrito de perro lobo checoslovaco; su pelaje era pardo, pero sus ojos, sus ojos eran azules, un azul cristalino. Ella se acercó, lo cogió en sus manos y sonrió tan grande que a su padre se le detuvo el corazón, hacía tiempo no la veía sonreír de ese modo, y lo que le sorprendió aún más fue que se le acercara y le besara en la mejilla dándole las gracias, se dio cuenta que había acertado infinitamente con su regalo. Pensó durante días qué mascota regalarle y se decidió por un perro; pero no cualquiera, tenía que ser uno grande y fuerte con el que ella se sintiera protegida, segura, además con esto también la obligaría a salir de casa a pasearlo, ya había pasado un año y cuatro meses que Bella no pisaba la calle para nada, eso debería cambiar.
—¿Cómo se llama?
—Ese es tu trabajo, Bella, ponerle nombre y ocuparte de él, luego él te cuidará cuando esté grande y fuerte.
—Jake, le llamaré Jake.
—Bien, Bella, hay algo que quiero hablar contigo desde hace unos días. —Lo miró y asintió, invitándolo a continuar, mientras le hacía carantoñas al cachorro—. Hace casi un mes me llegó una carta de West End Outreach Services. —Eso captó toda la atención de Bella que dejó a Jake en el suelo.
—Me vas a internar —preguntó completamente aterrorizada, y empezando a temblar con el miedo a volver a sufrir una crisis y darle más justificación a su padre si había decidido internarla en el centro de salud mental.
—No, Bella, escucha, cielo —dijo suavemente, viendo como su niña temblaba—. Bella, ¡escúchame! —gritó, captando la atención de Bella para lograr impedir un nuevo ataque, esto lo destrozaba, lo mataba poco a poco verla en ese estado, ella lo miró fijamente—. Es Renée, es sobre tu madre.
Bella soltó un suspiro de alivio.
—¿Qué... Qué... Qué sucede? —por fin logró decir.
—Tu madre está recuperada y saldrá en unos dos meses, está siguiendo el tratamiento y tomando su medicación, ya no oye voces y no desea volver a consumir, además cuando salga irá a reuniones de adictos, seguirá yendo al psicólogo del centro una o dos vez por semana, dependiendo de lo que necesite.
—No puedo vivir con ella, Charlie, me voy a volver más loca de lo que estoy. —Y otra vez esa maldita manía, ya se le estaba enrojeciendo el cuello de tanto que se lo rascaba, su padre se estaba poniendo nervioso y alargó la mano para apartar la de ella del cuello enrojecido. Error, craso error, eso la alteró—. Me siento mal, algo me va a dar. —El que la tocara tan inesperadamente y de una forma tan ruda, apartando su mano, desencadenó otra crisis, temblores y asfixia, y otra llamada al doctor Cullen. Al principio llamaba a una ambulancia, la creía morir; luego Carlisle le explicó que era una crisis de ansiedad y que siempre que le sucediera lo llamara a él y solo a él, porque cada vez que Bella veía a otra persona a su lado su estado empeoraba.
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Esa misma tarde ella ya se encontraba en su habitación, pensando en lo sucedido, con su dedo pasando constantemente por su cuello del lado derecho. Escuchó el timbre; pero no pensaba bajar a abrir la puerta, ni loca. ¿Si era un desconocido? No, ella se quedaba en su habitación. Además no podía ver a Charlie a la cara después de lo sucedido esa mañana, pero él la llamó, por lo que bajó las escaleras con Jake siguiéndola con sus cortas patitas, Charlie tenía una caja mediana en las manos.
—Es el regalo de Emmett. —Bella miró la caja, pero no se acercó—. Vamos, toma, ábrelo.
—No lo quiero.
—No sabes qué es.
—Pero... no lo quiero.
—Bella. —El tono de su padre no dejaba lugar a réplica, y después de lo que le había hecho pasar decidió hacerle caso. Se acercó a la caja lentamente y la abrió aún en las manos de Charlie.
—¡Oh por Dios, es hermoso!
Charlie arrugó el ceño.
—¿Qué es eso?
—Una eriza albina africana. ¡Oh, Señor!, ¿cómo pudo recordarlo? —Charlie refunfuñó entre dientes que se le iba a llenar la casa de animales, que se convertiría en un zoo a este paso, aunque realmente no lo decía en serio, valía la pena por volver a ver esa sonrisa, la misma de esa mañana cuando le regaló a Jake. El animalito era pequeñito, totalmente blanco como un copo de nieve, con sus ojos marrón rojizo, y tan pequeñitos como puntitos, parecía un roedor, pero la cosita era bonita. Bella la cogió con cuidado de que no se alterara y sus pelos se convirtieran en púas—. Le dije que quería una, que cuando nos casáramos la compraría, pero él la compró para mí.
—Ese chico aún te quiere, deberías darle una oportunidad.
—No vayas por ahí, Charlie, no puedo soportar que nadie me toque, solo tú y el doctor Cullen, y solo si estoy preparada para ello.
—Bella, no puedes estar sola siempre, yo no viviré eternamente, cielo.
—Lo sé, papá, sin embargo, ¿no piensas que si hubieses sabido lo de Renée antes habrías evitado casarte con ella? ¿No desearías haber evitado vivir ese infierno con alguien inestable y adicta?
—Quizás, pero no me arrepiento, me dio el mejor regalo de todos, tú, pequeña.
—Valiente regalo, otra demente.
—Hija...
—Lo sé, papá, me amas aun así, aunque ambos sabemos que estoy mal de la cabeza, además no puedo hacerle eso a Emmett, él se merece una mujer que le ame, una familia, hijos, y yo no estoy dispuesta a dejar que nadie me toque, no puedo ni quiero darle eso, ya no le amo, sí le quiero, pero no le amo.
—Bien. Lo entiendo, pequeña.
—Papá, hay otra cosa. —Charlie la miró a los ojos—. Sobre lo que hablamos esta mañana...
—Si te vas a poner mal, no quiero hablar de ello —la interrumpió su padre.
—El tiempo pasa y no podemos hacer como si nada ocurriera, lo he pensado, quiero a Renée. Pero los dos sabemos que no puedo vivir con ella, por eso recordé que hace días comentaste que los Newton van a vender la casa que tienen cerca al bosque y me gustaría comprarla, tengo ahorros suficientes, además tengo una buena noticia que darte. —La miró esperando a ver qué decía, la idea de que se fuera de casa no le gustaba, la comprendía; aunque tampoco podía dejar a Renée en la calle, aun estando divorciados y sin amarla, ella era su responsabilidad—. He encontrado trabajo.
Charlie la miró sonriendo muy grande.
—¡Isabella, eso es una gran noticia! —dijo efusivo.
—Sí, lo sé, es en diseño también, para portadas de libros, es para una editorial modesta que esta en Port Angeles, tendré un buen sueldo para ser una empresa tan pequeña, pero reconocen mi trabajo de cuando trabajaba en publicidad, lo mejor es que puedo hacerlo desde casa, no pusieron ningún problema, les dije que estaba enferma y no podía salir y aceptaron. —Eso sí que no le gustó a Charlie, ella no iba a salir, lo haría todo desde casa, no era un triunfo del todo, no, no lo era en absoluto.
Esa misma tarde llamó a Emmett para disculparse por ser tan borde con él la noche anterior, le explicó que lo quería mucho, mas no lo amaba. Le agradecía enormemente por Hanny (la eriza), pero entre ellos no podía existir más que una amistad, que le avergonzaba muchísimo haber dejado las cosas como lo hizo, sin una explicación y que él merecía más.
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Llevaba treinta horas en pie, estaba agotado, amaba su trabajo pero no quitaba lo agotador que era. Se había convertido en un adicto al trabajo, no tenía vida social, la verdad no le interesaba, solo quería ser el mejor en su trabajo, eso era lo único que le importaba. Había vuelto hacía año y medio en cuanto terminó sus estudios en Oxford, en el St. Edmund Hall College, para terminar su residencia en el NewYork Presbyterian como residente de cirugía, buscaba encontrar a una persona; pero su labor se volvió imposible en una ciudad tan grande, pidió sus datos en el último trabajo de ella del cual tenía conocimiento donde no le dieron razón alguna, su padre tampoco sabía nada de ella, ni del jefe de bomberos, al parecer se mudaron de Forks hace más de siete años, no sabía si estaba casada con el señor anabólicos o tendría hijos, tal vez estaba divorciada. No tenía ninguna noticia de ella y ya había terminado su búsqueda, se resignó, seguramente todos tenían razón y esa mujer no era para él.
Se restregó la cara mientras tomaba un café, aún le quedaban tres horas para terminar su guardia. Tenía una cita con una chica morena de cabello corto a nivel de sus hombros, con ojos marrones, pero su piel no tenía el tono adecuado, el cabello era más oscuro al igual que sus ojos, demasiado delgada, más baja que ella. Él ya no podía vivir esperando a una mujer, ya estaba cansado de relaciones esporádicas; sí, tal vez todos tenían razón y en su adolescencia no había sabido lo que era el amor, era un chico prendado de una mujer. La mujer que marcó el resto de su existencia, ahora después de tantos años, sabía que ella era una obsesión, su mirada chocolate, su piel de porcelana, sus labios rosados, su sabor, su suavidad, su voz, lo habían tenido gran parte de su vida enfocado en ella y solo en ella, una maldita obsesión que lo había jodido para el resto de las mujeres.
Angela podría ser su futuro; sin embargo no le apetecía nada salir, solo quería llegar a casa, darse una ducha, tirarse en su cama y no levantarse hasta su próxima guardia, no le animaba ni la idea de sexo, que seguro tendría esta noche con la chica. Iba a ponerle un mensaje para posponer la cita, cuando vio que tenía siete llamadas perdidas de casa de sus padres, cinco del móvil de Victoria y otras diez del móvil de su madre. ¡Joder! ¿Qué coño estaba pasando en su casa?
Llamó primero al móvil de su madre pero no contestó, luego el de su padre nada, la casa la misma mierda, solo quedaba su hermana y rogaba que contestara, a la segunda llamada contestó James, el novio de Vic.
—James, ¿qué sucede? ¿Dónde está Vic? ¿Por qué no contestó ella el móvil?
—Edward, hemos estado intentado ponernos en contacto contigo, no contestabas tu móvil y en el hospital dijeron que estabas en cirugía, que cuando salieras te informarían, pero eso fue hace dos horas. —Frunció el ceño, llevaba tres cuartos de hora que había salido de cirugía y nadie había dicho nada ni tenía mensajes en el busca para ir a recepción—. Espera, Vicki te va hablar.
Después de un momento se escuchó una azorada Victoria.
—Edward, Edward —solo repetía su nombre.
—¿Qué sucede, Vic? —preguntó nervioso.
—Es papá, sufrió un accidente, estamos a punto de coger un vuelo privado para ir a casa con mamá, ella no dice nada y ahora no coge el teléfono, llama a Aro él te lo explicará mejor, yo tengo que abordar, nos vemos en casa. —Diciendo esto colgó.
A Edward le faltaba el aire, ¡Señor, su padre! Inmediatamente llamó a Aro, el jefe médico de Urgencias en Forks.
—¿Sí?
—Aro, soy Edward.
—Sí, lo sé, hijo.
—¿Cómo está?
El hombre suspiró
—No te voy a mentir, hijo, tu padre tuvo un infarto mientras conducía, pero sus heridas del accidente no es lo que nos preocupa, su corazón no está bien, ha entrado en parada cuatro veces, lo mejor es que vengas, no creo que aguante mucho. Lo siento, hijo.
Lo sabía, cuatro paradas no eran nada bueno, seguro no lo lograría, se le humedecieron los ojos y empezó a buscar un vuelo, llamar a su jefe y comunicarle lo sucedido. Treinta minutos después había conseguido un pasaje para dentro de dos horas, lo justo para cambiarse de ropa, recoger alguna de cambio, e ir al aeropuerto.
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Al pisar suelo firme, después de seis horas y media de vuelo, lo primero que hizo fue encender el móvil y desplazarse a alquilar un coche. Llamó a su madre, con quien no había podido hablar hasta ese momento, sin embargo poco hablaron, luego a Vic que estaba llegando a Forks y por último a Aro, que le dijo que le daría el parte en cuanto llegara. Nueve años, nueve años que no volvía a casa, que no pisaba Forks y tenía que ser para esto, era muy difícil, su padre, su apoyo, su amigo, su confidente, su mentor.
Las noticias no fueron buenas cuando llegó al hospital de Forks, se enteró que su padre había muerto hacía cinco horas, cuando él estaba en pleno vuelo aún, llegó a ocuparse de todo. Su madre, tan digna como era ésta, estaba impecablemente vestida de negro, su pelo perfecto en un moño, su maquillaje justo sin pasarse, sus joyas en su lugar, cualquiera que no la conociese pensaría que no le afectó en absoluto la pérdida de su marido; aunque él la conocía, sabía que estaba destrozada, sus ojos apagados, sus manos temblorosas y el que no estuviese quieta en un lugar más de dos minutos, eran indicativos de lo mal que se encontraba en ese momento, aunque no lo dejaría traspasar al exterior.
Se tuvo que ocupar de todo, en el funeral de su padre estaba todo el pueblo, todos, todos, todos, podría jurar que no había un negocio o lugar de interés abierto ese día en todo Forks. Sin embargo lo que le llamó la atención fue ver a dos hombres en el fondo de la capilla, Charlie Swan y Emmett McCarty por lo que tenía entendido habían abandonado el pueblo años atrás y no se tenía noticias de ellos, ni su paradero, se le acercaron a darles el pésame.
—Lo siento mucho, muchacho, tu padre era muy querido aquí. Bella lo estimaba mucho y está muy mal por su pérdida, no pudo venir, ya sabes, por su problema, si hubiese podido habría estado aquí acompañándolos, él la ha cuidado siempre. —Edward lo miró fijamente, no comprendía nada de lo que hablaba el jefe, pero aceptó sus condolencias y siguió.
—Tal vez no te acuerdes de mí, pero apreciaba mucho a tu padre, era un buen hombre.
Edward asintió y le tendió la mano a su rival. Vaya, ¿su rival?, no sabía de dónde venía ese pensamiento, pero así lo sentía. También notó que este no tenía alianza de casado en su dedo.
—Gracias por venir a los dos, y por favor, de mi parte, dele recuerdos a su hija.
—Lo haré, muchacho.
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Solo habían pasado un par de meses desde el fallecimiento de su padre, se la había pasado en camino desde New York a Forks, hasta que decidió volver a vivir a su pueblo natal a pesar de la negativa de su madre, era algo que no comprendía. Pensó que se sentiría sola y aliviada de que volviera; no obstante no quería compañía, o al menos la suya, ya que estaba volviendo loca a Vic para que se mudara con ella, algo que su hermana no pensaba hacer y menos viendo el modo en que su madre trataba a James solo porque era entrenador personal mas no un titulado como lo iba a ser ella. Victoria aún no había terminado la universidad, amaba su independencia, amaba San Francisco, la libertad de no tener a Esmerald Cullen encima suyo todo el tiempo y, por sobre todas las cosas, amaba a su novio. La chica estaba segura que si volvía a casa su madre arruinaría su relación con James y no lo iba a consentir, por eso lo mejor era poner tierra de por medio.
Edward justo ese año empezaría como adjunto de neurocirugía en el Presbyterian, no obstante después de hablar con Aro y que le ofreciera una plaza en el Forks Community Hospital, no se lo pensó demasiado, algo le decía que aquí estaba su destino, algo dentro lo impulsaba a volver aunque no fuera el hospital más prestigioso del mundo, podría asegurar que en menos de un año con su talento y dedicación sería el jefe de cirugía.
Estaba en la oficina de su padre recogiendo sus pertenencias y dejando las propias, cuando entró Aro a darle la bienvenida a su nuevo trabajo, hablaron durante un rato hasta que una enfermera hizo su aparición.
—Dr. Vulturi, hay una emergencia.
—¿Qué sucede, Alice?
—Es de la casa Swan la... —Hizo un gesto con la mano indicando a alguien desequilibrado— ha tenido una nueva crisis, como el Dr. Cullen ya no está y ella era su paciente solo nos queda usted, sería la única persona de la que ella aceptaría atención, aunque tampoco nadie se ofreció voluntario.
A Edward le desagradó que la chica se refiriera con tan poco respeto a un paciente, pero lo que realmente lo descoló fue la frase: "Es de la casa Swan", ¿cómo era posible si ellos ya no vivían en el pueblo?
—Prepararlo todo, decirle a Charlie que voy de camino.
La chica salió rápidamente y Aro a la saga, pero Edward le agarró del brazo, era su oportunidad para saber de ella.
—Voy contigo, Aro —anunció el cobrizo.
—No es necesario, Edward, es solo un ataque de ansiedad, además no empiezas hasta dentro de dos días.
—Voy, Aro, si mi padre era su médico y ella no confía en nadie, me gustaría quedarme con su caso.
—Está bien, pensaba quedármelo yo, pero pensándolo bien, creo que necesitará un médico a largo plazo, ya estoy mayor para salir a media noche al bosque. Te lo advierto, muchacho, este es un trabajo de por vida y te quitará mucho tiempo, tu padre le dedicaba mucho tiempo solo a ella. —Bien, no entendía qué quería decir con lo del bosque, pero si su padre lo había hecho seguro él también podría.
Diez minutos después estaban en un camino de bosque, el cual recordaba como la residencia Newton, su corazón martillaba, parecía que fuera a salir de su pecho, era Bella, su Bella la que estaba mal. En el camino cuando pasaron de largo la casa de los Swan, Edward preguntó a Aro y éste le contestó que iba a la casa de la mujer, que ya no vivía con Charlie, desde hace años, le preguntó si seguía teniendo problemas con las drogas, éste le miró curioso y contestó que ella nunca había tenido problemas con las drogas. En ese momento su mente empezó a trabajar, también le preguntó si era Renée, éste le respondió que no, que la señora Swan había fallecido hacía cuatro años de una sobredosis junto con el chico con el que mantenía una relación. Le explicó que se trataba de Isabella, pero la verdad nadie sabía el porqué de esta situación, solo tenían claro que Bella tenía TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada), que era uno de los trastornos de ansiedad, junto con las fobias específicas (orientadas hacia un objeto determinado), la fobia social, el trastorno por estrés postraumático, la agorafobia, el trastorno de pánico o el trastorno obsesivo compulsivo, del cual derivaban más problemas y ella presentaba un cuadro de todos estos.
Solo quería llegar y ver que Bella, su Bella, estaba bien.
Cuando entró al salón de la casa, tuvo la visión más espantosa que pudo imaginar, Charlie estaba sentado en el suelo con la cabeza de Bella en su regazo, mientras ella se retorcía intentando llevar aire a sus pulmones, sus lágrimas bajaban por su sien mientras desaparecían en su cabello, por su ropa, cuerpo, y en su cara había sangre.
Tomando el mando de la situación, tomó sus signos vitales, en cuanto ella centró sus ojos en él, vio reconocimiento, lo recordaba; sin embargo sus gemidos de desesperación aumentaron, así que la sedaron inmediatamente, después fue coser y cantar, él era bueno en su trabajo, por lo que después de que la tranquilizaron, se ocupó de su herida en el brazo que era bastante profunda y sangraba abundantemente.
Charlie tenía lágrimas en los ojos, porque ya pensaba que no volvería a ocurrir, llevaba más de un año sin una crisis o al menos no una tan fuerte como ésta. Les explicó que se dirigían al salón cuando el perro pasó corriendo detrás de la erizo e hicieron tropezar a Bella que cayó de lleno al suelo enterrándose los cristales del vaso que llevaba en la mano cuando este cayó primero; aunque no fue sino hasta ver la sangre que se descontroló.
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Estaba en su cuarto viéndola dormir, había cambiado, su cuerpo tenía más curvas, había ganado peso, sin lugar a dudas seguía siendo hermosa, su cabello ya no era corto, ahora le llegaba a la cintura en ondas, su rostro se veía tensionado; no obstante no se notaban sus treinta y cuatro años, seguía pareciendo una adolescente, no llevaba nada de maquillaje, era hermosa, tremendamente hermosa. Esperaba que cuando se despertara no tuviese otra crisis y le reconociera de nuevo.
Por dentro estaba muriendo, no sabía qué le había ocurrido a esta hermosa mujer, que era luchadora e inteligente para que llevara casi nueve años sin salir de su casa, para sufrir estas crisis y lo que era aún peor... que su padre, él, su confidente, su amigo, con quien pasó horas hablando de ella, de sus sentimientos, él en quien más confiaba, él que sabía el dolor de no poder encontrarla, el vacío de estar sin ella, de no poder tenerla, la rabia de que ninguna mujer lo llenara y lo desesperado que estaba por saber de ella, por encontrarla, había sabido todo el tiempo dónde hallarla. Había hecho todo lo posible por alejarlos, que él no volviera a Forks, ahora entendía el porqué siempre eran ellos los que lo visitaban, haciendo parecer que aprovechaban la oportunidad para unas vacaciones. ¡Mierda! Hasta en Navidades le evitaban regresar. ¡Joder! Estaba en el mismo lugar donde crecieron, se sentía tan jodidamente traicionado, no sabía si algún día podría perdonar este engaño.
Bella despertó cuando el sol ya se escondía, sus ojos se llenaron de lágrimas, ella no quería que eso volviera a pasar, pensaba que ya lo tenía superado; pero al parecer no. Le dolía ver la compasión y pena en los ojos de su padre, recordó unos hermosos ojos verdes que la calmaban y una voz profunda la cual le decía que él era su médico, que estaba ahí para ayudarla. Percibió por el rabillo del ojo un movimiento a la derecha y miró hacia ahí, pensaba que sería Charlie, se sorprendió al ver esa mirada verde, empezó a hiperventilar. Sí, era él, no lo había imaginado, era Edward Cullen, y ya no era un niño o un chico, era un hombre, el tener conciencia de esto, de que le conocía desde niño, la calmó un poco.
—Por fin despiertas. ¿Cómo te sientes? ¿Me recuerdas? Soy...
—Edward —ella habló antes que él terminara.
—Sí, soy tu médico ahora que mi padre no está.
—No sé si pueda confiar en ti.
—Ya confías, Bella. No te ha dado una crisis y estás hablando conmigo.
La mujer asintió.
Siguieron hablando durante horas, Edward quería ganar su confianza, quería ayudarla y haría lo que fuera por ella, la amaba, ahora lo confirmaba, sabía que nunca había dejado de amarla y la sacaría de ese pozo negro en el que estaba sumergida. No tenía claro de qué iban sus problemas, cuando era residente hizo rotación por Psiquiatría; mas nunca se preocupó más que en lo básico, pero ahora investigaría, estudiaría, necesitaba poder ayudarla, ahora necesitaba saber lo que sucedió para que ella llegara a esto. Sabía que la enfermedad de su madre podía ser un factor, como también un incidente traumático, pero la recuperaría, él recuperaría a la mujer que era antes.
A la Bella sonriente que cantaba las canciones de Rolling Stone y Aerosmith a todo pulmón, utilizando como micrófono el mando de la televisión, saltaba y se tiraba al suelo riendo, haciendo la perfecta imitación de un bajo para después levantarse, recomponerse como si no hubiese pasado nada, guiñarle un ojo y decirle que algún día cuando fuese mayor la comprendería, mientras le alborotaba el cabello porque según ella se veía más mono y más rockero.
La Bella alegre volvería, se prometió.
Era algo increíble, confiaba en ese chico, él no la miró con asco o juzgándola después de haberla visto en uno de sus momentos más vulnerables, cuando no dominada su cuerpo aunque estaba consciente de todo lo que sucedía a su alrededor, él solo la miraba con cariño y respeto, como cuando era ese niño tímido y pensativo, la observó como siempre había sido entre ellos, con complicidad, no habló ni una sola palabra de lo que sucedió hace años entre ellos y eso la alivió.
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Pasaron siete meses de terapia con Edward, él no era psiquiatra ni psicólogo, sin embargo había leído, consultado con colegas y estudiado el caso, iba a su casa todos los días y hablaban durante horas, al principio solo hablaba él, con el tiempo ella se fue soltando, comenzando a hablar también, de su trabajo, de Hanny y Jake —sus mascotas—, del pasado, pasatiempos, en fin, podía decir que se conocían bien el uno al otro. Edward siempre escuchaba lo que decía; aunque a veces desvariaba, ya que acostumbraba a hablar solo con sus animales y su padre cuando la visitaba, pero él nunca se quejó, nunca hizo una mueca de disgusto o de aburrimiento, no, él la escuchaba con la mayor atención, como si estuviese hablando de la cura para el cáncer.
Para Edward el poder conversar con ella, conocerla realmente, conocer a esta nueva Bella, la mujer madura, era especial, sabía que estaba enamorado de ella como hombre, no con un enamoramiento infantil como el que tuvo hace años en el cual la admiraba e idolatraba, ni tampoco el enamoramiento adolescente y hormonal que lo obsesionaba y hacía codiciarla como el que tuvo después, no, esta vez era diferente, pausado, maduro; no obstante al final se reducía a un solo sentimiento... amor, siempre había estado enamorado de la misma mujer en las distintas etapas de su vida, por diferentes razones y en diversas circunstancias, aunque siempre había sido amor. Solo que este amor era diferente, prudente se podría decir, se sentía diferente; sin embargo su cuerpo seguía reaccionando a ella como siempre, desde la primera vez que la vio se sobresaltaba solo con tenerla cerca, su mente era la de un hombre, pero su cuerpo era el de un adolescente hormonal, ansioso y deseoso de conseguir su más alto anhelo.
La primera vez que la tocó fue en su mano, hace tres meses, y preparando el terreno antes, a posteriori siguió haciéndolo, ahora ya no la avisaba, solo cogía su mano sin importar nada, acariciando sus dedos con los propios en una caricia involuntaria, lo mejor es que no había vuelto a tener un ataque de ansiedad, confiaba en él su vida.
Ese día sería la primera vez que saldría fuera, solo daría un paseo alrededor de la casa y llevaría a Jake con una correa agarrada a su mano para sentirse segura, Edward le agarró la otra y prometió que no la soltaría por nada del mundo y la protegería con su vida y le creyó.
Con el primer paso se sintió morir, taquicardia, sentía que le faltaba el aire, sudaba frío, lo peor era que al tener ambas manos ocupadas no podía llevarse la mano al cuello, que era una de sus manías, su cuerpo vibraba, todo fue lento, Edward se encargó de que no tuviese problemas de respiración, hablándole a la vez que la hacía avanzar, mirándola a sus ojos; cuando se dio cuenta ya habían dado una vuelta a la casa, iban por la segunda, cada vez se sentía más confiada, tan así que fueron hasta el camino que llevaba a la carretera y de regreso; pero lo que asustó a Bella no fue conseguir este logro, no, fue que comprendió que si Edward la tenía agarrada de la mano, lo seguiría al fin del mundo descalza y en pijama si hacía falta.
Era muy consciente de que se estaba enamorando de este hombre y esto sí que la aterrorizaba, cuando él supiese la verdad, la despreciaría, él había leído su historial, sabía lo que les sucedió; aunque solo Rose, Charlie, Emmett y ella sabían lo que sucedió en realidad y siempre había visto esa mirada de desaprobación por la manera en que había actuado en los ojos de todos ellos, no se sentía con valor para soportarla también en la de él.
Estaban tomando un té en la cocina, como lo hacían todos los días desde que él decidió ser su médico personal, su mirada no la abandonaba, ni ella la de él, no le importaba lo que pasara fuera si podía mirar esas hermosas esmeraldas, su corazón se saltó un latido, era tan guapo, tan bueno. En ese momento salió a flote su manía más arraigada.
Mientras lo miraba fijamente para ver sus reacciones ulteriores, lograr descubrir lo que pasaba por su cabeza, ¿por qué decidió ayudarla y dedicar su tiempo libre a pasarlo a su lado?, se sentía nerviosa, colocó su mano derecha en su cuello, con su índice en la vena para controlar sus pulsaciones y mantener la calma, con su dedo anular acariciaba su garganta involuntariamente de arriba abajo. Algo que la hacía ver sexy a los ojos de él, era solo un acto reflejo, pero ver vagar su dedo anular de arriba abajo por ese hermoso cuello de cisne color porcelana, lo encendía; dejaba una ligera rojez por el constante paso de éste, lo cual lo hacía anhelar volver a poner sus labios ahí, como cuando era un adolescente, notar su flujo sanguíneo, aspirar con fuerza y dejarla marcada como suya.
Era consciente que lo mejor era parar el rumbo de sus pensamientos o tendría un grave problema en sus pantalones. Sin embargo verla con esa mirada, su sonrisa, hoy era el día más importante para ella, el vencer su miedo poco a poco, no quería tener esos pensamientos, pero joder, era la mujer que amaba y con ese movimiento lo estaba volviendo loco.
Sin pensar estiró su mano hasta su cuello y capturó la mano de ella, sus ojos se abrieron como platos, pero él no la soltó, es más, se acercó aún más a ella.
—¿Por qué haces eso? —preguntó en referencia a su manía.
—Para controlar mi ritmo sanguíneo y saber si voy a tener una crisis, es solo cuando estoy nerviosa.
Él colocó su dedo justo encima de su yugular, cerró los ojos y respiró profundamente, después de un momento volvió a hablar y su voz fue ronca, sensual, sexual.
—Está un poco acelerado. ¿Por qué, Bella?
—Por ti.
—¿Te pongo nerviosa?
—Sí.
—¿Pero confías en mí?
—Sí.
—¿Entonces por qué estás nerviosa?
—Porque me estás tocando.
—¿Y eso es malo, Bella?
—No.
—¿Te gusta?
—Sí —susurró.
No necesitó más para bajar sus labios hacia los de ella, fue solo un roce, después del cual se alejó un poco para ver su reacción, aún sin quitar los dedos de su vena.
—¿Estás Bien?
—Sí —susurró Bella, su sentido común la había abandonado en el instante en que él le colocó su mano en el cuello.
—¿Quieres que siga?
—Sí —dijo entrecortadamente.
Edward la volvió a besar suave, lento, tierno y no intentó más que un roce de sus labios, fue ella la que los abrió para dejarlo entrar y él aceptó su invitación; pero siempre manteniendo el control, para Bella era como si su cuerpo se hubiese despertado después de un largo letargo, no le gustaban los cambios; sin embargo le dio la bienvenida a estas nuevas sensaciones, a volver a ser la antigua Isabella Swan.
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Edward se había puesto en contacto con Rosalie hacía un par de meses atrás, ese era el siguiente paso que debería superar Bella, enfrentarse a ella, enfrentar sus temores uno a uno. El miedo a salir lo estaba venciendo poco a poco, al contacto físico también, aunque solo se cogían de la mano y se besaban o abrazaban, sabía que lo estaba superando ya que era ella la que iniciaba esos contactos con él y los abrazos con Charlie, cosa que antes no hacía. Tan solo habían pasado tres meses; aunque las cosas avanzaban lentamente, aun de esta manera se notaba un cambio, había aceptado dar una vuelta en coche por el pueblo con él, sus mascotas y Charlie en la parte de atrás, había sido genial, ninguna crisis, sí miedo al principio; pero poco a poco lo fue ahuyentando. El tema era que no quería hablar de lo que les sucedió a ambas, Edward odiaba al tipo y quería matarlo por el daño que les hizo.
Rosalie estaba encantada de ayudar a Bella, la morena era su mejor amiga, su hermana, le dolió mucho el distanciamiento, el no poder contar con ella y viceversa, al parecer vivía en Port Angeles, después de vivir mucho tiempo en Francia decidió volver, ejercía de abogada ya que su carrera como modelo se vio truncada después del incidente, el animal ese le había herido en la pierna desgarrando el músculo y el tendón, lo cual la dejó con una leve cojera. Ella estaba encantada de saber de Bella y ayudarla, así que, haciendo caso a las indicaciones de Edward, le mandó un e-mail. Sería para ir despacio, preparar el terreno para cuando pudiesen tener un encuentro, no le fue difícil conseguir el número telefónico de Rose, Charlie se lo dio cuando Bella no le dio razón y dijo que no quería hablar del tema. Bella había expulsado de su vida a Rose y no sabía nada de ella, aunque se le notaba que quería saber de la rubia, la extrañaba, aun así su temor no se lo permitía.
Esa tarde cuando llegó a la casa de ésta, ella le contó sobre el e-mail de Rose, él intentó convencerla de contestarle, cosa a la que ella se negaba en redondo, se ponía nerviosa, así que decidió tomar el control y presionar a Bella hasta que le contara por qué odiaba a Rose.
—No la odio, la quiero —aseguró la castaña.
—Es una forma rara de querer.
—Ella merece alguien que valga la pena llamar amiga en su vida, no alguien como yo.
—¿Por qué, Bella? ¿Qué le hiciste?
Y después de tanta presión ella por fin explotó.
—No la ayudé, la abandoné, Edward, dejé que ese hombre la dañara, yo estaba ahí viendo cómo la hería física y emocionalmente, y no hice nada —dijo empezando a sollozar, sin embargo no se calló y siguió contándole lo sucedido—. Él, ese mierda, estaba distraído con ella, yo hubiese podido atacarlo y ayudarla sin que él se enterara de dónde vino el golpe, pero no hice nada, nada, ni por ella ni por mí. —Sus lágrimas inundaban su rostro, pero él no se le acercó, no le dio opción a que se sintiera amparada, por más que sus brazos picaban por abrazarla, refugiarla y asegurarle que jamás permitiría que nada le pasase, no, ella tenía que sacarse todo eso fuera y liberarse, de modo que siguió callado mirándola desde el otro extremo de la habitación, mientras ella se paseaba de arriba abajo por el salón y se refregaba las manos con impaciencia—. La abandoné, ella me pidió ayuda y no me moví, me miró, estiró su mano y no me moví, no me moví, no me moví... —En este punto Bella lloraba desesperadamente, Edward tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no ir a su lado—. ¿Y sabes lo que hizo ella? ¿Lo sabes, lo sabes? —inquirió ella desesperada.
—¿Qué hizo ella, Bella?
—Hizo lo que yo no pude. —Se agarró el rostro, cayendo al suelo con la espalda contra la pared, las manos del hombre estaban blancas de la fuerza con la que apretaba sus puños—. Cuando él terminó con ella la dejó tirada en el suelo, pensó que estaba desmayada o qué sé yo, también pensé lo mismo, no se movía ni nada. Me aterroricé más al pensar que tal vez estaba muerta. —Ahora su voz era pequeña y había que poner atención a lo que decía para no perderse ningún detalle. Edward se agachó para estar a su altura, pero no se acercó—. Él se abalanzó sobre mí, me hirió, todo fue muy rápido, en un momento estaba arrodillado tirando de mí hacia él, arrastrándome por el suelo y al siguiente lo tenía sobre mí, con su sangre por todo mi rostro y cuerpo. —Alzó la vista y por primera vez desde que empezó lo miró a los ojos.
—¿Qué había sucedido?
—Rose, Rose, siempre Rose, ella le disparó en la cabeza con un arma que siempre llevaba encima, estaba en su bolso a la entrada del callejón donde él nos encontró, se arrastró hasta ahí, en medio de su dolor, cogió el arma y disparó, no paró hasta que se le acabaron las balas. —Edward tomó una fuerte inhalación de aire—. Ella me salvó.
—¿Entonces por qué no quieres verla, si te salvó?
—Porque no pude hacerlo por ella, no podía mirarla porque las dos veces que la vi solo vi sangre, lágrimas y dolor en su rostro, pero eso no es lo peor. —La miró fijamente, animándola a continuar—. La abandoné de nuevo cuando más me necesitaba, la acusaron de asesinato, la familia de ese hombre hizo de acusación particular, querían refundir en la cárcel a Rose. —Volvió a llorar desesperada—. No pude ir a su juicio, solo usaron la declaración que hice a la policía, me pidió que fuera, aunque no declarara, solo que la acompañase, que no la dejara sola, que no la abandonase y no fui, mandé a Emmett para apoyarla. Gracias a Dios la declararon no culpable, no obstante si lo hubiesen hecho no habría podido ayudarla, estaba paralizada.
—Lo siento, cariño. —Edward ya no pudo aguantar más y se acercó a ella, abrazándola contra su pecho donde Bella se refugió y siguió llorando.
—Le fallé de nuevo, no entiendo por qué quiere seguir teniendo relación conmigo.
—Porque te ama, Bella, tú eres más que su amiga, su hermana y necesitas a tu hermana de vuelta, hablar con ella de todo esto que te está consumiendo por dentro.
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Todo iba lento, aunque no importaba, el hecho de que volviera a hablar con Rosalie ya era un triunfo, volviendo a ser amigas, no como antes; pero se llamaban casi todos los días y se contaban algunas cosas, como por ejemplo que Rose se casaría en tres meses con la persona que más la había apoyado en todo su proceso de recuperación, tanto física como psicológicamente, haciéndola sentir de nuevo una mujer guapa, ya que la rubia no se sentía atractiva con la cicatriz de su pierna, ni con la cojera, sin embargo lo había superado.
Bella se sorprendió muchísimo, la última persona a la cual se imaginó comprometida y queriendo formar una familia era su rubia amiga, ese era un tema tabú para ella, sin embargo las personas cambian, ¿no? Y más después de la experiencia vivida.
Era una noche especial, era la primera vez que saldría de noche, Edward la había invitado a cenar y se lo pensó durante semanas hasta que aceptó. Cada día amaba más a ese hombre, él seguía siendo tan tierno con ella, no la presionaba, se conformaba con sus besos y abrazos, no le había dicho de nuevo que la amaba desde esa noche antes de que todo este infierno se desatara; no obstante, la miraba con adoración y confiaría su vida en él.
Estaba guapísimo con un traje gris perla y una camisa negra, no llevaba corbata, pero no le restaba elegancia, su cabello cobrizo estaba perfectamente peinado cosa rara en él, se veía hermoso. Bella tuvo que hacer un poco de dieta para poder entrar en ese vestido coral que llevaba, era de su otra vida, de tirante fino, ceñido al cuerpo a la altura de la rodilla, acompañado de unos tacones dorados de diez centímetros, el cabello suelto y maquillaje suave en el mismo tono de su vestido, se sentía como la antigua Bella y eso la hacía tener más seguridad en sí misma.
Se sorprendió de lo mucho que había crecido Forks, tenía muchas más casas y más vida social, el restaurante en el que cenaron era suntuoso y elegante, no sabía que hubiese un sitio como ese en un pueblo pequeño; pero en nueve, casi diez años, cambiaban muchas cosas. Otras no tanto, ya que los comensales de las otras mesas y la gente que pasaba por la terraza del reservado donde estaban, no perdían detalle de lo que sucedía en su mesa. Se sentía mal, sabía exactamente lo que estaban pensando, la loca Swan había decidido salir y nada más que con el Dr. Cullen, un chico más joven que ella, las comparaciones son odiosas; sin embargo, era justo lo que estaban haciendo, comparándola con su madre y aunque ella no era adicta, ambas tenían problemas mentales, ambas estaban con hombres más jóvenes, porque por la forma en que Edward la trataba no cabía duda de que estaban juntos, eso sin mencionar los besos en los labios que le dedicaba de vez en cuando.
Era justo lo que nunca quiso ser y a lo que más miedo le tenía, ser un espejo de Renée, no obstante, era su reflejo, arruinando la vida de este maravilloso hombre, como ella lo había hecho con ese chico que se enamoró de ella, arrastrándolo con ella por sus problemas y vicios hasta la muerte, era una pena que terminaran de esa manera, sin embargo sus problemas estaban muy arraigados y en el momento en que dejó la medicación volvió a las andadas.
—Déjalo —ordenó Edward.
—¿Qué?
—Que lo dejes, lo que sea que estés pensando, no es de esa manera, todo va bien y todo va a seguir bien. —Se acercó a sus labios, la besó suave y con ternura, sin prisas y sacando de su cabeza todos esos pensamientos negativos, Edward no había podido despegar sus ojos en toda la velada de esta hermosa mujer, la mujer que amaba, verla como estaba ahora, era su resurgir, estaba hermosa, su cabello castaño largo ondulado caía como un velo casi hasta sus caderas, estaba sumamente bella y sexy, separándose de sus labios solo milímetros, le susurró—: Te Amo, Bella.
—Te Amo, Edward. —No sabe de dónde sacó el valor para decirlo, pero lo sentía y debía decírselo.
En la puerta de casa de la morena, mientras se despedían, los besos dejaron de ser tiernos para ser necesitados, tenían los cuerpo acalorados, juntos por todos los lugares correctos, el cobrizo retrocedió dándole espacio antes de perder el control, no quería asustarla; sin embargo estaba sobreexcitado después del vino, que ella le dijera que lo amaba, lo hermosa que se veía y esos besos que dejarían sin aliento a cualquiera, no lo podían culpa por sentirse así.
Ella lo miró fijamente.
—Creo que es mejor que me vaya.
—No quiero que te vayas.
—Bella, si me quedo un momento más, no podré contenerme.
—No quiero que te contengas.
—Bella, nena, no sabes lo que estás diciendo.
—Lo sé y quiero demostrártelo, ¿no quieres estar conmigo?
—Es lo que más quiero en el mundo. —Cogiendo su mano la acercó a su erección, cuando Bella sintió lo preparado que estaba se excito aún más, su cuerpo rugía de nuevo a la vida, así que apretó su eje y acercó sus labios a los del hombre.
Se besaron con ansia, entraron a la casa entre besos y caricias, y se dirigieron a la habitación de la morena, eran pasión pura.
En el momento en que pusieron un pie en la habitación, Edward quiso asegurarse de no estarla forzando a hacer algo que no deseaba.
—¿Estás segura, cielo?
No contestó, se acercó a él y empezó a deshacerse de su saco, cuando lo consiguió fue a por su camisa, sacándola del pantalón y desabrochando los botones uno a uno, la empujó por sus hombros hasta que cayó al suelo. En ese momento Edward le agarró las manos, besando sus dedos la hizo girar para abrir la cremallera de su vestido, la bajó lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba expuesta, hasta que éste se convirtió en un revoltijo de tela a sus pies, tomándola de la mano la ayudó a sacar sus pies de él, le dio la vuelta y la miró fijamente... ¡Señor, tantos años deseando verla así! Por fin la tenía para él, toda para él. Se acercó y la besó lento mientras desabrochaba su sujetador, no podía dejar de admirarla.
Besó su cuello, ese cuello que lo volvía loco, no pudo refrenar sus ganas de morderlo, fue suave; sin embargo al ser tan blanca le quedó una marca roja, la besó en el mismo punto, fue bajando, besando sus senos poco a poco, continuando su camino descendiente hasta terminar de rodillas frente a la mujer de su vida, posó sus manos en la cadera de ella y fue bajando muy despacio la cinturilla de su braga, sin apartar los ojos de ella hasta que ésta llegó al suelo, besó su vientre con devoción, teniendo la certeza que en ese lugar florecerían sus hijos, descendió un poco más y besó su pelvis, arrebatando un gemido de su mujer.
Cuando se levantó del suelo, Bella intentó deshacerse de sus pantalones, cosa que él no permitió, él quería ralentizarlo todo, hacerla disfrutar y si estuviese desnudo la tomaría sin miramientos, necesitaba hacerla gozar; aunque se viniera en los pantalones. Se acercaron a la cama donde la instó a tenderse, no había palabras, no era necesario, él estaba demostrando con hechos lo que le había dicho hace pocas horas antes, lo que sentía por ella, al igual que la morena, que dejándolo disfrutar de su cuerpo le decía lo mucho que le amaba y cuánto confiaba en él.
Tendida en la cama gloriosamente desnuda, era su sueño erótico más recurrente; no obstante la realidad superaba con creces la ficción. Se acomodó al costado de la cama, llevando sus manos a sus pies, retirando sus zapatos de tacón y besando sus dedos uno a uno con reverencia, dándole un ligero masaje en estos, por el cual Bella le recompensó con un suspiro, fue subiendo por la parte interna de las piernas, levantándolas hasta tener sus pies plantados en la cama y sus piernas dobladas, colocando las manos en sus muslos los abrió lentamente, descubriendo su centro brillante por sus jugos.
Arrastrando las puntas de sus dedos por la parte interna del muslo hasta que llegó a su centro, que estaba caliente y preparado para él, deseaba probarla y lo mejor es que podía hacerlo, bajó su cabeza pasando su lengua de abajo arriba de sus labios vaginales, colocó sus pulgares en cada labio, abriéndola completamente para disfrutar mejor del placer de su sabor, volvió a besar y a lamer su vulva hinchada, prestando máxima atención a su dilatado botón, colando dos dedos en su interior empezó a sacarlos y meterlos al ritmo de su lengua, hasta llevarla a la cima.
Bella explotó en un maravilloso orgasmo, hacía demasiado tiempo que no tenía uno, su cuerpo se estremeció desde la cabeza a los pies, Edward no dejaba de besar su centro. Cuando descendió vio a su amor levantándose del suelo, quitando sus zapatos, calcetines, su pantalón y bóxer, dejándolo magníficamente desnudo, con su asta en alto, su chico era grande, sí, ella era mayor que él; pero sin dudas él era más grande que cualquiera que hubiera visto. Se tendió a su lado
—¿Estás bien?
—Oh... Sí… Muy bien, maravillosamente.
El cobrizo sonrió complacido
—¿Deseas continuar?
—No te atrevas a detenerte ahora. —Diciendo esto lo arrastró a sus labios, se empezaron a besar lentamente, sabiendo que tenían todo el tiempo del mundo para disfrutar de sus cuerpos, de su amor, besando su mandíbula, su cuello, su clavícula hasta llegar a la cumbre de sus senos, donde besó, lamió y chupó a placer, alternando entre un pecho y otro, eran deliciosos al igual que toda ella. Los gemidos de ambos se escuchaban por toda la casa, con el eco de los aullidos de Jake, quien estaba poco acostumbrado a estos ruidos. Era maravilloso disfrutar el uno del otro, extendiéndose sobre ella cubrió todo su cuerpo con el propio, Bella abrió sus piernas en una invitación que no dudó en aceptar, pasó la cabeza de su hinchado falo, restregando los jugos de su mujer y los que expulsaba él, pasándola por su abertura de arriba abajo.
Mirando sus ojos chocolates fijamente esperando que lo rechazara, algo que no ocurrió, de manera que sin despegar la vista de sus ojos fue sumergiéndose en su apretado centro, viendo cómo Bella echaba la cabeza hacia atrás y soltaba un gran gemido, se quedó quieto disfrutando del momento de por fin poder llamar suya a la mujer de su vida.
Empezó a moverse en un vaivén lento, su mujer bajó sus labios para unirlos con los suyos, mientras él entraba y salía de ella, despacio, absorbiendo todas la sensaciones del momento, todo el deseo, todo el amor, susurrando le dijo:
—Es un sueño poder estar aquí contigo, con el amor de mi vida, llevo soñando con amarte desde que era un adolescente.
—Oh, Edward, te amo tanto.
—Te adoro, Bella, la palabra amor no describe lo que siento por ti, ni lo infinitamente feliz que me hace tenerte a mi lado.
Siguieron amándose, con sus ojos, sus labios, sus manos, su cuerpo, su alma, sus sexos... Acelerando el ritmo de cada embestida, Edward ya no podía contenerse más, se erigió poniéndose de rodillas mientras penetraba su cuerpo con premura, ya no era lento y suave, ahora era rápido y preciso, fuerte, primario; el clímax de ella fue avasallador, llevándola a casi desgarrar sus cuerdas vocales del grito de satisfacción que soltó, arrastrando con ella a su chico, haciendo que se derramara profundamente en ella.
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Cuando abrió sus ojos a la mañana siguiente entró en pánico al sentirse apretada a un hombre y sintiendo toda su envergadura enterrándose en su espalda baja, estaba paralizada no sabía qué hacer, sintió los labios de ese hombre besando su cuello.
—Tranquila, cielo, soy yo. —En el momento que escuchó su voz se relajó completamente, se giró y atrapó sus labios en un beso voraz.
Por fin se sentía libre, era verdad que sus temores no se habían ido del todo, pero se estaba librando de su cárcel autoimpuesta.
Giró su cuerpo completamente hasta que quedó encima de su chico, lo amaba tanto y pensar que éste era su pequeño Cullen, el que ella cuidaba sin que supiese, al que ayudaba con sus deberes, al que le hacía pizza para cenar a escondidas de sus padres porque era su comida favorita, con el que jugaba en la piscina haciendo aguadillas; quedó sentada a la altura del estómago de Edward, pasó su mano por su barba reciente, no, él ya no era un niño, después de la noche anterior probaba que no era un niño y lo que le golpeaba en ese momento el glúteo derecho mientras lo miraba, confirmaba aún más que era todo un macho, un gran macho que la miraba con amor y tenía la sonrisa más radiante que nunca hubiese visto.
—Me encanta tu sonrisa, te hace ver tan... relajado.
—Es que estoy relajado, con la mujer que amo totalmente desnuda encima mío, tocándome, ¿cómo no puedo estar relajado, cielo?
Bella echó su pelvis hacia atrás, levantó las caderas y se penetró en un solo movimiento, los ojos de ambos se cerraron disfrutando el placer de estar unidos íntimamente de nuevo, empezó a cabalgarlo cual amazona, era rápida y certera, la cabeza de Edward daba vueltas, el que ella lo estuviera montando, el que hubiese tomado la iniciativa era la gloria. Minutos después, Bella alcanzó la cima cayendo encima suyo, Edward los giró continuando unidos y siguió entrando en ella hasta llevarlos a ambos de nuevo a la cúspide del placer...
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Otra prueba más para Bella, esa noche enfrentaría a otro de sus más grandes temores, Charlie había organizado una cena en su casa donde estaría Rosalie y su prometido, se casarían ese fin de semana, Shelly estaba en Hawái, se había casado con un nativo y vivían ahí, solo vendrían para la boda, fue una gran sorpresa enterarse que tenía un hijo de seis años, de verdad que la vida había continuado sin ella.
Edward no podía ir ya que ese día estaba de guardia hasta las once, aunque se verían después de que terminara la cena para contarle cómo fue la noche, desde hacía un mes prácticamente vivían juntos, ya que pasaban todas las noche juntos en su casa del bosque. Estaba radiante, todo en su vida estaba saliendo perfecto, por un momento temió la reacción de su padre al saber que estaba en una relación con un hombre siete años menor que ella, sin embargo su padre no puso objeción, todo lo contrario, los animó a seguir juntos, aunque las habladurías del pueblo seguían y sabía que Esmerald Cullen la detestaba. Escuchó una conversación de Edward con su madre y de la boca de ésta no salió una sola palabra buena para ella, su familia, su relación, su condición, no obstante él le paró los pies, dejándole claro que no terminaría su relación por nada del mundo y no permitiría que nadie se interpusiese entre ellos, que ella sabía perfectamente lo que sentía por Bella desde que era un chaval, su padre se había encargado de mantenerla al tanto, que suficiente ya habían hecho confabulándose para separarlos en el pasado, eso no ocurriría de nuevo, la castaña era su vida, no la dejaría jamás.
La cena fue magnifica, las cosas entre ella y Rose ya nunca volverían a ser como antes; sin embargo, podían seguir siendo amigas y recuperar al menos un poco lo que tenían antes. Fue una gran sorpresa enterarse que el prometido de la rubia era su ex prometido; pero se alegró por ellos, al parecer el querer ayudarla a salir de su encierro los unió y poco a poco se fueron enamorando, primero intercambiaron e-mails, llamadas, videollamadas y visitas esporádicas, hasta que el amor ganó.
Emmett fue el encargado de llevarla a su casa, quería hablar con ella, explicarle que no la engañó, que su amor por Rose empezó mucho después, algo que no era necesario, lo comprendía y se alegraba muchísimo por ellos, se merecían ser felices.
En la puerta de su casa, se despidió de Emmett con un abrazo largo, él se le acercó y la besó en la frente.
—Te espero a ti y a Cullen en la boda, Bells. Me alegro mucho de ver que vuelvas a ser tú. —Se despidió volviéndola a abrazar.
Cuando Bella entró en su casa Edward ya estaba ahí, se paseaba de arriba abajo por el salón, cuando la sintió levantó la mirada para reunirse con la de ella, pudo ver la furia plasmada en su rostro, estaba totalmente cabreado, se acercó a zancadas a su lado, agarrándola del brazo fuertemente, enterrando los dedos en su piel.
—¿Qué hacías con ese tipo? ¿Por qué te besó?
—Edward, que su...
—¿Qué quería?
—Suéltame, me lastimas.
—Contéstame, Isabella, ¿qué quería ese tipo?
—Es el prome...
—¿Ahora que ya estás bien quiere venir a reconquistarte?, ¡¿a alejarte de mi lado?! ¡Contesta!
Bella estaba aterrorizada, no comprendía qué pasaba, por qué Edward se comportaba de esa manera, su cuerpo se paralizó, no podía moverse, el sudor frío empezó a perlar su frente.
—¡Eso no va a ocurrir, Bella, tú eres mía, sabía que ese mastodonte quería arrebatarte de mi lado, por eso no se ha ido ni casado en estos años, estaba esperando para volver contigo!
La cogió por los brazos, acorralándola entre la puerta y su cuerpo, Bella temblaba de miedo, esto no podía ser verdad, Edward no podía ser un monstruo que la dañaría. Acercó sus labios a los de la mujer, con una mano le sujetaba la cabeza y con la otra sujetaba su cadera, no debía preocuparse porque ella lo atacara, estaba paralizada, la besó con furia, haciéndole daño en los labios.
Esto era una pesadilla y debía despertar, no permitiría que nadie más la dañase de nuevo, cogiendo valor, no sabe de dónde, levantó su mano derecha agarrando el cabello de la nuca del cobrizo, al mismo tiempo que lo mordía con fuerza tiró del pelo con toda la energía que poseía, hasta que Edward se separó de ella, momento en el cual la morena le dio una patada en la espinilla, iba a correr para ponerse a salvo cuando lo vio tambalearse hacia atrás porque Jake le había mordido, cayendo de rodillas en la alfombra, tuvo que llamar al perro para que por fin lo soltará cuando vio que el hombre no se defendía y el animal le estaba haciendo gran daño.
No se movió, ni ella tampoco, estaba abrazada al lomo de su perro, no dijo palabra, no se quejó de dolor, solo estaba ahí, arrodillado en el suelo con la cabeza baja, no la miró, siguió por minutos eternos en esa posición hasta que empezaron a temblarle los hombros, en ese momento se dio cuenta que estaba llorando.
—Edward, Edward —lo llamó, pero él no contestaba, no se levantaba, solo lloraba, ahora sus sollozos eran audibles—. Edward, ¿qué sucede? ¿Por qué has hecho esto?
—Lo siento, Bella. —Más lágrimas—. Soy un animal. Perdóname, sé que no lo merezco, pero perdóname. —Más sollozos.
—¿Por qué, Edward?
—Miedo, tenía miedo a perderte, he esperado tanto tiempo para tenerte. —Levantó sus ojos rojos por las lágrimas y los clavó en ella, Bella pudo notar la sangre que salía del labio que ella mordió, se sentía mareada por su fobia a la sangre, pero controló sus respiraciones, se acercó tentativamente hacia él—. No, Bella, no te acerques, quédate ahí, no te merezco.
—Edward... —Ahora ella también lloraba viendo a este chico vulnerable y asustado a sus pies.
—Tenía miedo, sé que no es excusa; pero te amo tanto, son diecinueve años amándote, Bella, amándote sin poder tenerte, amándote sin tener oportunidad a conquistarte. —Más sollozos, más lágrimas—. Y cuando por fin te tengo, por fin eres mía, mi mujer, él vuelve para alejarte de mí.
—¡Oh, Edward! Emmett no quiere alejarme de ti.
—Sí, sí lo quiere, y mi miedo a perderte ha hecho justo eso. —Volvió a bajar la mirada—. Te perdí por miedo.
—No, Edward, no quiere, él y Rose se casan este fin de semana.
La cabeza de Edward salió disparada hacia arriba hasta que se encontró de nuevo con su mirada, hizo una mueca de dolor, pero no era físico, ese dolor era otro tipo de dolor, un dolor más profundo, un dolor emocional.
—Perdóname, perdóname, Bella, por favor perdóname, sé que no debería pedírtelo, pero no me dejes, no podría volver a vivir sabiendo que pude hacernos felices y lo desaproveché.
—Tengo miedo, Edward.
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Estaba de pie en la entrada de su casa, mirando por la puerta acristalada hacia fuera con anhelo, deseaba que el tiempo pasara rápidamente, se sentía prisionera nuevamente; prisionera de sus miedos, no sabía dónde estaba él, necesitaba salir, verlo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que salió de casa esa noche?, estar sola a veces la hacía pensar lo que podía haber sido su vida y no fue; lo que Edward le había hecho, que el miedo y la duda se infiltraran en ella, negándole la paz y la felicidad, el ver cómo pudo cambiar su vida, la hacían estremecer.
No quería llorar pero el pensar lo que pudo ser y no fue, era algo que aún hoy después de tanto tiempo, hacía que se sienta enferma mental y físicamente, tres años; sí tres años, si lo pensabas no parecía mucho, no obstante lo era, era mucho, demasiado. El tiempo en ocasiones es nuestro enemigo, en otras cuando miras el pasado das gracias por lo vivido, ella tenía ambos puntos de vista, el del dolor por el tiempo perdido y el de la satisfacción de haber vivido una vida plena, sin embargo ese tiempo a veces parece tan ínfimo comparado con el desaprovechado, sí tres años eran pocos, y aun así eran mucho, lo veía día a día, se notaba en sus rostros, lo rápido que crecían.
...Tres años atrás...
—Lo sé, sé que ahora me temes, me ganaré tu confianza de nuevo, por favor no me dejes, no volverá a suceder, nunca te haré daño de nuevo. Te Amo, Bella. —Alargó su mano hacia ella, Bella no se movía, tenía tanto miedo, él era su amor, aunque también la aterrorizó.
—Te Amo, Edward. —Se acercó poco a poco hasta su chico, porque ella más que nadie en el mundo sabía lo que era tener miedo.
Edward la agarró de la cintura y hundió su cara en el vientre de la mujer que amaba y lloró, lloró por lo que podía haber perdido, por el daño que le ocasionó a la persona que más amaba, por el miedo a la pérdida, lloró porque comprendió lo que vivía ella día a día, lo que era sentir miedo.
—Cásate conmigo, Bella.
Ella se arrodilló frente a él y le agarró el rostro.
—No tienes que hacer esto por miedo a perderme, Edward, vamos a olvidar lo que sucedió esta noche.
—No es por esto, Bella, es porque quiero pasar el resto de mi vida contigo. —Alargando la mano a su abrigo sacó una caja de joyería, a Bella se le saltó un latido el corazón, le sudaron las manos, pero esta vez no era por miedo, era por emoción—. Llevo con él desde hace cuatro meses, esperando el momento justo, nunca lo encontraba, primero era muy pronto, después el trabajo que me dejaba poco tiempo libre, quería algo romántico, no después de esto; pero ya no puedo esperar más, Bella. —La instó a levantarse, ella lo hizo, él siguió de rodillas, mirándola a los ojos de los cuales salían lágrimas al igual que los suyos, con el antebrazo se limpió la cara y dijo—: Isabella Marie Swan, ¿me concederías el infinito placer de ser mi esposa? He esperado lo que parece mucho tiempo para poder estar contigo, Bella, y finalmente puedo empezar a hacerlo, ninguna medida de tiempo es suficiente para estar contigo, ¿podríamos empezar con un para siempre?
—Oh, Edward. Sí. Claro que sí. Te Amo... pero no le pongas límites.
Edward la atrajo a sus brazos y la besó, sus besos eran tímidos al principio, no queriendo asustarla o recordarle lo que acaba de suceder hace un momento, Bella ya no pensaba en eso, solo pensaba en el hombre que la tenía en sus brazos, rodando con ella en la alfombra, la dejó debajo de él, olvidándose de su temor, ahora lo que lo dominada era el deseo de hacerla suya, de saber que aún era su mujer y muy pronto lo sería legalmente, abriéndola de piernas subió su vestido hasta la cintura.
—Bella, te necesito.
—Y yo a ti.
—Esto va a ser rápido, no puedo aguantar.
—Sí, por favor.
Tiró de la parte superior del vestido hasta que éste le reveló el sujetador, sacando sus pechos de su prisión, Edward dio gracias a quien sea que hubiese inventado el cierre delantero para sujetadores y a Bella por tener el buen tino de comprarlos, bajó su cabeza hasta que alcanzó un pezón, el cual chupó con fuerza al mismo tiempo que corría el tanga de Bella a un lado y sumergía sus dedos para probar su humedad, hallándola completamente preparada, sacó sus dedos y se encargó del cordón de su pijama quirúrgico, liberando su erección, solo pasaron dos segundos desde que se liberó hasta que estuvo totalmente enterrado en su mujer, la morena suspiró y atrajo su cara para seguir besando sus labios, mientras él pellizcaba su pezón izquierdo.
—Edward, muévete —ordenó la mujer.
—Dame un segundo, cielo, si me muevo ahora voy a correrme.
Después de un momento Edward empezó a arremeter con fuerza el centro de Bella, no era necesario que Bella lo instara a ir más rápido, porque él estaba igual o incluso más desesperado que ella, viendo que no iba a tardar en llegar, bajó su mano hasta que dio con su botón, el cual acariciaba al ritmo de sus embestidas, pocos minutos después Bella estaba gritando su liberación junto con Edward y Jake que aullaba en el fondo del salón.
—¡Oh por Dios, eso ha sido fantástico!
—Maravilloso —confirmo él, llevaban diez minutos tirados en el suelo abrazados y Edward aún enterrado profundamente en ella.
—Venga, levantémonos, tenemos que mirar la mordida de Jake.
Edward se tensó, recordando la brutalidad que había hecho, por lo que tenía una herida en su pantorrilla izquierda.
—Lo siento —volvió a murmurar.
—Ya está olvidado, vamos a superarlo juntos, como hemos superado todo.
El cobrizo levantó su cabeza para mirarla a los ojos.
—¿Sabes?, lo mejor es que hemos sacado dos cosas buenas de estocada.
—¿Ah, sí? Yo solo veo una.
—Sí, Bella, la primera es que vas a ser mi esposa.
Ella sonrió enseñando todos sus dientes.
—A esa me refería yo.
—Sí, pero hay una más y muy importante. —Bella se lo quedó mirando, no entendía a qué se refería—. Te defendiste, Bella, no dejaste que te hiciera daño, eso es el mayor logro que has conseguido desde que estás con la terapia Cognitiva-Conductual.
Sí, era cierto, por una vez venció su miedo, su parálisis. Aún no estaba muy segura de si esto lo había hecho porque de verdad se sentía atacada, o solo porque sabía que Edward entraría en razón y no continuaría con su ataque. Esperaba que fuera la primera, en realidad lo quería, porque eso quería decir que se estaba curando, sabía que no había cura definitiva para su enfermedad, que todo iría paso a paso, las enfermedades mentales no tienen cura solo tratamiento, eso era algo que no pensaba abandonar por nada del mundo, menos ahora que tenía un futuro, que por fin había salido de su confinamiento y era feliz.
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Cuatro meses después era la señora Cullen, cosa que no alegró en lo más mínimo a la otra señora Cullen; pero poco les importaba, ellos estaban en su burbuja, en su paraíso personal; no obstante sabía que a Edward le dolía la actitud de su madre, lo bueno es que no duró mucho, cinco meses después de su boda, Esme Cullen se convirtió en abuela de dos preciosas niñas: Irina y Tanya Cullen Swan, fue todo lo que se necesitó para que la mujer dejara sus prejuicios y aceptara que se amaban y eran felices.
Edward descubrió un nuevo amor, uno que va más allá, que no tiene principio ni final, el amor por sus hijas, llegar a casa y ver la dulce mirada de sus hijas que se iluminaban cuando lo veían, esa sonrisa por la cual se va hasta los confines del universo, sus brazos estimándose en su dirección, esos gorgoritos, esas palabritas que hacen que todo se vea de otra manera. Ese dulce recibimiento cuando su mujer se acercaba a besarle en los labios, decirle lo mucho que le extrañaron y cuánto lo amaban, su corazón parecía que iba a explotar de alegría. Por eso cuando estaba con sus tres chicas sabía que valieron la pena cada uno de los años que esperó a su Bella.
Ahora Bella se enfrentaba a otros temores, sobre todo por sus hijas, el que no heredaran su enfermedad, el que no les sucediera nada, que durmieran bien, comieran bien, pensaba que estaba otra vez siendo paranoica; sin embargo al ver la actitud de Rose con su hijo Alec, se dio cuenta que ese miedo era el miedo que tenían todos los padres y a medida que sus hijos crecían, habrían otros miedos que enfrentar y más ella, que había visto la peor cara del ser humano.
...Presente...
Por fin vio los faros del coche de Edward aparecer por el camino a casa y respiró tranquila, sabía que en ocasiones tenía que salir a mitad de la noche por alguna emergencia, aunque esto no dejaba de preocuparla; sin embargo ya estaba en casa, su amor ya estaba en casa, cuando entró vio el cansancio en su mirada, sin embargo solo con echarle un vistazo su rostro cambió, se iluminó, su sonrisa apareció, seguía teniendo la misma sonrisa que de niño. Nunca imaginó encontrar el amor y la felicidad tan cerca, en su chico larguirucho y desgarbado que comía compulsivamente pizza y coca cola. Edward Cullen, su Edward, su amor, su apoyo, quien la sacó de la vida triste y aburrida, ayudó a superar el dolor, a ser valiente, su paraíso personal, su final feliz.
Y ahí estaba ella, esperándolo como siempre lo hacía, como él la había esperado en un tiempo, ansiosa, impaciente porque él llegara a casa. Hoy podía decir con total seguridad que su enamoramiento infantil se convirtió en su gran amor, en la mujer de su vida. Después de todo lo que pasaron juntos y separados, hoy se podían amar libremente, refugiándose en los brazos del otro cuando necesitaban a alguien, luchando juntos con todas las adversidades que la vida les presentara. Ahora no había miedo, esa era una batalla que habían ganado juntos.
"Cuando uno encuentra su camino no puede tener miedo, tiene que tener el coraje suficiente para dar pasos errados. Las decepciones, las derrotas, el desánimo son herramientas que Dios utiliza para mostrar el camino"
Paulo Coelho.
Espero que les haya gustado, en principio este Fic era un OS que participó en el concurso Olderella Lovers, pero como era muy largo al momento de subirlo en mi cuenta decidí hacerlo TS, me pareció más fácil de leer.
Gracias a las chicas que me votaron y le dieron una oportunidad a este fic
