Soy consciente de que este capítulo es un poco flojo, pero es necesario para el desarrollo de la trama, así que pido disculpas si es un tanto débil.

WickedHeadache, me alegro de que te guste el fic. Veamos en qué acaba.


Regina Mills

Aquello era lo más extraño que me había pasado en mi vida. Sólo mis férreas convicciones habían permitido que no me diese un desmayo. Desperté en aquella pocilga, debido a la cercanía de un tren nocturno, a las cinco de la mañana. Había estado a punto de vomitar sólo del hedor que emitía, y aún seguía emitiendo, mi propio cuerpo.

Pero la ducha de aquel piso no funcionaba en condiciones, y la vagabunda de detrás del espejo tampoco se merecía un baño. Lo enfadada que estaba en aquel momento había sido más que suficiente como para conseguir impulsarme de vuelta a mi casa en el transporte público.

_ Es… escucha. Yo no… no he hecho nada._ Dijo, temblando._ Simplemente me he despertado esta mañana y.

_ ¡Silencio!_ Le espeté. Mi voz sonaba áspera, dolía._ Escucha, no sé si es algún truco de magia o una nueva técnica científica o qué. Pero no puedo quedarme aquí dentro. Tengo mucho trabajo que hacer y tú estás en el cuerpo que tiene que hacerlo.

Tragó saliva. Me daba rabia verme así. Tan débil, asustada, vulnerable. Durante toda mi vida me había esforzado por ser todo lo contrario.

_ Yo… pedí un deseo._ Pareció recordar._ Con el cuarto de dólar que me diste. Pedí que supieras lo que era estar en mis zapatos. Pero… no pensaba que fuese a pasar esto.

Estaba aterrada… era como un flan… uno medio crudo, a decir verdad. Si fuese tan buena actriz, dudaba que estuviera viviendo en aquella pocilga. Y, sin embargo, aquella historia sonaba imposible. Por otro lado, la idea de que te cambiasen de cuerpo, también lo parecía.

_ Supongamos que te creo. ¿Cómo arreglamos esto? ¿Pedimos otro deseo?_ Le pregunté. Estaba más relajada de lo que quisiera.

_ No lo sé… supongo que podríamos intentarlo._ Dijo, sin muchas esperanzas._ De verdad… lo siento. Yo no pensé que…

_ Bah, ¿Cómo ibas a saberlo? Seguro que nunca piensas en las consecuencias de lo que haces.

_ ¿Las consecuencias de tirar una moneda a una fuente? ¿En serio, Regina?_ Me preguntó, poniéndose en pie.

_ Ni siquiera sé tu nombre._ Dije._ ¿Cómo se supone que te llamas?

_ Emma, Emma Swan._ Me dijo.

Yo se lo había gritado como amenaza nada más llegar, pero ella no había tenido tiempo. Emma era un nombre bonito.

_ Muy bien, Emma… vamos a ir a esa fuente, y vas a pedir ese deseo._ Le dije._ Y así podremos…

"...seguir con vuestras vidas". Eso iba a decir, pero una vibración en el pantalón me lo impidió. Saqué del bolsillo un móvil con la pantalla rota.

_ ¿Quién es "Puta zorra", Swan?_ Pregunté, alzando una ceja.

_ Déjame ese móvil, anda._ Suspiró, cansada.

Emma Swan

La situación era rarísima, y sin embargo, Regina parecía adaptarse rápidamente. Yo, sin embargo, aún no me creía que estaba en el cuerpo de la morena. Pero podía sentirlo. Cada pequeña variación. El cómo mis pies tenían una planta diferente… la delicadeza de mis manos… el leve ondular de un pecho más grande que el mío. Me habría parado a examinar cada sensación en detalle de no ser por que habían llamado.

_ Buenos días, Emma… siento haberte despertado._ Efectivamente, la voz de la mujer que me trajo al mundo estaba al otro lado de la línea._ Pero quería informarte de que he decidido darte una última oportunidad.

_ ¿Una última oportunidad?_ Pregunté, tensándome de inmediato.

_ ¿Te pasa algo en la voz, Emma?_ Me preguntó._ No habrás estado bebiendo otra vez.

Sonaba divertida ante la idea. Cerré el puño.

_ No, no he bebido, estoy bien._ Le dije,_ ¿A qué te refieres con "última oportunidad"?

_ He contactado con la asistenta social. Irá a verte de aquí a cuatro horas._ No pudo evitarlo, se le escapó una risa._ Si le gusta lo que ve quizá reconsideren tu derecho a una custodia total.

Apreté el móvil con tanta fuerza que casi lo parto. Los dedos se me pusieron de color blanco.

_ ¡Eres una hija de puta, Mary Margaret! ¡Voy a matarte!_ Le grité.

Había notado como una furia… un poderío, que salía de alguna parte de mí, con tanta fuerza que casi me asustaba. Me vi en el espejo. Había un furor en los ojos de aquella mujer que estaba habitando. Había poder… uno que yo no tenía.

_ Yo en tu lugar invertiría más tiempo en intentar arreglar tus problemas y menos en matarme._ Y dicho esto, colgó.

_ ¿Qué ha sido eso?_ Pregunté, mirando a Regina… o a mí, según se mire._ Ese arranque yo… yo no suelo ser así.

Regina sonrió, pareció encontrarlo divertido.

_ Eso es la sangre latina que llevo en las venas._ Sorprendemente, sonrió._ Supongo que por eso estoy tan relajada ahora mismo.

_ ¿Sangre latina?_ Pregunté, cruzándome de brazos.

_ Mi padre era de Puerto Rico._ Sonrió._ Pero ya hablaremos de eso… cuando vuelva a estar en mí cuerpo. Veo que tú también tienes prisa. Ponme algo decente encima y vámonos. No voy a dejar que me saques por ahí en pijama.

Estaba claro que Regina estaba acostumbrada a llevar el peso de las situaciones. Era una líder nata, lo cual era una suerte, porque yo era un desastre y me encantaba que me mandasen qué hacer.

_ No sabría qué ponerme._ Le dije, temblando.

_ Eres un caso._ Suspiró._ Dúchate… mientras tanto… yo buscaré algo que ponerte.

_ Vale..._ Murmuré a media voz. Se me enrojecieron las mejillas.

Regina pareció seguir mi hilo de pensamientos, porque esa expresión inquisitiva en mi rostro me estaba matando.

_ Más te vale no eternizarte en la ducha._ Probablemente se estaba conteniendo de expresar otras opiniones._ Vamos, deprisa. No tenemos todo el día.

Cuando me dejó sola, me quité el pijama de franela con cuidado. Confieso que me daba miedo romper algo en aquella casa y que Regina me echase la bronca. Cuando me desnudé intenté hacer un esfuerzo monumental por no mirarme al espejo. Tenía que ser respetuosa, maldita sea.

Meterme bajo el agua supuso un alivio. Durante un momento desconecté y me centré en limpiar aquel cuerpo que no era mío. El jabón… el calor del agua… el champú. No se parecía en nada a lo que tenía en casa. Cuando salí, sentí que todo mi estrés había desaparecido. abandoné aquella ducha dejando un rastro de vapor y me sequé con esmero antes de salir.

Regina había dejado un conjunto de ejecutiva blanco sobre la cama. Tamborileaba sobre el suelo. Yo traté de sonreír, conciliadora, pero creo que no me salió muy bien. Aún no conocía esos labios, después de todo.

_ Te dije que no te eternizaras en el baño._ Ya había cogido su móvil y lo estaba mirando._ No podemos retrasarnos más. Si no nos damos prisa las dos llegaremos tardes.

Me puse el traje… me molestaba un poco que Regina no me quitase ojo, pero tampoco estaba viendo nada fuera de lo común. Lo que tenía delante no era más que su propia anatomía.

_ Es bastante cómodo… sólo me he puesto un traje dos veces… y nada que ver._ Comenté.

_ Es hecho a medida, Emma. Claro que es cómodo._ Me explicó, de la misma forma que se le explica a un niño que dos y dos son cuatro._ Vamos, aún tengo que maquillarte.

El maquillaje fue bastante rápido, así como bajar al garaje. Regina se negó en rotundo a dejarme conducir su coche. Y no me extrañaba, debía valer tres veces lo que mi casa… bueno, si fuese mía. El camino al parque fue silencioso.

_ Oye… ¿Estás sola?_ Se lo pregunté cuando bajamos del coche.

_ Bueno, en este momento estoy contigo, Emma Swan._ Dijo, mientras echaba a andar.

_ Quiero decir… Esa cama en la que duermes es muy grande, pero parece que duermes sola en ella._ Le dije, eso pareció crisparla._ Cuando te vi anoche, di por sentado que una chica como tú…

_ Emma… cállate, si sabes lo que te conviene._ Había hablado de más, siempre hablaba de más._ ¿Esa es la fuente?

Asentí, observando los ángeles de piedra. La noche anterior había sido muy fácil llegar hasta allí y pedir el deseo, ahora el camino se me hacía eterno. Escuché un sonido tintineante cuando Regina me pasó un cuarto de dólar.

_ Adelante, pide tu deseo._ Me invitó con la mano.

Traté de pensar en la noche anterior, y me concentré en un pensamiento claro. Suspiré y arrojé la moneda al agua.

_ Quiero volver a ser yo._ Dije, en voz alta.

Nos quedamos un minuto en silencio, pero nada pasó.

_ Quizá tenga que pasar más tiempo._ Dije, mirando cómo Regina tamborileaba los dedos._ Ayer no pasó nada hasta que me fui a dormir.

_ Tendré que llamar para decir que estoy enferma._ Aquello no le hacía mucha ilusión._ Y supongo que tú puedes posponer lo que tengas que…

Debió notar que me había quedado blanca y negué con la cabeza.

_ ¡No! No puedo posponerlo, maldita sea. Es mi hijo. Si no arreglo mi casa y el asistente social lo ve todo como está… No me dejará volver a verlo. Escucha, me ha tendido una trampa. Tienes… tienes que ir por mí, Regina. Henry es lo único que tengo.

Regina se quedó un segundo en silencio. Me puse de rodillas y la cogí de las manos. Podía notar el calor de las lágrimas correr por mis mejillas. Cualquier cosa menos mi hijo. Yo… yo no tenía la fuerza necesaria para evitarlo.

_ Está bien. Iré por ti._ Suspiró, mirándome._ Deja que mire mi agenda, un segundo.

_ ¿No ibas a llamar para decir que estabas enferma?_ Pregunté.

_ Eso cubriría hasta medio día…_ Observó su móvil._ pero a las dos tengo la reunión con Mary Margaret Blancard. A esa no puedo faltar. Espero que esté arreglado para entonces.

_ Espera… has dicho… ¿Mary Margaret Blancard?

_ Sí… ¿No irás a decirme que esa era la Mary Margaret con la que hablabas antes?_ Alzó una ceja.

_ Sí… es… bueno, es la mujer que me trajo al mundo. Y la que me ha tendido esta trampa._ Dije, mirándola.

_ Pues si la reunión se lleva a cabo, necesito que seas amable con ella… que te controles._ Me miró._ Prométemelo.

Mary Margaret era la persona a la que más odiaba en el mundo. Pero… si no accedía… precisamente ella ganaba.

_ Bien… por mi hijo haré lo que haga falta._ Crují los nudillos y apreté los dientes._ Incluso seré amable con ese desecho humano.

_ Te preguntaría qué te ha hecho, pero como dices vamos justas de tiempo. Yo debería ir a tu casa, y tú deberías ir a la mía, prepararte por si debes ir a la reunión. Los documentos están sobre mi mesilla. No quiero dejar nada al azar.

_ Sí… está bien. Gracias. De verdad, te debo una muy gorda._ Reconocí.

_ Toma._ Las llaves del coche pendían delante de mí. Se me iluminaron los ojos._ Pero antes dame la visa.

_ ¿La Visa?_ Alcé una ceja.

_ Tengo que hacerte unos arreglillos si quiero resolverte la papeleta con tan poco tiempo._ Nunca había parecido tan maquiavélica como en aquel momento lo parecía Regina dentro de mí._ Si voy a pasarme aquí un par de horas, voy a intentar estar cómoda al menos.

_ Como digas._ Una vez más, le di la razón y cogí la cartera. Ella extrajo una tarjeta dorada y me la devolvió.

_ Hasta luego, Emma.

_ Nos vemos, Regina._ Murmuré.

Un par de horas más tarde

Mary Margaret

Se acabó. Aquel día se acababa. Iba a dejar de tener que ir a visitar aquella sucia y maloliente chabola. Podría meter a Henry en un internado en suecia y no tendría que volver a preocuparme de él o de su asquerosa madre.

_ Es muy generoso por su parte tratar de ayudar a su hija en este trance. Imagino que no es fácil encontrarse donde usted está._ Me decía la asistente social.

Oh, y yo estaba de acuerdo. Estaba cansada de aquella niña grande que no hacía el menor esfuerzo por ocuparse de sí misma o de su hijo. Pero aquello acababa en aquel instante.

_ Yo sólo hago lo que creo que es mejor para mi hija y para mi nieto._ Dije, fingiendo un tono sentido._ De verdad, espero que Emma haya aprendido la lección esta vez.