Disclαimer αpplied.


«Sé muy bien que el mal proviene de lo que pienso, pero mi cólera es aún peor que mis pensamientos. La ira lleva a los mortales a incurrir en los peores males.» —Eurípides.


Bαlαs de sαlvα

II

¿Bαilαmos?

(Lα dαnzα de lα irα)

Hubo un tiempo, muchos años atrás, en los albores de su vida, en el que su padre y ella eran felices.

Berthold Hawkeye no era sombrío, su señora madre todavía estaba viva, y ella era pequeña. Muy, muy pequeña. Tanto que, cuando su padre le cogía de la mano y la sacaba a pasear, ella sentía que eran las manos de un gigante.

La casa entonces se hallaba iluminaba de vida. Su padre equilibraba su vida familiar con aquella exhaustiva investigación en el umbrío cuarto de atrás. Riza sabía que tenía la entrada vedada, y aunque se moría de curiosidad por saber qué secretos guardaba papá en aquel lugar, no se atrevió a desobedecer. Papá daba mucho miedo cuando se enfadaba.

Mamá era un ente etéreo que parecía flotar por la casa, llenándola toda de una luz indescriptible, bella, llena de vida. La señora Hawkeye siempre tenía una sonrisa franca dibujada en el rostro, pero la más grande y sincera la tenía especialmente reservada para su pequeña hija. Riza nunca la había visto llorar, excepto aquel día de lluvia en el que el cartero llegó con un sobre para ella. La niña oyó los sollozos de mamá y las palabras secas de papá escondida tras una puerta a medio cerrar. Riza no entendió y nadie nunca le explicó nada. Hasta llegó a suponer que aquella carta nunca llegó, ni mamá sucumbió al llanto por su contenido.

A la pequeña le fascinaba ver danzar a su madre. «Es magia», pensaba, maravillada al oír la música emerger desde las profundidades del viejo tocadiscos de la sala. Papá se les unía a veces y ella observaba encantada a sus padres bailar alrededor de los muebles.

Una noche papá decidió que Riza sería su compañera en aquella pieza. La cogió de la mano, sus pequeños pies pisaron suavemente los zapatos de su padre. La música comenzó y el señor Hawkeye marcaba los pasos sosteniendo a su hija. La niña reía, la madre sonreía, el padre era feliz, el fuego de la chimenea crepitaba alegremente y el viejo caserón de madera se sacudía de vida.

Sin embargo, un día todo terminó. Su madre se fue muriendo despacio, consumida por una enfermedad desconocida, y con ella la casa perdió su brillo mágico. El tocadiscos quedó mudo y triste en su rincón del oscuro salón y la chimenea olvidó pronto el calor de las llamas. Su padre se volvió un extraño para ella, ya no existían risas ni pasos de baile. La sonrisa se le borró para siempre de sus labios y fue sustituida por un rictus amargo que a la pequeña le producía miedo.

Un día, cuando el otoño avanzaba lentamente por los prados del Este, cubriéndolo todo de oro, alguien llamó a su puerta.

Dijo llamarse Roy Mustang, aprendiz de su señor padre. Era un poco mayor que ella, alegre y completamente vivaz. Comprendió, nada más al dejarlo pasar, que ya no se sentiría sola en aquel lugar.

Riza Hawkeye creció y se volvió una adulta demasiado pronto. La muerte repentina de su padre y la guerra la habían hecho madurar. Las manos blancas de la niña se mancharon de sangre y la culpa por lo que le tocó hacer en el campo de batalla era una compañera constante.

Roy Mustang también creció. Y no la dejó sola. Ambos tenían un lazo compartido demasiado fuerte: él también conocía el horror de la guerra y la culpa por la sangre derramada.

Riza casi había olvidado aquellas lejanas noches de danza en el viejo caserón que la vio nacer. Empero no olvidó jamás la amarga soledad después de aquellos días.

Y al verlo ahora a así, sumido en la furia infinita, con las llamas danzando a su alrededor al ritmo del chasquido de sus dedos, Riza Hawkeye tuvo miedo.

Los ojos de él mostraban un mar embravecido de odio. Los gritos de dolor del homúnculo le llenaban los oídos. La danza macabra del fuego se hacía cada vez más frenética.

Él se iría. La ira voraz le consumiría las entrañas y no volvería jamás.

Él se iría. El odio lo inmolaría y mataría para siempre al hombre que había sido.

Él se iría. Como su madre y su padre. Muerto en vida, la olvidaría. Olvidaría sus sueños y sus metas.

Él se iría. Se desviaría del camino para siempre y la dejaría sola.

Riza Hawkeye lo apuntó con el arma y su dedo se posicionó firme sobre el gatillo…

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¿Se merece un review?


Bitácorα de Jαz: los animadores de FullMetal Achemist: Brotherhood se merecen un premio por la escena de la venganza de Roy. Es que, dioses, es magnífica. Desde la primera vez que la vi pensé en Mustang como un director de orquesta con las llamas danzando a su alrededor. Y Riza, y Riza…

En esta viñeta quise retratar eso que pienso de la escena, con el mix de una parte de la infancia de Riza. Hay que darle al viejo Hawkeye el beneficio de la duda. Meibi fue buen papá, pero enloqueció después de la muerte de su mujer (sospecho que la carta que esta recibe es de Grumman). ¿No me jodí nada, verdad?

» Miss Wong (Shippear RoyAi es Hold the door :c) .

» ReNati94.

» meiosis2.

» DolcePiano (¿era lo que esperabas cuando te dije el título de la viñeta?).

» kaoru240.

» Butterfly of the life.

¡Gracias por sus reviews! La verdad es que estoy encantada por el recibimiento que me dieron. ¡Gracias, gracias, gracias!

¡Jajohecha pevê!

28 de Mayo de 2016, sábado.