Disclaimers: La historia me pertenece… en casi su totalidad, los personajes son propiedad de J.K. Rowling y son utilizados sin intención de lucro alguno. Las personalidades de algunos de los personajes así como su edad no corresponden a lo que la magnífica Rowling estipuló dentro de la saga de Harry Potter.

¡Hola! Bueno, es Martes de nuevo, y perdón si no lo dije, pero actualizaré cada Martes. En fin, tengo que agradecer como siempre sus hermosos reviews, sus favoritos y sus follows, significa tanto para mí que le den una oportunidad a esta historia que me tiene como loca, hasta donde me han dicho, a quien le conté que quería escribirla y de que trataba me ha dicho que es bastante compleja y espero poder hacerle justicia a todo lo que mi mente va creando segundo a segundo.

Bueno... Antonia, para nada me molesta que insistas con lo del final muy abierto de La Heredera de Morgana... no he pensado en darle segunda parte, ni un segundo epílogo como ya han dicho, creo que debo replantearme el final muy abierto que al parecer dejé. Pero ese es otro tema, muchas gracias por tu review, espero que esta historia te guste tanto como la otra.

Dicho eso, nos leeremos el próximo Martes.


El trayecto fue largo, de veinte minutos, lo cual no entendió, se supone que esa persona llegaba en diez minutos ¿la haría esperar tanto tiempo si se supone que es importante? Esas personas si que eran un caos, en la resistencia, cuando los jefes se reúnen, es casi como la sentencia a muerte tardarse tanto.

Zabini estacionó el jeep. Los tres bajaron y caminaron hasta otro jeep estacionado, pero no había nadie, lo comprendió, él también se hubiese ido de tener que esperar tanto tiempo.

Levantó la vista cuando escuchó un auto acercarse, no sabía que tan alerta tenían que estar los soldados de la Orden, pero para ellos, esa clase de descuidos como el de Zabini era la diferencia entre la vida, y la muerte.

El jeep color arena se detuvo un poco tarde, pero a tiempo para no atropellarlo, tanto Zabini como Dolohov habían retrocedido asustados.

—Lo siento –se disculpó el hombre –se me es complicado conducir este tipo de autos –sonrió.

—Cualquier auto es difícil para ti, Seamus –reprochó una mujer.

Draco observó al otro lado, lo primero que notó fueron los cabellos rojos meciéndose con el aire, la sonrisa burlona fue lo segundo y los ojos chocolate fueron lo tercero.

—Bien, deberías agradecer que no te he matado en el camino –frunció el ceño.

—El ganado no puede decir lo mismo –se acomodó la falda y avanzó hasta ellos tres.

—Hace un mes que estaba prevista su llegada –murmuró Dolohov.

—Lo siento, pero al final, el profesor Dumbledore ha pensado que debería permanecer un poco allá, mientras las cosas seguían un tanto fuera de control.

—Lo comprendo, avisar hubiese sido mejor.

—Dolohov –murmuró el chico al que la mujer llamó Seamus –no eres autoridad para cuestionar porque el profesor no ha llamado para decir que la visita se retrasaba.

—Lo sé –gruñó.

—Son ellos, supongo –dijo Seamus observando a Draco y a Zabini.

—Así es –admitió Dolohov –él es Zabini –señaló al chico junto a él y él es…

—Malfoy –murmuró.

—Sí, Malfoy, y como ordenes expresas de la encargada del Departamento de Defensa de Londres, la Señorita Dolores Umbridge. Malfoy será el encargado de su seguridad –informó haciendo que la sonrisa se borrara en el rostro de Zabini y el desagrado se incrementara en el de Draco.

—Bien, estaré en contacto –informó Seamus a la chica.

—Te enviaré mi reporte esta noche –asintió.

—Atrapa a esos bastardos por nosotros, querida –sonrió y se alejó el jeep.

Hubo un extraño e incómodo momento y Dolohov tuvo que aclararse la garganta, algo le dijo a Draco que esa chica era algo más importante que el mismo hombre ahí, junto a ellos.

—Zabini, Malfoy, les presento a la Señorita Weasley, estarán a cargo de su seguridad –informó.

—Disculpe, Sr. Dolohov –intervino Zabini –desde hace un mes, cuando se programó la llegada de la Srta. Weasley… se estableció que yo sería el encargado…

—Las cosas han cambiado, Zabini, no puedo discutir con la Srta. Umbridge.

—Nadie discute con ella, así es mi tía –informó la pelirroja con una sonrisa.

—Pero…

—Ella ha establecido que es una buena prueba para saber la lealtad de éste rebelde –informó Dolohov –si realmente está de nuestro lado, vivirá.

— ¿Lo llamaste rebelde? –los ojos de la chica dieron directo con los de Draco.

—Se han unido a las filas anoche –admitió Dolohov.

—Mi tía planea poner todo esto en riesgo al ponerme de protector a… un rebelde.

—Sí –sonrió Dolohov.

—Me niego, quiero que sea mi tía la que me informe algo así de…

Caminó molesta hacia el jeep al fondo tropezando a causa de los tacones.

—Debería tener más cuidado, Srta. Weasley –soltó mordaz Draco al detenerla.

—Siempre tengo cuidado –lo aventó molesta y fue hasta el jeep.

—Es inteligente –informó Dolohov –pero tan torpe como la mierda –se burló.

Los tres hombres avanzaron hasta el jeep, el rostro enfurecido de Zabini se volvió amable cuando notó que le tocaría ir en la parte de atrás con ella, así que no fue un misterio para Draco, lo que Zabini buscaba de ser el encargado de la seguridad de esa chica, era porque le interesaba sexualmente, no por que cuidar de ella fuera algo realmente importante o de vida o muerte. Mientras no supiera que tan importante era ella realmente, pensaba hacer bien su trabajo, en segunda instancia, dejaría que la resistencia la tomara como rehén si resultaba ser importante.

—Necesito un lugar alejado –le informó a Dolohov.

—No será problema, el cuartel tiene lugares alejados, ocultos y a simple vista, sólo es necesario que señale el lugar donde quiera que la ubiquen y todo listo.

—Me parece bien –se giró para ver el camino, Draco la observó por el retrovisor, estaba nerviosa, se le notaba, no sabía si por estar sola en un auto con tres hombres o como se los había confiado Dolohov, era tan torpe que intentaba pensar en como bajarse del auto sin caerse de bruces.

Entraron al complejo desde otro lado que Draco no había visto ni siquiera en los planos que tenían cuando hicieron el plan de ataque, siguió a Dolohov y a Zabini por un largo corredor, la chica iba junto a él, intentando observar sobre el hombro de Dolohov y de Zabini, seguía nerviosa y eso que no se había caído al bajar del auto.

Entraron a una oficina completamente extraña, tenía un decorado de gatos por todos lados, el olor a té hizo que le crujiera el estómago y que la chica lo observara frunciendo el ceño, tal parecía que ella no conocía el significado del hambre.

— ¡Ginevra, cariño! –Chilló la mujer –has llegado bien ¿cierto?

—Me puedes decir la razón por la que pones a un rebelde a cuidar de mí.

—Es algo así como su prueba de confianza para con la Orden, cariño –sonrió.

—Sólo dime que me quieres muerta y sería más sencillo, tía Umbridge.

—Cariño, claro que no te quiero muerta, mi hermana te encargó mucho conmigo antes de que…

—Esos rebeldes la asesinaran –le informó.

—No todos los rebeldes son iguales, él y su amigo están aquí, dispuestos a ayudarnos a vencerlos.

—Si venden a los suyos… ¿Qué te hace pensar que no nos venderán a nosotros?

—Ni siquiera sabe quien eres, cariño, mientras lo averigua solo, se debatirá si en protegerte o no –sonrió la mujer.

— ¿Por qué tendría que averiguar quien soy? –frunció el ceño.

—Exactamente –informó la mujer –tu sabrás si le dices quien eres, es obvio que tu nombre ya lo sabe, pero no tus habilidades y destrezas, mucho menos tu puesto.

—Bien ¿alguien más aquí lo sabe? –elevó una ceja y la mujer negó.

—Informaré al profesor Dumbledore de todas formas de esto, y… necesito un lugar donde dormir.

—Ya está listo –le informó –sé lo mucho que te gusta estar alejada, así que está lo suficiente alejado del bullicio de la gente.

—Eres la mejor –sonrió.

—Lo sé, todo lo necesario por ti, cariño, eres mi favorita.

Draco la siguió cuando ella salió de la oficina, Zabini tardó un poco en seguirlos.

—Todo un rebelde –se burló –todos son igual de cobardes en cuanto ven la muerte cerca –murmuró, haciéndolo poner los ojos en blanco.

—Sólo te hace falta tener una risa idéntica para ser igual de…

—Es mejor que no te dirijas a mí así –se giró hasta él deteniéndose.

—Sólo demuestro lo bien que sale juzgar a las personas sin conocerlas –se encogió de hombros.

—Todos los rebeldes son iguales –elevó las cejas.

—Y todos los de la Orden también son iguales.

—Nosotros, estamos intentando salvar lo poco que los rebeldes han dejado –informó –no como ustedes, que iniciaron esta guerra, siguieron los ideales de un montón de gente a la cual no le preocupaba el futuro…

—Jamás estuve de acuerdo con la resistencia –mintió –sólo hay personas que quedan atoradas entre la guerra –gruñó –y es más fácil ser aceptado en la resistencia que en la Orden.

—Así de equivocados son los ideales de la resistencia que admiten a cualquiera en sus listas –sonrió –no me creo que no estás de acuerdo en esos ideales.

—Eso no es mi asunto, mi único asunto aquí, es mantenerla con vida, ya lo ha escuchado –le otorgó una sonrisa fastidiosa.

—Sé de lo que son capaces los de tu clase –le informó –y me encargaré de que seas puesto más a prueba que nadie más al alistarse.

—Haga lo pertinente, Srta. Weasley.

La chica se giró y siguió caminando, delante de él, Zabini se colocó a su lado y sonrió, la pelirroja tenía un caminar elegante, eso y un cuerpo esbelto y formado, esa era la razón por la que Zabini no dejara de dedicarle miradas fortuitas a la espalda y trasero de la mujer.

—Te has unido, Zabini –habló y lo observó por su hombro –deberías tener más cuidado de él que de mí –ordenó.

—No está armado, Srta. Weasley –informó el chico.

—Vaya ¿eso tiene que tenerme más feliz? –Se burló –si no me mata él, serán sus amigos y pondrá como excusa el no estar armado –negó –ahora entiendo porque la situación está así.

Marcó el código en la puerta y ésta chilló abriéndose de inmediato, los hombres entraron después de ella, Draco observó cada detalle del laboratorio en el que habían llegado, su compañero de equipo no prestó atención, tal vez él ya estaba muy acostumbrado a los lugares así.

—Ginevra –se escuchó la voz masculina en algún lugar, la mano de Draco fue hasta su espalda pero recordó que no traía su arma.

—El Profesor Horace Slughorn –sonrió amable –es un placer verlo, profesor.

—Es un honor tenerte aquí, querida, ahora, te informaré la situación actual, que no me gusta para nada, nadie ha podido echar andar este cacharro desde que se descompuso.

—Lo dejé funcionando a la perfección –frunció el ceño.

—Por allá –le señaló un perchero.

Caminó hasta ese lugar, se colocó una bata que tenía grabado el nombre de una tal Millicent Bulstrode. Se colocó unas gafas cuadradas y pequeñas y se sentó en el banquillo, el rubio la observó fruncir el cejo y morderse el labio en forma de frustración, para después mover ágilmente sus dedos sobre el teclado.

—Ha sido una falla del sistema –le informó al hombre –alguien intentó codificar el sistema, pero obviamente sus habilidades son mínimas, tal vez fueron sus amigos, Sr. Malfoy ¿Qué sabe de eso? –lo observó.

—Si fueron ellos, me temo que no fui informado –admitió.

—Para pasar mi prueba de confianza, debe esforzarse mejor y mentir mejor.

—No estoy mintiendo –rebatió enfadado.

—No puedes hablarle así –informó enfadado el profesor Slughorn.

—No se preocupe –lo tranquilizó la chica –es normal que no pudiesen reparar el daño causado por los intrusos –se puso de pie y caminó hasta otra máquina.

—Lo diseñaste, nadie lo conoce mejor que tú, es obvio.

—Falta mi código para volver a activarse –el cabello suelto resbaló por su rostro –no sé quién lo dañó, pero sin duda sabe lo que hace la máquina.

—Tenemos un mes intentando encontrarlos –admitió el hombre.

—Será cuestión de segundos en cuanto cargue de nuevo el sistema –informó con una sonrisa.

—Bien ¿cuánto tardará en cargarse todo el sistema?

—Una semana –se enderezó y volvió al perchero.

—Supongo que irás a descansar –sonrió el viejo.

—Tomaré una ducha primero, no soportó los viajes largos –se encogió de hombros.

Abrazó al hombre, dejó la bata y se quitó las gafas para después salir del laboratorio.

La siguieron en silencio un trayecto de diez minutos por un laberinto interminable, ella tenía que conocer perfectamente el lugar, porque en ningún momento preguntó el camino hacia el lugar donde dormiría… es más. Ni siquiera había preguntado en qué lugar. Dormiría.

—Pueden irse, no los necesitaré –les informó –los quiero a primera hora en el laboratorio –se giró hasta ambos –tienen que estar a cada lado de la puerta incluso antes de que yo llegue ¿les queda claro?

—A sus órdenes –sonrió Zabini.

—Y a usted, Malfoy ¿le quedó claro o tengo que suplicar por sus servicios?

—Perfectamente claro –se dio media vuelta.

—Le dije que podía irse, pero no le dije en qué momento ¿o sí? –le sonrió.

Los ojos grises de Draco se posaron en Zabini que había agachado la cabeza y había comenzado a reír.

—Tiene usted razón, mis disculpas por ello ¿pero hay algo más que pueda hacer por usted ya que no necesita de mi protección ahora?

—No necesito de su protección –observó a Zabini –tampoco la de él –se encogió de hombros –sólo es protocolo –se burló –es probable que sus hombres puedan entrar, Sr. Malfoy, pero no salir, el claro ejemplo es que usted no pudo salir.

—Debería cambiar el protocolo.

—No podría, aunque deseara –se encogió de hombros –no poseo tanto poder.

Abrió la puerta y cruzó, observó con atención y después suspiró.

—Ahora pueden irse –cerró la puerta a sus espaldas.

Se giró enfadado y avanzó a grandes zancadas, Zabini iba detrás de él burlándose de cómo le había hablado, ahora recordaba porque razón odiaba tanto a la maldita Orden, a pesar de que eran unos asesinos sin compasión, siempre se creían superiores a todos.

—Lo dije, tiene un carácter fuerte –habló Zabini –bien, soy Blaise –lo sujetó del brazo.

—Draco –contestó en tono seco –y no es que sea de carácter fuerte, es sólo una chiquilla malcriada creyéndose superior.

—Es superior –se encogió de hombros –gracias a ella, tu plan falló –le informó en tono bajo –puede que tus amigos dañaran su sistema, pero… la seguridad aquí… es inquebrantable, sabíamos que venían incluso antes de que tocaran el perímetro.

—Y… ¿por qué me estás diciendo esto? –lo observó.

—Porque somos del mismo equipo –se encogió de hombros –ahora estás con la Orden, y es mi deber que sepas que cuentas conmigo en la difícil tarea de cuidar de esa torpe chica –apretó más el hombro de Draco y lo soltó para sacar su arma –ten, puedes usar la mía.

—Y… ¿no van a regañarte por ello?

—No es necesario que la uses –sonrió –ya lo dijo ella, esto sólo es por protocolo, y para cuando planee salir del complejo.

—No entiendo para que saldría.

—Ella encabeza la expedición cuando encontramos a unos rebeldes.

—Es torpe y descuidada –se quejó.

—Pero tan hábil como para ser la única que entienda esos aparatos que manejan aquí. Tengo diez años intentado ser capaz de usar el detector que inventó el profesor Dumbledore, pero jamás he sido capaz.

—Debe ser algo muy avanzado.

—Y lo es –admitió el chico –por allá está la cocina, puedes comer algo, debo imaginar que tu amigo está ahí, con el idiota de Longbottom.

—Gracias.

Se alejó en la dirección que le dio, no iba a ser tan idiota, no iba a dejar sus instintos y confiar en la primera persona que se comporta amable, después de todo, aún seguía siendo el nuevo, el rebelde y él ya tenía diez años siendo parte de la Orden. Y esos malditos no olvidan fácilmente de qué lugar provienes.

Cruzó la puerta, la cocina era enorme, había muchas personas caminando de un lado a otro apurados, detectó a Nott después de un par de minutos, usaba su habilidad con el cuchillo para cortar papas.

—Quien iba a decirlo –se burló el rubio y se recargó para admirar las papas cortadas.

—Un puesto importante dentro de la vida militar del complejo –le recordó.

—Y lo es, hermano –se burló Draco –alimentar a todos y no envenenarlos claramente es que confían demasiado en ti –sonrió burlón.

—Eres un maldito infeliz –gruñó –pero… dime ¿Qué te han puesto a hacer a ti?

—Bueno, pues…

—N-no hables con él –dijo un chico un tanto nervioso –tú, nuevo, ponte a picar las papas más rápido –Draco le dedicó una mirada ruda, logrando ponerlo más nervioso.

—Si tú tienes hambre, ve al comedor, en un momento te llevarán de comer, no quiero que contamines algo aquí.

—Haz caso –se encogió de hombros Nott.

—Bien.

Se alejó de la mesa y salió por la puerta que le habían indicado, era un lugar amplio, se sentó en la mesa junto a la ventana, alcanzaba a ver el bosque, en ese momento desearía estar junto a Pansy, y no ahí. Las comodidades era algo a lo que fácilmente se pudiese acostumbrar. Pero no a los ideales. Sentía por todo su cuerpo la traición que estaba cometiendo a los ojos de todos los demás. Iban a matarlo si lo encontraban, porque él no se atrevería a levantar el arma en contra de las personas que consideraba su gente.

Después de comer fue hasta el lugar donde les habían dejado dormir, había una pequeña maleta sobre su catre y otra sobre el de Theodore, así que lo abrió con precaución, pero sólo había más ropa que pudiese usar, así que la puso debajo del catre y se acostó, mirando al techo, cerró los ojos y se dejó llevar por el cansancio.

Cerca de las ocho abrió los ojos, Nott estaba junto a él, con el ceño fruncido, se había bañado y ahora tenía la toalla enrolada en las caderas.

—Iré a cenar –informó –no puedo creer que mientras nosotros estamos aquí, comiendo como reyes, nuestra gente se está quedando con hambre ¿sabes cuanta comida se desperdicia? –soltó enfadado.

—Puedo imaginarlo –se encogió de hombros.

—Pero no se lo dan a los perros, o no, la comida se hace especialmente para los humanos, a los perros se les hace otra clase de comida –bufó –se les alimenta cinco veces al día, y se les entrena para que no se pongan obesos y estén ágiles y en forma para cazar a los rebeldes.

—Ahora entiendo porque siempre daban con nosotros, los tratan como reyes –se burló.

—Pues iré a cenar –negó –comeré todo lo posible, en lo que volvemos con los nuestros.

—Robaremos comida, no te preocupes –sonrió.

—Por supuesto que la robaré –se burló Nott –no voy a dejarles nada.

Avanzaron tranquilos hacia el comedor, la mayoría de los soldados estaban ahí, comiendo, en medio de una algarabía enorme, como si no estuviesen en medio de una guerra, como si nada más les preocupara. Era algo indignante para ellos, que fuera algo tomado tan a la ligera.