Año I - La Piedra Filosofal
Capítulo 3 - Harry y su verdadera identidad.
En una casa del barrio de Prive Drive, un niño de cabello negro azabache, ojos verdosos, piel clara y con una cicatriz en la frente que tenía forma de rayo estaba cortando el césped, mientras el cielo se oscurecía poco a poco, dando así paso a la noche.
- Hola a nadie. Si, esta es mi mente: un lugar de espacio infinito donde puedo hablar sin restricciones; Un mundo donde puedo escapar durante un tiempo de aquel en el que irremediablemente, me toca vivir. Mi nombre es Harry James Potter, tengo diez años y soy…huérfano. Actualmente vivo en el número 4 de Privet Drive, uno de los muchos barrios de Londres, con mis horribles tíos: Vernon, Petunia y el idiota de mi primo, Dudley (quien se parece a un cerdo con peluca :V). Me siento solo, deprimido y sin saber que será de mí, pero por encima de todo, sin saber que soy. No sé cómo pasó todo cuanto ha pasado, no sé qué hago yo aquí. Yo inicialmente tenía unos padres (de algún lado tenía que salir, los niños no nacen de la nada, o al menos eso me enseñaron en la escuela) de los cuales no recuerdo nada de nada, a excepción de una luz verde la cual impactó en mi rostro. A veces pienso que esa extraña luz tiene algo que ver con la cicatriz en forma de rayo que tengo en mi frente. Bueno, es eso o tal vez fuera provocado por el accidente de coche. Cada vez que les pregunto a mis tíos sobre cómo murieron mis padres, ellos afirman que fallecieron en un accidente de coche. Tal vez yo estuve con mis padres ese día y de alguna manera milagrosa, sobreviví. No lo sé, algo me dice que eso no es verdad, de todos modos, decidí no preguntarles más sobre el tema porque lo único que me ganaba a cambio era soportar las riñas de tío Vernon. Desde que tengo uso de la memoria, me han tratado como a un criado, haciéndome vivir en una alacena bajo las escaleras de la casa, obligándome a hacer tareas del hogar que normalmente otros a mi edad no harían. - Pensaba el muchacho, mientras podaba un árbol subido a una vieja y oxidada escalera de metal. - Por si eso fuera poco, de su parte solo he recibido un trato hostil e injusto, como si yo fuera un problema, no…mejor dicho, como si yo fuera la causa de sus problemas. A veces no puedo evitar hacerme la misma pregunta: Si tantos problemas les doy ¿por qué simplemente no me sueltan y ya?, yo creo que la calle ahora mismo es un mejor hogar que este infierno, creo incluso que sería más feliz en un orfanato, donde podría desenvolverme y valerme más por mí mismo. Por otra parte, en medio está mi desagradable primo, Dudley, quien es más gordo que la cría de una ballena azul. Mis tíos, que se empeñan en demostrar lo orgullosos que están de él, no dejan de alimentarlo exageradamente, mientras que yo solamente me tengo que conformar con las sobras, que tampoco es que sean la gran cosa… - continuaba pensando mientras metía con dificultad un saco de hojas en el contenedor de basura. - En el colegio, diría que es un poco menos hostil, pero igual de molesto. No tengo amigos, porque mi primo y su estúpida banda de idiotas se encarga de ahuyentarlos y amenazarlos para que me dejen solo. A veces intento hacer algo por defender a quienes reciben un trato abusivo por parte de esos "gorilas", pero poco puedo hacer por mi cuenta. A pesar de ello, en la escuela soy considerado un excelente estudiante y deportista, me entretengo mucho leyendo distintos libros sobre las materias que estudiamos, hago todo lo posible por entregar mis trabajos a tiempo, aunque si mis tíos no me dan un mínimo apoyo con el material, resulta muy difícil. Por suerte, los maestros me dan un poco de material escolar cuando lo necesito, con lo que casi siempre consigo entregar los trabajos a tiempo, y sobre todo, bien. He tenido que dar uso de mi talento e ingenio en más de una ocasión para ser puntual con mis deberes. – seguía pensando mientras barría el patio con una vieja escoba. - A lo largo de mi corta vida (¿He dicho largo? Pues vaya), aparte de todo ese trato injusto que he recibido, también he sufrido algunos fenómenos extraños, situaciones considerablemente paranormales. Primero, mi pelo: Tía Petunia ha intentado cortármelo en repetidas ocasiones, pero es inútil, cada vez que me cortan el pelo, este vuelve a crecer hasta permanecer como estaba. Siempre me pasa, y solo por eso me castigan, como si fuera culpa mía. La otra vez, también recuerdo que cuando estaba escapando de los "gorilas" de Dudley, cerré un momento los ojos, y repentinamente me encontré en el tejado de la escuela una vez los abrí. Allí estaba yo, sentado encima de la chimenea como si tuviera ganas de interpretar a Papa Noel. No tengo ni la menor idea de cómo fui a parar allí, solo sé una cosa, que a cambio tuve una carta de la directora quejándose a mis tíos, afirmando que yo soy una especie de "trepamuros", y que no estaba bien. Me gané una bronca y un severo castigo a cambio. ¿Hay algo peor que todo esto? Yo puedo aceptar que no les agrade a mis tíos o a mi primo, ellos tampoco me agradan (prácticamente los odio), pero que se metan con mi familia, con mis padres, hablando pestes de ellos, es algo que no puedo tolerar…y por supuesto, no lo tolero…-
Harry acabó con sus tareas, y echando discretamente un vistazo al reloj de la sala de estar de la casa, a través de la ventana, vio que eran las diez de la noche. Soltando un bufido, dejó la escoba parada en la pared cerca de la puerta que daba con el jardín. En ese momento, pudo ver a la señora Figg, su vecina, quien le saludaba desde la ventana con una sonrisa triste. El muchacho alzó la mano educadamente para saludarla.
- Esa es la señora Figg, una anciana muy amable que de vez en cuando me da algo de comer. Ella se dedica a cuidar de sus gatos mientras está en casa. He tenido varias oportunidades para hablarle del trato hostil que recibo por parte de los cenutrios que tengo por tíos, pero no ha habido manera, ya sea por mí orgullo (del que me siento orgulloso) o porque alguna determinada situación se ha interpuesto. - pensaba Harry, en referencia a su vecina, al mismo tiempo que se limpiaba las suelas de sus zapatos en el felpudo. - Según tengo entendido, está casada, pero su marido siempre está fuera, trabajando. A pesar de que su casa no huele demasiado bien, y cada vez que me he quedado con ella fue solo para conocer su enorme álbum de fotos sobre gatos, ha sido agradable estar con ella. -
Cabizbajo y cansado de trabajar, Harry entró en la casa, para encontrarse al tío Vernon tumbado en el sofá, mientras veía las noticias en la televisión de la sala.
- ¡Eh, tú! – gruñó tío Vernon cuando el muchacho entró. - ¿Has terminado? -
- Si, tío Vernon…- respondió Harry, mirándolo discretamente con algo de odio.
- ¡Hmph! Entonces vete a dormir. - le ordenó el "gordito con mostacho". - ¡Fuera! -
- Si…- masculló el azabache como respuesta. - ¡Que te den, gordo! - se quejó mentalmente, mientras se dirigía a zancadas hacia ese pequeño armario bajo las escaleras que era conocido como su "habitación".
Harry entró dentro. La alacena bajo las escaleras, que era donde dormía, estaba "adornada" con pequeñas arañas (que le recordaba a los adornos de Halloween) y otros bichos, pero no le importaba, no tenía más remedio que dormir allí.
- Y aquí termina otro "estupendo" día en mi vida…supongo…- susurró mientras cerraba sus ojos, y se perdía en un sueño profundo.
Al día siguiente, llegó el sábado. Harry había tenido un sueño bastante agradable: soñó que volaba encima de una motocicleta, pero pronto los chillidos escandalosos de tía Petunia lo despertaron, y a regañadientes tuvo que levantarse para encargarse del desayuno. Como si aquello no fuera suficientemente frustrante, era el cumpleaños de Dudley. Sus padres, como cada año, le habían preparado una pila de regalos, concretamente, de treinta y seis paquetes, lo cuales (para Dudley, por supuesto) no era suficiente. Y como cada año, también iban a llevarle a algún sitio divertido. En esta ocasión, escogieron llevar a su "cachorrito" a un zoológico familiar.
Harry, que estaba ansioso por tener unas cuantas horas de paz y tranquilidad, sin tener que soportar a los Dursley, le tocaba quedarse en casa, pero no había nadie disponible que pudiera cuidar de él. Contemplaron distintas opciones: que se quedara con la señora Figg, pero (lamentablemente) ella se fracturó la pierna y no podía ocuparse de Harry; luego, pensaron en llamar a tía Marge, la hermana del tío Vernon, pero ella no aguantaba al chico, y él, mucho menos aguantaba a esa "vieja arpía", que no tenía reparos en insultar a sus padres, mucho más que tío Vernon.
El azabache deseaba por todos los medios quedarse solo en la casa, pero estaba claro que los tontos que habitaban en ella tenían miedo de sus "anormalidades", por lo que no estaban dispuestos a dejarlo sin vigilancia.
Al final, a regañadientes, optaron por llevar a Harry al Zoológico.
- ¡PERO YO NO QUIERO QUE EL VENGA! - rugió Dudley, haciendo una rabieta. - ¡SIEMPRE LO ESTROPEA TODO! -
- Pff, yo tampoco quiero ir y aguantar tus niñerías todo el día, puñetero imbécil…- pensó Harry, fastidiado.
Con el paso del tiempo, Harry estaba cada vez más frustrado y furioso con la vida que llevaba. No lo aguantaba. Sentía un gran impulso por salir corriendo en cualquier momento. Cada vez le costaba más dejar a un lado su arrogancia, pero con mucho esfuerzo, valor y humildad se imponía a esos deseos, haciendo que él solo se limitara a soltar pestes mentalmente.
Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.
- ¡Rayos, ya están aquí! - dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre.
Era un chico flacucho con cara de rata, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba. Por suerte, Harry había adquirido experiencia en enfrentar a los abusones, y de alguna forma u otra, el los dejaba en ridículo en muchas ocasiones, ganándose a cambio, más castigos, pero no le importaba en absoluto, él consideraba que merecía la pena.
Media hora más tarde, Harry, que no podía creer en su suerte (si se le podía llamar suerte…). Estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida. De hecho, él salía muy poco de la casa, limitándose particularmente a tres sitios: el jardín de la casa de Prive Drive, el colegio, y de vez en cuando, un parque cercano.
A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir rumbo al zoológico, tío Vernon se llevó aparte a Harry.
- Te lo advierto chico, cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad. - dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry.
- No haré nada raro…- respondió Harry, reprimiendo las ganas que tenía de soltarle un puñetazo en la nariz a su odioso tío. - Si contara con las provisiones necesarias para sobrevivir, desde luego variaría esa opción…- pensó detenidamente. Con tal de no aguantarles un tiempo, se sentía capaz de todo.
Mientras conducía, tío Vernon se quejaba ruidosamente a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas: Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry eran algunos de sus temas favoritos. Aquella mañana les tocó a los motoristas.
- ¡Tch! Gordo quejica. - bufó Harry desde su mente, mientras escuchaba las quejas de tío Vernon. - Es evidente que no sabe hacer otra cosa más que criticar a los demás y creer que es el mejor en todo…-
- ¡Fíjate por donde vas, gamberro! - gritó "el gordito con mostacho", mientras una moto los adelantaba.
- Tuve un sueño sobre una moto…- comentó Harry sobre uno de sus sueños, aunque lo hizo abiertamente, y no desde su mente. - Estaba volando y…-
Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y miró a Harry con ira.
- ¿¡CUANTAS VECES TE LO TENGO QUE DECIR!? - gritó tío Vernon. - ¡LAS MOTOS NO VUELAN! -
- Eso ya lo sé, estúpida remolacha con bigotes…- bufó Harry desde su lucida mente. Dudley y Piers se rieron disimuladamente. - Ya sé que no lo hacen, tío Vernon…- repuso, mostrándose arrogante. - Fue sólo un sueño…- desvió la mirada y se quedó callado. - Aunque desearía que fuera real. Mira, si me encuentro con esa moto, podré salir de aquí con ella y no veros más el pelo en la vida…- pensó con algo de esperanza.
Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato.
- Vaya, esto…realmente no me lo esperaba. - pensó Harry con sorpresa, comiendo su polo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio. – Hehe…no me importaría que algún día un encargado del zoológico lo confunda con un gorila y lo acabe metiendo en la jaula…- pensó burlón.
Al final, Harry tuvo que admitirlo. Fue con diferencia, la mejor mañana que había pasado en mucho tiempo. Tuvo cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers no empezaran a intentar practicar su deporte favorito, que era pegarle a él, cosa que cada vez se les hacía más difícil.
El azabache pasaba sus ratos libres no solo estudiando todo lo que podía, sino también preparándose para determinadas situaciones que requiriesen de un esfuerzo físico. Pero con la condición en la que se encontraba su cuerpo, era un tanto difícil. Se debía en gran medida, a que por culpa de los Dursley, no se alimentaba correctamente, y por eso estaba muy delgado.
Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.
- Cerdo desagradecido…- se quejó Harry, mientras se comía el bocadillo. - bueno, yo sí que lo agradezco…supongo…-
Más tarde, Harry pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar. Después de comer fueron a ver los reptiles. Estaba oscuro y hacía frío, y había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes. Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos. Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande.
Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.
- ¡Haz que se mueva! - le exigió a su padre.
- ¡Muévete! – exigió tío Vernon golpeando el cristal con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.
- ¡MUEVETE! - exclamó Dudley mientras golpeaba bruscamente el cristal, pero la serpiente como si nada.
- No, no lo hagas…- le incito Harry a la serpiente desde su mente, con algo de maldad. – Es más divertido cuando no les hacen caso…-
- ¡Que aburrido! – gruñó Dudley, alejándose de la serpiente junto con sus padres y su amigo, dejando a Harry solo, con la serpiente.
El azabache se movió frente al vidrio y miró intensamente a la serpiente. Si él hubiera estado allí dentro, sin duda se habría muerto de aburrimiento, sin ninguna compañía, salvo la de gente estúpida golpeando el vidrio y molestando todo el día. Era peor que tener por dormitorio una alacena donde la única visitante era tía Petunia, llamando a la puerta para despertarlo: al menos, él podía recorrer el resto de la casa.
De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harry, guiñó un ojo.
Harry la miró fijamente, luego echó rápidamente un vistazo a su alrededor, para ver si alguien lo estaba observando. Nadie le prestaba atención, por lo que miró de nuevo a la serpiente y también le guiñó un ojo con una sonrisa.
La serpiente torció la cabeza hacia tío Vernon y Dudley, y luego levantó los ojos hacia el techo. Dirigió a Harry una mirada que decía claramente "Me pasa esto constantemente".
- Si, lo sé…si yo te contará… - susurró Harry a través del vidrio, aunque no estaba seguro de que la serpiente pudiera oírlo. - Es molesto, ¿verdad? – preguntó, como si le hablara a una persona.
La serpiente asintió vigorosamente, dejando a Harry un tanto extrañado y sorprendido.
- Por cierto…¿de dónde vienes? - preguntó el azabache.
La serpiente levantó la cola hacia el pequeño cartel que había cerca del vidrio. Harry miró con curiosidad, y pudo leer lo que ponía: "Boa Constrictor de Brasil".
- Conque Brasil…- susurró el azabache. - ¿Era bonito aquello? –
La boa constrictor volvió a señalar con la cola y Harry leyó "Este espécimen fue criado en cautiverio".
- Hm, ya veo…- el muchacho sintió algo de pena por la serpiente. - ¿Entonces nunca has estado en Brasil? - volvió a preguntar, mientras la serpiente negaba con la cabeza, un grito ensordecedor detrás de Harry los hizo saltar repentinamente.
- ¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO! – exclamaba el amigo de Dudley, este se acercó contoneándose, lo más rápido que pudo.
- ¡Quita de en medio! – gritó Dudley, golpeando a Harry en las costillas. Este, cogido por sorpresa, cayó al suelo de cemento.
- ¡Tch! Algún día te la pienso devolver, gordo estúpido…- maldijo Harry desde su mente, fulminando con su mirada a Dudley, y luego a Piers.
Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley estaban inclinados cerca del vidrio, y al instante ambos saltaron hacia atrás aullando de terror.
Harry se incorporó y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictor había desaparecido. La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo.
Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas. Mientras la serpiente se deslizaba ante él.
- ¡Brasil, allá voy! ¡Gracias, amigo! – le dijo la serpiente a Harry.
- ¿Eh? Bueno, pues…de nada…supongo. - farfulló Harry, sin acabar de creérselo.
El encargado estaba a punto de llegar, seguido de los Dursley. Harry ya lo sabía, se había metido en un enorme lío. En ese momento, ya sabía lo que venía encima.
- No…esto lo hice yo…- pensó Harry, mirando con terror a sus manos, como si estas fueran victimas de alguna maldición. - Estos sucesos tan extraños…¿¡Porque me suceden a mí!? ¿¡Qué diablos soy!? – su corazón latía cada vez con más rapidez, mientras observada a sus tíos acercándose hacia él a zancadas. Entonces supo que solo le quedaba una alternativa, si quería evitar permanecer en su alacena por el resto del verano. - No puedo quedarme…no más…¡NUNCA MAS! - y con el rostro asustadizo, salió corriendo del Zoo.
- ¡Vernon! - escuchó gritar a tía Petunia. - ¡Vernon! ¡Se escapa! ¡El chico se escapa! -
Mientras Harry escapaba a toda velocidad de la zona de reptiles, alcanzó a oír los gritos de su tío, que parecía enloquecido.
- ¡VUELVE AQUÍ, POTTER! - rugió. - ¡VUELVE! ¡ESTARÁS MAS QUE CASTIGADO! -
Pero Harry lo ignoró, y mientras unas angustiosas lagrimas resbalaban por sus mejillas, el siguió su camino, hasta salir del recinto, alejándose cada vez más y más del zoológico. No había vuelta atrás, él ya se había cansado de aguantar a los Dursley. Se marchó, corriendo, sin saber a dónde, pero siguió su camino sin detenerse por nada, perdiendo completamente de vista el zoológico, y por tanto, a sus últimos parientes vivos.
- ¿Quién soy? - la misma pregunta de siempre volvía a atormentarle. - ¿¡Quién demonios soy!? ¿¡Porque me pasan estas cosas a mí!? - no paraba de preguntarse así mismo, mientras corría, sin comprender como logró nuevamente hacer algo fuera de lo normal.
Cuando empezó a reducir la velocidad de su carrera, Harry se dio cuenta de que estaba solo. Lo había hecho, al fin lo había hecho. Se alejó de aquellas malvadas personas que hicieron de su vida una pesadilla, día tras día. Por primera vez, se encontraba solo, con todo un mundo por delante, un mundo…en el que se había sumergido precipitadamente. Perdiéndose en él, sin un rumbo concreto por el que seguir.
Harry dejó de correr, y jadeando, empezó a caminar por las desconocidas calles de Londres, con el corazón a flor de piel. Era la primera vez que estaba en plena ciudad, sin saber exactamente dónde estaba. Mientras andaba, se dio cuenta de que las personas que pasaban a su lado lo observaban, haciendo que se pusiera cada vez más tenso. Harry intentó mostrarse todo lo tranquilo que pudo para que la gente dejará de mirarlo. Entonces, los minutos, quizás horas, iban pasando, y el cielo comenzó a oscurecer. Harry sabía perfectamente lo que eso significaba: más peligro, más riesgos, y menos posibilidades de permanecer a la vista pública sin levantar sospechas. Necesitaba desesperadamente un refugio, uno donde poder ocultarse, hasta encontrar una solución a sus problemas.
En ese momento, Harry escuchó las sirenas de la policía alrededor de las calles, y entonces sus ojos se abrieron como platos, temiendo lo que ese sonido podía significar.
- Oh no…- se asustó Harry, mirando hacia todas partes con desesperación. - ¡Maldición! ¡Seguramente avisaron a la policía sobre mi desaparición! Si me encuentran…me llevarán de nuevo con los Dursley y estaré perdido otra vez…¡Demonios! -
El azabache empezó de nuevo a correr, recto y sin detenerse por nada. Las personas lo señalaban cuando pasaba cerca de una calle, dándose cuenta de que Harry era lo más parecido a un prófugo con problemas por huir de la ley.
Corría casi sin mirar, sin hacer caso a lo que tenía a su alrededor, y entonces el corazón le dio un vuelco. Estaba cruzando la calle sin mirar y con el semáforo en rojo, y un coche iba directamente hacia él.
- ¡OH, NO! - gritó Harry, cubriéndose inútilmente con las manos y esperando su final.
Sin embargo, en vez de morir atropellado ocurrió otro de sus extraños fenómenos. Sintió como si una extraña fuerza emergiera de su interior. A continuación, en fracción de segundos, el coche salió volando por los aires, pasando por encima de Harry hasta caer estrepitosamente. Una vez toco tierra, giro sobre sí mismo tres veces hacia la derecha y se estrelló contra una farola. Harry miró horrorizando lo que había hecho.
- No…dios mío no…- pensó con terror, y aún mas asustado salió corriendo.
Al principio no se enteró, pero sin querer, llegó a una calle conocida como "Charing Cross", y en una esquina, vio un cartel muy peculiar. A medida que se acercaba, se revelaba lo que ponía: "Caldero Chorreante". Parecía la puerta de un bar diminuto y de aspecto mugriento, un lugar perfecto para esconderse en opinión de Harry.
- Tampoco cuento con muchas opciones…- pensó. Se sentía atrapado, con policías y coches patrulla a su alrededor, buscándole. Si se quedaba, aunque fuera un minuto más expuesto, sería descubierto, tenía que desaparecer cuanto antes. Sin pensárselo por más tiempo, abrió la puerta del bar y entró dentro, donde trató de recuperar el aliento.
Lo primero que vio fue a mucha gente, con vestimentas muy extrañas, como del siglo pasado. Para su sorpresa, algunos objetos se movían solos, como sillas, escobas, e incluso jarras que parecían contener cerveza. ¿Dónde se había metido? En ese momento, un hombre calvo, que parecía una nuez blanda, se acercó a él.
- Hola muchachito. - dijo el hombre. - ¿Puedo ayudarte? -
Harry estaba pálido por el susto tras su huida. Se quedó congelado, no sabía que responderle al señor que tenía en frente. - Este…yo…- farfulló muy nervioso, sintiéndose un completo inútil por no dar una respuesta mejor.
En ese momento, el hombre señaló la frente de Harry. - Esa cicatriz…¡por las barbas de Merlín! ¿¡No me digas que eres Harry Potter!? - preguntó, con los ojos abiertos desorbitadamente.
El azabache no esperaba esa reacción por parte de aquel hombre. ¿Cómo sabía su nombre? ¿Y porque tanto revuelo por su cicatriz? - Eh…sí señor, ese es mi nombre, pero…¿Cómo lo sabe? – no pudo evitar preguntar.
El hombre le estrechó la mano entre lágrimas de emoción. - ¿¡Que como lo sé!? ¿¡Cómo no voy a saberlo!? ¡Eres Harry Potter! ¡El niño que vivió! ¡El único mago que fue capaz de derrotar a "el que no debe ser nombrado"! -
Los que estaban presentes en el bar, miraban sorprendidos a Harry. Este abría y cerraba los ojos con rapidez, tratando de procesar lo que estaba pasando. A cada minuto que pasaba, más personas de vestimenta rara se acercaban a él, ya sea para mirarle la frente donde tenía su cicatriz, o estrecharle la mano con amplias sonrisas.
- ¿Harry? - escuchó la voz grave de alguien.
Un hombre gigantesco, el cual ocupaba toda la barra donde atendía un mesero fue quien dijo su nombre. Su rostro estaba prácticamente oculto por una larga maraña de pelo y una barba desaliñada, pero podían verse sus ojos, que brillaban como escarabajos negros bajo aquella pelambrera. Dejando la jarra de cerveza que tenía en la mano sobre la mesa, se levantó, se acomodó su abrigo el cual tenía parecía ser de piel de topo y se acercó a él, abriéndose paso fácilmente entre la muchedumbre que lo tenía rodeado.
- ¿De verdad que es tú, Harry? – le preguntó el hombre gigantesco.
- Esto…si, lo soy…- respondió el azabache, con la voz temblorosa. - ¿Quién…es usted? -
- Madre del amor hermoso, ¿¡Qué estás haciendo aquí!? - bramó el hombre de gran estatura. Parecía desconcertado y enfadado.
- Es que…yo…- Intentaba explicarse Harry, pero estaba asustado. ¿Quién era ese hombre tan grande? ¿Y porque le hablaba como si le conociera?
- De acuerdo, tengo que tratar esto con calma…- se dijo así mismo el hombre de alta estatura, rascándose la barba. – Será mejor que hablemos Harry. Tom, ¿tienes por ahí una habitación libre? – le preguntó al tabernero.
- Por supuesto Hagrid, la numero once está disponible. – respondió el tabernero, sacando unas llaves.
- Bien, ven conmigo por favor...- le dijo el hombre llamado Hagrid a Harry, tras recibir las llaves del tabernero. Sin embargo, Harry no se sentía muy cómodo. Estaba muy nervioso y no se sentía capaz de moverse. - Tranquilo, no tengas miedo, solo quiero hablar contigo, te prometo que todo irá bien. – insistió, hablando con suavidad.
No parecía haber muchas más opciones, tras la puerta del bar estaba la policía, probablemente buscándolo para arrastrarlo y llevarlo de vuelta a su "prisión" en Privet Drive, donde seguramente tío Vernon ya estaba preparándolo todo para el peor de sus castigos, no solo por hacer desaparecer el vidrio que mantenía presa a la boa constrictor, sino por encerrar dentro a Dudley, su "tunante". Sin más remedio, decidió seguir al hombre llamado Hagrid.
Tras dejar atrás el bullicio de las personas que se interesaron en Harry, este siguió a Hagrid, subiendo al piso superior pasando por unas polvorientas escaleras. Los dos entraron en una habitación que tenía como letrero el número 11. Dentro, había unos sofás viejos, una vieja lámpara, y una cama tamaño matrimonial, algo vieja también.
Hagrid ocupó el solo todo un sofá de tres personas, mientras que Harry se sentó en el de uno solo. El muchacho se sentía más pequeño de lo que era ante el tamaño del hombre que tenía al frente.
- Bueno Harry, en primer lugar, me presento. – empezó Hagrid. - Soy Rubeus Hagrid, Guardián de las Llaves y Terrenos de Hogwarts. -
- Ah, vale. – soltó Harry, con una sonrisa nerviosa. – y….¿qué es Hogwarts? – preguntó.
- Hm…ya veo, no sabes de que hablo, ¿verdad? – preguntó Hagrid. Harry negó con la cabeza, mientras parpadeaba los ojos. - Bueno, antes que nada, me gustaría saber que te ha pasado. ¿Por qué no estás en casa? -
- Ocurrieron…cosas…cosas raras, - respondió Harry, poniéndose cabizbajo. - muy raras. -
- ¿Cosas raras? – repitió Hagrid.
- Sí, verás, no sé cómo explicarte esto Hagrid…- empezó a relatar el azabache. - Durante toda mi vida me han pasado cosas muy extrañas, como, por ejemplo, lo de mi pelo, cuando me lo cortaban. Al día siguiente estaba exactamente igual. O cuando de repente aparecí en el tejado de mi colegio…o lo último, de alguna forma hice desaparecer un cristal que tenía encerrada a una boa constrictor brasileña…- explicó. - Sin embargo, cuando entré en este lugar, he visto cosas tan raras como las que me han pasado a mí. ¿E… esto es normal? -
- Por supuesto que si Harry. - dijo Hagrid con una amplia sonrisa. - Después de todo, eres un mago. –
- ¿Un…mago? - repitió Harry, consternado ante tal revelación.
Descubrir semejante verdad fue para él como recibir una jarra de agua fría sobre su cabeza. ¿Los extraños fenómenos eran trucos de magia? ¿Él era un mago? Después de todo lo que vio cuando entró en el bar, tuvo que admitir que lo revelado por Hagrid cobraba sentido a todo cuanto había hecho, a todo cuanto era. Él era un mago, y lo que estuvo haciendo todo el tiempo cuando menos se lo esperaba, era magia.
- Si Harry, eres un mago, uno muy famoso en el mundo mágico. – comentó Hagrid, con una amplia sonrisa oculta tras la maraña que tenía por barba. - Y muy bueno, si se me permite añadir, en cuanto te hayas entrenado un poco. Con unos padres como los tuyos ¿qué otra cosa podías ser? -
Harry se sorprendió al oírle mencionar a sus padres. – Mis padres…¿Eran magos? Pero, ¿porque soy famoso? Que yo sepa, no hice nada de nada. –
- Fue porque derrotaste a…a…- Hagrid parecía tener dificultades para responder.
- ¿Yo derroté a alguien? – el azabache sentía que le caía encima tanta información nueva por procesar, que parecía a punto de saturarse. - ¿A quién derroté? -
- No…no sé si decírtelo…- farfulló Hagrid.
- Bueno, si no quieres decírmelo puedes darme el nombre por escrito. – sugirió Harry.
- No puedo, no sé cómo se escribe…- susurró Hagrid con terror. - Está bien, te lo diré…es Voldemort…-
- ¿Voldemort? – repitió Harry.
Hagrid se estremeció. - ¡Shh! ¡No digas su nombre! – le pidió alterado.
- Oh, lo siento. – se disculpó el azabache, frunciendo el entrecejo. - ¿Por qué tanto miedo al nombre? Es solo un nombre. -
- No es cualquier nombre Harry, si…si tan solo supieras…- Hagrid se toqueteaba sus enormes dedos nerviosamente. Se aclaró la garganta antes de volver a hablar. - Fue el ser más temido que ha pasado por el mundo mágico, te lo aseguro. Mucha gente murió a manos suyas, incluyendo a tus padres…
De repente, los ojos de Harry se agrandaron. - Mis padres…¿¡Ellos murieron asesinados!? ¡No! ¡No puede ser! – sintió como un torrente de fuego en su interior.
- Esa es la verdad, Harry. – repuso Hagrid. - Creí que los Dursley te lo habían contado…-
Aquello dejó al azabache más aturdido. - ¿¡Como sabes de ellos!? – preguntó enfadado.
- Te traje con ellos cuando eras a penas un bebé…- empezó a explicarse Hagrid.
- ¿¡Como!? ¿¡Fuiste tú!? ¿¡Cómo pudiste hacer eso!? – inquirió Harry, entre sorprendido y furioso. - ¿¡Tienes idea de lo horribles que son!? ¿¡De cómo me han tratado!? -
A pesar de su enfado, Harry estaba impresionado de sí mismo, al ser capaz de dejar a Hagrid, que era mucho más grande y robusto que él, muy nervioso.
- Créeme, si llegaba a saber que esas personas eran tan terribles, no te dejaba allí para nada. Pero como son la única familia que tienes pues…-
- ¡Hubiera preferido mil veces estar en un orfanato antes que con esos sujetos! – gritó el azabache, apretando los puños.
- Tranquilo Harry, ya te lo he dicho, yo…- farfulló Hagrid, mostrándose incapaz de completar una respuesta aceptable.
Harry cogió aire y trató de tomarse las revelaciones con calma. - Está bien, lo siento…- se disculpó, respirando con brusquedad. - Es que…son horribles…son de lo peor que he visto en unas personas…-
- ¿Porque lo dices? – preguntó Hagrid débilmente.
Harry le contó a Hagrid como de desagradables eran los Dursley. Pasando por las tareas domésticas que le obligaban a hacer, la escuela y saltándose la parte de la alacena. Aquello le parecía demasiado humillante como para compartirlo con alguien a quien acaba de conocer.
- ¡Pero eso es terrible! – bramó Hagrid, que parecía entender mejor la frustración del muchacho. - McGonagall dijo que son la peor clase de muggles que hay, pero no me imaginaba que hasta este punto…-
- ¿Quién es McGonagall? – preguntó Harry con curiosidad.
- Oh, ella es la subdirectora de Hogwarts, - respondió Hagrid. - jefa de la casa Gryffindor y profesora de Transformaciones. -
- Ah…- dijo Harry, aún sin saber que era Hogwarts, la casa Gryffindor o de que trataba la clase de Transformaciones. - ¿y los muggles? -
- Así llamamos a las personas no mágicas. -
- Interesante…- susurró Harry, tocándose la barbilla. - Sabes, al principio no sabía cómo murieron realmente mis padres. – comentó, sintiéndose más calmado. – Cuando se los pregunté a los Dursley me dijeron que mis padres habían muerto en un accidente de coche, por eso al principio no creí mucho en…-
En ese momento, Hagrid parecía muy molesto. - ¿¡ACCIDENTE DE COCHE!? – gritó con potencia. - ¿¡Cómo iban a poder morir Lily y James Potter en un accidente de coche!? ¡Eso es un ultraje! ¡Un escándalo! ¡Que no conozcas tu propia historia, cuando cada persona de nuestro mundo conoce tu nombre! -
- Entonces cuéntamelo…- le pidió Harry con seriedad. - ¿Cómo murieron mis padres? -
Hagrid se puso cabizbajo. - No sé si debería, Harry…- respondió. – No creo que sea la persona más indicada para responderte a eso…-
- ¡Por favor! – insistió el azabache, empezando a desesperarse. – Llevo años intentando descubrir la verdad, pero justamente esa es una de las muchas cosas que los Dursley me han negado…-
- Está bien…ese…ese mago… hace unos veinte años, comenzó a buscar seguidores. Y los consiguió. Algunos porque le tenían miedo, otros sólo querían un poco de su poder, porque él iba consiguiendo poder. Eran días oscuros, Harry, no se sabía en quién confiar, uno no se animaba a hacerse amigo de magos o brujas desconocidos...sucedían cosas terribles. Él se estaba apoderando de todo, por supuesto, algunos se le opusieron y él los mató, fue horrible. Uno de los pocos lugares seguros era Hogwarts, hay que considerar que Dumbledore era el único al que "Quien tú sabes" temía. No se atrevía a apoderarse del colegio, no entonces, al menos. Ahora bien, tu madre y tú padre eran la mejor bruja y el mejor mago que yo he conocido nunca. ¡En su época de Hogwarts eran los primeros! Supongo que el misterio es por qué "Quien tú sabes" nunca había tratado de ponerlos de su parte... Probablemente sabía que estaban demasiado cerca de Dumbledore para querer tener algo que ver con el Lado Oscuro. Tal vez pensó que podía persuadirlos... O quizá simplemente quería quitarlos de en medio. Lo que todos saben es que él apareció en el pueblo donde vosotros vivíais, el día de Halloween, hace diez años. Tú tenías un año, él fue a vuestra casa y...-
Hagrid empezó a llorar, sobre todo después de ver la cara que tenía Harry.
Harry tenía los ojos brillosos, entre la tristeza y la rabia. - Por favor…sigue…- le susurró el chico Hagrid.
- Lo siento…pero es tan triste... pensar que tu madre y tu padre, la mejor gente del mundo que podrías encontrar…Quien tú sabes los mató. Y entonces... y ése es el verdadero misterio del asunto... también trató de matarte a ti. Supongo que quería hacer un trabajo limpio, o tal vez, para entonces, disfrutaba matando. Pero no pudo hacerlo. ¿Nunca te preguntaste cómo te hiciste esa marca en la frente? No es un corte común, sucedió cuando una poderosa maldición diabólica te tocó. Fue la que terminó con tu madre, tu padre y la casa, pero no funcionó contigo, y por eso eres famoso, Harry. Nadie a quien él hubiera decidido matar sobrevivió, nadie excepto tú, y eso que acabó con algunas de las mejores brujas y de los mejores magos de la época, como los McKinnons, los Bones, los Prewetts...y tú eras muy pequeño, pero sobreviviste…-
Y allí estaba, después de tanto tiempo, la verdad sobre sus padres. ¿Cuánto tiempo sabían sus tíos lo que les había pasado en realidad? ¿Porque no quisieron decirle la verdad? ¿Tan negados a lo paranormal eran como para no querer contarle la verdad a Harry? Sus padres, que por las palabras de Hagrid eran retratados como héroes, murieron asesinados, por un temible y malvado mago, que con solo el nombre helaba la piel de quienes lo oían.
Harry se puso de pie, dirigiéndose a la ventana lentamente, posando los brazos y alzando la vista. Miró la luna y las estrellas de la bella noche, recordando con un poco más de claridad, aquella luz verde que impactó en su frente. Debía ser eso, debía ser esa la luz que le hizo esa cicatriz en forma de rayo en la frente, aquella maldición con la que Voldemort asesinó a sus padres, y por poco, al él. Cabizbajo, dejó caer unas lágrimas antes de dirigirse a Hagrid.
- Gracias Hagrid…- susurró el azabache, mostrando una sonrisa triste. - Me has abierto los ojos…-
- Siento que haya sido así, Harry…- lloró Hagrid. – Hay que ver, como has crecido…la última vez que te vi eras sólo una criatura. – dijo, sonándose la nariz con su abrigo. - Te pareces mucho a tu padre, excepto los las gafas. El solía llevar gafas, o al menos empezó a llevarlas a partir de su tercer año. Tuvo algunos problemas con la vista…y hablando de los ojos, si…son como los de tu madre…la joven y hermosa Lily…con diferencia la mejor bruja de su generación…-
Harry se sintió orgulloso de compartir aquellas características con sus padres. Era como tenerlos vivos, en él. – Te agradezco que hayas tenido paciencia conmigo. – dijo. – Por cierto, ¿Qué fue de Voldemort? -
- ¡No digas su nombre! – aulló Hagrid.
- Perdón. – se disculpó Harry, aunque encontraba ridícula esa actitud. – Lo que quería saber es si ese mago, desapareció, ¿o murió en el acto? -
- El desapareció…se desvaneció. La misma noche que trató de matarte, eso te hizo aún más famoso. Ése es el mayor misterio, sabes...Se estaba volviendo más y más poderoso... ¿Por qué se fue? Algunos dicen que murió, no creo que le quede lo suficiente de humano para morir. Otros dicen que todavía está por ahí, esperando el momento, pero no lo creo. – la mirada de Hagrid se tornó sombría, mientras se explicaba. - La gente que estaba de su lado volvió con nosotros. Algunos salieron como de un trance. No creen que pudieran volver a hacerlo si él regresara. La mayor parte de nosotros cree que todavía está en alguna parte, pero que perdió sus poderes. Que está demasiado débil para seguir adelante. Porque algo relacionado contigo, Harry, acabó con él. Algo sucedió aquella noche que él no contaba con que sucedería, no sé qué fue, nadie lo sabe...Pero algo relacionado contigo lo confundió. -
- Entiendo…- dijo Harry, mirándose la mano derecha como si esta fuera un arma de gran poder. - Dime…¿sigues pensando que soy un mago? -
Hagrid volvió a sonreír. - Harry, ¿en tu vida no has hecho cosas extrañas cuando te has enfadado o asustado?
Harry se sorprendió, tenía mucho sentido, el último caso, con la Boa brasileña, se lo confirmó. Él se enfadó con Dudley por empujarle bruscamente y su primo terminó dentro del habitad junto con su amigo. Debió ser esa la razón por la que el cristal desapareció, su enfado.
Capítulo 4 - Descubriendo el mundo mágico.
- De acuerdo, vale, soy un mago. - admitió Harry, rascándose la nuca. - Ahora todo me queda más claro. -
- No te preocupes Harry, en Hogwarts te convertirás en un gran mago, ya lo verás. – le aseguró Hagrid.
- ¿Pero que es Hogwarts? – preguntó el azabache sin entender.
- El Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería por supuesto, es una escuela de magia, la mejor del mundo en opinión mía, y de la mayoría. – explicó Hagrid. - Allí es donde los magos van a aprender magia, igual que tus padres. -
Harry empezó a emocionarse - ¡Oh! ¿y yo iré allí? – preguntó ilusionado.
- Desde luego, ¿cómo iba Harry Potter a quedarse sin ir a Hogwarts? – preguntó Hagrid, frunciendo su gran entrecejo. - Eso sería una locura. -
Harry se río. – Bueno, todo esto es muy nuevo para mí…que un día sea (¿Cómo se dice?) un muggle, y al cabo de unas horas me entero de que soy un mago. -
- No me extraña. dijo Hagrid. - Te has pasado los últimos diez años sin saber nada del mundo mágico, ¿me equivoco? –
- Para nada. – bufó Harry. - Los Dursley detestan todo lo raro, todo lo que, en general, es considerado paranormal para los muggles. Y eso incluye a la magia. -
- Por supuesto, dichosos Dursley…- suspiró Hagrid. – No tienen remedio, lo peor es que tienes que quedarte con esa familia. -
Harry palideció. - ¡Pe…pero yo no quiero volver con ellos Hagrid! – exclamó desesperado. – Ya te expliqué como son. Si vuelvo…serán crueles conmigo. ¡Ellos me odian! Eso lo sé…en realidad, siempre lo he sabido…-
El semigigante (porque Harry pensó que era demasiado grande para tratarse de un humano común y corriente) lo miró con tristeza. - Hm…haremos esto. Por el momento, te alojaras aquí, en el Caldero Chorreante. – le propuso. - Yo mientras tanto iré a hablar con el profesor Dumbledore. -
- ¿Dumbledore? – repitió Harry. - Es verdad, ¿quién es él? -
Hagrid abrió los ojos, sorprendido. - ¿¡Quién es Albus Dumbledore!? – se río, como si el azabache hubiera dicho una tontería. - ¡Pues es ni más ni menos que el hechicero más grande del mundo! Además de ser el director de Hogwarts, es un mago con muchos cargos importantes, como el de jefe del Wizengamot. -
- ¿Y qué es el Wizengamot? – preguntó Harry.
- Vaya, en realidad sí que debes ponerte al día, muchacho. – dijo Hagrid. - El Wizengamot es el más alto tribunal mágico de Gran Bretaña. -
- Oh...- dijo Harry, aunque sin saber del todo que era ese tribunal mágico.
- Mira Harry, de momento será mejor dejar esta charla para después. - dijo el semigigante. - Por ahora, pagaré tu hospedaje. –
- ¿Pe…pero como te lo pagaré después? – preguntó Harry, sintiéndose incomodo porque Hagrid se encargará de su hospedaje. - No tengo dinero…-
- En realidad, si tienes Harry. – le aseguró Hagrid. - Pero no te preocupes, pronto sabrás donde lo tienes, por ahora, te pido que me esperes aquí, te prometo que volveré lo antes posible. -
- Está bien…supongo. – farfulló Harry.
Hagrid se despidió de Harry, antes de irse por la puerta. El azabache, siendo por naturaleza bastante curioso, lo siguió sin que se diera cuenta. Vio que, al bajar, Hagrid le pagó a Tom, el tabernero y propietario del bar, el hospedaje de Harry en el Caldero Chorreante.
Poco después de ver como el semigigante se marchaba por otra puerta, Harry volvió a su nueva habitación, se sentó en la cama, y por primera vez en mucho tiempo, estaba tranquilo, feliz, de por fin tener algo de paz para sí mismo, sin tener que aguantar a los Dursley, y esperanzado con no tener que volver a verles.
Pasó toda una semana desde la llegada de Harry al Caldero Chorreante. En ese tiempo, el azabache fue preguntando a muchos magos y brujas que pasaban por el lugar sobre el mundo mágico, descubriendo una serie de cosas interesantes.
El mundo mágico tenía su propio ministerio de magia, que era el máximo órgano de gobierno de la comunidad mágica de Gran Bretaña e Irlanda.
El Ministerio se encargaba de regular todos los aspectos de la sociedad de los magos, incluyéndose entre estos la educación, jurisprudencia y economía. Si bien ese tipo de organismo funcionaba con relativa autonomía respecto al gobierno muggle de cada país, había contacto esporádico entre ambos.
- De modo que las altas autoridades del mundo muggle si son conocedores del mundo mágico…- pensó el azabache. - O al menos, eso creo…-
También comprendió que el trabajo principal del ministerio de magia era impedir que los muggles supieran que todavía había brujas y magos por todo el país. Harry pensó que esa era la razón principal por la cual la perspectiva de los muggles hacia el mundo mágico se basaba prácticamente en cuentos de hadas.
El ministro mágico de Gran Bretaña era Cornelius Fudge. Otros países también poseían su propio Ministerio de Magia, por ejemplo: Francia, Noruega, Bulgaria, etc.
Se interesó, y mucho por el Quidditch, el deporte más popular en la comunidad mágica. Era una especie de fútbol-baloncesto aéreo que se jugaba volando sobre escobas.
Harry pudo ver algunas imágenes en las ediciones del periódico "El Profeta", que era el periódico de los magos, escrito y editado por la compañía del Profeta de Europa. Era una de las compañías más famosas y ricas de aquella zona, pues casi todos los magos lo compraban.
El joven mago estaba disfrutando de su estancia en el Caldero Chorreante, aunque al saber que su fama se debía en parte al sacrificio de sus padres, le hacía sentirse incómodo, y dejó de mirar su cicatriz en forma de rayo con los mismos ojos de siempre. No obstante, estaba contento de que la gente lo saludara y preguntara por su estado de ánimo.
Después de una larga espera, Hagrid regresó al Caldero Chorreante, y volvió a encontrarse con Harry.
- ¡Hola Harry! – le saludó alegremente, cuando entró en su habitación.
- ¡Hagrid! Me alegro de verte. - saludó Harry al semigigante con entusiasmo. - Este sitio es fantástico, hay muchas cosas que he podido aprender en poco tiempo. -
- Y eso que aún te queda mucho por aprender muchacho. – le aseguró Hagrid. - Bien, ¿te importa si hablamos? -
- Para nada, adelante. – dijo Harry, invitándolo a que tomara asiento en la butaca de tres personas.
- Le conté a Dumbledore tu situación. - empezó Hagrid, una vez los dos se sentaron. - La verdad es que estaba muy sorprendido por lo sucedido. Tan pronto como se lo conté escribió una carta a tus tíos, dándoles un severo toque de atención. -
- ¡Oh no! ¡Pero eso quiere decir que irán a por mí! – exclamó Harry desanimado.
- No Harry, ellos no te vendrán a buscar. – le tranquilizó el semigigante. - He convencido a Dumbledore para que te alojes aquí, en el Caldero Chorreante. -
- ¿Lo dices en serio? - preguntó Harry, recuperando las esperanzas.
- Pues claro que sí. – repuso Hagrid. - Dumbledore es un buen hombre, el entiende que no lo has tenido nada fácil, es más, tiene muchas ganas de verte el día que vayas a Hogwarts. -
- ¡Vaya! ¡Muchas gracias Hagrid! – exclamó Harry, saltando del sofá y abrazando al semigigante amistosamente.
- No hay de que, pequeñín…- sonrió Hagrid.
- Oh, es verdad, pero, ¿qué haré hasta entonces? – preguntó el azabache.
- Bueno, como caso excepcional, Dumbledore me pidió que te entregara esta carta para ti. – de su abrigo de piel de topo, Hagrid sacó una carta sellada y se la entregó a Harry. - Se supone que deberías recibirla en un mes, pero considera que puedes aprovechar todo este tiempo para ponerte al día con el mundo mágico. -
- Oh…- Harry cogió la carta cuidadosamente.
Señor H. Potter
Habitación numero 11
Caldero Chorreante
Charing Cross
Londres
- ¡Wow! – se sorprendió el azabache. - ¡Está bien detallada! ¡Con la dirección exacta donde me encuentro y todo! -
- Las cartas de Hogwarts siempre vienen con la ubicación exacta del mago – le explicó Hagrid pacientemente. - , adelante, ábrela. -
Harry procedió a abrir y leer la carta.
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA
Director: Albus Dumbledore
(Orden de Merlín, Primera Clase, Gran Hechicero, Jefe de Magos, Jefe Supremo, Confederación, Internacional de Magos).
Querido señor Potter. Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.
Muy cordialmente, Minerva McGonagall
Directora adjunta
A Harry le resultaba emocionante la idea de asistir a la misma escuela que sus padres. Y no se trataba de una escuela cualquiera, sino una de magia.
- Esto es maravilloso. – sonrió, pero luego dijo pensativo: - Aunque no sé cómo podré responder a la profesora McGonagall. No tengo lechuza…-
- Oh, no te preocupes por eso, tienes mucho tiempo de sobra antes de entregarla. – dijo Hagrid, tranquilizándolo. - No obstante, me imagino que tienes ganas de comprar algo de material, para así ir poniéndote al día, pequeño. -
- ¡Genial! – se entusiasmó Harry, pero entontes recordó otra pega. – Oh vaya, ahora que lo pienso…yo no tengo dinero…¿Cómo voy a pagar todo el material? -
Hagrid se río, como si el muchacho hubiera contado un chiste. - Ahora es cuando resolveremos ese pequeño problema, ¿nos vamos? – preguntó sonriente.
El azabache no entendía porque el semigigante se alegró tanto. - ¿A dónde? – preguntó.
- Ya lo verás, te va a encantar, sígueme. – le indicó Hagrid.
Harry siguió a Hagrid hasta una puerta del bar, donde había cubos de fregar y distintos objetos típicos de un trastero. El semigigante cogió su paraguas y empezó a contar ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.
- Tres arriba... dos horizontales...correcto, un paso atrás Harry. – dijo tras dar tres golpes a la pared con la punta de su paraguas.
El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Unos segundos más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.
- Oh…- soltó Harry, asombrado.
- Bienvenido Harry, - dijo Hagrid. - ¡al Callejón Diagon! – sonrió ante el asombro del azabache.
El joven mago estaba perplejo. El sitio era un mar de tiendas, todas ellas con objetos muy peculiares, que Harry entendía que debían ser comunes entre los magos y brujas. Entraron en el pasaje, miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.
En la puerta de la tienda más cercana, "Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos – Plegables", decía un rótulo que colgaba sobre ellos.
- Sí, vas a necesitar uno. – dijo Hagrid. - Pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero. -
Harry se razón la nuca. – Hagrid, aún no lo entiendo. ¿Cómo es que tengo dinero? – preguntó, mientras observaba los distintos escaparates. - ¿Y dónde lo tengo si se puede saber? –
- En Gringotts, Harry. – respondió Hagrid.
- ¿Gringotts? – repitió Harry.
- Si, es el banco de los magos. –
- ¿Los magos también tienen bancos? – preguntó el azabache, curioso.
- Sólo uno, Gringotts, – repuso Hagrid. - el cual es dirigido por los duendes. -
- ¿Duendes? – el joven mago se preguntaba entonces como serían los duendes de verdad, y si estos se parecían o no a los representados en los cuentos muggles.
- Ajá... así uno tendría que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo. Nunca te metas con los duendes, Harry. – le advirtió el semigigante. - Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos, por Dumbledore, tengo una misión, de Hogwarts. En general, me utiliza para asuntos importantes, como lo de ir a buscarte a ti a la casa de tus padres tras el ataque de "ya sabes quién"... sacar cosas de Gringotts... él sabe que siempre puede confiar en mí. – explicó con orgullo.
Harry asintió. - ¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? ¿Es por la seguridad? -
- Exactamente Harry. – asintió Hagrid. – El banco tiene de todo: Hechizos... encantamientos…dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad, y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo de ese tren subterráneo al que los muggles llaman metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo. Vaya, como me gustaría tener un dragón…-
El joven mago asintió nuevamente, mientras movía la cabeza hacia todas las direcciones a medida que caminaban calle arriba, tratando de observar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban en exposición y la gente que estaba haciendo compras.
Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas.
- ¡Mirad! – escuchó la voz de un niño feliz. ¡Acaba de salir a la venta! ¡Es la nueva Nimbus 2.000! -
- ¡Es la escoba más veloz que hay! – añadió otro.
Harry miraba la escoba muy emocionado, pensando que ojalá, algún día, pueda costearse una, pero antes debía aprender a volar en escoba, por obvias razones.
Algunas tiendas vendían ropa, otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...En definitiva, a Harry le esperaban unas semanas emocionantes de ir a visitar cada tienda del callejón.
- Eh Harry, ¿qué tal si vas echando un vistazo a la lista de compras? – le sugirió Hagrid.
- Vale. –
Harry sacó la lista de su bolsillo y empezó a leerla con atención.
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA
UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:
- Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
- Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
- Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).
- Una capa de invierno (negra, con broches plateados).
(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)
LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
- El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.
- Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
- Teoría mágica, Adalbert Waffling.
- Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.
- Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
- Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.
- Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.
- Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.
RESTO DEL EQUIPO
1 varita.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 juego de redomas de vidrio o cristal.
1 telescopio.
1 balanza de latón.
Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.
SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
Harry se decepcionó un poco ante la última parte de la lista. Él no podía tener escoba propia, pero…tampoco es que pudiera costearse una si no contaba con dinero en mano, ¿no?
- Bueno, ya estamos aquí, - dijo Hagrid. - Gringotts. -
Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...
- Sí, eso es un duende… - señaló Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca.
El duende era una cabeza, más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos. Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.
Entra, desconocido, pero ten cuidado con lo que le espera al pecado de la codicia, Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado, Deberán pagar en cambio mucho más, Así que, si buscas por debajo de nuestro suelo Un tesoro que nunca fue tuyo, Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado De encontrar aquí algo más que un tesoro.
- Poéticamente terrorífico…- pensó el azabache, haciendo una mueca.
- Como te dije, - le susurró Hagrid. - hay que estar loco de remate para intentar robar aquí…-
Dos duendes los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de duendes estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes especiales. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros duendes guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.
- Buenos días. – saludó Hagrid a un duende desocupado. - Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter. –
- ¿Tiene su llave, señor? – preguntó el duende.
- Eh…la tengo por aquí, espere…- dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del duende. Éste frunció la nariz. De mientras, Harry observó al duende que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones brillantes.
- Huy…parece que está de mal humor…- pensó Harry, mientras observaba la cara del duende.
- ¡Aquí está! - dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.
El duende la examinó de cerca. - Parece estar todo en orden. –
- Y también tengo una carta del profesor Dumbledore… - le susurró Hagrid al duende. - Es sobre lo que "usted ya sabe", en la cámara, "ya sabe cuál…" -
El duende leyó la carta cuidadosamente. - Muy bien - dijo, devolviéndosela a Hagrid. - Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook! -
Griphook era otro duende. Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.
- ¿Qué es lo que "usted ya sabe" de la cámara "ya sabe cuál"? - preguntó Harry, incapaz de ocultar su gran curiosidad.
- No te lo puedo decir. – respondió misteriosamente Hagrid. - Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió. -
Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron, aunque a Hagrid le costó un pelín, y se pusieron en marcha. Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos.
Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible, el veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.
A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.
- ¡Oye Hagrid! ¡Hay algo que nunca he sabido! - gritó Harry a Hagrid, para hacerse oír sobre el estruendo del carro. - ¿¡Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita!? -
- ¡Las estalagmitas tienen una eme! - gritó Hagrid con dificultad. - ¡Y no me hagas más preguntas ahora! Creo que voy a marearme…-
Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.
Griphook abrió la cerradura de la puerta, una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeñas monedas de bronce.
- Ahí lo tienes Harry, todo tuyo. - dijo Hagrid, sonriendo. - ¿A caso pensabas que tus padres iban a dejarte tirado en la calle? -
Todo para Harry, era increíble. Los Dursley no debían saberlo, o se abrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.
- No puedo creerlo…- susurró el azabache, emocionado por dentro. - Mamá…papá…me habéis salvado la vida, y además…os habéis preocupado por no dejarme sin nada…Muchas gracias, por todo…-
Hagrid le echó una mano a Harry para que sacara todo lo esencial, y así realizar las compras de su primer año. Como Harry no sabía nada sobre el dinero del mundo mágico, el semigigante le explicó brevemente lo que eran las monedas.
- Permíteme iluminarte un poco con el asunto del dinero mágico: las de oro son galeones, diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts de bronce equivalen a un sickle, es muy fácil. -
Harry asintió. No parecía muy difícil, era como el típico cambio monetario que iba por países. Por otra parte, ¿no se suponía que seguían en Inglaterra? - Bueno, supongo que son " cosas del mundo mágico" - pensó.
- Creo que esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti. - dijo Hagrid, volviéndose hacia Griphook. - Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio? -
- Lo siento, es una sola velocidad. - contestó Griphook, entrecerrando los ojos.
Harry pensó que el duende no se fiaba de Hagrid, y posiblemente de ningún otro cliente, porque fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y el azabache se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello como si fuera un pequeño juguete.
- Hm…tampoco hay que ser tan bruto…- se quejó Harry mentalmente, mientras se frotaba el cuello y se daba cuenta de que la cámara setecientos trece no tenía cerradura.
- Un paso atrás. - dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció. - Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado…- añadió.
- ¿Eh? - el azabache parpadeó los ojos. - ¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro? - preguntó.
- Más o menos cada diez años…- respondió Griphook, con una sonrisa maligna.
- Creo que estos duendes están algo locos, pero si ellos lo dicen…- pensó Harry, frunciendo el entrecejo.
Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.
- No menciones nada de esto a nadie Harry, por favor. - le pidió Hagrid a Harry con seriedad, mientras el muchacho asentía. - Ahora vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino. Será mejor que mantengas la boca cerrada… - añadió, temiendo volver a marearse con el carrito.
Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás. Por otra parte, vio que Hagrid aún hacía esfuerzos por recuperar el aliento, mientras que Harry permanecía tan sano como antes de entrar.
- En fin…podrías ir comprándote el uniforme…- sugirió Hagrid, señalando hacia "Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones".
- Me parece bien. - asintió Harry.
- Genial, oye Harry, ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? - preguntó Hagrid, haciendo una mueca. - Detesto los carros de Gringotts...-
El semigigante todavía parecía mareado, así que tras dejar que se vaya al bar, Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.
Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva. - Hola chico guapo…¿Puedo ayudarte? – preguntó ella con dulzura.
Harry se ruborizó un poco antes de responder: - Eeeem…si, verá, tengo la lista y…- farfulló.
-¡Oh! Pero qué raro, - dijo Madame Malkin con voz de sorpresa, mientras miraba la lista de material escolar de Harry. - yo creía que la lista no la recibían los estudiantes hasta el veinticuatro de julio y…- entonces abrió más la boca y miró al joven mago. - ¡Cielo santo! ¡Eres Harry Potter! - exclamó ella.
- S-si señora, soy yo…- respondió Harry, frotándose nerviosamente el brazo.
- Por Merlín, esto es increíble. - Madame Malkin le dedicó una radiante sonrisa. - No me extraña que te hayan adelantado la carta, ¡me imagino que en Hogwarts se mueren de ganas por verte cuanto antes! - chilló entusiasmada. - Déjame decirte, que es un verdadero honor verte en mi tienda, guapo…-
No sabía porque, pero Harry se sentía muy alagado cuando ella le llamaba "guapo". - Eh… bueno, m-muchas gracias Madame Malkin…-
- Bien, necesitas la túnica de Hogwarts, - comentó Madame Malkin. - además del resto del uniforme, adelante, tengo muchos aquí...- puso a Harry en un escabel, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado con alfileres. - Veamos, si, si…muy bien, lo tengo.- anunció. - espera aquí un momento, guapo. - le pidió al azabache, mientras iba a buscar una caja con material de costurería.
Harry asintió, ligeramente ruborizado mientras bajaba del escabel. Tras una pequeña espera, la señora regresó con su túnica nueva, la cual, había metido en una caja. Era de color negro, tenía el escudo de Hogwarts en el lado zurdo del pecho, además, la caja también tenía un sombrero picudo del mismo color y el resto del uniforme escolar: una camisa blanca, una corbata y un jersey gris. El joven mago le pago a la señora después de recibir la caja.
- Gracias, Madame Malkin. - le agradeció Harry.
- Fue un placer, guapo…- le sonrió Madame Malkin, guiñándole un ojo. - cuando necesites todo tipo de túnicas y ropa elegante, ya sea para Hogwarts o para cualquier otra ocasión especial, no dudes en venir a verme. -
- ¿En serio? - preguntó el azabache. - Entonces, ¿no tendrá algo de ropa para mí? Es que, bueno, si se fija bien…-
Madame Malkin se dio cuenta de que la ropa de Harry era algo grande para él. - ¡Oh, por las barbas de Merlín muchacho, deberías haber empezado por ahí! - entonces cogió a Harry de la mano. - Ven conmigo, ¡quedarás como nuevo! -
Y al cabo de unos minutos, Harry llevaba puesto una camiseta de color rojo, pantalones vaqueros, cinturón de cuero negro y unos zapatos a juego. - ¡Wow! En verdad estoy como nuevo. - observó sonriente. - Muchas gracias Madame Malkin. -
- De nada, vuelve cuando quieras Harry, y si quieres…- con una divertida sonrisa, Madame Malkin le guiñó el ojo. - también puedo ofrecerte un poco de té con pastitas…-
- Gra-gracias, lo tendré en mente…- farfulló Harry, y tras pagar por la ropa adicional, salió rápidamente de la tienda.
Al salir se reencontró con Hagrid, quien llevaba dos helados. - Caramba Harry, por poco no te reconozco. - comentó, sonriendo.
- Gracias Hagrid. - dijo Harry con orgullo.
- Oh, es verdad, esto es para ti. - dijo Hagrid, entregándole un helado de chocolate y frambuesa con trozos de nueces a Harry.
- Muchas gracias. - le agradeció el azabache.
- De nada, imaginaba que deseabas uno, - dijo Hagrid. - después de todo, hace un calor de mil demonios…
- Creí que estabas en el Caldero Chorreante. - dijo Harry.
- Que va, solo quería una excusa para tener un detalle contigo, después de todo, somos amigos, ¿no? - preguntó el semigigante.
Harry se detuvo y miró a Hagrid como si lo conociera por primera vez. Desde muy pequeño nunca tuvo un amigo cercano, nadie a quien poder contarle cosas y compartir vivencias. El hecho de que Hagrid le dijera eso suponía algo tan nuevo como surrealista.
- Caray Hagrid…yo…- el joven mago no sabía muy bien que decir. - Nunca antes había tenido a un amigo, por tanto, no sé muy bien…-
- Oh, pues para mi es todo un honor ser el primer amigo de Harry, - sonrió Hagrid, abriendo ampliamente sus enormes brazos. - ven aquí, pequeño. -
Hagrid abrazó amistosamente a Harry, y él, aunque estaba siendo apachurrado por tan gruesos brazos, se sentía rebosante de felicidad. Por fin tenía un amigo con el que hablar de verdad.
Poco después de forjar su primera amistad, compraron los libros de Harry en una tienda llamada "Flourish y Blotts", en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas.
Harry quería enterarse de todo cuanto pudiera, de modo que compró, además de los libros de Hogwarts, unos cuantos libros adicionales, como, por ejemplo: "Hogwarts: Una historia" de Garius Comkink. - Creo que me vendrá de perlas para saber más sobre Hogwarts, - pensó con detenimiento. - no me gustaría ir y hacer el tonto, pensarán que nunca eh estado entre magos…- "Hechizos y contrahechizos" del profesor Vindictus Viridian. - "Encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua Atada y más, mucho más" …Si…esto me servirá para darle una lección al imbécil de Dudley…así aprenderá…- pensó maliciosamente mientras se reía de sus propios pensamientos. -"Quidditch a través de los tiempos" de Kennilworthy Whisp. - Ojalá me ayude a entender mejor las bases y fundamentos de este deporte, poco eh podido saber de él…-
Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara de coger libros.
- Vamos Harry, ya tendrás tiempo de coger más libros en otro momento. - dijo el semigigante, rodando los ojos.
Tras pagar todos los libros, tanto escolares como adicionales, salieron de Flourish y Blotts.
- Bueno, no quería quedarme sin saber más cosas sobre el mundo mágico, - repuso Harry, intentando explicarse. - si tengo que ponerme al día, pues que sea cuanto antes. -
Hagrid vio que Harry llevaba el libro de Hechizos y contrahechizos. - ¿Para qué quieres ese libro Harry? - preguntó.
- Quiero averiguar cómo hechizar a Dudley para gastarle unas cuantas bromas, - respondió Harry, alzando la nariz. - espero que no te lo tomes a mal. -
- Tendrás tus motivos, sin embargo, no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales. - explicó Hagrid. - De todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel. - añadió.
Harry miró a su gran amigo, arqueando las cejas. - Pero…si me encargan practicar hechizos por vacaciones, ¿cómo se supone que voy a poder practicar magia, Hagrid? - preguntó.
Hagrid se rasco la barba, antes de responder. - Mira, normalmente la práctica de hechizos está limitada a los estudiantes con padres mágicos, o al menos, un miembro familiar mágico. -
- Es decir, que tendría que tener a una persona con poderes mágicos (a parte de mí) para así poder hacer magia…- resopló Harry.
- Bueno, así suele ser, Harry. - repuso Hagrid. - Los magos menores de edad no tienen permiso para hacer magia, ya que si lo hacen pueden acabar amonestados por el ministerio. -
- Amonestados, ya…- el azabache chascó la lengua. - ¿De casualidad se ha puesto a pensar el ministerio como los estudiantes que no tienen familiares mágicos pueden practicar sus hechizos en casa? – preguntó con sarcasmo.
- Me temo no, Harry. - suspiró Hagrid. - Si has oído hablar de Cornelius Fudge, de seguro que entenderás porque muchos, como yo, lo consideramos un inútil. - le susurró en el oído al joven mago. – Sin embargo, tu tienes posibilidades de practicar magia si…esto…- jugueteó con sus enormes dedos antes de decir: - Te contaré un pequeño secreto, pero debes prometerme que solo lo usarás para practicar magia de vez en cuando, nada más. - Harry asintió. - De acuerdo, verás, el ministerio controla el uso incorrecto de la magia mediante "la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia". Bien, normalmente el ministerio controla las presencias mágicas, es decir, que no te dicen nada si haces magia en presencia de otros magos, por eso es importante que los estudiantes tengan al menos una bruja o mago adulto a su lado supervisando las practicas. Y aquí es donde entra la ventaja de estar hospedado en el Caldero Chorreante – dijo con diversión. - Al haber muchas presencias mágicas el ministerio no sabe realmente quien de todos los magos que están en determinada ubicación es el que hace magia, y como en el Caldero Chorreante siempre se alojan muchos magos y brujas, será imposible que el ministerio te descubra practicando magia, pues pensarán que estas siendo supervisado. - los ojos de Harry se iluminaron. - Por otra parte, si haces magia en el mundo muggle, y no hay otros magos contigo, es evidente que el ministerio te descubrirá, y podrían mandarte una carta, explicándote la infracción cometida y penalizarte por ello. ¿Entiendes lo que quiero decirte? -
- Si, - asintió Harry con comprensión. - entonces, no pasara nada si hago magia en presencia de otros magos adultos o cerca de ellos, ¿correcto? -
- Así es, gracias a este método muchos magos menores de edad y que no tienen parientes mágicos han podido practicar sus hechizos sin que el ministerio meta las narices de lleno, o más bien, la pata. – se rio Hagrid. – Pero ten esto presente Harry, intenta no tentar mucho a la suerte, porque si alguien del ministerio de observa practicando magia sin supervisión de un mago o bruja adulta y responsable, puedes meterte en un lío de todos modos. –
El azabache asintió, entendiendo que hasta que no cumpla la mayoría de edad no podría usar la magia con total libertad, a menos que esté rodeado de magos o en Hogwarts.
Después de pasear por las distintas tiendas de largo callejón, Harry y Hagrid regresaron al Caldero Chorreante. El joven mago quería seguir mirando tiendas, sobre todo la de varitas y la de calderos, pues las pociones llamaron mucho su atención.
- ¿Pero porque no puedo comprar aún mi varita, Hagrid? – se quejó el azabache.
- Porque aún no has cumplido los once años, - respondió Hagrid. - pero no te preocupes, el día de tu cumpleaños con gusto te acompañaré y compraremos el resto del material que te falta. Y si, eso incluye la varita… –
- Genial. – sonrió Harry.
- Así que prométeme que no comprarás nada más hasta que vuelva para ese día. – dijo Hagrid.
- De acuerdo, pero, ¿pasarás de vez en cuando a visitarme? – preguntó el azabache.
- Por supuesto Harry, puedes contar con ello. – respondió el semigigante, frotándole la cabeza al joven mago con un gran mano.
Harry estaba feliz de estar rodeado de magos, y, sobre todo, de tener a un amigo como Hagrid. Después de que este último se marchara, el muchacho puso en orden sus compras pensando en lo que aún le quedaba por saber, sobre su mundo, su verdadero mundo, el mundo…de la magia.
