Prólogo
El bullicio a su alrededor le dificultaba la ardua tarea de conseguir llegar a un lugar seguro. Ashya no podía entender qué había sucedido, en un momento estaba confirmando que al fin había logrado fecundar a la próxima heredera después de casi cincuenta años intentándolo y, un segundo después, el caos había sido desatado.
Explosiones por todos lados, estallidos que impedían pensar con claridad, sonidos metálicos producidos por espadas al chocar. Hechizos volaban por doquier, gritos de dolor y rabia llegaban de todos los lugares del palacio. Ashya sólo podía orar a su Señor porque toda su gente sobreviviera. Y que ella misma lograra sobrevivir, no podía soportar la idea de irse de este mundo sin haber dejado una heredera al trono y, mucho menos, en medio de todo ese desastre.
¡Maldito fuera aquel que había causado esto! Hace semanas que había comenzado a circular el rumor de un alzamiento rebelde por parte del pueblo, pero Ashya no había querido hacer caso. No se hacía a la idea de que alguien estuviera descontento con su mandato. Ella, que había sido la reina más benevolente del clan y la comunidad desde Nimue, que fue capaz de combinar la autoridad con la dulzura, de eliminar la masacre que venía arrastrando a su pueblo desde hace años. Incluso, se había desecho de la sequía y la desolación de los pueblos. De la baja tasa de natalidad de todas las especies mágicas sobre las que gobernaba.
Lo único de lo que era culpable era de la falta de herederas al trono, pero eso pronto sería solucionado.
Oraba. Oraba a Satán por su pueblo, por su vástago, por ella misma. Y por el desgraciado que se había atrevido a alzarse contra el trono y traicionarla, para que el mismísimo Satán fuera quien lo maldijera.
-¡Mi señora, por aquí!- Gritó uno de los soldados pertenecientes a su guardia, que junto con otro la escoltaban a través del caos para que pudiera llegar a refugiarse lo más pronto y a salvo posible. Ashya lo siguió, dándose cuenta de que se dirigían al Salón de Ritos Antiguos. Inmediatamente, una expresión de alivio surco su rostro. La magia me protegerá, pensó.
Sorprendentemente, la entrada al Salón se mantenía intacta. Desde donde estaba podía sentir la magia protectora que lo rodeaba, suspiró. Ya podía sentirse en casa, era lo que pasaba cada vez que sentía la magia ancestral que rodeaba las paredes del castillo en el que vivía. Recordaba el día de su coronación, como sintió la magia del universo rodeándola y penetrando cada poro de su piel, vibrando en su interior. Sentía que volaba, y ni siquiera pudo moverse después de varios minutos.
Cruzo el umbral después de que uno de los soldados que la acompañaban abriera la puerta para ella, y se detuvo al llegar al centro del pentagrama labrado en el piso de mármol. El golpe de la puerta al cerrarse tras ella resonó por toda la estancia. Toda la tensión abandonó su cuerpo, estaba a salvo. Estaban a salvo, pensó mientras llevaba su mano a la parte baja de su vientre.
Pero el alivio le duró poco, puesto que sintió otra aura mágica cerca. Aunque al reconocerla volvió a suspirar eliminando la tensión, se dio la vuelta y sonrió. Su mejor amiga, Lysana, caminaba hacia ella con el rostro inexpresivo. Ashya se preguntó, no por primera vez, qué estaba pasando por su cabeza. Sin embargo, no tuvo que esperar mucho para saberlo.
-Sabes, aun me sorprende que hayas sido tú quien resultó elegida para reinar.- dijo Lysana, en una voz tan baja que de no haber sido por los hechizos de la sala habría sido imposible escucharla por encima del bullicio. Ashya frunció el ceño, no entendía a que venía ese tema de conversación en ese preciso momento.
Que hayas sido tú la elegida cuando es obvio que yo hubiese sido una mejor opción.- Ante ese comentario, Ashya demudó su rostro de toda expresión y alzó una ceja con arrogancia. Intuía a donde quería llegar, pero en su fuero interno deseaba con todos sus fuerzas que no fuese cierto. La destrozaría. –Obviamente, yo soy más hermosa. Más astuta, más poderosa, más sabia, más sensual. Y, sobretodo, soy prácticamente tan cruel, despiadada y sanguinaria como nuestras reinas anteriores. Lo que, cariño, me hace mucho más digna que tú para mi Señor.
Al decir lo último, la cara de Lysana se contorsionó en una mueca llena de desprecio. Sus preciosos ojos azules relampaguearon para dar paso al ámbar característico de las brujas de menor rango, y su lacio cabello rojo comenzó a batirse como si soplara un fuerte viento, dándole un aspecto salvaje.
Ashya sintió un escalofrío recorrerle la piel e inmediatamente toda su magia rigió en tensión, su magia se sentía amenazada. Y su corazón lloraba en silencio. Lysana, su amiga. Su mejor amiga. Aquella que la había visto nacer como bruja, que había jugado con ella, quien había aprendido junto a ella a controlar su magia. Aquella en la que había volcado toda su confianza, quien era su confidente y a quien consideraba su igual. La había traicionado, había puesto a su pueblo en su contra y organizado una rebelión, perpetrado un ataque al que era su hogar y atentado contra su Señor. Porque aunque fuera una regla no escrita, se consideraba ley la creencia de que atentar contra la Reina era ofender al Señor de la oscuridad.
-¿Por qué?- preguntó Ashya en un tono de voz plano, sin dejar traslucir todo lo que sentía. Después de todo, para eso la habían entrenado.
-¿Por qué?- repitió en un susurro lleno de rabia contenida. -¡Porqué debí haber sido yo y no tú quien ocupara el trono, quien se entregara a nuestro Señor! ¡El Principe de la Oscuridad debió ser mío!- rugió dejando que su magia se descontrolara.
Nuevamente, Ashya sintió un escalofrío. Pero esta vez, su magia le habló. Y ella sólo pudo escucharla y atender a su mandato. La vida de Ashya era así, se dejaba guiar por lo que su magia pidiera. Total, era la magia la que movía al mundo. En ese momento, su magia la premió por su perfecta lealtad: le dio el don de la videncia, le mostró el futuro del mundo y el suyo propio.
Fue por eso que ella se dejó hacer cuando Lysana avanzó hasta el centro de la estrella y empuñó una daga que hundió en su costado, demasiado cerca de donde se alojaba la vida nueva de la que Ashya era portadora. Ashya contuvo el aliento al sentir la fría hoja de metal romper su carne, pero no lloró ni se quejó –no le daría el gusto a la arpía traidora- sino que se limitó a observar cómo los rasgos de Lysana se contorsionaban en una amplia sonrisa llena de satisfacción al haber logrado su cometido. El problema residía en que Lysana se dejó guiar por la avaricia y la envidia, y no supo ver más allá de lo que su mejor amiga mostraba al mundo. Se olvidó por completo de que Ashya era una bruja, una muy poderosa y que, además, contaba con la gracia de Santán, el Príncipe de la Oscuridad.
Por eso su sonrisa se borró de golpe al ver los ojos de su Reina refulgir llenos de malicia y sus labios mutar en una sonrisa de lado llena de la más pura maldad. Al sentir la magia de Ashya –una magia que en antaño solo tenia caricias para ella,- convertirse en cuchillos que atravesaban su piel ocasionándole un dolor terrible e inimaginable. Le sorprendió que, aun en el umbral de la muerte, Ashya mostrara tanta fortaleza y poder. Se sintió estúpida.
Y entonces, Ashya fue quien dio el golpe de gracia:
-¡Qué Satán te maldiga!- dijo entredientes, su voz llena de desprecio. Ser maldecido por la propia reina en nombre de Satán era por más el peor de todos los hechizos. Satán era cruel y despiadado, y sólo cumplía con los caprichos de la reina; más estúpida se sintió al caer en cuenta de que era la primera y única persona a la que Ashya, su amiga, maldecía. Y allí, frente a sus ojos, la Reina del clan de brujas y de la comunidad mágica cayó en un charco de su propia sangre; la vida escapando de sus ojos ámbar.
Las pupilas de los ojos de Ashya consumieron el ámbar de sus irises dejando todo en una penumbra tan oscura como sus pupilas, entonces un grito feroz y desgarrador se escucho en el campo de batalla, el sonido llegando desde distintas partes del castillo.
Lysana abrió los ojos espantada, el peso de sus acciones cayendo como una loza pesada sobre sus hombros. Acababa de matar a su amiga por envidia. Y ahora todo el Aquelarre de la Reina estaría tras su cabeza. El mismísimo Satán estaría tras ella. Tembló de solo pensarlo.
-Haberlo pensado antes de hacerlo, Lysana.-dijo una voz ronca y oscura. Lysana giraba su cabeza de un lado a otro frenéticamente buscando la fuente del sonido. Parecía una loca enfebrecida. De pronto, comenzó a sentir como le faltaba el aire. Sentía sus músculos agarrotados y los huesos desgarrarse. Y en un estallido de luz, en medio de la oscuridad en la que estaba desapareció para siempre.
Carisa corría frenéticamente por los pasillos del castillo. Después del grito de dolor dado por los participantes del Aquelarre de la Reina, la magia había hecho lo suyo y paralizado a todo aquel que se hubiera alzado contra Ashya. Y ahora, era la misma magia la que guiaba a todos los sobrevivientes al lugar en donde yacía el cuerpo de sus reinas.
Sí, reinas. Porque la magia les había confiado todos los detalles del incidente. Y también les estaba guiando en lo que debían hacer a continuación.
Carisa llegó al Salón de Ritos Antiguos al mismo tiempo que el resto de integrantes del Aquelarre de la Reina. En sus rostros se podía ver claramente el dolor de la pérdida, era desolador observarlos e imaginaba que el suyo propio era una copia exacta de la de los demás. Sintió un escalofrío al mirar la expresión de los Consortes, en sus caras no había nada, sus ojos estaban vacíos al igual que sus almas.
Fue la misma Carisa quien se encargó de abrir la puerta. A pesar de que la magia les había advertido de todo, no estaban lo suficientemente preparados para todo el dolor y la tristeza que les llenó el cuerpo a tan bizarra visión.
Ashya, su preciosa reina, yacía tirada en medio de la estrella que formaba el pentagrama. En medio de un charco de sangre y con los ojos abiertos de un negro absorbente. Los Consortes, guiados por la magia, se acercaron al cuerpo inerte de Ashya y se colocaron de la manera que ella quiso. Uno, el de los ojos esmeralda, en el extremo superior sosteniendo su cabeza entre las manos y recostandola en su regazo. Otro, el de los ojos grises, se recostó a su lado por donde brotaba la sangre y apoyó su frente en su abdomen, mientras acariciaba su bajo vientre con una de sus manos.
El resto del Aquelarre, cinco brujas hechiceras, tomó posición en el pentagrama. Una en cada punta de la estrella, quedando dentro del círculo. Su magia rugió y salió a la superficie, sincronizandose unas con otras. Entonces, la voz melodiosa de Carisa, rota por el dolor se escuchó por todo el recinto:
-Constrigngitur in tempore fuerit conversus a putrefactione reservavit lapis, donec carnes de cruore, cum proditione. Quies medio stella exanimis. Magia in saecula saeculorum, O dulcis Satanas, ut heres natus est. Deinde ut pareret imperio nostro regnum. Regina tuum.- Terminó en un susurro.
En ese momento, un temblor sacudió los cimientos del castillo y una fuerte ventisca los azotó. Sin embargo, el Aquelarre y el cuerpo de la reina se mantenían estáticos. La sangre derramada de la herida corrió a través de la figura tallada en el suelo y en el instante en el que incio y fin se fusionaron en uno solo, un haz de luz cegador recorrió el castillo y sus alrededores.
Y, entonces, cuando todo se disipó solo quedó piedra.
Hola, hola pepsi cola! Aquí yo de nuevo con una historia. Estoy muy emocionada con ella, así que denle una oportunidad.
