Aclaracion: Nada es mio todo de la Gran meyer ..!

Disfruten =)


Bella debió de quedarse mirando a Edward durante dos largos minutos antes de apresurarse a cerrar la boca y levantar la barbilla. ¿Edward no estaba seguro de querer casarse con ella? ¡Qué valor!

- ¿Tienes dudas sobre si quieres casarte? -. repitió, sólo para cerciorarse de que había oído correctamente, Edward asintió- . ¿Entonces por qué te declaraste? - le gritó, dejándose llevar por su ego y su mal genio.

- ¡No me declaré! - rugió Edward- . Ni siquiera recuerdo cuándo decidimos casarnos. Habíamos ido a ver juntos una película, y de repente estábamos escogiendo motivos para la vajilla de porcelana y nuestras madres barajaban nombres para nuestros hijos.

- Pues claro que te declaraste - protestó Bella, aunque en voz más baja.

- ¿Cuándo? - Edward puso cara de querer saber la respuesta.

- ¿Que cuándo? Mm... - intentó recordar el momento exacto. Se acordaba de la película que había mencionado. Había sido hacía un año. Como estaban aburridos y no tenían más compañía, aquella tarde habían decidido ver una película recién estrenada muy aclamada por la crítica. Después, habían cenado juntos y diseccionado con entusiasmo la trama, luego Edward la había llevado a casa y la había besado en la puerta de forma imprevista.

El beso había sido pura dinamita, y los había dejado atónitos a los dos.

Una semana después, habían asistido juntos a una fiesta de caridad en el club. Nadie se había sorprendido lo más mínimo de verIos juntos. Antes de que terminara la velada, habían sido invitados conjuntamente a otros eventos.

Recordaba aquellas salidas perfectamente, pero no podía recordar una declaración formal.

¿Había sido la primera noche que habían...? No, esa noche no.

¿En Nochebuena? No, ya estaba prometidos para esa fecha. Edward le había regalado el anillo de diamante de dos quilates para formalizar el compromiso, no para anunciarlo. ¿Cuándo se había declarado?

Bella lo miró con expresión vacía.

- No me acuerdo.

- Yo tampoco. Sucedió, sin más.

- Yo... - Bella no sabía que decir. Edward se pasó una mano por el pelo mojado.

- Ya.

- Dios mío - Bella se derrumbó al comprender el verdadero significado de su conversación, Faltaban dos semanas para una boda lujosa y multitudinaria... y ninguno de los dos quería casarse - . ¿Qué vamos a hacer?

Bella se pasó la mano cansinamente por el rostro y suspiró. - Durmamos un poco y ya hablaremos mañana por la mañana, estoy demasiado cansado para pensar con claridad -

Bella se sintió repentinamente agotada, física y emocionalmente, Edward tenía razón, las dos de la madrugada no eran horas para hablar de aquel asunto y tomar decisiones que cambiarían el resto de sus vidas.

- Eh... Estoy durmiendo en mi antigua habitación - le dijo.

- Yo dormiré en la mía - se inclinó para recoger la bolsa de viaje que había soltado minutos antes. Dio un paso hacia su dormitorio y volvió la cabeza para mirarla - . Por cierto, si hubiera sido un intruso de verdad, ¿qué pensabas hacer? ¿Fijarme el peinado?

Bella bajó la vista al frasco que tenía en la mano y se sonrojó.

- Era la única arma que pude encontrar.

- Entiendo, Buenas noches, Bella.

- Buenas noches, Edward.

Se encerró rápidamente en su habitación. Por un momento, su dedo se cernió sobre el pestillo. Pero eso, se dijo Bella, era innecesario. A juzgar por la mirada de Edward cuando la había dejado, seguramente sería él que echaría la llave en su dormitorio.

A Edward no le extrañó no poder dormir. Qué mala suerte. Había ido allí para estar solo, para pensar. Había decidido impulsivamente pasar un par de días en soledad, resolver su dilema y volver a sus inminentes nupcias sin que nadie se diera cuenta de sus súbitas dudas, no podía haber imaginado que encontraría a Bella allí, cavilando sobre lo mismo.

Resultaba sorprendente, y un poco hiriente para su ego, averiguar que Bella no se mostraba tan complacida y tan complaciente sobre su boda como él había supuesto.

¿Por qué diablos no querría casarse con él? ¿Qué tenía de malo? Muchas mujeres lo consideraban un gran partido, sólo que ni una de las que se lo habían insinuado le habían parecido tan compatibles y compenetradas con él como Bella.

Últimamente había empezado a preguntarse si tanta compenetración era excesiva. Se estaba casando con su mejor amiga... ¿sería suficiente?

No porque su relación física fuera aburrida, reconoció, incluso cuando de joven se había resistido a los intentos por emparejarlos de sus familias, había sido consciente del atractivo de Bella, de su melena ondulada de pelo marón, que cuando se posaba al sol, brotaban destellos rojos, sus grandes ojos de un color como el delicioso chocolate y su figura esbelta y bronceada siempre lo habían atraído, aunque había conseguido resistirse hasta aquel primer beso explosivo hacía un año y en la cama... bueno, conocerse tan bien tenía sus ventajas en ese terreno, pero había empezado a preguntarse si un poco de misterio no sería beneficioso para su relación. ¿Cómo podían tener secretos si se conocían desde la cuna?

Se dio la vuelta y se cubrió la cabeza con las mantas, anhelando dormir. La última imagen que surgió en su mente antes de sumirse en un sueño intranquilo, fue la expresión furiosa y nada familiar de Bella cuando lo había apuntado con la laca y lo había llamado «ladrón».

Lo odiaría si se lo decía, pero incluso con esa cara, estaba bonita.

Bella ya estaba en la cocina con una taza de café en la mano cuando Edward entró a paso lento a la mañana siguiente, tenía el pelo revuelto, los párpados caídos por aparente falta de sueño y en su mejilla derecha lucía una marca de almohada. Llevaba una camiseta blanca y unos pantalones cortos de tela vaquera, y estaba descalzo. Bella se sorprendió sintiendo una oleada de puro deseo y bebió rápidamente el café, se quemó la lengua y culpó a Bella de aquella incomodidad.

No era justo que tuviera aquel aspecto tan delicioso cuando sabía que ella estaba en plena crisis. Recordó que Edward no estaba seguro de querer casarse con ella. Tal vez no la encontrara tan atractiva como ella a él. Tal vez no la miraba por la mañana y sentía débiles las rodillas y la boca seca. ¿No era una injusticia?

Edward fue directamente a la cafetera y se sirvió una taza. Sólo después de vaciar un tercio, habló, con voz todavía ronca de sueño.

- Buenos días.

- Buenos días - repuso Bella con rigidez, envolviéndose mejor en su albornoz rosa. Edward hizo un esfuerzo por domarse el pelo, alisándolo con la mano mientras se sentaba a la mesa delante de ella.

- ¿Has... dormido bien?

- Sí, gracias - Bella contempló las sombras bajo sus ojos- . ¿Y tú?-

- Estupendamente -mintió con descaro.

-He encontrado unas tortitas en el congelador, por si tienes hambre.

- No, de momento sólo tomaré café. Gracias.

Bella asintió y tomó un sorbo de su tasa, con más precaución en aquella ocasión. Ella tampoco tenía apetito.

Durante varios minutos tomaron el café sin hablar, eludiendo mirarse a los ojos. Había tanto silencio que Bella casi podía oír los latidos de su propio corazón, pero la tensión se hizo intolerable y dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que sobresaltó a Edward.

- Ha dejado de llover - le dijo Edward la miró con expresión interrogante.

- Sí. Parece que va a hacer buen día.

Pero Bella no había iniciado una conversación sobre el tiempo.

- No tendrás problemas en la carretera. Si sales en media hora, llegarás a casa para comer.

Con movimientos deliberados, Edward entornó los ojos, frunció el ceño y dejó la taza sobre la mesa.

- ¿Qué te hace pensar que me voy?

- Tienes que irte - insistió- . Ya te lo dije, necesito tiempo para pensar.

- Lo mismo que yo.

Bella notó que se le cerraba la garganta.

- No puedo relajarme y pensar si estás aquí.

- Entonces vuelve a tu apartamento. Si sales ahora, llegarás a tiempo de almorzar - añadió, sin burlarse abiertamente de ella.

Bella sabía lo difícil que sería tener tiempo para ella sola en su apartamento.

- Si pudiera pensar allí, no habría venido aquí - dijo con actitud lógica.

- Entonces, quédate - repuso Edward encogiéndose de hombros.

- ¿Te vas?

- No, he venido para huir del teléfono y del fax durante unos días y me quedaré.

- Dejaste un mensaje en mi contestador diciendo que ibas a trabajar todo el fin de semana - lo acusó. Tenía gracia, nunca había sorprendido a Edward en una mentira. ¿La habría engañado en alguna otra ocasión?

Edward tuvo el detalle de parecer momentáneamente avergonzado.

- Me he traído el ordenador - murmuró- . Puedo trabajar aquí.

- Puedes trabajar en tu casa.

Edward apretó la mandíbula con obstinación. - Pero no pienso volver. Tengo tanto derecho a estar aquí como tú.

- Maldita sea, Edward...

El timbre del teléfono cortó la réplica enojada de Bella.

Ninguno de los dos se movió. Se miraron fijamente mientras el teléfono seguía sonando.

- No puede ser para mí - dijo Bella- . Nadie sabe que estoy aquí.

- Yo no quiero hablar con nadie.

- Entonces, deja que suene - repuso Edward, encogiéndose de hombros.

Bella resistió un timbrazo más y luego salió disparada al salón para contestar.

- ¿Sí?

Reneé Swan se apresuró a hablar en cuanto oyó la voz de su hija.

- Bella, ¿qué estás haciendo ahí? ¿No sabes cuántas cosas tienes pendientes para este fin de semana?

- Tendrán que esperar hasta después- contestó Bella. Si esperaban... - . Estoy agotada, madre, necesito un descanso.

- Podrás descansar después de la boda, cuando Edward y tú estéis tomando el sol en la playa de Maui. ¿Qué pensará todo el mundo si sales corriendo de esta manera justo antes de la boda, mm? - contestó su propia pregunta antes de que Bella pudiera decir palabra- . Pensarán que te estás echando atrás.

- Bueno, yo...

- ¿Y qué va a pensar Edward ? Al menos dime que lo has hablado con él. ¿No habrás desaparecido sin decírselo, verdad?

- Sí, pero...

- Bella, estará terriblemente preocupado. Eres una irresponsable. Tu padre y yo iremos a verte esta misma tarde para hacerte entrar en razón.

Justo lo que necesitaba, pensó Bella con un gemido ahogado. ¿Qué le había hecho pensar que allí no la molestarían? ¿Y por qué había creído necesario contarle sus planes a su madre?

- Por favor, no vengas, mamá.

- Insisto. No pegaré ojo sabiendo que estás allí sola en ese estado. Es evidente que algo te preocupa, así que...

- Edward está aquí.

Doris vaciló.

-¿Qué has dicho?

- Que Edward está aquí. Va a quedarse el fin de semana.

- Bueno, ¿por qué no me lo habías dicho? Comprendo que no hayáis tenido apenas ocasión de veros durante las últimas semanas. Te has comportado como una niña - añadió con una risita- , pero si queríais estar solos, lo entiendo. Claro que éste no es el mejor momento, pero no importa, yo me ocuparé de todo mientras tanto. Si necesito preguntarte algo, sabré dónde encontrarte. Descansa, querida, y dale un beso a Edward de mi parte.-

- Lo haré - Bella no podía creer el cambio tan radical de su madre. Sólo porque Edward estaba con ella, todo era maravilloso.

Un momento después, colgó y se volvió. Edward estaba en el umbral, y seguramente había oído hasta la última palabra que había dicho.

- De acuerdo, te quedas - le dijo Bella.

- Está bien - su expresión era inescrutable.

- Bien - Bella confiaba en que no esperara su compañía- . Voy a vestirme y saldré a dar un paseo. Sola.

Edward volvió a llevarse la taza a los labios.

- Haz lo que te venga en gana.

Ni siquiera lo conocía con aquel humor, comprendió Bella, mirándolo por el rabillo del ojo mientras se metía en su habitación. ¿Quién era aquel extraño atractivo y enigmático? ¿Y qué había hecho con su sumiso y predecible prometido?