It's You.

Se enteró primero por Lin, a unos pocos días de volver del sur. Hizo una visita especial, para notificarle del juicio de su padre y que era posible que la citaran como un testigo para testificar encontrar de su padre. Claro, si ella quería, puesto que Bolin y Mako también testificarían, así como Korra. Ninguno de ellos iba a decir algo si ella se negaba. Pero Asami dio un paso al frente, aceptando la responsabilidad.

Lin asintió y le dijo que era una mujer fuerte y estaba haciendo lo correcto. Por supuesto, eran palabras para alentarla.

Las siguientes semanas fueron un torbellino de emociones, de entrevistas con el fiscal que llevaba el caso y ensayos del momento de interrogación. Sus amigos estaban allí, la esperaban a la salida de cada uno de esas entrevistas. Salían a divertirse, a pensar en otras cosas.

Cuando Mako se unió a la policía, aquellas salidas se hicieron un poco más efímeras, lo mismo sucedió cuando la temporada empezó para Bolin. Korra y ella se quedaron solas, y aun así la salida era relajante. Sabía que contaba con el apoyo de ellos, por más que no pudiesen estar a su lado.

La semana anterior al comienzo del juicio, Korra tuvo una emergencia con los niños del aire. Asami le dijo que no se preocupara, pero al salir de la entrevista y verse sola, realmente extrañó el saber que alguien estaba allí esperándola para hacer olvidar todas sus preocupaciones y miedos que creía absurdos.

—Señorita Sato, ¿se encuentra usted bien?— una voz masculina, suave, se oyó a sus espaldas.

Asami se giró sobre sus talones y observó al General de las Fuerzas Unidas. Inmediatamente, esbozó una sonrisa cortés.

—General Iroh...—pronunció y remarcó su sonrisa al finalizar el nombre de aquel hombre, luego desvió la mirada al piso—... no, lamentablemente no.

Lejos de sorprenderse, el hombre asintió y con un gesto que denotaba cuidado y cierto respeto, tomó la mano de la joven entre la suya; Asami lo observó, con cierta curiosidad, levantando la vista para encontrarse con aquellos ojos ambarinos. Sonriendo ante su pequeño logro, el General sonrió.

—Conozco un lugar en donde podrá despejar su mente —habló, resuelto.

Pocos instantes después, Asami se veía acompañando al hombre a través de las calles transitadas. Doblaron un par de veces hacia la derecha, sumergiéndose en un mundo tranquilo, privado de los ruidos típicos de senderos concurridos en horas laborales y días hábiles.

Ese fue su primer encuentro desde la pelea contra Amon. Aquella tarde que compartieron juntos bebiendo café, el General le habló de mil y un cosas que carecían de importancia en aquél momento; conversaron sobre el clima, sobre las festividades, sobre la comida, lugares, sobre animales, hablaron sobre programas de radio y espectáculos de teatro. Hablaron de todo, menos de lo que Asami no quería hablar.

Ella rió, rió sin compromisos, rió aliviada, rió como hacía semanas que no reía. Aunque aquella sombra de miedo que la rodeaba seguía allí, la joven tenía frente a sí a un hombre que realmente estaba haciendo un esfuerzo por distraerla de sus preocupaciones diarias. Y eso lo encontró agradable. Era un lindo gesto de un aliado.

Sus amigos habían hecho lo mismo, pero porque eran sus amigos… lo hacían porque la querían y se preocupaban por ella; pero aquél hombre con el que solo había interactuado un par de veces, lo hacía por razones completamente desconocidas para Asami, y eso, cuanto menos, llamaba su atención.

—¿Aún sigue disgustada, señorita Sato? –preguntó de pronto el hombre, cuando ambos vieron agotados sus temas de conversación.

La pelinegra borró lentamente su sonrisa y observó el remanente de café que había quedado en su taza. Volvió a sonreír de manera débil.

—No es algo que se vaya a ir de un momento para el otro –comentó levantando la vista, encontrando los ojos del General sobre ella.

El hombre había pedido café y lo bebía con calma y cierta tranquilidad, pero en aquellos momentos su vista estaba sobre los de la joven y no sobre su taza.

—Aunque, admito que ha sido muy relajante hablar con usted, General, ha sido muy amable de su parte –agregó sin prisa. Iroh no dijo nada, esbozó una sonrisa suave y bebió de su taza antes de dejarla reposar sobre la mesa.

—Me alegro en poder ayudar a mitigar su preocupación, señorita Sato –habló Iroh con tranquilidad.

—Aunque, si bien agradezco su amabilidad y atención, no comprendo por qué ha hecho esto por mí. A penas nos conocemos, General— señaló ella, sin poder resistir a su curiosidad.

—Sepa entender que no pude evitar verla en pena, señorita. Cualquiera que está al tanto de las noticias, sabe que mañana usted tendrá un día, cuanto menos, difícil –respondió volviendo la vista a su té—. No estoy en sus zapatos, no puedo comprender su situación y apenas puedo imaginarme todo lo que tendrá que enfrentar de aquí en más; pero sin duda alguna, no puedo contemplarla angustiada y seguir mi camino como si no hubiese pasado nada. No hubiese sido correcto.

Levantó su vista clara hacia los ojos verdes de ella, quien lo contemplaba con interés y sorpresa.

— La he visto pelear y enfrentarse a su propio padre. Usted posee un corazón noble, señorita Sato, y creo que puede enfrentar cualquier mal que se le presente. Es valiente, sin dudas, pero lo que está por enfrentar… bueno, cualquier otra persona en su lugar estaría aterrorizada.

—¿Y quién dice que no lo estoy? –preguntó suavemente, Iroh la contempló y soltó un suave suspiró que asemejó una risa. Ella sonrió y bajó la vista, quizás con algo de melancolía—. Mi padre es lo único que me queda en este mundo. Mi madre murió cuando yo era pequeña, y no tengo tíos o abuelos… no quiero entender cuáles fueron las razones para creer que unirse a la causa de Amon estaba bien. Entiendo que pueda haber quedado resentido por la muerte de mi madre… pero eso no…

Asami suspiró y Iroh cerró los ojos.

—Sólo hago lo que es correcto. Me gustaría que mi padre no hubiese hecho estas cosas, pero… las hizo. Y no hay vuelta atrás. A cada crimen le corresponde un castigo.

—Eso es cierto. Pero nadie la juzgará si no testifica –señaló él. Asami volvió su vista a él y negó con la cabeza.

—Es cierto que no lo harán, pero no sería correcto.

Ambos se contemplaron unos instantes y luego sonrieron, ciertamente divertidos.

—Estaré presente mañana. Seguramente sus amigos también estarán allí para darle más apoyo del que necesita –habló el hombre con sinceridad mientras una mesera traía la cuenta a pagar—. Pero, cualquier cosa que necesite, Señorita Sato, puede contar conmigo.

—Es muy amable de su parte, General Iroh –asintió ella—. Lo tendré en cuenta.

—¿Desea que la acompañe hasta su casa? No me quedaría tranquilo de verla ir sola, pero si es soledad lo que necesita…

—De ninguna manera, General. Su compañía es bien recibida.

Esa fue una de las muchas ocasiones en las que conversaron durante el juicio. Sea antes de entrar a la corte o al salir. La pelinegra casi se había obligado a asistir a todo el juicio como un deber y obligación por sus lazos familiares con sus padres. Quería estar allí presente para ver las reacciones de su padre, quería ver como se hacía justicia; y la mayoría de los días, tenía la presencia de sus amigos para alentarla en su decisión. Y ni hablar de que el equipo Avatar estuvo presente el día en el que tuvo que declarar.

Pero también Iroh cumplió con su palabra, estuvo presente día a día. En parte fue porque él debía seguir el caso con propósitos militares, pero nunca faltaba un pequeño saludo, un pequeño gesto de ánimo. Incluso se acercó a felicitarla en el día de la declaración, pero su conversación fue protocolar y trivial al mismo tiempo, y pronto se desvió a otros temas por la presencia de Korra en el grupo, con quien rápidamente en la conversación se pactó alguna carrera de algún tipo que hacía resaltar el carácter competitivo e infantil del General.

Los días en los que el equipo Avatar no podía estar presente, Iroh estaba allí; solían conversar en un café o en el hasta su casa. Eran charlas amenas, sin mucho sentido alguno y era, sin lugar a dudas, relajantes. Nunca él le volvió a preguntar cómo lo estaba pasando, sólo hablaban y él la relajaba del mismo modo en que sus amigos lo hacían cuando estaban juntos. Era una sensación cálida y agradable la compañía del General en aquellos días.

Pronto, Asami buscaba con más frecuencia la compañía del General. Cualquier excusa que sirviese para alargar su encuentro, su conversación, la mutua compañía. Y Iroh parecía aceptarlo sin quejarse, no ponía resistencias a demorarse unos minutos más.

—Oí que adquirirá el mando de Industrias Futuro –comentó un día de invierno, cuando se quedaron sin tema de conversación, últimamente sucedía muy a menudo y el frío del afuera no ayudaba a mantenerse mucho tiempo a la intemperie. Asami asintió.

—Sí, me haré cargo de ella, intentaré levantarla. Será el único modo que tengo para sostenerme –expresó.

—Estoy seguro de que lo hará bien. Puede que cueste un poco al principio…

—Lo sé, he estado a cargo de algunos proyectos menores, cuando mi padre me enseñaba el negocio –hizo una pausa pensativa antes de continuar—. Pero esto es a una escala mucho mayor. Me costará ponerme al tanto.

—Bueno, si en algún momento, necesita de algún inversor –sugirió el hombre—. Tengo algunos contactos que quizás sean de ayuda.

—Es muy amable de su parte, General. Lo tendré en cuenta. Muchas gracias— ella volvió su vista hacia él, pero lo encontró más pensativo de lo usual.

—Es un placer ayudarla, Señorita Sato – murmuró con una sonrisa por compromiso.

—¿Ocurre algo, General Iroh? –preguntó ella, deteniéndose a medio camino y dejando que él la pasara un par de pasos. Generalmente, solían caminar lado a lado, cerca, pero aquél día el hombre se encontraba varios pasos detrás de ella.

Iroh levantó la vista, con cierto aire de culpa, intentó sonreír, pero a medio camino decidió que no valía la pena esconder del todo sus emociones.

—Lo siento, me he perdido en mis pensamientos –respondió volviéndose hacia ella.

—Oh, bueno… si hay algo que lo moleste… —dejó caer con sencillez, encogiéndose de hombros—. Sepa que usted puede contar conmigo de la misma manera que yo puedo contar con usted.

El General entreabrió la boca, sorprendido y por unos segundos, pareció que diría algo. No obstante, volvió a juntar ambos labios y le regaló una sonrisa suave, junto a una mirada cálida. Asami no supo por qué sentía que sus mejillas le ardían.

—Gracias, Señorita Sato. Me alegra saber que una persona tan cariñosa como usted se preocupa por mí como solo puede hacerlo –pronunció, haciendo que la joven volviese a sonrojarse.

—Ey, es lo menos que puedo hacer por todos estos días que me ha regalado –explicó ella, sonriente pese a todo—. Estos momentos del día han sido los que más he disfrutado.

Iroh volvió a sonreír, pero, nuevamente, su sonrisa no duró mucho.

—Sí… respecto a eso—habló vagamente—. Temo que no podrá repetirse nuevamente por un tiempo, er… prolongado, señorita Sato.

Tuvo el disgusto de ver como la expresión de placentera calma de la mujer se transformaba en una preocupación triste.

—Lamento no poder cumplir con mis intenciones de quedarme hasta la finalización del juicio contra todos aquellos aliados de Amon – suspiró consternado mientras hablaba, intercalando su mirada entre el piso y el rostro de la pelinegra—. Han llegado esta mañana las instrucciones para mi próxima misión en altamar.

Intercambiaron un par de palabras más y aquella tarde, Asami sintió que entraba a su casa con pies de plomo. El resto de la semana fue similar, por más que se esforzaba a exprimir cada instante que pasaba con el General.

El día anterior a su partida se despidieron con vacías palabras en la puerta de la casa de ella y muy poco se dijeron. Se prometieron verse nuevamente en algún momento, ninguno de los dos sabía cuando porque de ahora en más, Asami se concentraría en Industrias Futuro.

El primer día en el que no lo vio en la corte, se sintió extrañamente sola. El paso de los días no mejoró la situación, pero no tardó en encontrar una manera de estar ocupada.

Luego, sucedió el pequeño problema político entre ambas la Tribu Agua del Sur y la del Norte. Cuando surgió la idea de pedir ayuda al General, Korra puso tanto entusiasmo en ir que la pelinegra la dejó ser y sólo le pidió que mandará saludos de su parte a Iroh. Nunca supo si Korra lo hizo, porque ella volvió furiosa con el presidente Raiko.

No volvieron a encontrarse hasta después de que Korra decidiera marcharse de Ciudad República. Para ese entonces, Asami se había vuelto una exitosa empresaria y dejado atrás los lazos con su propio padre. Concentrandose en su futuro, en el de la empresa y el de proveer a los nuevos maestros aire con un nuevo equipo que los ayudaría en sus misiones mientras Korra estaba recuperándose de todo el estrés provocado por los eventos del Loto Rojo.

El encuentro fue tan… extraño, y a la vez fue como si nunca hubiesen dejado de verse. Es decir, había pasado su tiempo y cada uno había encontrado la manera de estar algo al tanto del otro, aunque Asami nunca lo diría abiertamente. Pero fue un lindo reencuentro, no hubo nervios por la espera ni ansiedad, solo sorpresa.

Fue en el muelle del Templo Aire, ella estaba comenzando a desembarcar de la lancha en la que había llegado cuando sucedió.

—¿Necesita una mano? —su voz, esa voz que le causó una pequeña descarga eléctrica en su espina, Asami se tomó unos segundos para componerse antes de girar y sonreírle.

—No, gracias, puedo hacerlo—le respondió observando como él esbozaba una débil sonrisa—. ¿Cómo ha estado su viaje, General?

Y de repente, era como si pocas semanas hubiesen pasado de su último encuentro. Una sensación extraña, cálida, surgió en el interior de su pecho. Ambos hablaron en el camino hacia su encuentro con los maestros aire.

—¿Mako te dijo que vendría? —preguntó Iroh con cierta curiosidad, mientras veía a los niños del aire apurarse a su encuentro. La pregunta tomada por sorpresa, hizo que le dirigiese una mirada rápida, preocupada.

—No, de ninguna manera—respondió negando, la relación de ellos había terminado hace tiempo, y solo quedaba amistad entre ellos; no obstante, temió que el general pensara lo contrario—. Pasé esta mañana por el puerto y tuve el honor de ver su flota arribar.

Iroh lució sorprendido.

—Vaya, de haber sabido que estuvimos tan cerca… —comentó y Asami sonrió rápidamente.

No hubo tiempo de continuar, pues los Meelo, Ikki y un Rohan que iba dando sus primeros pasos aún llegaron a ellos. Jinora y Kai estaban a pocos pasos de los menores, que mantenían el mismo entusiasmo.

El día pasó sin que pudiesen tener una conversación privada, pero miradas y sonrisas viajaban de aquí a allí entre ellos, pequeños gestos que le agradaban a su corazón. Asami pronto se vio y sintió como una niña pequeña, en vez de la mujer que ahora ya se consideraba.

—Así que… vaya conexión —comentó Kya en la cocina, cuando la maestra agua le pidió con ayudarla con el postre. Asami la observó, sin comprender—. Tú y el pequeño Iroh.

¿Pequeño? Un sonrojo cubrió su rostro al recordar que el General era el nieto de Zuko, gran amigo del Avatar Aang… padre de Kya. La relación con los hijos del Avatar y Iroh debía ser cercana a hermanos mayores. La pelinegra bajó la mirada, recibiendo una risa de la mujer.

—Vamos, no te pongas así, Asami —repuso la mujer—. Iroh es un buen hombre y seguro que está interesado en ti.

—Ah… ¿Tu…? ¿Tu crees? —preguntó vacilante. Kya asintió, energica.

—Creo que no hemos estado visto al mismo Iroh si dudas así.

Asami volvió a sonrojarse y temió alguna pregunta más por parte de Kya, pero nada de eso sucedió, y pronto volvieron al grupo. Las horas pasaron más rápidas entonces, no hubo mucho en qué pensar, más en cómo mejorar continuar con el traje de los maestros aire.

Sólo al atardecer, cuando disponían a marcharse, que Kya volvió a hablarle… aunque, más bien, le hizo una seña con el mentón, en dirección a Iroh. Una mirada y una sonrisa fue lo que hizo que, en cierta forma entendiese el mensaje. Y vaya uno a saber por qué, pero terminó por buscar al General.

—¿Vuelve a la ciudad, General? —preguntó con cierta timidez que intentó disimular con su cabello.

El General sonrió a su interlocutor y volvió sus ojos claros a Asami. La suave sonrisa que le dedicó erradicó un poco el lapso de timidez.

—Sí, tengo algunos asuntos pendientes que atender allí.

Inmediatamente, Bumi, con quien Iroh había estado hablando, comenzó a intentar que el hombre se quedara a dormir, por los viejos tiempos o algo así. Asami se mordió el labio inferior, nerviosa, pero, Iroh no tardó en rechazar la invitación.

—Bueno, si es así, lo alcanzo hasta la ciudad —propuso reanudando la conversación con el General.

—Sería un placer dsfrutar de su compañía, Señorita Sato —accedió y ella se sintió como una niña.

Entonces, llegó a divisar las caras que le hacía Bumi a Iroh y el posterior reproche de Kya. Llegó a oír un simple 'es solo una niña' y, consternada, la pelinegra frunció el ceño. Iroh se encontró con su mirada y, algo nervioso, apuró el trámite.

Una vez en la lancha, la mujer sufría de una batalla interna entre las palabras de Kya en la despedida y horas antes. No sabía muy bien como debía interpretarlo, aunque suponía que las intenciones de la mujer eran buenas.

Se volvió una que otra vez a Iroh, buscando conversación, pero el General parecía mirar pensativo las estrellas.

—¿Conoce, General, desde hace mucho a Tenzin? —preguntó cuando ya no pudo esperar más. El hombre bajó la mirada del cielo y se incorporó para responderle.

—Sí, cuando era un niño, mi abuelo me traía a menudo aquí. Veníamos a ver a Aang y mi abuelo se encargaba de algunos asuntos aquí; después de todo, él ayudó a fundar República Unida y sentía que debía hacer todo lo que estuviese a su alcance.

—Oh, entonces los debe conocer bien —expresó.

—No es tan así… —suspiró el mayor, con cierto pesar en su voz—. Debido a la diferencia de edad, que hay entre ellos y yo, no me prestaban mucha atención. Kya me tiene cariño y me conoce porque siempre le tocaba hacer de niñera cuando mi abuelo y sus padres se quedaban hasta tarde.

—Oh, pero no tenía nadie con quien jugar cada vez que venía de visita—expresó pensativa, y compadeciéndose un poco del niño que Iroh alguna vez fue.

Mientras intentaba unir el hecho de que era posible que Kya era la que mejor conocía al General y el comportamiento de ella con Asami misma y Iroh al final de la jornada, no pudo evitar sentir la mirada del hombre sobre su cuerpo, un escalofrío recorrió su cuerpo e intentó no ponerse en evidencia. Pero Iroh comenzó a reír por razones que ella desconocía.

Asami apenas volteó a verlo y alcanzó a hacer un mohín por la reacción del hombre ¿Qué dijo de malo?

—No se preocupe por el niño que fui, Señorita Sato; a diferencia de mucho de ellos, puedo fanfarronear acerca de la amorosa familia que tuve —aseguró el hombre, haciendo un pequeño hincapié en 'niño' y 'fui'; la pelinegra pensó que quizás quería apartarla de la imagen de él como un niño y eso le pareció ridículo, ya que ella debería ser quien intentara parecer mayor.

—Oh, no se ponga arrogante, General. No le queda bien —expresó ella, a pesar de todo, divertida—. Así no conseguirá ninguna mujer bonita que quiera estar a su lado por su corazón y no sólo por sus títulos y la esperanza de asumir el trono algún día.

Lo dijo a modo de juego o de chiste, pero no recibió la respuesta que esperaba. Se giró para verlo, aunque sin soltar las manos del volante. Le sonrió, divertida, con esperanza de indicarle que era una broma. Iroh la contempló unos instantes, y luego sonrió de una manera que ella encontró irresistible.

—¿Y como debería ser entonces, Señorita Sato? —dijo con una voz más grave de lo normal, una voz que tenía un tono… seductor.

El rostro de Asami se encendió. Le dedicó una sonrisa cortés y volvió la vista al frente. El resto del viaje pareció transcurrir lentamente. Muy lentamente.

El motor de la lancha se detuvo cuando llegaron al muelle de la Ciudad República y, aún entonces, Asami no pronunció palabra, ni se volvió hacia él. El General, solo la observaba de la misma manera que la había observado durante el viaje.

Ella sentía la mirada de él sobre sí. Nervios, ¿cómo pasó eso? Iroh se mantenía en silencio y ella no sabía como hacer, como actuar. Pero algo tenía que hacer ¿verdad? Aunque…¿qué pasaba si recibía un rechazo? ¿Cómo podría sobreponerse a eso?

En primer lugar, nunca le gustó pensar que tenía sentimientos por él. No es que fuese algo… malo, es solo que si pensaba en ello, se distraería de lo importante del momento. Pero ahora podía hacerlo, ahora podía preguntarse por ello… ahora podía distraerse.

Tomando una decisión, olvidando todas las dudas sobre Kya y su comportamiento, la pelinegra no pudo evitar actuar. Se quitó los guantes que mantenían tibios sus dedos cuando navegaba o manejaba y caminó hacia él.

Él. El General más joven de la historia de la Nación del Fuego. El General de la Primera División de las Fuerzas Unidas. Príncipe de la Nación del Fuego, heredero, de hecho. Un hombre que ya rozaba las cuatro décadas, un hombre con quien tenía diecinueve años de diferencia, más o menos. Él podría no estar interesado en alguien que tenía la mitad de su edad.

Pero…valía la pena intentarlo. Después de todo, había cosas mucho peores que ser rechazada por un hombre.

Colocó una mano sobre la mejilla de él, mientras intentaba no dejar entrever su nerviosismo. Iroh le dedicó una mirada, cargada con sentimientos que ella no quería descifrar. Miró aquellos ojos claros, nobles, humildes y atentos.

Ambos estaban demasiado cerca el uno del otro. Ambos sabían que sólo había dos finales posibles a aquella situación.

Ninguna de las expresiones de ellos era placentera, si se lo miraba desde afuera. Ambos lucían aterrados y expectantes, demasiado como para notar que el otro estaba en una situación similar. Las cejas fruncidas, los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas, la boca cerrada, conteniendo el aliento y la respiración…

Dejó escapar un suspiró ahogado, en el momento en el que Iroh colocó su mano sobre la mejilla de ella, en respuesta de la pregunta no formulada y una suave, débil sonrisa estaba en el rostro de él.

Aquél momento que había durado horas y años para ellos, en realidad había sido cuestión de escasos minutos.

Ambas manos se acomodaron a la forma del rostro del otro. Ellos soltaron un suave suspiro, cargado de alivio y risa al darse cuenta que el otro estaba pasando por la misma situación. La risa se volvió una carcajada y antes de que ambos se diesen cuenta, estaban firmemente abrazados, el uno al otro. Ella sentada sobre él, y él enredando sus manos en el cabello negro de ella. Pudieron sentir el corazón del otro, como quería salir desbocado del pecho y huir del cuerpo de sus dueños.

A penas se soltaron, sólo lo suficiente, como para mirarse el uno al otro a los ojos, contemplarse por primera vez de una manera distinta a la que en ocasiones anteriores lo habían hecho. Había alivio en sus mentes y en sus almas. Ambos estaban experimentando una especie de éxtasis que les decía que nada podía estar mal, que nada podía ser malo.

Se sonrieron como sólo ellos dos sabían sonreírse y se besaron sólo como ellos dos supieron besarse. Un beso fuerte, acaparador, un beso lleno de sentimientos, un beso en donde sus bocas se encontraron una y otra vez, sin descanso, como buscando enmendar todo el tiempo en el que pudieron haberse encontrado y no lo hicieron. El alma y el aliento se les fue en ese beso que puso a flor de piel, cualquier discurso mental que habían intentado planear o con el que soñaron infinidad de veces. Ella sintió la mano de él alrededor de su cadera, acercando lo más que podía acercarla y guiaba sus movimientos en un balanceo suave que iba al ritmo de sus corazones y labios.

Se volvieron a alejar para contemplarse, y se volvieron a abrazar, con fuerza, como si no quisiesen perder el momento, como si no quisiesen olvidar el recuerdo que se estaba formando. Aquella cálida sensación en la que podía apreciar el contacto con su cuerpo le resultaba completamente relajante