¡Hola a todos! Aquí les caigo con el primer capítulo.

¡Ojalá les guste!

Vicka.


I.

El origen de la guerra.

Bucarest, Rumania, cinco años después.

Era una noche lluviosa en la capital rumana. La gente caminaba por las húmedas calles con sombrillas, impermeables y hasta nylons como sus protectores. Los que no estaban en la calle observaban desde las ventanas de sus hogares y de sus oficinas con una taza de té o café en mano la algarabía callejera provocada por la tormenta.

La ciudad más poblada de Europa del Este era conocida por ser el hogar de grande figuras políticas como Vlad Tepes Drakul "El Empalador" y el dictador Nicolae Ceausescu, y de los relatos sobre los vampiros, los no-muertos.

En lo alto de la Iglesia de Santa María Bucuresti, una sombra de ojos verdes miraba a los peatones de cuclillas desde una atalaya. De cabellos rubios dorados, tatuajes en la parte trasera del cuello, nariz perfilada, labios delgados sonrosados y ataviado todo de negro, desde los pantalones hasta la levita, la sombra, un varón de escasos 17 años de edad vigilaba cuán guardián a su ciudad.

¿La razón de su vigilancia? Un grupo de cuatro hombres peligrosos que salían del automóvil Corolla negro que se había estacionado a pocos metros de una esquina.

El joven esbozó una sonrisa.

Desviando su mirada hacia su derecha, asintió la cabeza. Otro hombre, de cabellos negros y ojos rojos, le devolvió el gesto. Regresando su mirada hacia el grupo de individuos que caminaban por la calle, suspiró hondo. Poniéndose de pie, el chico caminó hacia la orilla y se dejó caer hasta aterrizar de pie.

Una persona normal se habría roto las piernas y las caderas si realizara esa clase de saltos desde una de las torres de la iglesia, pero para un híbrido como Leopold Kaczmareck eso era un juego de niños.

Caminando en medio de la multitud, Leopold seguía con sigilo a los hombres con impasibilidad y sin sentir prisa. Conforme se acercaba al destino de su presa, Leopold se detuvo estratégicamente; los hombres a quienes seguía bajaron hacia la estación del metro, lo que dio a entender al muchacho que tenía que actuar ya.

Haciendo señas a su compañero, quien le había alcanzado, se dirigieron hacia la estación del metro.

Los hombres, por su parte, se detuvieron y se volvieron hacia atrás. Uno de ellos parecía haber advertido que alguien les seguía, pero terminó por ignorar a su presentimiento en aras de llegar ya a su destino final, aunque no fue por mucho tiempo.

Desviando nuevamente su mirada hacia las escaleras, se encontró con la mirada de Leopold y de su compañero.

Un silencio pesado empezó a reinar entre ambos grupos…

- ¡Covenant! – exclamó uno de ellos al sacar su arma.

Leopold sacó su arma de la manga y, con una puntería certera, le disparó al hombre del arma.

El intercambio de balas inició y todos los que estaban en el metro salieron corriendo despavoridos ante el enfrentamiento. Leopold, al quedarse sin balas y buscando una forma de poder eliminar a sus presas rápidamente, decidió sacar de su levita un par de granadas planas, las cuales apretó el botón para activarlas y se las lanzó hacia ellos.

Los hombres quisieron correr, pero no tuvieron el tiempo suficiente para hacerlo. Las granadas explotaron y los hombres salieron volando en distintas direcciones… Bueno, todos menos uno, quien salió huyendo por los pasillos oscuros del túnel.

Leopold fue tras él y, en cuestión de pocos minutos, logró alcanzarle de un solo salto. El hombre intentó golpearle, pero Leopold evadía los puños con destreza hasta que logró tomar uno de los puños y torcerlo con la misma facilidad con el que torcería un metal voluble.

El hombre gritó de dolor y murió al instante que el chico le cercenaba el cuello con sus garras y le arrancaba la cabeza.

Con una tranquilidad que asustaría a cualquiera después de haber matado a alguien, el rubio se volvió hacia su compañero, quien cargaba los cadáveres de los otros tres individuos, y le dijo:

- Les extraeremos las muestras y los dejaremos aquí.

B- ien – le replicó el pelinegro.

El muchacho sacó de su levita unos cuatro recipientes de vidrio pequeños, unas probetas para ser exacta, y los llenó con la sangre de los muertos.

- Debemos irnos antes de que lleguen más de ellos – comentó el pelinegro mientras guardaba las probetas.

- A eso iba – le respondió el muchacho.

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La casa-mansión Ibn La-Ahad se encontraba a 40 kilómetros de Bucarest. Con una extensión de 60 hectáreas cuadradas, una granja de animales y un jardín lleno de plantas tropicales y de plantas endémicas plantadas a lo largo y ancho, cualquiera pensaría que era un lugar de recreación natural para la gente rica.

Muchos decían que aquella casa tenía en sus entrañas toda clase de excentricidades propias de un magnate, pero para Leopold, aquella casa no tenía excentricidades: Tenía a Seres Sobrenaturales.

Algunos miembros del Covenant, la congregación de vampiros, damphir (híbrido de humano y vampiro), hombres lobos e híbridos, pasaban algunas temporadas lejos del ruido de la ciudad en aquél palacio restaurado por Altair Ibn La Ahad, el dueño y líder de los híbridos ante el Consejo del Covenant.

No era necesario ir de compras todos los días; ahí mismo encontraban frutas, verduras, carne provenientes de la casa, y sangre, tanto natural como clonada, para todas las razas proveniente de los bancos de sangre.

El interior de la casa era como de cualquier hogar, aunque por el tamaño y por la cantidad de gente, no se esperaría menos: Una sala con televisión de plasma, mesas de madera con cristal, sillas de madera con cojines, sofás de cuero; en las paredes se encuentran colgadas máscaras y pinturas antiguas del Renacimiento, del Rococó y del Siglo XIX.

Así mismo, había una cocina moderna integrada con lo último en tecnología, una sala comedor, habitaciones cómodas, una biblioteca que ocupa dos cuartas partes de la planta media de la casa y un área de juegos que incluye un billar, consolas Xbox 360, PS3 y PS4 así como una gran colección de videojuegos. Todo y más hacía que Leopold se sintiera como en su casa.

Leopold caminó inmutable por los pasillos; varios de los Seres que estaban ahí reunidos estaban vestidos con ropa de fiesta, aunque no por eso ellos se atrevieron a preguntarle por qué no estaba vestido para la ocasión. De hecho, nadie hace preguntas a alguien que regresaba de una misión como Traficante de Muerte, título designado a los damphir, hombres lobo, vampiros e híbridos que se dedicaban a los enfrentamientos violentos en orden de mantener la libertad de poder caminar entre los humanos sin ser juzgados y cazados como animales.

Abriendo una puerta color beige, Leopold tocó.

Una voz, desde dentro, le dijo:

- Entra.

El joven rubio abrió la puerta y se anunció:

- Abuelo.

Altair Ibn La Ahad, el dueño de la mansión, se volvió hacia él. Esbozando una sonrisa, le saludó:

- Leopold.

- Me dijo Catherina que querías verme.

- Sí, sí… Te mandé a llamar porque me gustaría hablar contigo. Toma asiento.

Leopold asintió y se sentó frente al Mayor. Éste, aclarándose la garganta, se sentó frente a él y le dijo:

- Leopold, sé que tu situación actual ha sido muy difícil en estos meses desde la muerte de tus padres…

El rubio bajó la mirada.

Hace un año atrás su padre, Clay Kaczmareck, y su madre putativa, Cristina Vespucci, habían muerto asesinados en un callejón oscuro junto con otros dos, quienes se enfrentaban a unos mercenarios provenientes de la Orden del Dragón, sus acérrimos enemigos y quienes querían exterminar a las razas por todos los medios posibles.

Su muerte supuso un duro golpe para él, ya que mantenía una profunda relación familiar con ambos.

Levantando la mirada, replicó:

- Estoy bien, Abuelo, si es eso lo que me querías preguntarme.

- No iba directamente a eso, Leopold.

- ¿Ah, no?

- No.

Levantándose de su asiento, el Mayor se acercó a la ventana y añadió:

- Creo que debes tomar un descanso de esto.

- ¿Qué?

Mirando al rubio, Altair aclaró:

- Has estado detrás de todos los miembros de la Orden del Dragón durante estos meses, muchacho. A pesar de que es necesario defendernos, a veces olvidamos la parte esencial de que debemos ser discretos.

- Perdona, entonces, si no lo he sido, Abuelo. No volverá a suceder.

- Por supuesto que no volverá a suceder, muchacho… Porque mañana partirás hacia Colorado.

Leopold se sobresaltó.

- No… - murmuró, negando con la cabeza.

- Leopold…

- Acepto que me envíes a América, ¡pero no ahí!

- Tu madre y tu padre putativo siguen viviendo ahí, hijo. Tu tío Lothar me envió esta mañana los reportes.

- ¡Pero no pienso ir con ellos!

- ¡Leopold!

Respirando con dificultad, el joven rubio dijo con rabia:

- Me niego rotundamente a pisar ese maldito lugar. Nunca he sido bienvenido ahí… ¡Y mucho menos pisaré la casa en donde casi me violan!

Altair suspiró hondamente.

Sabía bien que Leopold no quería regresar allá, pero sintió que era lo mejor. Era importante que el chico esté al lado de su madre biológica muy a pesar de todo el daño que había sufrido en sus primeros doce años de vida.

Leopold, por su parte, no podía evitar sentir una rabia invadiéndole el alma.

No quería regresar allá ni aunque se lo ordenaran. No quería recordar el pasado doloroso que dejó su vida marcada. De hacerlo, afloraría el odio y el miedo, pero principalmente el odio que se había sembrado lentamente desde siempre hacia su madre y su padre putativo.

- Por favor, Abuelo – murmuró -… Por favor…

Mirándole a los ojos, añadió suplicante:

- ¡Por favor, te lo ruego! Deja que vaya a Nueva York. Ahí está mi tío Lothar. Puedo ayudarle con la tarea estadística, a limpiarle la casa o qué sé yo… O a otro lugar… ¡A cualquier lugar menos South Park!

Altair suspiró lentamente y, acercándose a Leopold, puso una mano en el hombro y le dijo:

- Sólo por seis meses te pido que vayas allá, Leopold.

- ¿Seis meses?

- Sí. Seis meses,

- Pero estamos a mitad del curso escolar – espetó el rubio mientras se apartaba de él -. Si quieres mantenerme fuera de esto por seis meses, cuenta con eso. Puedo enfocarme en mis estudios de la escuela, hacer mis tareas como siempre… Me podrás tener tranquilo en casa. Puedo hacerlo.

- No se trata de que si puedes o no hacerlo, muchacho. Se trata de que necesitas estabilizarte emocionalmente.

- ¡Estoy emocionalmente estable!

- No desde mi perspectiva.

- ¡Argh!

- Leopold…

El muchacho se volvió hacia el Abuelo.

- Necesitas endurecerte, controlar tu ira y tu odio. No puedo enviarte con Lothar a Nueva York porque sé que estarás fuera de control provocando escenas horrorosas, y lo que menos queremos es que la humanidad entera nos cace como perros.

- Entiendo que no quieras eso, Abuelo, porque yo tampoco quiero que mi raza sea exterminada. Sin embargo, no quiero vivir con mi madre y Steven, no quiero ver a nadie conocido de ahí, ni siquiera a esa partida de infelices que jugaron a ser mis amigos y me dejaron solo en los peores momentos. Ellos no son buenos estabilizadores emocionales para mí.

- Lo sé… Por eso no vivirás con ellos.

- ¿Ah, no?

- No. Te hospedarás en la casa de Mike Makowski.

Leopold suspiró.

Tenía una pequeña historia con Vampir, como le conocían en la primaria. Ambos habían empezado a llevarse bien después del incidente de la quema de la tienda en donde lo habían "convertido" en vampiro sin saber que Makowski era un vampiro real y el hijo del líder de la manada de vampiros del estado de Colorado. Cuando Leopold descubrió que él era hijo de Clay y que era un híbrido, Makowski lo aceptó como tal.

Aquella amistad, sin embargo, sufrió un cambio muy particular: Los dos habían tenido tres deslices durante el semestre en que Mike había llegado a Bucarest como estudiante de intercambio de secundaria.

Ambos tenían 15 años cuando tuvieron su primera relación sexual en el departamento de Leopold. Había sido una primera vez muy especial para los dos debido a que ambos sentían curiosidad de cómo eran las relaciones sexuales con los del mismo sexo. Las otras dos veces se produjeron por mera necesidad del uno y del otro.

Mike "Vampir" Makowski sonrió mientras miraba el paisaje de Denver desde la cúpula de la catedral al amanecer tras evocar aquellos recuerdos de su estancia en Bucarest. Mirando su reloj, se dio cuenta de que eran las 6:10 de la mañana; una hora más y Leopold estaría ahí, de vuelta a su viejo hogar.

Saltando desde la cúpula hasta el suelo, Vampir aterrizó en dos pies aprovechando la soledad de la calle y empezó a caminar como si nada.

Los relatos populares señalaban que los vampiros, siendo seres oscuros, podrían morir con el solo contacto de la luz solar; que ellos amaban la sangre, odiaban el ajo y que se les podría identificar fácilmente porque no se verían reflejados en un espejo, pero no era así.

Esos relatos eran mitos.

Son pocos los humanos los que sabían que los vampiros no eran como los murciélagos en muchos sentidos.

La luz del sol no los mataba ni les causaba quemaduras graves como lo mostraban las películas de Hollywood o las novelas de vampiros; estando en su modus vampírico, la luz del sol contrarrestaba su fuerza sobrehumana y hacía que sus pieles brillaran un poco más allá de lo normal. Para evitar ese último punto, ellos solían ponerse un protector solar especial. Estando en ese modus, sus reflejos no se podían ver y sus ojos cambiaban a un tono azul fosforescente ó rojizo. Una vez que cambian a su modus humano, sus reflejos podían aparecer en los espejos sin problemas.

Podían alimentarse de sangre animal como complemento alimenticio, ya que, estando en su modus humano, consumían alimentos normales como cualquier ser humano. La sangre humana era preciada para ellos debido a que ésta contenía un enzima que les permitía andar a la luz del día, pero solamente la consumían tres veces al año y en grandes cantidades. Esa sangre era obtenida de los bancos hospitalarios o, ya muy rara vez, de los propios humanos, siempre y cuando no se excedieran en el consumo y no mataran a su portador.

Vampir suspiró mientras asentaba su vaso de plástico con jugo de naranja.

Admitía que era complicado ser un vampiro de verdad en medio de humanos; cambiar a cada momento de humano a vampiro era fastidioso, pero necesario si quería evitar ser cazado por unos poderosos enemigos como la Orden del Dragón, una orden humana dedicada a exterminar a los Seres y poder terminar de controlar la libertad del hombre.

Dio un respingo.

Normalmente diría que es un problema del propio humano enfrentarse a una partida de individuos con intenciones nada buenas, pero recordó que aquella Orden había sido la matriz original del Covenant, por no decir que surgió de ahí.

La Orden del Dragón era una asociación del siglo XI que estaba integrado por miembros de la nobleza europea cuyo supuesto fin era acabar con los "enemigos de Cristo". Entre sus miembros estaban, dos de los Originales, el Primer Vampiro y el Primer Hombre Lobo, quienes buscaban asegurar ante todo la supervivencia de sus especies y la sana convivencia entre éstas y el hombre.

Los dos Originales habían sido antes humanos. Siendo humanos, habían visto los horrores de la miseria, de la guerra y del hambre; habían visto hasta dónde podía llegar la humanidad en pos de unas simples monedas de oro. Habían visto aberraciones que mejor sería no nombrarlas. Ambos eran de distintas regiones a donde había llegado la Peste Negra, el virus que, habiendo paradójicamente matado a miles de personas, había sufrido una mutación en el sistema inmunológico de esos dos hombres gracias a que poseían en su sangre un extraño código genético que reforzaba su sistema inmunológico y les proporcionaba cierta longevidad.

Así, a uno de ellos, Achilles Quintus, un murciélago frutal le mordió el dedo una mañana cuando cosechaba dátiles en su jardín de las afueras de Roma. Al segundo Original, la dama Irulan Corvinus, la había mordido un lobo mientras cazaba por los bosques de Hungría con su tribu.

Ambos eran del mismo siglo, justamente cuando el Imperio Romano estaba en el proceso medio del colapso, y ambos formaban parte de aquella Orden durante unos cinco años. Al contrario de la creencia popular de que vampiros y hombres lobo eran enemigos, Irulan y Achilles eran muy buenos amigos; su amistad fue una inspiración y un ejemplo para ambas razas, las cuales dejaron de lado sus diferencias al ver que podían ayudarse mutuamente.

Cuando se dieron cuenta de que la Orden del Dragón no tenía ningún otro objetivo más que el control de Europa y, de ser posible, de la humanidad entera, Irulan y Achilles decidieron retirarse antes de que los demás miembros descubrieran sus verdaderos orígenes y fueran éstos usados para fines malignos. Lamentablemente, éstos habían sido descubiertos gracias a una gitana que estaba resentida con Achilles por un amorío del pasado, por lo que ambas razas emprendieron la huida.

Tiempo después de aquél descubrimiento, a Achilles y a Irulan se les unió Damphir Koralov, hija de un campesino vampiro con una mujer noble humana, siendo la primera de su raza, convirtiéndola en la tercera Original. Koralov tenía una prima de ascendencia inglesa, Marian Hastings, casada con un miembro de la Orden de los Asesinos, Umar Ibn La Ahad; ambos fueron padres del cuarto Original, Altair Ibn La Ahad, famoso por ser el último gran Mentor de la Orden y, entre los Seres, por ser el primer Híbrido al ser hijo de una damphir y al ser mordido por un lobo.

Altair se unió a Achilles, Irulan y Damphir un siglo después al ver a la Orden de los Asesinos morir lentamente gracias a las huestes de la Orden del Dragón, quienes habían decidido exterminar a los Asesinos luego de varios años de alianza entre ambos grupos.

Aquella unión terminó por fortalecer a las cuatro razas, surgiendo así el Covenant, y con ella el inicio de la guerra que mantiene hasta el presente con la Orden del Dragón… Una guerra que Vampir teme que llegará a South Park muy pronto con la presencia de Leopold Kaczmareck, anteriormente Leopold "Butters" Stotch, y uno de los mejores Traficantes de la Muerte del Covenant.