Capítulo Uno: Uno, dos y… ¿tres?
Su auto transitaba una de las avenidas más conocidas de todo New York, en las que habían lujosas edificaciones que debían valer millones y donde sólo podía vivir gente importante, como actores estrellas, cantantes reconocidos mundialmente, empresarios con grandes fortunas como él y, por qué no, algún que otro mafioso disfrutando de su esplendorosa vida. Pero, de todos modos, eran personas a las que les gustaba la ciudad o sus trabajos los mantenían encerrados allí, como era su caso.
A él no le agradaba aquella urbe, para su opinión era muy ruidosa y estresante, pero no podía hacer nada contra ello porque tanto su trabajo como el de su esposa se encontraban allí. Ya estaba cansado de quedar todos los días atrapado en infinitos embotellamientos, por lo que hace algunas semanas llegó a su mente una idea que consistía en desaparecer de esa endemoniada ciudad y mudarse a algún lugar lejos, muy lejos de allí, que fuera completamente tranquilo y en el que no existieran los malditos embotellamientos que tanto odiaba.
Por supuesto que primero lo tendría que hablar con su adorada esposa, ya que estaba totalmente seguro que su respuesta seria un rotundo no. Sabía que esa sería su contestación por causa de su trabajo en el hospital, en el cual trabajaba desde hacía casi cuatro años, pero él podría usar alguna de sus tantas influencias y hacer que ella tuviera un mejor trabajo en aquel indefinido lugar donde pensaba irse a vivir o mejor, unas largas vacaciones de las que seguramente disfrutaría al máximo.
Edward sabía a la perfección que si Bella se lo pedía la llevaría hasta el lugar mas recóndito de la tierra, únicamente para hacerla feliz y consentirla, pero lo mejor sería que podría tenerla para él solo.
Luego de manejar como maniático para llegar a su hogar, arribó a un ostentoso edificio con un diseño arquitectónico espectacular, seguramente era uno los departamentos más caros y elegantes de toda la ciudad.
Llegó a la gran entrada del edificio y saludó a un guardia de seguridad que estaba allí parado después de darle las llaves de su auto a un empleado para que lo estacionara. Se adentró en el edificio y comenzó a caminar por el hall del mismo hasta llegar a los ascensores. Entró en uno de ellos y apretó el número del piso en el que vivía mientras se preguntaba si su amada se encontraba bien; estaba preocupado de que le hubiese sucedido algo. Éste pensamiento lo puso más nervioso aún. Todavía recordaba lo que había sucedido unas semanas antes.
Se encontraba en su habitación, quitándose el traje después de un duro día de trabajo. Aunque tampoco hacía mucho, al ser el jefe de una muy importante empresa lo único que tenía que hacer era revisar montañas de informes, realizar unos cuantos balances, escuchar aburridas e interminables reuniones y algunas veces quejas de empleados que pretendían que despidiera a sus compañeros de trabajo sólo porque no se llevaban bien. Y luego todo se volvía a repetir otra vez, fastidiándolo cada día más.
Después de cambiar ese aburrido traje por una remera blanca y un pantalón corto liviano, fue hacia la gran cocina del departamento a preparar algo para cenar mientras esperaba a Bella, quien todavía no llegaba del hospital. Se entretuvo allí durante algunos minutos hasta que escuchó como la puerta del departamento se abría y en su rostro se formó una feliz sonrisa mientras camina hacia su esposa, quien estaba cerrando la puerta y dejando su bolso sobre una pequeña mesita que se encontraba allí. Al llegar a su lado lo primero que hizo fue abrazarla por la cintura y dejar un corto beso sobre su cuello mientras olía su delicioso aroma, aquel aroma a fresas que lo volvía completamente loco. Sintió a Bella relajarse en sus brazos y dejarse llevar por sus caricias.
Luego de un rato en esa posición, la hizo voltear y, besando sus carnosos labios, le habló tersamente.
—Hola hermosa.
Edward pudo ver como la mirada chocolote de ella se alzaba para contemplarlo con una pequeña sonrisa en el rostro.
—Hola querido, ¿me has extrañado mucho?
Él nunca respondió, sólo volvió a apoderarse de sus labios con una sensual ferocidad y Bella le respondió de la misma forma. Edward la abrazó por la cintura, atrayéndola aún más hacia su cuerpo y esa fue la señal que necesitó ella para, de un salto, enredar sus piernas en su cadera mientras que sus manos recorrían su espalda por debajo de la remera, haciendo que Edward se excitara cada vez mas y, sin esperar, la condujera escaleras arriba hacia su habitación.
Habían pasado algunas horas cuando ambos salieron del cuarto. Terminaron de hacer la comida que Edward jamás terminó de preparar y se sentaron en los sillones de la sala, comiendo acurrucados uno al lado del otro. Después de estar así por algunos minutos, en silencio, dándose furtivos besos y mandándose miradas cargadas de propuestas indecorosas, Bella comenzó a alzarse del sillón.
— ¿A dónde crees que vas, preciosa? — preguntó, abrazándola y comenzando a besar su cuello lentamente, impidiendo que ella se fuera de su lado.
—Mmm… Sabes, hoy estás demasiado juguetón — respondió Bella con una ceja alzada, pero sin detener a su esposo—. Tengo sed, Edward — musitó, sintiendo el cosquilleo que le hacía él con sus besos.
— ¿En verdad quieres escaparte de mi, Bella?
Dios, ella no podía resistirse a esa voz, pero realmente tenía mucha sed.
—Lo siento, amor… tengo sed — dijo mientras lo abrazaba por la nuca y depositaba un beso en su mejilla—, pero te recompensare si me dejas ir a buscar un simple vaso de agua.
Edward suspiró y empezó a soltarla lentamente, pero antes de que pudiera irse, le susurró al oído.
—Espero que mi recompensa sea buena.
La soltó completamente y Bella negó con la cabeza, riendo suavemente. Él la siguió con la mirada mientras ella comenzaba a hacer el camino hasta la cocina, pero, de pronto, Bella se detuvo y cayó al suelo de cerámica.
Edward sintió que su corazón se detenía abruptamente y sólo necesitó tres segundos para levantarse lo más rápido que pudo y dirigirse a su lado, sintiendo como el miedo comenzaba a llenarlo desde el momento en que vio como Bella perdía la conciencia. Al llegar a su lado lo primero que hizo fue alzarla en sus brazos; pudo notar que ella estaba pálida. Comenzó a llamarla para que despertara, mientras besaba su frente casi con miedo de romperla ya que lucía realmente frágil. Intentó hacerla reaccionar una vez más pero al ver que nada sucedía decidió que era tiempo de llamar a una ambulancia. Justo en ese mismo instante, Bella abrió sus ojos.
— ¿Qué sucedió? — inquirió a Edward con un tono de voz suave, luego de notar que él la tenía sentada en sus piernas.
Bella llevó una de sus manos al costado de su cabeza, sentía que todo a su alrededor giraba y giraba, mareándola cada vez más.
—Te has desmayado, Bella — respondió él, mientras colocaba sus manos a los costados de sus mejillas, haciendo que ella posara su mirada ida en él—. ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?
Edward intentó ocultar el miedo que acababa de sentir pero no sabía si estaba haciendo un buen trabajo. La sola idea de que a Bella le sucediera algo lograba aterrorizarlo. Acarició su cabello y besó nuevamente su frente.
—Me duele un poco la cabeza, pero ya está pasando — murmuró, cerrando por un segundo los ojos, pero al abrirlos de nuevo se encontró con la mirada preocupada de Edward—. No te preocupes, no es nada grave — intentó calmarlo.
Él no dijo nada, sólo la tomó en brazos y la cargó hacia los sillones, para sentarla en uno de ellos.
Bella suspiró al entender lo qué sucedía. Su esposo era demasiado sobre protector y, a veces, melodramático.
—Estoy bien, Edward, en verdad.
Él la ignoró.
—No me interesa, mañana iremos al hospital y te harás unos exámenes para saber por qué demonios acababas de perder la conciencia — musitó seriamente.
Quería saber el por qué de aquello ya que a ella nunca le había sucedido algo parecido.
—No es necesario, Edward, sólo fue un simple desmayo… eso siempre pasa.
A Bella ya no le había agradado nada la idea de ir al hospital por esa causa. Aunque fuera doctora, no le gustaba ir con otros médicos para que le dijesen cómo se encontraba, ella misma podía revisarse, pero Edward era testarudo y estaba segura que la llevaría a rastras si era necesario.
Edward movió sus ojos verdes hacia ella, mientras que su ceño se había fruncido completamente.
— ¿Un simple desmayo? — repitió casi con un tono incrédulo y Bella bufó—. ¿Tienes una idea sobre lo qué pensé cuando te vi en el suelo, inconciente? ¡Pensé que estabas muerta! Pero claro, tú dices que fue sólo un desmayo. Si claro…. — ella rodó los ojos ante lo exagerado que él estaba siendo. Edward notó aquello y su ceño se frunció aún más si era posible—.Y no me pongas esa cara que mañana mismo te llevaré al hospital, y si es necesario irás atada a una silla.
Todo esto lo dijo caminando de un lado a otro, agarrándose su cabello como si quisiera quitárselo. Éstas acciones eran un claro signo de nerviosismo.
Bella lo miraba desde el sofá con una expresión entre divertida y tierna. Se levantó, caminó hasta él y lo abrazó, mirándolo con unos ojos seductores y un pequeño pero adorable puchero.
—Sabes, creo estas exagerando, mi amor — ella colocó sus finos brazos alrededor de su nuca y se acercó más a su cuerpo—. Soy doctora y sé perfectamente si algo está mal en mí o no. No necesito ver a alguien más para saberlo. Así que, porque no olvidamos todo esto y… —
Nunca terminó de hablar ya que Edward se separó unos cuantos centímetros de ella, metió su mano en el bolsillo de sus pantalones y sacó su celular. Comenzó a marcar un número mientras era observado por la sorprendida e incrédula mirada de su esposa. Él le regaló una linda sonrisa antes de colocarse el aparato en su oído.
Sólo bastaron cinco segundos para que comenzara a hablar.
—Hola, ¿doctor Larris? Si, si, soy Edward Cullen… Quería pedirle un turno para mi esposa, ella no se sentía bien y hoy sufrió un desmayo. Sólo me gustaría que le hiciera unos análisis para saber la causa... ¿Realmente? Bueno, muchísimas gracias… No se preocupe, mañana mismo estaremos allí…. Gracias, buenas noches.
Edward cortó la llamada mientras mordía su labio inferior para que una sonrisa triunfal no escapara de ellos luego de notar la expresión de incredulidad y sorpresa que tenía su esposa.
Él ya conocía todas las tácticas que utilizaba Bella para distraerlo, y ella sabía que con la expresión que había colocado anteriormente y un lindo puchero incluido, lo volvía loco; todavía no comprendía cómo había logrado resistirse a tomarla casi como un salvaje, llevarla a su habitación, encerrase allí algunas horas y no salir hasta el otro día, pero él sabía que era más importante la salud de Bella que sus propios deseos.
—Bueno, preciosa, parece que mañana temprano tendrás que ir a hacerte algunas pruebas y yo te voy a acompañar para que no escapes. ¿Qué te parece? — dijo Edward, sonriendo victoriosamente.
Bella no podía creer que él le hubiera hecho eso y mucho menos podía creer que su excelente modo de distracción no hubiera funcionado. Pero, de pronto, una perfecta idea se le ocurrió, mientras que una inocente sonrisa aparecía en su rostro.
En ese momento, Edward supo que algo estaba tramando, pero todo pensamiento coherente desapareció al sentir los labios de Bella apoderarse de su cuello y sus manos tocándolo por todas partes. Él cerró sus ojos al sentir su deliciosa boca sobre la suya, pero, cuando iba a profundizar el beso, Bella se separó sólo un poco, movió su rostro hacia un costado y mordió suavemente el lóbulo de su oreja, antes de decirle en un susurro sensual.
—Claro que iré, mi amor, es más, dejaré que me hagan lo que sea necesario sin abrir la boca, eso si… — se detuvo y colocó un corto beso en su mejilla—. Espero que disfrutes tus tres semanas sin sexo.
Después de eso, ella retomó su camino hacia la cocina, dejando a un Edward con los ojos desorbitados, la boca ligeramente abierta y sin poder creer lo que acababa de escuchar. Él sabía que Bella podía soportar aquello pero él no… A cada hora la deseaba. Lo único que le quedaba por hacer era rezar, pidiendo porque esas tres semanas pasaran lo mas rápido posible, e ir a tomar una ducha helada para calmar algunas partes de su cuerpo que no tendrían acción por unos cuantos días.
Bella cumplió con lo pactado. Al otro día fueron al hospital y le hicieron las pruebas que hoy ella tenía que retirar. También, para agregar, hace dos semanas que él no la toca, logrando que su humor se viera afectado por eso.
Las puertas del ascensor se abrieron. Caminó rápidamente por los pasillos hasta llegar frente a la puerta de su apartamento. La abrió y entró; las luces se encontraban encendidas por lo que sabía que Bella ya debía haber llegado del hospital. Dejó su maletín sobre la mesa de la sala y se encaminó hacia las escaleras, para luego dirigirse hacia su cuarto. Abrió la puerta y al instante su mirada verde se encontró con la figura de Bella, quien estaba sentada en la orilla de la gran cama matrimonial. Ella tenía unos papeles en sus manos y su mirada se encontraba estancada en ellos, incluso pareció no notar la presencia de Edward.
Con sólo tres pasos él se encontró frente a ella, pero Bella continuaba con la vista en los papeles.
—Hola, preciosa — dijo Edward, agachándose para ver su rostro ya que ella no lo había alzado.
Él se extrañó al no recibir respuesta alguna, por lo que llevó sus manos a su rostro, colocando unos mechones de cabello marrón tras su oreja.
— ¿Sucede algo? — inquirió, sin entender qué sucedía con su esposa.
Bella alzó la mirada y lo observó sin decir nada, en su frente se había dibujado una pequeña arruga.
—No… bueno, si — respondió completamente insegura, algo extraño ya que ella no era así.
Edward, de pronto, se sintió ansioso, sólo quería saber qué era lo que pasaba; ella nunca se comportaba así, pero al instante llegó a su mente una simple palabra… análisis. Definitivamente ahora sí que estaba aterrado. ¿Y si las pruebas salieron mal? ¿Y si ella tenía algo? En cualquier momento comenzaría a entrar en pánico, por lo que decidió que la mejor opción era preguntarle, pero las palabras ni siquiera podían salirle de la boca.
— ¿Es... sobre las pruebas?
No entendió cómo logró que saliera aquella oración, pero su voz sonó entrecortada.
Bella asintió y él sintió que corazón se detenía por completo.
— ¿Es… grave?
Tenía un nudo en la garganta que no lo dejaba hablar correctamente, ni moverse.
Bella mordió su labio inferior y lo observó con duda.
—No lo sé… supongo que no, bueno, para mi no lo es — susurró en respuesta, mientras que sus ojos comenzaban a cristalizarse.
Edward no lo soportó ni un segundo más y preguntó casi desesperado.
— ¿Qué es Bella? ¿Qué tienes? — inquirió, abrazándola y acariciando sus mejillas pálidas.
Él estaba nervioso, lo único que necesitaba oír era que ella se encontraba bien, que no tenía nada grave y que no la perdería. Pero todo a su alrededor perdió sentido cuando Bella habló.
—Estoy embarazada Edward… vamos a ser padres.
Y su mundo se detuvo por completo.
OOO
Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo juego con ellos.
