La cortina debe de estar mal corrida, porque un rayo de luz impacta directamente sobre mi rostro, y me acaba despertando. A pesar de tener los ojos cerrados, la oscuridad ya no es totalmente negra, sino que ha adquirido un cálido pero incómodo color amarillento. Refunfuño, molesto, y me doy media vuelta, tapándome con la manta hasta las orejas.
Un momento. ¿Manta? Abro los ojos, y tras parpadear varias veces, compruebo que, efectivamente, estoy cubierto por la colcha roja de la cama. Echo la cabeza a un lado, y mi mejilla se hunde en la almohada. ¿Estoy tumbado en la cama? ¿Cómo? ¿Cuándo me tumbé? No puedo pensar claramente porque aún estoy medio adormilado, pero no recuerdo haberme subido a la cama. Sé que me quedé dormido. No recuerdo exactamente en qué momento, pero estoy seguro de que no estaba tumbado.
Me destapo, y echo un vistazo a mi alrededor, frotándome los ojos. Sigo en mi habitación. La pared posterior invade mi campo de visión: el armario, la lámpara de papel, y el… tocador.
Se me encoge el corazón, y con él, yo también lo hago, haciéndome una bola, doblándome sobre mi propio cuerpo. Puedo verle a través del espejo del tocador. Es Koujaku. Está sentado en el borde de la cama, de espaldas a mí. Sólo puedo ver su espalda en su reflejo. Huele a tabaco, así que probablemente está fumando. Estoy prácticamente seguro que fue él el que me llevó hasta aquí.
Entierro la cara en la almohada e intento reprimir las lágrimas que se me están acumulando en los ojos. No puedo mirar. Porque me encanta su espalda, y por primera vez, no me apetece tocarla. Siempre me ha gustado seguir las líneas de los músculos de su espalda con los dedos, incluso aspirar su aroma en la nuca y en el cabello. Y ahora lo único que quiero es clavarle las uñas, halarle del pelo y gritarle. Es una auténtica agonía. Está físicamente cerca de mí, pero lo siento como si estuviera a miles de kilómetros de distancia. Lo siento lejos, como si se hubiera escapado y no pudiera retenerlo. Como un globo de helio.
Jamás pensé que mi mente pudiera rechazar a Koujaku. Mi corazón no, pero mi mente lo rechaza. La parte racional de mi subconsciente lo detesta. Pero la irracional no. Le sigo queriendo, y eso hace que sea tan doloroso. Porque le quiero, y él ha dejado de quererme en algún momento. Y no fui capaz de darme cuenta.
No puedo soportar seguir entre las mismas cuatro paredes que él. Además, el olor de a cigarrillo está empezando a revolverme el estómago. Con el paso del tiempo me he acostumbrado al aroma del tabaco, y eso que él no suele fumar si no es junto a alguna ventana. Pero ahora ese olor simplemente me repugna. Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, y haciendo uso del poco orgullo que me queda, me incorporo y me levanto lentamente. Respiro hondo un par de veces, intentando hacer el menor ruido posible, y echo a andar, rodeando el lecho común en dirección a la puerta. Tengo que pasar por delante de él, no me queda otra. Pero no tengo intención de mirarle. No puedo hacerlo sin romperme en mil pedazos.
Con la garganta cerrada y tratando de mostrarme sereno, avanzo hacia el pasillo con una dignidad que sé que ya no tengo. Todo mi cuerpo está rígido, y sé que camino de forma muy artificial, pero soy incapaz de relajarme.
Apenas he interpuesto más de dos metros de distancia entre la cama y yo cuando escucho cómo se levanta y se acerca a mí. El corazón se me acelera, y el llanto empieza a subirme por la tráquea. Aligero el paso con la intención de escapar de esa habitación cuanto antes, pero ni tres pasos después, sus brazos me rodean desde atrás, por los hombros, y me aprietan contra su pecho.
- Aoba…
Mi corazón se hace pedazos, y siento cómo se me encoge el estómago. Las lágrimas empiezan a caerme por las mejillas y el cuello, y un primer sollozo se me escapa de los labios. Todos los músculos de mi cuerpo están tensos y no se mueven. Porque si me muevo, me romperé. Y no creo que Koujaku vaya a recoger mis trozos del suelo, por mucho que me esté abrazando ahora.
Ésta es la primera vez que no quiero que Koujaku me abrace. No entiendo por qué lo está haciendo. No entiendo por qué me abraza. Y eso me pone furioso.
Para… No me toques… con esas manos… que han tocado a otra.
- Aoba…
Aprieto los dientes, intentando contener el llanto con todas mis fuerzas. Los puños a mis costados han empezado a temblar, y creo que los nudillos se me están poniendo blancos.
No digas mi nombre… Por favor, ya basta.
- Aoba… – pronuncia mi nombre con voz quebrada, una especie de matiz roto que probablemente me esté imaginando. ¿Por qué iba a temblarle la voz? -. Aoba, escúchame, por favor. Siento… siento mucho cómo me he comportado estos días…
¿Por qué hace como que tartamudea? ¿Por qué finge estar nervioso? ¿Por qué hace como si le importara? No tiene ninguna gracia. Esto es una tortura. Me está haciendo daño. Parece que lo siente de verdad, pero yo sé que no lo siente. Ya no siente nada por mí.
- De verdad, lo siento muchísimo – suspira pesadamente, como si hablar le costara horrores, y sus brazos me aferran con más fuerza. Niego con la cabeza. No le creo. No te creo, Koujaku.
Se produce un silencio de varios segundos que me pone la carne de gallina. Puedo oír los latidos de mi propio corazón en las sienes, y es agotador. La cabeza me va a reventar de tanto apretar los dientes y contener el llanto. Mi aspecto seguramente es lamentable y patético. Menos mal que él no puede verme la cara.
- Bueno, si no vas a dirigirme la palabra, al menos escucha lo que tengo que decirte – Koujaku suelta un fuerte bufido en mi nuca, y eso hace que se me revuelvan las tripas. Agito la cabeza, tratando de quitarme la sensación húmeda del cuello, y él responde enterrando los labios y la nariz en mi pelo.
Cierro los ojos y frunzo los labios hasta que siento la cabeza latir. Pero, a pesar del esfuerzo, las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, y algunas se me acaban metiendo en la boca. El nudo de mi garganta es tan grande que no me extrañaría que lo vomitara, y mi corazón está tan convulsionado que me duele el pecho.
Sus brazos me abrazan con fuerza, y su respiración se ha vuelto irregular y agitada. Noto cómo boquea entre mi cabello, como si estuviera buscando las palabras adecuadas antes de hablar.
No necesito oírlo.
- Perdóname…
No quiero oírlo.
- De verdad, Aoba, perdóname…
Koujaku, basta…
- No sé si tengo derecho a pedírtelo ahora que ya está hecho, pero…
Me llevo las manos a la boca para acallar el llanto. No puedo más. Me estoy rompiendo. Me estoy hundiendo en un abismo oscuro y profundo del que sé que no voy a salir. Siento las piernas flojas y la mente ausente, distante.
Los pulmones de Koujaku se llenan de aire, y lo expulsan con un sonoro resoplido sobre mi cabeza.
Si lo dice en voz alta, me muero.
- No debí cortarte el pelo.
…
Guardo silencio porque creo que no he oído bien. Me trago los sollozos y abro lentamente los ojos, parpadeando incrédulo, esperando a que lo repita. Pero no dice nada. Se ha quedado completamente mudo.
- ¿Qué…? – mi irritada garganta y mi aturdido y exhausto cerebro transforman esa simple pregunta de tres letras en una especie de susurro agudo y ridículo.
Los fuertes brazos de Koujaku empiezan a temblar ligeramente, y noto cómo apoya su mejilla en mi cabeza.
- Perdóname – su voz tembló, y me atrevería a decir que… ¿se está aguantando las ganas de llorar? -. No debí insistir para cortarte el pelo. Perdóname. Soy… fui muy egoísta.
No entiendo nada. Si esto va en serio, no entiendo a qué viene. Me he perdido por completo.
- Koujaku… - musito con un hilo de voz.
- Aoba… - gira la cabeza, y vuelve a hundir los labios en mi pelo. Empieza a hablar contra él, y su aliento me hace cosquillas, aunque no puedo evitar sentirme incómodo. Aún me está abrazando, y si sigue presionando, me va a sacar las tripas -. Hace unos días tuve un sueño… una pesadilla. Soñé… que odiabas tener el pelo corto. Que me odiabas por haberlo hecho. Que aceptaste a cortártelo simplemente para que dejara de insistir, y que jamás me perdonarías por haber antepuesto mis intereses a los tuyos… - antes de que mi cerebro pueda digerir toda esa información, más incoherencias empiezan a salir de los labios de Koujaku. Sus palabras se atropellan una a otras, como si las vomitara, y me cuesta un poco seguirlo -. Ya sé que sólo es un sueño, y que no es real. Ya lo sé. Pero me prometí a mí mismo que te haría feliz, Aoba. Juré por la vida de mi madre que no cometería más errores, y que cuidaría de ti como mi más preciado tesoro. Y… - traga saliva con dificultad, y su presa alrededor de mis hombros se afloja, deshaciendo el abrazo, y posa suavemente sus manos sobre mis hombros – creo que no hice bien. No sé cuál es tu opinión al respecto… pero espero que puedas perdóname algún día.
No puedo creer lo que acaban de escuchar mis oídos. No puedo creerlo.
Giro sobre mis talones, aprovechando que ya no me abraza, y lo que me encuentro hace que se me caiga el alma a los pies. Koujaku tiene la vista clavada en el suelo. Se está mordiendo el labio inferior, atacado de los nervios, y su ojo visible más allá del flequillo está vidrioso. Koujaku está… llorando. Va en serio. Se está disculpando… por haberme cortado el pelo.
Estoy hecho un lío. De repente, he dejado de tener claros mis sentimientos en este momento. Ya no sé si me siento aliviado, porque estaba equivocado, o si sigo destrozado, con el susto aún en el cuerpo. Ya no sé si estoy enfadado con él, por ser un imbécil adorable, o conmigo mismo, por haber pensado esas cosas tan horribles sobre él. Ya no sé qué es lo que siento, salvo que la presión que sentía aplastarme contra el suelo se ha desvanecido. Y que me duele el pecho.
- Eres… un idiota… - musito, con un hilo de voz. Estoy tan sobrepasado que creo que voy a volver a llorar.
Koujaku levanta rápidamente la mirada del suelo y clava sus ojos en los míos. Parece tan preocupado… y arrepentido.
Menudo imbécil.
- ¡Eres un idiota! – grito, y sin poder aguantarlo más, rompo a llorar desconsoladamente, y mis puños, de canto, impactan contra su pecho una, dos, y hasta tres veces. Él me sujeta por los hombros, pero yo sigo golpeándolo. Me pregunta qué me pasa, que por qué estoy llorando, pero no le respondo. Ahora mismo no puedo. No me saldrían las palabras.
- ¡Cállate y abrázame! – le chillo, con la garganta llena de lágrimas. Se produce un silencio incómodo en el que Koujaku se ha quedado rígido como la escayola, así trato de arreglarlo como puedo -. Por favor… abrázame…
Vacila un poco, pero finalmente, me rodea con los brazos; hundo la cara en su pecho, y aprovecho para sacar todo lo que tengo acumulado y que necesito extraer del fondo de mi estómago.
Le he golpeado y le he llamado idiota aunque, no se lo merece. Bueno, en realidad un poco, por no habérmelo contado antes y decidir, a saber por qué, no hablarme. Pero yo soy el idiota. Yo merezco los golpes. He sido muy injusto. Di por sentado cosas de las que no tenía ninguna prueba, salvo un par de coincidencias fortuitas, y mi imaginación, ¿para qué negarlo? Yo solo me armé una auténtica película, y me la creí sin tener ninguna base sólida. Y no es justo. Debí haber confiado en él. Debí haberle preguntado antes de sacar mis propias conclusiones. Debí haber confiado en sus sentimientos. Pero no lo hice. Me dejé llevar por mis inseguridades y el mayor de mis temores, que es que Koujaku me aband… No puedo siquiera pensar en ello. Sólo imaginármelo me produce escalofríos, una especie de vacío en el estómago.
Porque no puedo vivir sin este idiota con cerebro de guisante. Ahora que ya sé qué era lo que me estaba ocultando, me es imposible enfadarme con él. Es… demasiado tierno. Muy dulce.
Y yo pensé esas cosas tan horribles sobre él. Esas cosas tan desagradables. Llegué a rechazar su imagen en mi mente. Incluso intenté odiarlo, aunque no pude. Porque le quiero. Le quiero sobre todas las cosas, y aun así, me creí de verdad todas esas mentiras y patrañas que yo mismo me inventé…
Espero que él sí que sea capaz de perdonarme por haber dudado de él, y de sus sentimientos. Estoy seguro de que él jamás ha dudado de los míos, y eso me hace sentir miserable.
Me separo de él, y me limpio las lágrimas con el dorso de las manos. Koujaku se inclina sobre mí, y me aparta las manos. Estira la manga de su kimono, y me seca la cara. Su expresión es de auténtica preocupación, y confusión, a partes iguales.
- Aoba… - murmura. Por cómo me mira, prácticamente seguro de que no sabe por qué estoy llorando.
- De verdad, eres… – él me sigue observando con la cabeza ladeada y los ojos abiertos como platos. Respiro hondo antes de empezar a hablar, preparando mentalmente lo que quiero decirle -. Dejé que me cortaras el pelo porque era importante para ti. Si no hubiera sido capaz de soportarlo, no habría aceptado. Pero era algo que te hacía ilusión, y yo quería hacerte feliz…
- Pero Aoba…
- ¡Además, por el amor de Dios, el pelo crece, Koujaku! – exclamo, interrumpiéndole antes de que siga diciendo tonterías -. ¡Parece mentira que seas peluquero!
Guarda silencio unos segundos, tras los cuales, suspira pesadamente. Un enorme suspiro de alivio se escapa de sus labios, y una de sus manos me acaricia la mejilla y el cuello.
- ¿Lo dices en serio? – inquiere, sonriendo levemente, muchísimo más relajado. Asiento, e inmediatamente, sus brazos me envuelven, apretándome contra sí -. Gracias…
Me acomodo en su pecho con los ojos cerrados y le rodeo la cintura con los brazos, ahora que mi mente ha dejado de rechazarlo. Todo ha vuelto a ser como antes: su calor, su olor corporal, el tacto suave de la piel descubierta por encima del kimono… Es un alivio poder volver a abrazarle así. Durante un rato, pensé que no iba a poder volver a hacerlo.
Sin embargo, hay algo que, aunque sé que no debería trascender más, tengo que decirle. Siento que se lo debo, y que tiene derecho a saberlo. Mis hombros se tensan ligeramente, y Koujaku lo nota enseguida. Pone distancia entre ambos, y me levanta suavemente el mentón con el dedo índice, obligándome a mirarle a los ojos.
- ¿Aoba…?
Soy incapaz de mantenerle la mirada, y como no puedo girar la cabeza, desvío los ojos hacia mi derecha.
- Si algo te preocupa, no dejes de hablarme por ello… - farfullo.
Se le escapa una risita nerviosa, y carraspea.
- L-lo siento… Reconozco que no ha sido una reacción muy madura por mi parte… Pero tampoco sabía cómo…
- Pensaba que… – continúo, pisándole la frase. Trago saliva antes de seguir – que te habías cansado de mí… y que estabas…
Aunque sé que no es cierto, aunque ya me ha confirmado la verdadera razón de su cambio de actitud, decir en alto que creía que me estaba engañando era duro. La simple idea todavía me resulta dolorosa. Y lo seguirá siendo.
- ¿Pero qué…? – Koujaku me mira perplejo, como si lo que acabo de decirle fuera una locura. Afortunadamente, no tengo que terminar la frase, porque parece haber entendido por dónde van los tiros.
Me coge de la mano y me lleva hasta la cama; él se sienta al borde, y se palmea los muslos, indicándome que me siente en su regazo. Obedezco sin rechistar, sentándome de lado. Sus brazos me rodean la cintura, y antes de empezar a hablar, me besa suavemente el hombro.
- Aoba… Nunca vuelvas a pensar eso. Jamás – me encojo sobre mí mismo, preparándome para una regañina. Sin embargo, a pesar de que es firme, su tono de voz no parece el de una persona enfadada -. Te quiero. ¿Vale? Te quiero. Te he querido siempre… aunque… - para mi sorpresa, se echa el flequillo hacia atrás, colocándolo detrás de su oreja, mostrando el tatuaje del lado derecho de su rostro, ése que siempre se esfuerza por esconder – quizás tardara un poco en darme cuenta… Pero te quiero de verdad, Aoba. Y ahora mismo soy incapaz de ver a una mujer de la misma forma en que te miro a ti. Lo digo en serio. Por muchos… ligues que tuviera en el pasado, por muchas mujeres que reclamen mi atención, no hay nadie más importante que tú ahora. Pienso en ti constantemente – dice eso último en una especie de murmullo incómodo, como si decir eso le diera una vergüenza terrible -. Quiero estar contigo, verte reír, cocinar para ti, hacerte regalos, velar por ti hasta que te quedes dormido… Quiero vivir mi vida a tu lado. No hay en el mundo otra persona con la que pueda imaginarme siendo feliz. Me prometí a mí mismo que no cometería más errores, y estoy dispuesto a hacerte feliz, Aoba. Quiero atesorarte el resto de mi vida…
Koujaku… Sus palabras me han conmovido tanto que creo que voy a llorar de nuevo. Pero esta vez, de felicidad. El corazón se me ha desbocado, y me he quedado completamente sin palabras.
- ¿Lo dices en serio…? – pregunto, con un hilillo de voz quebrada.
Koujaku se echa a reír.
- He llegado a perder clientas porque no les sigo el juego cuando flirtean conmigo. ¿Crees que no voy en serio?
Tomándome por la cintura, me levanta lo justo para darme un cuarto de vuelta y sentarme de espaldas a él, sobre sus muslos. Vuelve a rodearme con los brazos, y se inclina sobre mí para besarme la nuca una, dos, y hasta tres veces. Los tres besos que me debía. Siento que el corazón se me encoge.
Apoya la frente sobre el lugar que antes rozaron sus labios, y suspira, acariciándome el vientre con los dedos por encima de la camiseta.
- Te quiero. Y te voy a querer siempre. No lo olvides.
No puedo evitar romper a llorar, y Koujaku me abraza fuerte por detrás, apoyando la mejilla en mi espalda.
Maldito idiota…
