Quiero dar las gracias a Yukkin-Zola, que me ha demostrado que hay alguien que lee esta historia.
El resto de la semana pasó sorprendentemente rápido, Antonio y él se vieron todavía un par de veces más, en esas raras ocasiones en las que ninguno de los dos tenía trabajo entre manos. No volvieron a hablar de lo que pasó en su casa y realmente se alegraba por ello.
La citación para la próxima reunión de la ONU llegó un mes después. No se sentía todavía preparado para afrontarla, probablemente nunca lo estaría, pero no quedaba otro remedio. El día anterior a la fecha cogió un avión y reservó un hotel cercano para pasar la noche, esta vez no pensaba hacer turismo por la ciudad.
Llegó puntual a la cita, no diez minutos antes como muchos de sus compañeros, ni diez minutos después como otros tantos. Cuando llegó ,sin embargo, muchos de los sitios ya estaban ocupados. Sin saber muy bien donde sentarse deambuló un poco por la sala, en esta ocasión no tenían asientos asignados, al fin y al cabo cada uno terminaba sentándose siempre donde le daba la gana. No pudo evitar fijarse en que chino estaba flanqueado por el coreano a su derecha y el estadounidense a la izquierda. De ser otra la situación habría terminado haciendose con el sitio de uno de los dos. Si ningún lugar mejor al que ir escogió un sitio al azar de la mesa, sin nadie al lado.
Los asientos se fueron llenando rápidamente, Francia se había sentado a su lado, más preocupado por estar alejado de Inglaterra que por otra cosa. Habían pasado cuatro minutos y medio de la hora cuando los últimos paises llegaron al la reunión, corriendo y resollando. "Nos pilló el trafico" fue la escusa que nadie había pedido. Mientras los hermanos italianos se fueron a sentar en algún lugar indefinido entre Alemania y Austria, Antonio se sentó a su lado, nunca supo si por gusto o porque era el único asiento libre. La reunión se inició lenta.
-Entonces ¿Qué tal todo? -le preguntó Antonio al poco de empezar el descanso.
Muchos paises habían optado por levantarse y pasear, no había sido su caso.
-Bien -respondió de forma distraida.
-Me alegro. Me he quedado con ganas de volver a salir contigo algún día. -dijo ignorando el tono distante del otro- Oye ¿Qué te parece si cuando acabe la reunión vamos a tomar algo? O a dar un paseo, tengo ganas de ver la ciudad.
Siguió con su monólogo un rato más, aparentemente sin darse cuenta de la apatía de Iván. Le chascó los dedos ante sus narices cuando que no lo estaba escuchando se hizo demasiado evidente. Ni con esas parecía responder.
-Deberías dejarlo, es lo más sano. -comentó sabiendo a donde se dirigían los pensamientos del ruso.
-No es tan fácil como parece.
-Lo sé. -dijo suspirando- Lo sé.
Iván apenas se percató, pero su sonrisa se había vuelto menos brillante.
-Balla, esto esta lleno de gente.
No sabía como, pero Antonio había terminado por convencerle para salir a dar una vuelta. La idea inicial había sido tamar algo en un bar y poco más, pero resultó que hoy debía de ser día de fiesta, de modo que encontrar un bar libre era poco menos que un milagro. Terminaron por entrar a un parque intentando evitar las aglomeraciones. En la distancia se oía la música propia de un deafile.
Durante un rato no dijeron nada y pasearon como las otras tantas personas de su alrededor. Pocas veces había sentido la calma que ahora le evolvía.
-¡Cuidado!
La advertencia de Antonio no solo lo sacó de sus cavilaciones sino que sirvió para que no callera al suelo de espalda. Un perro negro y enorme había salido corriendo hacia él y ahora parecía querer trepar por su abrigo. Antonio se rio de él e inevitablemente se sintió incómodo.
-¿De dónde sales tú, precioso? -preguntó acariciando al animal, consiguiendo que dejara el abrigo de Iván.
Parecía encantado de tener a esa bestia correteando alrededor suyo.
-¡Lo siento! -exclamó una voz de entre la multitud.
Se acercó a ellos y rápidamente agarró la correa del perro.
-Cuando tira muy fuerte se me hace casi imposible agarrarle -explicó a modo de disculpa.
Ivá y Antonio, que a duras penas entendían el idioma, procuraron hacerle comprender que no pasaba nada. Entonces el extraño empezó a hablar en inglés. Lo bueno de la globalización es que ahora era normal que casi todas las personas hablaran o se defendieran en al menos otro idioma, resultaba muy útil a la hora de comunicarse.
-Asique es un Gran Danés -dijo Antonio encantado, incapaz de dejar de acariciar al perro.
Se habían terminado por sentar en la hierba junto al extraño, que había resultado ser alguien muy simpático que llevaba viviendo en esa ciudad desde que su madre lo trajo al mundo "o más bien desde que me trajeron del hospital, que de aquella estaba en la ciudad de al lado" era gracioso oir hablar así al alguien que no debía de tener más de treinta años. Iván nunca había sido muy hablador, asique prefirió dejar que fuera Antonio quien hiciera buenas migas con el extraño, él prefería observar. Le gusta observar hablar a Antonio, verle gesticular mientras acariciaba al perro, sin prisas, como si lo único que tuviera que hacer en esta vida fuera acariciar y gesticular, gesticular y acariciar y de vez en cuando hacer bailar sus manos. Le transmitía un sentimiento cálido similar al que experimento cuando se quedó dormido en su casa, con la nieve golpeando la ventana y su mano acariciandole la cabellera.
-¿Has oido Iván? -preguntó Antonio emocionado.
Por supuesto Iván no había estado escuchando y así se lo hizo saber.
-Parece que hacen un conciero de música popular esta noche, podíamos ir ¿no? Dicen que va a tocar hasta una orquesta.
-En la mayoría de estos conciertos tocan orquestas. -se oyó a sí mismo contestar.
-Sí, pero este es de música popular, sería interesante verlo. Ya sabes, a nivel cultural y eso.
-Tu solo quieres una escusa para salir por la noche -bromeó el ruso.
-No se de que me hablas -contestó riendo.
Pero fueron, claro que fueron. Se estaba empezando a dar cuenta de lo difícil que le resultaba negarse a los planes de Antonio. La música todavía no había empezado, pero ya había mucha gente por ahí, hablando, riendo y esperando a que abrieran los chiringuitos para cogerse alguna bebida.
Fue una suerte que el recinto estuviera al aire libre, hacia una noche bonita. No pudo evitar perderse en el cielo. Antonio se quedó extrañamente en silencio entonces, como embobado, y cuando fue capaz de apartar la vista de las estrellas se dio cuenta de que le estaba mirando a él.
-¿Qué? -Antonio seguía sin apartar la mirada
-Nada -Contestó desviandola al fin, con una sonrisa tierna bailando en los labios.
Se instauro el silencio entre ellos, solo roto por el ruido de la gente y la orquesta que había empezado a ensayar. La música comenzó casi al momento.
Iván no se consideraba un hombre de música. Disfrutaba escuchandola como cualquiera y todavía sabía bailar algún que otro baile de salón, sin contar sus bailes regionales. Sin embargo no tocaba ningún instrumento, no sabía que podía sentirse al hacerlo. Tal vez por eso no entendía el sentimiento que parecía recorrer a los músicos. Antonio sin embargo debía hasta compartirlo. Cuando la música aumentó el ritmo y ya la mayoría de la gente había bebido lo suficiente, no hubo fuerza humana capaz de evitar que bailase. Y que le hiciera bailar a él también. Antes de darse cuenta ya estaba inverso entre los otros bailarines.
-Antonio, yo no se bailar -se quejó Iván evitando que alguién le pisara.
-Qué dices, yo te he visto bailar antes -replicó el otro sin ser capaz a quedarse quieto.
-Pero nada como esto.
-Solo siente la música.
Pero Iván no la sentía, no la sentía para nada. Percivia la musicalidad, percivia el caracter festivo y el claro sonido del violín como instrumento protagonista, pero no la sentía. Siendo consciente de su incomodidad, Antonio le agarró las manos. "Venga, solo sigueme" dijo con una sonrisa conciliadora. Y eso hizo.
Estaba practicamente seguro de que estaban haciendo el ridículo, de que sus movimientos no eran del todo rítmicos y de que las personas que les vitoreaban estaban demasiado borrachas. De todos modos se sintió pletórico.
Las estrellas, el ritmo, el alcohol, las luces, la gente, Antonio. Todo giraba en una vorágine de formas y colores vivos, todo parecía vibrar a su alrededor. Era impresionante. Le faltaba el aire y le quemaban los pulmones, pero no quería parar. Por Dios, no debía parar. El calor y la vida que emitía aquella música, aquel ambiente. Empezaba a sentirlo. Por fin empezaba a sentirlo. Se volvió más atrevido. Soltó a Antonio y comenzó a bailar por su cuenta, a su lado. La música le corría por las venas. Giró y Antonio rió, amable, fascinado. Debía parecerle incapaz de creer. Sonrió, se agarrarón y marcaron un nuevo ritmo. Era imposible saber si ellos seguían la música o la música les seguía a ellos. La gente vitoreaba, reía, aplaudía, bailaba a su lado. El olor a frito de los puestos llenaba el aire. Se sentía valiente, temerario. Se sentía bien después de tanto tiempo sin estarlo del todo. Un giro, dos, tres, Antonio parecía una peonza entre sus brazos. Lo agarró, lo alzó y vio sus ojos brillar contra las estrellas, vivaces. Se pregunto si había visto alguna vez algo tan deslumbrante. Probablemente sí, pero ¿Quién lo recordaba? ¿Quién podía recordar nada?
Bajar a Antonio no era una opción, nunca lo fue. Seguía sintiendose valiente. Lo acercó, mucho, muchísimo, desde arriba para que no pudiera tocar el suelo. Dejó que su nariz le rozara la frente y continuó mirando. Se irguió y le beso en los labios. No cerró los ojos, no podía, no con Antonio contemplándolo de esa manera. Su valor comenzó a flaquear y su razón chilló en su cabeza. Antonio entrecerró los ojos, como durmiendose, y abrió la boca. Iván quiso meter su lengua, pero las fuerzas le fallaron y el peso de Antonio se hizo de repente demasiado pesado. Cayó al suelo de forma brusca. Iván intentó sujetarlo, pero no pudo.
La música seguía tocando, apagada y casi muda. Ni Antonio ni él se movieron, el hechizo se había roto y la distancia emergió de la tierra como un muro cubierto de enredaderas. Iván no se vió con fuerzas de sordearlo.
-Debería irme -susurró, huyendo como un cobarde.
No vio que Antonio se levantara ni tampoco lo despidiera.
Tres días, había pasado tres días desde el incidente del concierto. Desde entonces no había vuelto a ver a Antonio; había regresado a su casa y había encendido la chimenea. Aunque el invierno comenzaba a convertirse en un recuerdo pasado seguía disfrutando de tenerla encendida. Tampoco había recivido ninguna visita en ese tiempo, algo bastante normal; y esperaba que las cosas siguieran así. Aún no sabía como interpretar todo lo que parecía haber sucedido.
"Un arranque de valor, una locura" se decía a sí mismo cada vez que lo pensaba. "Tal vez algo más profundo" susurraba mentamente cuando los pensamientos llevaban horas en su cabeza y las botellas de vodka temblaban en sus manos. Pero lo que fuera en realidad no importaba, porque llevaba tres días sin hablar con Antonio y aspiraba a estar otros tres días más por lo menos. Lástima que el mundo no escuchara sus pensamientos.
Iba por el quinto día, casi el sexto, y la vida continuaba sin señales de mayor complicación que los asuntos de estados. Tal vez no debería estar tan contento, pero la vida le parecía preciosa, taimada y tranquila; en el fondo sabía que se abecinaba una tormenta. Caminó sin rumbo fijo, libre de cualquier cita aquella tarde. En su cabeza ya no daba vueltas a lo que había pasado, había decidido enterrarlo bien hondo. Llegó a un parquecillo, una plazoleta escondida y pequeña, desierta y silenciosa; o casi desierta habría sido mejor decir. En uno de los tres bancos había una silueta familiar, una silueta tensa y cabizbaja. No podía verle desde donde estaba y por un momento la sensación de dejabu fue intensa ¿Qué hacer? Volver a ponerlo en marcha todo, acabar con la calma, llamar a la tormenta. Ahora lo sabía, Antonio había sido valiente ese día, había visto lo que podía venirsele encima y había aceptado ¿Aceptaría él?¿Podría soportarlo? Tal vez no debiera pregumtarsele a él, tal vez debiera decirsele a la persona que acababa de poner su mano sobre el hombro de Antonio, aquella que se había sentado a su lado y había murmurado un par de palabras.
–¿Te apetece un café?
–¿Iván? –No supo cuánto tardo Antonio en responder– Por supuesto.
Y una sonrisa iluminó sus labios.
