2
El gato y el ratón
Ya se ha ido.
Theodore aún tiembla de arriba abajo. Duda que haya estado más asustado en alguna ocasión durante los anteriores dieciocho años de su vida. Lo que más quiere ahora mismo es quedarse donde está, en ese lóbrego rincón que no reconoce, hecho un ovillo. Desde luego, con los fuertes latidos que da su corazón, que le atascan la garganta y le dificultan la respiración, es algo bastante probable.
Mira alrededor. Está muy oscuro, pero supone que está en el sótano del antiguo edificio del Ministerio. Y hace frío, mucho frío; más del habitual, incluso tratándose de diciembre y de Reino Unido. No puede ser natural.
El joven no recuerda cómo ha llegado hasta ahí; si hace memoria, se ve con sus amigos en la entrada del antiguo edificio del Ministerio, y luego… luego esa voz helada en su oído, ese soplo de muerte. Y ya está. Ha debido de perder el conocimiento después.
Y cuando ha despertado y ha visto ese hombre, ese rostro… por Merlín, Theodore creía que el miedo lo iba a matar. Y además, ningún hechizo parece hacerle efecto: todos lo atravesaban como si fuera niebla. Es como un fantasma, sólo que mil veces más terrorífico. Theodore sabe, pese a no haberlo visto antes, que es el padre Benedict.
Se levanta y sale de esa habitación, sin importarle que las piernas no lo sostengan, que tenga la garganta despellejada por dentro a causa de los alaridos de terror que no ha podido reprimir al ver esos rasgos horripilantes tan cerca de él o que su varita no se encienda por muchas veces que repita el hechizo, tan sencillo que se siente ridículo por no ser capaz de iluminar su camino. No comprende por qué la magia ha dejado de funcionar, y no comprender lo asusta; y aún más saber que está indefenso ante eso. No se ha sentido tan vulnerable desde que murió su madre, hace trece años.
Cuando sube las primeras escaleras que encuentra y, para su alivio, llega al vestíbulo, escucha varios gritos, provenientes de los pisos superiores. Se concentra, intentando descifrarlos.
—¡NO, NO ME VOY A IR DE AQUÍ SIN MI HERMANA!—sin duda, es Daphne. Theodore se permite sonreír un poco; menudo carácter se gasta su novia—. ¡ESE HIJO DE PUTA LE HA HECHO ALGO! ¡Y COMO LA TOQUE…!
—¡Daphne, cálmate!—ésa es Pansy, conciliadora—. ¡Vamos a encontrarlos, a Theodore, a Blaise y a Astoria! ¡Pero no podemos separarnos! ¡Si lo hacemos, le será más fácil cogernos!
Theodore suspira, aliviado, cuando reconoce el resto de las voces rebatiendo la postura de Pansy. Salvo la de Astoria y la de Blaise. A la hermana de su novia debe de haberle ocurrido algo realmente grave para que Daphne chille de esa manera. Y Blaise… ¿dónde estará?
Intentando no mirar a los lados, deseando no encontrarse de nuevo con el terrorífico rostro del padre Benedict, Theodore sube las escaleras casi a ciegas; está muy oscuro y, en ese lugar, su varita es totalmente inútil.
Tropieza con algo y cae al suelo. El joven no se preocupa en exceso hasta que palpa una mano. Una mano humana. Palidece y se está quieto, lívido de terror. Entonces nota una extraña opresión en la espalda, como si alguien estuviera arrodillado sobre él.
—Vete—susurra con la voz rota. Jamás ha tenido tanto miedo. Tiene los ojos fuertemente cerrados y no se atreve siquiera a abrirlos, porque sabe que si lo hace verá ese rostro aterrador de nuevo ante él y prefiere cualquier cosa antes que enfrentarse de nuevo a eso—. Por favor—algo inaudito, pues Theodore jamás suplica nada.
Tan repentinamente como ha comenzado, la presión termina. Theodore escucha un extraño ruido bajando las escaleras, como algo rodando. Entonces eso encaja con el fragmento de la conversación de sus amigos que ha oído. Ésa es Astoria Greengrass. Ese cabrón se la está llevando hacia el sótano, como ha hecho con él. Y quizá ella no tenga la misma suerte que Theodore.
Cuando logra encontrar un resquicio de valor, que no obstante a él le parece suficiente para que le permitan ingresar en Gryffindor si lo exige, Theodore se levanta y abre un poco los ojos, temeroso; para su alivio, no ve el rostro del padre Benedict ante él. Se pregunta si ha de subir o bajar, y tras unos segundos se decide por la primera opción. Abajo está Astoria, que obviamente necesita ayuda, pero también está eso. Aunque el joven empieza a dudar que ese ser sea lo suficientemente parecido a ellos como para verse obligado a seguir las reglas del espacio. Quizá él sí pueda aparecerse y desaparecerse en ese lugar; quizá sea un tipo de magia diferente, y quizá tenga la capacidad de inhibir la de Theodore.
Llega al primer piso y mira alrededor. No hay nadie; sólo un larguísimo pasillo y un enorme archivador que se ha estrellado con la pared más cercana. Theodore trata de atravesar la densa oscuridad con los ojos, sin éxito. De nuevo, intenta encender su varita. No lo consigue, aunque tampoco esperaba otra cosa.
Es entonces cuando escucha a alguien bajando por el piso superior. Pese a saber que es inútil, tiene demasiado arraigado el reflejo de alzar su varita para defenderse.
—¡Tú! ¡No te…! ¡Theo!
El joven escucha los pasos apresurados de Daphne acercarse a él. La joven lo rodea con los brazos, y sólo entonces Theodore se permite tranquilizarse. Ha reconocido a Daphne y gracias a ello puede estar unos segundos sin los nervios de punta. Apoya la cabeza en su hombro y cierra los ojos, sintiendo que todo está en su sitio.
—Theo, ¿estás bien? ¿Qué te ha hecho esa cosa?—inquiere Daphne, temblorosa. Theodore abre los ojos de nuevo e intenta reconocer sus rasgos, y en cuanto se fija en su nariz respingona la abraza de nuevo; quiere salir de ahí, tienen que salir de ahí. Pero antes…
—Astoria—musita—. Daphne, estaba ahí, en la escalera; he tocado su mano. Se la ha llevado abajo.
—Lo sé. También tiene a Blaise… en una de estas habitaciones.
—¿Dónde están los demás?
Daphne suspira.
—Están arriba. Nos hemos separado.
—¿Qué?—Theodore no puede creer que sus amigos sean tan imbéciles para haber llegado a esa conclusión. Si están juntos, al menos saben quién falta. Si no, el padre Benedict puede hacer con ellos lo que le plazca, sin que nadie los eche de menos—. Tenemos que volver con ellos, Daphne; y luego, salir de aquí.
—Vamos a por Blaise—sugiere ella. Señala una de las habitaciones—. Me parece que está ahí. El… el espectro lo ha arrastrado por el pasillo. Pero no lo hemos visto, ha sido…—no termina la frase.
Tratando de no mirar lo que hay en las estancias con las puertas entreabiertas, ambos echan a andar lentamente por el pasillo, con las manos entrelazadas, intentando disimular su miedo. Cuando llegan a la puerta, Theodore tira y empuja, pero ésta no cede.
—¡Alohomora!—exclama Daphne.
—Eso no sirve para nada. La magia no funciona aquí.
Justo entonces, escuchan sobre ellos un chillido inconfundible: Pansy Parkinson. Casi al mismo tiempo, algo se mueve al otro lado de la puerta.
—¡Pansy!—es Blaise; su voz suena débil, y Theodore se pregunta si el padre Benedict le habrá hecho algo. El joven da unos golpes al otro lado de la puerta—. ¡Abre! ¡Abre la puta puerta de una vez y déjame salir!
—¡Blaise, somos nosotros!—exclama Daphne.
—¡Abridme!—más que una orden, es una súplica.
Theodore le da una patada a la puerta y trata de abrirla. Como no lo consigue, prueba de nuevo. Después de unos seis intentos, finalmente, la madera cede y se abre con un chirrido.
Blaise sale en cuanto tiene suficiente espacio para hacerlo. Está temblando de arriba abajo, y tiene un corte en la sien, además de los dedos ensangrentados y las uñas levantadas (quizá en un intento desesperado por escapar), pero el dolor que probablemente sienta no parece importarle; Theodore nunca lo ha visto tan asustado.
—¿Estás bien?—inquiere Daphne. Blaise la mira con los ojos desorbitados y niega con la cabeza.
—No quiere que salgamos de aquí con vida—aporta Theodore, comprendiendo en ese momento por qué han podido liberar a Blaise—. Y si no lo consigue con todos, al menos se cobrará una víctima. La más joven.
—Astoria—musita Daphne. Se gira para dirigirse a las escaleras, pero algo la detiene.
Es, de nuevo, el padre Benedict. Sólo que ahora no sonríe. Ahora su rostro es aún más aterrador, porque parece enfadado, casi más desquiciado que antes. Theodore tira del brazo de la joven para alejarla de eso. Por su parte, Blaise parece estar a punto de echar a correr, y no está del todo claro qué se lo impide. Quizá que la única vía de escape está cortada por el espectro.
—Tendrá su muerte… no podrás evitarlo.
Tan rápido como ha aparecido, desaparece. Sin embargo, apenas tienen tiempo para meditar el significado de lo que ha dicho, porque entonces escuchan un grito en el piso superior. Con la idea de que tienen que estar unidos para evitar que esa cosa siga haciendo daño, Theodore tira de Daphne y se asegura de que Blaise lo siga hasta las escaleras. Las suben lentamente.
El segundo piso está vacío. Theodore observa cómo todo está destrozado y no puede evitar acordarse de las leyendas sobre la Casa de los Gritos; ¿por qué ese ser hace eso?
—¡Cuidado!
Theodore se aparta justo a tiempo para evitar que un bolígrafo le acierte en la cabeza. Mira alrededor, buscando a quien lo ha lanzado, pero los únicos que hay en ese lugar, aparte de él, son Daphne y Blaise. No puede evitar alarmarse. El bolígrafo no ha sido lanzado sólo para hacer daño. Ha sido lanzado como una flecha, para clavarse en alguien y matarlo.
—Deben de estar arriba—musita Daphne, que es la que más entera parece de los tres. Blaise sacude la cabeza, pero no se atreve a hablar para decir lo que todos quieren: salir de ahí ya. Y vivos.
Pansy observa una y otra vez su mano. Aún no está segura de cómo se ha hecho eso. Tampoco sabe con certeza quién le ha hecho eso. O qué.
Tiene una mordida entre el pulgar y el índice. No sabe exactamente cómo ha ocurrido, sólo que han escuchado ruidos subiendo las escaleras después de que Daphne las bajara, y han reaccionado subiendo corriendo y sin mirar atrás hasta la última planta, que es exactamente igual que la anterior. Y apenas unos segundos después de llegar, ha notado un dolor agudo en la mano, y cuando ha mirado, tenía la marca de los dientes.
—Esto no puede ser—murmura Draco, observando su mano—. Por Merlín, es de locos…
En ese momento, escuchan pasos subiendo la escalera. Tras unos segundos, distinguen a tres personas. Pansy suspira, aliviada, al reconocer a Blaise, Daphne y Theodore.
—¡Estáis bien!—exclama, echándose a los brazos de Blaise. Él parece algo perdido, pero se aferra a ella y rehúsa soltarla, sin importarle que sus dedos duelan más al hundirlos entre la ropa de la muchacha—. ¿Qué te ha pasado?—el joven sólo niega con la cabeza, sin el menor deseo de responder.
—Bueno, estamos ya todos—dice Draco.
—Falta mi hermana—apunta Daphne.
—Pues vamos… Parece que el… el… eso se ha tranquilizado—comenta Greg en voz baja, como para que no le oiga, mirando alrededor con temor.
Los seis jóvenes bajan hasta el vestíbulo, temblorosos. Cuando sus ojos se acostumbran un poco a la oscuridad del lugar, Theodore señala el lugar por donde se encuentra el sótano.
Pero justo entonces una sacudida del suelo hace que todos se tambaleen. Dan unos pasos, pero de nuevo el suelo tiembla, y manda a Greg y a Pansy derechos al suelo.
—¿Qué…?—empieza Draco, mirando alrededor. Un rugido de las paredes hace que comprenda lo que está ocurriendo—. ¡Es un terremoto! ¡Esto se viene abajo!
Ninguno recuerda que en Reino Unido no hay temblores de tierra. Pansy ni siquiera tiene la más mínima idea sobre los movimientos de las placas tectónicas. Pero piensa, acertadamente, que lo que está ocurriendo no puede ser natural. El padre Benedict quiere acabar con Astoria y no desea que nadie se lo impida.
—¡Astoria!—Daphne echa a andar hacia la puerta que lleva a las escaleras del sótano, pero Theodore la sujeta—. ¡Theo, suéltame!—ordena—. ¡Tengo que…!
—Tenemos que salir de aquí. El edificio se nos viene encima—replica él. No quiere que ella tenga que ver esa cosa, no más veces de las necesarias.
—¿Y mi hermana?
—Más vale uno que todos—quien pronuncia esas palabras es Blaise, hablando por primera vez desde que lo han rescatado de la habitación en la que los ha encerrado el padre Benedict. Su voz suena rota—. Salgamos de aquí.
—¡No!—chilla Daphne, intentando resistirse; Theodore la arrastra hacia la salida con ayuda de Greg, con cada vez más dificultades para caminar debido al temblor del suelo, ignorando los arañazos y las patadas que recibe cada vez que la muchacha se revuelve—. ¡Soltadme!—ruge, mostrando una fuerza inusitada en su cuerpo menudo y delgado—. ¡Tengo que ir a por Astoria! ¡Es mi hermana!
Pero Theodore no le hace caso. Sale con los demás al amparo de la noche sin luna y no deja de caminar hasta que se encuentra lo suficientemente lejos de él, mientras observa cómo enormes piedras del techo empiezan a desprenderse. Daphne grita, llora e insulta, pero nadie le presta atención. Todos están demasiado ocupados mirando cómo el edificio se viene abajo.
—¡Esperad!—exclama Greg entonces—. ¿Dónde se ha quedado Draco?
La respuesta es dolorosamente obvia: en el antiguo edificio del Ministerio, el bloque de hormigón hueco, la misma construcción que se está reduciendo a escombros ante sus ojos.
Cuando Astoria despierta en el sótano, no ve absolutamente nada. Todo está tan negro que al principio le da la impresión de que se ha quedado ciega. Y hace mucho frío. Demasiado.
Pero algo le dice que no es así.
La muchacha se incorpora y se levanta, con todo el cuerpo dolorido y tiritando. No es hasta varios segundos después que recuerda lo ocurrido: bajaba las escaleras, huyendo de eso… y se lo encontró de frente. Y luego escuchó esa voz gélida al oído, y eso fue demasiado para su asustada mente, o quizá el padre Benedict tuvo algo que ver en que se desmayase.
Sea como sea, Astoria tiene claro que tiene que salir de ahí. Antes de volver a verlo. Antes de que…
Nota que todo empieza a moverse. La joven cae al suelo, y se corta las palmas de las manos con algo afilado. Por el sonido que, a pesar de su grito de dolor, escucha, deduce que son pequeños pedazos de cristal. Camina unos metros, tambaleándose y con las manos sangrando, hasta que da con la pared. La palpa y avanza de lado, aterrada, deseando encontrar la salida mientras las sacudidas se hacen más fuertes.
Entonces ve la puerta, sólo a unos centímetros de su ensangrentada mano derecha. Astoria se alegraría, pero está demasiado preocupada preguntándose de dónde viene la luz que le ha permitido encontrar la puerta, porque está segura de que antes no estaba. Casi sin poder respirar, se da la vuelta.
Ante ella tiene al padre Benedict. No obstante, ahora no sonríe como antes. Ahora la mira con auténtico odio, y sus hábitos rasgados y rotos parecen flotar a su alrededor. La luz blanquecina, enfermiza, que irradia, es la que ha ayudado a Astoria a descubrir la puerta.
—Déjame salir—susurra, aterrada, pegándose todo lo que puede a la madera.
—No—la voz que sale de la garganta fantasmal de lo que tiene enfrente es grave, bronca. Casi triste. Desentona con la rabia que destilan los ojos del espectro.
Las lágrimas brotan de los ojos de Astoria.
—Por favor… por favor, déjame salir—ruega. Se gira y trata de abrir la puerta con desesperación sin importarle que los cristales se claven más hondo en su carne, mientras una nueva sacudida amenaza con tirarla al suelo—. ¡Abre la puerta! ¡Ábrela!
—No.
La voz suena más cercana que antes. Astoria se gira, y descubre que el padre Benedict ha avanzado hacia ella, y ahora sólo los separan metro y medio. Gracias a la extraña luz que emite eso, la joven ve en el suelo los pedazos de cristal con los que se ha cortado, y su propia sangre ensuciando las baldosas llenas de polvo.
—¡Abre!—chilla la joven, aporreando la puerta—. ¡Daphne! ¡Ayúdame! ¡DAPHNE!
—No vendrá—le asegura el fantasma. Astoria se queda helada cuando escucha su voz prácticamente en su nuca. Y luego un contacto helado, muerto, en la cintura. No se atreve a darse la vuelta; su mente es un remolino de horror. Recuerda lo que ha contado Theodore sobre las niñas emparedadas y se traga el vómito que sube por su garganta, deseando estar en cualquier parte, cualquiera, menos ahí. Esto no puede estar pasando—. Nadie vendrá.
—Sí vendrá—Astoria cierra los ojos cuando nota el aliento helado, putrefacto, del padre Benedict, en la nuca—. Vendrán…—se gira con brusquedad cuando la mano helada del párroco se mueve—. ¡Suéltame!—pero apenas lo dice, en un movimiento rápido, demasiado para que pueda captarlo el ojo humano, el padre Benedict le sujeta las muñecas con tanta fuerza que le hace daño—. ¡SUÉLTAME! ¡DÉJAME IRME!—escucha su risa despectiva, acompañada de un aire con olor a muerto que permanecerá en la memoria de Astoria hasta el momento de su muerte. Un momento que se le presenta horriblemente cercano.
Nota una nueva sacudida del suelo, y escucha cómo algo enorme cae sobre ellos, pero el padre Benedict no se tambalea. Sí lo hace ella, que estaría en el suelo de no ser por las manos del espectro sujetándole las muñecas. Astoria mira el rostro que tanto pánico le causa a través de un velo de lágrimas; alguien que no se inmuta por estímulos tan físicos no puede ser de este mundo.
—Se han ido—susurra—. Ya no nos incomodarán más…
—¡No, no se han ido!—Astoria se niega a creer que su hermana y sus amigos la hayan abandonado—. ¡No se han ido! ¡Daphne! ¡DAPHNE! ¡DRACO! ¡THEO! ¡BLAISE, PANSY, GREG! ¡AYUDA!
De nuevo, el mundo tiembla bajo los pies de Astoria. Entonces, para su sorpresa, el padre Benedict la suelta, haciendo que caiga al suelo. La joven no se clava de nuevo los cristales por unos centímetros. Se pone en pie como puede y se aleja de él todo lo posible, hasta que se da con la pared del fondo. El párroco se desliza hacia ella y sonríe. Una sonrisa que transmite de todo menos lo que se supone que ha de transmitir una sonrisa. El grito de horror se queda atascado en la garganta de Astoria cuando una mano fantasmal, más helada que el propio sótano, se cierra en torno a su cuello.
—No vendrán. Estás sola.
El padre Benedict hace más fuerte su agarre y entonces la mente de Astoria se vacía de cualquier pensamiento con un mínimo de racionalidad. La joven chilla, patalea y trata de soltarse, llamando a su hermana y a sus amigos a voz en grito, con la esperanza cada vez más vana de que vengan y la ayuden a liberarse de eso.
Cuando está a punto de desmayarse por la falta de oxígeno, el espectro deja de apretar su garganta. Astoria cae al suelo de rodillas y entonces ve la puerta entreabierta al otro lado. Se arrastra lo más rápido que puede, clavándose los cristales en el pecho, el estómago y las piernas, porque no tiene fuerzas para levantarse, acercándose a su última esperanza, pero el padre Benedict le coge la trenza rubia para impedirle huir. Astoria sigue intentando avanzar, sin importarle el dolor que le produce la pérdida de sus cabellos, gritando y revolviéndose con furia, sin parecer ya ni siquiera una niña asustada.
Ahora, Astoria Greengrass no es más que un ratón intentando escapar del gato, que juega con la comida para divertirse antes de darle el zarpazo mortal.
Daphne sale del baño limpiándose los rastros de vómito de la boca con el puño del pijama.
Ha vuelto a soñar con aquel día. Han pasado ya dos semanas desde entonces, y no ha habido ni una sola noche en que la joven haya podido librarse de las pesadillas. El rostro del padre Benedict sigue grabado a fuego en su memoria.
Igual que el aspecto de su hermana cuando la vio por primera vez después de que todo terminara.
Draco Malfoy se quedó atrás y bajó al sótano para sacarla de ahí. Del mismo modo que Theodore, se separó de ellos sin hacer ruido, sin delatar su ausencia hasta que no pudieron hacer nada para detenerlo. Nadie sabe con exactitud qué ocurrió ahí abajo, pero cuando el edificio estaba en ruinas y había dejado de temblar, salió con Astoria en brazos, sucio, herido y aterrado.
La muchacha chilló, se retorció y arañó al rubio hasta hacerle sangre, intentando que la soltara (algo que él, en cualquier caso, no hizo). Tenía la ropa hecha jirones, la trenza rubia deshecha y los ojos grises abiertos y desorbitados. No reconocía a nadie, ni siquiera a su hermana mayor, y sólo se calmó cuando Greg perdió la paciencia y la aturdió. Poco después, fue Theo el que tuvo que aturdir a Draco, cuando el rubio se irguió y empezó a gritar improperios a su corpulento amigo por haber hecho que Astoria perdiese el conocimiento.
Astoria es la que peor está, pero la realidad es que ninguno lo lleva bien. Blaise tampoco ha dicho una palabra sobre lo que ocurrió cuando se quedó encerrado en esa habitación, pero se negó a que utilizasen la magia para curar sus manos y pasó varios días sin salir de su casa, y desde que lo hizo intenta olvidarlo ahogándose en el alcohol y en Pansy, que también da un respingo cada vez que observa la cicatriz de la mordida que tiene en la mano.
Greg ni siquiera habla. La única parte de su rostro que delata su tormento son sus ojos, tan oscuros como cuando murió Vin. Se pasa el día en silencio, escuchando lo que los demás tienen que decir, y sin aportar nada, sólo observando continuamente las esquinas de la habitación para asegurarse de que están vacías.
Respecto a Theodore, pese a que, aparentemente, el muchacho continúa tan impasible como siempre, Daphne sabe que también tiene su dosis de pesadillas. Desde aquel día, han pasado dos noches juntos, y en ambas el joven se ha despertado agitado después de un sueño en absoluto pacífico, sin comprender nada y murmurando "Benedict" una y otra vez, alternándolo con el nombre de su novia cuando descubría que Daphne estaba a su lado y aferrándose a ella durante horas.
Daphne recorre el largo y oscuro pasillo de su casa, temblorosa, apartando esos pensamientos de su mente. Lleva la varita en alto y encendida, porque aunque ya está amaneciendo y la mansión de los Greengrass tiene amplios ventanales y está bien lejos de lo que queda del antiguo edificio del Ministerio, teme que, de alguna manera, el padre Benedict las haya seguido para cumplir la amenaza que Draco le impidió llevar a cabo. Acabar con Astoria.
Intentando convencerse de que nada de eso va a ocurrir, Daphne entra sin hacer ruido en la habitación de su hermana.
Encuentra a Astoria tumbada de lado en la cama, sumida en un sueño inquieto y murmurando palabras incomprensibles continuamente. El pelo rubio, suelto, se le pega a la cara por el sudor, y sus brazos están dispuestos alrededor de la almohada, temblorosos como toda ella y más delgados que de costumbre. Daphne le acaricia la mejilla mientras se sienta en el borde de la cama.
La joven sabe que la causa del estado de su hermana son las pociones para dormir. Son el único modo de hacer que Astoria logre conciliar el sueño, porque se niega a cerrar los ojos, temiendo que cuando lo haga él vuelva, pero a cambio le impiden despertar de las pesadillas que la acosan, que con toda seguridad son más horribles que las de su hermana mayor.
Le acaricia el pelo rubio, preguntándose cuándo tendrá a su hermana de vuelta. Porque, cuando Astoria despierta, lo único que hace, además de garabatear cosas cuyo significado nadie salvo ella comprende, es interrogar a quien esté en la habitación en ese momento sobre qué ocurrió con el padre Benedict. Daphne le ha asegurado en muchas ocasiones que no va a volver, pero Astoria sigue tan aterrada como cuando despertó después de que Greg la aturdiera, aquella fatídica noche de diciembre.
Otras veces, Astoria pregunta por Draco Malfoy. A Daphne no le hace mucha gracia eso, porque está propiciando que el rubio pase más tiempo del estrictamente necesario con su hermana (hecho que está haciendo tambalearse el acuerdo por el cual Astoria ha de casarse con ese ricachón italiano en unos años). Aunque, por otra parte, quizá así sus padres decidan permitir a su hermana pequeña elegir con quién quiere pasar el resto de su vida. Daphne sentiría celos, pero de todos modos ella debe casarse con un hombre al que quiere, así que no tiene ninguna queja al respecto.
Como si la hubiera invocado, Astoria se remueve en ese instante. Parpadea varias veces y luego se incorpora temblando, con la respiración agitada. Por suerte, parece calmarse un poco cuando descubre a su hermana a su lado.
—Buenos días, Astoria—la saluda con suavidad.
—Hola—responde ella, con la voz débil, apagada. No ha vuelto a ser la muchacha risueña y entusiasta a la que sus amigos están acostumbrados, ni tampoco la princesita delicada que ven sus padres en sus rasgos angelicales, desde entonces—. ¿Está cerca?
Daphne suspira, sabiendo lo que ha de hacer ahora.
—No, Astoria. Está muy lejos. Ya no volverá a hacerte daño.
—Si lo hizo una vez, puede hacerlo más—replica la menor, y sus ojos grises brillan con lágrimas de terror, haciendo que Daphne se pregunte por enésima vez qué diablos pasó en ese sótano, y que unos segundos más tarde sienta un alivio egoísta al pensar que está mejor sin saberlo—. Daphne, no quiero que venga, no quiero verlo más.
—No vas a volver a verlo. De verdad.
—Pero… ¿y si…?
—Astoria, no pienso dejar que eso se te vuelva a acercar.
Por suerte, Astoria parece contentarse con esa respuesta, lo cual ayuda a que Daphne se sienta un poco mejor. Hoy ha costado menos tranquilizar a su hermana. La abraza y besa su cabello rubio con dulzura. Puede que ella no sea tan valiente como cualquier Gryffindor, pero Daphne tiene bien claro que no va a permitir que nadie vuelva a herir a su hermana de ninguna de las maneras.
—Daphne—la llama Astoria en voz baja.
—Dime.
—¿Draco va a venir?
Daphne se separa de ella y le acaricia la mejilla. Observa los ojos grises de su hermana, que parecen saltones desde que sólo come porque la obligan y lo vomita todo unos minutos más tarde. Y desea volver a tener frente a ella a la niña irritante que la seguía a todos lados.
—Creo que sí. Y también Theo, y Pansy y Blaise y Greg.
—Pero, ¿Draco va a venir?—insiste su hermana.
—Por supuesto—Daphne no podría estar más segura de sus palabras. Lo que quiera que ocurriese en el sótano del antiguo edificio del Ministerio ha creado un lazo de una naturaleza tan extraña como poderosa entre su hermana y el rubio. Draco busca a Astoria, y Astoria busca a Draco, y los dos se entienden y están tranquilos juntos. Su hermana sonríe un poco—. ¿Quieres comer algo?
—No.
—Te estás quedando en los huesos—la riñe la mayor con suavidad.
—Daphne—la llama Astoria de nuevo, ignorando la pulla. Ella ladea la cabeza para darle a entender que la está escuchando—. ¿Estoy loca?
Daphne se muerde el labio al escuchar la pregunta de su hermana; y, sobre todo, al meditarla.
—No—responde tras unos segundos, convencida, dándole un beso en la frente—. No, Astoria, no estás loca. Estás asustada. Pero si no comes, acabarás por estarlo—agrega, vislumbrando una oportunidad para convencer a su hermana—. El cerebro necesita energía.
—Sólo lo dices para que coma—replica Astoria, demostrando que efectivamente es tan sagaz como siempre.
Daphne sonríe un poco.
—En parte—admite—. Voy a pedirle a Twist que te traiga el desayuno, ¿sí?—sale de la habitación de su hermana antes de obtener una respuesta, porque sabe que probablemente será negativa.
Cuando vuelve, unos minutos más tarde, encuentra a Astoria con su diario sobre las rodillas, escribiendo algo. Daphne no le pregunta por ello; no va a comprenderlo, y además no le interesa.
Sólo desea que eso ayude a su hermana a expulsar todo el horror que guarda en su interior.
Quizá, algún día, todos lo consigan.
Notas de la autora: Este segundo y último capítulo tiene 4.863 palabras clavadas. Que, sumadas a las 4890 del primero, hacen un total de 9.753. El límite era 10.000, así que al menos en ese sentido creo que lo he hecho bien.
Y ahora paso a explicar la historia. Si tenéis ganas, leedla entera. Si no, con que bajéis rápidamente hay suficiente. Pero tenía que explicarla, porque es muy interesante. Veamos…
En el lugar en que hace unos años estuvo la Diputación de Granada y hoy se encuentran las oficinas del Catastro, en la Edad Media había una mezquita fúnebre. Con la llegada de los Reyes Católicos y la expulsión de los árabes de Al-Ándalus, ésta se derribó y se construyeron la Iglesia de la Magdalena y el convento de las Agustinas, que tenía su propio cementerio. Ya entonces ocurrían cosas extrañas: imágenes de santos que cambiaban de lugar, cuadros que se giraban… y suicidios en casas cercanas, de gente que temía "que algo los matase".
A finales del s. XIX, un político pasaba con su carro de caballos por la calle Mesones (donde está el edificio), y vio que estaban oficiando un funeral. Al parecer, el político se asustó e intentó acelerar, pero el carro volcó y los caballos se cayeron, aplastando y matando a varias personas, algunos de ellos niños. Después de eso, el político mandó cerrar la iglesia.
Unos años más tarde, en los setenta, una empresa textil, Woolworth, decidió establecer su sede ahí. Demolieron lo que ya había, y en las paredes encontraron esqueletos de bebés y fetos (la explicación es la que explica Theodore) y de niñas de corta edad (se cree que murieron cuando el carro se les cayó encima). Después de eso, construyeron otro edifico, que era un cubo de hormigón, muy oscuro y sin apenas ventanas. De hecho, le llamaban "el búnker".
Cuando comenzaron a trabajar ahí, empezaron los ruidos, las cosas que se caían y las puertas que se cerraban sin motivo aparente. Incluso hay testimonios de gente a la que algo invisible arrastraba por el suelo y personas que se caían por las escaleras y luego decían que algo las había empujado. El guarda jurado, por las noches, apagaba todas las luces, y cuando volvía a hacer la ronda se las encontraba encendidas y cosas así. Absolutamente todos los empleados evitaban bajar al sótano, porque se encontraban "un poco raros".
Lo de la empresa fue un fracaso, y cerró al poco tiempo de abrir. El edificio estuvo un año abandonado, y a mediados de los ochenta empezaron a usarlo como sede de la Diputación provincial. Las quejas eran las mismas. Los funcionarios hasta dimitían, y no fue hasta ese momento que un periódico entrevistó a algunos y difundió la noticia por toda España. Metieron tanta presión a los políticos, que éstos llevaron a cabo una investigación oficial, quedándose varios expertos tres días y tres noches en el edificio.
Esas noches dieron para mucho: psicofonías (la más famosa, la de "Una compa… ñía… Tengo una len… gua… Os arrepentiréis"), un retrato robot del fantasma hecho a partir de una foto que –en teoría– le tomaron (que fue difundido por televisión, e identificado por una espectadora como un antepasado suyo, el padre Benito, último párroco de la Iglesia de la Magdalena), vídeos de cosas que se movía, se caían…
Unos años más tarde, el edificio se volvió a demoler, y lo que construyeron después (y que sigue hasta hoy) tiene muchos ventanales y balcones, para "liberar a los fantasmas". Y se usa como oficina del Catastro. Pero los que trabajan ahí siguen diciendo que pasan cosas extrañas, que el padre Benito sigue clamando por la profanación de ese lugar santo.
Y ahora, ya podéis saber qué es "real" y qué es producto de mi imaginación perversa y retorcida.
Si me dan a elegir entre un favorito y un review, prefiero el review. ¿Por qué? Porque con el primero, sé que os ha gustado. Con el segundo, también puedo comprender por qué os ha gustado y descubrir qué puedo mejorar.
