Estoy trabajando en el nuevo capítulo de La hora dorada, espero poder subirlo pronto, pero como aún no esta listo, pero sí uno de esta historia, he decidido subirlo.

Quiero daros las gracias a todas las chicas que me habéis dejado review. Una me preguntó si esta historia era una adaptación, no te he contestado (mi vida en verano es una locura) pero lo hago ahora: No, esta historia es mía, excepto los personajes, que como todas sabéis pertenecen a Stephenie Meyer.

Os dejo leer y espero vuestras opiniones, que siempre son tenidas en cuenta.

Gracias y bicos!

Capítulo beteado por Sarai GN, Beta FFAD: www facebook com / groups / betasffaddiction


Así que... ¿vives aquí?

Sí...―Isabella temblaba, tenía miedo a lo que podía pasar si él descubría a Nessie.

¿Te haces llamar Marie?―preguntó nuevamente en tono duro.

Es mi nombre ―susurró la castaña de vuelta.

Al menos no es una mentira total, ¿no? ¿Te deja la conciencia más tranquila?

¿Cómo está Charlie? ―preguntó deseosa por saber de su padre.

Muerto. ―La voz de Edward fue dura, como un látigo. A Isabella le temblaron las piernas y cayó desmayada.


Edward se maldijo a sí mismo por ser tan insensible. La levantó con cuidado y la tomó en brazos para llevarla hasta el sofá de cuero negro que había en el despacho de Jasper. Volvía a estar entre sus brazos después de más de cuatro años. Podía enterrar la nariz en su gloriosa melena y volver a aspirar el dulce aroma de fresas de su pelo. Puede que hubiera cambiado de nombre, pero muchas cosas seguían siendo iguales. Su olor seguía siendo dulce, su piel seguía siendo suave como la seda y tan pálida que podía ver la sangre fluir por sus venas. La recostó suavemente sobre el sofá y apartó cuidadosamente el pelo de su cara.

Ya no era aquella niña que había escapado de Forks. Ahora era una auténtica mujer. Seguía siendo delgada, pero su cuerpo había madurado. Sus pechos se alzaban orgullosos rellenando un delicioso sujetador de encaje blanco que alcanzaba a ver por la abertura de su blusa, que acababa de desabrochar para que pudiese respirar mejor. Se fijó en la estrecha falda tubo negra que se ajustaba a su cintura y sus caderas y caía por sus muslos hasta sus rodillas. Su cadera también se había redondeado, dejando las formas de niña para adquirir las de una mujer. Todo lo que Edward veía en ella le parecía sensual. Lo demás seguía ahí. Su piel clara, casi traslúcida, tan suave al tacto. Sus mejillas permanentemente sonrosadas, las largas pestañas negras que enmarcaban sus preciosos ojos del color del chocolate. Seguía llevando el pelo largo, los sedosos rizos castaños caían sobre sus pechos y con la luz solar que entraba por la ventana podía apreciar con total claridad los mechones caoba que lo aclaraban, dándole un toque rojizo a su melena castaña. Los dedos de sus manos eran largos y finos. Llevaba las uñas cortas, pero bien arregladas y con una leve capa de brillo. Bella nunca había querido llamar la atención, por eso no solía usar maquillaje, apenas un poco de brillo en sus labios y, a veces, un poco de máscara de pestañas.

Los párpados de Bella revolotearon por un par de segundos. El mismo tiempo que tardó Edward en retirar de su cara el gesto de total adoración y convertir su rostro en una máscara que no demostraba ningún tipo de emoción. La ayudó a sentarse en el sofá y tomó un vaso con un poco de whiskey del mueble bar y se lo tendió.

—No susurró ella, haciendo un gesto de rechazo con la mano.

—Te sentirás mejor —prometió Edward. Ella tomó el vaso, temblorosa, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos.

—¿Qué pasó? —indagó, con el miedo latiendo en su voz.

—No quise ser tan brusco —aseguró Edward—, debería habértelo dicho con algo más de tacto. Lo siento.

—Me lo merezco —increpó ella—. Ahora, ¿podrías decirme qué le sucedió? ¿Por favor?

—Tuvo un ataque al corazón, Bella. Intentamos salvarlo, pero… fue imposible.

—Es mi culpa… ―lloriqueaba la frágil joven.

—Me gustaría poder consolarte y decirte que no, pero lo cierto es que Charlie sufrió muchísimo por tu marcha. Desde luego lo que hiciste no ayudó, en absoluto.

Edward se irguió y se dirigió al ventanal. No podía mirarla a los ojos, si lo hacía podía caer otra vez en ellos, estos le hipnotizaban. Necesitaba saber. Lo peor de los últimos cuatro años había sido la incertidumbre. No tener ni una sola pista de dónde estaba, ni por qué se había marchado, dejándole atrás sin una explicación, ni siquiera una mísera nota de despedida. Se acostó una noche, y a la mañana siguiente ella había desaparecido.

Bella lloraba, quedamente, sin sollozos. Las lágrimas cruzaban sus mejillas cayendo una tras otra, formando un río.

—¿Cuándo?

—Nueve meses después de que te fueras. El mismo día que el detective privado, que contratamos para buscarte, nos informó que había llegado a un callejón sin salida. Que parecía que a Isabella Swan se la había tragado la tierra. Incluso nos dijo que era posible que hubieras...

—¿Qué? —Su voz fue un débil susurro.

—Que hubieras muerto, Bella. —Para pronunciar esa frase, Edward tuvo que tragar en seco. En su corazón siempre supo que ella estaba viva, pero ante la falta de noticias, una parte de él, la más pesimista, había comenzado a creer que era posible—. ¿Por qué? —Quiso saber.

—¿Y tú me lo preguntas? —Podía notarse la amargura en su voz. Los recuerdos seguían siendo frescos, a pesar de haber pasado tanto tiempo.

—Sí. Te lo pregunto porque me lo debes. Al menos eso, me debes una explicación.

—Yo no te debo nada, Edward. —Trató de sonar dura, pero la pena se filtraba en su voz, al igual que las imágenes de su traición se colaban en su mente. Veía una y otra vez a esa mujer sobre él, dándole placer... Sacudió la cabeza lentamente, tratando de borrar esas imágenes.

—¿Ya no me amabas? ¿Era eso, Bella? ¿Había otro hombre? ¿Te fuiste tras él sin pensar en el daño que nos hacías a todos? Tu familia, la mía que te adoraba. Mi hermana, que echa de menos a su mejor amiga. ¿Pensaste en alguien más aparte de ti misma?

—Sí —susurró Bella. Y era verdad, en primer lugar había pensado en él. Si él no la amaba, si quería a otra, ella no iba a interponerse. Además estaba Nessie. No quería que Edward pensase que la usaba para atraparle. En la última persona en la que había pensado en el momento que decidió marcharse fue ella misma. Lo que ella quisiese o necesitase no era importante. Sólo importaba la felicidad de él, ella no iba a interponerse de ninguna manera. Podía haberse quedado y haber abortado, pero no era capaz de algo así. No cuando para ella Nessie era el fruto del amor que ella sentía por él—. Tenía mis razones.

—Eso espero, porque si nos has hecho sufrir así por nada, sería bastante cruel, ¿no crees? —Edward sonaba enfadado—. Y ahora, ¿puedes decirme cuáles eran tus motivos, ésos que justifican que me hayas dejado tirado? Los estoy esperando, Bella. —Su voz volvía a ser dura.

—¿Sufrió? —preguntó ella.

—¿Quién? —Edward se mostró sorprendido por la pregunta. Bella parecía tan afectada por la noticia. No parecía que no le importase, sino todo lo contrario. Lloraba por su padre como cualquier hija amorosa lo haría, pero ella no lo era. Era una niña insensible que les había abandonado. A su padre. A él. Ella le había olvidado y él no era capaz de quitársela de la mente.

—Mi padre —aclaró la muchacha—, ¿sufrió?

—No, fue fulminante. —Un pequeño suspiro de alivio escapó de los labios de Bella, al mismo tiempo que las lágrimas comenzaron a correr de nuevo—. Intenté mantenerlo con vida, pero no lo conseguí. Cuando la ambulancia llegó solo pudieron certificar su muerte.

Edward se perdió en los recuerdos. El jefe Swan siempre había sido un padre muy protector que no veía con buenos ojos la relación que mantenía con su hija. Siempre había sospechado que él le haría daño a su pequeña. Jamás hubiera creído que podía ser al revés. Al principio le culpó de la huida de Bella, pero tras ver cómo, día tras día, luchaba por traerla de vuelta, empezó a verlo bajo otra luz. Al final habían llegado a apreciarse, puesto que tenían la misma meta. Recuperar a Bella. Pero el corazón de Charlie no resistió aquel revés. Edward se había gastado mucho dinero en aquel detective. El mejor de la costa oeste, y cuando escuchó de sus labios la posibilidad de que ella estuviese muerta... su corazón se rompió. Edward vio como la vida se le iba escapando poco a poco y no pudo hacer nada. Trató de mantenerlo vivo y no lo consiguió. Sintió que algo dentro de él se moría también. Desde que Charlie se había ido, su parte más pesimista había aflorado. Con Charlie murió la esperanza.

—Él te buscó sin descanso ―le aseguró. Bella temblaba en el sofá.

—Lo siento... ―balbuceó―. Nunca tuve la intención de herir a nadie. De hecho era justo lo contrario. Pensé que yéndome todo sería más fácil para vosotros.

—Nosotros te amábamos, Bella. ¿Cómo perderte podía hacernos las cosas más fáciles? ―No pudo evitar el reproche, a pesar de que trataba de no ser demasiado duro con ella, ya parecía sufrir bastante tras la noticia de la muerte de su padre.

—¿Dónde está?

—¿Te importa? ―La voz de Edward se volvió dura, fría.

—Por supuesto ―aseguró ofendida―. Es mi padre.

—Bonito momento para recordarlo. Deberías haberlo pensado antes de marcharte ¿no crees? ―A pesar de haberse prometido permanecer neutral, no lo conseguía. Había encontrado a Bella y parecía estar bien. Sana, con un trabajo... Nada malo le había ocurrido, simplemente decidió dejarle. La ira iba llenando su corazón, haciendo cada vez más difícil permanecer tranquilo, sereno.

—No lo supe hasta ahora ―protestó ella en un susurro.

—Una llamada, Bella. Es todo lo que te habría tomado el averiguar cómo estaba tu padre. Una simple llamada. Si necesitabas esto, si necesitabas alejarte, ¿crees que no lo hubiéramos entendido? ―Trató de suavizar su voz para no parecer tan duro, tan insensible―. Hubiera dado la vida por oír tu voz, porque me dijeses que te encontrabas bien. Al menos sabría que estabas a salvo. ¿Tienes idea de lo que he sufrido todo este tiempo?

—Vamos, Edward. ―Bella se había cansado de escuchar sus reproches, ni siquiera le permitía tener unos momentos de duelo por la muerte de su padre. Se había lanzado a atacarla con toda la artillería―. Estoy segura de que sobraron candidatas para consolarte. ¿Qué tal Lauren? ¿Sigue tan arrastrada?

—¿Qué pasa con Lauren? ―Edward se ofendió al oírle hablar de ella. Siempre había estado a su lado todo el tiempo, desde que Bella se había marchado, al principio como una buena amiga. Un hombro sobre el que llorar. Poco a poco fue sintiendo un cariño más y más grande por ella. No podía decir que la amara. Él sólo la había amado a ella, a Bella, y sentía que nunca, nadie, podría llenar su corazón, como aquella tierna muchachita que había conocido en el instituto lo había hecho. Pero Lauren había estado ahí para él, cada vez que la necesitó.

—Tú me dirás qué pasa con Lauren. ―La castaña recordó el cuerpo de ella sobre el de Edward. Recordó cómo su cabeza se impulsaba arriba y abajo, tomándolo en su boca.

—Es mi amiga. Ella estuvo ahí para mí cuando tú no estabas. No te atrevas a hablar de ella en ese tono, Bella.

—Tú ya estabas con ella antes de que yo me fuera, no mientas. ―Ahora era ella quien se sentía enfadada. ¿Quién se creía él que era para echarle nada en cara, cuando él mismo tenía sus propios pecados? Ella lo había visto con sus propios ojos.

—No digas tonterías. ―La voz de Edward parecía repentinamente cansada.

—Os vi, Edward. Vi a Lauren sobre ti, con tu polla en su boca, ¿eso son tonterías? ―Bella ya estaba furiosa. La ira había enrojecido sus mejillas y había provocado un brillo especial en sus ojos.

Edward trató de recordar la última noche antes de la huida de Bella, y, como siempre, se encontraba con una pared en blanco. Recordaba haberse sentido demasiado borracho para lo que había bebido y haberse retirado pronto. No recordaba nada más de esa noche, pero se había levantado inexplicablemente satisfecho, como tras una placentera noche al lado de Bella, pero ella no estaba allí y no recordaba que hubiese acudido como había hecho otras veces. Lo había achacado todo a un muy buen sueño.

—¿Qué estás diciendo, Bella?

—Os vi, Edward. Entré en tu habitación y la vi, sobre ti, desnuda, con tu... ―dijo mientras señalaba su entrepierna―en su boca. ¿Tienes idea de lo que me dolió ver eso?

—Yo nunca... ―Trató de forzar sus recuerdos. Recordaba haber visto a Lauren hablando con Alice, en su cuarto, pero eso no era extraño. Ellas eran amigas, no tan buenas amigas como Bella y Alice, pero amigas al fin. Recordaba haber tomado una copa con ellas y después sentirse demasiado bebido y retirarse a dormir―. ¿Qué estás diciendo? ―Su voz ahora sonaba suplicante.

—Ya me has oído. Os vi. No tienes que fingir más.

—¿Por eso te fuiste? ―La pregunta sonó extrañamente real, como si no fuese una pregunta, sino la constatación de un hecho. Bella no pudo encontrar su voz, así que sólo asintió mientras permitía que una nueva lágrima cayese por su rostro—. Bella, yo no... ―Él no supo que pensar. ¿Estaría ella diciéndole la verdad o sería sólo una mentira en la que escudarse? Vio a Bella mirar el reloj, nerviosa.

Ya era la hora de la comida, tenía que ir a la guardería a recoger a Nessie, darle su comida y volver para seguir trabajando.

—Tengo que irme. ―Bella se sentía muy nerviosa. Edward estaba allí y ella tenía que recoger a su hija.

—Tenemos que hablar... ―Por primera vez Edward creía que, tal vez, ella tuviera algún motivo para marcharse así. Tendría que hablar con Lauren al respecto.

—Tendrá que ser en otra ocasión, Edward. Me están esperando ―le cortó ella.

—Pero...

—Volveré a la tarde. Se supone que debemos organizar tu estancia aquí ¿no? No puedo perder mi trabajo, me verás en otro momento, pero ahora necesito irme. ―Bella se giró y se dirigió a la puerta.

Edward se quedó quieto durante unos segundos, paralizado por la sorpresa, antes de salir tras ella. Quería saber quién la esperaba, quería saber con quién estaba. La buscó a través de los pasillos del enorme edificio de oficinas hasta que la vio entrar en un área cerrada. El cartel en la entrada era enorme, lleno de letras de distintos colores, con mariposas, flores y pelotas decorando la pared: "GUARDERÍA". Edward se quedó clavado en el sitio. ¿No sólo había encontrado a alguien sino que además había formado una familia? ¿Realmente le había dejado en el pasado? Porque él no había podido hacerlo. Él no la había olvidado.

Bella apareció en ese momento en la puerta, con una niña vestida con un trajecito rosa con estampado de bailarinas. Agitaba una varita de hada en su mano regordeta. No podía apartar la vista de su cara. Era tan parecida a la suya... Tenía el mismo color de pelo y el iris de sus ojos verdes era tan intenso como los suyos. Miró a Bella por un segundo y la notó asustada. Con miedo. Volvió a mirar a la niña, apenas habría cumplido los cuatro años. La miraba y no podía evitar recordar las fotos que su madre, Esme, tenía de él y su hermana Alice en el salón de su casa. Esa niña era idéntica a él cuando tenía su edad. No hacía falta preguntar ni pedir pruebas de ADN, aquella preciosa muñeca era su hija, algo en su interior se lo decía. Tendió sus brazos a la pequeña y ésta, sin dudarlo ni un segundo, se lanzó a él. Miró a Bella nuevamente.

—Se llama Nessie ―confesó ella.

—¿Nessie? ―Estaba claro que se trataba de un diminutivo. ¿Le había llamado Vanessa a su hija?

—Renesmee Carlie ―susurró Bella―, traté de componer un nombre con los nombres de sus abuelos.

—¿Por esto huiste? ¿Sabías que estabas embarazada? ―preguntó él mientras abrazaba cálidamente a su hija por primera vez. Vio como Bella afirmaba con un gesto.

—No quería que pensaras que trataba de atraparte, mucho menos después de verte con Lauren. Sé que me equivoqué. Lo siento.

—¿Lo sientes? ¿No tenía ni idea de que era padre y todo lo que puedes decirme es que lo sientes? Sentirlo no es suficiente, Bella.

Nessie le miraba con los ojos muy abiertos. Trató de calmarse, no quería que el primer recuerdo suyo que tuviese su hija fuese el de un Edward iracundo, perdiendo el control. Trató de inspirar profundamente un par de veces para tratar de calmarse. La pequeña acarició su mejilla con ternura. Edward no pudo evitar sonreír.

—Hola Nessie ―susurró antes de besar su frente y abrazarla con fuerza. El gesto se hizo demasiado familiar para la pequeña y ésta estiró los brazos hacia su madre, buscando protección. En el rostro de su padre se dibujó un gesto de dolor.

—Es sólo que no te conoce. ―Trató de justificar ella―. Verás que cuando te coja confianza será muy cariñosa. Ella es muy dulce. ―Como si quisiera enfatizar lo que decía su madre, la niña envolvió los brazos en su cuello y le besó en la mejilla.

—¿No sabe quién soy? ―La tristeza se filtró en su voz.

—No ―Bella tragó en seco―. Se suponía que jamás volveríamos a verte.

—Si hoy no nos hubiésemos encontrado, no me lo habrías dicho ¿verdad?

—No. ―Aquello dolía, pero era la verdad. Bella había querido pasar página, si bien ella no podía hacerlo, no quería que su hija sufriese por un padre ausente.

—¿Sabes lo injusto que es eso? ―Era imposible que ella no viese la injusticia que estaba cometiendo.

—Sí... ―Al menos lo admitía.