II. Unos ojos peculiares.


Carlisle rechazó amablemente el ofrecimiento que Caius acababa de hacerle.

—Ah, ya veo que sigues con esa tontería de ser… —Caius hizo una pausa mientras fingía pensar la palabra adecuada, aunque Edward podía ver claramente que la tenía en la mente desde antes de saber que la usaría—. ¿Cómo era?

—Vegetariano —respondió Carlisle educadamente con una sonrisa en el rostro.

—Eso, vegetariano —se apresuró a añadir—. En ese caso, os pediría encarecidamente que nos esperarais aquí mientras mi hija y yo tomamos un pequeño aperitivo…

—Yo no tengo sed, padre —anunció Aliana con esa voz aterciopelada que acariciaba el aire al salir de sus labios—. Adelántese usted.

Caius se quedó clavado en el suelo mientras intentaba no pensar que no estaba dispuesto a dejar a su hija a solas con Edward.

Éste rió ante sus ocurrencias. A pesar de que su hija era tan fuerte como cualquiera de los que se encontraban en aquella habitación, y aunque su piel era tan dura que probablemente, en el caso de que resbalara accidentalmente, rompería el suelo antes de hacerse un rasguño, seguía pensando que ese chico podía hacerle algún daño a su pequeña.

Edward intentó reprimir la sonrisa cuando el aludido le dedicó una mirada de advertencia cargada de una furia exquisitamente contenida.

—¿Estás segura, hija mía? —preguntó de mala gana.

—Desde luego —añadió ella—. No se inquiete, vaya tranquilo. Yo esperaré a la cena.

Por la mente de Caius pasó la idea de protestar, pero fue solo durante un segundo. Acto seguido, se dio la vuelta y desapareció de su vista pensando más fuerte de lo necesario.

Aliana sólo rompió el silencio cuando tuvo la certeza de que su padre estaba demasiado lejos como para escucharla.

—Está anocheciendo —comentó, con una mueca divertida en el rostro—. ¿Os apetece dar una vuelta?

—Suena divertido, sin duda —respondió Carlisle—. Pero creo que me quedaré a esperar a tu padre. Hace un siglo que no lo veo, nunca mejor dicho.

Aliana rió con ganas. Su cantarina risa perfectamente podría ser comparable con el gorjeo de los pájaros sobre las ramas de los árboles.

Se giró entonces para mirar a su hijo con esos ojos hipnotizantes.

A él le pareció haber escuchado un "¿Edward?", aunque no había apreciado movimiento alguno en sus labios. ¿Era posible que se hubiera quedado tan maravillado con sus bellos ojos que por primera vez en su existencia como vampiro había conseguido pasar algo por alto?

—Será un placer —respondió de inmediato al percatarse de que esperaba una contestación.

Las italianas calles de Volterra se presentaban silenciosas bajo aquella noche estrellada, iluminadas solamente por la tenue luz de unas cuantas farolas. Aliana pensó que se veía atractivo con el juego de luces y sombras que hacían sobre su rostro a medida que pasaban por ellas.

Le dedicó una amplia sonrisa y, por primera vez, bajó la mirada algo avergonzada. Si su piel no hubiera sido dura como la roca ni fría como el hielo, estaba seguro de que se habría sonrojado.

Escuchó una pregunta en su cabeza antes de que fuera formulada, pero esperó educadamente a que saliera de sus labios para contestarla.

—Tal vez consideres que estoy siendo demasiado entrometida, pero dime, Edward, ¿tienes compañera? —preguntó, segura de sí misma.

—No he tenido el gusto.

Me resulta difícil de creer, pensó ella mientras lo miraba a los ojos de una forma penetrante.

—La verdad es que nunca he tenido intención de compartir mi existencia con nadie que no fuera mi familia —explicó él, sincerándose—. Pero creo que después de casi cien años de búsqueda, al fin me he encontrado. Y no, la verdad es que no me importaría encontrar a alguien que quisiera vivir a mi lado para siempre —respondió al atisbo de pregunta que cruzó su mente.

—¿Para siempre? —quiso saber ella mientras dibujaba una sonrisa encantadora en su rostro—. ¿No sabes, Edward, que el tiempo es muy relativo?

—Depende de para quién, damisela.

—Veo que sigues estancado en tu siglo —comentó divertida.

—Que nunca se pierdan los buenos modales —apuntó él.

Entonces volvió a mirarla a los ojos y descubrió que ella ya estaba mirándole.

Sus ojos eran almendrados y de un color caramelo que no tenían nada que envidiarle a sus antiguos ojos celestes.

Un pensamiento claro y directo cruzó su mente en ese instante.

Me gustas, Edward.

Pero su razón le hizo entender dos cosas a la velocidad del rayo.

La primera era que sus palabras habían sido formuladas en su mente exclusivamente para él. No había sido un pensamiento interno como podría haber sido un "Edward me gusta".

Y la segunda era que ella no sabía que podía leer la mente de los demás. No lo había mencionado y ella no podía saberlo, entre otras cosas porque hasta hacía un par de horas ni siquiera conocía su existencia. No tenía sentido que hubiera pensado aquello con la intención de que él lo escuchara.

—¿Puedes meterte en mi mente? —preguntó sólo un segundo después de su declaración.

—No exactamente —respondió ella—. Puedo hablar a quien quiera sin necesidad de abrir la boca, simplemente manteniendo el contacto visual… Pensé que ya te habías dado cuenta, no es la primera vez que lo hago.

Edward sonrió al entender lo que había ocurrido. Ella le había estado hablando mientras él creía que había estado leyendo sus pensamientos.

Cuando se lo explicó, ella también se rió. Su don le pareció de lo más interesante y procedió a hacerle las preguntas que llevaba un siglo contestando a los de su especie.

—¿A qué distancia puedes leer los pensamientos de los demás? —quiso saber.

—A kilómetros, pero por lo general me resulta más fácil escuchar en la distancia a aquellos que conozco que a los desconocidos.

—¿Puedes cerrar tu mente alguna vez? —preguntó, demasiado impresionada como para ocultar su curiosidad.

—No —confesó, haciendo una mueca—. Lo he intentado millones de veces, pero es imposible.

—¿Y no te vuelves loco? —añadió. Pudo ver en su expresión que le aterraba la idea de lidiar con un vampiro demente para siempre.

Se rió ante aquello con ganas. Lejos de ofenderle le resultaba bastante tierno.

—No, no —se apresuró a tranquilizarla—. Aunque a veces tengo que escuchar cosas desagradables, por supuesto.

Ella se quedó callada, mirándolo con excitación mientras esperaba una respuesta un poco más detallada.

—Hay de todo, desde simples amigos que se odian en secreto, hasta celos, rencor… También hay asesinos, deseos de venganza, de matar… Mentes sucias y corrompidas de tal manera que deseas poder hacer algo al respecto, pero acabas entendiendo que el mundo está lleno de malas personas y que si las exterminásemos a todas nos cargaríamos a la mitad del planeta.

Ella asintió, quedándose pensativa (y terminando de convencerse de que, efectivamente, no estaba loco)

—También te enteras de los miedos y las inquietudes de los que te rodean —prosiguió, mirando por el rabillo del ojo a un hombre de mediana edad que intentaba que no resultara raro el hecho de que pasara por aquella calle pegado a la pared más alejada de ellos—. Por ejemplo, ese hombre —dijo en un susurro inaudible para el oído humano—, se pregunta por qué siempre estás igual.

Ella desvió la mirada hacia el italiano, que parecía tener prisa por largarse de allí cuanto antes.

—Ah, Luca —respondió ella—. Sí, es un hombre que trabaja en los campos hasta tarde. Suelo cruzármelo mucho, pues a esta hora es cuando salgo a la calle. Su bisabuelo se mudó aquí cuando era niño —Aliana hizo una breve pausa antes de añadir de la manera más despreocupada posible—. Nos comimos a su padre.

—Pensé que no tocabais a la gente de aquí —comentó Edward, extrañado.

—Estaba haciendo demasiadas suposiciones —dijo, encogiéndose de hombros.

Asimiló su respuesta, no sin cierto esfuerzo. Llevaba tanto tiempo respetando la vida humana que le chocaba aquella carencia de consideración en sus palabras.

Sabía que su familia era uno de los pocos clanes que se alimentaban a base de animales, pero seguía sorprendiéndole el hecho de que alguien reconociera abiertamente que comía dos o tres humanos al día. Si pudiera haberse estremecido, lo habría hecho.

—Entonces, Edward, ¿cuándo quieres empezar con el "para siempre"? —preguntó de repente, coqueta y dulce.

A pesar de que aquello le había pillado desprevenido, le dedicó una amplia sonrisa.

—En cuanto tu padre deseche de su mente la idea de matarme. No quisiera pedirle tu mano y acabar quedándome sin cabeza.

Aliana se llevó una mano a la boca y rió delicadamente ante sus palabras. Sabía al igual que él que tratándose de su padre perfectamente cabía esa posibilidad.