PRINCESA DE LA NOCHE

Por Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia original de Kyoko Misuki, 1976, y producido para televisión por TOEI Animation, 1977; FINAL STORY es una historia original de Kyoko Misuki, 2010. Este fic fue creado sin fines de lucro y sólo para fines de entretenimiento.

CAPITULO 1: La luna como testigo

"¡Cuidado, vas a caerte!"

¿Cuántas veces había escuchado antes esas palabras? 'En muchas ocasiones', pensó ella, mientras se columpiaba contra la baranda del lujoso trasatlántico que navegaba a todo vapor bajo la luna llena a través del Estrecho de Gibraltar. Era el 25 de julio de 1916, y a instancias de Albert, Candy había aceptado acompañarlo a él y al resto de los Andley en un largo viaje con destino a Egipto. De no haber sido por todo lo que Albert había hecho por ella en el pasado, y por el cariño y profundo respeto que sentía por él, hubiera rechazado la oferta, pues una vez había regresado al hogar de Pony luego que su no tan anciano abuelo William le propusiera tomarse un tiempo para reflexionar sobre su futuro, decidió que la mejor manera de evitar contrariedades a su amigo era alejándose de la familia de éste, y de este modo el rubio jamás se vería entre la espada y la pared respecto a las decisiones que como nuevo encargado de los Andley debería de afrontar. Así las cosas, resolvió quedarse en el hogar de Pony junto a las dos mujeres que tanto la habían cuidado y amado, reciprocando a fuerza de trabajo todo el esfuerzo que la señorita Pony y la hermana María habían invertido en ella y otros huérfanos.

Días antes de que Candy abordara el barco, ambas mujeres se habían reunido con su niña predilecta en la cocina del hogar, y entre otras cosas, platicaron con ella sobre su tronchada carrera en la enfermería, y acto seguido le hicieron entrega de una lista de recomendaciones para que reanudara sus labores. En la misma figuraban no una, sino varias ofertas de empleo de instituciones hospitalarias de renombre, a raíz de la intervención de Albert para limpiar la buena reputación de su hija adoptiva como enfermera graduada. Pero lejos de empacar sus pertenencias y salir corriendo rumbo a un nuevo trabajo, y con ello a una nueva vida, la chica simplemente guiñó el ojo y sacó la lengua diciendo: "Ya se me olvidó cómo era trabajar en un hospital." Y con este característico gesto, dio el asunto por cerrado, hasta que Albert volvió a pedir que le hiciera compañía en su viaje al Cairo, y aunque ella no tenía las energías para resistir el embate de ser atacada una vez más por los Andley, pensó en lo difícil que habría de ser para su tutor lidiar con los Legan, así como con la compleja tía Elroy, mientras llegaban a tierra firme, pues la ruta del navío sería directa, sin detenerse en ninguna parte, mucho menos en estos tiempos tan inciertos producto de la gran guerra. No obstante, y a pesar del peligro que conllevaba viajar a otro continente mientras las naciones se atacaban entre sí, aún era seguro desplazarse por aguas mediterráneas; y cuando finalmente Albert le advirtió con una mezcla de firmeza y ternura, "Si tú no vas, cancelaremos el viaje", no le quedó otro remedio que ceder, pues nadie sabía hasta qué punto llegaría el conflicto armado en todo el mundo, anulando, quizás, las posibilidades de que Albert pudiera concretar su ansiada travesía… aunque en el fondo sabía que él estaría llevando a cabo las vacaciones por ella, más que por cualquier otra cosa. ¿Por qué otro motivo haría un alto en su nueva y ajetreada agenda de negocios y compromisos como cabecera de los Andley? Sin reparos, él le había manifestado su consternación sobre la ausencia de la joven de cabello dorado en las actividades de la familia, y su preocupación era aún mayor al observar que ella hablaba en serio cuando decía que no ya no interesaba llevar el apellido Andley, a lo que buscaba a toda costa la más mínima oportunidad de mejorar las relaciones entre todos. Así pues, accedió a tomar el barco junto a todo el clan, incluyendo a Eliza y Neil, cuyos padres fueron los únicos en permanecer en sus hogares; él, debido a sus interminables y aparentemente imprescindibles negocios; y ella, para no dar la impresión de abandono a su marido.

Olvidando la lejana advertencia(¿quién le había hablado en primer lugar?) se meció una vez más en la baranda, reproduciendo las piruetas y contorsiones que solía hacer en el vasto terreno que rodeaba el hogar de Pony. Había resuelto, para su tranquilidad y la de otros, soñar despierta a medida que se paseaba por la cubierta del barco, o departir con otros pasajeros mientras contemplaba la agradable brisa veraniega. A pesar de todo, ansiaba conocer el Cairo y todo el trayecto hacia el exótico destino, y en silencio agradeció a Albert por poseer esa alma viajera capaz de convencer al más estoico de los seres en abrir sus alas al mundo, y ya que esta oportunidad no se presentaba todos los días, ni a cualquiera, se dispuso a disfrutar a cabalidad del viaje, a su manera, por supuesto, aunque ello implicara evitar la cercanía de los Andley, a excepción de Archie.

"¿Me estás escuchando, pequeña?"

No era la primera vez que se veía en la obligación de repetirle las cosas o que la tomaba así, desprevenida, perdida en su imaginación, y luego de haber descartado en un inicio la idea, finalmente William Albert Andley comenzaba a preocuparse por el bienestar emocional de Candy. No era que su protegida hubiera perdido la razón, pero había algo en las acciones de la muchacha que le hacía pensar que su distracción y exceso de actividad eran intencionales. ¿Tanto desagrado le producía enfrentar a los Andley? Los sucesos que la habían llevado a enclaustrarse en el hogar de Pony aún eran muy recientes, y era de esperarse que la joven no estuviera de ánimos para volver siquiera a estar en el mismo espacio que las personas que le habían hecho daño al grado de fabricarle una mala reputación como enfermera, a lo que había que añadir la intriga para propiciar un casamiento entre ella y Neil; sin embargo, no creyó que fuera tan difícil persuadirla de participar del viaje al Mediterráneo, y comprendió que había estado equivocado al pensar que Candy colocaría su emoción de viajar por tierras extrañas por encima de cualquier sinsabor que le hubiera ocasionado alguien de la familia, aunque había una pena más grande, y esa pena tenía un nombre que, para empeorar las cosas, andaba en boca de todos y era mencionado en todos los medios: Terry Granchester. Desde aquel maravilloso día en que revelara a Candy su verdadero papel en la dinastía Andley, Albert había evitado hablar acerca del famoso actor para no causar más contrariedades a la apesadumbrada chica, aguardando a que fuera ella quien diera inicio a una nueva conversación o desahogo sobre el fin de su romance; mas no tuvo éxito en su encomienda, pues a pesar de su carácter vivaracho y notable espontaneidad, la rubia no salía de su hermetismo con respecto a Terry. De todas maneras, a Albert le causaba gran regocijo el contar con su cómplice en valores durante sus divertidas vacaciones… y tal y como prometiera a Dios semanas antes, ahora que ella se había lanzado con valentía a conocer el mundo a su lado, decidió hacer a un lado el verdadero motivo de su propuesta de viaje: pedir su mano en matrimonio. Durante su tiempo de convalescencia en Chicago, ambos habían convivido en un mismo departamento en calidad de enfermera y paciente, poniendo en práctica los quehaceres del hogar en perfecta armonía con horas de asueto para su propia recreación y, en el caso de ella, sus deberes en el hospital. Todos esos instantes juntos, todos los penas compartidas, los abrazos ofrecidos y recibidos, los gestos de cariño, y las acciones genuinas y desinteresadas, habían sembrado en Albert un cimiento de amor que se había fortalecido con el paso del tiempo… un amor que jamás había creído posible, tratándose de la niña a la que una vez había jurado proteger cual si fuera una hermana menor. Pero la amnesia había hecho sus estragos en la mente del nuevo empresario, y por vez primera, había comenzado a ver a Candy con ojos de hombre, algo que no se podía permitir, al menos no durante la quimera entre ella y Terry. A pesar de todo, sentía un profundo aprecio por el actor, y de no haber sido por los acontecimientos que llevaron al triste desenlace en Broadway, lo hubiera considerado el esposo idóneo para Candy; pero ahora que Terry se había propuesto hacer feliz a Susana, no veía razón alguna por la cual no pudiera comenzar a hacer otro tipo de avances hacia la enfermera. Sin embargo, y ahora que lo analizaba desde otro ángulo, el lazo de amistad y afecto que los mantenía unidos como un hilo invisible valía más que el arriesgado intento de llevar su relación a otro nivel. Candy no estaba lista para abrir su corazón a alguien más, y aunque era joven y podía enamorarse de nuevo, tal vez no volvería a estarlo nunca más, por lo que ahora quedaba satisfecho con la grata compañía de la rubia, y concluyó que no iba siquiera a provocar un distanciamiento entre ellos, pues toda la generosidad y admiración provistas y reciprocadas le había brindado más felicidad que lo que acarrearía un amor frustrado. Olvidarla en el ámbito amoroso no sería tarea fácil, pero al menos sacaría provecho de estas semanas en tierras egipcias para ayudarla a recobrar la confianza de antaño, y de este modo reunir el valor para volver a integrarse a su trabajo y a la sociedad, no como la dama de alta alcurnia en quien había tratado de convertirla la tía abuela, sino como una persona productiva para cualquier entorno en que se desenvolviera.

"¿Candy?", volvió a insistir, esta vez con voz más firme; y como si saliera de un trance, ella sacudió la cabeza de repente, haciendo que perdiera el balance, y en un intento desesperado de mantener el equilibrio, levantó los brazos al aire, pero el peso de su cuerpo ya se había inclinado demasiado hacia atrás. Sintió en su espalda las salpicantes gotas de agua que el barco iba levantando a medida que se abría paso, y cuando ya creía haberse sumergido en las cristalinas aguas, Albert la sujetó por las muñecas, y en un solo movimiento, la incorporó sobre la cubierta. "¿Estás bien?", preguntó él.

Ella se arregló las coletas de su cabello. Aunque ya no era una niña, se había acostumbrado a su distintivo peinado, el cual aún consideraba práctico para sus faenas diarias en el hogar de Pony. "Creo que sí", respondió, dando rienda suelta a carcajadas de alivio; y al ver el rostro compungido de su tutor, no pudo evitar sonrojarse, y se rascó la cabeza diciendo: "Lo siento, Albert."

El sonrió, alisando el discreto vestido rojo de cuadros de su amiga. "Debes tener más cuidado… llevo un rato aquí en cubierta y apenas me viste."

Ella se llevó el dedo índice a los labios. "Es que está muy oscuro…"

"Precisamente a eso vine, a pedirte que entraras al camarote, pues ya es de noche y aún nos queda mucho tiempo para pasar en altamar. Es muy tarde y el barco navega a toda velocidad. Debes tener frío…"

"Sólo un rato más", imploró ella al filo de la desesperación. Regresar a la austeridad de su cabina la llevaría a acostarse, y volvería a flotar entre nubes, evocando otros lugares, otras personas, y una espesa niebla… "Te prometo que antes que me vaya a dormir le daré un beso a la tía Elroy."

El iba a decirle que no era necesario, que con saber que estaba de vuelta en el interior del barco ya estaría tranquilo; entonces sintió una palmada en el hombro, y al darse la vuelta, Eliza y Neil Legan lo observaban con fingida sonrisa. "La tía abuela te está buscando, tío William", dijo ella, obviando establecer un contacto visual con Candy.

Con el propósito de evitar una escena que incomodara a Candy, Albert detuvo cualquier intento de la pareja de hermanos en prolongar una inútil e innecesaria conversación. "Dile que enseguida voy."

Una vez más, Eliza esbozó una sonrisa, esta vez genuina, al ver cómo Candy bajaba la cabeza mirando el suelo. Tanto ella como Neil habían acordado hacerle la vida imposible a la intrusa por medio de la indiferencia, y de este modo el tío William no podría enojarse con ellos, pues no habían dado motivo alguno para causar molestias a la invitada de éste… al menos no de manera evidente. Con experto dominio de sus emociones, elevó la mirada por encima del hombro de William, y cuando giró sobre sus talones, dispuesta a marcharse, oyó la voz de Neil a sus espaldas: "No pareces muy feliz de vernos, Candy."

La joven de cabello cobrizo apretó los puños para no perder el control y asestar un golpe a su hermano en plena cubierta. Era evidente que él seguía enamorado de Candy, y que dicha obsesión lo llevaba a actuar en forma impulsiva; pero ahora que los Legan necesitaban reivindicarse con el tío William, y que podían alardear de haber viajado al legendario Egipto, no iba a permitirse perder los privilegios que le correspondían como parte de los Andley por una indiscreción de Neil. "Vámonos, hermanito", le ordenó con voz más dulce de lo normal.

Pero Neil parecía tener los pies adheridos al suelo, pues no había movido un solo músculo de su cuerpo, en su embeleso por mirar a Candy, y entonces fue Albert quien tomó la palabra. "Es muy tarde para todos, así que lo mejor será que vayamos a dormir", sugirió, rogando a Dios en silencio porque le diera suficiente paciencia para manejar los caprichos y demandas de la familia. "¿Vienes con nosotros, Candy?"

"¿Qué está pasando aquí?"

Todos se voltearon para ver a la tía Elroy, quien hacía su aparición en cubierta. Contra todos los pronósticos, y gracias a los no solicitados cuidados de Candy a bordo, sus problemas de alta presión no habían deteriorado la constitución física de la imponente matriarca de los Andley. "Hace rato envié por ti, William. ¿Por qué no has regresado a tu camarote?"

Candy alzó la cabeza para observar a la tía abuela. A pesar de los años, la mujer de edad ya avanzada se mantenía tan fuerte como el roble y continuaba con ese sentido de autoridad que ya no le era tan requerido una vez que Albert se hizo cargo de la administración y otros asuntos internos de los Andley. 'Pobre tía abuela', pensó, 'aún cree que Albert sigue siendo un niño pequeño'… y sus deseos de reír se transformaron en una sonrisa de gratitud, pues debido a la llegada de Elroy, ya no tenía que esconderse ni hacer mutismo ante los comentarios insinuantes de los Legan, en particular de Neil. Recordó el penoso incidente en el cual la había llevado a la fuerza a una desolada villa, y su piel se erizó al rememorar la horrible experiencia.

Como si leyera su mente, Neil buscó con los ojos a Candy, en espera de algún indicio, en las brillantes esmeraldas de sus pupilas, de que ella había dejado en el olvido el malentendido de aquella noche en la que tan sólo intentaba convencerla de que fuera su novia. ¿Por qué era tan obstinada? Muchas otras envidiarían su posición como integrante de los Andley, y matarían por estar en su lugar, suplicando ser las agraciadas en convertirse en la esposa de Neil Legan. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que el tío William hubiera desmentido en público su compromiso matrimonial con la enfermera… uno, dos meses si acaso? ¡Ya era tiempo de que ella dejara su pose de ofendida y no se hiciera esperar! 'Se está haciendo la difícil', pensó con ilusión, pues le encantaban los retos, en especial los amorosos. "Vamos, tío", dijo en tono burlón, sin apartar la vista de su pariente adoptiva, "no olvides que puedes pescar un resfriado, o peor aún, quizás hasta vuelvas a perder la memoria-"

"¡Neil, cómo te atreves!", gritó Candy, ante la sorpresa de la tía Elroy, quien no la había escuchado hablar desde que el barco atravesara el Atlántico; y por primera vez en mucho tiempo, le dio la razón a la muchacha. "¡Neil, discúlpate con William en este preciso momento!", exclamó.

Neil lanzó una mirada de furia a Candy. "¡No hablaba contigo, mucama! ¿Quién te has creído para meterte en lo que no te importa?"

Albert, quien había optado por mantenerse al margen de la discusión, suspiró profundo, obligado a intervenir. "Neil, lo mejor será que ustedes", comenzó, dirigiendo también su atención a Eliza, "se vayan acostumbrando, cuando menos, a tratar a Candy con el respeto que se merece cada miembro de la familia-"

Candy sintió que se asfixiaba en una situación que había intentado evitar, pero que de todos modos estaba supuesta a ocurrir a cualquier hora, y en cualquier lugar… y no se sentía de ánimo para volver a ser objeto de polémicas y viejas rencillas. Mostrando la mejor de sus sonrisas, y extendiéndola a todos, incluyendo aquéllos a quienes no deseaba volver a ver jamás, colocó una mano en el hombro de Albert diciendo: "¿Sabes una cosa? Pensándolo bien, creo que no me vendría mal dormir un poco. ¡Voy a necesitar mucha energía para trepar las pirámides!" Y dicho esto, se dio la vuelta para retirarse casi huyendo, pero terminó cayendo en brazos de Archibald Cornwell. "¡No sabía que estabas en cubierta!", balbuceó.

"Supuse que la tía abuela había salido a buscar al tío Albert, y dado lo grande que es este barco, quería asegurarme que no sufriera ningún percance mientras lo hacía", explicó quien fuera el menor de dos hermanos, "pero no contaba con todo este alboroto."

"Olvídalo, mañana será otro día", murmuró Albert denotando gran cansancio en su voz.

"¿Que lo olvide? ¿Cómo puedes pensar así luego de todo lo que ha pasado?" Exasperado, pasó una mano por su cabello. "Aún no entiendo cómo pudiste invitar a los Legan en primer lugar…"

"Ya lo hemos platicado antes; la señora Legan se encuentra acompañando a su esposo en un viaje de negocios y no podíamos dejar a Eliza y a Neil solos en Sunville; además, estas vacaciones serán como un nuevo comienzo para todos nosotros."

"Lo sé", espetó Archie con rudeza. Aunque no era su intención ser grosero con Albert, lo cierto era que este último le había pedido como favor que sirviera de compañía a Candy en la travesía, pues sería el único, a excepción de él, en quien ella pudiera confiar para conversar y contar su no muy bien disimulada tristeza. "No debe ser fácil para ti mantener el orden entre nosotros", se disculpó, mientras la tía Eloy y los Legan se retiraban en silencio para no estar un instante más con Candy, y ésta retomaba su posición en la baranda, "es sólo que me parece tan injusto que Candy tenga que aguantar tantos atropellos…"

"Sé muy bien que la traje casi a la fuerza", admitió Albert. "Ya estoy empezando a creer que no fue una buena idea reunirlos a todos."

"Tus intenciones son buenas, así que no tienes que sentirte culpable; simplemente hay cosas que no terminan del modo en que esperamos."

"Debo pedirte una disculpa, Archie… prácticamente te he separado de Annie, y no dudaste ni un segundo en aceptar mi invitación."

Archie palideció, pues la sola mención de Annie había derretido su temple y aplomo para afrontar los problemas familiares ya suscitados en el viaje; de hecho, cuando Albert le propuso formar parte de la expedición, Archibald tomó el ofrecimiento como una oportunidad para poner a prueba su propia voluntad en su vida sentimental, ya que nunca antes había estado tanto tiempo distanciado de Annie; y justo ahora que su piel se congelaba bajo una creciente capa de niebla, la ausencia de su novia se había hecho más latente, y comenzó a extrañarla como nunca antes. Recordó cómo ella, tan sólo con su presencia y palabras de aliento, había sido el pilar que lo ayudara a sostenerse luego de la muerte de Stear, alentándolo a seguir su rumbo tal y como lo tenía trazado antes de la tragedia… y a partir de entonces, y aún en medio de su dolor, él comenzó a auscultar en las profundidades de las azuladas pupilas, y en la adormecida fortaleza resguardada en su alma, fortaleza que había salido a relucir justo cuando él más lo necesitaba. Era como si la estuviera viendo por primera vez, y su escrutinio había dado paso a la admiración. Y pensar que antes sólo tenía ojos para Candy… Candy, quien ahora volvía a columpiarse sobre el borde como si en el fondo deseara caer a lo más profundo del mar, y no pudo evitar sentir lástima por ella, por el modo tan cruel en que el destino había marcado su camino y el de Terry. ¡Claro! El comprendía a la perfección la pérdida de ella porque había estado allí, en ese callejón oscuro con falsas salidas, hasta que halló la ruta adecuada para quedar fuera del mismo; y pronto llegaría el día en que Candy se diera cuenta, al igual que él, que lo que tenía que hacer iría a la par con lo que quería hacer… tan sólo tenía que descubrir primero qué era lo que quería. "Este viaje me hacía falta tanto o más que a Candy", susurró, más para sí mismo que a Albert, y fue entonces cuando su corazón empezó a latir con fuerza al haber hallado la fuente de su felicidad: 'Te amo, Annie…' Poco a poco, y con pequeños detalles, Annie se había calado en el alma de Archie hasta necesitarla a morir. Quiso gritar su regocijo a los cuatro vientos, pero con su novia en América, Candy distraída, y Albert conversando con él, no era propicio declarar su admisión de amor hasta tanto no estuviera de regreso en Illinois. Ya no le quedaba duda alguna: Annie era la mujer que Dios había reservado para él, y en cuanto volviera a verla, pediría formalmente su mano en matrimonio.

"¿Archie?"

El y Albert se acercaron a la baranda, más bien para proteger a ella de una posible caída que en respuesta a su llamado. "¿Sí?", preguntaron al unísono.

Candy sonrió con gratitud a sus amigos. ¿Qué hubiera sido de ella en el barco sin su constante atención? Sintió remordimiento respecto a Archie, pues en cierto modo se sentía responsable de que él y Annie tuvieran que separarse esta temporada, pero él lucía en paz, e incluso agradecido, con su decisión. Haciendo círculos en el aire con sus pies, preguntó: "¿Puedo estar un rato más en cubierta? De veras me agrada ver el cielo lleno de estrellas…" Quiso añadir, 'y recordar la primera vez que lo vi', pero se detuvo, pues por mucho aprecio que le tuviera a Albert y a Archie, a ninguno le concernía la magia del primer encuentro con el hijo del duque de Granchester; además, no era sensato pensar una y otra vez en aquella noche de Año Nuevo cuando debería estar haciendo lo contrario, arrancarse de la memoria cada imagen que tuviera de él.

Albert sonrió. "Seguro, pequeña, pero sólo un rato más." Se dirigió a Archie. "Con el permiso de ustedes, me retiro a mi camarote. Aún falta un largo recorrido para el desembarque, y no queremos llegar al Cairo todos exhaustos y maltrechos."

Archie sonrió al hombre con quien ya no compartía sólo una amistad, sino también una sana afinidad familiar. "Puedes ir tranquilo, tío; yo me quedaré unos minutos más con Candy."

"Gracias." Y sin decir más, caminó, sin prisa y sin pausa, rumbo al corredor que lo llevaría su habitación. En cuanto desapareció al doblar una esquina, Archie miró a Candy con seriedad, a lo que ella no pudo evitar comentar: "Extrañas mucho a Annie, ¿verdad?"

El abrió los ojos con sorpresa, pues ella lo había tomado desprevenido. "Más de lo que yo mismo hubiera imaginado… pero no es de eso que quiero hablar."

"¿Entonces?"

El apoyó su espalda contra la baranda. "Estamos claros en que Albert casi nos impuso venir…"

"El no nos impuso nada, aunque fue muy insistente-"

"Y estoy de acuerdo contigo; y créeme, tener que andar con los Legan en un espacio tan reducido como un barco es una tortura, y supongo que para ti debe ser una pesadilla."

"Pero no me quejo, Archie."

"Pues yo preferiría que lo hicieras", y al ver la expresión de asombro de ella, añadió: "Entiendo que quieras evadir a Eliza y Neil por todo lo que te han hecho, y que la tía abuela no haya puesto un alto a esos dos, pero no tienes por qué alejarte de nosotros, al menos no del tío Albert o de mí."

"No me he alejado de ustedes", protestó ella.

"Precisamente ese es el problema… ni siquiera te has dado cuenta de lo que haces, ni por qué lo haces."

"Archie, yo-"

"No te estamos reclamando nada", aclaró él, apoyando una mano sobre el pálido hombro de la chica. "Aunque la presencia de los Legan nos resulte desagradable, ellos no tienen por qué empañar una experiencia única que ya muchos quisieran vivir."

"¡Claro que me gusta todo esto!", exclamó ella, agitando sus brazos en el viento, sin reparar en el peligro que representaba apoyarse en el borde. "El mar, volver a viajar en barco, visitar Egipto por primera vez… ¡Qué contentas van a estar la señorita Pony y la hermana María cuando les cuente cómo me fue!"

"¿De qué sirve que ellas estén contentas si tú no lo estás?" Guardó silencio, y luego se apartó de ella, pero antes de retirarse, habló por última vez: "En vez de tomar este tiempo lejos de América como una carga pesada, deberías disfrutarlo al máximo. No le demos el gusto a Eliza y a Neil de ser infelices el resto del viaje; vamos a darnos un respiro del ajetreo, de las penas… quiero volver a ver a la Candy que conocí." Y se retiró, para dar espacio a Candy para reflexionar. Al verlo marcharse, ella suspiró, mas no de alivio, sino de angustia y desesperación. ¿Qué estaba haciendo con su vida… y por qué no apreciaba un poco más los buenos gestos de Albert y Archie? Estar en el mismo barco que Eliza y Neil, siendo estos últimos amparados por la tía abuela, había sido tanto absurdo como delicado, pero se sentía capaz de sobrellevar la cercanía de ellos y sus respectivos desplantes… lo que realmente le preocupaba era ese empeño de estar a solas con el mar y las embravecidas olas, como si en ellas hallara las respuestas a todas sus preguntas, y más que nada, la repetición, aunque irreal, de un escenario muy similar en el cual había dividido su corazón en dos mitades: aquélla en la cual había albergado una lejana esperanza con su príncipe de la colina, e intercambiado un ramillete de ilusiones con un cultivador de rosas… y la otra, en la que un problemático y atormentado joven inglés se había mostrado ante ella en toda su humanidad, con sus secretos, sus misterios, su necesidad de ser amado y de amar sin reservas y sin condiciones… "No otra vez", se lamentó en voz alta, a pesar de que ahora se encontraba sola en la cubierta, "no pienses más en él, por favor…" ¿Pero cómo no hacerlo, si la niebla se había hecho presente, con el ruido de los motores del barco en equilibrada orquesta a medida que el mismo iba rompiendo las olas? ¿Cómo olvidar aquella noche en la que Anthony se había aparecido, más que como un lindo recuerdo, como una visión angelical que había servido de antesala al inicio de una nueva etapa, una clase de amor que nunca antes había experimentado? Esa primera conversación, ¡cómo se acordaba de cada una de las palabras! Y Terry estaba llorando, sin más abrigo que la fría niebla… "Debo dejar de hacerlo… debo dejar de llamarlo con el pensamiento, de verlo en cada cosa que miro", se ordenó, como había hecho tantas veces, a diario, luego de la repentina separación. Sin embargo, Terry no era cualquier persona; no sólo era el hijo de un respetable duque, sino también un actor cada vez más famoso, y al tratarse de una figura pública, los diarios reseñaban, sin límite ni piedad alguna, todo tipo de actividades en las que se enfrascaba la revelación de ojos zafiro, lo que en nada ayudaba a que Candy se olvidara de él, al menos en lo concerniente a lo importante que él había sido en su vida. Al principio había resuelto no leer los periódicos, mas luego cambió de parecer, pues evadir todo tipo de noticias sobre Terry, además de ser un acto de inmadurez, sería un sacrificio infructuoso dada la cantidad de personas que, con la mejor de las intenciones y sin tener conocimiento de su aflicción, la ponían al tanto de novedades sobre su antiguo novio a distancia, como por ejemplo, su más reciente retiro de los escenarios con el fin de tomarse un tiempo de descanso. Días antes de que Albert "la amenazara" con cancelar el viaje si ella no accedía a acompañarlo, la dueña del colmado donde solía comprar los víveres para el hogar de Pony le había contado que, según había leído, el protagonista de Romeo y Julieta se tomaría un descanso de los escenarios, al menos por los próximos meses, mientras Susana permanecería en Nueva York reponiéndose de su accidente. Pero qué más daba hacia dónde él se dirigía o si Susana le hacía o no compañía, lo que más le interesaba era arrancarlo de su interior de una buena vez, aunque en el fondo se había alegrado de que estuviera bien y que no hubiera sufridu otra recaída con el alcohol. "Eres muy valiente… sabía que lo superarías", susurró, mientras era bañada por la luna llena, testigo de su melancolía y ansia de dejar atrás a Terry y lo que él había significado para ella. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, lo apartó de su cabeza, y comenzó a pensar en cosas alegres, entre éstas, su próximo arribo a la antigua ciudad de El Cairo, y permitió que su mente la transportara a los tiempos prehistóricos sobre los cuales había leído en el colegio San Pablo, y continuó divagando a través de los períodos siguientes, hasta que recordó un relato de Albert acerca de los jeques y las esclavas que conformaban un harén… su amigo creía que esos palacios de placer continuaban existiendo aún en pleno inicio del siglo XX, lo cual le parecía absurdo, pues no era posible que un país continuara la práctica de encerrar a un grupo de mujeres en una casa de citas. "Tal vez inventó todo ese cuento para alegrarme", concluyó a toda voz, antes de dar otra pirueta contra la baranda.

Y mientras Candy jugaba con la luz de la luna, Eliza la contemplaba a lo lejos, con un brillo de maquinación en sus ojos. Había esperado con ansia este momento, sólo era cuestión de tener paciencia. Estaba a pocos segundos de cometer el acto más arriesgado de su vida, pero bien que valía la pena hacerlo. Después de todo, y a excepción de ellas, la cubierta estaba desolada y sombría, con la luna como único y mudo testigo… con paso silencioso, pero firme, salió de su escondite, en busca de una pasajera a quien pudiera lanzar por la borda.