-"Es esa noche"-pensaron apesumbrados varios adultos
El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente.
-¿Qué una ballena y una jirafa-caballo vivan en la misma casa es normal?-pregunto aparentemente anonada Nina, provocando risillas entre algunos de la Orden y el trió dorado
Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.
-¿Extraño?
-¿Misterioso?
-¿Tonterías?
-La magia-les respondió con un movimiento "mágico" de dedos Harry a Ron y Hermione, que medio rieron medio bufaron indignados con los demás.
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros.
-¿Tadralos?-preguntaron confundidos los Sangre Pura.
-Taladros-les corrigió Hermione-sirven para hacer hoyos en la pared.
-Es increíble, siguen confundidos a pesar de que lo describiste fácil-se rio Nina, mirando las caras de los demás, interrumpiendo a Malfoy, que había abierto la boca para decir algo
Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso.
-¡Es taaaaaaan guapo!-suspiro Ginny, haciendo como que se desmayaba, burlándose.
-¡Quiero a ese hombre!-soltó sarcástica Tonks
La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual,
-Que mujer más guapa-dijo George codeándose con su gemelo.
-Creo que me eh enamorado-suspiro dramáticamente Fred.
lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.
-¡Chismosa!-mascullo Molly, las mujeres asintieron de acuerdo con ella
Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.
-¿Dudley? No se pero… creo que le tengo lastima-murmuro Dean Thomas haciendo una mueca.
Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.
-¡¿Lo de los Potter?!-dijeron indignados la mayoría en el comedor
La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana,
-Cosa que era una bendición para ella-Remus hizo una mueca
porque su hermana y su marido, un completo inútil,
-¡Eh! ¡James no era una inútil! Vago, ¡pero no inútil!-protesto Remus, siendo apoyado por un ladrido de perro
eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.
-¡Gracias a Merlín por ello!
Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.
-Sí, tienen razón-todos miraron impactados a Nocturne-nadie quiere que ese pequeño bollo apestoso corrompa a Harry-y rieron-suspiraron al entenderle.
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región.
-¿Misteriosos?
El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo,
-¡Amo tus descripciones, Harry!-dijeron al unisono los gemelos, riéndose.
y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes.
-¡Qué malcriado!
«Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa.
-¡Y encima lo alienta!-continuo Molly
Se metió en su coche y se alejó del número 4.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.
-¿Un gato?-preguntaron la mayoría en el comedor
-Nah, un sapo-Nina se reía disimuladamente
Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos).
-Claro que no, ¿Verdad, Minerva?-solo recibió en respuesta una mirada severa que hizo que se riera un poco más fuerte que antes.
Los pocos que le entendieron, o sonrieron disimuladamente o se rieron, los que no, miraban confundidos el intercambio.
El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.
-Que monótono-dijo un chico Gryffindor haciendo una mueca
Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa. El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula.
-¡¿Ridícula?! ¡Nuestra ropa no es ridícula!-chillaron molestos los sangre pura y algunos mestizos.
-Claro que no-intento tranquilizarlos Hermione-solo es que como ese tipo de ropa no se usa desde hace mucho, más o menos por el siglo XIX, y no están acostumbrados a verla-explico ella
¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva.
-Sí, claro, nueva-los nacidos de muggles y algunos mestizos rodaron los ojos ante la reacción de los demás
Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados.
Los mayores hicieron una mueca, era esa noche en definitiva.
El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor!
Muchos hicieron muecas, molestos.
Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo.
Algunos rieron de forma despectiva por ello, mientras otros bufaban.
Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.
-Monótono y aburrido-recalco nuevamente el mismo chico.
El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche.
-El correo de magos está demasiado activo, ¿No creen?-señalo un Ravenclaw de tercero.
-¿Por qué no han visto antes una lechuza?-pregunto un pequeño Hufflepuff
-Porque es una ciudad, los muggles solo llegan a ver lechuzas en ciertos lugares, como bosques, y eso si tienen suerte-explico Hermione-por ejemplo, la mayoría de los nacidos de muggles que estamos en Howarts jamás vimos una lechuza hasta que llegamos aquí-le niño le agradeció con una sonrisa, que ella devolvió.
Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen humor
-¿Eso era estar de buen humor?-pregunto incrédulo Ron, recibiendo un asentimiento como respuesta de parte de Harry.
hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.
Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha.
Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.
—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...
—Sí, su hijo, Harry...
Dumbledore se removió un poco incomodo por la miradas que le dedicaban McGonagall y Lupin, una severa y otra furibunda. Mientras que a los demás adultos se les veía más deprimidos.
El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.
-Cobarde-mascullaron en la sala
Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido. Potter no era un apellido tan especial.
-¡Claro que es un apellido especial!
Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño. Podría llamarse Harvey. O Harold.
-¡Hay no! ¡Qué horror!-Nocturne se tapo la cara en un gesto horrorizado-¿Te imaginas llamarte así, Harry?-se volteo hacia él, quien hizo una mueca.
-Jamás hubiera dejado a James hacer semejante barbaridad-dijo Lupin negando con la cabeza, Canuto ladro de acuerdo.
No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...!
-estaría total y absolutamente orgulloso-dijo el profesor Flitwick, Harry lo miro con sorpresa y agradecimiento después.
Pero de todos modos, aquella gente de la capa...
Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.
—Perdón —
-espere, ¿Cómo? ¡Harry! ¡¿Tu sabias que esa morsa sabia modales?!-Harry negó, sonriendo ligeramente a Fred
gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.
-Ah, no, creo que te equivocaste hermano-George pareció tan decepcionado como Fred, causando varias risas por su actitud
Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:
— ¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!
-¿Feliz? ¡¿Feliz?!-chillaron indignados varios adultos y alumnos
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.
El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).
-eso lo explica todo-los gemelos negaron con la cabeza, suspirando.
Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.
Los que ya habían entendido lo de antes comenzaron a reírse disimuladamente, pero los cayó una nueva mirada de la profesora.
— ¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta.
El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa.
-Típico de Minny-desestimo Nina con un gesto de mano, recibiendo también una mirada severa que respondió con una sonrisa insolente.
El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato. Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.
-No sé cómo puede ser tan cobarde como para temerle a un palito-dijo una pequeña Slytherin negando con la cabeza, su mesa la miro contrariada y los demás sorprendidos.
-Yo tampoco, chica, y llevo tratando con el casi 6 años-respondió Nina haciendo una mueca, ganándose una mirada curiosa de Harry, ¿Por qué trataría ella con su tío?
La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija,
-¡Chismosa!-y estaba claro que el estima de Molly y de todas las mujeres presentes jamás tendría…
y le contó que Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»).
-¡Ah! ¡Pero qué bella frase!-dijo con sarcasmo Ginny.
El señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.
—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica— misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...
Varios gruñeron, no les gustaba nada como hablaba de los Potter.
La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien.
Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?
Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.
—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?
—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...
-Raro tu-le saco la lengua al libro un pequeño Gryffindor
— ¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.
La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería.
-Cobarde-repitió la mayoría, molestos, cada momento odiaban más a esos muggles idiotas.
En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:
—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?
—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.
— ¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.
-Pues la verdad nadie pidió su opinión-gruño Ginny.
—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.
No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo. ¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.
-Yo creo que no sería una mala idea volver a hacerles una visita un día de estos-mascullo por lo bajo Tonks.
Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...
¡Qué equivocado estaba!
-ojala no hubiera estado equivocado-murmuro Harry algo abatido.
Nina lo miro de reojo mientras volvía a tomar café, sabía que él estaba pensando que por fin sabría quien lo dejo con esas remolachas con patas, esperaba que no se enojara demasiado con el viejo.
El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche.
-¿Por qué?-preguntaron de algún lado del comedor
Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.
En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón.
Harry miro al director, pero este no miraba a nadie, sus ojos estaban centrados en algún punto del lugar, sin su característico brillo, con un aire deprimido, pero nadie más que el pareció notarlo.
-Dumbledore-se escucho como murmullo general.
Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.
-Nah, Busil Mumblermore-varios se rieron por lo bajo a lo dicho por Nina.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido.
El mayor negó con la cabeza, en realidad lo sabía.
Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:
—Debería haberlo sabido.
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras.
-¡Yo quiero uno de esos!-chillaron al unisonó los gemelos, Ron, Tonks, Nocturne y unos cuantos chicos mas, Dumbledore solo sonrió levemente.
Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.
Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.
—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.
¡Oh! ¡Si se hubieran visto ellos mismos! Algunos, léase los gemelos, Lee Jordan, y los mas inmaduros, se estaban partiendo de la risa por las caras que pusieron los que por fin habían entendido. La profesora-soy-una-amargada-McGonagall los callo de nuevo.
-Pero… ¿Qué hace usted allí, profesora?-pregunto un alumno, muchos se miraron entre sí.
Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.
—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.
—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.
Varios volvieron a soltar risitas.
—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo—respondió la profesora McGonagall.
—¿Todo el día? ¿Cuándo podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.
El ambiente se tenso.
La profesora McGonagall resopló enfadada.
—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.
Los hermanos Weasley se miraron cómplices.
-¡A no! ¡Que ni se les ocurra!-los reprendió su madre-¡Nada de estrellas fugaces!-sentencio.
-¡Pero mama!-replicaron como niños chiquitos.
-¡Nada!-los hermanos se cruzaron de brazos, enfurruñados, causando risas en los demás.
—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...
Si el ambiente se relajo, de nuevo se había puesto tan tenso como estaba antes.
—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...
Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.
—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?
—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?
-¿Un qué?-preguntaron varios sangre pura
— ¿Un qué?
Se escucharon risitas por todos lados.
—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.
-Oh…-y nuevas risas se escucharon
—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...
—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.
Harry y otros asintieron de acuerdo a lo dicho por el director, mientras los demás seguían estremeciéndose por el nombre
—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.
—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
-Es solo que usted no es un sádico demente megalómano—señalo Tonks
—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.
-Me quedo con lo que dijo Tonks-dijo Ginny, varios asintieron de acuerdo y McGonagall solo los miro.
—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.
-demasiada información-gimieron varios.
-Yo estuve hay-sonrió Remus, todos lo miraron-después les cuento-rio bajito.
La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.
—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?
Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir,
A Harry y Ron, inconscientemente, les recordó a Hermione
la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.
La Subdirectora lo miro con reproche, jamás le había gustado que le hiciera eso.
—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.
Varios en el lugar sintieron un nudo en la garganta y se removieron en sus sitios.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.
—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.
La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.
—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.
Dumbledore asintió con el cabeza, apesadumbrado.
Lo mismo sucedió en el salón, pero de nuevo, solo Harry lo noto.
— ¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?
—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.
Harry lo miro con los ojos entrecerrados, algo le decía que si sabía, miro a Nina para confirmarlo, ella solo saco un chocolate de su bolsillo y se lo sambutió en la boca al azabache, diciéndole así que ella no diría nada de nada.
La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:
—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.
—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.
Remus se removió en su asiento, incomodo, si tan solo el… Un zape lo saco de sus pensamientos, miro hacia el origen del golpe y la chica negó con la cabeza, prohibiéndole con la mirada pensamientos tan "estúpidos". El licántropo la miro anonado, ¿Cómo pudo ella...?
— ¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!
Harry y varios más asintieron de acuerdo con ello.
—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.
-¿Una carta?-repitieron en el Gran Comedor sin poder creérselo.
— ¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—.
Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre.
El mencionado hizo una mueca de disgusto mientras varios asentían de acuerdo con lo dicho por la profesora.
—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?
Pero el caso es que jamás estaría preparado para hacerlo. Harry miro al director con cierto agradecimiento, pero también algo de irritación, ¡Lo había mandado con los Dursley, por Merlín! Suspiro y volvió a prestar atención.
La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:
—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.
Se escucharon risitas por semejante ocurrencia, haciendo que un leve sonrojo apareciera en el rostro de la profesora y los mandara a callar con una mirada.
—Hagrid lo traerá.
— ¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?
-A Hagrid le confiaría mi vida-dijeron al unisonó varias personas, haciendo que el mencionada se ruborizara y sonriera tímidamente.
—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.
Hagrid le sonrió agradecido a Dumbledore, que le devolvió el gesto
—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?
Muchos contuvieron el aire y miraron interesados al libro. Y mientras Harry rodaba los ojos, Nocturne pensaba lo divertido que era mirarlos emocionarse así.
Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.
Se escucho un ladrido, aparentemente de emoción, y seguidas unas risitas de algún punto justo a un lado de Harry.
La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín.
No pudieron evitarlo, comenzaron a reírse por la descripción. Después de un momento, mientras recobraban la compostura, un ruborizado Hagrid le pedía a la profesora que continuara.
En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.
—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?
—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.
El perro ladro y meneo la cola, ansioso y emocionado. Los de la Orden y los que sabían quién y cómo era ahogaron risitas y contuvieron miradas reprobadoras.
-¡Aparecí desde el primer libro! ¡Y mi moto!-fue lo que ladro y nadie entendió-¡Chúpate esta Remus! ¡Envídiame!-miro al aludido, quien rodo los ojos, no era difícil para el entenderle, después de todo, era su mejor amigo.
— ¿No ha habido problemas por allí?
—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.
Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache,
-¡Qué lindo!-chillaron las alumnas, haciendo sonrojar a Harry bajo la burlona mirada de los chicos.
sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.
Todos se giraron a ver a Harry, quien, incomodo, se hundió en su sitio y deseo con todas sus fuerzas que la tierra lo tragara.
— ¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.
—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.
— ¿No puede hacer nada, Dumbledore?
—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres.
-¡Mucha información!-gimieron los alumnos.
-Yo quiero verla-soltaron al unisonó Tonks y Nocturne mirando al director con curiosidad, haciendo que todos las mirasen como si tuvieran tres cabezas.
-Algún día les dejare verla-respondió Dumbledore sonriendo ligeramente.
Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.
Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley
— ¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba.
-¡Awwww~!-corearon las chicas de Howarts suspirando, haciendo que Harry se ruborizara de nuevo.
Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.
Canuto gruño y ladro, en falso tono de enojo, mirando a Hagrid.
-Lo ofendes-le aclaro Nina al semigigante, haciendo un esfuerzo para no reírse.
Unas risitas disimuladas se escucharon por todo el Gran Comedor.
— ¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!
—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...
Harry le sonrió con simpatía a Hagrid, que respondió con una tímida sonrisa
—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos —susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras
Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente.
Dejó suavemente a Harry en el umbral,
-¡En el umbral!-chillo Molly-¡¿Cómo se le ocurre dejar a un niño pequeño en el umbral?!-se veía enojadísima, barios se hundieron en sus asientos con algo de temor-¡Pudo haberse enfermado! ¡¿Qué si alguien se lo hubiera robado?!-parece una leona pensó distraídamente Nocturne comiendo papas, salidas de algún lugar desconocido, completamente en discordancia con la situación.
-Molly, ya deberías saber que yo jamás le hubiera dejado sin protección-hablo tranquilamente el director, apenas mirándola-lo deje con hechizos para evitar que se enfriara y enfermara, y que personas que no fueran los Dursley lo encontraran-explico él, parecía realmente abatido
sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos.
Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.
—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.
Dumbledore recibió un par de malas miradas, pero no le importaron mucho, siguió mirando a un punto indeterminado de la pared sin ese característico brillo en sus ojos. Harry lo miro, sin saber muy bien que pensar.
-No deberías enojarte-le susurro Nina pepito-grillo-osease-conciencia-de-Harry comiendo papitas-debes de recordar que Albus es un humano, y también que debe tener sus razones-se sonrieron cómplices.
-No sé qué aria sin ti-dramatizo Harry.
-lo sé, lo sé, yo se que sin mí no serias nada-hizo un gesto despectivo con la mano.
Ginny los miro celosa, ella y Hermione eran las únicas que habían visto el intercambio, ¿De dónde se conocían esos dos? ¿Acaso… habían sido o son pareja? Pero Harry estaba con Cho… ¡Además! Ella tenía novio. Se reprendió mentalmente y presto atención al libro. Hermione lo miro todo con asombro y curiosidad, esto gritaba "INTERESANTE" por todos lados.
—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius.
Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.
Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.
—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.
La profesora se gano algunas miradas de simpatía. Harry y Dumbledore intercambiaron miradas, el menor negó con la cabeza y le dedico una mini sonrisa, que el mayor devolvió.
Platicas mudas pensó Nocturne algo irritada Bueno, al menos se que no está enojado con el director se encogió de hombros.
Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el
Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.
No importaron mucho las explicaciones del Director, igual se gano una muy mala mirada de la señora Weasley.
—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.
-sí que la necesite…-susurro Harry bastante "desinflado".
Tanto Ron como Nina, que estuvieron lo suficientemente cerca para escucharlo, le pusieron una mano en el hombro y Sirius apoyo su cabeza en las piernas de Harry, como signo de consuelo y disculpa.
Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley.
McGonagall lo miro mal, ella le había dicho claramente que no era buena idea que lo dejan con ellos, pero claro, jamás la escucha.
No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!»
La profesora Sinistra termino de leer y regreso a su asiento.
-Bien…-hablo el Director-¿Quién quiere leer ahora?-la profesora Sprout se levanto y tomo el libro, iba a comenzar a leer cuando…
-¡Esperen!-grito Nina levantándose de golpe y desparramando sus papitas por la mesa, hurgo en los bolsillos de su falda y saco una varita.
-¿Tuya?-pregunto Harry señalando la varita.
-Mía~-le respondió.
-¿Qué paso con la otra?
-Me la robo un loco Megalómano cuando le dije que la mía era más guay que la tuya y la de él, juntas, y pues eso, se puso peor que un Basilisco hidrofobico gay "en sus días" con complejo de soy-lo-mejor-de-lo-mejor-y-se-callan-Bitches y pues etc., me quede sin varita y tuve que comprarme otra, luego te cuento detalles, pero en fin-todos la miraban con la boca abierta, mientras Snape la veía anonado, conocía su "situación actual" y no concebía aquella relajada explicación-ahora mismo tengo que…-dejo sin terminar la oración y movió su varita.
Justo en frente de la puerta del Gran Comedor aparecieron tres maniquíes, que eran la viva imagen de los Dursley. Hizo un par de encantamientos más y volvió a sentarse.
-Comience por favor-pidió amablemente a la profesora, quien solo atino a leer.
-El capitulo se llama: El vidrio que se desvaneció…
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Okay ._. me tarde más de lo que esperaba u.ú en serio, esto es más difícil de lo que pensé, no tome en cuenta que mi lado lector-compulsivo-obsesivo (¬¬) saldría a flote para gritarme en mi cabeza con una extrañamente-parecida-a-la-de-mi-mejor-amigo(!) vocecita que me decía que era inhumano interrumpir así la lectura del capítulo e intentaba por todos los medios que no la hiciera (O.o). ¡Ush! Me sentía tan mal por tardarme… QwQ especialmente porque ustedes adorablemente hermosos y bellos lectores me dejaron reviews y follows y me pusieron hasta en favoritos y… TT-TT ¡Pero aquí'ta! Espero les guste, exprimí mi cerebro para ello! Bueno… espero no les molesten mis exageraciones dignas de una Drama Queen XD Intentare apresurarme con el segundo… denme mis zapes si me tardo -w-
Recuerden: un Review jamás ha matado a nadie y creo que jamás lo ara… (xD)
Cuídense amores~ Ciao~
