Encuentros accidentados by shirachan

El sol comenzaba a asomar sus débiles rayos de luz sobre el horizonte cuando el abrió sus ojos. Acostumbrado como estaba a madrugar, ni sintió los síntomas de las pocas horas de sueño que le habían permitido las repetidas pesadillas durante la noche.

Con sus 19 años de edad y su metro noventa, se podía decir que Heero Yui era un chico muy bien proporcionado. Su oscuro y revuelto cabello le daba un falso aspecto de personalidad descuidada, pero cualquiera que le conociera sabía que tras aquellos ojos cobalto se escondía una inmensa inteligencia y un férreo carácter. Pocas eran las personas que podían presumir de conocer a la perfección al chico, más bien solo eran dos, su maestro Isaac y su fiel mascota que si bien era un caballo negro como la noche, Heero a veces pensaba que aquel animal era más inteligente que la mayoría de las personas. Sin embargo, solo su maestro era capaz de leer todos los pensamientos del chico, el anciano hombre parecía tener la cualidad de introducirse en su mente sin ningún tipo de dificultad para leer así todos sus secretos, Heero había aprendido que intentar ocultar algo a su maestro era, además de completamente inútil, algo que después se pagaba caro.

Sin embargo, el respeto que Heero parecía sentir por Isaac no tenía límites, después de todo, aquel viejo le había enseñado todo lo que sabía y eso no solo incluía a como usar todos sus dones, sino también aquella forma de ver el mundo que había hecho de Heero la persona seria y solitaria que era. A su maestro debía el ser capaz por si mismo de cumplir su destino. Vengar a su familia.

Heero era más que consciente de la guerra que estaba destruyendo el mundo a pasos agigantados. Si bien esta aún no se había dejado notar en el apartado bosque donde Heero e Isaac vivían, el viejo se había esforzado por recordarle al muchacho que aquellos seres mágicos que ahora habitaban la tierra eran criaturas viles que hace 18 años habían matado a toda su familia. El viejo le había enseñado como vengarse de todos ellos y Heero en su corta vida había llegado a la conclusión de que solo tenía un propósito. La venganza.

Quizás nunca llegaría a saber como acabó viviendo con su maestro, Isaac nunca hablaba de ello y desde que el moreno tenía memoria, siempre había vivido con él. De todos modos el viejo parecía poner especial cuidado en que su alumno no se encontrase con ninguna otra persona que fuera el mismo. La única vez que Heero había ido a un pueblo, había sido cuando Isaac estuvo tan enfermo que no quedó otro remedio que el de ir el propio Heero a por víveres.

Sin embargo a Heero no le había disgustado el ambiente del pueblo ya que si bien dentro de el parecía llevar a un asesino que clamaba por salir y ejecutar su venganza, en el fondo Heero a veces extrañaba la compañía humana. Quizás nunca se lo diría a su maestro, pero Heero muy en el fondo siempre había necesitado del cariño de una familia e Isaac nunca se había esforzado por dárselo.

Deslizó sus ojos por su rústica y limpia habitación, hasta que vio encima de una silla su ropa. Desperezándose y saliendo de un salto de la cama, Heero se dirigió hasta donde estaba colgada su ropa y sin preocuparse de tapar su desnudez empezó a comprobar el estado de las prendas. No es que fuera muy quisquilloso respecto a su ropa, pero el día anterior había estado practicando con su poder de fuego y la ropa pareció ser la más perjudicada al final de la jornada.

Cuando por fin terminó de vestirse salió cogiendo su arco y, atándoselo a su espalda, fue en busca de algún animal para comer aquel día. Era una suerte que en plena primavera aquel bosque se llenara de animales que facilitaban la caza y hacían innecesarios los viajes al pueblo. Sin embargo, antes de salir por la puerta una voz rasposa y muy conocida para el se lo impidió.

- Heero- Se escuchó la voz de Isaac desde algún punto del comedor de la casa, donde se encontraba la puerta de salida.- Hoy iremos ambos al pueblo, hay algo que tengo que comprar y quiero que vengas conmigo

Heero se quedó mirando extrañado al hombre que, frente a él, se mantenía tan frío e indescifrable como siempre y se preguntó cómo era posible que pudiera sentir tanto respeto por alguien a quien en verdad no conocía.

- Esta bien- Contestó, sabiendo perfectamente que el preguntar por su destino y lo que iban a hacer en aquel pueblo sería inútil. Isaac no le diría nada.

- Heero, quiero advertirte algo antes de ir a ningún lado. Hoy se celebra la feria anual en el pueblo. Estarán grandes influencias de todas partes de mundo y puede que criaturas mágicas...- El hombre vio con satisfacción como su pupilo se tensaba y sus ojos adquirían aquel brillo asesino que le caracterizaba con solo oír la palabra magia.

- ¿Para qué me llevas entonces? Sabes como los odio a todos, tu mismo te has encargado de ello muy bien

- Es necesario que aprendas a controlarte Heero, debes saber guardar la compostura en cualquier situación si es que en verdad quieres llegar a ser fuerte.

Heero solo miró en silencio al anciano. A veces no comprendía cómo aquel viejo había logrado meterle tanto odio dentro. Era cierto que ellos habían matado a su familia, pero él no recordaba nada y sentía que aquella rabia era irracional.

El primer recuerdo que Heero tenía de su instrucción era de una vez que Isaac le había explicado claramente que los Ángeles, ya fueran de la luz o de las tinieblas, eran sus enemigos, a partir de ahí el viejo hizo todo lo posible para que toda la rabia del chico estuviera dirigida a ellos y también se aseguro de que supiera como vencerlos. El resultado había sido que Heero se había convertido en un ser lleno de odio y con un vació en el interior que parecía ser incapaz de llenar con nada.

- Está bien, de todos modos puede que no veamos a demasiados de ellos

Isaac sonrió imperceptiblemente mientras veía a Heero montan en su negro caballo, tenía que admitir que el chico había heredado toda la belleza de sus padres y todo aquel temple que había caracterizado a su familia. Pero lo mejor de todo es que Heero había superado todas sus expectativas respecto a su poder, Isaac sabía que el chico podría vencer a quien se propusiera y el mismo había tomado parte en su formación de una forma definitiva.

Pero el sabio anciano sabía que su plan debía empezar inmediatamente, el chico era demasiado inteligente como para estar mucho tiempo más sin saber nada. Todo aquel odio y magia oscura que había implantado en el chico algún día le cobraría partida a Heero y entonces Isaac probablemente caería bajo sus garras si no había logrado hacerse aun con todo el poder.

Heero era una herramienta perfecta, letal y peligrosa, pero demasiado inteligente. Convenía mantenerlo alejado de la gente ya que así era mucho más fácil convencerle de lo que él quisiera. Años y años de repetición habían hecho bien su trabajo en el muchacho.

Isaac dejó sus cavilaciones de lado para montar su caballo, este era blanco como la nieve y de alguna retorcida manera le hacía ver demasiado fuera de lugar cada vez que se montaba en el. Isaac era como la oscuridad, tanto su ropa como su aspecto daba la impresión de tirar a lo oscuro, pero cuando se juntaba con la brillantez de Thurkar parecía como si de otra persona se tratase.

- ¿Puedo preguntarle algo?- Dijo de pronto Heero sacando de sus pensamientos al viejo. Isaac solo le miro alzando una de sus cejas para después hacer un seco gesto de asentimiento.

- Hace poco leí sobre una profecía que me resultó extraña, no era la que tú siempre me decías sobre que la guerra acabaría con el mundo, sino de algo sobre la luz y las tinieblas, algo de que las tinieblas se rendirían...

Isaac miró fijamente al chico por un momento para después desviar la mirada inseguro por primera vez de que decir.

- No deberías hacer caso a esas cosas Heero, corren demasiados rumores por ahí y lo único que me faltaba era ver como mi único pupilo se convierte en un romántico incurable.

- No es eso, pero me pareció extraña, tan misteriosa y llamativa, parecía pedir a gritos que alguien la resolviera.

- ¿Y dónde la viste?- Preguntó con falsa calma

- En uno de los libros que trajiste de tu último viaje al pueblo

- Entiendo- Isaac puso por fin en marcha a su caballo, pero antes de que el ruido de los cascos lo hiciera imposible, le contestó- Olvídalo Heero, son demasiadas las profecías que nacen en estos tiempos de desolación.

Heero no dijo nada más, sin embargo no pudo quitarse de la cabeza aquel texto. No solo hablaban de esa profecía si no que también se nombraba a alguien que nacería de la vida y lo cambiaría todo. Heero estaba harto de leer cosas estúpidas como aquello, pero de alguna forma le resultaba intrigante.

Palacio de Ishdrar morada de los Dioses de las tinieblas.

- He dicho que harás lo que te diga y punto- La voz grave y nítida de un hombre se podía escuchar por todos los rincones del inmenso castillo, pero nadie se atrevió si quiera a levantar la mirada para ver que sucedía. La voz del rey de los dioses negros era inconfundible y nadie quería problemas.

- Pero padre es que...

- Nada de eso, ya sabes lo que pienso al respecto y espero que no digas más tonterías- El hombre parecía rondar los 40, pero su aspecto engañaba ya que el poderoso ser alcanzaba más de 600 años. Sin embargo ahora mismo hubiese deseado estar en cualquier parte en vez de intentando entrar en razón a su empecinado hijo.

- No puedes obligarme, toda la santa vida me has estado diciendo una cosa y ahora quieres que traicione todo lo que me habéis enseñado, no lo veo justo.

- Pero es que no ves que es la solución a todos nuestros problemas??- Low miró a su hijo, con sus 18 años de edad tenía la apariencia de un jovenzuelo, sin embargo poseía una belleza arrebatadora.

Su cabello, tan rubio como los rayos del sol parecían dar luz propia allí donde estuvieran y aquellos maravillosos ojos aqua hacían suspirar a más de medio reino. Su cuerpo parecía débil por lo delgado que era, pero como todo lo demás en el rebelde niño, engañaba. Quatre tenía una fuerza impresionante y no solo físicamente, el pequeño había demostrado en innumerables ocasiones que su voluntad no tenía límites.

- Padre no tienes derecho a meterme en este lío. ¿Por qué tengo que ser yo de todos modos? ¡Es que ves normal decirle a tu único hijo de buenas a primeras que debe casarse nada menos que con nuestro enemigo!

- Debes ser tú por que, para que la unión sea fuerte, deben unirse los dos herederos. Por favor hijo, necesitamos esto. Sabes muy bien que nuestro tiempo se ha acabado, la profecía esta a punto de cumplirse y debemos parar esta guerra. Ya destruimos hace mucho nuestro hogar en el infierno y también el lugar de los dioses blancos, debemos tener paz de una vez.

- ¿Y quieres que me sacrifique yo? ¿No es eso algo egoísta? Por si no te acuerdas fuiste tu el que por 18 años me ha estado recordando lo mucho que debo odiar a aquellos ángeles, sobretodo a la familia real.

- Lo se pero...

- Nada de pero!! No lo haré y punto

Low, viendo que aquello no llegaría a ningún lado, decidió usar su último recurso. La fuerza.

- Ahora mismo te vas a tu cuarto a prepararte- Dijo con voz suave, cosa que puso alerta a su hijo- En dos días estaremos de viaje a conocer a tu prometido y más te vale no hacer ninguna de las tuyas esta vez.

- Pero…- Intentó de nuevo el rubio, sin embargo su padre solo le dirigió una mirada helada y el chico se vio arrastrado a su cuarto por una fuerza invisible. Aquello era injusto.

- Lo siento hijo, pero no veo ninguna otra solución a todo este lío- Susurro Low mirando tristemente por donde había desaparecido el príncipe Quatre pataleando al aire hacía tan solo unos instantes.

Quatre por su parte llegó a su dormitorio hecho una furia. No entendía cómo su padre se atrevía a decirle que debía casarse, pero esto no se quedaría así. Quatre no estaba dispuesto a casarse con nadie y menos con aquel odioso príncipe y así se lo haría saber a su padre cuando al día siguiente este no lo encontrara en el reino. Se fugaría.

Aquella noche no durmió, se dedicó a preparar todo lo que necesitaría para su largo viaje y meterlo en una bolsa. Cuando los rayos del sol aún no asomaban por el horizonte el chico ya se estaba dirigiendo a las caballerizas a por su caballo.

Ciudad de Nistrick, pueblo de humanos pacíficos.

Las calles de la ciudad parecieron cobrar vida a la vez que lo hacía el día. Aquella semana sería una muy ajetreada, con la feria de comercio todo aquello se convertiría en un hervidero de gente y para aquella pacifica ciudad, donde la guerra aun no había llegado, aquello podía ser desastroso.

Sin embargo los rostros de las personas que a tan temprana hora se dirigían a abrir sus puestos y tiendas no mostraban nada de pesimismo, por el contrarió parecían extrañamente felices.

- Vamos Gaara, que seguro que tu padre nos mata si abrimos el puesto tarde- Dos muchachos caminaban apresurados por las abarrotadas calles, uno de ellos, Gaara, tenía el cabello del color del fuego y una extraña señal en la frente. Sus ojos eran realmente impactantes con ese pálido color entre verde y azul y por su tamaño cualquiera podría decir que el chico tenía 15 años. Pero tenía 19. Por otra parte le acompañaba una chico de apariencia alegre, su cara siempre mostraba una expresión picara acentuada por unos brillantes y hermosos ojos amatistas y tenía el pelo castaño y largo recogido en una trenza.

- Cállate Duo, por si no lo recuerdas fuiste tú quien se durmió hoy- El castaño pareció no inmutarse por las cortantes palabras, estaba acostumbrado a ese trato por parte de su hermano.

Cuando ambos llegaron a la entrada de una panadería Gaara saco un manojo de llaves y procedió a abrir la puerta.

- Te encargas tu del pan mientras yo hago los dulces- Dijo Gaara en lo que fue una orden indiscutible. Duo solo miró a su hermano un momento antes de que una picara mirada adornara sus labios

- Lo que tu quieres es ir a por el chocolate a aquella tienda donde trabaja aquella morena tan linda- Dijo solo con la intención de picar a su hermano. Y lo consiguió.

- Tú cállate- Dijo y para sorpresa del castaño, el chico pelirrojo pareció algo avergonzado.

- ¡No me lo puedo creer!- Gritó Duo montando todo un escándalo, sin embargo, su hermano solo salió de la tienda refunfuñando algo muy parecido a : " ¿Quién demonios querría tener hermanos cuando uno conoce a Duo?

Una vez solo, el castaño se puso manos a la obra, tenía que hornear todo el pan si quería vender a tiempo aquel día toda la mercancía. Por suerte su tienda tenía bastante éxito aun que Duo sabía que más bien era por que tanto él como Gaara eran encantadores, modestia aparte.

El castaño sonrió al recordar su última conquista, un chico albino que conoció precisamente en aquella tienda. Era alguien realmente encantador. Pena que por regla general Duo no se liase con nadie más de cuatro días...

Aquel día pasó sin ninguna anormalidad, Duo y Gaara terminaron de vender todo el pan a eso de las 5 de la tarde y entonces se dispusieron a recoger. Pero cuando Duo se dirigió a la puerta para echar la llave unos golpes le sobresaltaron. Al levantar la vista de la cerradura donde había estado metiendo la llave, vio con incredulidad el par de ojos más verdes que nunca había visto.

Un apuesto joven con unos maravillosos ojos esperaba fuera de su tienda y Duo no tardo en abrirla de nuevo sin prestar atención a las quejas de su hermano.

- Hola- Dijo el joven de pelo castaño y ojos verdes mirando directamente a Duo, llevaba una capa que le cubría desde el cuello a los pies y se veía muy raída. Duo pensó que sería uno de los tantos mendigos que habían ido a la ciudad aquellos días a ver si por casualidad encontraban trabajo. El castaño sonrió amablemente al chico y le señaló una silla- Gracias. Siento las molestias pero necesito algo de comida para hoy y al parecer todas las tiendas estaban cerradas, supongo que me tocara comer pan solo. A menos que vendáis algo más a estas altas horas

Entonces Duo calló en algo. Aquel chico no podía ser un mendigo, nadie en aquel miserable pueblo hablaba tan bien y con un acento tan refinado como él. Con curiosidad se preguntó qué le habría llevado hasta allí en aquellas condiciones.

- Pues ya no nos queda ni pan. Pero... Podemos hacer algo por ti- Duo le dijo que esperara un momento mientras iba a por un bocadillo a la despensa de la tienda. A todo esto, Gaara aun miraba con fijeza al extraño sin pronunciar palabra.- Esto es todo lo que te puedo dar. Pero dime, ¿Tienes algún lugar donde dormir?

El castaño pareció quedarse pensativo durante unos instantes antes de responder

- No, pero tranquilo, ya me buscaré la vida.

- Deberías darte prisa, las posadas se van a llenar hoy muy rápido por lo de la feria y si no quieres terminar en un establo tendrás que adelantarte a toda esa gente.

- Muchas gracias, por cierto mi nombre es Trowa- Dijo algo avergonzado, aquel chico le había ofrecido hasta comida y él ni siquiera se había presentado.

- Oh, yo soy Duo y aquel insociable de allí es Gaara, mi hermano.

- Encantado- Dijo el de ojos verdes con una arrebatadora sonrisa y momentos después se puso en pie.- Bueno me voy a ir ya, por que si es cierto lo que dices hoy no me apetece dormir con los caballos como compañía. Mucho gusto en conocerles y mil gracias. Mañana me pasaré por aquí más temprano a por pan y de paso os volveré a agradecer la ayuda, mi estomago estaba empezando a quejarse demasiado.

Trowa salió momentos después a la calle, su sonrisa se borro al instante y fue sustituida por un gesto melancólico. A decir verdad tenía pocos motivos para sonreír, pero de todos modos no se rendiría.

Con paso decidido se dirigió a la posada más cercana, con su caballo cogido por las riendas y para su suerte encontró un cuarto libre para una sola persona. Cuando Trowa fue a dejar su caballo con el mozo de cuadra vio en los establos a otro chico que tendría más o menos su edad. De espaldas solo se le distinguía el alborotado pelo oscuro, pero cuando se dio la vuelta Trowa no pudo más que contener el aliento al ver unos ojos cobalto mirarle directamente. Sin embargo el extraño pareció no inmutarse y momentos después abandono el establo dejándole solo.

Aquel había sido, decididamente, un día agotador y Trowa rápidamente se fue a su cuarto a dormir todo lo que pudiera. Al día siguiente empezaría la feria formalmente y todo aquello se llenaría de mucha gente. Solo esperaba que nadie le reconociera allí.