= 2. Grandes rechazos =
— ¿Letras? ¡Dios! ¡Debes estar bromeando! ¿En serio estudiaste eso? ¿Y sirve para algo?— cuestionó Terry con ese tono de voz que no dejaba a dudas lo mucho que le había sorprendido saber que la castaña frente a él, se acababa de licenciar en Letras inglesas.
— Pues sí, es un campo…— comenzó la chica, cuando sin más, el castaño arrojó la servilleta sobre la mesa y se giró para retirarse del lugar.
— Jamás había escuchado antes, algo tan aburrido como eso… Gray, realmente lo has cagado esta vez, despídela por mí— sentenció el chico sin mirar atrás. Frente a Gray, la castaña rompió en llanto, visiblemente humillada.
— Para mí doctorado, me inspiré en las teorías sobre el tiempo de Stephen Hawking y…— espetó la preciosa pelinegra de ojos azules como el agua y hoyuelos perfectos en ambas mejillas.
— ¿Doctorado? ¿Qué hay de la vida social?— cuestionó Terry, aparentemente aburrido.
— ¿Cómo dices?
— Quién te escuche, dirá que no tienes una verdadera vida. ¿Amigos? ¿Qué tal un novio al que hayas roto el corazón?— aventuró el castaño, como si quisiera encontrar algo que salvara el tiempo que llevaba ahí.
— En realidad…— comenzó a decir ella, cuando él la interrumpió.
— ¡Oh, claro! Debí adivinar...— la sonrisa que se formó en los labios del castaño no pareció ni por asomo comprensible, amable o siquiera, real.
— ¿Qué cosa?— le cuestionó, tan confundida, como si rostro lo podía demostrar.
— ¿Es que follas tan mal?— se mofó Terry, riendo a carcajadas.
— Señora Grandchester, agradezco esta reunión. Mi hija, no puede creer que Terry haya propuesto que nuestras familias se conozcan… Es tan pronto…— la alegría contenida en aquella frase, no hizo sino hacer sonreír tanto a Gray como a Eleonor, que como la dama frente a ella, no daba crédito a las acciones de su hijo.
Hacía solo tres citas que aquella rubia y Terry se hubieran conocido y el castaño ya había concertado una cena para las familias y Gray estaba segura que al fin había encontrado a una chica perfecta para decirse esposa del heredero de los Grandchester. Rubia y esbelta, modelo y soñadora, la clase de chica que le iba a un rebelde y arrogante como Terry.
— Oh, cielo, al fin llegas— comentó Eleonor, al ver aparecer a su hijo, enfundado en uno de sus mejores trajes. En sus labios había una sonrisa y en su mano, una caja.
— Siento el retraso, pase a comprar algo— espetó el chico— ¿Y los caballeros?
— Mi marido ha salido de viaje, así que se disculpa por no estar aquí— se disculpó la invitada, a su lado su hija sonrió de acuerdo con sus palabras.
— No es…— comenzó Eleonor.
— Bah, tampoco importaba mucho— le cortó Terry, de inmediato— Ambos padres tendrán mejores cosas que hacer. Como sea, no pretendo prolongarlo. Quería que estuvieran presentes cuando esto terminara— se explicó.
— ¿Terminar?— la rubia parecía sorprendida y herida. A su lado, su madre estaba intentando no perder los estribos ante aquella repentina noticia. ¿Qué había hecho mal su hija?
— Ajá. Siento decirlo de esta forma, pero no puedo aspirar a casarme con alguien como… ella. Tan insípida y común. ¿Sabes que leer un poco no te hará mal? ¿Y qué me dices del ejercicio? Deberías comenzar el gym. En fin… disfruten la velada, señoras. Tengo un nuevo juguete que estrenar…— sonrió y sin más, tomó su caja y salió del comedor. Eleonor ni siquiera se sorprendió, cuando la rubia rompió en llanto y la madre le gritó.
— ¿Ese…? ¿Ese es Terry?— cuestionó Elroy, logrando con ello sacar a Gray de sus horrendas memorias. O al menos, las más espantosas.
— Él… Sí, sí, ese es Terry— confirmó la casamentera, intentado no desmayarse. En ocasiones anteriores, el chico se las había puesto difícil desde la primera gran impresión y en esa ocasión, estaba más que segura que no sería distinto. Todo empezaba siempre igual. Esos malditos trajes daban mala espina.
— Vaya…— murmuró Elroy, todavía sorprendida. A su lado, Candy observaba embelesada al chico que se aproximaba, paseando por cada detalle tanto de su físico como de su persona, como si con ello pudiera conseguir eso que tanto buscaba. Una razón para no mandarlo a volar. Al menos no tan rápido como había pretendido hacerlo.
Poseedor de unos rasgos bien definidos tanto en el rostro como en el cuerpo, Terry Grandchester era todo lo que una chica buscaría en un hombre. Alto —quizás de un 1.70 o poco menos de un 1.80—, de cuerpo atlético —producto claro de unas cuantas horas a la semana en el gimnasio— y ese porte varonil que le confería seguridad, presencia y un aura de atracción difícil de lograr.
Además de todo, su hermoso rostro había logrado cautivarla, al menos lo suficiente para decidir que no había perdido de todo el tiempo yendo a tomar el té a ese lugar. De piel blanca, de labios delgados, su nariz era lo suficientemente afilada y pequeña y sus ojos, dos zafiros que resplandecerían del mismo modo a la luz del día que bajo las estrellas y la luna, recubiertos por una senda capa de largas y negras pestañas y acompañado de un par de delgadas cejas. El cuadro que representaba, terminaba enmarcado por sus cabellos castaños, largos hasta tocarle los hombros, del mismo tono que el chocolate recién fundido y sedoso, como toda dama desearía tener su propia mata.
Si aquello era un muñeco, Candy podía asegurar que se habían esmerado, usando el mejor material para confeccionarle. Lo único que quizás habría cambiado, era la envoltura. Ese elegante y formal traje negro, lo último en la colección de Giorgio Armani. Al menos hasta hacía dos temporadas atrás.
— Damas— saludó el chico al llegar hasta ellas, con una voz grave y aterciopelada, digna de un rompecorazones. Su sonrisa arrogante, le hizo saber a Elroy que aquella flamante entrada, lo tenía complacido. «Chiquillo malcriado» pensó.
— Joven Grandchester, un gusto conocerle— respondió Elroy con tono jocoso. Candy reprimió el instinto de rodar los ojos.
— El gusto es mío, señorita Andrey— repuso el castaño, tomando asiento— Siento la demora, pero he perdido el tiempo solucionando unos asuntos…— se explicó.
— Oh, por favor, no se moleste. Es claro que un hombre de su rango tenga asuntos que resolver— le concedió Elroy, afable. La sonrisa de Terry pareció servirle de respuesta y solo entonces, el castaño se volvió y reparó en la rubia, que lo miraba como si estuviera trabajando mentalmente en formarse una opinión de él.
— Tú debes ser Candy— le dijo. La rubia parpadeó un par de veces, antes de comprender que el chico le estaba llamando. Elroy intervino de inmediato, en un intento de no dejar a Terry con la palabra en la boca.
— Oh, sí, sí. Ella es Candy, mi sobrina. ¿A qué es bonita?— sonrió la mujer. Terry sonrió, antes de volver a hablar.
— ¡Hey! ¡Tía! Os estoy hablando, joder…— le espetó en un perfecto español, producto de sus años en Madrid. Candy compuso una mueca, no había comprendido nada, aunque la última oración no pareció ser exactamente lo que ella llamaría amigable. Volviendo la cabeza en un gesto altivo, se rehusó a responder, hasta que el castaño se tornara amable con ella.
— Candy…— comenzó su tía, dando pie a ese sermón que estaba a punto de lanzarle.
— ¿Siempre eres así de fría y obstinada?— interrumpió Terry, su voz había perdido aquel tono encantador y dejaba entrever solo, lo mucho que le divertía aquella situación. Por respuesta, la rubia se cruzó de brazos. Gesto, que terminó por hacer reír a carcajadas al castaño frente a ella. A su lado, Gray miraba escandalizada la actitud que el chico había decidido adoptar.
— ¡Vaya que eres tacaña!— exclamó el chico, burlón— Hey, Gray, creía que ya habíamos hablado. ¡Venga, mujer! No es la primera vez que haces esto— le espetó entonces a la casamentera. La dama se limitó a respirar, recordándose con ello que aunque fuera un bueno para nada, aquel era el hijo mimado de la poderosa mujer que estaba pagando sus servicios.
— ¿Qué cosa?— le cuestionó.
— Dijimos que esta vez te esforzarías— escupió Terry— Que lo harías bien y ¿esto es lo mejor? Me gustan las chicas hermosas, las dulces, las que parecen finas muñecas de porcelana. No las que podrían obedecer a Barbie. Si vas a traer ante mí, frívolas, obstinadas y tacañas, mejor que busques mejor en el bajo Londres, porque…— el final de su argumento se perdió para siempre.
Candy había escuchado y respirado, había esperado que su tía se diera cuenta del tipo de niñito mimado con el que pretendía casarla y que fuera por voluntad propia que desistiera en el intento, sin embargo, Elroy a su lado parecía más apenada que nada y Candy estaba segura de saber porque. «Lo ve como si fuera Dios, como si sus exigencias fueran cosas que yo debería arreglar…» pensó, irritada.
Antes si quiera de terminar el final de la oración del chico, había terminado por decidirse y aprovechando que a su lado, una mesera pasaba con una charola repleta de copas de vino tinto, había terminado por arrojar aquel encendido líquido sobre el rostro del inglés, mojando su camisa blanca inmaculada en el proceso, con algo que más tarde sería una mancha imposible de sacar.
Lo único que escuchó antes de ponerse de pie, fueron los gritos ahogados que profirieron Elroy y Gray.
— Tal vez no soy la imitación de porcelana que tanto te gusta, pero al menos, tengo la decencia de no salir de casa presumiendo prendas que hace tiempo pasaron de moda. Si tanto paquete te sientes, princesa, te recomiendo actualizar el guarda ropa. Armani sacó esos trajes hace dos temporadas— sin más que decir, la rubia dejó el lugar, con una Elroy escandalizada y apenada, despidiéndose del castaño antes de salir en pos de la sobrina a la que deseaba asesinar.
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Un golpe sordo lo hizo reaccionar. Elroy y Candy estaba de vuelta, lo que suponía un alivio y una enorme alegría para su persona. Prestando atención al risotto que se encontraba preparando, Albert escuchó con atención, las múltiples quejas que su hermana estaba profiriendo y los suspiros resignados de su hija, que sin dudarlo, se había convertido en la causante de lo que fuera que mantuviera escandalizada a la pobre Elroy Andrey.
— ¡Agg!— exclamó Candy entonces, sacándole de combate. Fuera cual fuera el motivo del disgusto, Albert sabía que en cada ocasión que eso ocurría, Candy prefería reír o consolar a su tía en vez de seguir la discusión. Alarmado porque la rubia estuviera de igual modo molesta, bajó el fuego y dejó la cocina.
— ¿Qué pasa, aquí muchachas?— les preguntó. Candy apenas se volvió para besarle en la mejilla.
— Que te cuente ella— espetó y acto seguido cruzó las puertas una vez más, dejando la casa. Albert, dejó caer el peso de su curiosidad en Elroy que se desplomaba en esos momentos sobre el más cómodo sofá de la sala.
— ¿Me dirás que sucedió? Creí que habían ido por ahí a una de esas cosas que hacen las chicas cuando no están en casa— le inquirió, con una sonrisa tranquila.
— ¡Ag! No me hables de esa pequeña brujilla. ¡Lo ha arruinado todo, Albert! ¡Lo ha arruinado como no debería haberlo hecho!— chilló la dama. Aquel gesto berrinchudo, logró hacer sonreír al viejo Albert que recordó con fidelidad, a la dulce niña de seis años que lloraba al saber a sus padres fallecidos, en brazos de su único hermano que desde entonces veló por sus cuidados y su mantenimiento.
— ¿Es que te ha quitado a un chico de encima sin que lo pidieras?— se mofó el rubio, afable.
— ¡Dios! ¡Albert! No digas tonterías— le riñó su hermana— Había dado con el chico perfecto para ella y la pequeña brujilla va y lo llena de vino tinto. ¡Y no solo eso! Se ha mofado se du ropa, de sus gustos, ni siquiera ha reparado en las sugerencias que él le dio para llenar sus expectativas— siguió quejándose. Albert sonrió divertido. Candy sin duda sabía hacerse escuchar y aunque había alterado a su hermana, le alegraba saber que la rubia sabía darse a valer. Sin poder evitarlo, rompió a reír.
— Pero… ¿de qué te ríes, tonto?— le retó Elroy— ¿Es que no notas lo que ha pasado? Hemos perdido el mejor prospecto que jamás pudo haber conseguido. ¡Y todo por sus caprichos!
— Venga, ya, pequeña. Sabes como yo, que en esta casa, ambas son caprichosas y las adoro por eso. De lo ocurrido, creo que Candy ha actuado como lo consideró mejor, recordad, que el hombre que desee desposar a una de ustedes debe ser como mínimo absoluta e irrevocablemente perfecto, todo lo que ustedes merecen de verdad— sonrió— Si no es así, que se largue con todo y lo que pudo ofrecer—
Por un momento, la mirada iracunda de Elroy se desvaneció, en su lugar, solo ternura se hizo presente y un segundo después, una sonrisa. Sin pensarlo, se puso en pie y abrazó a su hermano, sintiéndose tan protegida y querida como siempre que estaba con Albert.
— Eres el mejor padre y hermano que pudo haber existido— le dijo. Por respuesta, Albert sonrió.
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Nacida en el seno de una familia demasiado adinerada por su galería de arte moderno en el centro de Londres y con otras sedes localizadas fuera de Inglaterra, Eleonor Baker jamás habría creído convertirse en una poderosa mujer. Al menos no más, de lo que estaba destinada a ser, siendo como era, la única hija de sus amados padres. El destino la sorprendió, cuando en una visita que dio por su galería, poco después de cumplir los 24, conoció a Richard Grandchester. El hombre, hijo de cirujanos reconocidos a nivel internacional y heredero de Clínicas San Pablo, había reparado en su persona, tanto como ella en la de él y pronto, el amor había surgido entre ellos y la boda no se había hecho esperar. Años de matrimonio y dos hijos después, solo habían terminado por afianzar aquella relación, sin embargo, el constante mal humor de Richard, a causa del mal camino que su hijo mayor había decidido tomar, la hacía sentirse poco atendida y en más de una ocasión, bien reñida.
En esos momentos, escuchando con detalle la cita que esa tarde se había concertado para Terry y la chica que Gray consideraba adecuada para el muchacho, Eleonor reparó en el grandioso error que había cometido con su hijo. Lo había amado, cuidado y mimado. Y todo el exceso. Terry jamás había alcanzado a madurar y a comprender lo que sus padres le daban, simplemente por el hecho de considerarlo un derecho natural y una obligación de sus progenitores. Nada le había faltado y si en algún momento estuvo a punto de ocurrirle, ella se había encargado de que no fuera así. El mismo Richard había perdonado bastante sus desaires y sus problemas, causados por su gusto a las damas, las parrandas y el alcohol.
— Es suficiente— cortó Eleonor a la casamentera, solo comenzar a escuchar las exclamaciones de disculpa que esta había comenzado a expresarle, por haber llevado a su hijo una dama tan…
— No creo que Candy Andrey, sea, como dices, un desacierto de elección— le dijo a la mujer— A decir verdad, creo que es la mejor decisión que has tomado desde que te contraté. Estudiosas o huecas, ninguna chica ha podido llenar este espacio, porque todas se han ablandado ante la cara bonita del niño o sucumbido ante sus palabras. Lo único que se con esto, es que esa chica, tiene carácter—
— ¿Y eso es bueno?— cuestionó Gray, sorprendida por aquella reacción.
— Más que bueno. Escucha Gray, no quiero más mujercitas de bar, no quiero serpientes que huyan tras envenenarle ni tontas que caigan ante la arrogancia de mi hijo. Quiero una mujer firme y capaz de hacerlo entrar en razón— sonrió Eleonor y Gray pareció finalmente, comprender lo que decía.
— Ya veo… No me rendiré, querida. Haré que Candy acepte a tu hijo y te aseguro que el muchacho, solito terminará por escarmentar— aseguró. Eleonor correspondió, con algo más que esperanza, atisbando en su corazón.
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La última vez que Candy y Susana Marlowe se habían reunido, había sido años atrás, cuando habían hecho el colegio juntas al menos durante los dos últimos años que Candy fue transferida a la preparatoria donde Susana estaba. Su amistad se había afianzado, cuando las habían votado entre los caballeros de último año como las chicas más hermosas del curso y más aún, cuando yendo juntas a donde fuera, habían terminado por descubrir que los mejores pretendientes las asechaban por ser un digno par de hermosuras.
Susana —rubia, esbelta, porrista por naturaleza, de ojos como agua de mar y sonrisa de modelo de revista— había encontrado en Candy una amiga digna de ella, hija del gerente principal del banco de la ciudad. Al saberse que Candy partiría a Nueva York para estudiar modas y siendo que a Susana poco le interesaba estudiar mientras sus queridos y divorciados padres le mantuvieran económicamente hablado, ambas rubias habían pasado sus últimas semanas juntas, viviendo en el pent-house de Susana y disfrutando de días de compras desmesuradas y noches de fiestas desenfrenadas.
Justo en esos momentos y tras años de haberse visto, completamente eufóricas por la idea de volver a residir en la misma ciudad, ambas habían quedado por la tarde, para visitar el salón, hacerse la manicura y terminar en el departamento, donde se ducharon, se vistieron y partieron al mejor y más exclusivo bar de la ciudad. En la pista, el vestido rojo —de lentejuelas brillantes, de entalle perfecto y un largo justo para cubrir lo que debía cubrir— Susana había cogido ya pareja y a su lado Candy parecía coquetear con el precioso rubio del fondo. Su vestimenta de aquella noche, constaba de un vestido corto y ajustado, del mismo largo que el de su amiga y de un tono azul zafiro que le sentaba a la perfección.
Dado que el rubio no se había animado a acompañarle, Candy dejó el campo de batalla y terminó en la barra, pidiendo al sexy barman una bebida fría que le regulara la temperatura. A su lado, un par de ojos aceituna habían reparado en ella y sonreían, como quién más.
— Por favor, bebe— le dijeron. Frente a ella, una cerveza le esperaba y una mano, de piel morena regresaba a su sitio después de habérsela ofrecido. Apenas volverse, Candy se encontró frente a un castaño moreno, de ojos brillantes y sonrisa cínica. Por un momento le pareció que lo había visto en algún otro sitio, aunque si así era, debía tratarse de un chico por demás insignificante para no tenerlo en cuenta ni siquiera por su nombre.
— No, gracias, no me gusta la cerveza— espetó la rubia, desdeñosa. Bastantes idiotas, había visto esa tarde, como para agregar uno más.
— Venga, te sentará la mar de bien— le aseguró el chico, sonriente— Soy Neil, por cierto—
— Bien por ti— haciendo a un lado la cerveza, Candy aguardó hasta que el bar dejó su bebida, un simple Martini frío, frente a ella y lo acercó a sí para beber, no sin antes dedicarle una preciosa sonrisa al chico que servía.
— ¿Bailas?— volvió a insistir el chico a su lado, no dispuesto a dejarse batear.
— No bailo con extraños— espetó ella, con rudeza.
— Pero yo no soy un extraño— aseguró él— No has de recordarme, pero yo a ti sí. Y déjame decirte que estás mucho más hermosa…— una sonrisa desvergonzada cruzó los labios de la rubia, que asintió con la cabeza y se volvió, como si volviera a la pista.
— Hermosa y fuera de tu alcance, galán— le dijo y sin más, se marchó.
Mientras volvía a la pista, la rubia rodó los ojos. Detestaba a los tíos con pinta de galanes, arrogantes y fieles a la creencia de que habían llegado al mundo para ser consentidos, ya fuera física o materialmente, o en ese caso, teniendo a las chicas más hermosas del lugar. Los detestaba tanto como detestaba la idea de terminar soltera sin haber encontrado al hombre perfecto y sin duda, todo hombre que conocía hasta el momento distaba de ser siquiera adecuado.
Porque el hombre perfecto debía reunir al cien, todas esas características que ella había sentado como bases. Debía quererla más allá del cariño, debía adorarla como el mejor premio y cuidarla de todo lo que pudiera faltarle o sucederle. El hombre prefecto debería poder tomar el sitio de Albert, aunque era consciente de incluso siendo un prototipo perfecto, ningún caballero lograría jamás llenar aquel sitio tan especial.
A sus espaldas, el chico de ojos aceituna la observó alejarse y mezclarse con la multitud; pese a que la rubia había alcanzado a su amiga y se había vuelto a unir al baile que comenzaba a movilizarse en la pista, sus brillantes ojos no la perdieron ni un segundo. Pues, a decir verdad, era casi imposible perder de vista aquella mata de cabellos rubios rizados. Una amarga sonrisa bailó en sus labios, recordando el porqué de su visita a aquel bar.
La había conocido a los ocho años, cuando la rubia acababa de mudarse a la casa de al lado siendo solo una niña de apenas seis años, y la había vuelto a encontrar en el colegio elemental, cuando ella ingresó al mismo Instituto. La había amado como loco desde el instante en que fue consciente del efecto de las niñas en los niños, incluso a sabiendas de su diferencia y había sufrido cuando, dejando la secundaria atrás, tuvo que mudarse para emprender la preparatoria en otro sitio. Sin embargo, aquellos años tan asquerosos, habían valido con creses, con solo verla camino al colegio, cada mañana cuando ella caminaba por el parque haciéndolo a él, pedirle al chofer que condujera más despacio. Verla partir a América —aquella tarde en que la siguió por todo el aeropuerto, sin que ella lo supiera o lo advirtiera siquiera— había sido lo más cruel que había hecho y sin embargo, ahí estaba otra vez.
La razón tan obvia que él mismo había comprendido, sobre el porqué la rubia jamás habría reparado en él, en un pasado lejano le revolvió el estómago, pues aún le avergonzaba aquella realidad. De complexión media, de piel morena, demasiado flacucho para jugar futbol, demasiado torpe para tiro con arco, demasiado feo para declararse a la chica de sus sueños (sin importar cualquier otro factor de su realidad). Lo que más lamentaba en su vida, había sido cambiar. Ingresar a la escuela de Leyes, visitar a una estilista que lo cambió por completo, acudir a los mejores emporios por las mejores marcas. Todo con Candy tan lejos de Londres, que creyó que jamás la vería de nuevo. Tan lejos que ella jamás lo vería y caería a sus pies.
— Ha llegado el momento de que repares en mí, Candy. Ya lo verás— se dijo a sí mismo, mientras dejaba algunos euros sobre la mesa y dejaba el bar.
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— ¡Venga, Terry!— exclamó Archie, visiblemente hastiado, desde su sitio en el mini bar. Aquella como todas las noches, había acudido al hotel dónde Terry había estado viviendo para discutir brevemente los planes para la velada, quizás beber una copa y finalmente salir a disfrutar de los más divertidos y excéntricos lugares de Londres. Sin embargo, el castaño que desde su llegada, había permanecido tumbado en el sofá, despotricando sobre sabía Dios quién, no parecía ni remotamente interesado en devolverle las propuestas que lanzaba al azar.
— ¡Es que…! ¡Esa…! ¿Puedes creerlo? ¿Puedes…? ¡Rubia tonta y loca! ¡Es una rubia tonta y loca!— siguió exclamando el castaño, fuera de sí. Sin volver a intentar ser escuchado, el joven de ojos chocolate y cabellos castaños, suspiró resignado y terminó por tomar su bebida. No sabía que tanto tendría que ver la cita que su amigo había tenido esa tarde con su adorada casamentera aunque era consciente de que el castaño nuevamente se había librado de las nupcias. ¡Si la suerte, sí que existía! «Pero entonces… ¿Qué rayos le pasa? Debería estar feliz» pensó para sí.
— ¿Acaso vais a ignorarme la tarde entera? ¡Os he llamado unas perlas que no compartiré con vos, si seguís así, tío! ¡Joder! ¡Peladme, coñazo!— le gritó sin más, esperando que al menos el cambio de idioma lograra captar la atención del castaño perdido. No fue hasta que arrojó el corcho de la botella de vino, directo a la cabeza de Terry, que el este no reacciono.
— ¿Pero qué…?— la sonrisa en labios de Archie lo mandó callar. El timbre sonando en sincronía con sus pensamientos lo devolvió al fin al presente. La espantosa cita con aquella rubia pecosa se le borró de la memoria y con un guiño de ojo a su mejor amigo, ambos castaños se prepararon para la excelente noche que habrían de pasar.
Momentos después, Archie cerraba la puerta, eufórico y embelesado. La aparente indiferencia de Terry, lo había orillado a llamar a su mejor contacto y solo media hora después, su gran pedido había aparecido. Cuatro chicas, cada una tan preciosa como la otra. La primera de ellas, una morena de aparente origen latino, vestía una corta prenda que pretendía ser una falda, combinada con un top rojo que poco dejaba a la imaginación. Junto a ella, dos gemelas rubias a las que Terry ignoró deliberadamente y finalmente, una pelirroja. Alta, delgada, de sonrisa ambiciosa y ojos como fiera. Su maquillaje era adecuado para aparentar 25 o quizás menos edad. Aquella noche había optado por un vestido rojo, que contrastaba en su piel dorada y dejaba a la vista tanto de arriba como de abajo. Terry ni siquiera tuvo que imaginar cómo vestiría debajo, el encaje del sostén asomaba por el borde del vestido.
— ¿Te gusta lo que ves?— le preguntó la chica, con apenas una mota de seducción en la voz. El castaño sonrió, cínico, antes de responder.
— ¿No sabes verte mejor?— Archie y las gemelas se tumbaron entonces en la sala, mientras la latina y la pelirroja, llevaban a Terry a la habitación y corrían las puertas. Cada una de las chicas había aparecido con botellas de vino en la mano y ya Terry habría de tener copas esperando junto a la cama.
El tiempo siguió corriendo, mientras las chicas les embriagaban y entre besos, caricias provocadoras y falta de ropas, los llevaban a la perdición. Acababan de dar las seis de la mañana, cuando Terry se quedó solo en la cama junto a una sexy latina que no le descuidaba, incluso entonces. Fuera, Archie yacía entre las dos rubias, desnudo y complacido, entregado a los efectos del alcohol.
Ninguno de los dos reparó en la pelirroja, que sigilosa y victoriosa, cruzó de arriba abajo la suite, rebuscando por ahí y por allá.
Continuará…
JulietaG.28
