Capítulo 1. Princesa del pasado

El estruendo de las últimas explosiones todavía le zumbaba en los oídos. Su desconcierto era terrible pero lo era más su impaciencia por bloquear la puerta con ayuda de su última reserva de energía. Segura de que aquella puerta no resistiría más que unos minutos, giró sobre sus talones. Contempló la silla del trono al fondo del salón con un semblante grave. Exhaló un suspiro, apretando el pequeño bulto que sostenía en brazos.

La premura mutó momentáneamente en una extraña solemnidad. Caminó hasta la silla del trono y se sentó con aire afectado, arreglándose con la mano libre el vestido. Una vez acomodada, cerró los ojos y se abrazó a Sigyn con fuerza.

Escuchó a sus enemigos estrellarse contra la última puerta y los guardias de palacio retrocedieron un paso. La gran puerta del Salón del Trono no resultaría un obstáculo significativo para las fuerzas asgardianas.

Apretó los parpados y la consternación volvió. Trató de buscar el hilo de la serenidad y pensar en alguna forma última y desesperada de escape. Tal vez fue por el abatido caos en su cabeza, pero su mente no encontró lo que buscaba. No había escondite y tuvo que aceptarlo sintiendo ardientes lágrimas deslizarse por sus mejillas. Su única opción era encarar el peligro y esperar algo de misericordia.

Freya abrió los ojos, emergiendo por un instante de sus cavilaciones y sintiendo el violento saltó de su corazón al escuchar el primer golpe contra el portón. Volvió su atención abajo, unos grandes ojos azules la observaban curiosos. Sonrió para la última de sus hijas.

Otro estruendoso golpe le provocó una dolorosa punzada en las sienes. La regordeta cara del bebé en sus brazos se contrajo como aviso del llanto. Freya quiso tranquilizarla meciéndola dulcemente al tiempo que cantaba una vieja canción de cuna en un tono trémulo, titubeante y ronco. Fue vagamente consciente del estremecimiento que la atacó llegado el recuerdo: Aegir, su adorado primogénito, Lofn, Syn y Nanna, hermanas mayores de Sigyn, habían escuchado esa misma canción muchas veces antes. La voz de Freya había entonado aquella dulce melodía tantas noches, inclinada sobre la cuna de un precioso bebé, incrédula de que los viejos dioses le concedieran regalo semejante a ella, a Freya, que se había salido con la suya tantas veces durante tanto tiempo.

Ahora, sin embargo, el universo mostraba su ineludible forma de cobranza. La desgracia sobre su familia y su reino llegaba como un modo tardío de cólera cósmica por sus irreparables faltas pasadas. La reina vanir no pudo evitar especular hasta qué punto era todo culpa suya.

La frecuencia de los impactos del ariete contra la puerta aumentó. Freya salió de sus recuerdos y enfrentó la vista de su última barrera cediendo en medio del estruendo furioso de la aldaba de madera quebrándose. Una de las hojas cayó al suelo haciendo reverberar un eco funesto y potente por todo el salón.

Freya parpadeó rápidamente, tratando de limpiar su visión de las lágrimas. Odín cabalgaba a la cabeza de una escuadra de guerreros asgardianos. Los príncipes Thor y Loki, a derecha e izquierda del rey respectivamente.

Freya dejó escapar el aire.

Los cuerpos de Aegir e Iwaldi iban cruzados sobre el lomo de una montura sin jinete. Estaban muertos y la sangre escurría hasta el suelo.

«Se dice que la reina perdió el juicio aquel día…»

En los jardines de palacio, la violenta luz del sol de mediodía había obligado a los tres estudiantes de noble linaje, que esa tarde tomaban su clase al aire libre, a buscar protección bajo uno de los enormes y frondosos árboles del jardín. Sentados en posición de loto, salvo por la joven oradora en turno, cumplían la tarea que su instructora había mandado.

—Mi padre la ha visto, encerrada en las mazmorras del palacio vanir.

Una niña de las dos niñas pelirrojas sonrió con suficiencia, la mirada soñadora en sus ojos verdes les dio la impresión a sus compañeros de que disfrutaba de imaginarse a la antigua reina de los vanios enclaustrada en algún lúgubre calabozo.

—No seas mentirosa, Lorelei. Murió.

Un niño castaño y regordete intervino, acompañando su aseveración con una torcida sonrisa de triunfo dirigida a Lorelei.

La narradora rechazó frenéticamente la sacudida de dolor en su corazón, rodó los ojos en su lugar y chasqueó los dedos frente a las caras de ambos niños, quienes, a decir por sus expresiones, estaban dispuestos a sumergirse en una larga discusión, interrumpiendo así su turno de relatar un hecho dentro de la historia del reino, como había pedido Kelda, su preceptora de Historia y Tradición Asgardiana.

Los otros dos niños accedieron a prestarle atención de nuevo, aunque de mala gana.

— ¿Puedo continuar? —cuestionó molesta, colocándose una mano en la cintura.

Los niños asintieron en silencio, ella lanzó un suspiro, frunció los labios y recordó en dónde había cortado su relato.

—Cómo iba diciendo…

Se decía que Freya había enloquecido aquel día. Su esposo y su hijo se veían reducidos a aquella maléfica muestra de victoria y ni siquiera tuvo la fuerza para pensar en el espantoso final que acababan de tener sus hijas mayores.

La reina vanir apartó la mirada, la boca entreabierta, como si fuera a soltar una exclamación de dolor, pero las imágenes sangrientas de los últimos meses se arremolinaron dentro de su cabeza, culminando de manera atroz con su familia mutilada, y Freya fue incapaz de emitir sonido alguno, sin aliento, un enorme agujero en su estómago y…

—Sí, sí, se volvió loca pero, ¿murió? —insistió Lorelei, torciendo el gesto e inclinándose un poco hacia adelante.

La narradora apretó los dientes, inhaló y exhaló, queriendo mantener la tranquilidad. Mala suerte fue que paciencia y tranquilidad no se pudieran contar dentro de sus cualidades.

—¡Maldigo a los dioses, Lorelei, cierra el pico hasta que termine con la historia!

Sigyn apenas tuvo tiempo de terminar su encolerizada frase, poniéndose de pie y gesticulando bruscamente con los brazos. Un instante después, algo aturdida, se dio cuenta de que Kelda la llevaba de una oreja. Era endemoniadamente doloroso, pensó, arrugando la nariz.

Se le ocurrieron amenazas e insultos en abundante cantidad. Ella era una princesa, estuviera donde estuviera, ella era una princesa y absolutamente nadie iba a agarrarla de las orejas, con modos tan bruscos, sin ganarse un buen y bien merecido castigo por ello. Sigyn misma se encargaría de vigilar que al menos le cortaran la mano a aquella mujer. La guardaría en un recipiente y se la mostraría a todos sus conocidos, así pronto se correría el rumor de que a Sigyn Iwaldisdottir nadie la jaloneaba ni le tocaba un pelo con malas intenciones y se salía con la suya. Ah no, vaya que no…

A mitad de su arenga interna, Sigyn fue consciente de estar soñando despierta. Nadie le cortaría la mano a nadie por haberla alzado contra una princesa extranjera, secuestrada, y ni mencionar su fama. Quien recibiría una buena reprimenda sería ella, Sigyn lo intuía. A juzgar por el camino que habían tomado, su próxima parada sería Idunn, su traidora tía Idunn. Y la traidora tía Idunn no desaprovechaba jamás la oportunidad de darle un buen regaño y hacer que uno de los sirvientes le propinara unos buenos golpes con una delgada vara (en Midgard a las mujeres con varitas se les llamaba brujas y eran quemadas vivas, recordó Sigyn, sonriendo internamente) sobre las manos.

Sigyn alzó la vista para ver el hosco gesto de Kelda, calculando la seriedad de su aprieto. Kelda, la bruja número dos, le profesaba una profunda antipatía desde que la conoció (no se podría decir que el sentimiento no fuera recíproco) y Sigyn no dudaba de que aprovecharía esta ocasión para "darle una lección".

La observó un instante más, previendo la cantidad de problemas que tendría, y luego bufó y rodó los ojos.

—¿Sabe, Lady Kelda? —La mujer no se detuvo ni hizo amago de prestarle atención, lo cual no pareció ser inconveniente para Sigyn—. Estaba haciendo precisamente lo que pidió, lo que sucede es que no guardaron silencio. Quiero decir, yo escuché muy atentamente cuando fue su turno… —Suspiró dramáticamente—. Con toda sinceridad, es preocupante la cantidad de simios retrasados que permite en su clase estos últimos días. Yo creo, con todo respeto, que se está poniendo vieja.

Lady Kelda no se inmutó; sin embargo, Sigyn claramente sintió como el par de dedos sobre su oreja apretaban el agarre, haciéndole soltar un gruñido. Por dentro, Sigyn bailaba la (dolorosa) danza de la victoria.


Loki se acercó silenciosamente hasta ella, con la misma intención de siempre. Angerboda no se enteró de su presencia hasta que fue demasiado tarde. El enorme libro cayó al suelo, con un sonido que reverberó por todo el corredor.

—No volveré a decírtelo. —Comenzó a sermonearle. Bajó la mirada hacia el libro, observó luego a Loki con reproche. Al final, hizo levitar el objeto hasta sus manos nuevamente—. La próxima vez no habrá un aviso, así que has algo de ruido, por todos los dioses. Pude haber sostenido algo peligroso, ¿quieres matarme acaso?

Una maliciosa sonrisa surgió en los labios de Loki mientras entrelazaba las manos sobre la espalda.

—¿Tal vez esa es la idea?

Angerboda lo miró cansada, se encogió de hombros y continuó caminando.

Anduvieron en silencio un rato, como solían hacerlo cada día. Una vieja costumbre que muchas veces era el único medio para convivir en medio de la "agitada" vida del menor de los hijos de Odín.

—Todavía con ese viejo libro, ¿dónde quedaron todos los que te regalé? —Inquirió él, oteando las amarillentas páginas por las que los ojos de Angerboda viajaban impacientes.

—Tus románticos libros de hechicería son para principiantes —dijo la doncella con aire ausente—. Ella necesita de algo más fuerte que tiernos encantamientos para animales.

Loki arqueó las cejas.

—¿Para principiantes? Mujer, ¿desde cuándo un compendio de magia negra escrita por Sivald Sturluson entra en la categoría de "libros románticos"?

— Sivald Sturluson —musitó ella, pensativa, tratando de recordar algo—. Era un nigromante patético que terminó sus miserables días en una sucia taberna midgardiana —agregó, con una media sonrisa displicente—… Estaba demente y era un ebrio, Loki.

El príncipe rodó los ojos, resolviendo que era hora de cambiar el tema. Sinceramente, no quería enfrentarse a la pelea que resultaba de argumentar con Angerboda acerca de esos temas.

La conocía muy bien. Angerboda había aparecido en la cámara del Bifrost una mañana en que Loki había estado de un humor peor que de costumbre. Ambos estaban atascados en unos insufribles trece años y ni ella deseaba vivir en la corte asgardiana, como tampoco él quería despertarse excepcionalmente temprano a recibir a una plebeya de un reino de monstruos.

Angerboda no era una princesa, había llegado como parte del cumplimiento de un armisticio. A su corta edad, había demostrado una notable habilidad para la magia. Se juzgó, por los ancianos del consejo, que un poder semejante, mal predispuesto en Jotunheim, podría atentar contra la paz y seguridad de Asgard y el resto de Yggdrasil.

El Cofre de los Antiguos Inviernos no fue el único tesoro de Jotunheim que se resguardó en el Reino Dorado.

En aquél entonces, la sorpresa de Loki pudo más que su hosquedad. La vio y no pudo conciliar la imagen de esa niña castaña que resultaba incluso bonita, con los monstruos jotun de los cuentos que Fandral contaba durante la cena. Loki jamás se atrevió a demostrar sus afectos en público, la negó cada vez que pudo y jamás superó por completo la incomodidad que se plantaba en su pecho al recordar su origen jotun, pero lo cierto es que Angerboda fue su única verdadera amiga durante mucho tiempo.

—¿Algún progreso? —Cuestionó, emergiendo de sus pensamientos y girando la cabeza en dirección a las ventanas que se abrían en el pasillo. Distrajo su mirada con la imagen dorada de la ciudad que ofrecía el mirador, pero se rehusó a dejarse arrastrar por sus recuerdos otra vez.

—No logra mover un tenedor. —Le respondió ella, una mueca de frustración en sus labios. Alzó el rostro y bajó el libro—. Realmente creí que lo hacía apropósito, conociéndola, no me sorprendería. Pero en verdad no puede. —Loki regresó su vista a Angerboda—. Ayer, en la biblioteca, la mandé a buscar un libro e hice caer intencionalmente otro desde una repisa superior. —Loki alzó las cejas lentamente y curvó sus labios en un gesto burlón, imaginando la escena—. No lo detuvo y no me sorprendió, sólo era para llamar su atención, quería que levantara la vista. Dejé caer otro libro entonces, esta vez con ella atenta… —Angerboda resopló—. Ahora tiene una cicatriz horrible en la frente que se negó a dejarse curar y presume como un trofeo.

Loki se encogió de hombros, apenas conteniendo una sonrisa. No debería, pero hallaba hilarante la expresión desalentada de la hechicera, y aún más, el descaro de Sigyn al ostentar su falta de habilidad mágica. Fallar como hechicero avergonzaría hasta la muerte a cualquier vanir.

—Tal vez ése no es su terreno —señaló Loki.

—Su habilidad en pociones es un poco peor, es incapaz de recordar la preparación de las más fáciles.

—No me refiero a magia —replicó Loki de inmediato.

Angerboda frunció el ceño.

—Es una princesa vanir, si no es buena en magia, ¿en qué…?

Loki conocía la respuesta y el semblante pareció brillarle en el justo momento que podría compartir su conocimiento con la hechicera.

Loki, un joven hombre asgardiano, había conocido a Sigyn Iwaldisdottir una tibia tarde hacía diez años. Envuelta en varias mantas, era un bicho sin color con el cuerpecillo helado de una muerte sin consumar que era leyenda entre los vanir. Se decía que a un segundo de encenderse la pira funeraria de la pequeña Sigyn muerta, el bultito comenzó a retorcerse y un llanto rompió el silencio en respeto por la princesa muerta. Sigyn vivía. Desde luego, eso formaba parte de los muchos cuentos vanir y a los asgardianos en su mayoría no les interesaba en lo absoluto.

En el momento que la vio por primera vez, Loki no entendió el porqué de la sensación de culpabilidad en su pecho. Era como si no estuviese tratando con la debida solemnidad un asunto de incalculable importancia. Al joven pelinegro le asombró encontrarse con un ser tan cerca de la inmaterialidad, con esos risueños pero penetrantes ojos de fantasma. Loki no fue capaz de dormir durante varias noches pensando en el fin de la guerra, semanas antes, cuando su padre le ordenó a Thor arrebatarle la criatura a Freya y el rubio sin objetar se acercó a la reina caída y arrancó de los brazos de su madre a Sigyn. Y él había estado ahí, confundido entre la vaga sensación de haber cometido un ultraje gravísimo y la certidumbre de estar en completo desacuerdo, pero al fin de cuentas, incapaz de interferir, consciente del riesgo de decepcionar a su padre una vez más.

El príncipe no era adepto de los niños, no se enternecía cuando hacían una gracia y no se preocupaba por hacer monadas para verlos sonreír. No lo había hecho hasta entonces y no empezó ése día. Acercarse a Sigyn fue un simple intento por acallar su culpa y volver a las noches de sueño completo. Al paso del tiempo y mientras Sigyn crecía, algo más fuerte que culpa lo unió a la vanir: se identificaba con ella.

Y muy pocos llegaron a comprender por qué.

Al contrario de Loki, Sigyn era una lástima en el campo de la magia. No era organizada ni puntual, cualidades que siempre había caracterizado al príncipe asgardiano. No era ni elegante ni educada. Sigyn marchaba por palacio con el cabello de un muchacho y enfundada en los pantalones que Frigga y Thor le hacían llegar de contrabando, porque Idunn no consentía las rarezas de su sobrina y pensaba, muy erróneamente, que la amenaza de andar sin ropa alguna podría llegar a hacerla entrar en razón.

Baja de estatura. Era escuálida. La exuberante belleza que caracterizaba a las de su ahora extinta estirpe, parecía haber pasado a un lado suyo sin advertir su existencia. Nadie apostó a que mejoraría nunca y lo cierto fue que su belleza floreció en el apogeo de su posterior encierro.

Frigga fue la única que pudo sospechar que aquella niña poco femenina y refinada pudiera terminar trabando tan entrañable relación con su hijo menor. Lo supuso cuando lo obligó a sostenerla en brazos por primera vez, y lo confirmó el día que Odín descubrió quien encubría a la niña en sus múltiples travesuras por palacio.

Loki se veía reflejado de alguna manera en Sigyn, aun cuando parecían ser tan diferentes y hasta incompatibles. A pesar de su revoltosa forma de ser, Sigyn era una niña solitaria y el príncipe sabía de sobra lo que era ser un niño solitario. Sigyn dijo que era amiga de un lobo gris el día que consiguió meterlo al castillo, sacándole un susto de muerte a más de uno, entre ellos sus amigos (aunque ella disfrutara de alardear que no eran sino sus subordinados) más cercanos: Lorelei y Lir.

A Loki le gustaba esa curiosa sensación de orgullo y sorpresa que arribaba en él en presencia de Sigyn y sus peculiares costumbres. Le gustó siempre y aun en el futuro, cuando pareció haberlo olvidado todo sobre ella, ese grato cumulo de emociones prevaleció sobre cualquier hechizo de olvido. Y aquella vez, con Angerboda y su pregunta a medio terminar, el pecho de Loki se llenó de esa misma sensación esponjosa: satisfacción, hilaridad, asombro.

El el regular sonido de un par de tacones acercándose por el pasillo, acompañado por unas pisadas arrastradas, atrajo la atención de ambos, interrumpiendo la respuesta de Loki. Una mujer de mediana edad, rubia y alta, enfundada en la típica túnica gris de las preceptoras llevaba un… una Sigyn por la oreja.

Loki sonrió con el característico orgullo de un hermano mayor, advirtiendo la cicatriz de dos pulgadas que atravesaba la frente de Sigyn.

Angerboda sacudió despacio la cabeza hacia los lados, incapaz de sorprenderse. No había manera de que le asombrara la habilidad de Sigyn para meter la pata.

—Siempre yo. —Se quejaba la niña pelirroja. Su gesto enfurruñado, mirando el suelo—. Todo lo malo que ocurre en este reino es, de una forma u otra, culpa mía... Las cabras se salieron de los establos y entraron en la cocina: Sigyn. El Gran Salón inundado: Sigyn. Las nix fueron liberadas e hicieron destrozos en la biblioteca: Sigyn. —Luego, comenzó a exagerar—. El Bifrost explotó, Nidhug salió de su encierro y le prendió fuego a la ciudad, las estatuas lloran sangre, el agua de los ríos se convirtió en veneno, Odín ya no despertó de su sueño, los puercos vuelan: Sigyn, Sigyn, Sigyn. ¡Todo lo hace la marimacho de Sigyn!

—Se te olvidó mencionar el incidente con los caballos de las valquirias.

Kelda se detuvo, apresurándose a soltar un atropellado "su alteza" y a inclinarse en una reverencia, entretanto Sigyn levantaba la mirada. Loki la observaba serio aunque su tono de voz había sido jovial.

— ¡Ah! Claro, cómo olivarlo —apoyó Sigyn, sarcástica—. Gracias, Loki.

El incorrecto trato informal fue suficiente para sacar a Kelda de su sorpresa, bajó su mano de la oreja de Sigyn hasta su brazo y la zarandeó.

—Esa no es manera de dirigirte a tu príncipe —demandó en un tono chillón.

La repentina alegría que había empezado a formarse en la niña se desvaneció al sentirse jaloneada otra vez por su instructora. Rodó los ojos en su dirección y luego volvió a enfocarse en Loki.

— No es mi príncipe —señaló, entrecerrando los ojos—. No soy asgardiana. Me sorprende que justo ahora se le olvidara, si me lo recuerda al menos una vez al día.

El rostro de Lady Kelda enrojeció de coraje, fulminando a la niña con su mejor mirada asesina. Sigyn se limitó a zafarse del fuerte agarre de la instructora, lo cual fue una mala idea, como pudo notarlo cuando volvió a sentir los huesudos dedos de Kelda en la oreja. Sigyn maldijo por lo bajo.

— ¿A dónde crees que vas? —Le increpó la mujer—. Todavía tienes asuntos pendientes con Lady Idunn.

Sigyn rodó los ojos por enésima vez en el día.

—¿No le parece muy gracioso que me reprenda por no llamar a la gente con su debido título y usted esté aquí tratándome como si fuera mi igual?

Kelda abrió la boca para replicar, su cara contraída por el enojo. Pero en el momento, Loki carraspeó.

—Alteza. —Hizo una reverencia—. Llevaré a esta pequeña sinvergüenza ante su tía para que reciba su debido castigo.

Loki detuvo a la mujer con un movimiento de su mano antes de que comenzara a caminar una vez más.

—¿Se puede saber qué hizo ahora? —Preguntó Angerboda, adelantándose para quitar la mano de Kelda de encima de Sigyn y atrayendo a la niña hacia sí.

La palabra indignación atravesaba el rostro de Kelda, por lo cual Sigyn sonrió con malicia. Si Kelda despreciaba a alguien más que a la princesa vanir, era a la hechicera jotun.

—Su vocabulario deja mucho que desear —dijo, evasiva.

—Eso no amerita una interrupción a la ajetreada vida de Lady Idunn —terció Loki.

La faz de Kelda cambió en el momento que sus ojos volvieron al príncipe. Contrario a su obvio trato reticente con Angerboda, debía ser amable con el menor de los hijos de Odín.

—Su… alteza —empezó titubeante—. Esa niña es una nefasta influencia para los otros dos jóvenes asgardianos que conviven con ella en sus clases diarias. —Los severos ojos de la mujer viajaron hasta la niña—. Les mete ideas en la cabeza con sus historias, cambia los hechos en su subjetiva y errónea versión… Es una ofensa hasta para su señor padre, príncipe Loki.

—¡No es cierto! —Exclamó Sigyn, colérica—. ¡Todo lo que digo es verdad y lo sabe, vieja bruja mentirosa!

Tanto Angerboda como Loki ahogaron la risa. En cambio, procuraron mostrarse decepcionados ante el mal comportamiento de Sigyn. Angerboda puso una de sus manos sobre el hombro izquierdo de Sigyn, con ademán severo.

—No se preocupe, Lady Kelda. Yo me encargaré de vigilar que esta pequeña dama aprenda, después de todo, su próxima clase es conmigo.

La protesta de la mujer murió en sus labios cuando Loki la interrumpió.

—Puede irse, Kelda.

—Pero….

—Puede irse —insistió, exigente.

Lady Kelda se quedó estática durante un instante, con los ojos bien abiertos. Al final, realizó una reverencia, masculló algo así como un "lo que ordene, su alteza" y regresó por donde había venido.

Las facciones de Sigyn se iluminaron por un grande gesto de victoria. Angerboda frunció el ceño y bajó la mirada hasta la niña, provocando que el triunfo de Sigyn se desvaneciera de a poco.

—¿Qué? —Cuestionó sincera—. Ya se fue. —Sonrió mientras explicaba, sin lograr entender porque esa cara si el problema ya había acabado.

Angerboda sacudió la cabeza, exasperada. Alzó la vista en dirección a Loki y él a su vez se alzó de hombros.

—Si me disculpan, tengo entrenamiento —se excusó Loki. La boca de Angerboda se torció en molestia mientras Loki le alborotaba los cabellos a la niña y continuaba con su camino—. Deberías hacer algo al respecto —gritó Loki a nada de doblar en la esquina del pasillo—, es tu culpa que sea tan malcriada.

Los ojos de Angerboda centellaron. Sigyn levantó la vista con una mueca de disculpa en sus labios.

—Ya habíamos hablado de esto. —La reprendió con severidad, haciendo un ademán con su mano para indicarle a la niña que caminara—. No puedes ir por ahí enfrentándote a todos.

—Soy una princesa… ─Se justificó, su vista clavada en sus pies. Parecía más enfadada que mortificada.

—No. ─Le corrigió la mayor. Era la primera vez que contradecía la teoría de Sigyn de que por ser la siguiente noble vanir en la línea de sucesión tenía alguna prerrogativa en Asgard—. Aquí no… No todavía.

Sigyn volteó a verla con sus ojos ensombrecidos por las lágrimas. En el fondo, Sigyn siempre supo que aquello era cierto, siempre fue internamente consciente de no ser otra cosa que una súbdita más de Odín. Angerboda había alentado su fantasía por mucho tiempo y eso le dio la esperanza, quizá no todo fuera una ilusión suya. Sigyn tenía apenas once años, pero había entendido desde el principio a qué se veía reducida su situación si se le restaba su condición de princesa vanir: una rehén, una reliquia, un triste trofeo de una guerra ganada.

En ese momento, a medida que llegaban al saloncito donde Angerboda le impartía las lecciones diarias de hechicería, las escenas que asaltaban a Sigyn durante sus sueños se arremolinaron en su mente. Agachó la mirada, respiró hondo y un brillo de resentimiento cruzó sus ojos.

—Soy la última princesa vanir —aseveró— aquí y ahora.

Angerboda apretó los labios ante las palabras de la niña, no dispuesta a discutir sobre el asunto hasta que estuvieran a salvo de cualquier que pudiera escuchar o mirar. Empujó una de las hojas de la gruesa puerta de ébano que daba acceso al pequeño salón que Frigga había dispuesto como estudio personal de la hechicera. Una vez adentro, Sigyn tomó asiento en su acostumbrado banco. Con aire hastiado apoyó los codos en la mesa de trabajo. Estaba repleta de toda clase de utensilios de hechicería: plumas de aves exóticas, manojos de hierbas extrañas, muchas de ellas venenosas, un par de morteros, varios recipientes de cristal, el tenedor que no había logrado hacer levitar un par de días atrás, la jaula con su pobre víctima del diario: una urraca a la cual bautizó con el anagrama del nombre Loki.

Sigyn contempló fijamente a Ikol, ladeando la cabeza y frunciendo los labios. Parecía triste, muy triste, y Sigyn comprendía del todo sus razones: las jaulas son espantosas. No importa si son de hierro barato y no rebasan los 50 centímetros de alto, o son dorados reinos extranjeros, las jaulas son jaulas. Pensar en eso le trajo a Sigyn un ilocalizable malestar.

—Sueño con ellos cada noche. —Le confesó con amargura a Angerboda. La mayor había reabierto su enorme libro y buscaba entre las gastadas páginas la información que pudiera ayudarle a canalizar la energía de la pequeña pelirroja.

La mujer llevó de inmediato su atención a Sigyn. No supo que decir de inmediato. Loki le había contado algo al respecto, pero nunca hasta entonces Sigyn se había sentido con la confianza suficiente para desahogarse con ella. El corazón le dio un vuelco al notar que la relativa solidez de Sigyn se disolvía en la imagen de esa pequeña de dorados y húmedos ojos, su semblante lejano. La hechicera se preguntó si acaso esa misma había sido su expresión durante sus primeros años en Asgard.

Tal vez, pero a diferencia de Sigyn, Angerboda no había contado con la habilidad necesaria para esconder su melancolía debajo de gruesas capas de arrogancia e insolencia. Angerboda añoró su hogar y a su madre por largos años en una abierta nostalgia. Ella jamás volvió a visitar Jotunheim o volvió a ver a su madre.

—Son sólo sueños —dijo Angerboda, tratando todavía de separarse del doloroso recuerdo de su pasado. Habían transcurrido al menos quinientos años desde la última vez que había visto a su madre, a este punto ya no debería doler—. Alimentados, a propósito, por las historias de Loki… Sigyn —comenzó a reprenderla nuevamente, aprovechando que la niña no la veía para secarse con los dedos la comisura del parpado derecho, por el que se asomaba una lágrima—, no puedes ir por ahí contando esas historias. Loki accedió a darte una versión más objetiva que la de los libros de historia, pero eso no significa que tengas que divulgarla por doquier, la mayoría de los asgardianos, como Kelda, no encuentran agradable quedar más como tiranos que como justos y legítimos vencedores.

—Pero es que eso fue un acto de tiranía, Angerboda —replicó la menor, girando la cabeza en dirección a la hechicera y gesticulando entre la desesperación y la furia—. Ellos no se conformaron con vencer. —La terrorífica imagen del cuerpo de su padre en exhibición fuera del palacio vanir se presentó con una claridad que rebasaba la de sus ya de por sí nítidos sueños—. Aplastaron a mi pueblo. —Continuó con voz ahogada—. Asesinaron a mi familia. Yo no puedo olvidarlo.

—No puedes asegurar eso. —Se apresuró a callarla. Angerboda consideraba ese salón un lugar seguro, sin embargo, más valía no hablar de más y provocar la ira de las personas equivocadas—. No estuviste allí, son sólo sueños.

—¡Claro que no! —Exclamó Sigyn, poniéndose de pie de un salto y quedándose en silencio un segundo—. No lo son —sollozó luego, retrocediendo un paso y dejándose caer sobre el banco una vez más—. Son reales, lo sé… —Su vista, hasta entonces enfocada en las baldosas del suelo, viajó a Angerboda—. Los veo todo el tiempo —musitó—, mutilados, la sangre brillante en todos lados, el fuego y la insondable tristeza en sus ojos… No es sólo mi mente, Angerboda. Sabes que no tengo tan buena imaginación.

La mujer se acercó en silencio y estrechó a Sigyn entre sus brazos mientras los sollozos de Sigyn llenaban la habitación.

—Piensa en ellos entonces —susurró después de un largo rato de quietud—. ¿No merecen tu pueblo y tu familia algo de paz? ¿No se ha derramado ya suficiente sangre? Si continúas de esta forma conseguirás que Odín te descarte como posibilidad de alianza. Sigyn. —Se separó un poco de ella para verla a la cara. Sus ojos tenían algo de severidad, pero eran también comprensivos, casi maternales—. Estás a punto de convertirte en una señorita ¿sabes lo que eso significa?

Sigyn asintió, secándose las mejillas con el dorso de la mano.

—Loki me lo explicó a grandes rasgos cuando se lo pedí —contestó. Angerboda frunció el ceño por un momento, después trató de olvidar lo raro que era eso y volvió al problema actual.

—Cuando eras niña se toleraba tu comportamiento, les parecía una gracia —explicó—, pero de un tiempo para acá eso se ve como una amenaza. Una princesa consorte rebelde, Odín y su consejo no ven eso con buenos ojos. Debes comportarte, ¿está bien? Sobre todo en presencia del Padre de Todo y de Thor.

La mención del príncipe heredero le arrancó un quejido que volvió a restarle toda madurez.

—No quiero casarme con él, Angerboda ─gimoteó, tallándose los ojos.

—Es lo mejor que te puede pasar. —La consoló, sonriéndole con cariño y un ligero aire entristecido, al mismo tiempo que acariciaba su mejilla derecha—. Es la razón por la que sigues viva, Sigyn. Llegado el momento, no hagas una tontería como rehusarte o terminarás como tu padre, tu hermano y tus hermanas.

Angerboda lanzó un largo suspiro, reponiéndose. Luego comenzó a alejarse de la niña rumbo a la mesa donde reposaba el enorme libro.

—¿Y dónde quedan mis intereses, lo que yo quiero? —Preguntó Sigyn con un deje de desesperación en su voz.

Angerboda se detuvo un instante, sin dar media vuelta para encararla pues intuía las lágrimas de Sigyn en sus ojos y no habría contado con la entereza necesaria para no derrumbarse ella también.

«No quiero ir a Asgard, madre.» Su voz infantil resonó dentro de su mente. «Yo quiero estar aquí, contigo.»

«Si realmente eres inteligente,» le había respondido Echidna, su madre, «jamás volverás a Jotunheim.»

Angerboda comenzó a sentirse inquieta, angustiada, como durante sus primeros días en Asgard.

—Si realmente eres una princesa, entenderás dónde —replicó severa.


N/A: Lo mismo que dije la primera vez en este capítulo: puede ser que Loki esté OoC, pero venga, lo necesitaba lindo y no tan amargado para verlo evolucionar a lo largo del fic.

De aquí en adelante, preparaos para romance gratuito, angustia y aventura. Asgardianos, vanir, jotuns, elfos y un tipo llamado Loki. Muspelheim, guerra, una chica pelirroja llamada Ran, un dragón, guerra otra vez, maleficios y muchas de esas criaturas Draugr cortesía de Sigyn.