Mahou Shoujo Lyrical Nanoha no me pertenece.

Capitulo I.i

Entran KYOUYA y MIYUKI, de la casa de los Takamachi, armados con espada y escudo.

KYOUYA: Miyuki, te juro que no vamos a tragar saliva.

MIYUKI: No, que tan tragones no somos.

KYOUYA: Digo que si no los tragamos, se les corta el cuello.

MIYUKI: Sí, pero no acabemos con la soga al cuello.

KYOUYA: Si me provocan, yo pego rápido.

MIYUKI: Sí, pero a pegar no te provocan tan rápido.

KYOUYA: A mí me provocan los perros de los Testarossa.

MIYUKI: Provocar es mover y ser valiente, plantarse, así que si te provocan, tú sales corriendo.

KYOUYA: Los perros de los Testarossa me mueven a plantarme. Con un hombre o mujer de los suyos me agarro a las paredes.

MIYUKI: Entonces es que te pueden, porque al débil lo empujan contra la pared.

KYOUYA: Cierto, y por eso a las mujeres, seres débiles, las empujan contra la pared. Así que yo echaré de la pared a los hombres de Testarossa y empujaré contra ella a las mujeres.

MIYUKI: Pero la disputa es entre nuestros amos y nosotros, sus criados.

KYOUYA: Es igual; me portaré como un déspota. Cuando haya peleado con los hombres, seré cortés con las doncellas: las desvergaré.

MIYUKI: ¿Desvergar doncellas?

KYOUYA: Sí, desvergar o desvirgar. Tómalo por donde quieras.

MIYUKI: Por dónde lo sabrán las que lo prueben.

KYOUYA: Pues me van a probar mientras este no se encoja, y ya se sabe que soy más carne que pescado.

MIYUKI: Menos mal, que, si no, serías un merluzo. Saca el hierro, que vienen de la casa de Testarossa.

Entran otros dos criados [uno llamado TIIDA]

KYOUYA: Aquí está mi arma. Tú pelea; yo te guardo las espaldas.

MIYUKI: ¿Para volver las tuyas y huir?

KYOUYA: Descuida, que no.

MIYUKI: No, contigo no me descuido.

KYOUYA: Tengamos la ley de nuestra parte: que empiecen ellos.

MIYUKI: Me pondré ceñudo cuando pase por su lado, y que se lo tomen como quieran.

KYOUYA: Si se atreven. Yo les haré burla, a ver si se dejan insultar.

TIIDA: ¿Nos hacéis burla, señor?

KYOUYA: Hago burla.

TIIDA: ¿Nos hacéis burla a nosotros, señor?

KYOUYA [aparte a MIYUKI]: ¿Tenemos la ley de nuestra parte si digo que sí?

MIYUKI [aparte a KYOUYA]: No.

KYOUYA: No, señor, no os hago burla. Pero hago burla, señor.

MIYUKI: ¿Buscáis pelea?

TIIDA: ¿Pelea? No, señor.

KYOUYA: Más si la buscáis, aquí estoy yo: criado de tan buen amo como el vuestro.

TIIDA: Más no mejor.

KYOUYA: Pues...

Entra ARF.

MIYUKI [aparte a KYOUYA]: Di que mejor: ahí viene un pariente del amo...

KYOUYA: Sí, señor: mejor.

TIIDA: ¡Mentira!

KYOUYA: Desenvainad si sois hombres. Miyuki, recuerda tu mandoble.

Pelean.

ARF [desenvaina]: ¡Alto, bobos! Envainad; no sabéis lo que hacéis.

Entra SIGNUM.

SIGNUM: ¿Conque desenvainas contra míseros esclavos? Vuélvete, Arf, y afronta tu muerte.

ARF: Estoy poniendo paz. Envaina tu espada o ven con ella a intenta detenerlos.

SIGNUM: ¿Y armado hablas de paz? Odio esa palabra como odio el infierno, a ti y a los Testarossas. ¡Vamos, cobarde!

[Luchan.]

Entran tres o cuatro CIUDADANOS con palos.

CIUDADANOS: ¡Palos, picas, partesanas! ¡Pegadles! ¡Tumbadlos! ¡Abajo con los Takamachis! ¡Abajo con los Testarossas!

Entran SHIRO, en bata, y su esposa la SEÑORA TAKAMACHI.

SHIRO: ¿Qué ruido es ese? ¡Dadme mi espada de guerra!

MOMOKO: ¡Dadle una muleta! ¿Por qué pides la espada?

Entran Precia y su hija.

SHIRO: ¡Quiero mi espada! ¡Ahí está Testarossa, blandiendo su arma en desafío!

PRECIA: ¡Infame Takamachi! ¡Suéltame, vamos!

ALICIA: Contra tu enemigo no darás un paso.

Entra la PRINCESA HAYATE YAGAMI, con su séquito.

PRINCESA: ¡Súbditos rebeldes, enemigos de la paz, que profanáis el acero con sangre ciudadana!

–¡No escuchan! ¡Vosotros, hombres, bestias, que apagáis el ardor de vuestra cólera con chorros de púrpura que os salen de las venas!

¡Bajo pena de tormento, arrojad de las manos sangrientas esas mal templadas armas y oíd la decisión de vuestro Príncipe!

Tres refriegas, que, por una palabra de nada, vos causasteis, Takamachi, y vos, Testarossa, tres veces perturbaron la quietud de nuestras calles e hicieron que los viejos de Verona prescindiesen de su grave indumentaria y con viejas manos empuñasen viejas armas, corroídas en la paz, por apartaros del odio que os corroe. Si causáis otro disturbio, vuestra vida será el precio.

Por esta vez, que todos se dispersen. Vos, Takamachi, habréis de acompañarme. Testarossa, venid esta tarde a Villa Franca, a mi Palacio de Justicia, a conocer mis restantes decisiones sobre el caso.

¡Una vez más, bajo pena de muerte, dispersaos!

Salen [todos, menos PRECIA, ALICIA y ARF].

PRECIA: ¿Quién ha renovado el viejo pleito? Dime, sobrina, ¿estabas aquí cuando empezó?

ARF: Cuando llegué, los criados de vuestro adversario estaban enzarzados con los vuestros.

Desenvainé por separarlos. En esto apareció Signum, con espada en mano, y la blandía alrededor de la cabeza, cubriéndome de insultos y cortando el aire, que, indemne, le silbaba en menosprecio.

Mientras cruzábamos tajos y estocadas, llegaron más, y lucharon de uno y otro lado hasta que la Princesa vino y pudo separarlos.

ALICIA: ¿Y Fate? ¿Le has visto hoy? Me alegra el ver que no ha estado en esta pelea.

ARF: Señorita, una hora antes de que el astro rey asomase por las áureas ventanas del oriente, la inquietud me empujó a pasear. Entonces, bajo unos sicamores que crecen al oeste de Verona, caminando tan temprano vi a vuestra hermana.

Fui hacia ella, que, advirtiendo mi presencia, se escondió en el boscaje. Medí sus sentimientos por los míos, que ansiaban un espacio retirado (mi propio ser entristecido me sobraba), seguí mi humor al no seguir el suyo, y gustosa evité a quien por gusto me evitaba.

PRECIA: Le han visto allí muchas mañanas, aumentando con su llanto el rocío de la mañana, añadiendo a las nubes sus nubes de suspiros.

Más, en cuanto el sol, que todo alegra, comienza a descorrer por el remoto oriente las oscuras cortinas del lecho de Aurora, mi melancólico hijo huye de la luz y se encierra solitario en su aposento, cerrando las ventanas, expulsando toda luz y creándose una noche artificial…

Este humor será muy sombrío y funesto si la causa no la quita el buen consejo.

ARF: Mi noble tía, ¿conocéis vos la causa?

PRECIA: Ni la conozco, ni por ella puedo saberla.

ARF: ¿Le habéis apremiado de uno a otro modo?

PRECIA: Sí, y también otros amigos, mas ella sólo confía sus sentimientos a sí misma, no sé si con acierto, y se muestra tan callada y reservada, tan insondable y tan hermética como flor comida por gusano antes de abrir sus tiernos pétalos al aire o al sol ofrecerle su hermosura.

Si supiéramos la causa de su pena, le daríamos remedio sin espera.

Entra FATE.

ARF: Ahí viene. Os lo ruego, poneos a un lado: me dirá su dolor, si no se ha obstinado.

PRECIA: Espero que, al quedarte, por fin oigas su sincera confesión. Vamos, hija.

Salen [PRECIA y ALICIA].

ARF: Buenos días, prima.

FATE: ¿Ya es tan de mañana?

ARF: Las nueve ya han dado.

FATE: ¡Ah! Las horas tristes se alargan. ¿Era mi madre quien se fue tan deprisa?

ARF: Sí. ¿Qué tristeza alarga las horas de Fate?

FATE: No tener lo que, al tenerlo, las abrevia.

ARF: ¿Enamorada?

FATE: Cansada.

ARF: ¿De amar?

FATE: De no ser correspondido por mi amada.

ARF: ¡Ah! ¿Por qué el amor, de presencia gentil, es tan duro y tiránico en sus obras?

FATE: ¡Ah! ¿Por qué el amor, con la venda en los ojos, puede, siendo ciego imponer sus antojos? ¿Dónde comemos? ... ¡Ah! ¿Qué pelea ha habido?

No me lo digas, que ya lo sé todo. Tumulto de odio, pero más de amor.

¡Ah, amor combativo! ¡Ah, odio amoroso! ¡Ah, todo, creado de la nada! ¡Ah, grave levedad, seria vanidad, caos deforme de formas hermosas, pluma de plomo, humo radiante, fuego glacial, salud enfermiza, sueño desvelado, que no es lo que es!
Yo siento este amor sin sentir nada en él. ¿No te ríes?

ARF: No, prima; más bien lloro.

FATE: ¿Por qué, noble alma?

ARF: Porque en tu alma hay dolor.

FATE: Así es el pecado del amor: mi propio pesar, que tanto me angustia, tú ahora lo agrandas, puesto que lo turbas con el tuyo propio. Ese amor que muestras añade congoja a la que me supera.

El amor es humo, soplo de suspiros: se esfuma, y es fuego en ojos que aman; refrénalo, y crece como un mar de lágrimas. ¿Qué cosa es, si no? Locura juiciosa, amargor que asfixia, dulzor que conforta. Adiós, prima mía.

ARF: Voy contigo, espera; injusta serás si ahora me dejas.

FATE: ¡Bah! Yo no estoy aquí, y me hallo perdida. Fate no es esta: está en otro sitio.

ARF: Habla en serio y dime quién es la que amas.

FATE: ¡Ah! ¿Quieres oírme gemir?

ARF: ¿Gemir? No: quiero que digas en serio quién es.

FATE: Pídele al enfermo que haga testamento; para quien tanto lo está, es un mal momento.

En serio, prima, amo a una mujer.

ARF: Por ahí apuntaba yo cuando supe que amabas.

FATE: ¡Buen tirador! Y la que amo es hermosa.

ARF: Si el blanco es hermoso, antes se acierta.

FATE: Ahí has fallado: Cupido no la alcanza con sus flechas; es prudente cual Diana: su casta coraza la protege tanto que del niño Amor no la hechiza el arco.

No puede asediarla el discurso amoroso, ni cede al ataque de ojos que asaltan, ni recoge el oro que tienta hasta a un santo. En belleza es rica y su sola pobreza está en que, a su muerte, muere su riqueza.

ARF: ¿Así que ha jurado vivir siempre casta?

FATE: Sí, y con ese ahorro todo lo malgasta: matando lo bello por severidad priva de hermosura a la posteridad. Al ser tan prudente con esa belleza no merece el cielo, pues me desespera.

No amar ha jurado, y su juramento a quien te lo cuenta le hace vivir muerto.

ARF: Hazme caso y no pienses más en ella.

FATE: Enséñame a olvidar.

ARF: Deja en libertad a tus ojos: contempla otras bellezas.

FATE: Así estimaré la suya en mucho más. Esas máscaras negras que acarician el rostro de las bellas nos traen al recuerdo la belleza que ocultan. Quien ciego ha quedado no olvida el tesoro que sus ojos perdieron.

Muéstrame una dama que sea muy bella. ¿Qué hace su hermosura sino recordarme a la que supera su belleza? Enseñarme a olvidar no puedes. Adiós.

ARF: Pues pienso enseñarte o morir en ello.

Salen.