Capítulo 2
En cuanto acaba el himno, un grupo de Agentes de la Paz nos acompaña hasta la puerta principal del Edificio de Justicia. En todos los años que llevo viendo la cosecha no ha intentado escapar ningún tributo. No creo que estos agentes sean necesarios. Aun así, el Capitolio necesita demostrarnos que pueden controlarnos sin problemas. Me pregunto cómo voy a conseguir mi silenciosa meta. Cómo voy a demostrárselo yo a ellos… Aun no tengo respuesta, claro.
Cuando entramos, nos separan y nos meten a cada uno en una sala. Me siento en el sillón de terciopelo pensando que sólo tendré una hora más en mi vida para estar con mi familia y con mis seres queridos. En cuanto entran mi madre, mi padre, Will y Robb, noto que se me llenan los ojos de lágrimas que resbalan silenciosas por mi mejilla mientras Will, mi hermano mayor y más protector, el que siempre nos ha ayudado a Robb y a mí donde hiciera falta, me da un abrazo cálido y triste. Noto sus lágrimas en mi nuca. Tras él, los demás se unen al abrazo y nos quedamos así un rato, todos juntos. Después, al separarnos, Robb me mira.
Su cara está tan contorsionada por el dolor y roja por las lágrimas que me cuesta asociarlo al chico alegre con el que he compartido mi vida hasta ahora.
Peeta, yo… – casi no tiene voz para seguir hablando – No quería… No podía hacerlo… Por favor, Peeta. Perdóname.
Mi hermano, Robb, se está disculpando por no ofrecerse voluntario en mi lugar. No puedo creerlo. No voy a tolerar esto. No puedo dejar que se sienta culpable cuando vea mi muerte en la pantalla de televisión que tenemos en casa, porque él no es culpable. Él no ha metido mi nombre en esa condenada urna.
Robb, Escúchame – le digo cogiéndole de los hombros. Quiero que me mire a los ojos y vea que hablo en serio –. Tú NO tienes la culpa de absolutamente nada. No habría soportado que ocupases mi lugar. Robb, no es eso lo que quiero, como tampoco voy a permitir que te martirices por esto. No quiero irme y saber que voy a estar más en tu conciencia que en tu corazón.
Mi padre le pone una mano en el hombro a Robb y él se abraza a él, sin poder hacer nada más que llorar. Cuando miro a mu madre, ella me sonríe, intentando tranquilizarme.
Peeta… – Mi madre, que siempre ha intentado ser fuerte y considera las emociones como una debilidad, tiene que tragar saliva para continuar –. Nosotros estaremos bien Peeta. Nunca vamos a olvidar que tú formaste parte de nuestras vidas.
A lo largo de estos años he aprendido a valorar cada mínimo gesto de cariño de mi madre, pero esto me ha hecho daño. Sin yo decirles nada, todos me han dado por muerto. Mi padre lo sabe todo, así que él lo entiende, pero los demás… Es cierto que vamos veinticuatro, y es cierto que solo uno puede volver con vida… pero no mantienen ni siquiera la absurda esperanza de que pueda ser yo ese superviviente.
¿Quién sabe, Peeta? Quizá el distrito 12 tenga por fin un ganador este año. – dice mi madre, sorprendiéndome. Al fin y al cabo no lo sé todo, todavía se aferran a la ilusión de que su hijo vuelva a casa. Justo cuando pienso que he juzgado mal a mi madre toda mi vida, ella continúa – Esa chica sí que es una superviviente.
En este momento me bloqueo. Intento cerrarme, pero ya he oído el comentario. Katniss… Claro que es una superviviente, su padre murió cuando apenas tenía once años y tuvo que asumir las riendas de la familia porque su madre se sumió en una honda y paralizante tristeza. Siempre ha sido una superviviente, pero… No es lo que necesito oír ahora mismo. Aunque haya asumido mi propia muerte, quiero sobrevivir lo suficiente como para asegurarme de que Katniss vuelve a casa. No, no es esto lo que necesito oír.
Mi padre se acerca y aparta a mi madre de un empujón. Hago que no he visto la mirada iracunda que le dirige a ella y me arropo sin dudarlo en el cálido y fuerte abrazo protector de mi padre. Lloramos juntos, abrazados durante un momento, que bien podría ser eterno, salvo por el hecho de que llaman a mi familia para decirles que el tiempo de su visita se ha agotado. Mi padre y yo seguimos en nuestro sólido abrazo hasta que tienen que llevárselo. Lo último que me dice, entre susurros y con la voz ahogado por el llanto es "Peeta, se fuerte. Yo sé que puedes conseguirlo. Se fuerte"
Las palabras de mi padre me reconfortan y me machacan a la vez. No quiero morir, pero no puedo dejar que Katniss muera. La única forma de que ella vuelva al Distrito 12 con vida es que yo vuelva en una caja de madera. No hay otra opción.
Cuando se vuelve a abrir la puerta, entran todos mis amigos más cercanos. Está la pecosa Lucy, el extrovertido John, el alto Tom, el tímido Nim y mi mejor amiga, Delly.
Todos me dan ánimos, palabras de consuelo y me dicen que soy el mejor amigo que han tenido en su vida. Pero yo casi no les escucho. Miro a Delly, que es quien no habla. Delly Cartwright ha sido mi mejor amiga desde los tres años. Después de mi padre, ella es quien mejor sabe cómo funciono. Su extremo optimismo no puede encontrarle nada bueno a esta situación. Ella sabe que no soy capaz de dejar que Katniss muera, así que, como mi padre, sabe que no volveré a casa con vida. Se queda mirándome mientras mis amigos me demuestran efusivamente su cariño hasta que les llaman diciéndoles que han de irse. La hora ha pasado. Delly rompe a llorar, se abalanza sobre mí y me dice rápido al oído.
Peeta, no nos olvides. Haz lo que tienes que hacer. Sobrevive hasta donde desees sobrevivir. Sé que puedes. Pero, por favor… No seas su pieza – dos agentes se llevan a Delly casi a rastras mientras ella sigue repitiendo –. No seas su pieza, Peeta. ¡No seas su pieza!
Cuando las puertas se cierran aún puedo oír las patadas de Delly. ¿Qué no sea su pieza? ¿La pieza de quién? ¿De Katniss? ¿Del Capitolio? ¿De los Juegos en sí? Ahora mismo no tengo ni idea de a que se refiere, pero esa frase se queda grabada en mi cabeza, al igual que la desesperación con la que la pronuncia. "No seas su pieza". Le prometo a Delly en silencio que, en cuanto averigüe a quien pertenece ese "su", haré todo lo posible por seguir su consejo.
Tras las despedidas, nos llevan a la estación de tren donde viajaremos al Capitolio. El andén está lleno de cámaras, y yo alzo la cabeza y me dirijo, sin vacilar, a la puerta del tren. Veo en las pantallas mi cara roja y moteada por las lágrimas. No me importa. No me avergüenza que me vean llorar. No me avergüenza que sepan que soy un ser humano. Por otro lado, Katniss muestra un semblante duro e inexpresivo. Hasta parece aburrida. Ella sí piensa volver a casa, o, por lo menos, dar toda la guerra que pueda para conseguirlo. No querrá llorar. No querrá que los demás tributos, esos que tienen pensado matarnos, la marquen como un objetivo fácil.
Las puertas del tren tardan un poco en abrirse, lo necesario para que las cámaras puedan grabar bien nuestra cara desde todos los ángulos. Después, una vez se abran las puertas, entramos y el tren empieza a andar, abandonando así la miseria y familiaridad de nuestro distrito.
Es un tren del Capitolio de alta velocidad, que alcanza una media de cuatrocientos kilómetros por hora. Nunca había montado en tren, ya que está prohibido viajar de un distrito a otro, salvo que se trate de tareas aprobadas por el Estado. En nuestro caso, estas tareas se reducen a los Juegos y al transporte de carbón.
No sólo la velocidad del tren me impacta, sino también el lujo. Nosotros no vivimos en la Veta, pero tampoco somos ciudadanos del Capitolio. En el tren, cada uno tenemos nuestro alojamiento privado, compuesto por un dormitorio, un vestidor y un baño privado con agua corriente caliente y fría. En casa sólo podemos permitirnos tener agua caliente si nos ha ido especialmente bien en la panadería. Normalmente intentamos ahorrar para contratarla los meses más fríos del invierno.
Haymitch me acompaña a mi habitación.
Haz lo que te dé la gana – dice, en mitad de un gruñido –. Si quieres cenar, ve al comedor en una hora.
¿Tú no vendrás? – pregunto, aunque por su forma de andar, dando tumbos, creo que sé la respuesta.
Voy a echarme una siesta, chico. – berrea él –. No me molestes.
Haymitch es un hombre asqueroso, siempre borracho y de mal humor. Lo peor de todo es que es nuestro mentor, la persona que nos ayudará y enseñará a enfrentarnos a los Juegos. No creo que pueda enseñarnos nada en su estado. Los ganadores, a parte de tener una vida fácil, se convierten en mentores de los tributos de su distrito. En la Arena se pueden recibir regalos que te ayudan a sobrevivir, como cerillas, agua, medicinas, armas… lo que sea. Los regalos son caros e incrementan su precio según avanzan los Juegos. Es ahí donde entran los patrocinadores, ciudadanos del Capitolio que ponen el dinero para los regalos que es envían a los chicos que creen que van a ganar. Si luego resulta que tuvieron razón, irán fardando por todo el Capitolio de haber apostado por el "caballo ganador". Estas personas tienen que tratar con el mentor del tributo, y es otra de las razones por las que el Distrito 12 casi nunca recibe ayuda de los patrocinadores: todo el que quiere patrocinar a un tributo espera tratar con alguien más elegante que Haymitch.
Me voy a mi compartimento en silencio y me tumbo en la cama, pensando en todo lo que ha pasado hoy. Pensando en el sacrificio de Katniss, aunque sobre todo pensando en ella. Llevo enamorado de esta chica desde que tengo uso de razón. Desde que la oí cantar el primer día de colegio. Desde que mi padre me dijo que él había intentado casarse con su madre. Muchas veces pienso en eso. En mi padre, su madre y el padre de Katniss. Todos los que conocían a su padre dicen que era un buen hombre. Yo sólo recuerdo escenas sueltas, como un día que entró en la panadería a vender alguna presa, supongo, mientras cantaba una canción algo extraña sobre un hombre muerto que llamaba a su amor y le sugería que se colgase del árbol para estar juntos al fin, en el otro lado. Ese episodio se quedó grabado en mi memoria y lo recuerdo nítidamente, a pesar de haber pasado ya bastantes años. Katniss le quería muchísimo, todo el mundo podía verlo. Su padre fue quien la enseñó a cazar y a sobrevivir en el bosque. Su muerte en esa explosión minera tuvo que ser muy dura para ella.
Llevo toda mi vida fijándome en Katniss Everdeen. A dónde iba, que hacía, con quién se juntaba. Tengo recogido en mi memoria cada gesto y cada expresión suya. Me gustaría dibujarla, como hago en las tartas con el glaseado, pero los clientes prefieren comprar tartas con flores, no con mini-Katniss dibujadas por toda su superficie. Nunca me he atrevido a hablar con ella. Siempre ha sido muy cerrada, con un aire de rebeldía del que no se puede desligar. Ella nunca se ha enterado, pero la gente la observaba y, algunos, incluso la admiraban. Ella siempre estaba sola en clase y nunca ha tenido ni ha querido tener amigos. Hace cosas que la mayoría de nosotros no nos atrevemos ni a pensar, como cazar fuera de la alambrada del doce o ir al Quemador, el mercado negro del distrito. Quizá por todo eso yo no me atrevía a hablarla. A su lado, yo era un niño mimado de clase alta. Siempre he tenido lo mínimo para sobrevivir, mientras que ella ha tenido casi que morir de hambre para conseguir averiguar cómo sacar a su familia adelante. Y no es que Katniss me intimide, es sólo que… bueno, digamos que nunca he creído que tuviese el tiempo suficiente como para fijarse en mí. Y ahora estamos los dos encerrados en un tren rumbo a un lugar del que puede que no volvamos ninguno de los dos. Quizá deba aprovechar estos días para hablar con ella, aunque sea poco.
Cuando queda media hora para la cena me desvisto y me meto en la ducha. Nunca me había duchado rodeado de tanto lujo y limpieza. El agua caliente me recorre el pelo y la cara. Me reconforta. Después cojo una sudadera y unos pantalones negros de un cajón y me dirijo al comedor. Pruebo suerte en uno de los pasillos y encuentro una sala con paredes de madera pulida. Hay una mesa que ya está puesta, por lo que supongo que esto es el comedor. Me siento en una silla y al cabo de unos cinco minutos llegan Effie y Katniss.
¿Dónde está Haymitch? – pregunta Effie, en tono alegre.
La última vez que lo vi me dijo que iba a echarse una siesta – respondo.
Bueno, ha sido un día agotador – comenta ella, y percibo su alivio por la ausencia de Haymitch.
La cena es la mejor que visto en mi vida: una espesa sopa de zanahorias, ensalada verde, chuletas de cordero y puré de patatas, queso y fruta, y una tarta de chocolate. Effie se pasa toda la comida recordándonos que tenemos que dejar espacio, porque quedan más cosas. Yo no la hago caso y, como Katniss, me atiborro, porque nunca había visto una comida así, tan buena y abundante. Además, mis dotes de supervivencia son escasas, así que no digamos para encontrar comida. Será mejor que aproveche a coger ahora unos cuantos kilos antes de los Juegos.
Por lo menos tenéis buenos modales – dice Effie, mientras terminamos el segundo plato –. La pareja del año pasado se lo comía todo con las manos, como un par de salvajes. Consiguieron revolverme las tripas.
La pareja del año pasado eran dos chicos de la Veta que nunca en su vida habían tenido suficiente para comer. Me resulta repugnante que hable así de dos niños que han sido asesinados, preocupándose sólo por unos modales en la mesa que es lógico que olviden ante todos estos manjares. Katniss, asqueada por el comentario, decide terminar de comerse todo con las manos y luego limpiárselas en el mantel, haciendo que Effie apriete los labios con fuerza. Yo decido pasar del comentario, intentando no odiar a esta mujer, quien seguro no ve la repugnancia de su comentario.
Cuando terminamos a cena, a Katniss y a mí se nos ve un poco verdes. Tenemos que esforzarnos por mantener la comida en nuestro estómago, que no está acostumbrado a alimentos tan lujosos.
Vamos a otro compartimento para ver el resumen de las cosechas de todo Panem. Intentan ir celebrándolas a lo largo del día, de modo que alguien pueda verlas todas en directo, aunque sólo la gente del Capitolio podría hacerlo, ya que ellos son los únicos que no tienen que ir a las cosechas.
Vemos una a una las ceremonias. Todos los nombres de los chicos que van a ir a los Juegos este año. Hay algunos voluntarios, pero pocos. Solo en los distritos 1,2 y 4, donde ganar los Juegos se considera un honor, se ven chicos ansiosos por participar. Estos son llamados "tributos profesionales" o solo "profesionales". Entrenan desde jóvenes para ir a los Juegos, casi siempre son los que ganan. Además, se cuestionan poco la moral del Capitolio, ya que son los distritos más "mimados" de Panem. Me quedo con la cara de algunos chicos, como una rubia bastante guapa del Distrito 1, el monstruoso chico que se presenta voluntario en el Distrito 2, un enorme chico del Distrito 11 con mirada hostil y una niñita de doce años, también del Distrito 11, que, salvo por el color de piel y sus ojos oscuros, es tan pequeña e inocente como Prim. Ella ha heredado el pelo rubio, la piel clara y los ojos azules de su madre, pero por lo demás, ambas parecen pajaritos a punto de echar a volar. Sin embargo, cuando sube al escenario y piden voluntarios, sólo se oye el viento que silva entre los decrépitos edificios que la rodean; nadie está dispuesto a ocupar su lugar.
Por último, aparece el Distrito 12: cuando Prim sale elegida y Katniss corre a ocupar su lugar. Sale Gale llevándose a Prim y Katniss subiendo al escenario. Los comentaristas no saben bien qué decir sobre la actitud del público, su negativa a aplaudir y el saludo silencioso. Uno dice que el Distrito 12 siempre ha estado un poco subdesarrollado, pero que las costumbres locales pueden resultar encantadoras. Como si estuviese ensayado, Haymitch se cae y todos dejan escapar un gruñido cómico. Después sacan mi nombre y subo silenciosamente al escenario, Katniss y yo nos damos la mano, ponen otra vez el himno y termina el programa.
Effie Trinket está disgustada por el estado de su peluca.
Vuestro mentor tiene mucho que aprender sobre la presentación y el comportamiento en la televisión.
Estaba borracho – respondo riendo, porque Effie hace que parezca como si Haymitch tuviese malos modales que pudieran corregirse con unos cuantos consejos suyos–. Se emborracha todos los años.
Todos los días – añade Katniss, quien no puede reprimir una sonrisita.
Sí, que raro que os parezca tan divertido a los dos. Ya sabéis que vuestro mentor es el contacto con el mundo en estos juegos, el que os aconsejará, os conseguirá patrocinadores y organizará la entrega de cualquier regalo. ¡Haymitch puede suponeros la diferencia entre la vida y la muerte!
En ese mismo momento, Haymitch entra tambaleándose en el compartimento.
¿Me he perdido la cena? – pregunta, arrastrando las palabras. Después vomita en la cara alfombra y se cae encima de la porquería.
¡Seguid riéndoos! – exclama Effie Trinket; acto seguido se levanta de un salto, rodea el charco de vómito subida a sus zapatos puntiagudos y sale de la habitación.
