POV Elliot
—Estúpido Leo. —Mascullo apoyándome nervioso contra el carruaje que nos llevaría a mi sirviente y a mí a la mansión Nightray.
Se supone que Leo estaría listo a las cuatro en punto, pero parece que ha hecho caso omiso a lo que yo considero una orden. Vaya un sirviente, ni siquiera cumple una simple orden de su amo...
Tsk.
Cruzo los brazos sobre el pecho y, tras un suspiro, decido entrar ya en el carruaje para esperarle allí dentro. No es algo que diría en voz alta pero... la verdad es que estoy nervioso. Ahora que ha llegado el momento, haber pedido ayuda a Leo me parece un error. ¿Y si alguien lo reconoce? O lo que justo en este momento estoy temiendo... ¿y si Leo simplemente quiere burlarse de mí y no aparece?
Es entonces cuando me doy cuenta de que alguien está intercambiando palabras fuera del vehículo. Aguanto la respiración y fijo la mirada en la puerta cerrada que me separa del exterior. Cuando el pomo se baja y la puerta finalmente se abre, los nervios me traicionan y aparto la mirada, haciendo ver que presto atención al paisaje que se muestra por la ventana.
—Eres muy vergonzoso, Elliot.—Dice una voz conocida a mi lado cuando el carro se pone en marcha.
—¡Y tú un tardón idio-...! —Al girarme y ver quién está a mi lado, no puedo creer que sea Leo. Él está mostrando su rostro y dejando ver unos hermosos y grandes ojos de un color indescriptible pero realmente bello.— ¿Le-Leo...?
—No soy Leo. —Contesta él, muy digno, mientras me mira con sus chispeantes ojos morados. Se aclara un poco la voz y suaviza el tono:— Soy Rosalie Hawthorne, tu futura mujer.
Abro la boca, decidido a burlarme de él por su comportamiento y así romper la tensión que, al parecer, solo yo siento. Leo espera alguna respuesta, esbozando una tierna sonrisa y ladeando la cabeza mientras entrecierra los ojos. Tiene la expresión más dulce que haya visto jamás. ¿De verdad este es mi Leo? ¿El sirviente violento?
Aunque odio reconocerlo, Ada Vessalius ha hecho un gran trabajo. El maquillaje leve pero notorio, acentuando rasgos femeninos; el vestido negro, brillante, con detalles azules que casaban con las rosas del mismo color que decoraban su cabello, que estaba liso y brillante.
Leo parece haber estudiado el comportamiento de una dama, además. Su expresión risueña, sus movimientos... Incluso parece saber cómo seducir a un hombre, ya que lo está consiguiendo. Conmigo.
Sacudo la cabeza, avergonzado de mis propios pensamientos. ¿Qué mierda estoy pensando? Es Leo. Un hombre. Leo. Lo peor es darme cuenta de que no me importa en absoluto que sea un hombre.
—Pareces estúpido, Elliot. —La voz de mi "prometida" me hace perder el hilo de mis pensamientos y, en cierto modo, lo agradezco. Temo lo que he empezado a entender, principalmente porque es una idea más estúpida que el haber pedido a Leo que se convirtiese en mujer. Aunque... ahora, viéndolo a mi lado, puedo decir que en realidad no fue una idea tan mala.— ¿Estás decepcionado con el resultado?
—¿E-eh...? ¡Ah, n-no, no! —El nerviosismo de mi voz me cabrea. No entiendo por qué su sola presencia me haga sentir así. Tal vez sea por el vestido y porque realmente parezca una mujer. Sin poder mirarle aún a los ojos, decido cambiar de tema.— ¿Y... por qué has elegido el nombre de Rosalie Hot...? Bueno, lo que sea.
—Rosalie Hawthorne, para ti Rose. —Corrige Leo, puntilloso. Le miro de reojo y veo que, mientras habla, pasa una mano por su cabello y se lo echa hacia atrás, en un gesto sorprendentemente femenino. Aquello me roba casi toda la atención.— Simplemente me pareció un nombre bonito.
—Entiendo... —Tal vez sean sus ojos. Hay momentos en los que nuestras miradas se cruzan y no puedo aguantársela ni dos segundos. Puede que sea porque nunca los he visto con tantísima claridad. O eso quiero creer.— Estaremos allí todo el fin de semana. El domingo antes del anochecer nos traerán de nuevo a Lutwidge.
—Menos mal... Pasar una noche en la mansión Nightray como mujer ya es una idea arriesgada.—Gruñe Leo, perdiendo por un momento su feminidad. Entonces vuelve a tocarse el pelo y, evitando perderme en ese gesto embriagador, bajo los ojos. Trago saliva al ver cómo el vestido le delinea a la perfección la fina figura. Él se da cuenta de mi mirada fija y, cómo no, aprovecha para burlarse.— Vaya, parece que no estás decepcionado al fin y al cabo. ¿Quieres que sea tu prometida de verdad, Elliot?
—¡Eres un idiota! —Grito volviéndome otra vez hacia la ventana. De repente, noto paralizado cómo él coge delicadamente mi brazo y se acerca a mí.
—No nos podemos pelear ahora. Tú me dijiste que actuase como tu prometida y es lo que voy a hacer. —Hace que le preste atención y vuelve a atraparme con su intensa mirada, calmando mi enfado y aumentando mis nervios.— ¿Está bien?
—Sí, vale...
Y así acaba nuestra conversación. Pero por dentro sigo temiendo la hora en la que nos encontraremos con Vanessa y posiblemente con una retahíla inmensa de invitados. Conozco lo suficiente a mi hermana para saber que seguramente habrá organizado algún tipo de gran fiesta para presentar a mi prometida.
Pensando en la situación incómoda por la que tendré que pasar, me olvido de Leo hasta que escucho que respira hondo y su cabeza se desliza hasta mi pecho. Con sorpresa, observo su rostro y veo que tiene los ojos cerrados y una expresión relajada. Una inevitable sonrisa se extiende en mi rostro mientras me coloco de forma en la que Leo esté más cómodo.
Viéndole dormir como si nada pasase hace que me tranquilice yo también. Respiro hondo y siento un delicioso olor a vainilla. Olfateo como si fuese un perro y llego a la conclusión de que es el cabello de mi sirviente el que desprende tan dulce aroma.
Sin pensarlo, casi entierro mi rostro en su pelo azabache, hundiéndome en vainilla, en Leo. ¿Será algún tipo de champú o colonia que Ada Vessalius le ha proporcionado?
—Hmm... ¿Qué haces, Elliot?—La voz somnolienta de Leo me deja petrificado y pienso por primera vez en lo estúpido que parezco oliendo el pelo a mi sirviente.— Estúpido amo...
Con alivio me doy cuenta de que está hablando en sueños. No es un dato nuevo, pues suele hablar mientras duerme. Le acaricio el liso cabello, deleitándome en lo suave que está. Me pregunto qué diría la gente si supiera que esta hermosa chica es en realidad un hombre y, por si no fuera suficiente, mi sirviente.
Es estúpido seguir pensando en cosas como aquellas, así que decido dejar de pensar en ese tema. Hoy Leo es una mujer y es mi prometida. No es mi sirviente. Punto.
Justo cuando ya estoy cómodo y tranquilo del todo, el carruaje para en seco y una voz desde fuera dice:
—Señor Elliot, ya hemos llegado a la mansión Nightray.
