Empieza la acción.
Gracias a los que habéis empezado a seguir la historia desde el primer capítulo y a los os habéis tomado el tiempo para dejar un comentario, por aquí o por privado. Las críticas son de mucha ayuda y se agradecen sinceramente. Un saludo a los lectores y lectoras.
II
Me dirigí al administrador y antiguo mayordomo de la familia Phantomhive, ahora un anciano indolente y calmo, ignorando las expresiones de pánico que la desaparición de cierto ser infernal había imprimido en los tres sirvientes restantes.
—Tanaka, usted reemplazará a Sebastian hasta su regreso —señalé al chef, a la doncella y al jardinero, todos ellos alineados a una distancia más ansiosa que respetuosa—. Bastará con que vigile que esos tres no causen ningún estropicio.
Su cara de feliz ensoñación no varió en lo más mínimo.
—Será un honor, señorito —respondió, ameno— Si me permite, ¿qué hará usted? ¿Tiene lista su agenda de hoy?
Contuve una exhalación de fastidio.
—Alguien se ha olvidado de informarme antes de marchar. —Y por supuesto que sabía que en realidad no se había olvidado; del mismo modo que sabía que no había dejado el ejemplar de Carmilla en mi mesilla de noche por descuido. Sencillamente, no pensaba involucrarme en un juego trazado con sus propias reglas y caprichos. Si Sebastian había decidido aflojarse él mismo la correa, los demás sirvientes pasarían perfectamente sin enterarse.
Tanaka resopló su característica risita paciente, de anciano con la conciencia tranquila. Probablemente era el único ser humano en aquella mansión que gozaba de tal cosa, y quizá también una de las pocas personas en el mundo merecedoras de un lujo semejante. Si era gracias al olvido o a la virtud, no sabría decirlo; pero podía asegurar que su presencia discreta tenía un efecto apaciguador si se le prestaba suficiente atención.
Me dirigí a los otros presentes.
—¿Recordáis que Sebastian os diera alguna instrucción especial para hoy?
Los tres negaron al unísono.
—No, señorito.
—Bien —asentí. Eso descartaba cualquier reunión en la agenda—, entonces encargaos de las tareas como siempre.
Los tres asintieron con diligencia y Tanaka tomó la palabra:
—¿Y qué hay de sus lecciones?
—Creo que hoy eran… Geografía, Francés y Violín. —En realidad, en lugar de la clase de violín tenía esas infumables lecciones de baile protocolario que Sebastian me obligaba a soportar. "Deberes sociales", decía. Al cuerno.
—Entonces, si está conforme —continuó Tanaka—, yo seré su tutor sustituto.
∞ † ∞
—Pase todo el arco, señorito —me instó Tanaka—, no toque sólo en el medio.
Apreté un poco los dientes, concentrándome en usar bien la mano derecha sin descuidar la digitación milimétrica que requería la afinación del instrumento. El anciano sonrió con cierta satisfacción.
—Muy bien, muy bien —felicitó—, tiene buen oído. No olvide las notas de paso a la segunda posición. Sostenga el violín con dignidad, no deje que el peso le venza.
Llegué al final de la pieza con ciertas dificultades y sus pertinentes correcciones, pero con innegable placer.
—Cambiemos de partitura —sugirió Tanaka—. ¿Qué más tiene?
Pasé la hoja del libro. Superpuestas a las siguientes páginas, había unas partituras sueltas escritas a mano con una rectitud mecánica. La primera de ellas rezaba: El trino del diablo: Giuseppe Tartini (autor oficial). Era sin duda alguna la caligrafía de Sebastian. Sentí en el estómago un pequeño nudo anticipativo y seguí pasando con celeridad las innumerables páginas de la pieza, pareciéndome algunas ilegibles, hasta dar con la última y la nota de pie que esperaba encontrar.
"¿Le ha gustado la pieza? Espero que sí. Este será su castigo por saltarse las lecciones de baile".
Me quedé inmóvil, tratando de manejar el incipiente arranque de ira.
—¿Por qué pone esa cara, señorito? —Tanaka se acercó a mi lado del atril y echó una ojeada. Rió con discreción: —Jo, jo, jo, con razón. —Apreté el mango del instrumento entre los dedos, ajeno al riesgo de aflojar y desafinar las cuerdas. —¿Conoce la leyenda tras esta pieza?
—Mehagounaidea —mascullé entre dientes, sin separar las sílabas.
—Se dice que Tartini recibió ayuda del diablo para componer esta música de extremada belleza. Cuesta imaginar que semejante criatura pueda crear algo tan cercano al cielo —Tanaka volvió a reír y pasó los dedos con cariño por el borde de la partitura—. En fin, cuentos populares, ya sabe cuánto gustan. Cuando Sebastian regrese debería pedirle que toque esta pieza para usted, seguro que con su habilidad lo haría tan bien como el mismo diablo. —Rió sin hacerse una idea de la verdad que acababa de decir.
—Sindudaalguna —volví a mascullar.
La puerta de la sala se abrió bruscamente y Meylin se asomó con apuro.
—¡S-señorito! Disculpe, tiene una visita de su amigo… el señor Doyle y —terminó de abrir la puerta y, con gesto de disculpa, dejó paso al doctor; Doyle estaba pálido y sostenía un gato gris entre sus brazos—… No sabía qué hacer y los he traído aquí.
—Señor Doyle —dije, sorprendido. Con la mera visión del felino estaba empezando a picarme la nariz. —¿A qué se debe su visita?
—Disculpe que haya venido sin aviso, Conde. Hay un asunto que… —titubeó y miró al gato, claramente alterado.
Negué con la cabeza y le sonreí, quitándole importancia. Me tapé la nariz y la boca con una mano. El doctor era una de las contadísimas personas con las que me reuniría a voluntad y no por negocios, sólo por el placer de expresarle mi genuina admiración y apoyo a su recién publicada obra.
—En absoluto, es un placer —hice una seña al mayordomo, que se acercó al visitante y le dedicó una cuidada reverencia de bienvenida—. Tanaka, ¿puede llevarnos al salón de visitas y servirnos algo de té?
El aludido asintió con una leve inclinación.
—Pero antes —miré a Doyle—, ¿le importa si Meylin se encarga de él? —señalé al gato— Soy alérgico al pelaje.
El doctor me miró, desorientado. Buscó algo en la boca del animal, que se resistió un poco, y me mostró una cinta azul con el emblema de la compañía de juguetes Funtom, propiedad de la familia Phantomhive. Mi propiedad.
—Entonces, ¿este gato no es suyo, Conde?
Toda la atención se concentró en el felino, que se deshizo del abrazo del doctor Doyle, esprintó hasta la ventana y saltó al jardín.
∞ † ∞
—Señor Doyle —dije con toda la suavidad de la que fui capaz—, ¿quiere decirme de una vez qué le ocurre? ¿A qué viene ese nerviosismo?
—Llámeme Arthur, por favor. —Hizo una pausa tensa y retorció la servilleta entre las manos, como si tratara de ordenar sus palabras. Continuó: —Verá… Esta mañana, mientras estaba en la clínica, el gato de antes saltó a mi ventana, maullando con insistencia. Al final tuve que atraparlo y me di cuenta de que llevaba una cinta con la insignia de su empresa, así que pensé que sería su mascota. Salí a la calle con el felino y… lo que vi justo la noche anterior —las palabras se le atoraron en la garganta— todavía no estoy seguro de entenderlo, o de haberlo visto siquiera.
Supuse que si daba muestras del mal presentimiento que aquella anticipación me inspiraba sólo le dificultaría más explicarse; aun así, no pude evitar arquear las cejas con cierto recelo.
—Hace varias noches que escribo hasta muy tarde y apenas concilio el sueño, así que pensé que podría haber sido una alucinación por agotamiento. Pero esta mañana, al leer el periódico… —extrajo un recorte de The Times de su bolsillo y me lo tendió con aprensión—… Esto es exactamente lo que vi, a sólo un par de manzanas de mi clínica. Al parecer ha habido más testigos. Unos extranjeros tomaron esta fotografía.
Tan pronto como mi cerebro pudo interpretar las manchas monocromas y borrosas de la imagen sentí un vacío en el estómago. El recorte mostraba a un chico de no más de dieciséis años a quien una luz con forma humanoide –apenas un vacío blanco interrumpiendo la composición de tinta– sostenía en una posición serpentina. De la boca del chico emanaba una cinta de diapositivas que reconocí al instante. Al pie de la imagen rezaba la firma de sus autores: Auguste & Louis Lumière².
Debí de reflejar bastante impresión, porque el pánico se prendió en el rostro de Arthur como en un espejo. Tuve que concederme un segundo para admitir que, de no haber coincidido aquello con la desaparición de Sebastian, no lo habría considerado de mi incumbencia. Los Registros Cinemáticos y los asuntos de almas no estaban dentro de mi jurisdicción, a menos que Su Majestad la Reina solicitase mi investigación del caso. Y, a decir verdad, me extrañaba que aún no lo hubiese hecho.
Tras un silencio tenso, Arthur continuó hablando:
—Al ver esto, y con la insistencia del felino, pensé que quizá usted…
—Arthur —dije con firmeza recobrada—, necesito que me acompañe a Londres de inmediato. Tanaka —el aludido hizo una leve inclinación—: prepare el coche y los caballos.
∞ † ∞
Cuando Arthur y yo dejamos la mansión acababan de dar las ocho de la tarde: la penumbra azul del invierno, aún en perezosa retirada, empezaba a rasgar las sombras que proyectaban los bosques en ambos flancos del camino. La primera mitad del trayecto estuvo marcado por un silencio amurallado, de esos en los que las personas reservadas o de juicio de amplio resguardan sus pensamientos de infiltraciones ajenas. Arthur estaba sentado frente a mí, con las manos cruzadas bajo su mentón, confiándose al apoyo de los codos sobre sus rodillas. Estaba tan absorto en su propia mente que no miró ni una sola vez por la ventanilla del carruaje. Observé que sus párpados y entrecejo se tensaban y su expresión ausente se impacientaba por momentos, como si no pudiese encontrar dentro de sí mismo las respuestas o las preguntas adecuadas. Era cuestión de tiempo que la curiosidad le llevase a dar un paso afuera.
—Conde —murmuró con prudencia al fin—, me ha dado la impresión de que no es la primera vez que ve algo como eso. ¿Podría… contarme lo que sabe?
Suspiré, resignado a lo inevitable. Me tomé un momento para decidir cuánta información podía revelarle sin hacer peligrar la búsqueda o al mismo Arthur.
—Lo que ha visto en esa imagen tiene nombre. Son los registros completos de la vida que ha llevado una persona cuando ésta llega a su final, los "registros cinemáticos".
Una punzada de dolor cruzó por su rostro.
—Eso significa que el chico… —las palabras que dejó de pronunciar le cayeron encima por su propio peso. Asentí con gravedad, liberándolas de su caída. Su gesto de dolor se agravó mientras respiraba hondo por serenarse. Tras una pausa, continuó: —Esa cosa luminiscente se lo llevó antes de que pudiera hacer nada, antes de que pudiera creer siquiera lo que veía. Yo estaba allí, a pocos metros, y aun así…
Me incliné hacia adelante y dejé que mi guante negro tocase con suavidad sus nudillos áridos, pálidos de tirantez.
—Arthur —sonreí tenuemente—, es una persona íntegra. Tiene un corazón más noble que cualquier miembro de la nobleza que haya conocido, incluyéndome.
Sus ojos se prendieron con una chispa de contradicción, como si se debatiera entre la ilusión y el desacuerdo.
—Conde, no creo que…
—Llámeme Ciel. —Volví a reclinarme en el asiento con la espalda erguida antes de continuar: —No habría tenido oportunidad alguna de rescatar al chico aunque lo hubiese intentado con todas sus fuerzas, créame. Lo mejor que puede hacer en adelante es mantenerse seguro y seguir escribiendo.
Arthur me sonrió de vuelta con algo cercano a la ternura.
—Es demasiado joven para andar responsabilizándose así de los adultos. Debería ser yo el que le esté consolando. —Al hablar, su ternura se fue desenmascarando en compasión, esa compasión que yo detestaba y que su voz hacía parecer cálida. Como defensa, le sonreí con dureza.
—Para algunas personas el tiempo va muy deprisa. Los años no significan nada, y nuestro anfitrión me dará la razón.
El carruaje nos dejó enfrente de un establecimiento que llamaba la atención por su aspecto intencionalmente siniestro y deteriorado. Sólo el lustre del cartel que citaba al enterrador daba una pista de que el negocio seguía vigente. Arthur hizo una mueca indescifrable al descubrir nuestro destino, pero no dijo nada. Di unos toques en la puerta antes de abrirla y darnos paso.
—Undertaker —llamé—, necesito que me…
—Ah, esto es un desastre —la voz del enterrador se filtró desde algún rincón de la trastienda. Como de costumbre, los ataúdes estaban esparcidos por doquier, algunos a modo de asiento, otros sirviendo de mesa para unas tazas de té que desprendían un olor sospechoso, los últimos soportando recipientes herméticos colmados de formol. Al desorden habitual se le sumaba una gran cantidad de libros idénticos, de tapa oscura y etiquetaje plateado. Se escuchaba el ruido de varios objetos cambiándose ansiosamente de sitio.
Perplejo, caminé con cuidado hacia la trastienda seguido de Arthur. El enterrador estaba revisando el contenido de los libros uno por uno a una velocidad inhumana. Sin mirarnos ni interrumpir su tarea nos dedicó atención de inmediato, y pese al evidente apremio de sus gestos habló con el tono desenfadado de siempre:
—Conde, sé por qué ha venido —dijo—, pero me temo que esta vez no encontrará aquí lo que busca. —Frenó el paso de las páginas en seco y se llevó una mano al mentón. —¿…O quizá sí?
Las páginas manuscritas del libro que tenía en las manos comenzaron a deshacerse en tiras ingrávidas, y las letras de tinta se reformaron en imágenes secuenciales a modo de diapositivas; incluso la textura del papel se reconvertía en celuloide al abandonar la geometría del libro. Arthur contuvo un jadeo de asombro al reconocer los registros cinemáticos, y yo tuve que hacer lo propio cuando en varias de las imágenes identifiqué la figura de Sebastian y sus inconfundibles iris brillando en la penumbra con un carmesí encendido. Esos eran los últimos recuerdos de la cinta, y las diapositivas que continuaban estaban en blanco.
—Vaya, vaya, Conde, qué sorpresa —dijo Undertaker con una ligera diversión—. No me diga que está implicado en esto.
La idea de mi mayordomo moviéndose a su antojo ya me producía bastante mal humor, pero la visión de aquellas imágenes incriminatorias fue el catalizador definitivo. Ni siquiera intenté serenar el tono.
—¡Por supuesto que no! —gruñí— ¡No tengo ni idea de qué está haciendo este idiota! ¡Muéstrame los otros registros!
Undertaker suspiró con resignación mientras abría otro libro y repetía el proceso.
—Que sepa que esto está prohibido para cualquier shinigami —dijo, revelando los siguientes registros cinemáticos—, pero supongo que no hay más remedio.
—¿Shinigami? —preguntó Arthur con un aplomo admirable.
—Dioses de la muerte —expliqué mientras verificaba que, como temía, muchas otras cintas tenían recuerdos similares de Sebastian. No me molesté en comprobar la reacción del doctor ante mi comentario—. Se encargan de revisar los eventos de la vida de una persona cuando le llega la hora y después recogen su alma.
El médico no dijo nada. Apenas un par de minutos después, Undertaker cerró el octavo libro y negó pesadamente con la cabeza.
—Otros shinigami trajeron estos registros anoche. Todavía no se pueden trasladar al Departamento de Almas por una razón. ¿Se imagina cuál, Conde?
Entorné los ojos y mascullé:
—… Porque sus almas no están.
—Correcto. Tan perspicaz como siempre. —Undertaker sonrió mostrando sus dientes blancos y afilados. —Están buscando sospechosos entre los propios shinigami. No se me había ocurrido que el único demonio que hay actualmente en esta región podría soltarse de su dueño.
—No ha sido él —repliqué de inmediato, cortante. Despacio deslicé los dedos por debajo del parche de mi ojo derecho, dejando visible el tetragrámaton impreso en él como sello del pacto—. Mientras mi contrato con él siga vigente, no va a devorar otras almas.
Noté el aspecto lívido de Arthur y su lucha por no dar un paso atrás y alejarse de mí. Era inevitable que me mirase ahora de otro modo; era inevitable que, aun si había tenido sentimientos paternales hacia mí, ahora sólo le inspirase miedo y desconfianza. Le miré sin moverme ni decir palabra, asimilando el verdadero reflejo de mi naturaleza en su semblante.
—¿Está seguro, Conde? —Undertaker interrumpió el silencio tentativamente, de nuevo mostrando los dientes. —¿Tanto confía en que su mayordomo no pueda violar sus propios principios?
Lo encaré sin mostrar una pizca de duda, ocultando que en algún rincón de mis miedos ésta empezaba a germinar.
—Estoy seguro.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—En ese caso, vuelve a estar en lo correcto —mostró un listado con nombres, fechas y horas exactas; el listado que cada shinigami poseía para saber en qué momento debía recoger un alma—. Ninguno de los dueños de los registros cinemáticos que ha visto está muerto —se encogió de hombros—. ¡Menos mal! No habría dado abasto arreglando tantos cadáveres a la vez.
Escuché un golpe seco y vi que Arthur se había dejado caer sobre uno de los ataúdes, prácticamente desplomándose. Soltó una larga exhalación de alivio y estuve tentado de hacer lo mismo, aunque por razones distintas.
Undertaker lo observó con curiosidad, como reparando en su presencia por primera vez. Sonrió ampliamente y se le acercó, inclinándose para verlo de cerca. El enterrador tenía el mal hábito de no respetar el espacio personal de nadie, quizá debido a que el tipo de clientes con los que solía tratar no podían quejarse mucho.
—Creo que no nos conocíamos. Usted es médico, ¿verdad?... —el aludido asintió, forzando una sonrisa— hmm… oftalmólogo, ya veo. De algún modo tenemos oficios complementarios, ji, ji, ji —emitió una risita extraña y aguda y le puso las manos en los hombros, ignorando que Arthur retrocedía en su asiento para evitar todo lo posible la cercanía con él—. Tengo globos oculares en la colección de órganos de la trastienda. Algún día se los podría prestar para su investigación personal.
Arthur agradeció y declinó amablemente la oferta. Temí que en cualquier momento fuese a sufrir un colapso, y la incógnita de Sebastian y los registros cinemáticos borrados me estaba impacientando, así que intervine otra vez:
—Undertaker, ¿cuál es el último registro que has recibido? Necesito saber la ubicación de las imágenes.
—La última víctima estaba en alguna calle del distrito de Marylebone, no sabría especificar cuál. Si piensa buscar a su mayordomo, le sugiero que empiece por allí.
Asentí. Era mejor que nada.
—Bien. Gracias por la información. —Me di media vuelta y me encaminé a la salida. Me sorprendió que Arthur se apresurase a seguirme. Después de todo lo que había visto en pocas horas no se me habría ocurrido pedirle que me acompañara.
Undertaker saludó con la mano y se dejó caer de espaldas sobre el escaparate, doblándose por las lumbares con la flexibilidad de un invertebrado, pero con una pereza bastante humana.
—Por esta vez no le cobraré. Pero a cambio tendrá que hacerme reír durante cinco minutos enteros la próxima vez, no lo olvide, ji, ji, ji.
El coche todavía nos esperaba cerca de donde nos había dejado. Los pocos minutos que nos separaban de Marylebone no daban para mucha conversación, pero no podía ignorar que Arthur pareciera menos incómodo y tenso que antes.
—No tiene por qué acompañarme. —Le dije, por si acaso su calma sólo fuese una fachada. Para mi sorpresa, me sonrió con amabilidad.
—Sé que no estoy obligado, pero quiero hacerlo. Quién sabe si encontraré algo de inspiración para una nueva historia. —Dijo con desenfado.
Le sonreí discretamente, comprendiendo el tacto y la preocupación detrás de su excusa. Pronto nos adentramos en unas calles familiares, parecidas a las que habíamos visto en los dos últimos registros cinemáticos. Aún no habían dado las nueve de la noche y apenas había calles desiertas. Cuando bajamos del coche noté que los caballos, normalmente dóciles, se agitaban con nerviosismo. Aunque estaban parados y no osaban reemprender el paso, a fuerza de pequeñas coces y empujones se evidenciaba que querían tirar hacia el este lo más pronto posible. Con algo de inquietud eché a andar en la dirección opuesta junto a Arthur, que no hizo ningún comentario, probablemente entendiendo lo mismo que yo.
La cantidad de transeúntes menguaba a medida que avanzábamos calles, y la estrechez de éstas se reducía a poco más que el tamaño de un carro. En un callejón había un pequeño grupo de gente fumando opio que nos ignoró. No muy lejos de allí una prostituta me miró con descaro y extrañeza, y se abstuvo de hacerle comentarios a Arthur. Cuando iba a comentar la aparente normalidad de la zona se escuchó un grito proveniente de una calle paralela, y por acto reflejo eché a correr hacia allí, ignorando la llamada de Arthur varios metros atrás. Divisé una silueta encapuchada que sostenía en sus brazos a una mujer inconsciente en el fondo de un callejón. Lentamente levantó la vista para mirarme, mostrando la mitad inferior de su rostro: labios finos que sonreían con tristeza, una mandíbula delicada, tan nívea que parecía emitir luz. Con la misma suavidad tendió un brazo hacia mí, como invitándome. Aun conociendo el peligro había algo hipnótico en su presencia, como si pudiese atravesar mi corazón y llenarlo de paz. Di un paso hacia adelante; dos pasos, tres pasos. Apenas escuchaba la voz de Arthur llamándome a gritos. Y tampoco escuché el carro de caballos desbocados que se acercaban al galope por mi izquierda antes de llegar al cruce; no fui consciente de la escena hasta que una sombra veloz irrumpió en ella, saltando por encima de la silueta encapuchada, derecha hacia mí. Apenas un segundo antes de que el carro me alcanzara recobré los sentidos.
—Sebast-
Antes de terminar de pronunciar su nombre se había instalado en mi estómago la sensación de vacío propia de las altas velocidades; pero la familiaridad de los brazos que me transportaban impedía todo vértigo. Que Sebastian me rescatase del peligro llevándome en volandas se había vuelto un gesto natural a aquellas alturas, pero en esa ocasión sentí un alivio desconocido. Sin apenas darme cuenta, pronto estaba recostando la cabeza en su hombro tentado de cerrar los ojos.
—Santo cielo —profirió, aterrizando sobre un tejado—, no tiene el más mínimo instinto de supervivencia. —Me miró con reprobación. Podría haberme dejado sobre las tejas, pero seguramente no quiso arriesgarse a que tuviera alguna idea kamikaze. Le sonreí con picardía.
—He ganado. Te he encontrado antes de medianoche.
Enarcó una ceja con diversión.
—¿De verdad? ¿Me ha encontrado usted a mí?
—¡Conde!
Ambos miramos hacia el callejón; Arthur señalaba los caballos que corrían asustados hacia calles más pobladas, arrastrando un carro vacío y sin chófer. Apreté los dientes y comprobé que, como me temía, no había ni rastro de la figura encapuchada ni de la mujer. Hice un gesto de asentimiento a Sebastian, que nos bajó de un salto y me dejó al lado de Arthur para ir tras los caballos. Ambos lo observamos mientras alcanzaba el carro en pocos segundos, se plantaba frente a los animales y los detenía pasando los brazos alrededor del cuello de cada uno, para después amansarlos con caricias y a saber qué trucos más. Nadie salió herido al final, y varios curiosos se reunieron alrededor de Sebastian para darle las gracias. Para cuando el espectáculo hubo terminado, Arthur ofrecía un aspecto demasiado exhausto para expresar confusión.
—No se preocupe, Arthur —le dije con suavidad—. Regresaremos de inmediato a la mansión. Borraremos de su memoria lo que ha visto y esta noche podrá dormir tranquilo.
² Y así fue como los hermanos Lumière se inspiraron para inventar el cinematógrafo seis años después, LOL. (Obviamente no).
El capítulo se ha prolongado más de lo que planeaba, pero no quería dejarlo en un cliffhanger descarado (sé que no es un recurso narrativo muy bien considerado en literatura, si es que se puede llamar así a esto).
Espero que lo hayáis disfrutado aunque sea un poco. Hasta pronto. :)
