II. Graduación.

Las luces de colores lastiman tus ojos y no puedes evitar soltar un gruñido que se ve opacado por la estridente música. Estas molesto… estas furioso. ¿Por qué precisamente ese día? ¿Por qué a Tomoyo se le ocurría ser la estrella justamente en ese momento? Porque cuando la viste entrar al gimnasio no conseguiste pensar en otra cosa. Parecía la estrella más brillante que hubieras admirado jamás… lástima que no fuiste el único en notarlo.

Retiras tus anteojos y masajeas el puente de la nariz, llevas sentado en esa silla toda la noche, observando al par de tortolos castaños dándose muestras de cariño en el rincón más alejado de la mesa redonda, allá donde la luz no alcanza a llegar.

Y luego ves la pista de baile con odio, porque desde tu lugar la alcanzas a distinguir, alcanzas a notar ese cabello negro y ese menudo cuerpo moverse al son de la música, bailando con un sujeto de su clase, un sujeto al que no conoces.

De pronto, la música cambia, las luces menguan y Tomoyo se disculpa con el imbécil que supusiste, quería seguir con ese baile lento. Una sonrisa de autosuficiencia surca tu rostro, pero es remplazada por el nerviosismo cuando te das cuenta que ella se acerca a ti.

—Eriol, ¿quieres bailar? —pregunta con ese tono sereno que te encanta.

Ni siquiera alcanzas a responder cuando ya tomas su mano, encaminándose ambos al centro de la pista ante las miradas de tus amigos.

Entonces, allí, con tu mano sosteniendo su pequeña cintura y la otra unida a la de ella, es que te das cuenta que no hay momento más perfecto, más sublime, que consiga encapsular la felicidad tranquila que embarga tu corazón. Y entonces quieres detener el tiempo, hacer de esa canción eterna, quedarte con ella por siempre bailando, sintiéndote contento y calmado, como hacía tiempo no te sentías.

Sonríes, no es una sonrisa plagada de soberbia, ni de misterio, ni de burla, es una sonrisa sincera y pura, es una sonrisa que cuando Tomoyo alza la vista la presencia con sorpresa, pero un brillo resplandece en sus ojos de inmediato y ella también sonríe, porque como siempre lo dijiste, la niña posee un gran don de observación y como tal, sabe que estas feliz, y sabe de igual manera, que esa felicidad es gracias a ella. Pero nada dirá, es el pequeño secreto de los dos.

La canción termina y te apartas de la joven, es la única melodía que compartirán en toda la noche, ambos están muy conscientes de ello, pero justamente por esa melodía es por lo que están allí. No importa, estás seguro que ya habrá más canciones por bailar, en un futuro, en otra vida quizá.

Una reverencia es tu agradecimiento y sales con paso lento del lugar. Sabes que es un adiós, pero no consigues aplacar la sensación de felicidad que te trae el recuerdo de tu cuerpo junto al suyo, bailando una melodía perdida en los sinsabores del tiempo.


Sentimiento: Felicidad.

Palabras: 500.