17/06/2018

Ahora es cuando os digo que me equivoqué de pairing y no es Tom/Harry sino Lucius/Harry Jajaja ¡Ok, es broma! Sólo quería aclarar que sí, es Tom/Harry y aquí empieza su aventura.

Saludos especiales a Anairafuji, Lunatica Riddle, Himeno Sakura Hamasaki, Cinay17 y Andre Riddle. ¡Gracias por dejarme saber que os gustó esta pequeñita historia con vuestros reviews, me alegro mucho de que os haya encantado! Miles de gracias también a los que la pusieron entre sus favs y la siguieron.

Una cosa más antes de irme: aquí empezaría el presente. He decidido alargar este fic un poquito más, sólo hasta completar los cinco capítulos; espero que les parezca bien. Quería profundizar más en las relaciones de los personajes y no hacerlo tan deprisa y corriendo.

Sin más os dejo con el capítulo.


Advertencias: Escenas de violencia.


ALL ABOUT ME: SCARS


Destino; o cómo de pequeño es este mundo…

Como ya os había dicho anteriormente -y para mí-, aquel lugar era espeluznante, terrorífico, escalofriante…, y todos los sinónimos que podáis encontrar de esas palabras. A primera vista parecía un tugurio más de aquel largo y oscuro callejón, una tasca más entre una veintena, pero ésta tenía algo que las otras no: la entrada expresamente prohibida a las mujeres y una figura de neón con lo que parecía ser un chico arrodillado comiéndose un plátano, literalmente hablando. La verdad es que no necesité pensar demasiado en qué es lo que se hacía ahí dentro, pero sí que necesité mucho valor para entrar. Desde fuera se podía respirar una mezcla de excitación, embriaguez, hastío y hasta cansancio, además del inconfundible olor del tabaco, del ron, del whisky y el eco de la música sugestiva.

Respiré una, dos y hasta tres veces, pero mi cuerpo se negaba a reaccionar; duré más de quince minutos plantado en frente de aquella puerta de metal negra -quince minutos que parecieron una eternidad para mí-, hasta que por fin me resigné, cerré los ojos y entré.

Tengo que admitir que el panorama que yo esperaba no era tan radical como el que vi, y tampoco que el lugar fuera tan grande por dentro. Me lo imaginaba todo más cargado, más obsceno, más abierto…, pero aquello era tan normal como cualquier otro garito cualquiera -y no es que haya estado en alguno, simplemente deduje cómo eran-. Había al menos un escenario a la vista con tres barras de pole dance donde unos chicos jóvenes y enfundados en cuero negro bailaban al son de la música, haciendo piruetas en la barra y dejándose caer al suelo de vez en cuando; también había muchas mesas repartidas donde hombres -generalmente mayores- tenían sentados en sus piernas a chicos jóvenes mientras bebían -algunos más osados los manoseaban-, y la barra estaba llena de camareros semi desnudos que pedían y preparaban bebidas para llevarlas a las mesas donde estaban sus clientes, todo esto acompañado de muchas luces de colores que se movían en todas direcciones y aquella música sensual pero bulliciosa.

Sentí una corriente de pánico cuando un chico notó mi presencia y se dirigió a mí. Tenía unos hermosos ojos -y cabellos- color castaño claro y la piel un poco pálida. Miré en todas direcciones cuando la ansiedad se apoderó de mí, y hasta se me pasó por la cabeza el correr e irme por donde había venido, pero no me pude mover, estaba totalmente paralizado.

-Hola… ¿En qué te puedo ayudar? ¿Buscas a alguien? -Aquel chico que no parecía tener más de veinte años -cuidado si menos- me miró con una sonrisa cálida, algo que a mí no me habían ofrecido desde hace mucho tiempo.

-Yo…, yo no…, yo… -Me quedé sin habla, aunque tampoco creo que me oyera.

Él me miró con aquella sonrisa bonachona durante unos segundos hasta que se percató de mi atuendo -que no era el mejor del mundo que digamos-. Durante todas aquellas semanas había perdido más que el dinero que había ahorrado, también había perdido mis pocas posesiones personales y me habían robado mis pertenencias en mi último hospedaje, dejándome como estaba ahora, más que en ruinas; tenía puesto una camiseta un poco desgastada de color gris, con un pequeño abrigo que no me cubría mucho del frío y un pantalón de deporte semi roído y manchado por el barro, con unas alpargatas igualmente sucias.

-Oh…, ven conmigo, por favor.

Aquel chico me tomó suavemente del brazo y tiró dócilmente de mí hasta un lado apartado, abrió una puerta y me condujo por un pasillo mientras oía que la música bajaba gradualmente hasta ser sólo un pequeño eco en la distancia. Entramos a una habitación pequeña, era más un despacho que otra cosa. Había una mesa de madera con un sillón de aspecto cómodo y dos sillas de oficina en frente, donde me sentó.

-Espera un minuto, ¿sí? Buscaré al jefe para que hables con él, no tengas miedo, te tratará bien. -Y con la misma sonrisa con la que me recibió, así se fue.

Mire a mi alrededor y noté que me estaba quedando sin aire, necesitaba unos minutos para tranquilizarme. El ambiente de aquella estancia era tranquilizador y sobrio a la vez. Estanterías llenas de libros, archivadores y carpetas cubrían gran parte de las paredes y dos sofás al otro extremo daban la sensación de que estabas en una pequeña biblioteca en vez de en un lugar como aquel. Oí la puerta abrirse y no pude girar la cabeza para ver quién era el tal jefe del lugar porque nuevamente me encontraba paralizado.

-Terry me ha dicho que tengo visita, ¿a quién le debo el honor? -El hombre rió jocosamente y se sentó en el sillón detrás del escritorio, pero sin mirarme directamente ya que estaba leyendo unos papeles que tenía en las manos.

Yo no le echaba más de cuarenta y cinco años. Tenía el cabello negro azulado y rizado hasta el hombro. Su piel era blanca pero se podían ver varios tatuajes en sus manos y cuello, y además tenía una barba corta y un poco tupida. Me encontré nuevamente sin habla pero reaccioné al segundo, abriendo la boca para hablar en el mismo instante en el cual el hombre alzó la vista hacia mi persona y se quedó prácticamente de piedra, abriendo mucho sus ojos grises y frunciendo el entrecejo al mismo tiempo.

- ¿Qué demonios? -Aquel hombre me miró durante un buen rato hasta que se dignó a cerrar la boca y ablandar sus facciones, tiempo que me tomé yo para tragar pesado.

La sorpresa era evidente en mi cara…, porque no sabía lo que estaba pasando, no sabía por qué había reaccionado así.

-Te pareces mucho a él…, pero no puede ser, es imposible…

- ¿Parecerme? ¿Parecerme a quién? -Tartamudeé.

El hombre se levantó fugazmente del escritorio y salió hecho un bólido de allí, dejándome totalmente en shock; volvió sólo unos segundos después con alguien más, persona que, al verme, puso exactamente la misma cara que el pelinegro.

- ¿James? -Estaba atónito.

¿Cómo esas personas sabían el nombre de mi padre? ¿Lo conocían a caso? ¿Me confundían con él? ¿Qué demonios estaba pasando allí?

-Rem, obviamente no es James -se dirigió el pelinegro al otro- pero su parecido es…, increíble…

-Mi…, mi padre se llamaba James Potter… -Sus caras no reflejaron mucha sorpresa, la verdad-. ¿Lo conocieron?

- ¿Por qué hablas en pasado? No me digas que… -Habló el recién llegado y yo solamente asentí.

Los dos se miraron y negaron pesadamente con la cabeza; el pelinegro caminó hasta el sillón y se sentó, el otro fue a su lado y agarró sus hombros con pesadez.

- ¿Cuándo? ¿Qué fue lo que pasó?

Entenderéis que la situación era muy extraña…, tener a dos completos desconocidos preguntando por tu padre fallecido era muy anormal, y más allá de que pareciera que lo conocieron realmente, no era fácil hablar de eso con dos personas de las cuales no conocía nada de ellos -ni siquiera sus nombres- pero no parecían malas personas, al contrario, los dos juntos transmitían muy buena química y un porte un tanto admirable; quizás eso fue lo que me indujo a contarles…

-Mi padre y mi madre fallecieron cuando yo tenía once años, en un accidente de coche…

-Qué desgracia -suspiró el hombre que estaba de pie.

-Perdón pero, ¿de qué se conocían ustedes? Mi padre nunca los mencionó.

-Es difícil que lo hiciera alguna vez -el pelinegro me miró a los ojos y, con sorpresa, pude ver dolor en ellos- James fue nuestro mejor amigo.

- ¿Mejor amigo? ¿Cuándo se conocieron? ¿Qué les pasó? ¿Por qué nunca hablaron mis padres de ustedes?

-Demasiadas preguntas, querido… Primeramente dinos, ¿cómo te llamas? -Preguntó el pelicastaño con una sonrisa paternal.

-Harry… Harry James Potter Evans…

-Así que finalmente se casó con Lily. -No sabía si era una pregunta o una afirmación, así que sólo asentí.

El pelinegro se levantó de su asiento y fue hasta un pequeño compartimento que había al lado opuesto a la gran estantería, abriéndola y tomando una botella de Tyrconnell -un famoso Whisky Irlandés-, además de tres pequeños vasos, poniéndolos en la mesa y vertiendo el oscuro líquido en ellos. El hombre le dio un vaso a su acompañante, tomó uno para él y me dio a mí el otro, poniéndolo frente mío, pero el cual ni toqué; pasaban los meses y yo seguía aborreciendo el alcohol. Después que los dos hombres tomaran un trago largo, hablaron.

-Él se llama Sirius Black y yo Remus Lupin…, nosotros conocimos a James en la escuela, estuvimos juntos toda nuestra infancia -habló el pelicastaño, tomando asiento en la silla que estaba vacía al lado mío-, fueron muchos años de amistad…

-Pufff, hasta que barrió el suelo con ella… -Bufó el pelinegro.

- ¡Sirius! -Regañó el otro-. No le hagas caso, querido, durante todos estos años ha estado acumulando un odio profundo a James…

- ¿Por qué? -Decir que yo estaba muy intrigado era decir poco.

-Bueno…, -suspiró el castaño- digamos que sus padres eran unas personas muy estrictas… Él venía de una muy buena familia, pero poseían unos ideales…, un tanto anticuados para la época… En algunas cosas él no estaba de acuerdo, en la gran mayoría de cosas…, pero lamentablemente en otras sí.

-Al grano, Rem. -El pelinegro dijo mientras seguía bebiendo.

-Shhh, ya voy. -Miró mal al otro-. En aquellos tiempos sabíamos que a James le gustaba Lily, pero desconocíamos que tenía algo con ella, cosa que nos extrañaba muchísimo porque a sus padres nunca les gustó ella…

-Sus padres lo desheredaron cuando él se casó con mamá.

-No es de extrañar… -Comentó el pelinegro, ganándose otra mirada glacial del otro hombre.

-Irónicamente, -el pelicastaño apartó la mirada del otro para volver a fijarla en la mía- el día de nuestra graduación decidimos contarle a James algo que nos moríamos por decirle, sabíamos que no se lo iba a tomar muy bien pero creíamos que bastantes años de amistad podían ablandarlo un poco…, pero no sucedió así… Verás…, nosotros le confesamos que éramos pareja, Harry, y a él no le gustó nada que sus dos mejores amigos fueran como ese tipo de personas a las que él aborrecía.

-Así que nos mandó al mismísimo infierno…

- ¡Sirius!

- ¡Sabes tan bien como yo que fue así…, y peor! ¡¿Recuerdas esto?! ¿Eh? ¡¿Lo recuerdas?!

El hombre rompió bruscamente la camisa negra que llevaba, dejando ver una marca bastante peculiar al lado de su pecho izquierdo. Rodeada de tatuajes y unos bellos oscuros repartidos en su musculoso tórax, había una clara cicatriz que medía al menos siete centímetros de largo y un par de centímetros de ancho.

Enterarme de que a mi padre le disgustaban ese tipo de personas me puso tremendamente mal, que fue capaz de apartarse de sus mejores amigos por algo como eso…, y hasta herir a alguien debido a ello…, realmente no me sentí muy bien en aquel momento. La mala condición física en la cual me encontraba hizo mella en mí en un solo segundo, sentí cómo mi cerebro finalmente se rendía y las lágrimas que tanto había guardado para mí por lo de Lucius empezaron a salir abruptamente sin parar, pero no por él, sino por lo poco que había descubierto acerca de las actitudes de mi padre.

Sentí una desolación y una angustia que literalmente me arrasó el alma. Siempre me había imaginado el cómo sería mi vida si mis padres estuvieran vivos…, si seríamos una familia completa, si nunca tendríamos problemas, si siempre seríamos felices…, pero enterarme de que le hizo daño a su propio mejor amigo fue demasiado para mí; me empecé a preguntar si realmente a mí me hubiera aceptado tal y como era sólo por ser su hijo, si a mí me hubiera dado una oportunidad o si sólo me hubiera dejado de querer repentinamente, echándome de su vida tal y como lo hicieron sus padres con él.

No sé el momento exacto en el que mi cuerpo colapsó, sólo sentí que una pesada oscuridad me arropaba y que con ella venía la paz y la tranquilidad que tanto necesitaba. Lo siguiente que recuerdo era estar en una nube, o eso pensé hasta que abrí mis pesados ojos.

Me encontraba en una habitación cálida, acostado en una gran cama y rodeado de mantas perfectamente mullidas y de un olor más que agradable. Parecía un poco antigua por los doseles de madera y los colores abundantemente cálidos que predominaban allí. Estaba decorada muy pulcramente con su debido armario, un pequeño silloncito y un tocador con espejo y butaca. Había también dos puertas en el fondo de la habitación al lado de un ventanal por donde entraba una gran cantidad de luz natural. Me senté lentamente en la cama y vi que donde deberían estar mis ropas sucias se encontraba un agradable camisón azul de hombre.

Parpadeé y recordé los acontecimientos que habían pasado anteriormente y el desánimo volvió a mí con aquel torrente de malos pensamientos que traté infinitamente de alejar de mi mente. Me enfoqué más en el sitio en donde estaba y en el hambre que me estaba entrando de nuevo. Había deslizado una de las pesadas mantas cuando oí una de las puertas abrirse, miré hacia el fondo de la habitación y me encontré con los ojos castaños claros del chico que me había atendido ayer, Terry -así lo había llamado el tal Sirius-, con una amplia bandeja en las manos.

-Yo que tú no me levantaría… Sirius, o peor aún, Remus nos mataría -si tenía una hermosa sonrisa, he decir que también poseía una risa realmente contagiosa-; toma, tienes que comer abundantemente, realmente parece que has perdido mucho peso… -su carita de pena realmente me conmovió-. Lo siento por haberte desvestido, teníamos que darte un baño y hacerte entrar en calor para poder acostarte.

-No te preocupes, en todo caso tendría que agradecerte a ti por ayudarme.

-Para nada, lo hice con la mejor voluntad…, me llamo Terry Boot.

-Harry Potter.

-Encantado, Harry.

-Lo mismo digo, Terry. -Le regalé una sonrisa sincera.

Aquel chico tenía un aura tan agradable que irradiaba tranquilidad. Yo nunca había tenido un mejor amigo, pero mirando a Terry, sabía que si alguna vez lo tuviera, quería que ese mejor amigo fuese exactamente así como él, aunque todavía no lo conociera muy bien.

-Cómetelo todo y descansa, Remus dijo que cuando te sintieras con las ganas y las fuerzas necesarias, que te lleve abajo para que podáis seguir hablando… Yo duermo en la habitación de al lado, llámame o búscame si necesitas cualquier cosa.

-Gracias, Terry, así lo haré.

-De nada, Harry. -Se despidió el chico con un movimiento de manos y salió de la habitación.

Y así pasaron al menos varios días. Yo no me sentía con las ganas suficientes de hablar de mi pasado -porque sabía que los hombres me lo preguntarían- pero algún día tenía que salir de aquella habitación si no quería volverme loco; además tenía que tener en cuenta que aquellas personas me habían acogido y se habían ocupado muy bien de mí, no podía pagarles con desplantes, no se lo merecían.

En esos días estuve hablando a casi todas horas con Terry, me había contado muchas cosas interesantes sobre él y su pasado, de cómo su padre lo había echado de su casa a los quince años sólo porque él le había dicho que era homosexual, me había contado cómo había llegado allí y cómo Sirius y Remus le habían dado un hogar hasta que había cumplido los diecisiete años y pudo trabajar allí con los demás, y de cómo también habían ayudado a los otros diecisiete chicos que habían pasado por situaciones similares y que hoy se encontraban todavía allí, conviviendo juntos, como una familia… También me contó que la anécdota más amarga -de la cual se enteraron- fue sin duda aquella en la que un joven indigente de dieciséis años se había quitado la vida luego de que fuera violado hacía unos años atrás en uno de los callejones aledaños que utilizaba para sobrevivir a duras penas; lamentablemente, nadie de allí sabía de la existencia de aquel chico, pero cuando se dieron cuenta ya era demasiado tarde.

Una gran parte de mí agradeció infinitamente el no haber terminado de ese modo y la otra se avergonzó terriblemente de mis penas internas, reprendiéndome y haciéndome saber que hay vidas mucho peores que la mía y que al menos seguía de pie. Podría ser una argucia, una falacia o un autoengaño de mi propia mente, pero al final -y si pensaba de aquella manera-, me sentía un poco mejor conmigo mismo al final del día porque sabía que a mí no me había tocado la peor parte.

No todo estaba acabado.

Seguí a Terry escaleras abajo por el pasillo; ya habían pasado varios días y tenía la amplia confianza en poder volver a hablar con los dos hombres -que muy amablemente no me habían atosigado- sin que me derrumbe nuevamente. Cuando llegamos, el tierno chico me guiñó el ojo con una amplia sonrisa y se alejó de allí, yo solo suspiré y me adentré en la habitación.

-Harry, qué bueno verte, querido, ven, siéntate. -Aquella voz amable que provenía de Remus tenía la capacidad de afectarme en el buen sentido de la palabra: me tranquilizaba-. ¿Cómo has estado?

-Bien.

Me acomodé a su lado en aquel sillón marrón y tomé con mis manos el tazón de chocolate que tan amablemente me pasaba, y juntos nos sumergimos en un incómodo pero pacífico silencio. Sirius llegó varios minutos más tarde, con unas ojeras visibles y aquella carpeta que siempre llevaba para arriba y para abajo.

-Hola, ¿cómo lo llevas? -Me preguntó.

-Muy bien, la verdad.

-Eso está bien... Ven, acércate Harry, me gustaría preguntarte varias cosas…, si no te importa.

Yo negué con la cabeza y suspiré antes de levantarme y acercarme al escritorio del alto hombre, sentándome en la silla frente a él y con Remus haciendo lo mismo que yo en la otra, justo a mi lado.

- ¿Cómo llegaste aquí, Harry?

-En realidad fue por casualidad… Me había estado quedando en esa posada que está tres callejones más arriba, aquella noche era el último día de plazo para pagar y no tenía el dinero, así que me echaron y se quedaron con mis cosas…

-Oh, por Dios… -Suspiró Remus pesadamente tomándome una mano-. Conozco al dueño, le diré que te devuelva tus cosas inmediatamente.

-No es de importancia…, igualmente no tenía nada de valor…

- ¿Cómo llegaste a estas circunstancias, Harry? Porque dado tu aspecto físico, me imagino que entraste a este lugar con un solo pensamiento en mente… -Sirius me observaba con una extraña mirada difícil de descifrar-. Claro que no es tu obligación contestar -dijo, agachando la mirada.

Yo miré la mano que me tomaba Remus entre las suyas y me invadió un repentino sentimiento; como aquellas veces en las que siempre imaginé que tenía a alguien a quién contarle mis cosas, alguien en el cual confiar fervientemente. No me había percatado de cuánto necesitaba a alguien así en mi vida, alguien que me escuchara, que me entendiera y me apoyara. Muy tarde me di cuenta de que me faltaba algo…, alguien, y que si hubiera tenido más confianza en mí mismo las cosas nunca habrían terminado de ese modo, que si hubiera sido valiente, le hubiera contado a Lucius los desplantes que su hijo me hacía frecuentemente en la oficina; aunque él no creyera en mí o aunque supusiera cualquier otra cosa. Tarde me di cuenta de que ya no hacía nada con lamentarme por las cosas que una vez hice pero que, aunque no pudiera arrepentirme, sí podía desahogarme, y el destino había puesto en mi camino a tres personas en la cual confiar de ahora en adelante. Personas que me agradaban, y lo que era más importante: yo les agradaba a ellos.

Con un nuevo arranque de energía me dispuse a contarles prácticamente toda mi vida a aquellas dos personas; riendo en algunos ratos, con nostalgia y pena en otros y sin dejarme ni un solo detalle. Por su parte, ellos me contaron a su vez sus memorias y pude comprender su deseo por ayudar a aquellos chicos que habían sido repudiados por sus familias sólo por sus gustos o sexualidades. Me contaron cómo llegaron a fundar aquel establecimiento y me dijeron también que sus deseos eran el que los chicos pudieran hacer libremente lo que les plazca, que nunca habían obligado a nadie a humillarse o a llevarlos por el camino de la prostitución, sino que algunos decidieron cerrar grandes etapas de sus vidas y otros pensaban que aquella era la única forma de tener unos buenos ingresos extras para cumplir sus ansiadas metas. Eran muchos los que vivían en aquel lugar y, a veces -en el pasado-, no había suficiente alojamiento o comida para todos, pero que con el nuevo giro que tomaron los acontecimientos y la inauguración del local, todos estaban a gusto y vivían en paz, sin ningún problema que los atormentara. Ellos -los chicos que allí trabajaban- eran el pilar del lugar y como tal, eran tratados como príncipes. Claro que había muchos que no ejercían tal oficio, sólo bailaban, servían copas o acompañaban sin más a los clientes -nunca nadie los obligaba a nada más que eso-, pero los que sí lo hacían eran muy discretos y casi siempre lo hacían con clientes fijos que ya conocían, no con ningún desconocido o algún borracho cualquiera.

Si bien es cierto que tanto Remus como Sirius preferían que dejaran de hacer tales oficios, tampoco podían obligarles a abandonarlo ya que los que lo hacían, se responsabilizaban totalmente por sus propios actos.

Aquel lugar era tan sano como legal. No había drogas ni ningún otro tipo de cosa fuera de lo corriente. También era cierto que surgían problemas de relación cliente-empleado, eso no se podía negar, pero en todos los casos sin excepción salían ganando los chicos ya que por ningún concepto elegían al cliente por encima de su propia familia. Todos ellos estaban más que unidos y eso se notaba a simple vista.

-Me alegra saber que te graduaste con todos los honores, Harry, ¿te gustaría ayudarme a llevar las cuentas del local? Siempre he tenido a Remus a mi lado para esto pero nos vendría bien una mente nueva en el negocio -rió Sirius.

-Espero que no estés insinuando que hago un mal trabajo, cariño.

Sirius denegó fervientemente ante la mirada huraña de Remus.

-Para nada, amor, para nada… Ehhh, Harry ven, quiero que conozcas más el lugar y los demás chicos.

Los tres reímos con gracia mientras salíamos del despacho.

[…]


El tiempo; o cómo pasa realmente rápido cuando estás entretenido…

Ya llevaba más de tres meses en aquel lugar, tres meses que casi se habían pasado volando, pero tres meses llenos de muchos cambios y felicidad… Con mis veintitrés años recién cumplidos, me había adaptado muy fácilmente a mi nuevo espacio; había ayudado mucho a Sirius y a Remus con las cuentas y con los contratos de las compañías que nos suministraban el alcohol, sacándoles muchos beneficios y grandes ventajas. Invertimos unas cuantas miles de libras en renovar poco a poco -y nosotros mismos- la apariencia del local -algo que Remus y los demás chicos más veteranos estaban locos por hacer- y también redecoramos nuestras habitaciones personales. En ese tiempo también había conocido a fondo a todos los chicos y había entablado una profunda amistad con ellos, especialmente con Terry, Theodore y Justin, que éramos los más jóvenes de aquel lugar -Theo el más pequeño-, hacíamos muchas cosas juntos por el día; nos íbamos de compras, paseábamos por Hyde Park y hasta visitábamos los mejores mercadillos de la zona en busca de antigüedades que les gustaran a Sirius o libros que regalarle a Remus.

Nuestro día a día era también de lo más normal: desayunábamos todos juntos -claro que no siempre- en las cocinas. Aunque bueno, si a eso lo llamábamos desayunar…, porque después de trabajar toda la noche nos despertábamos realmente tarde, más concretamente a la hora de la comida. Después del "desayuno" nos íbamos a nuestras habitaciones, las arreglábamos y bajábamos a preparar el local para una nueva noche más. Generalmente los más mayores -el más mayor de todos tenía veintiocho años-, se encargaban de las tareas más difíciles, como sacar todas las cajas de botellas vacías y poner las nuevas en su lugar. Después, a otro pequeño grupo se le encomendaba la limpieza de cada rincón mientras los demás aseaban la barra o los cubículos de la zona vip -donde había una pequeña mesa redonda con un sofá rojo y techo de espejo, con vistas directamente al escenario y con una oscura y larga cortina que podías cerrar para hablar y beber con tu acompañante sin molestias; algunas mesas vips hasta tenían su propia barra de pole dance-.

Por mi parte siempre me tocaban las cuentas; tenía que sacar el balance del día, calcular gastos y beneficios, cuadrar el recuento y colocar el dinero en la caja fuerte del despacho de Sirius. A veces limpiaba junto a los demás o reponía las bebidas en el bar. A pesar de que no todos teníamos las mismas ocupaciones -yo solo ejercía como contable, administrador y a veces servía bebidas en el bar cuando verdaderamente me aburría-, teníamos el mismo sueldo y nos pagaban cada quince días. Los que hacían algo más allá de sus ocupaciones -aquellos que se acostaban con sus clientes- se quedaban ellos con el pago, ya que el dinero era suyo; claro que con las propinas el tema era diferente, ya que todas iban al mismo bote y eran repartidas al final de cada jornada.

Aquella noche habíamos abierto como siempre. Con las bonitas reformas que habíamos hecho, el local había estado adquiriendo más popularidad, obteníamos más clientes y todos teníamos que atender las mesas cada noche; también habíamos contratado a nuestro primer empleado de seguridad -un hombre llamado Marcus, que era bastante amable y muy tolerante-, y éste se pasaba la noche vigilando el lugar. Kenneth, Justin y Terry tomaron sus posiciones en la barra de pole dance y todos ya teníamos nuestras sonrisas de oreja a oreja para los clientes que empezaban a llegar.

Cuando trabajas de noche te das cuenta que el tiempo pasa demasiado rápido, como sucedía allí siempre. Los clientes bebían y charlaban mientras la música sonaba y los chicos bailaban, el local estaba casi repleto y el área de barra totalmente llena. Yo me encontraba en la zona vip llevándole una bebida a un cliente cuando oí unos pequeños gritos en uno de los cubículos aledaños, me disculpé con el buen hombre y me dirigí hasta allí con un ligero sabor de boca -desde que yo había llegado al lugar nunca había presenciado algún problema con nadie, pero siempre había una primera vez para todo-. Las oscuras y pesadas cortinas estaban completamente cerradas y -obviamente- no se podía ver nada del interior.

- ¡Apártate, desgraciado! ¡He dicho que te apartes! -Reconocí la voz de Theo y prácticamente aparté las cortinas hecho un bólido.

La figura de un pesado cuerpo aplastando al pequeño consentido del lugar me provocó tal impulso que golpeé la cabeza de aquel hombre con la metálica bandeja que llevaba, haciendo que se apartara casi instantáneamente y que Theo corriera hasta ponerse a mi espalda, agarrando mis brazos con pánico.

- ¿Estás bien, Theo? -Le pregunté sin mirarlo, todavía observando la espalda del hombre.

-Sí, ahora sí. -Yo asentí mientras tomaba el brazo del hombre para darle la vuelta; quería emplear toda mi fuerza para sacarlo yo mismo de allí.

Me llevé una gran sorpresa cuando vi aquella cara conocida. Si bien era cierto que habían pasado de cuatro a cinco años, el rostro de Cedric prácticamente no había cambiado en nada. El hombre tenía el cabello más largo y una pequeña barba que antes no tenía, y su cuerpo se había llenado un poco más de músculos, pero en todo lo demás seguía igual.

- ¿Qué…, qué haces tú aquí? -Preguntó él mientras se palpaba la cabeza con ambas manos-. ¿Has caído tan bajo que ahora te prostituyes? ¿Tanto te gustan las pollas? -Terminó, con una sonrisa jocosa y un resoplido burlesco.

A decir verdad, el hombre apestaba a alcohol; era un milagro que lograra formular siete palabras juntas. Yo le regalé una sonrisa bastante hipócrita por mi parte. Detrás de mí, pude sentir cómo las manos de Theo temblaban ligeramente.

-Ve a buscar a Marcus, Theo -ordené.

-Pero, Harry…

-No te preocupes, pequeño, estaré bien. -Prometí, ladeando un poco la cabeza y observando sus ojos castaños.

El chico de diecisiete años asintió y se fue rápidamente.

-Han pasado muchos años, Cedric…, y veo que sigues siendo tan impulsivo como siempre.

-Pufff, eso no es nada, Harry, pero ¿y a ti…? ¿Te sigue gustando que te pongan en cuatro y te destrocen ese culito respingón que tienes? -Rió el hombre, mordiéndose el labio inferior y viéndome lascivamente.

- ¿Todavía vives del pasado, Cedric? ¿Tanto te marqué para que te acuerdes de minucias como esa? Eres realmente patético. -Reí sin humor-. Hazme un favor, lárgate de aquí antes de que llegue Marcus y te despedace…, evítate una vergüenza mayor y vete.

El hombre me miró realmente mal durante varios segundos hasta que sonrió de una marera despiadada, helándome la sangre como sólo unas pocas veces antes me había pasado; en el lapso de tres segundos, Cedric se levantó del pequeño sofá y me atacó, llevando sus pesadas manos a mi cuello y apretando con una fuerza desmedida. Instantáneamente me vi sin fuerzas y sin aire, sintiendo un intenso dolor en mi pequeña nuez y en todo mi cuello. Sentía como si me hubiera caído repentinamente en un recipiente que posteriormente habían cerrado al vacío; me sentí pequeño e indefenso como nunca antes y pensé lo peor cuando veía que mis propias manos se ponían blancas y todo lo demás borroso.

- ¡Suéltalo! -Se oyó, y sentí mi cuerpo caer completamente inconsciente.

Lo siguiente que aprecié fue un maldito pitido en mis oídos y unos suaves labios que se alejaban de los míos, un dolor intenso en todo el cuello y martilleos en mi cabeza. Aquel pitido se fue poco a poco y varias voces lo reemplazaron, seguido de muchas manos que tocaban alguna parte de mi cuerpo. Cuando abrí los ojos mi visión seguía igual de borrosa como la última vez, así que los volví a cerrar; sólo podía sentir la cantidad de personas que estaban a mi alrededor.

- ¿Querido? Dios mío, dinos que estás bien… -Remus, tan paternal como siempre.

Abrí la boca para contestarle pero mis cuerdas bucales no funcionaban, el dolor era tan intenso que hasta me costaba mucho exhalar por la boca.

-Tienen que dejarle respirar… Denle más espacio… También necesita descansar -no conocía para nada aquella voz, pero al notar todas aquellas manos alejarse de mí se lo agradecí internamente, ya que el ambiente se volvió menos pesado.

- ¿Tienen alguna habitación en la cual dejarlo para que descanse? Creo que va a estar en cama por unos días…

Y así fue, estuve al menos diez días postrado. En esa pequeñita temporada, el local había estado cerrado durante al menos tres noches, las tres primeras después del ataque. Theo me había estado cuidando día sí y noche también hasta que al octavo día pude recuperar parte de mi habla y decirle que ya no necesitaba tanta atención. Él, al contrario, pensaba que eso no era así y que hasta que yo no volviera al trabajo él no me dejaría solo.

En los primeros días me había explicado -con lágrimas en los ojos- como él se había ido a buscar a Marcus y al no hallarlo a la vista volvió donde yo me encontraba sólo para verme caer totalmente desmayado, y al hombre que me había agredido siendo golpeado por otro cliente. Me había dicho que había corrido a mi lado y que -cuando el cliente noqueó al otro- el hombre corrió hacia nosotros, me puso rápidamente en el suelo y empezó a reanimarme, durando varios minutos largos en el proceso. Me contó que el tipo al parecer tenía ciertos conocimientos en medicina, y que nunca lo habían visto por allí antes o después de la agresión, simplemente que me había salvado de aquel hombre -Cedric- y que no había aparecido más, cosa que yo esperaba que no fuera así durante mucho tiempo: al menos quería darle mi agradecimiento por salvarme la vida.

El tiempo había seguido corriendo lento en algunos tramos y largos y rápidos en otros. El incidente de Cedric había quedado como una mancha más que agregar al tiempo; a veces se le solía ver en los callejones aledaños pero nunca decía o hacía nada, y yo -por mi parte- siempre iba acompañado a todos lados por algunos de los chicos, nunca me dejaban solo. Sirius también se había puesto las pilas y había incrementado la seguridad en el local, tanto si estaba abierto como si no, poniendo cámaras de seguridad dentro. Remus había ordenado a los chicos que dejaran de hacer cualquier tipo de trabajos extras durante una temporada -aunque ellos no le habían hecho mucho caso-, y Theo muchas veces no salía de la barra como yo, allí nos sentíamos protegidos.

Una noche -a cuatro o cinco semanas de mi recuperación-, estábamos particularmente aburridos porque casi no habían clientes -era la temporada final de fútbol de la Champions League-, y algunos chicos y yo estábamos de cháchara en la barra mientras los demás atendían a sus otros clientes arriba en sus habitaciones. Llegado el momento, nos pusimos a hacer el tonto como nunca lo habíamos hecho antes; Theo y Terry me habían retado a ir a las barras de pole dance y hacer un numerito después de haber perdido la última ronda de preguntas. Así que allí me encontraba yo, encima del escenario y en la barra central, sin ver un carajo porque los focos me daban directamente de frente.

- ¡Vamos, Harry! ¡Empieza! -Rió y aplaudió Miles, uno de los más veteranos.

- ¡Sí, Harry, dalo todo, baby! -Silbó y rió Justin.

- ¡Joder! ¡Yo no sé hacer esta mierda! -Exclamé entre cabreado y ofuscado a la vez.

- ¡Vamos, todos hemos cumplido nuestros retos!

- ¡Me las pagarás, Theo! -vociferé ofuscado.

No es que el baile en sí no se me diera bien; había aprendido a bailar -y sensualmente- hacía muchísimo tiempo; ver cada día a los chicos practicando y haciendo sus shows había influido un poco también, lo que pasaba era que nunca lo había hecho con una barra de metal de por medio y, para agregar más leña al fuego, encima del maldito escenario.

- ¡Vamos, Harry! ¡Derek ha ido corriendo a poner su canción favorita! -Aplaudió Justin.

Varios segundos después, la música empezó a escucharse por todo el lugar, llenando el espacio con una suave tonada y lo agudos de una guitarra eléctrica; yo empecé a bailar lentamente casi sin darme cuenta. Había escuchado tanto aquella canción de Prince que prácticamente podía sentir las ondas de la suave música tocar todo mi cuerpo, metiéndose de bajo de mi piel e incitándome a que siguiera moviéndome de aquella manera, de forma lenta y un poco pecaminosa, como si mi cuerpo estuviera corrompido por una fuerza perversa e invisible…

En mi mente yo ya no me encontraba allí; estaba en un lugar donde nada malo podía alcanzarme, donde la seguridad siempre estaba conmigo, donde yo era siempre feliz. Allí nadie que yo no quisiera podía hallarme, no existían los malos tratos y los tragos amargos; allí ni Cedric ni los Dursley podían hacerme daño, allí Draco no me separaba nunca de Lucius, allí estaba con él a mi lado… Pero tenía que despertar; él ya no era más mi Luc, ya no compartíamos nada. Quizás eso jamás pasaría de nuevo, jamás nos tendríamos el uno al otro. Tenía que volver a la realidad, a mi verdadera realidad: nunca más estaría con él y eso era algo en lo que no debería pensar, no en ese momento, no ahora, tal vez nunca.

La suave tonada terminó y abrí los ojos…, nunca me di cuenta de cuándo los había cerrado. Las pesadas luces ya no enfocaban mi rostro y mi cuerpo tan insistentemente como al principio; con asombro, pude sentir un fuego que arrasaba mis mejillas. Tarde me di cuenta de que estaba llorando y, mirando las caras atónitas de mis amigos y compañeros, me percaté de que algunos también lo hacían, sobretodo Terry, que a estas alturas ya conocía todo mi pasado. Un pesado silencio cayó después seguido del eco de unas palmas aplaudir.

Dirigí mi vista hacia donde estaba oyendo el sonido…, y me encontré con el hombre más hermoso que había visto en toda mi vida.

[…]


El arte del coqueteo; o cómo sentirte totalmente seducido…

Me había quedado totalmente paralizado. Aquel hombre poseía la sonrisa más hermosa que jamás había visto. Sus cabellos castaños oscuros y semi ondulados -cortos en algunos tramos y largos en otros-, cejas tupidas pero finas y elegantes, unos oscuros y preciosos ojos almendrados, una nariz impecablemente fina, unos labios perfectos y un hoyuelo casi diminuto en la parte central de su barbilla hacían perder el aliento. Su cuerpo no estaba lejos de ser perfecto también: la fina camisa blanca y el pantalón azul marino que llevaba hacían notar unos fuertes pectorales y un estilizado y esbelto cuerpo.

Theo prácticamente corrió hacia el escenario y me indicó -haciendo aspavientos- que me agachara.

- ¡Harry, él es el hombre que te salvó aquel día! -Me dijo, con una sonrisa brillante.

Yo asentí, suspiré, me di la vuelta y quité las lágrimas de mi cara disimuladamente mientras iba bajando los escalones. Durante el pequeño camino que separaba el escenario de las puertas del local -donde él estaba-, iba pensando en cómo una persona que le debía a otra más que un favor, algo más bien como una deuda de vida, podía darle las gracias. Llegué hasta donde estaba el hombre con una sonrisa semi forzada; no es que yo fuera tímido o algo parecido, sino que no conocía de nada al hombre que me había salvado la vida y me sentía un poco abrumado por su belleza.

-Hiciste un buen espectáculo, si lo hubiera sabido antes, estaría aquí metido todos los días.

El evidente flirteo que poseía aquel hombre me erizó la piel al segundo; su suave y delicada voz no ayudó mucho tampoco.

-Los chicos me dijeron que fuiste tú el que me salvó la vida…, gracias.

-No me gustan las injusticias, nadie se merece un trato como ese…, así que no tienes por qué dármelas, sólo hice lo que hubiera hecho cualquier persona.

-Insisto -negué con la cabeza- te debo mucho…

-Entonces acompáñame esta noche -dijo, ofreciéndome su brazo.

-No suelo acompañar a los clientes, ese no es mi trabajo…, -el hombre sonrió- pero tengo que hacer una obvia excepción a la norma -terminé, aceptándolo amablemente con una sonrisa.

- ¿Ah sí? Me halaga ser la persona por la que rompas esa regla.

- ¡Invita la casa! -Oí a alguien gritar, posiblemente Kenneth.

Lo conduje hasta una de las mesas vip entre las miradas jocosas, maliciosas -en el buen sentido- y divertidas de mis amigos. Unos me guiñaban el ojo mientras los otros me tiraban besitos y lanzaban risitas muy infantiles. Theo estaba al borde de un ataque, no sé si de pánico o de felicidad, pero conociéndole yo apostaría que era por lo segundo. Todos volvieron a la barra a seguir con su sesión de travesuras instantes después.

- ¿Qué quieres tomar? -Le pregunté al hombre.

-No bebo alcohol…

-Yo tampoco -interrumpí; luego agaché la cabeza, visiblemente azorado.

Él volvió a sonreír y puso sus manos encima de la mesa.

-Excelente…, veamos, ¿un Shirley Temple estaría bien?

-Lo traeré en menos de cinco minutos… -Sonreí.

El hombre asintió con cortesía y me marché; podía hacer que alguno de los chicos me trajera cualquier cosa pero algo me decía que no debía hacerlo…, y estaba en lo correcto. Cuando llegué a la barra los chicos me recibieron con silbidos y realmente rogué para que el hombre no los escuchara.

- ¡Harry, ese hombre está de muerte! -Exclamó Erick, uno de los últimos en unirse a nuestra familia.

- ¡Sí! ¿Has notado cómo te mira?

-No es muy difícil notarlo, Derek -rió Justin-. Por favor, dime que irás a por él… ¡Tenéis una química increíble!

-¡Chicos, basta! -Reí yo-. Ya sabéis que no suelo hacerme ilusiones con nadie.

-Pues es una pena, él está como para comer y no dejar nada en el plato…

- ¡Theo! -Reprendí-. ¡Mirad, parece que ya llegan más clientes…, id a atenderlos! ¡Rápido!

Los chicos rieron y se dispersaron; yo terminé de hacer los mocktails -cócteles sin alcohol- y me dirigí nuevamente hasta la mesa; la música se oyó por todo el local segundos después. Cuando llegué, el hombre estaba toqueteando su teléfono móvil -último modelo, por cierto- y mirando distraídamente hacia las otras mesas que se iban llenando.

- ¡Aquí tienes tu Shirley Temple! Una deliciosa combinación de granadina, zumo de limón, jugo de lima y deliciosa soda acompañada de dos cerezas al marraschino.

Puse el cóctel encima del posavasos y lo acerqué a él, que seguidamente dejó el móvil encima de la mesa y bebió del frío líquido afrutado.

-Nunca antes había probado un Shirley tan bueno como el que acabas de servirme.

-Me halagas. -Hacía mucho tiempo que no me ruborizaba tanto.

Podía apreciar mis mejillas arder…, más bien, podía sentir cómo mi cara entera ardía ante la mirada de aquel hombre. Observándolo más de cerca, tenía unos hermosos ojos castaños intensos y a la vez oscuros, llenos de un brillo espectacular.

-Realmente no soy un buen adulador, pero cuando hacen las cosas bien trato de elogiar al máximo a la persona claro está…, y ese Agua de Jamaica que te has servido también tiene buen aspecto.

-En realidad…, es mi favorita, es lo único que suelo beber -le dije sorprendido, parecía que conocía los mocktails muy bien.

-Es bueno saber más cosas de ti… -Su móvil vibró y la pantalla se encendió repentinamente-. Discúlpame, tengo que tomar esta llamada -me dijo, tomando el teléfono.

Yo asentí y él se apresuró a levantarse y cerrar las pesadas y oscuras cortinas, aislando considerablemente el sonido de la música que se escuchaba por todo el local; después se sentó nuevamente y deslizó su dedo por la pantalla táctil, colocando el teléfono en su oreja y sonriéndome al final. Yo solo atiné a tomar un sorbo de mi bebida mientras desviaba mi mirada para fijarla en algún punto de las cortinas negras.

- ¿Por qué me llamas a estas horas? -Su tono de voz cambió ligeramente, lo que hizo que yo lo mirara y él me guiñara el ojo.

Para mi absoluta vergüenza, casi terminé metiendo la nariz en el vaso, pero logré corregirme a tiempo.

-No estoy de acuerdo -siguió hablando-. ¿Podemos hablarlo mañana más calmadamente? … Está bien, allí te veré.

Esperé a que colgara el teléfono para volver a mirarlo.

- ¿Todo bien? -Me atreví a preguntar.

-Por desgracia no, he de irme… -El hombre se levantó y por primera vez lo vi vacilar-. ¡Qué desconsiderado! Nunca te pregunté tu nombre… -Dijo, ofreciéndome su mano.

Yo me levanté y me apresuré a tomársela.

- ¡No, la culpa es toda mía! Soy Harry, Harry Potter.

-Mucho gusto, Harry… Mi nombre es Tom, Tom Riddle.

Escuchar mi nombre siendo pronunciado de aquella forma casi hace que yo no escuchara el suyo, y me sorprendí más cuando tiró suavemente de mi mano y me acercó a él, inclinándose hacia mi cuerpo y dejando un suave beso justo en la comisura de mis labios semiabiertos, donde noté su cálido aliento rozar mi piel.

-Espero que nos veamos pronto, Harry. -Y, poniendo una última sonrisa, atravesó las pesadas cortinas.

Yo me quedé totalmente paralizado hasta que mis rodillas empezaron a temblar. Acababa de sentir un cosquilleo repentino y toda mi piel se había erizado completamente. Sin quererlo, caí al sillón sonriendo como un idiota. Hacía muchísimo tiempo que mi pecho no se agitaba tanto por algo, por alguien, hacía mucho tiempo que no sentía cosquilleos en mi piel o mariposas en el estómago; aunque -y si me ponía a pensar- nunca antes había sentido algo como aquello... Y como un adolescente totalmente encaprichado, me vi contando los días hasta que Tom y yo nos volviéramos a ver una vez más.