Notas: Primero que todo, gracias por sus lecturas y comentarios, realmente nos alegra saber que les ha gustado. Felicidades a las pocas personas que ya comenzaron a desentrañar el misterio. Este capítulo creemos es más aclarador.

Asimismo, creemos que para poder entender la estructura de esto es necesario entender que la sonata es una composición de tres o cuatro partes. Una que comienza lenta y meláncólica, un trote alegre y finalmente el Scherzo que es la parte más violenta y frenética de la composición. Recomendamos escuchar la Sonata Luz de Luna o Moonlight Sonata, movimientos 1,2 y 3, a quien quiera hacerse una mejor idea.

P.D. Orochi: También les invitamos encarecidamente a escuchar Sonata in G Minor de Tartini para comprender una parte importante de la historia :3


II. Adagio

Incesante a mi vera se agita el Demonio;

Flota alrededor mío como un aire impalpable;

Lo aspiro y lo siento que quema mis pulmones

Y los llena de un deseo eterno y culpable…

(Les fleurs du mal – La Destruction)

o0o0o0o0o0o


-"Los humanos siempre están hablando sobre los sentimientos, es como si pudieran sostenerlos en sus manos.

Pero mis ojos lo ven todo, nada puede escaparse de ellos. Lo que no ven, no existe. Así es como siempre ha sido; aunque he llegado a preguntarme...

¿Qué es el corazón, qué son los sentimientos?

¿Si te abro el pecho los podré ver? ¿Si te rompo el cráneo estarán ahí?"-

Interrumpió el flujo de sus ideas al escuchar la voz del cochero anunciándole que estaba listo para partir.

Consultó su reloj de bolsillo, quedaba tiempo suficiente. Se levantó del sofá, sacudió sus ropas y salió del despacho tomando el bastón que le alcanzaba el mayordomo, quien le despidió con una reverencia.

Subió al carruaje, que era tirado por dos hermosos corceles negros. Uno de los pocos que transitaban ya por las calles estadounidenses de finales de siglo, que ahora eran ocupadas por los automóviles que llegaban cada vez a más y más personas, dejando en el olvido las viejas usanzas. Las casas, las ropas, las personas. Y es que a sus ojos –los verdaderos- todo esto ocurría en un parpadeo. Debía ser precavido o su tiempo pasaría demasiado rápido sin notarlo.

Revisó nuevamente su reloj.

Eran las 13:10 cuando el vehículo finalmente se detuvo frente a la mansión Jones y por primera vez en toda su existencia se cuestionó si lo que estaba haciendo sería adecuado.

000

Le había tomado cinco días el ordenar sus ideas tras aquel extraño incidente con el joven de la casa. Primero fue consternación; nunca antes había reaccionado así por un simple contacto físico. Después la preocupación de que este cuerpo desechado pudiera actuar por cuenta propia. Por último, el temor a las consecuencias que un descuido pudiese traer al ciclo de las cosas.

Pero después de mucho reflexionar, acabó por concluir que se trataba de simples sensaciones pasajeras, memorias de un cuerpo que aun sin conciencia se negaba a olvidar; no había modo de que algo tan trivial pudiese llegar a afectarle.

Aunque este razonamiento no hizo desaparecer la molestia al notar que, a aparte de la servidumbre, nadie más había salido a recibirle.

Una vez dentro, se encontró con que no era el único invitado. En su camino al despacho de Benjamín pudo distinguir a un hombre sentado en la sala de estar, conversando animadamente con Alfred. Solamente le vio de reojo, pero había algo en ese hombre que le provocó cierto desagrado. ¿Sería su porte soberbio? ¿Su acento nasal exagerado? ¿Tal vez era acaso la forma en la que Alfred le veía, lleno de respeto y admiración? O quizá…

El hombre pareció sentir su mirada pues se giró hacia el poniéndose de pie y dedicándole un movimiento de cabeza a modo de saludo.

-Buenas tardes caballero, siento haberle interrumpido - saludó Arthur haciéndose el desentendido. Dirigió su vista a Alfred, el cual la esquivó.

-Lo mismo digo. Buenas tardes, Monsieur - respondió el hombre dando un ligero codazo al joven de la casa, el cual soltó un gruñido .

-Arthur Kirkland, un amigo de papá-

-Oh encantado, François Bonnefoy a su servicio, siempre es un gusto conocer a un honorable caballero en la casa de mis parientes-

-¿Parientes?-

-Es el marido de mi prima Madeleine, ella está de compras con Eliza, ya la conocerás mas tarde - se oyó la voz del señor Jones a sus espaldas, quien ingresaba a la habitación.

-Espero no haberlos interrumpido en una reunión familiar, Benjamín-

-No interrumpe nada- Se aprestó a responder Bonnefoy – En todo caso el que llegó de imprevisto fui yo. Es solo que Alfred acá me estaba haciendo unas preguntas confidenciales pero creo que han quedado resueltas ¿o no, Petite?-

El muchacho fijó la vista en el suelo apenado mientras su padre, que recién había llegado al despacho, fruncía ligeramente el ceño, lo que provocó una suave risa en el francés, quien agregó

-No te angusties Benjamín, también le iba a enseñar cómo se debe tocar correctamente el piano. Descubrí a nuestro joven intentando matar un bicho sobre las teclas y le pregunté si alguien se había preocupado por enseñarle a tocar...

-Tomé cursos pero nunca me gustaron... – interrumpió Alfred, inesperádamente incómodo de que se hablara de sus deficiencias frente a Kirkland.

- ... y entonces interpretó, o intentó interpretar, un adagio, y ahora yo le iba a demostrar cómo había que hacerlo -

Y diciendo esto, el francés se acomodó en el banco frente a las teclas e indicó.

- Debes ser más cuidadoso, querido, depende de la presión que ejerzas, de la forma en que lo toques, la intensidad del sonido - François comenzó con una marcha dulce y juguetona que envolvió a la habitación. Era el segundo movimiento de la Sonata Luz de Luna. Arthur recién se estaba familiarizando con los diversos géneros musicales, pero ya había notado que la parte más interesante de una sonata se encontraba en el último movimiento, en el scherzo, ese clímax vertiginoso y sublime, el choque de ritmos, de notas asonantes y bemoles que convertían el mensaje del instrumento en un lamento.

Al finalizar la tonada, el muchacho y su padre aplaudieron, sin mucho entusiasmo. François se puso de pie y se acercó a Arthur con descarada confianza

-¿Sabe tocar, señor Kirkland?-

-Nunca sentí predilección por el piano- respondió, receloso

-Entonces tocará otros instrumentos- insistió

-El violín, pero no sé si Benjamín tendrá uno a la mano-

Si no estuviese molesto con él, Alfred habría salido en su defensa ante la evidente incomodidad que le provocaba el cuestionamiento del otro hombre, pero en lugar de eso, a modo de venganza y sin pensarlo, se apresuró a sacar un instrumento del mueble donde parecía estar intencionadamente oculto de la vista superficial. En el momento en que lo tomó, descubrió talladas las iniciales A.J., el nombre de casada de su madre.

-Sí, tiene este... desde hace mucho tiempo, pero la verdad nunca intenté tomarlo antes…- murmuró, contrariado. Giró la vista a su padre, quien solo atinó a cerrar los ojos y soltar un suave suspiro.

Alfred por un momento se olvidó de la concurrencia y pasó suavemente los dedos por sobre las letras para luego intentar sostenerlo sin tener idea clara de cómo, tratando de adivinar la forma en que ella pudo haberlo hecho.

Arthur, intuyendo que el chico se perdía en algún lúgubre pensamiento y olvidando el recelo por su pequeña querella, lo interrumpió con un comentario sarcástico, acercándose lentamente hasta quedar a su costado.

-Alfred eso es un violín, no una guitarra-

-No he tenido la oportunidad de ver cómo se tocaba uno... en muchos años- resopló

Arthur asintió, parecía comprenderle y un diálogo cómplice y silencioso se gestó entre las miradas y exhalaciones de ambos. Disculpa y perdón implícitamente incluidos.

Bonnefoy entonces se sintió profundamente sorprendido ante la manera familiar de Alfred para referirse a aquel hombre y como este le respondía de igual manera, pues bien conocía que el muchacho no confiaba tan fácilmente en otras personas y menos en alguien que no fuese de la familia.

Arthur se situó entonces detrás del chico tocando su espalda, estirando sus brazos hacia él para tomar sus extremidades e indicar sus movimientos.

-Se toma así- explicó, nuevamente pasando la línea de lo apropiado, invadiendo el espacio personal y delante de otras personas. Alfred, de pronto se apartó hacia delante como si le hubieran acercado un tizón caliente y por poco dejó caer el instrumento.

Entonces, por un instante, Arthur entrecerró los ojos, su ceño se desfrunció, los músculos de su estómago se contrajeron y el aire salió de su pecho en exhalaciones rítmicas provocando un sonido muy particular que se escapó de sus labios. Reír. Esto es reír.

-¡Es que esto es endemoniadamente difícil!- se quejó Alfred, ofuscado y con las mejillas rosadas

-Bueno, tal vez por eso se dice que el Demonio es un violinista condenadamente, el mejor de hecho. Podría decirse que el Infierno es también, a su modo, un reino musical-

Y ya sea el comentario, la ironía del tono o la forma jovial en que lo dijo, provocaron una risa nerviosa en el menor que nuevamente entró en confianza – Eso lo explica todo –

Kirkland extendió su mano hacia el -Dame, te mostraré como se hace-

Benjamín tomó asiento en el sofá mientras François observaba los movimientos de aquel hombre con ojos de crítico artista. El violín en efecto es un instrumento sensible y caprichoso, que no se deja dominar por cualquiera. Dudaba que esas manos que solo sabían contar monedas supieran tratarlo con corrección.

Entonces comenzó.

El violín hizo una dulce entrada, para luego ir subiendo la intensidad del sonido en un tono melancólico. Sus notas son largas y graves, al igual que los dedos que sostenían el arco y se movían con elegancia sobre las cuerdas. Su pequeña audiencia contiene la respiración, expectante. De repente, el violín despertó de su tristeza con dos compases de tonos más agudos, más encendidos, que se apagaron veloces, para regresar al tono grave y serio del principio.

Arthur tenía los ojos cerrados y un gesto insondable en el rostro, de profunda concentración. Alfred, con la melodía inundando su cabeza, se encontró pensando que habría dado lo que fuera por saber lo que pasaba por la mente de aquel hombre en esos momentos; el mismo François no podía apartar la vista de esas manos inesperadamente virtuosas, como hipnotizado, reconociendo al instante la pieza que se estaba interpretando frente a él. Una que no cualquiera podría interpretar.

El violín se volvió trepidante, como una caballería que ataca al segundo movimiento. Y aunque en su revuelo podía parecer que lo acompaña un segundo violín invisible, justo allí radicaba la belleza de la melodía. Quizás fue en esta parte donde surgió la leyenda de los seis dedos en la mano izquierda de Tartini.

El tercer movimiento comenzó lleno de ironía, con un tono alocado durante casi un minuto. El grave y assai se confundieron, se mezclaron, se peleaban, recordando a las estaciones de Vivaldi, hasta casi alcanzar los cinco minutos. La cadenza mostrabala virtuosidad del violinista, pues sin llegar a durar ni un minuto descarga de golpe toda su intensidad, errática, aguda, violenta.

Durante los poco más de diez minutos que duró la interpretación no hubo más sonido que el de las cuerdas. El señor Jones había permanecido mudo, atrapado en el flujo hipnótico de la melodía. Incluso algunas personas de la servidumbre se asomaron con temerosa admiración.

Y con un andante más relajado, el intérprete alcanzó el clímax con las notas del primer movimiento, como recordándoles que todo, aunque acabe, es siempre el principio de algo más.

Kirkland terminó su interpretación con una reverencia solemne, dirigida más bien al instrumento que le había acompañado que a las personas frente a él. Un discreto palmoteo de los presentes se dejó escuchar, aun absortos como estaban.

-¿Como se llama esa pieza Arthur?- preguntó por fin Alfred más por la necesidad de decir algo que por otra cosa. Su padre dio un carraspeo incómodo y François alzó una ceja extrañado al escuchar la informalidad con la que el muchacho se dirigía al otro hombre y más aún porque este no pareció molestarse. Kirkland le respondió mientras le daba la espalda para guardar el instrumento en su estuche, por lo que no pudieron ver su rostro:

-Le llaman "El grito del diablo"-

000

François Bonnefoy había sabido hacerse un lugar entre la sociedad bostoniana con sorprendente rapidez y es que tal parecía que su galantería y su acento francés constituyeron toda una novedad en el círculo social de la familia Jones, con todo y las críticas hacia Lady Madeleine por hacer ese viaje de estudios a Francia y volver con un flamante marido extranjero.

Benjamín procuraba no inmiscuirse en lo concerniente a la vida de su sobrina Maddie, pero le irritaba sobremanera que este Bonnefoy embutiera sus costumbres vulgares en la mente influenciable de Alfred. Lo culpaba indirectamente de muchas de las malas manías del muchacho.

Lo primero que hizo al pisar la casa fue criticar la manera en que estaba siendo dispuesto el salón de baile, lo que provocó una pelea con Elizabeta y a él una terrible jaqueca. Solo la intervención de la señora Bonnefoy puso fin a la disputa, llevándose a Elizabeta como acompañante para hacer algunas compras.

Lo sentía por la dulce Maddie que se encontraba con el alma en vilo, pues vivía bajo la amenaza de que su incipiente embarazo no se lograra, pero esperaba que se mantuvieran lo suficientemente ocupados en sus asuntos para no tener que soportar a su marido en casa hasta el día del baile. Y más ahora con Alfred disponible y vulnerable. No obstante, ahora tenía fe en que la compañía de Arthur Kirkland significara una buena influencia para su hijo, quien seguía prefiriendo pasar el tiempo con su amigo que con el desagradable francés aunque lamentablemente, Arthur seguía siendo un hombre ocupado y si había algo que le sobrara a Bonnefoy – que tenía personas que se encargasen de todos sus quehaceres – era tiempo, y mañas para hacerse con la atención del muchacho. Con eso se veía lo mal que le hace a un hombre el tiempo disponible y el exceso de libertad. Por eso, Benjamín Jones esperaba sinceramente que su hijo fuese capaz de escoger correctamente quién sería mejor compañía.

Arthur también lo esperaba. De un modo más inconsciente. No tenía claro los motivos, pero estaba seguro de que la presencia del francés le molestaba. Si lo racionalizaba, seguramente se debía a que tenía tan solo unos días de estadía y ese hombrecillo molesto estaba acaparando la atención del muchacho que consistía en su principal fuente de distracción. Igualmente, se comportó según las normas de la moderada costumbre que había aprendido de hombres con que se rodeaba.

Alegando tener que resolver asuntos impostergables, apenas terminó sus asuntos con el dueño de la casa se retiró sin aguardar la merienda, con la intención de pasearse por las afueras del Sanatorio del centro de la ciudad. Rozó apenas con los labios el dorso de la mano de la joven señora Bonnefoy, quien no pudo evitar un estremecimiento, excusándose rápidamente en el cansancio que le había provocado el paseo con Eliza.

El muchacho, que para entonces se había distraído iniciando una partida de ajedrez con el marido de su tía, se volvió a despedirse de él con cierta decepción. Aun así se disculpó un momento para poder acompañarle a la puerta. Arthur debió reconocer que se alegró en parte por ello.

En afán de decir cualquier cosa, hizo un comentario casual sobre la evidente indisposición que observó en Lady Madeline durante su estadía.

-La tía Maddy es fuerte. Pero los doctores le han dicho que es probable que pierda a su bebé, no quiero pensar en lo que pasaría si…-

-No hay de qué preocuparse, estoy seguro que todo irá bien- le dijo Arthur con un tono tan seguro, que le hizo sonreír.

Cuando inició su salida por el jardín, notó que Watson, el sabueso favorito de Alfred le seguía los pasos. No era la primera vez que desafiaba el patrón de conducta común de los animales en su presencia, que solía ser de agitación y una manifestación del miedo ya sea con agresiones o manteniendo distancia. Este sabueso les había seguido en varios de sus paseos por el jardín. Alfred le contó que ese perro había sido su principal compañero de juegos y que su nombre se debía a que cuando jugaba a ser Sherlock Holmes, suplía el rol de asistente. Sin embargo, ahora no estaba siguiendo a su amo sino a él. El animal, se aproximó con toda confianza y con su hocico tocó la mano enguantada del hombre, mirándole con una simpleza significativa y conmovedora que llamó la atención del hombre que se agachó para quedar a su altura y estudiarle. El animal tenía ya unos catorce años; su andar era lento, su olfato y audición fallaban y entonces Arthur lo supo: la bestia sabía que había llegado su hora y se le acercaba dócilmente aceptando su destino. "Si tan solo todas las personas fueran bendecidas con esta resignación", pensó "Una vida por otra vida" y luego de hacer lo que debiera, se levantó sin mirar atrás. El portón cerrándose tras de sí.

Esa noche, Lady Madeline fue atacada por una fiebre terrible que mantuvo en vilo angustioso a toda la casa; François pasó largas horas sosteniendo su mano, temblando, rezando, implorando, temiendo a cada minuto lo peor. Y es que en medio de su delirio, la mujer no dejaba de murmurar con el rostro arrasado en lágrimas

–"¡No lo dejes, no permitas que se lleve a mi bebé!"-

Afortunadamente superó el trance dos días después, sin recordar nada al respecto.

0o0o

Al volver a la casa Jones cuarenta y ocho horas después, nuevamente se vió conducido a la entrada por solo el mayordomo. Aparentemente, el joven Alfred estaba muy triste por la muerte de su sabueso favorito. Ni siquiera los ruegos de su prima Madeline o los chantajes de François le habían convencido de bajar a desayunar y Arthur se abstuvo de hacer algún comentario que pudiese sonar fuera de lugar.

Al cruzar el jardín, pudo notar que a los pies del manzano se había instalado un ramillete de flores sobre un montículo de tierra recién removida. Apuró su paso hacia el interior y ya sin indicaciones subió las escaleras hasta dar con el estudio donde, en medio de la penumbra, pudo encontrar al chico parado junto al gramófono. Una balada de Chopin cruzaba tímidamente el aire y el muchacho observaba el jardín por la ventanilla, abstraído, abatido.

-Era casi como un hermano – explicó el muchacho al recién llegado. Asumiendo que ya conocía la causa de su actitud. Asumiendo que debía saberlo. - Cuando... papá me lo dio para que jugase conmigo, pero él era mucho más que eso, me ayudó a dormir por las noches, me hizo reír cuando pensé que ya no podría hacerlo de nuevo y ahora...-

Arthur se quedó inmóvil al notar lo que sucedía. Los hombros del chico temblaban levemente y sus puños se apretaban recargados sobre el marco de la ventana. Estaba intentando no llorar ¿Sería esta una reacción natural? ¿Se debía solo al carácter pueril del chico? ¿Qué hacer o decir en una situación que resultaba tan natural y simple para él?

-No tienes por qué reaccionar así. Los animales tienen mejor asimilada la durabilidad de su ciclo que los propios humanos. Ha cumplido satisfactoriamente con su papel en este mundo Es el orden natural de las cosas -

Alfred se giró lentamente y le miró fijamente como si intentara reconocerle. Como si frente a él se encontrase un completo desconocido.

-Cómo puedes decir esas cosas tan… insensibles- le preguntó con la voz quebrada - ¿Es…es que nunca has perdido a alguien que amabas? -

Por alguna absurda razón, creyó que Arthur le daría la razón, que comprendería su sufrimiento y lo consolaría. Pero la frialdad de sus palabras no solo lo enfureció. Dolía profundamente.

Por su parte Kirkland le observaba en silencio y sin expresión en el rostro. No deseaba un conflicto, no sabría cómo manejarlo.

Y la respuesta al cuestionamiento anterior era un rotundo no.

-¿Crees que la muerte es el fin de todo? – Preguntó interrumpiendo con su voz serena ese silencio de pianos y melancolía.

-…No lo sé - murmuró el muchacho con un tono duro, inusual en él – En la iglesia nos enseñan que el alma es inmortal, que luego de este mundo viene una vida eterna de sufrimiento o descanso, dependiendo de cómo nos hemos comportado, pero... -

-¿Tienes miedo a dejar de existir?- le volvió a cuestionar, pero no obtuvo respuesta. -Cambiaré mi pregunta entonces. ¿Cuándo crees que la gente muere realmente? ¿Cuando una bala le atraviesa el corazón? ¿Cuando sucumben ante una enfermedad? ¿O cuando beben un veneno mortal por su propia mano?- Alfred cerró los ojos, en silencio. Arthur supo entonces que no dedicaría un pensamiento a ello, que le daba terror la sola idea.

- Pues no, no acaba entonces, su existencia se desvanece cuando son olvidados… Humanos o animales, ante la ley suprema del universo todas las vidas tienen el mismo valor, sin distinciones. Ninguna abandona este lugar sin dejar rastro de su presencia. Así que mientras les recuerdes, una parte de ellos seguirá aquí, acompañándote. Y eso, muchacho, ni siquiera la muerte puede destruirlo…-

Las últimas notas de la melodía se extinguieron junto con sus palabras. El gramófono se detuvo, dejando al silencio inundar la estancia.

Por mucho que quiso evitar el contacto, la expresión de desamparo de Alfred le impidió moverse cuando este comenzó a acercarse a él, lento, inseguro. Hasta que, no encontrando ninguna resistencia de su parte, terminó por esconder el rostro en su hombro y poniendo sus largos brazos en la espalda del mayor en busca de consuelo. Luego de unos instantes de indecisión, con cierta dificultad, Arthur rodeó la espalda del joven, aun cuando el constante punzar del cuerpo le advertía que estaba sobrepasando sus límites.

000

Esa noche tal vez por la ansiedad o por la intimidad de la visita del amigo de su padre, Alfred se encontró rememorando a Arthur Kirkland en sus sueños por primera vez. Al principio todo era una apacible recreación de las actividades que hacían juntos, paseos por la ciudad, conversaciones, caminatas por el jardín. Solo que luego los escenarios se hacían sospechosos, no había nadie alrededor, las luces, los colores, todo era irreal, excepto Arthur. Todo el mundo, el aire, el suelo, todo se reducía ante la presencia de Arthur. Arthur que le abrasaba con su mirada, con el roce de sus dedos y luego con la cercanía de sus labios.

El muchacho despertó sobresaltado, su frente húmeda y su cuerpo afectado. Agradeció estar oculto por la oscuridad y por la soledad de su habitación pero eso no ayudó a disminuir su vergüenza. Sabía que lo que había imaginado era prohibido, aunque no había sido consciente de ello. François le había asegurado que no había deseos prohibidos, sino solo deseos personales que desafiaban el sentido común.

-¿Has escuchado hablar de las pulsiones?-había preguntado el francés como una invitación a lo que sería una disertación aún mayor.

-¿Las qué?

-Es una teoría muy interesante que ha estado planteando un sicólogo muy divertido- continuó François – Sigmund Freud. Dice que todos los problemas de las personas se reducen a deseos sexuales reprimidos que se empiezan a generar desde que nacemos y que luego la sociedad nos obliga a reemplazar por conductas moralmente correctas, negando nuestros impulsos naturales de satisfacernos... Alfred, cher, te estás poniendo rojo, ¿te incomoda...?

-No, quiero oír más.

-Muy bien entonces... - canturreó el francés con cierta alegría burlona - las pulsiones serían como unos deseos primitivos que habitan en la parte inconsciente de nuestra mente y que, sin que nos demos cuenta, pueden empujar nuestra conducta y somos conscientes de ella en nuestros sueños... ese instante en que nuestra conciencia entra en contacto con esa parte oculta. A veces somos tan inconscientes de ellas que nos horrorizamos ante lo que vemos, como si no hubiesen estado siempre allí, palpitando en la oscuridad de tu mente. - El joven Jones tragó saliva y se apoyó de uno de los pilares sintiéndose algo mareado. - ¿Por qué estás interesado tan de repente? ¿Has estado pensando en tu joven prometida o...?- el francés se detuvo al ver el gesto extremadamente culposo del muchacho. -oh... ya veo. Pues en sí desear no tiene nada de malo, sin embargo, ¿Nunca has escuchado es dicho? ¿Cuidado con lo que deseas...? - Alfred negó con la cabeza y François completó la frase. -Dice "Cuidado con lo que deseas, porque se puede volver realidad".

0O0

Benjamín se preguntaba, si en caso de que Alfred hubiese sido mujer, le causaría menos dolores de cabeza que ahora, después de llevar casi una hora alistándose para la cena aun con la ayuda de Elizabeta. Quizá debió poner más atención, a falta de una madre que lo hiciera. Quizá debió preguntarle a Elizabeta por qué al muchacho no le incomodaba la presencia de una mujer cuando se cambiaba de ropa, tomándolo como un síntoma de su carácter infantil. Pero en ese momento, otros asuntos ocupaban su mente. Era una ocasión importante, al menos para él, pues presentarían los resultados de las negociaciones con el Sr Kirkland ante varias figuras importantes de la ciudad, además de una excelente oportunidad para su hijo de empaparse del ambiente en que deberá desenvolverse durante el resto de su vida, como su heredero. Confiaba además en la guía que su socio pudiese ofrecerle a su vástago, pues aunque no lo dijese en voz alta, estaba consciente de que a Alfred le había faltado consuelo y condescendencia, cosas que solo una madre puede proporcionar. Pero ahora su hijo ya no era un niño. Se estaba convirtiendo en un hombre, un hombre que no podía permitir que le afectaran las debilidades del corazón.

Observó por última vez la enorme pintura sobre la chimenea, esa que mandó colocar en reemplazo del retrato de su familia. La obscura y omnipotente figura que le recuerda siempre la futilidad de su existencia. Que le recuerda que no debe permitir que su legado se pierda. No podrá arrebatárselo.

A las ocho en punto y justo después del último repiqueteo del reloj en el salón, el mozo anuncio la llegada del siempre puntual señor Kirkland, así que con un suave suspiro se levantó de su asiento, aprestándose a recibir a los invitados.

0o0o0

Una vez fue conducido al salón, un criado se dispuso a ayudarle con su abrigo, bastón y guantes, aunque se negó a entregar estos últimos.

Tuvo apenas oportunidad de cruzar unas cuantas palabras con el anfitrión antes de que comenzaran a llegar el resto de los convidados. Por suerte eran pocas las personas que se acercaban a dirigirle directamente la palabra, ya que se encontró incapaz de prestarles la debida atención. Un retumbar constante en el pecho no le dejaba tranquilo, sentía los músculos rígidos, y de no ser por los guantes las personas que estrechaban su mano notarían el sudor frío en ellas. Ansiedad. Todo el cuerpo se encontraba en alerta, buscando algo, esperando algo, pero, ¿que era?

La respuesta le llegó de pronto, cuando por la puerta apareció el joven Alfred Jones del brazo de la señora Edelstein, enfundado en un traje de salón negro; corte recto, chaleco, corbata blanca y lustrosos botines de charol, cuidadosamente peinado, acicalado y terriblemente incómodo, pues pudo notar como Elizabeta daba disimulados pellizcos a su brazo para que mantuviera la compostura mientras saludaba a los convidados bajo el escrutinio de su padre.

Durante un breve instante sus miradas se cruzaron, pudiendo leer en los ojos del muchacho un silencioso grito de auxilio, pero antes de que pudiese reaccionar, Bonnefoy tomó a Alfred por los hombros y le arrastró a una esquina de la estancia donde Lady Madeline junto con otros pocos invitados, conversaban sobre temas alejados del oro y las finanzas. No tuvo tiempo a reflexionar sobre la molestia que esto le había causado cuando él mismo fue arrastrado a una serie de conversaciones sobre esos temas banales que al fin y al cabo, eran el motivo de la reunión.

Después de la cena se dirigieron a la sala a tomar el té. Los convidados un poco más dispersos, se dedican a conversar en pequeños grupos y a admirar las obras de arte que adornaban la habitación. Entre ellos había uno que llamaba poderosamente la atención. Se trataba de un cuadro enorme, que ocupaba casi todo el espacio entre la repisa de la chimenea y el techo, que mostraba a cuerpo completo una figura alada en medio de un desierto; un ángel de alas negras vestido con una túnica obscura entre cuyos pliegues se observaban rostros humanos, a los que el ángel veía con infinita piedad.

Alguien preguntó de quien se trataba y Benjamín, colocándose frente a la pintura, respondió que se trataba de El ángel de la muerte.

Madeline dirigió una mirada rápida a su pariente, a sabiendas que habían comenzado a tocar temas que podrían resultar sensibles, pero Benjamín, anestesiado por el alcohol dio su autorización con una leve inclinación de cabeza.

-La última criatura en morir cuando llegue el juicio final; el que jamás ríe, destructor del placer y de las alegrías, dispersador de los amigos y amantes; es el temido visitante que vacía los hogares y puebla las tumbas, dejando tras sí un grupo de desconsolados padres, de huérfanos y de viudas- a ese entonces, el resto de las conversaciones se habían silenciado y solo la voz del dueño de la casa se escuchaba a través de la habitación.

-Nuestras sagradas escrituras no le reconocen por un nombre propio, y aun con su temible poder sobre los mortales, sigue siendo inferior a los ángeles de Dios; asignado solamente a ejecutar el castigo divino. El gran diluvio, Sodoma y Gomorra, la décima plaga de Egipto, los asirios que asediaban Jerusalén… el juicio final. Segará la mala hierba y apartará los brotes que habrán de crecer en el paraíso creado por nuestro señor.

Para ese entonces Alfred, con la cabeza recargada en el hombro de su tía Madeline, apretaba con fuerza los párpados, tratando de apartar los obscuros pensamientos que se apoderaban de su mente.

-Mira esto, Alfred- le había dicho su padre ese día en que el medico al fin había aprobado que saliese de la habitación. Lo sostuvo con cuidado llevándolo al salón, donde los mozos estaban colocando un enorme cuadro sobre la chimenea de su nueva casa, justo en el lugar donde, en la antigua, luciera un retrato de toda la familia, de esa familia que ya no existía.

La imagen de ese ángel obscuro le hizo temblar. Sentía que estaba señalándole, acusándolo de no haber acompañado a su madre y hermano, de ser el único en volver de ese viaje sin retorno. Su padre se arrodillo a su lado y pasó una mano por sus hombros.

-Fuiste bendecido, hijo mío. Ahora debes honrar la vida que te fue dada por segunda vez, siguiendo siempre el camino del bien…-

Le abrazó y lloraron juntos por primera y última vez a esa madre y esposa, al hermano y otra mitad. Encerrando el dolor bajo llave pretendiendo no dejarle salir jamás. Porque así es como debiera de ser.

-Eso es apenas poco, mi querido amigo- se dejó escuchar otra voz. Arthur Kirkland, con los brazos cruzados tras la espalda, caminaba en dirección al señor Jones, posicionándose a su lado, frente al cuadro.

-Limitarnos a las creencias cristianas sería un error. Cada pueblo le tiene un nombre, apariencia y significado. Gabriel, Samael, Memitim, Ashriel, Azrael. Castigo, descanso, redención. Con doce alas y muchos ojos, una serpiente con rostro de león, una figura hermosa y ricamente ataviada, un esqueleto encapuchado, o una simple sombra sin rostro… porque es todos y ninguno. Porque hasta que los hombres no entiendan la verdadera naturaleza del alma, cuando dejen atrás el egoísmo y arrogancia, su forma seguirá siendo incomprensible a sus ojos - concluyó girándose a los asistentes con una extraña expresión en el rostro.

-Señor Kirkland, me sorprende escuchar a un caballero de su talla hablar de temas tan blasfemos con tanto… entendimiento- cuestionó uno de los presentes, manifestando la incomodidad del resto. El mismo señor Jones estaba a punto de rebatirle pero, al notar de reojo la mirada preocupada que Françoise y Madeline les dirigían alternadamente a él y a Alfred, Benjamín se apresuró a concluir el debate diciendo que, sea como fuere, conservaba esa imagen como un recordatorio de que, aunque esta vida ha de terminarse alguna vez y que debemos aprender a aceptarlo, al final los hombres justos han de pasar sobre ella porque esa es la voluntad del Dios verdadero.

Hubo un breve lapso de silencio en el cual pudieron apreciar un suave sonido de pasos acercándose. Todos voltearon hacia la entrada en donde se encontraba el mayordomo acompañado de dos personas, que inmediatamente atraparon la atención de los presentes.

-El joven Natanel y la señorita Anyaka Braginski solicitan verle, señor- anunció

0o0o0

-No les esperábamos hasta mañana por la noche- comentó poniendo una taza en las manos de la señorita, una vez que ambos se despojaron de los abrigos y se instalaron en uno de los sofás junto al dueño de la casa y su invitado principal, además de que había arrastrado a su hijo a la conversación para molestia del mismo.

-Pronosticaron una tormenta, tuvimos que adelantar el viaje antes de que nos fuera imposible salir, ya que era menester que me encontrara aquí en representación de mi padre que todavía tiene algunos asuntos que atender en Europa. Le pido disculpas por los inconvenientes, no deseábamos interrumpir-

-Para nada muchacho, sabes que siempre serán bienvenidos en esta casa. Después de todo el tiempo que llevamos en conocernos casi podríamos ser familia, ¿no es así Alfred?- comentó Benjamín en un tono cuyo significado Alfred supo interpretar muy bien. Lo más que pudo hacer fue un intento de sonrisa y un movimiento de cabeza.

-Agradecemos mucho su amabilidad, señor Jones, Alfred - dijo la muchacha con una dulce sonrisa para luego dirigir casi sin querer su mirada a Kirkland, cosa que el señor Jones notó.

-Permítanme presentarles al señor Arthur Kirkland, mi socio, y con quien seguramente hablará mucho de ahora en adelante.

-Un gusto, señor - respondió escuetamente el joven extendiendo su mano hacia él, estrechando la que le ofrecían –Mi hermana, Anyaka- dijo señalando a la chica de largos cabellos rubios.

Arthur le dio una sonrisa ladeada (gesto que había aprendido, agradaba a las mujeres) mientras tomaba suavemente la mano de la joven, depositando un beso en ella.

La chica le sonrío sin apartar sus ojos violetas de los del hombre, gesto que a su hermano, ni a Alfred, no pareció gustarles mucho.

-Pero bueno, la noche es joven aún – exclamó François soltando la mano de su acongojada mujer que veía a lo lejos la escena – sería maravilloso que aprovecháramos la presencia del señor Eldenstein para que nos deleitase con una hermosa pieza, ¿qué les parece?

Hubo gestos afirmativos unánimes y así todos se pusieron de pie en dirección a la sala de música. Todos suspiraron aliviados ante la oportuna distracción, mientras el francés y el pianista se ponían de acuerdo sobre qué melodía sería la más adecuada para suavizar los ánimos de los asistentes. De pronto las notas comienzan a brotar como gotas de refrescante manantial desde el instrumento, cortesía del talento y disciplina del músico austriaco. El Arabesque de Claude Debussy.

Aprovechando la oportuna distracción que Roderich ofrecía a los comensales, Benjamín Jones se retiró unos instantes a su despacho para disipar los efectos del alcohol y los perturbadores comentarios de su socio.

Alfred salió de su ensimismamiento a tiempo para ver como Arthur Kirkland se puso de pie de pronto, en silencio, haciendo una reverencia cortes y apresurándose a salir de toda esta gente; y él, joven, impulsivo, no se detuvo a pensar en qué excusa podría justificar que se dispusiese a abandonar a los Braginski para perseguir al amigo de su padre. Simplemente siguió sus rastro de pasos alterados que se detuvieron en el segundo piso, en el rincón bajo las escaleras, se abrazaba a si mismo murmurando cosas ininteligibles en un idioma que nunca había escuchado antes.

En el despacho del señor Jones, tras el dueño de casa, François cerró la puerta y preguntó con el tono más empático posible, casi sintiendo la tormenta en el interior de Benjamín.

-¿Qué es lo que pasa?-

-¡La muerte, mi amigo!. ¡La muerte es lo que pasa!-

-¿Amigo? - se extrañó el francés ante el apelativo- Me temo que ha sido suficiente whisky por hoy.

El dueño de casa fue inesperadamente obediente al servirse un vaso de agua y tomar asiento para poder calmar sus ánimos.

-Es increíble cómo a pesar de las diferencias que puedan haber entre nosotros, los malos entendidos y todas las barreras que nos empeñamos en poner entre las personas, todos tenemos eso en común - reflexionó el francés tomando asiento en frente de Benjamín. - Te entiendo más de lo que crees, ambos hemos sido azotados por ella, con distintas consecuencias, pero ambos hemos decidido seguir adelante porque nos queda algo por qué luchar... ¿No crees que Alfred debiera enfrentarse a esa terrible realidad por sí mismo? ¿Enfrentar su miedo a la muerte y decidir que tiene motivos para querer vencerla?

-Alfred es demasiado joven para saber lo que quiere-

-Tal vez no, siempre te quejas de lo inmaduro que es, ¿ y si dejas que se equivoque? ¿y si lo dejas aprender algo?, no digo que no te preocupes por él sino que le des una oportunidad de demostrar que es un hombre.

Eso era precisamente lo aterrador. Ambos lo sabían, porque los niños juegan, son protegidos, sueñan y son felices. Los hombres en cambio luchan, a veces ganan, la mayor parte de las veces pierden y cuando creen que está todo bien, desaparecen. Y resulta curioso... que por lo general los humanos cuando quieren bien siempre prefieren sufrir las penas y evitársela al objeto de los afectos, pero con la muerte hay una dualidad egoísta. Los humanos en sí parecen temer menos a la muerte propia que a la muerte de alguien cercano, porque parecía ser que, más que sentir ansiedad por lo desconocido de la nueva vida, tuviesen más miedo de sobrevivir a un ser querido

-Puede que tengas algo de razón - reconoció de mala gana el hombre mayor vaciando el último sorbo de agua de su vaso. Luego enfrentó al marido de su sobrina y agregó con cierta pesadez -Aún sigo pensando que eres una pésima influencia para mi hijo-

-Aún creo que eres un viejo irascible y desagradable- bufó el francés.

El señor Jones se mesó los cabellos que comenzaban a encanecerse. Soltó, muy a su pesar, una suave risa.

-Amén- dijeron ambos a un tiempo, chocando sus vasos.

Bonnefoy se puso de pie frente al señor Jones y luego de hacer una reverencia teatral, con voz profunda y melodiosa comenzó a recitar un soneto, un poco a modo de oración.

-De reyes y suicidas esclava, del azar y del destino. Tu morada es el veneno, la guerra y las plagas, y nos hace dormir la amapola y el hechizo mejor que tu estocada…-

Durante su búsqueda apresurada por los corredores de la mansión, Alfred lo invocó con su mente. Su cabello trigo revuelto, su palidez, sus ojos verdes, su semblante serio, magnético y amenazante a la vez. Tan bello, tan terrible, pensó Alfred, haciendo una comparación que de inmediato rechazó por cursi y ridícula.

-… ¿Por qué entonces te has de enorgullecer? Pues cuando el breve sueño pasa, despertamos eternos…-

El muchacho no era un experto en estos trances e incluso, podría declararse completamente ignorante al respecto. Pero Kirkland, el anciano eternamente joven, el ermitaño, tampoco parecía saber muy bien lo que estaba haciendo. Interrumpió ese murmullo ininteligible acortando la distancia y rozando sus manos con las del mayor, y notando un sobresalto, un débil intento de apartarse y ahí en sus ojos el miedo, la indecisión. El deseo. Alfred se aproximó aún más, insertándose en la oscuridad que refugiaba a ese hombre fascinante y extraño, ambos bajo la escalera principal, ambos temblando sin saber de qué. Alfred alargó sus dedos y tocó el rostro, por primera vez. Primera vez que tocaba amorosamente un rostro sin que fuese su madre o Eliza. Primera vez sintiendo esa variante del afecto. Arthur se estremeció, evidentemente, con un temblor y un jadeo. Alfred pudo notarlo y en un dejo de valor interrogó.

-¿También las sientes, Arthur?, ¿Las pulsiones?

-…Tú morirás, muerte… y dejaras de ser…-

El mayor le enfrentó, con los ojos oscurecidos y también aventuró sus manos enguantadas para sostenerle el rostro.

-¿Pulsión?... Lo que me provocas, muchacho, es mucho peor... es como un hambre-

Y entonces el otro lo supo, esa es la instancia en que Arthur debía entender que no era niño, que era un hombre, que tenía pulsiones y deseos y que las enfrentaba liberándolas. Terminó de empujar contra la pared al otro hombre para dirigir sus labios hacia él, primero en un contacto ligero, exploratorio. Eran un poco fríos, no eran precisamente suaves, pero era lo que esperaba y aún más; Arthur pegó su cuerpo a él, sus piernas se rozaron, sus zapatos se cruzaron. Y al hacerlo ambos se abrieron, se intentaron atrapar con los labios, probando el sabor, la temperatura, la fuerza. En el mayor creció un ansia aún más grande, intentando objetivar su estado, entendiendo que este cuerpo humano lo estaba atacando y le traicionaba con sensaciones incomprensibles que se desbordaban más allá de la carne, la manifestación de ese deseo supremo que es propio de su existencia: El deseo de poseerlo, de robarlo, dejándole sin escapatoria.

-Muerte, no envanezcas, pues aunque se te juzga poderosa y terrible, no lo eres… no lo eres…-