Obcecación
Había un momento que apreciaba más que ningún otro en todo el día: la total calma de la madrugada, el instante placentero para poder entrar en un sueño ligeramente más profundo ya que, en el silencio absoluto, resultaba más fácil estar al tanto de lo que sucedía en la realidad sin tener que estar en alerta máxima, porque es demasiado tarde como para que alguien no se haya ido a la cama ya, o demasiado temprano como para que alguien esté levantado.
Al menos alguien normal…
— ¡Vamos! ¡La mañana es perfecta para avivar la llama de la juventud!
— ¡Sí, Gai-sensei!
— ¡Vamos donde mi bella dama espera ser protegida!
— ¡Nada le pasará mientras estemos vigilando Gai-sensei! ¡Si algo llegara a pasarle yo daré quinientas vueltas a la aldea cargando el doble de pesas en las piernas!
— ¡Ese es el espíritu!
Maldijo el ser hombre de cognición visual, porque estaba metido entre las sábanas con la almohada sobre la cabeza pero inevitablemente vino a su mente la imagen de un atardecer en la playa, una ola dramática chocando contra un roca y al par de las mallas verdes llamándose por su nombre mientras unas inverosímiles estrellas de fuego refulgían en lugar de las pupilas de sus ojos como si estos no fueran de por si extraños.
Se acercaban, por fortuna al moverse no hacían ruido, sus cuerpos eran su todo y cada músculo estaba educado para obedecer solo las órdenes mentales que daban, pero callados no se quedaban y a tanto tiempo de ser asignados como maestro y pupilo no se habían tomado la molestia de variar el discurso. Estaba a punto de levantarse cuando la vieja ventana se abrió de golpe.
— ¡Buenos días Ka…! — el más joven de los maestros de taijutsu no terminó su frase tras encontrar al capitán del departamento de tortura e interrogación de ANBU sentado en la cama con la mirada fija en él, misma que en las penumbras de la pieza despedía un ligero brillo que se podría traducir mejor que una mirada asesina.
— ¡Lo siento, Ibiki-senpai! Parece que esta tampoco era la ventana. — dijo antes de salir de nuevo para ir a la siguiente.
No podía haber otra razón, la culpa de todas sus desgracias desde que se había mudado, voluntariamente obligado, era su vecina, la pequeña espabilada que había llegado a Konoha desde hacía un tiempo y a la que debía mantener bajo vigilancia hasta nuevo aviso.
El sueño había salido huyendo de los maestros de taijutsu y odiaba estar ocioso en la cama, así que se levantó buscando el interruptor para encender la luz pues aún no despuntaba el alba…
Algo en su consciente adormilado le dijo, después de unos intentos de subir y bajar la pequeña palanca plástica, que era muy posible que la bombilla estuviera fundida y por eso no encendía. Gruñó algunos improperios que nunca diría en voz alta frente a alguien más, aún cuando su mañana parecía una típica hecatombe al descanso decente; levantado por el pequeño clon de Gai, confundido con su vecina, una ducha fría y a ciegas porque no había reparado aún el calentador, y todos los focos, excepto el de la sala, estaban muertos.
La falta de luz no era realmente un problema, al menos no para moverse en el departamento, pero al leer los archivos el inconveniente se hacía evidente, porque si solo usaba la luz del día se limitaban las horas de trabajo. Tampoco se podía mover de la sala porque no había espacio en ningún otro lado con tantas gavetas, y eso era bastante engorroso, sin sillones ni mesa, ni nada para estar cuando menos en una postura adecuada solo le quedaba un hueco justo debajo de la bombilla.
El agua surcaba las cicatrices de su cabeza alejando cualquier rastro de pereza y desidia que dejaba usualmente la cama. Mentalmente empezó a repasar las tareas del día y ninguna era muy alentadora hasta que recordó con cierto optimismo una petición que quería hacer a la Godaime. Si la convencía, su día, y su vida se alegrarían un poco… en el estricto y escalofriante sentido que pudiera tener la "alegría" para él.
De pronto, el techo tembló y algunos gritos alarmistas de su vecina retumbaron en todo el edificio. Por un segundo pensó que esta vez sí se vendría abajo el techo de madera vieja, pero mientras se envolvía la cintura en una toalla, apenas tuvo tiempo de detener una pieza del azulejo verde agua que cayó del techo, seguido de otro y otro más, trató de gritar "¡Estate quieta!" pero la tubería oxidada de cobre barato salió disparada del muro desprovisto de baldosas y el agua helada salió disparada a la boca del ninja que se disponía a silenciar a tan molesta vecina.
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— ¿Por qué tan de mal humor? — preguntó la Hokage.
Los ojos color miel de la mujer se paseaban de una hoja a otra entre los expedientes que se arremolinaban en su escritorio, pero el examinador sabía perfectamente que lo que hacía era simplemente farolear, y lo haría al menos hasta el medio día cuando estuviera del todo despierta, así que si quería pedir el favor era en ese momento en que tal vez no le prestaría demasiada atención al asunto.
—Hokage-sama…
—Dime.
—Quiero hacerme cargo de los expedientes de la desaparecida policía militar de Konoha.
Lo dijo de un solo golpe, lejos de la timidez que podría suponer pedir algo sin rodeos y que estaba ligado a un pasado turbio que se pretendía ignorar, pero después de todo, él no era ninguna colegiala como para ruborizarse y tartamudear.
—Se supone que eso te encargué mientras termina el periodo de vigilancia para…
— ¡Lo sé! — intervino antes de que la mujer pronunciara el nombre de sus desgracias —No es necesario mencionarla. — masculló consiguiendo que la rubia levantara la mirada arqueando una ceja; Ibiki Morino no solo la había interrumpido, había levantado el tono de voz con ella. Él solo atinó a aclararse la garganta a modo de rara disculpa y seguir con lo que estaba:
—Sé que me encargó archivarlos, pero resulta que muchos casos están abiertos y lo que quiero es que me deje investigar para cerrarlos.
Tsunade dejó de hacer lo que fingía estar haciendo, se recargó en el respaldo de su silla enlazando las manos que dejó sobre el escritorio. Lo miró con seriedad. Había un motivo por el que la policía militar no había sido restituida en la aldea luego de la masacre Uchiha, y poco tenía que ver con falta de personal, pero seguramente Ibiki no lo sabría, nadie salvo el consejo, el tercero y ella.
—El último registro no puede tener menos de cinco años abandonado y "la escena del crimen" no debe de haberse conservado muy bien que digamos, y sin afán de ofender tus habilidades; si los Uchiha no pudieron resolverlos en su momento.
—Los Uchiha fallaron porque solo buscaron ninjas.
— ¿A qué te refieres?
—Tengo una teoría sobre el potencial criminal de una persona sin entrenamiento militar. Déjeme hacer la investigación, no desatenderé mi misión principal, de cualquier forma, Kakashi Hatake la tiene pegada como lapa, sin vigilancia no estará.
La kunoichi soltó un suspiro. Tal vez sería tiempo de ir dejando que las cosas fluyeran y confiaba demasiado en Ibiki como para suponer que tendría segundas intenciones, más allá de lo que textualmente había pedido. Finalmente, solo pudo asentir, sintiendo que quizás estaba por abrir la puerta de los fantasmas de la villa.
—… Si eso quieres… solo ten cuidado sobre a quién involucras. Que no sea un equipo muy grande.
—Gracias, Hokage-sama. Pero trataré de llevar las cosas por mi cuenta.
Ibiki hizo una reverencia y dejó la oficina. Cuando llegó a la puerta tuvo que hacerse a un lado para ceder el paso a Shizune que llegaba con más papeles. En definitiva, el ataque de Orochimaru hacía un par de meses no había conseguido destruir la aldea como tal, pero los había metido en un menudo problema burocrático. Agradecido estaba de que no fuera su área. Los que estaban encargados de eso, seguramente ya habían cumplido récord de días sin dormir.
Regresó a su piso por el sumario que momentos antes de salir había llamado su atención. Cerró la puerta de un golpe bien claro para anunciar que llegaba, no a quien estuviera en el departamento porque vivía solo, era a la vecina de arriba solo por si acaso pretendía salir justo en ese momento, además, si a los demás inquilinos no les molestaba el escándalo que hacía la chica, un golpe de puerta no debía tener mayor inconveniente.
La situación era perfecta, Hatake estaba arriba y mientras él estuviera en la aldea no había forma alguna en la que ella se quedara sola. De todas las desquiciadas enamoradas, ella había resultado ser la más eficiente para conseguir tiempo junto a su interés amoroso. Tomó un par de pergaminos, su porta kunai y el expediente para salir de nuevo.
Como muchos ninjas, no frecuentaba los barrios civiles. Ni conocía a alguien de ahí ni había mucho que ver "turísticamente" hablando, aún considerando que Konoha no tenía atractivos turísticos en general. A esos lugares solo se asignaba un par de equipos Genin considerados como la mejor opción para hacerse cargo de cualquier inconveniente que pudiera suceder, que eran por lo general, tareas auxiliares de oficios.
Y eso era un error fatal, porque los casos como el que tenía en las manos estaban abiertos por tener ese procedimiento; las cosas simplemente sucedían en las narices de los ninjas novatos.
Llamó a la puerta de una casa de dos plantas, modesta, pero bien mantenida a comparación de otras que había visto, especialmente comparado con su propia residencia actual. Entrar sin avisar no era una costumbre muy bien recibida por aquellos que no eran ninjas, y suponía que la visita sería aún menos grata por el tema que iba a tratar.
Había alguien en casa, podía sentirlo desde afuera y a juzgar por el flujo de chakra también estaba despierto, cerca de ahí, posiblemente en la sala. Insistió nuevamente, un poco más fuerte sin pretender derribar la puerta.
Al poco rato abrió un chico de unos doce años, eran ya las diez de la mañana pero al pequeño se le figuraban las cinco o seis de la madrugada; su enmarañado pelo de seguro no tenía ni idea de lo que era un peine, la marca de saliva aún estaba en su mejilla derecha, la playera que solía ser blanca se veía amarilla e Ibiki juraba que si se quitaba el pantalón este se quedaría parado por su cuenta.
— ¿Qué? — le preguntó de mala gana al ANBU
— Busco a Hanamira Kotori.
—No está, llega a la tarde. — concluyó el chico cerrándole la puerta en la cara.
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"Un ninja no ataca civiles y menos si son de su aldea" se repetía una y otra vez mientras caminaba en dirección a la oficina de la mujer que buscaba donde muy amablemente le indicó el chico después de insistir en saber de la mujer.
La dichosa oficina resultaba estar al otro lado de la aldea, pero igualmente en un barrio civil. Se trataba de una agencia publicitaria, detalle que le hizo sonreír para sus adentros: los civiles tenían la idea de que los cuarteles ANBU eran alguna especie de mito para asustar a los detractores de su juramento shinobi, y una idea parecida tenían los ninjas con respecto a ese tipo de lugares; un mito para hacer creer que hay otros trabajos además de ser ninja.
Se sentía extrañamente satisfecho al ver como la gente que estaba en los pasillos se apartaba para dejarle el camino libre, no por pretensión, solo una estúpida forma de comprobar que luego de años de entrenamiento había logrado tener una presencia que no dependiera del chakra. Y había que considerar que realmente no tenían ni un cuarto de idea de lo que era capaz de hacer, pero ya lo estarían conociendo conforme trabajara en los archivos.
La mujer en cuestión era una señora redonda de escasa belleza y poca gracia al hablar, más bien chillaba, el agudo tono de voz que empleaba sería muy efectivo si se aplicara a un jutsu de sonido.
—No, shinobi-sama, yo dije todo lo que sabía de la desaparición de mi querida Mika-chan, y han pasado doce años desde entonces.
—Lo sé, Hanamira-san, pero se traspapeló el expediente. Esto solo es un protocolo.
—Kotori, por favor, nadie me llama de esa manera.
La mujer infló sus abultadas mejillas sonrosadas y levantó la vista al techo por unos momentos para luego empezar a hablar, haciendo memoria de muchos detalles. La entrevista en el cubículo duró cerca de tres cuartos de hora, poco antes de la hora del almuerzo Ibiki ya estaba libre, con un ligero zumbido en los oídos, pero libre al fin y al cabo, y lo mejor de todo era que había conseguido justo con lo que quería: una incoherencia sustancial entre lo que estaba en el archivo y lo que le había dicho la mujer.
Saltando sobre los tejados, porque ir sobre la calle ya le había parecido innecesario, llegó de nuevo a la casa, le restaban algunas horas antes de que regresara la señora del trabajo y cualquier cosa que encontrara sería de utilidad.
Se coló por una ventana del segundo piso llegando a lo que, a juzgar por el empapelado de ramilletes de flores con listones, era la habitación de Kotori… El impacto de flores y listones no se limitaba al empapelado, y había invadido hasta el decorado de los muebles y varios platos decorativos que hacían una formación perfecta en uno de los muros.
Y se suponía trabajaba en el departamento de imagen pública.
Afortunadamente se trataba de una persona meticulosa y organizada, cada cajón tenía un perfecto campo semántico de cosas que sacaba, colocaba sobre el tocador y revisaba bien que no hubiera doble fondo, el hecho de que fuera civil no necesariamente la hacía idiota. Al terminar regresaba todo a su sitio en el perfecto orden en que lo había encontrado.
No había nada fuera de lo normal: perfumes, cremas anti arrugas, bloqueadores solares, maquillaje a granel, lociones, agua de colonia, fajas reductoras, sostenes con relleno, mil cosas que una mujer en su condición normalmente usaría para tratar de agraciarse a ojos varones. Y no es que fuera un descarado pervertido, estaba en misión y sinceramente pasaban de largo detalles como el hecho de que estaba revisando los objetos personales de una mujer.
Pasó a la habitación siguiente sin siquiera preocuparse porque lo descubrieran, el chico estaba embelesado frente al televisor y en ese estado vegetativo incluso su ruidosa vecina cumpliría con éxito la misión.
Terminó con lo que parecía un estudio, pero le llevó más rato del que planeaba ¿Cómo era posible que una persona tuviera tantas cosas inútiles en su habitación?
Escuchó claramente al desfachatado chico subir las escaleras, ni se molestó en ocultarse, él no le sentiría ni aunque le respirara sobre el hombro, incluso se dio el lujo de caminar detrás de él para llegar a su habitación, después de todo era el que directamente había salido afectado con la desaparición que señalaba el expediente.
El cuanto el chico abrió la puerta Ibiki Morino tuvo una revelación: Uzumaki Naruto resultaba ser el chico más ordenado y limpio de Konoha.
Con una pereza insuperable, ni por el mismo Nara Shikamaru, buscó entre la pocilga aquella lo que parecía ser una camisa medianamente presentable y se la colocó encima de la playera que llevaba desde la mañana en que lo había visto, ni siquiera se molestó en quitarse los pantalones cortos que quizás, en otros tiempos fueron rojos y encima se puso unos de vestir en color negro.
Pasó al baño y con un poco de agua echó el cabello hacia atrás… sin pasarle un peine, solo una plasta de goma barata para aplacar todos los cabellos rebeldes y aún sin pasarle un peine encima. Un poco de agua para la cara retirando lagañas y saliva seca, una medio lavada de boca con un cepillo que pasaría desapercibido si se colocara en la cabeza de un perro callejero… si hubiera uno en Konoha, ahora que caía en cuenta porque todos iban a parar en casa de los Inuzuka.
El chico salió del cuarto de baño para dirigirse nuevamente a su recámara pasando casi al lado de Ibiki que solo permanecía apoyado en el marco del cuarto contiguo; callado, cruzado de brazos y solo viendo cómo solucionaba el problema del orden en casa; ya que con toda la velocidad que no había empleado en el día pateó lo que se encontraba en el piso dentro del armario, extendió el cubrecama sin sacudir las sábanas, lo que no alcanzó en el armario; debajo de la cama.
Levantó una ceja bastante curioso al verlo tomar una pequeña mochila que al parecer estaba sepultada en ropa para enseguida correr a toda prisa fuera de la casa después de ver el reloj de pulsera que tenía en la mano, se asomó por la ventana de la recámara principal y le vio perfectamente salir corriendo hasta la esquina donde se quedó parado mirando a todos lados, el capitán giró la cabeza hacia el lado contrario de la calle desplegando una sonrisa tétrica: —Pequeño bribón. — dijo en voz baja al notar la silueta redondeada de la señora Hanamira aparecer a paso lento en dirección a su casa.
El muchacho caminó de regreso como normalmente lo haría alguien sin prisa, como si viniera regresando también, inclusive levantó una mano a modo de saludo y sonriente le dio alcance para detenerle la bolsa de mano, que bien podría ser pesada. Ibiki había oído alguna vez que una mujer civil estaba mejor equipada que una kunoichi.
Necesitaba comprobar algo antes de marcharse y para eso la mujer debía llegar.
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—Tetsuya-kun, tráeme un vaso de agua, hijo, estoy agotada.
—Sí, madre.
— ¿Cómo te fue hoy?
—Nada nuevo, ya sabes el viejo del taller me tiene como esclavo todo el día.
—Agradecido deberías estar de que aceptara enseñarte lo que sabe, ¿No es eso lo que quieres? ¿Tu propio taller?
—… Sí. — respondió el chico, respuesta que a oídos de Ibiki sonaba a un "no" disfrazado para no hacer sentir mal a mamá, y ni siquiera tuvo que usar una milésima parte de su talento como analista, alguien que se pasa echado toda la mañana y se arregla solo para fingir que hizo algo no puede estar luchando por algo que quiere.
—Vino a buscarte un ninja. — comentó para desviar el tema.
—Sí, me encontró en la oficina.
— ¿Qué quería?
—Que le hiciera unas tarjetas de presentación falsas, supongo que tiene misión, ni idea.
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—Ya te dije. — decía la Hokage con un poco de rubor en las mejillas —Haz lo que creas… quieras… debas… lo que sea. — continuó dando otro sorbo al sake recién servido que tenía en la mano —Pero sí te digo una cosa. — agregó un poco más seria y llevándose el dedo índice a los labios —No te atrevas a causar una revuelta… los civiles no deben enterarse que no pudimos cerrar esos casos ¿Sí? — el ANBU asintió y tras despedirse respetuosamente de ella y secamente de Shizune, se retiró del bar; la oficina de Tsunade después de las seis de la tarde.
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Hasta donde recordaba, los civiles no podían formar parte del cuerpo de policía por el peligro que representaba el no tener seguro el grado de entrenamiento, o locura, de los sospechosos. Ahora no había policía como tal, no había ninjas dedicados enteramente a los asuntos internos de la aldea. Los Genin, y alguno que otro desafortunado Chūnin, se hacían cargo de los ladrones menores, abusivos o traficantes. Nada espectacular pasaba a fin de cuentas, tampoco muy cotidiano ya que nadie en su sano juicio, siendo una persona común y corriente, iría a hacerla de "chico malo" en una aldea ninja. Claro que no faltaba el idiota.
Por esa misma razón Ibiki no encontraba explicación alguna para los expedientes de casos abiertos. Los últimos tenían cierta lógica, Itachi había exterminado al clan antes de que siquiera se hubiera asignado un agente a investigar el asunto y los demás ninjas estaban demasiado ocupados con eso de la masacre y otras misiones como para acordarse de esos folios abiertos, pero otros tenían ya más tiempo, como el de esta mujer desaparecida hacía doce años.
Mika Satō: dieciséis años, costurera de oficio. Su novio también desapareció dejando a su hijo solo en casa, por fortuna la vecina accedió a cuidarlo y lo había hecho desde entonces.
Ibiki daba vueltas al asunto, no conoció a la chica pero revisó a conciencia las fotografías de la casa de ella y su no tan joven pareja. Nada ahí indicaba una fuga romántica, sin embargo, tampoco había muestras de violencia que indicara que los sacaron a la fuerza.
Justo ahora, después de tanto tiempo había algo de luz en el asunto; una incongruencia en la mujer que se había quedado con el chico. Durante el tiempo que los Uchiha investigaron jamás dudaron de la rolliza señora, porque inmediatamente se lanzaron a buscar algún shinobi de otra aldea, después de todo, el padre del niño si bien no era ninja, su trabajo era casi igual de riesgoso: era informante.
El sol aún no se ocultaba y le habían dado permiso de hacer lo necesario siempre y cuando no hubiera más enterados de los estrictamente necesarios…
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Después de una ducha relajante para sacarse la tensión del interrogatorio del medio día, la mujer salió del cuarto de baño cubierta con una gruesa bata de toalla color crema, con el cabello castaño chorreando un poco, caminó a la habitación del chico entrando sin llamar a la puerta.
—Tetsuya-kun, en una hora bajamos a cenar.
Se quedó quieta, la habitación no tenía la luz encendida pero el atardecer rojizo marcaba la silueta oscura del chico que permanecía sentado al pie de la cama con la cabeza baja.
— ¿Qué pasa hijo?
—Eres una maldita mentirosa.
— ¡No me hables así!
— ¡Puedo hablarte como se me dé la gana!— el chico se levantó de golpe con los puños apretados. No era muy alto, pero la mujer era bajita así que quedaron frente a frente sin mayor problema.
— ¡Quien no debería hablarme eres tú, desgraciada!
El golpe sonoro de una bofetada interrumpió el reclamo.
—No permitiré que mi hijo…
— ¡No tienes derecho a decirme así! ¡No eres mi madre!
Los pequeños y ligeramente rasgados ojos color aceituna de ella se abrieron bastante ante el reclamo. Por un momento después de eso, los dos se quedaron en silencio, él la miraba con cierto rencor, pero fue el primero en tomar iniciativa para moverse y lo que hizo fue sacar de un rincón su vieja mochila, abrirla y de su guardarropa sacar un par de playeras junto con algunas otras prendas metiéndolas sin mucho cuidado.
— ¿Qué haces? — mustió ella.
— ¿No es obvio? ¡Me largo! — respondió el otro.
Sus cortas piernas se estremecieron mientras la garganta se estrechaba y los ojos se le llenaban de lágrimas. Solo fue un segundo, un lapso de tiempo sumamente breve, en el que casi no fue consciente de lo que pasó.
"No quería hacerlo"
Pero sintió que lo perdía para siempre, que la dejaría sola…
Sobre una repisa cercana se encontraba un pisapapeles con el símbolo de la hoja, uno de los que había hecho el año pasado para la conmemoración de la fundación de la aldea. Lo tomó con la mano derecha y el frío metal le hizo sentir un escalofrío apenas menor al que sintió cuando lo estrelló de frente al rostro del chico que se giraba para irse.
Cayó inconsciente, de espaldas al suelo, con una herida sangrante en la frente. Las pupilas de ella se dilataron por la adrenalina que la recorría, no lo dejaría marcharse, ella debía cuidarlo, amarlo y protegerlo, y él se lo agradecería, por las buenas o por las malas, los hijos no siempre entienden que todo es por su bien.
Se acercó con cuidado limpiándole la sangre de la cara con la manga de su bata ligeramente húmeda, él reaccionando, con un brusco movimiento apartó el brazo de la mujer pero solo logró otro golpe y que lo arrastraran a la cama.
— ¡Te vas a quedar a aquí hasta que mejore tu actitud! — le amenazó con el dedo tembloroso. Cerró bajo llave la ventana con las puertecillas de madera sobre los cristales y también la puerta de madera barnizada con blanco.
Seguía temblando mientras se ponía la ropa de dormir, cuando terminó de eso y también de colocarse con cierta furia la crema correspondiente para después del baño, bajó a cenar. Los dos lugares en la mesa del comedor estaban puestos desde hacía ya algunas horas, era una costumbre que antes de la ducha quedara todo acomodado, solo para calentar la comida.
El vapor del arroz llegó a sus fosas nasales, vació un poco de salsa de soja sobre los granos cocidos y comenzó a comer. En cuanto terminó su porción de carne con verduras miró con tristeza el lugar vacío a su lado, así que sirvió los platos correspondientes y subió a la recámara. Debía ser comprensiva, era tan solo un niño, su deber de madre era enseñarle cómo comportarse.
Llamó a la puerta antes de entrar de todas formas sin esperar respuesta.
—Tetsuya-kun, te traje la cena. — susurró melosamente, pero él apenas y se movió.
— ¿Por qué lo hiciste? — le preguntó con ronca voz; — ¿Por qué me quitaste a mi madre?
—Tetsuya-kun, yo soy tu madre.
— ¿Qué le hiciste?
—No sé de qué hablas, vamos come algo.
—No quiero.
—Tetsuya…
—Déjame solo.
Sintió como la sangre le hervía, jamás le había hablado así. Arrojó la bandeja al suelo dispersando la comida sobre las baldosas de madera y salió hecha una furia.
El tiempo pasó demasiado rápido y la mayor parte de él se sentía como adormecida, daba respuestas mecanizadas cuando intentaba conversar en el trabajo, cuando menos lo sentía ya era hora de la cena nuevamente y como cada noche desde hacía unos días visitaba a su hijo recluso solo para recibir siempre la misma respuesta, las mismas preguntas sobre lo sucedido con su verdadera madre, y como siempre, ella negaba.
Él era su hijo.
¿De dónde había sacado todo eso?
¿El ninja había hablado con él?
¿Qué le dijo?
Las preguntas le daban vueltas en la cabeza, Tetsuya era hijo suyo y de nadie más.
—Déjame verla, solo una vez. — respondió esa noche, no pudo soportarlo y tomándolo por los delgados hombros lo sacudió con violencia.
— ¡Yo soy tu madre! — le repetía mientras miraba con furia el demacrado aspecto del chico que llevaba sin comer desde la primera pelea que tuvieron.
La piel amarillenta de él solo tenía algunos matices de color donde la sangre se había secado. La herida de la frente se había infectado y no cicatrizaba, solo lucía una costra verde-azul con algo de pus.
—Déjame ver a mi madre…
Nuevamente un arrebato descontrolado…
Lágrimas salían de sus pequeños ojos, sus mejillas se encontraban más rojas que de costumbre, el sudor había humedecido su cabello y el peinado en que este se encontraba recogido originalmente, estaba deshecho. Sentía los brazos acalambrados pero era incapaz de detenerse, la vara seguía subiendo y bajando dando de lleno en el cuerpo casi inerte del chico que, sin embargo, no se quejaba.
La camisa blanca con la que se había quedado vestido estaba empapada de sangre y rota en algunas partes, varios cortes se distribuían a lo largo de la piel visible, especialmente las manos con las que se había cubierto el rostro. Los pliegues abiertos de piel dejaban ver la carne y la sangre brotaba de las heridas cayendo sobre la alfombra.
—Sólo déjame verla una vez, quiero saber de quién me apartaste. — insistió.
— ¡¿Quieres verla?! ¡¿Quieres ver a la zorra?!
Ella lo tomó del cabello grasiento y de ahí lo arrastró hasta la planta baja sin tacto alguno, lo hizo rodar por las escaleras, ella bajó recogiendo el largo de su bata de dormir. Él no se pudo poner de pie así que no fue capaz de apartarse cuando le volvió a tomar del cabello ahora siendo conducido hasta la puerta que daba al sótano de la casa y nuevamente arrojado por las escaleras.
La luz se encendió dejando ver el abandonado sitio subterráneo. Con trabajo y sosteniéndose de una de las cajas que se encontraban dispersas por todos lados fue empujado hasta la pared contraria.
— ¡¿Quieres ver a la maldita?! ¡Ahí está! — estalló ella, llorando aún más fuerte, tomando al chico por la nuca y arrojándolo contra el muro.
— ¡Ahí está! — siguió repitiendo pero ahora golpeando el muro con sus propios puños. El chico quedó inconsciente casi al momento del primer impacto, pero ella ya no sabía qué decir.
Todo lo había hecho por él, porque ella no era una buena mujer, una zorra no debía cuidar una criatura con él. Comenzó a rascar la pared tratando de deshacerla sin éxito alguno, el esmalte rosa de sus uñas fue el primero en caer y ni siquiera fue consciente de en qué momento las uñas empezaron a desprenderse haciéndola sangrar.
— ¿Ni muerta me lo puedes dejar? — preguntaba de tanto en tanto entre balbuceos incoherentes; —Yo quería un bebé y nunca me lo dieron ¡Tú merecías la bendición de ser madre maldita zorra!
Totalmente agotada se arrodilló ante la pared con el llanto aún presente, vio al chico a un lado y le abrazó apretándolo contra su pecho.
—Es mío… es mío… ¡Es mi hijo!
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Las luces de afuera recién se encendían y por las calles algunas personas regresaban a sus casas separándose de sus compañeros de trabajo con los que compartían trayecto, o solos, tratando de llegar sin dormirse en el camino.
Con el cabello encrespado, camuflado con ayuda de gomina excesiva y la cara falsamente limpia, se acercaba un muchacho de unos doce años con un par de bolsas de papel entre los brazos. Las compras para la cena le habían tomado algo de tiempo y esperaba no llegar lo suficientemente tarde como para enfadar a su madre. En un acto de equilibrio y malabarismo sacó la llave de su pantalón para abrir la puerta, le extrañaba que no estuviera el televisor encendido y más aún que la efusiva señora no se le lanzara encima por la tardanza.
—Ya llegué. — avisó, pero no hubo respuesta.
Dejó las compras sobre la mesa del comedor que aún no estaba lista con la vajilla. Subió las escaleras sin encender la luz hasta la recámara principal donde, sobre la cama, a la luz de una farola de la calle y aún con la ropa de oficina se encontraba su madre, con la mirada perdida, los ojos llorosos fijos en el techo y los labios entre abiertos. Pero no se acercó, sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando un estruendo rompió el silencio de la oscura casa.
Bajó corriendo sin hacer caso a su sentido común que le suplicaba; abandonara el lugar y corriera pidiendo ayuda.
El sótano sí tenía la luz encendida y entró sin pensarlo dos veces.
El ninja que había ido por la mañana se encontraba de pie frente a lo que una vez fue un muro.
— ¿Qué es eso? — preguntó con un hilo de voz y con los ojos desorbitados clavados en el piso lleno de una extraña arena amarillenta.
—Arena para gato, por eso los perros perdieron el rastro. — respondió Ibiki sin mucho interés en el muchacho, pues en esos momentos solo miraba consternado el hueco entre el muro verdadero de la casa y el falso, con restos de arena más oscura, esparcidos encima, se encontraban dos cuerpos resecos por acción del tiempo y la arena, tomados de las manos en posiciones muy poco posibles sin haberse dislocado algo, a juzgar por sus expresiones, aún estaban vivos cuando la pared cubrió su existencia.
Se acercó más apartando un mechón de cabello opaco de la cabeza de la mujer descubriendo entonces el rostro marchito al que le faltaba la nariz y los ojos. Se distinguía una cicatriz que surcaba desde el mentón hasta el pómulo izquierdo, era ella: Mika Satō.
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—Quizás debiste esperar a mañana, Ibiki-san. — comentó Shizune tras dejar a Tsunade recostada en su cama; — ¿Qué piensas hacer con el chico?
—Muchos de su edad viven solos.
—Son ninjas y ya reciben sueldo ¿A qué gremio se unió él?
—Se supone que entraría en el de carpintería, pero por lo que sé, no se ha presentado en el taller Sasaki desde hace más de un mes.
—Eso es malo, si no se aplica no lo aceptarán.
— ¿Qué propones? Y que no sea que me lo quede yo.
—Bueno, podría dejarlo en su departamento, en el que vivía antes de que se mudara al edificio de…
Un ruido similar a una risa combinada con bufido interrumpió a la kunoichi médico, seguida de una actitud seria y una mirada intimidante, propia de Ibiki.
—No, no planeo tener a un vago viviendo a mis expensas.
—Entonces no sé.
— ¿Por qué no en el tuyo si tanto te preocupa, Shizune-san?
—Bueno… yo…
La presión que ejercía la mirada de ese hombre la cohibió totalmente, tanto que terminó diciendo que sí, aunque en un tono tan bajo que parecería que se lo dijo más a si misma que a él, sin embargo, la escuchó claramente y eso le bastó. Se despidió y salió.
Afuera, abrazándose a sí misma estaba la señora Hanamira, pálida por completo y hasta parecía más delgada. Un ANBU apareció al lado de Ibiki.
—Llévala al cuartel, encárgate de los vecinos, presenta una renuncia y pon la casa a la venta, lo que obtengas queda a nombre de Tetsuya Hanamira, claro que antes debes limpiar el sótano. — le ordenó poniendo especial énfasis en la palabra "limpiar". El ANBU asintió y en una nube de humo desaparecieron él y la mujer.
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La puerta se había trabado así que tuvo que empujarla un poco para abrirla, quizás cerrarla tan fuerte no era buena idea. Tanteo para encontrar el interruptor pero apenas movió la palanca plástica recordó que solo un foco en todo el piso servía. Ya los compraría a la mañana siguiente.
Caminando en la oscuridad del sitio llegó hasta la habitación en la que dormía y se dejó caer en la cama quejándose al momento porque algunos resortes del viejo colchón se clavaron de mala manera en su espalda, también tenía que arreglar eso. Pero en ese momento solo quería dormir, se sentía tranquilo de haber cerrado el caso, el primero de la fila que esperaba justicia.
Cerró los ojos y poco a poco el silencio parcial de la noche lo arrulló…
— ¡Eres imposible! — gritó la vecina de arriba a todo pulmón y pateando el techo, que era el piso de ella.
Claro, faltaba que ella le diera las buenas noches…
Comentarios y aclaraciones:
¡Muchas gracias por leer!
