Capitulo 1
El reloj parecía mirarle, impenitente. Andaba justa de tiempo. Tenía que presentar a su jefe veinticinco informes esa tarde, y todavía no los había repasado. En circunstancias normales habría dado el trabajo por finalizado el día anterior, a sabiendas de que todo lo expuesto era correcto. Pero las circunstancias distaban mucho de ser normales. En breve se iba a despedir a siete compañeros, y ella debía indicar a su jefe de zona quiénes serían. Era de los pocos momentos en los que odiaba su trabajo.
Serena había acabado derecho once años antes, al cumplir los veintitrés. Entró a trabajar en una caja de ahorros al acabar su aventura americana, seis meses después de licenciarse, y se sumergió en una carrera meteórica que la lanzó a una dirección tres años después, tras horas de dedicación exclusiva. Pero un accidente de tráfico le había dañado irreversiblemente el brazo derecho. Apenas se le notaba en las actividades cotidianas, pero le impedía pasar más de dos horas frente a un ordenador. El dolor, siempre presente, se volvía insoportable. La dirección le ofreció entonces un puesto en recursos humanos en su provincia, Valencia. Ahora era la jefa del departamento. La prejubilación del jefe anterior, y el cambio de empresa de su compañero dos años antes, habían hecho el resto. Ella había sido la única opción. "Suerte y dedicación a partes iguales, ésa es la clave del éxito".
En aquellos momentos el Banco de España estaba apretando a las cajas de ahorros, forzando fusiones, y la suya estaba en una posición bastante crítica. Si no recibían una inyección de capital en breve, serían absorbidos por otra entidad, y entonces siete despidos no serían suficientes. Su propio trabajo estaba en peligro. Detestaba lo que iba a hacer, pero para eso le pagaban, y muy bien, por cierto.
Vibró su móvil personal, que siempre dejaba en silencio. Miró la pantalla parpadeante, pero no conoció el número. Extrañada lo cogió, buscando una distracción momentánea al marrón que tenía delante.
— ¿Sí?
Silencio.
— ¿Sí? –repitió.
— ¿Serena, Serena Tsukino?
La voz le sonaba, pero no terminaba de ubicarla. Su mente, siempre despierta, trataba de registrar la voz. Contestó.
— Yo misma ¿quién es?
— Serena, soy yo. Darien.
Su corazón se saltó un latido. Ése era el problema de llamarse Darien. ¿A cuántos Darienes conoce una en su vida? Ella sólo a uno. No podía llamarse Javi, o Vicente. No, era demasiado ordinario para alguien como él.
— ¿Serena, sigues ahí?
— Sí, disculpa, me has cogido en un mal momento.
Lo que no era del todo falso, dado lo que tenía encima de su mesa pendiente de resolver. En todo caso, para ella hablar con Darien siempre era un mal momento.
— Serena, disculpa que te moleste, pero tenemos que hablar, es urgente. Necesito verte. ¿Quedamos esta tarde?
Tenía que ser muy urgente para que alguien a quien no había visto en dos años, desde la última boda de la familia, y con quien apenas hablaba, le llamara para quedar de inmediato. En cualquier caso, no podía.
—Esta tarde imposible. Tengo una reunión complicada, que me llevará horas. Y mañana por la tarde también trabajo, como cada jueves. – Y el viernes había quedado con sus antiguas compañeras de facultad, así que tampoco podría. Era consciente de que le huía, pero así eran las cosas en lo que a él se refería. —¿Qué tal el sábado a tomar un café?
Se enorgullecía de la firmeza de su voz. El trabajo la había convertido en una mujer impertérrita. Le gustaba saberse, y que la supieran, prácticamente imperturbable.
— El sábado es muy tarde –Su voz denotaba urgencia, casi desesperación.
El sábado debía ser su despedida de soltero, reflexionó. En apenas veinte días se casaba. Una pequeña punzada de tristeza la invadió, pero la ignoró al punto, sintiéndose estúpida. ¿Qué más le daba a ella? Darien no era para ella. O, mejor dicho, era ella quien no era para Darien.
— ¿Serena? ¿Me estás escuchando?
Mierda. Le estaba ignorando. Era difícil ignorar a alguien como Darien Chiba, pero era una cuestión de práctica. Y ella tenía treinta y cuatro años de experiencia en ese campo.
— Disculpa, es que realmente me coges en muy mal momento. De veras que antes del sábado me es imposible.
— Serena, escúchame. – Lo imperativo de su tono la puso alerta. –Estamos casados.
Sólo dos palabras, sólo dos, y su mundo se volvió patas arriba por un segundo. Pero ella era una mujer fría, y su mente analítica se puso a trabajar a ritmo frenético. Debió ser cuando se encontraron en Las Vegas. Era imposible, pero la única opción si él no bromeaba. Y Darien carecía de sentido del humor. "Un defecto de fabricación en un hombre, por lo demás, perfecto" ironizó.
— Entiendo –en realidad no entendía nada, pero no era momento de expresarlo. Necesitaba pensar a solas. –En cualquier caso me temo que hasta el sábado no podremos vernos. Y realmente tengo que dejarte. Me grabo tu número y hablamos mañana ¿de acuerdo? Saludos.
Y colgó. El teléfono le quemaba en las manos. Nunca había mantenido una conversación con él, no de verdad. Cuando Darien, cada vez que coincidían, se acercaba al grupo de primas Tsukino a comentar lo que fuera, ella se limitaba a los monosílabos, y si era estrictamente necesario decir algo. Era increíble que nadie hubiera notado que no podía hablar con él sin enrojecer y tartamudear patéticamente. Se sintió estúpida al recordarlo. Por Dios, ya no tenía quince años.
El teléfono volvió a vibrar. Pero lo ignoró disciplinadamente.
Aquella tarde salió de la reunión mentalmente agotada, pero satisfecha. Su jefe, Taiki, le había felicitado por su exhaustividad. Ninguno de ambos estaba satisfecho con las decisiones, pero habían tratado de ser, sino justos, lo más objetivos que habían podido.
Subió al coche y cogió el móvil de la guantera. Trece mensajes y veintiocho llamadas perdidas. Quince de ellas de su madre. Genial. Ahora sí estaba en un aprieto. La madre de Darien habría hablado con su madre, pues se conocían más de cuarenta años. El móvil volvió a vibrar. Lo soltó como si ardiera. Decidida a ignorar cualquier cosa que no fuera un baño bien caliente y una copa de vino, arrancó el coche camino de casa.
A punto de entrar en el garaje vio un corsa verde pistacho. No necesitó mirar la matrícula para saber a quien pertenecía. Su madre tenía copia de las llaves de su casa, y debía estar esperándola. Estaba demasiado cansada para ser diplomática. Si entraba en casa mandaría a su madre a un lugar al que nunca debe mandarse a una madre, y tardaría meses en que la perdonara. En ese momento que su madre no le hablara se le antojaba incluso apetecible, pero su sentido común, desarrollado al máximo, se impuso con facilidad. Se desvió y diez minutos después estaba en un pequeño local con un kebab en la mano. Una de las dos ventajas del estrés era que podía comer lo que le apeteciera sin engordar ni un gramo. La otra era que estaba tan ocupada que no tenía tiempo para reflexionar hacia donde se dirigía su vida.
Revisó los mensajes. Su hermana, sus primas… ¿es que ya nadie valoraba la discreción? Debía haberse trasladado a vivir a Valencia, pero sentía mucho apego a su pequeña ciudad, y al final compró una casa en el caso antiguo. Adoraba su hogar, pero estaba demasiado cerca de su familia. Y a veces –más bien a menudo— sufría intromisiones como la de esa noche.
Su mente, liberada ya de la tensión de la reunión, le recordó que tenía un grave problema, y no era precisamente que su madre hubiera invadido su casa. Su mente viajó al pasado.
Conocía a Darien desde siempre. El hermano de su padre estaba casado con una hermana de la madre de Serena. Aun sin ser familia, habían coincidido muy a menudo. Ambas familias, Tsukino y Chiba, veraneaban, además, en la playa de Canet d´En Berenguer, por lo que se veían todos los veranos.
Serena no recordaba cuando se había enamorado de él. Cuando era adolescente solía bromear consigo misma pensando que quizá lo amara desde que compartieran algún chupete, o una cuna durante la siesta. Había sido su amor de la infancia. Era un niño muy guapo, con el cabello castaño oscuro y los ojos color azul. Alto y desgarbado, destacaba sobre el resto por su buen carácter y su perenne sonrisa. Durante la adolescencia Serena pudo ver como su cuerpo se iba moldeando hasta convertirse en músculo y fibra. Sus facciones se fueron endureciendo, y si bien perdió su encanto angelical, ganó un atractivo audazmente masculino. Serena, en cambio, se desarrolló tarde y despacio. Nunca fue fea, pero hasta pasados los veinticinco su cuerpo no se había redondeado correctamente. Su excesiva delgadez la había afeado, afilando sus rasgos y asemejando su cuerpo al de un palo. Sus mejores adalides habían sido su ingenio y su independencia.
Pero no era eso lo que le había mantenido alejada de él. El problema era mucho más profundo. Darien era todo lo que Serena nunca sería. Él iba a misa todos los domingos; ella no creía en Dios. Él era muy tradicional; ella, a pesar de su educación, anunciaba sus principios progresistas a cualquiera que quisiera escucharla. Él procedía de una familia muy adinerada; ella hablaba de redistribución de la riqueza. Él era moderado; ella la impulsividad personificada. Él adoraba el campo; ella era de asfalto. Y la lista parecía no tener fin. No tenían afinidad ninguna.
Una Serena joven e insegura había sentido pavor de ser ella misma en su presencia, temiendo absurdamente que él la rechazara de plano. Ahora entendía lo ridículo de sus miedos, pero en aquel momento había estado convencida de que Darien jamás se fijaría en una muchacha como ella, y había guardado silencio en su presencia, temerosa de mostrarse tal como era. Había pasado años manteniéndose al margen cuando él aparecía.
A los dieciocho él se marchó a estudiar a Stanford, en California, mientras ella se quedaba en la Universidad de Valencia. Darien era un apasionado de la informática, y creó un sistema que revolucionaría años después el concepto del ciberespacio. Por lo que ella sabía de ordenadores, bien podría haber inventado la tecla de delete, aunque dudaba que por ello Apple hubiera pagado más de mil millones de dólares.
Sin tener que preocuparse por el dinero durante el resto de su vida, Darien estudió manegement y volvió a España para crear un holding reflotando empresas con problemas en cualquier sector que le resultara motivador.
Pero antes de su regreso, antes de que él se convirtiera en millonario, coincidieron en Las Vegas. Serena había acabado la carrera y quiso perfeccionar su inglés antes de entrar en el mundo laboral. Consiguió un trabajo en un hotel en Columbus, Ohio, y pasó seis meses cambiando toallas y sirviendo cafés. Una noche, poco antes de su vuelta a España, sus compañeras propusieron una escapada de fin de semana a Las Vegas, y ella aceptó, intrigada por el paraíso de arena y máquinas de juego que le prometían. El sábado por la noche, tras varias copas, le vio.
Fue como la escena de Grease en la que Sandy y Danny coinciden en el instituto, pero con litros de alcohol para emborronarla. No estaba segura de cómo terminaron en aquella capilla. Estaba convencida de que su mente etílica retó a Darien "el Correcto" a cometer una locura, y por alguna extraña razón él debió aceptar.
Su sobresaliente en derecho internacional privado le hacía consciente de que un matrimonio de dos españoles en cualquier otro país no sería válido, salvo que solicitaran que fuera tramitado vía embajada para ser registrado en España. Así que le propuso hacer algo estúpido, y se separaron de sus respectivos amigos y se metieron en el primer local que encontraron y que prometía amor eterno a cambio de treinta dólares. Recordaba poco más de aquella noche. Supuso que debió haberse acostado con él, pues a la mañana siguiente se despertó a su lado, en un hotel de lujo. Se vistió sigilosamente, sonriendo al ver el acta de matrimonio pegada en el espejo del baño, como en cualquier película de sobremesa de Antena3, y se marchó sin hacer ruido.
Al pensar en ello desde la madurez de sus treinta y cuatro años, aquello sirvió para exorcizarle. Desde entonces había coincidido con él en algunas bodas, o en el paseo marítimo, pero ya no se sentía desfallecer de amor al verle, sino sólo un pequeño saltito en su corazón, que su mente refrenaba férreamente. Había logrado encerrarle en un pequeño recoveco de su alma, y seguir adelante. Si todavía no se había casado era porque no había encontrado al hombre adecuado, y no porque su recuerdo le impidiera amar a otros.
Regresó de nuevo al presente. Pagó el kebab, dejó su BMW donde estaba y bajó hasta su casa dando un paseo. Le alivió ver que el coche de su madre había desaparecido. Su gata la saludó al entrar. Había recogido a aquel animalito negro de la calle. La llamó Luna, por la gata de Sailor moon , era una fanática de ese animé. La acarició con cariño y subió a la primera planta. Descartado ya el baño, abrió el grifo de la ducha mientras se desnudaba. El espejo le devolvió el reflejo de una mujer que apenas aparentaba treinta años, de largo pelo Rubio dorado, ojos celestes, pechos pequeños y trasero perfecto. Metió su agotado cuerpo bajo el torrente de agua caliente y dejó que sus músculos se relajaran, obligándose a no pensar en nada.
Una hora y media después estaba en la cama, intentando dormir. ¿Sería cierto? ¿Estarían casados? ¿Cómo era posible? Hacerse cargo de validar aquel matrimonio hubiera costado una fortuna, y un abogado que se encargara de todo. Quizá se tratara de un error, aunque lo dudaba. Darien no cometía errores. A diferencia de ella, que había cometido tantos en su vida que podría haber hecho una lista de cien páginas.
Resignada al insomnio, miró la hora. Las doce y media de la noche. ¿Estaría él despierto? Si acababa de descubrir que estaban casados, probablemente no podría dormir, al igual que le pasaba a ella. Dejando, en un hecho sin precedentes en los últimos años, que su impulsividad actuara, cogió su móvil y le llamó. El teléfono le dio tono. Apenas un par de segundos después una voz bien despejada le contestó.
— Serena ¿eres tú?
"No, soy la mona Chita desde una cabina, no te jode". Siempre que pensaba en él su mente se crispaba, recordando que unos años antes se había sentido avergonzada de sí misma. Normalmente su imaginación hacía pagar a Darien las consecuencias de su enfado.
— Sí, soy yo. – Una cosa era meterse con él en su desbocada fantasía, y otra muy distinta ser borde en voz alta. —He estado pensando, y creo que definitivamente tenemos que hablar.
Él se mostró animado.
— Perfecto, he ido al registro civil esta mañana y…
— Darien –le interrumpió ella. –No creo que debamos mantener esta conversación por teléfono. ¿Qué tal si cenamos juntos mañana? Reserva donde quieras y mándame un mensaje diciéndome dónde y a qué hora.
Él pareció contrariado, pero se mostró conforme.
— Genial, así quedamos. Que descanses.
Con esa despedida Serena colgó. Desgraciadamente el sueño tardó en llegar.
A la mañana siguiente se acicaló con especial fruición, amonestándose a sí misma por hacerlo. Detestaba que él siguiera haciéndole comportarse como una adolescente enamorada.
