Bueno, no sé cómo he conseguido esto (bueno, sí, esclavizando a un amigo para que me escribiera lo que tenía en libreta XD) ejem. Espero que disfrutéis del siguiente capítulo, porque hasta el tercero... seremos 2007 ya XD Muchas gracias por leer.
Ciao. Lady Integra F. W. Hellsing
RESIDENT EVIL
MAKING TIME WAITING FOR DEATH
I
Miraba con nostalgia y tristeza la fotografía que tenía en las manos. Le había caído de dentro de un libro, donde la guardó con el propósito de no recordar viejos tiempos. Los rostros que en ella salían estaban sonrientes, satisfechos, todos posando con gracia celebrando el día que formaron equipo juntos. Ninguno de ellos sabía aún lo que les iba a ocurrir más adelante, y aunque no hubiese sido así, igualmente no lo hubiesen creído.
La dejó encima de la mesa para poder seguir observándola mientras seguía con su trabajo. Pero inevitablemente su mente quedó completamente ocupada por ellos. Hacía meses que no se veían, quizá ni siquiera viviesen cerca...
Alguien posó la mano sobre su hombro, con dulzura, dándole efecto. "Estás bien?" le preguntó con voz suave. No contestó. Simplemente le dirigió esa sonrisa triste, lejana, que solía poner cuando, dentro de las circunstancias, sí lo estaba.
-Voy a dar un paseo¿vienes?
-No, creo que ahora me vino la inspiración. – Respondió señalándole la máquina de escribir que tenía delante, donde pasaba horas y horas.
-Bien. Traeré algo de comida china¿te apetece?
Afirmó, y esperó a oír cerrarse la puerta suspirando de alivio. Odiaba mentirle, pero no quería causarle preocupaciones. Se levantó acercándose a la ventana. En medio de ese bosque tampoco llegó a encontrar la tranquilidad espiritual que anhelaba. Era su instinto, después de todo era imposible olvidar todo lo que pasó en apenas meses y seguir adelante. Ni siquiera sabía por qué hicieron ese pacto de no verse más... Sus vidas quedaron igualmente marcadas, como las de mucha otra gente, para siempre.
Haberse casado, distanciado de la multitud y perder contacto con los que únicamente confiaba sólo fue el intento de arrinconar los recuerdos tanto dolorosos como buenos. Pero ahora se veía con la necesidad de todos ellos, con quienes podía hablar de lo que sentía en verdad con la situación actual.
¿Qué habría sido de ellos? El pacto fue no verse nunca más pero... ¿a qué precio? Sabía que si quería hablar con alguno tan solo debía girar esa fotografía y leer la dedicatoria... pero tampoco arreglaría nada. Tal vez les haría volver cosas a la mente que tenían enterradas.
Pero mientras pensaba en todo eso, un "bip-bip" muy conocido del pasado empezó a sonar por algún sitio de la casa. Era el busca (buscapersonas). Pero ¿quién... o mejor... qué querrían ahora? Lo buscó; quizás era una manera de retrasar los acontecimientos, porque sabía exactamente dónde estaba el aparato. Respiró hondo, oyendo de lejos el ruido y cerrando los ojos. Se apretó con el dedo índice y el gordo el puente de la nariz, meditando muy bien lo que estaba sucediendo. Se fue hacia la cocina y abrió el armario de las especias, cogiendo el busca de detrás del todo y leyendo el mensaje:
Te necesitamos
Solo dos palabras, simples, pero que le provocaron una sensación de vértigo y pánico. "No, ahora no..." pero se engañaba. Lo necesitaba, era su vida, y aunque deseara dejarlo todo atrás, su instinto seguía siendo el mismo. Había nacido para eso.
Fue corriendo hacia el dormitorio, abriendo las puertas del armario con ímpetu, determinación propia de un agente de S.T.A.R.S. Se puso sus tan usados pantalones anchos azul marino, la camiseta ajustada gris y las botas negras. De una caja sacó las protecciones de hombros. En pocos minutos estuvo vestida con el viejo uniforme de S.T.A.R.S. Sí, había sido expulsada junto a sus compañeros, pero con ese mensaje volvía a estar en activo. No le gustaba demasiado, pero se moría de ganas de volver a entrar en acción.
Se paró en seco, antes de terminar de ajustarse los cierres, dándose cuenta de que estaba haciendo una gran estupidez. Sólo era un mensaje, tal vez ella lo hubiera leído dándole una interpretación que no era, lo cierto es que la frase en sí podía leerse de muchas maneras. Así pues¿para qué ponerse el uniforme? Si se presentaba ahí y resultaba estar completamente equivocada quedaría en ridículo y, aunque no le importase demasiado, no era la mejor manera de empezar.
Pero... ¡Qué demonios! Su alma era puramente de policía, no tenía de qué avergonzarse.
Mientras se colocaba bien los guantes la puerta de la casa se abrió. Ya hacía rato que había oído el ruido del motor al llegar, así que no se sorprendió ni molestó por ir a comprobarlo. Su marido entró, dejando las llaves encima de la mesa del recibidor y la comida en la cocina, para ir donde estaba Jill.
-¿Qué ocurre? – Preguntó extrañado al verla con su antiguo uniforme de S.T.A.R.S. – Te han llamado? Cómo es posible??!! – Exclamó de repente alarmado. – No me lo puedo creer!
-Johnnathan, cálmate! – Imperó Jill, con una voz fría y seca que nunca usó con él. – Ambos sabíamos que Umbrella no se rendiría fácilmente, y este día llegaría tarde o temprano.
-Pero por qué cuentan contigo después de... de tratarte como drogata o loca?! Jill, te expulsaron! Ya hiciste suficiente en Septiembre en la ciudad!
-Ya nos pidieron perdón en su momento... Además, - dijo suavizando la voz – eso ya no importa. No es una cuestión de seguir con los S.T.A.R.S. o no, sino de nuestra situación: mientras todo siga así, nunca podremos traer al mundo un hijo... Seríamos malos padres por permitirlo.
-Pero...
-Ssshh... – susurró. – No puede pasarme nada. He sobrevivido siempre, por alguna razón el destino me aguarda otro final, y te aseguro que no será ahora tampoco. – Terminó convencida.
Se separó de él y siguió preparándose. Él la iba observando en silencio, apretando los dientes sin poder frenarla. Por mucho que hablara no la convencería, era demasiado cabezota y cuando se le ponía una idea en la cabeza, era imposible quitársela. Y sabía, además, que Jill se sentía muy vinculada a todos esos sucesos, que necesitaba estar en medio de la batalla para ver con sus propios ojos lo que se traía entre manos ahora Umbrella y luchar contra ello. Era algo personal.
Jill se iba preguntando quién más acudiría a la llamada, si es que también les informaron. Estaba segura que Chris iría, ambos pensaban parecido y no dejarían escapar la oportunidad de volver a combatir contra la maldita corporación. Los demás... bueno, seguramente había rehecho sus vidas, así que no tenía muy seguro si les vería. ¿Iría Carlos, aunque fuese un mercenario? Había abandonado Umbrella para seguir por su propio pie con los supervivientes, pero no sabía nada más de él. Y tal vez la llamada era solo para ex-S.T.A.R.S. La última vez que se vieron fue después de los sucesos en Europa, donde terminaron haciéndose la promesa de enterrar todo lo sucedido.
Nunca creyeron que hubiesen derrotado finalmente Umbrella, pero prefirieron permanecer en las sombras como ellos mientras no diesen el primer paso.
Tan sólo habían pasado seis meses. No pudo más que esbozar una sonrisa, ya era más de lo previsto.
En una maleta de metal escondida detrás del armario guardaba su Beretta, la mejor amiga que nunca tendría. Se fijó en la cara de sorpresa de su marido, y sonrió a escondidas. Era algo que nunca le había comentado, tanto por no alarmarle por tenerla ahí como por para no aceptar el miedo que sentía al no tenerla cerca. Se sentía más protegida con ella que en medio de un bosque con alarmas alrededor de toda la casa. Que su marido fuese un anti-armas era algo que le encantaba de él, era adorable.
-Prometo que nos volveremos a ver... aunque no sé cuándo. – Le dijo, acariciándole la mejilla mientras abría la puerta hacia el porche.
-Claro, esto no acaba aquí. Tenemos mucho de qué hablar... – susurró él, mirándola con tristeza.
Se dieron un beso suave, ambos sentían que era la despedida. Por alguna u otra razón sabían con seguridad que esa era la última vez que juntaban sus labios, y aunque ambos hubiesen querido terminarlo en la cama para mayor despedida, ya no podían. Algo se había quebrado con aquél mensaje de ayuda provinente del RPD. Lo que desconocían era todo lo que iba a ocurrir a partir que Jill entrara en el Jeep.
Puso las llaves y dio contacto, encendiendo el motor aún caliente por el viaje anterior. En cosa de segundos desapareció entre los árboles, dejando atrás el escenario donde actuó.
Era la primera vez en un mes que iría a la ciudad. Lo evitaba tanto como podía. Las otras fueron porque no tuvo más remedio ya que Johnnathan estuvo afuera por trabajo y necesitaba entregar su trabajo mensual y comprar algunas cosas. Y aún así, ya se adaptó a la Nueva Raccoon City. Tampoco es que fuera muy difícil: no había cambiado un ápice. Las mismas calles, con los mismos nombres y las mismas tiendas en cada una, las mismas empresas, todo exactamente igual. Incluso llegaba a dar escalofríos a los supervivientes, pues era como si nada hubiera ocurrido y solo hubiese sido una terrible pesadilla... muy real, eso sí.
Mientras avanzaba por la calzada en dirección a la comisaría vio la editorial. Enseguida los recuerdos vinieron a su mente...
Hacía dos meses de la destrucción de Raccoon City y se las había arreglado para que le vendieran esa casa en medio del bosque, lo que equivalía en medio de "la nada", razón por la cual se la entregaron tan rápido. No trabajaba, así que tenía que ganarse la vida de alguna manera, aunque le quedara dinero suficiente por un tiempo del que le dieron al dejar el cuerpo de policía (estaba claro que solo era una manera de disculparse por el trato que le dieron a los del incidente de la Mansión de los Arklays).
Esa tarde visitaba la ciudad para entregar unos documentos a la editorial y ya de paso comprar algo de comida. Para ese entonces ya no hablaba con nadie, se había convertido en una persona solitaria y fría. Prefería no hacer amigos nuevos, de esa manera no lamentaría más tarde sus pérdidas si sucedía algo. No quería volver a pasar por lo mismo que tiempo atrás, como con Joseph, Brad, Kenneth, Richard... y todo los demás. Tal vez era actuar con cobardía, no enfrentarse a sus miedos, pero aunque fuese el camino más fácil, era preferible a volver a sentir esa sensación de vértigo al ver a todos a tu alrededor morir sin poder hacer nada por ellos.
Le pasó la tarde volando y enseguida oscureció. Aún tenía que ir a la editorial y no le quedaba mucho tiempo. No le gustaba ir de noche por las calles de New Raccoon, no había mucha gente y enseguida su mente empezaba a crear imágenes y sonidos que no existían más que en su imaginación. Además no tenía coche y siempre tenía que coger un taxi. Cuando llegó a la editorial esta ya había cerrado, eran las ocho y media y no quedaba nadie dentro, a excepción de alguna mujer de la limpieza o el conserje, que igualmente no le podrían ayudar en nada.
Estaba empezando a desesperarse cuando una voz masculina le habló desde abajo las escaleras.
-Puedo ayudarla? – Preguntó con una sonrisa en el rostro al verla maldecir todo.
-¿Eh? ... Ah, no creo. Debía entregar esto lo antes posible pero he llegado tarde. Me da mucha rabia porque soy de fuera de la ciudad y he tenido que venir expresamente... – siguió contando, callando enseguida al darse cuenta. – Bueno, tengo que irme.
-Espera! – La frenó antes de llamar un taxi. – Yo puedo ayudarte. Trabajo aquí al lado, si quieres mañana me paso y lo entrego por ti.
Jill se lo quedó mirando, analizando detenidamente la situación. Podía aceptar su ofrecimiento y así no tendría que volver al día siguiente, pero entonces le debería algo a ese hombre lo que conllevaba, al menos, a un inicio de amistad. Mientras lo reflexionaba se lo quedó observando detalladamente como buena policía que era. No debía tener más de 30 años, y seguramente vivía solo puesto que la ropa estaba algo arrugada y era delgado, consecuencia, tal vez, de una mala alimentación. Mediría cerca de 1.95m, mucho más alto que ella, y con el pelo moreno y desarreglado. Llevaba gafas de pasta negras, escondiendo unos ojos pequeños y oscuros. Llevaba barba de un par de días y un paquete bajo el brazo.
-Harías eso?... Pero no quiero molestarte ni causarte ningún problema... – dijo al fin.
-No importa, de verdad. Trabajo en una... "oficina", tengo suficiente tiempo libre.
Sin saberlo, la sonrisa de ese hombre la cautivó, y con otra algo tímida le dio el sobre marrón seguido de un "gracias" susurrado. No sabía por qué, pero le atraía en cierto modo. Tal vez fue ese aire despistado, desarreglado, con cara de niño. Le recordó un poco a Chris, también algo infantil...
Llegó a la entrada de la ciudad de Nuevo Raccoon y redujo velocidad. La comisaría estaba en el centro, así que aparcó lo más cerca que pudo. Mientras sacaba las cosas del asiento de al lado se fijó en los coches estacionados por ahí: otro 4x4 rojo, un Mustang azul muy desgastado y un par más, uno de ellos mal aparcado. No reconoció a ninguno, lo que hizo que se desilusionara un poco. Esperaba al menos encontrar la motocicleta de Chris, o la ranchera de Barry.
Cruzó la calle dirigiéndose a la comisaría y se quedó observando detenidamente el edificio. No era muy diferente de la anterior, solo que ahora había un piso más. Las puertas exteriores de madera, ahora abiertas, le recordaron dolorosamente el día que Brad murió en manos de Nemesis, sin que ella pudiera hacer nada... Tan metida en sus recuerdos estaba que se asustó al notar una mano sobre su hombro.
Se volteó rápidamente encontrándose cara a cara a quien más ganas tenía de ver.
-Chris!! – Gritó emocionada. – Por Dios, cuánto tiempo! Te veo... muy cambiado.
Se sintió enmudecer al verle mejor. Solo entonces se dio cuenta de que realmente había pasado mucho tiempo desde el día que prometieron no volver a verse. Ahora rompían la promesa, pero daba lo mismo, tarde o temprano lo hubieran hecho. Esos ojos la traspasaban, sin apenas parpadear. Durante ese tiempo Chris Redfield pasó de ser un chico en cuerpo de hombre a un hombre maduro. Su apariencia había "oscurecido" notablemente, y esos ojos antaño brillantes y curiosos, ahora no eran más que dos orbes apagadas y frías. Una barba candado decoraba su antes jovial rostro, tan solo vistiendo una lejana sonrisa llena de sentimientos contradictorios y dolorosos.
-Ya me enteré que te casaste... – comentó, tratando de sonar casual.
-Sí, bueno... – le enseñó el anillo. – Fue algo sencillo, pensamos que viviendo juntos y eso sería mejor...
¿Qué había pasado entre ellos? Antes hablaban y bromeaban como dos hermanos, o dos muy buenos amigos, pero ahora parecían dos desconocidos. El tiempo y los incidentes habían afectado en su relación. Era como si el volver a tenerle cerca le hiciera darse cuenta del enorme abismo que se había ido abriendo entre ellos. ¿Sería igual con los demás?
-Vienes porque también te han llamado? – Preguntó para cortar ese odioso silencio.
-Sí, - le contestó él. – Y creo que no somos los únicos...
Se giró para ver dónde estaba mirando Chris y su corazón dio un vuelco al ver a Leon S. Kennedy bajar de un taxi apartándose el pelo de la frente mientras les sonreía. Caminó a paso tranquilo hacia ellos, por su mente pasaban todo de recuerdos e imágenes borrosas de una horrible experiencia del pasado.
Jill le observó como había hecho con Chris minutos antes. Parecía que en él nada hubiera cambiado. El mismo corte de pelo, el mismo rostro joven y ojos despiertos. Lo único diferente en él era que ya no parecía ser el "novato", su rostro reflejaba una experiencia que nunca vieron en él antes.
-Qué hay chicos? – Encajó la mano con Chris, con un golpe en la espalda, y se la estrechó cordialmente a Jill. – Tanto tiempo sin vernos...
-Me alegra volver a verte, aunque sea en estas extrañas circunstancias... – Chris le sonrió de la misma manera.
-Veo que llevas el nuevo uniforme del R.P.D. – Jill se había dado cuenta del detalle.
Al mismo tiempo que la policía volvió a establecerse finalmente en la ciudad, se hicieron algunos notorios cambios superficiales. Lo primero fue el uniforme, el edificio y otros detalles. Aunque lo que realmente importaba era cómo estaría la situación "dentro". Después de la traición del jefe Irons ya no podían confiar en nadie, ni siquiera en la propia policía.
-Realmente nunca dejé el cuerpo... – les contó mientras empezaban a entrar a la comisaría.
– Aunque mi primer día en la ciudad no fuese lo que esperaba, creí oportuno quedarme. Desde dentro es más fácil ver si algo ocurre.
-Entonces sabes para qué estamos aquí?
-Más o menos. Pero mejor que os lo cuente el jefe...
Sin más dilaciones subieron las escaleras principales que les llevaron al Hall de la comisaría. Como no conocían demasiado bien el lugar, puesto que el interior estaba algo cambiado, se dejaron guiar por Leon por pasillos y escaleras hasta el segundo piso, donde se encontraba el despacho del jefe. A través de las cortinas podían vislumbrarse tres siluetas, una de ellas de pie apoyada a un lado. Leon llamó a la puerta y enseguida una voz firme desde dentro les mandó pasar.
Jill tuvo que contenerse las enormes ganas que tenía de abrazar a Rebecca y preguntarle qué había sido de su vida. Y es que ahí estaba, con ese aspecto delicado de siempre. Ambas se miraron a los ojos con una sonrisa de alegría, pero claramente teñida por las temibles razones que les habían llevado ahí y por ese abismo que creció entre ellas, igual como pasó con los otros dos compañeros.
La persona recostada a un lado era un chico cercano a los 25, tal vez alguno más. Tenía el pelo algo largo y rebelde, castaño claro, con un flequillo que le tapaba los ojos. Llevaba gafas de sol de cristal azul claro, a través de las cuales pudo ver una mirada socarrona. Su rostro delgado pero de duras facciones lucía una extraña sonrisa traviesa. A su lado, sentada en una silla, había otra mujer. Si no fuera porque llevaba el uniforme de los R.P.D. nunca hubiera dicho que fuera policía. Su aspecto se acercaba más al de una actriz o modelo: cara bonita, pechos grandes y piernas largas. Llevaba el pelo rubio rojizo suelto, llegándole por media espalda, y sujeto con un pañuelo negro; sus ojos, de largas pestañas y verdes, llevarían a cualquier hombre hasta límites insospechados.
-Por favor, no se queden en la puerta, entren y cierren. – Habló el jefe. Un hombre que a sus espaldas de cuarentón-cincuentón llevaba demasiado peso y toda una vida recorrida. – Soy el comisario Barksdale. No me equivoco si digo que algunos de ustedes ya se conocen. Sé muy bien que han compartido mucho más que una oficina en la antigua comisaría... – dijo, haciendo un ademán con la mano para que se sentaran. – Les presentaré. Ellos – dijo señalando a los dos policías desconocidos, - son Charlotte Braezel y Sben Thornton. Ellos son Jill Valentine, Chris Redfield y Rebecca Chambers, antiguos miembros de S.T.A.R.S. A Leon ya le conocéis.
-Por qué nos han llamado con tanta prisa? – Preguntó Chris sin más tapujos.
-Veo que le gusta ir al grano, sr. Redfield.
-Lo que pasa aquí es que fuimos expulsados de la policía sin ni siquiera tener en cuenta nuestra palabra. Y encima dijeron a la gente que si los que habíamos ido a esa mansión nos habíamos drogado! – Chris golpeó con el puño la mesa, asustando a Jill que estaba a su lado. – No confiaron en nosotros, nos deshonraron con esas palabras. A ojos de todos ya no éramos nada! Luego no tenemos más remedio que salvar el culo a una ciudad de algo que ya avisamos y no quisieron creer! Cree que voy a andarme con rodeos a estas alturas?
El silencio se acomodó en la oficina. Chris había soltado una parte de su cabreo con la policía, aún a sabiendas que ese hombre no tenía ninguna culpa puesto que para ese entonces era el traidor del jefe Irons el que estaba al mando. Todos le miraban sorprendidos de la reacción. Los que le conocían siguieron callados dando a entender que estaban de acuerdo con él. Los otros dos simplemente sonreían divertidos.
Barksdale permaneció también en silencio mirando a los ojos a Chris. Hasta que tras un suspiro volvió a hablar.
-Entiendo perfectamente su enojo para con la policía y la gente de esta ciudad. Lo que les hicieron a usted y sus compañeros era toda una artimaña de la Corporación Umbrella para que no se destapara el engaño y el peligro que conllevaban sus experimentos. Pero si les he citado aquí hoy es porque sé que, a parte de ser los únicos supervivientes policiales, son los que más experiencia tienen en este fondo.
-Así es verdad que estamos aquí para algo relacionado con Umbrella... – musitó Rebecca, afirmándolo con temor.
-Temo decir que así es. – Dijo el jefe.
-Y pretende que... – empezó de nuevo Chris, pero Barksdale le cortó.
-...le "salvéis el culo" a la ciudad de nuevo, sí. – Si no fuera por la seriedad del momento, hubieran dicho que el hombre parecía entretenido con la situación. Solo le faltaba sonreír.
-Y una mierda! Me niego!
-Chris, basta. – Dijo Jill sin querer levantar el tono de voz demasiado. Se giró un poco para dirigirse solamente a él, aunque las palabras iban para todos. – No ves que hasta que Umbrella no se hunda definitivamente ninguno de nosotros podrá vivir en paz? Ya, si no quieres, no lo hagas por esta ciudad y esta gente. Hazlo por ti mismo, para poder, algún día, dormir tranquilo.
Las palabras de la castaña hicieron bajar la cabeza a todos. Tenía toda la razón del mundo. El problema estaba en que Umbrella era muy poderosa, llegaba de un lado al otro del planeta, pasando por cualquier cargo político, por cualquier servicio público como la policía y por encima del mismo presidente si hacía falta. Y la gente parecía no darse cuenta o simplemente no hacían nada para actuar en contra.
-Sé que no es fácil para ninguno de ustedes, llevan mucho tiempo apartados de todo esto, pero es necesario que sean ustedes parte del equipo. – Volvió a hablar Barksdale. – La gravedad de la situación podría alcanzar niveles altísimos y, si no hacemos nada, esta vez no será solamente la Ciudad Raccoon lo que quede destruido.
-¿Qué ha ocurrido ahora? – Preguntó Jill.
-Antes de empezar, me gustaría que esperásemos al último integrante...
Y como si el hombre lo hubiera previsto, tras decir eso sonaron unos golpes en la puerta y entró otro hombre conocido por todos. Alto, fuerte. Con un gran sentido del liderazgo y el compañerismo. Era, tal vez, uno de los miembros de la policía más antiguos aún vivo, por lo que gracias a su experiencia estaba ahí. Un experto en armamento, y el más precavido de todos por vivencias pasadas.
-Barry! – Exclamó Jill, sorprendida.
Pero fue la única que se alegró de verdad de verle. Los ex-miembros de S.T.A.R.S. restantes bajaron la cabeza hacia un lado, tratando de no mostrar la decepción que ensombrecía sus rostros. Desde que fue utilizado por Wesker para que les traicionara, aunque fuera bajo chantaje, su amistad ya no era la misma. Pero eso era porque ninguno de ellos sabía lo que era tener una familia y el deber de protegerla por encima de todo lo demás. Se lo perdonaron, sí, pero siempre quedó algo en el fondo de sus corazones, y ahora, tras tanto tiempo, se veía acentuado por el abismo entre todos ellos.
-Buenos días. – Saludó sin más. – Siento el retraso.
-Por favor, sr. Burton, entre y cierre la puerta. Será mejor que empecemos cuanto antes... – Pulsó un botón del aparato telefónico a un lado de la mesa y una voz aguda de mujer contestó.
-Sí, comisario?
-Que nadie me moleste hasta que no avise. Si no se está quemando la comisaría o es atacada, yo no estoy.
-Entendido, señor.
El hombre se recostó en la silla de despacho, cruzó las manos bajo su barbilla, y se puso más serio.
-Han pasado algo más de seis meses desde el incidente de Septiembre. La ciudad fue completamente aniquilada, no quedó más que un árbol de humo, polvo y cenizas durante algunos días. Ahora es solamente un terreno devastado, con animales salvajes husmeando entre las ruinas.
-Eso ya lo sabemos. – Soltó Chris aún molesto, pero más calmado.
-Cierto. Y también lo sabe el resto del planeta. Esta vez no se pudo culpar de la explosión a un simple error en la central nuclear; esta vez hubo supervivientes, civiles normales sin nada de relación con todo lo sucedido que vieron claramente el virus actuar en sus cercanos. Ahora es de saber público que hubo una corporación tras ello que se mantenía oculta bajo una empresa farmacéutica. Lo que no saben es que sigue en activo, como siguió en activo tras el incidente en la mansión de los Arklays.
-Sinceramente, no me sorprende nada. – Comentó Rebecca.
-Ciertamente, la organización tiene el poder suficiente para seguir adelante, aunque sea más oculta aún. Pero se toparon con un gran problema: el virus se les escapó de las manos cuando llegó a la ciudad. No contaban con que terminaría de este modo. Sus planes quedaron aplazados por un tiempo, y por el momento no se ha sabido nada más.
-Cómo sabe todo eso? Cómo sabe que no fueron ellos mismos los que soltaron el virus en Raccoon? – Preguntó Jill desconfiada.
-Porqué teníamos un topo en la corporación. No fue fácil meterle, y tampoco estaba lo suficientemente a dentro como para enterarse de todos los planes. Umbrella está organizada como una pirámide jerárquica. Solo unos pocos saben. Los demás no son más que peones a sus órdenes.
-Y si tenían un topo, porque no usaron la información recogida hasta entonces para usarla contra la Corporación? – Preguntó de nuevo Jill.
-Porque no hubiera servido de nada. Ya dije que si no eres uno de los científicos jefes, no sabes más que lo que te han mandado en ese momento. Incluso dividen experimentos en partes para repartirlas en diferentes científicos, de este modo no se llega a reunir toda la información y puede estar más a salvo.
-Pero todo esto... es lo de menos. Lo que quiero saber es por qué estamos aquí? Si es verdad que umbrella ha vuelto a actuar y quiere que nosotros hagamos algo, por qué no va al grano? – Espetó Chris. Su reacción pareció divertirle al comisario.
-Primero me gustaría mantenerles al tanto de lo que hay. Puede que en la misión se encuentren con alguna sorpresa... – respondió el jefe. – Pero está bien, si es lo que quieren, iré al grano. – Se dejó caer en el respaldo. –Hace un par de meses apareció un joven de 23 años caminando por la calle principal de New Raccoon con las ropas llenas de polvo y repitiendo una y otra vez la misma frase, como si se tratara de un mantra: "Estamos perdidos. Todos vamos a morir. Estamos perdidos..." Una patrulla lo recogió y lo trajo aquí, donde vimos que llevaba un uniforme de los UBCS, un soldado de Umbrella.
Cogió una llave del bolsillo de la camisa y la usó para abrir el primer cajón de su mesa de despacho. De dentro sacó un sobre marrón. En él había una cinta de video. Se levantó de la silla y se dirigió al televisor que había en un rincón.
-Entenderán mejor lo que tengo que explicarles si lo ven ustedes mismos. – Dijo, y puso la cinta de video.
La pantalla se quedó en gris hasta que empezó la imagen. La cámara debía estar estática, porque no se movía nada. Era una sala pequeña y de paredes lisas, sin ventanas, y con un espejo en uno de los lados. En medio había una mesa con dos personas, una a cada lado, cara a cara. A la izquierda había un policía con una grabadora que conectó antes de empezar. Al otro lado había un chico joven, de 23 años seguramente como dijo Barksdale. Tenía el cuerpo encogido, con la cabeza a punto de dar en la mesa, las manos entre sus piernas y moviéndose suavemente de adelante hacia atrás. Sus ojos estaban muy abiertos, como si estuviera drogado, y fijos en un punto indeterminado.
El hombre empezó.
-Primer interrogatorio al sujeto de UBCS aparecido en medio de la ciudad. Soy el sr. Epperson. – Levantó la vista hacia el joven. - ¿Puede decirme su nombre? – Preguntó, no recibiendo más que silencio. – ¿Me dice su nombre? ... Está bien. Usted llegó a New Raccoon City ayer, puede decirme de dónde venía¿A dónde iba cuando le encontramos¿Llevaba a cabo alguna misión para la Corporación ilegal Umbrella? Puede responderme, no le va a pasar nada si habla.
Parecía hacer un monólogo en vano. Estaba claro que ese joven no iba a hablar, ya fuese porque no quería o por el estado de shock en el que parecía estar. Seguía moviéndose de adelante hacia atrás.
-Si no habla va a tener muchos problemas...
-...No lo entienden... – susurró de repente. - ...Ya es demasiado tarde... Ya no se puede hacer nada... Todos vamos a morir...
-De qué está hablando? Sea claro. Qué es lo que no entendemos? Por qué es demasiado tarde? No va a morir nadie aquí, hable claro.
-...Tarde, tarde, tarde... Es demasiado tarde... él ya ha... – Su cuerpo cayó redondo al suelo, sin vida.
El policía corrió hacia él, pero como había estado diciendo, era demasiado tarde, había muerto.
La grabación se cortó en ese momento.
-Como ven, no obtuvimos nada claro de ese tipo. Estaba muy asustado, había entrado en estado de shock por el pánico, lo que le causó un ataque al corazón que lo mató ahí mismo.
-Seguro que fue esa la causa? – Preguntó Rebecca, claramente desconfiada.
-Es la más probable. Los análisis llevados a cabo no mostraron signos de droga o producto químico tóxico de ningún tipo. Su cuerpo estaba limpio, y tampoco encontramos heridas internas. Lo que se dice una persona sana.
-Demasiado sana para morir de un infarto... – susurró Barry.
-Exacto. Pero las pruebas no demuestran nada. O fue por el estado de shock o le aplicaron alguna droga hasta entonces desconocida que pasa inadvertida. Desgraciadamente con su muerte nos quedamos sin saber nada de este asunto. – Volvió a sentarse tras guardar de nuevo la cinta de video. – Sin embargo...
Dejó la frase en el aire, como si se regodeara al dejarles en vilo sin más información. Les miró detenidamente uno a uno, con lo que parecía una leve sonrisa disimulada. Los dos agentes de policía desconocidos por los demás intercambiaron miradas con Leon. Realmente los tres estaban hartos del carácter extraño de su jefe, pero aún así les parecía divertido.
-...Una semana después nuestro topo nos dio una información muy jugosa. Los jefes de Umbrella estaban alterados porque una de las misiones que debían llevar a cabo los del UBCS había sido fallida en demasiadas ocasiones, y empezaban a pensar que "es inútil enviar más equipos Delta". Rápidamente lo relacionamos con el muchacho encontrado, y nuestro hombre dentro de la corporación trató de sonsacar más información.
-Y lo consiguió? – Preguntó Chris al ver que el hombre no seguía.
-Así es, aunque no tanta como esperábamos. Lo que voy a contarles a partir de ahora tal vez les suene extraño, les sorprenda o no lo crean, pero es así y ni siquiera sabemos la razón de por qué esto es así...
CONTINUARÁ
