Los personajes de OUAT y la historia no me pertenecen

Chicas espero les guste este capi ,es muy largo tratare de subir las capítulos de este y el otro fic los lunes, miércoles y sábados y es que tengo tiempo para hacerlo ¬_¬ no prometo nada, bueno entonces

Las dejo leer, no olviden dejar su comentario de que les parece esta historia espero disfruten del Fic


La cantante se sentó en la isla de la cocina en donde su madre hacía el desayuno, como cuando era pequeña. En aquella época, su madre tenía dos trabajos y aun así se las arreglaba para hacerles el desayuno a ella y a sus hermanas antes de que se fueran al colegio.

—¿Te ayudo, mamá?

Su madre enarcó las cejas, telegrafiando su asombro.

—¿Con qué? ¿Con el desayuno? No seas tonta, ya casi estoy.

—Ya somos mayores, mamá. Casi —apuntó Emma, echando un vistazo a Ashley, su hermana menor. Era la segunda hermana más joven y había reclamado el puesto de hija mimada rápidamente. Por el momento, Ashley nunca había dado muestras de superar la edad mental de dos años.

—¿Qué mosca te ha picado? —le preguntó Ashley, dejándose caer en un taburete junto a Emma—. ¿Y ese traje? Parece que vayas a la iglesia.

—Buenos días a ti también.

Emma observó a su hermana con serenidad. Ashley era una chica de diecisiete años con el cinismo y la dureza de una mujer de cuarenta y cinco.

—Tengo una reunión. ¿Y tú?

Ashley llevaba puesto un camisón de seda que ni salido de una película de los años cuarenta y se ahuecaba el pelo de un modo que despertaría las envidias de las modelos de cabello profesionales. De todas maneras, ya había perdido todo interés en Emma y, en lugar de contestarle, alargó la mano hacia el plato de tortitas.

—¿Son para mí?

—No, para tu hermana. ¿No has oído lo que ha dicho Emma? Tiene una reunión.

—No es la única que está ocupada, yo tengo que ir al colegio.

Ashley siempre estaba a la que salta y, aunque Emma sabía que no debía, no pudo resistirse a chincharla.

—¿Y vas a ir así vestida?

—¡Ah! — Ashley se dio media vuelta y salió de la cocina.

—Lo siento, mamá.

Emma hincó el tenedor en las tortitas recubiertas de sirope. No pensaba dejar que los cambios de humor de Ashley le afectaran, porque ya estaba bastante nerviosa de por sí. Ir a ver a Regina Mills era como que te llamaran al despacho del director, algo que solo le había pasado un puñado de veces en el instituto. Emma era tímida y buena estudiante y siempre que se metía en algún lío tenía la impresión de haberle fallado a sus padres miserablemente.

Ser la mayor de cinco hermanas no era cosa fácil.

«Gracias a Dios que no todas son tan temperamentales como Ashley. Ni tan desagradecidas.»

—¿En qué piensas? —quiso saber Mary M., que se sentó a la mesa con su plato después de dejar el resto de las tortitas en el horno para que no se enfriaran.

—Estoy preocupada, mamá —admitió Emma. No había planeado ser tan franca, pero estaba tan nerviosa que ni siquiera la comida casera de su madre había logrado distraerla—. Tengo que reunirme con la presidenta de VMP. En sus días buenos la llaman la Evil Queen. No tengo nada de ganas; le caigo fatal.

—¿Cómo? ¿Y por qué vas a caerle mal? —se sorprendió Mary M., que no podía ni considerar la posibilidad de que alguien no apreciara a su primogénita—. ¿Qué problema tiene esa mujer?

—Oh, mamá —se rio Emma—. Sencillamente no le caigo bien. La conocí hace dos años en su fiesta de cumpleaños y me hizo un feo sin venir a cuento. Fue súper fría, como si yo no existiera. No sé qué debí de hacerle entonces, pero sé por qué está enfadada conmigo ahora.

—¿Y por qué? —quiso saber Mary M., con el tenedor a medio camino de la boca—. No me digas que no le gustan tus canciones. Tiene que valorar el hecho de que estás evolucionando como cantante. Como artista.

Ashley entró de nuevo en la cocina, poniéndose un jersey rosa.

—Seguro que cree que Emma es una estirada engreída — comentó, mientras echaba un vistazo al mármol de la cocina—. ¿Y mis tortitas?

—En el horno. Y no hables así de tu hermana. Está pagándote ese colegio tan pijo y te financia los caprichos.

—Mamá...

—Todo eso podría cambiar de un momento a otro, así que tenemos que permanecer unidas y apoyarla a ella —insistió Mary M., sin pestañear—. Pídele perdón.

Ashley sabía que no le convenía hacer enfadar a su madre cuando hablaba en aquel tono autoritario.

—Lo siento, Emm —miró a Emma desde debajo de su largo flequillo—. A veces doy mucho por... es decir, soy una bruja por las mañanas.

—¿Y eso es solo el calentamiento, eh? —Emma sonrió, para quitarle hierro a la broma. Ashley era muy pesada y podía llegar a ser insoportable, pero tenía diecisiete años.

«Yo nunca tuve que luchar por hacerme un hueco a la sombra de una hermana famosa, así que ¿qué sabré yo de cómo le afecta?»

—¿Quieres que vayamos al centro comercial mañana?

Ashley supo reconocer la oferta de tregua como lo que era.

—Vale. Supongo que podemos llevar a la niña.

—«Niña.» Gracias.

Abigail, de quince años, discreta y la estudiante más brillante de las cinco hermanas, se sentó y aceptó el plato que le tendía su madre. Con la cabeza apoyada en la mano, empezó a dar cuenta de sus tortitas.

—No me importaría ir. Necesito cosas para el colegio.

—¿Para el colegio? — Ashley puso los ojos en blanco con un gesto teatral, y volvió a la carga—. Yo voy a comprar ropa, maquillaje y unos cuantos CDs nuevos. Sería cuestión de que esa zorr... — Ashley atisbó el semblante de su madre, que se ensombrecía por momentos—. De que esa mujer de VMP no fuera tan tacaña y te regalara todos sus discos como cortesía. Se supone que eres su mayor estrella.

—Soy una de sus artistas que más vende. Hay una diferencia, Ashley.

—Aun así.

—Le diré que lo has dicho. —«No»—. Me voy. Gracias, mamá —se despidió Emma, tras llevar el plato al fregadero.

—Espera, llévale tortitas a Anton —la detuvo Mary , y le pasó una tartera de plástico—. Pasa mucho rato esperándote en los sitios y le entrará hambre de vez en cuando.

—Deseadme suerte. —Amma besó a su madre rápidamente en la mejilla y saludó a sus hermanas con la mano—. Hasta luego.

«Hacia el castillo de la Evil Queen.»


—Ha llamado la recepcionista de la planta baja. Emma Swan ha llegado —informó Wendy por el intercomunicador.

—Gracias. Que pase directamente —contestó Regina.

Emma todavía tardaría al menos cinco minutos en cruzar el enorme vestíbulo de recepción y coger el ascensor. La presidenta de VMP empezó a ordenar el escritorio, pero se detuvo y decidió dejar que las revistas, los periódicos y las carpetas inundaran la mesa como siempre. Normalmente era un poco obsesa del orden, pero era inevitable que se le llenara la oficina de documentos y archivos de trabajo, sobre todo a la vuelta de un viaje de negocios.

Giró los hombros para desentumecerlos y se le alivió un poco la tensión constante de las cervicales. Había quedado satisfecha del resultado de las reuniones en Londres, aunque el desfase horario la había tenido más distraída y cansada que otras veces. Había rechazado varias ofertas de la rama de VMP en Londres para ir a cenar, y en su lugar había optado por darse largos baños para relajarse y rejuvenecerse en su habitación de hotel. Sin embargo, el dolor muscular la había perseguido hasta los Estados Unidos. Ni siquiera le ayudaba jugar con su perra, Soledad, ni llevarla a dar largos paseos por la playa. Soledad se había pegado a su pierna mientras la sacaba, en lugar de corretear a su alrededor y zambullirse en el agua como una posesa. Se diría que percibía el estado de Regina.

—¿Señora Mills?

Una voz ronca, cuyo timbre le arrancó un escalofrío, interrumpió sus pensamientos. Emma Swan estaba junto a la puerta, con un enorme bolso de hada de Prada al hombro. Llevaba un traje gris oscuro con una blusa de seda púrpura y se la veía impecable pese a su estrafalaria melena. Aunque llevaba el pelo recogido en un moño bajo, no podía disimular que las mechas superiores estaban teñidas de negro azulado y contrastaban vistosamente con el pelo rubio de debajo.

—Bienvenida. Siéntate, por favor. ¿Tu representante no ha venido?

—Creía que ya estaría aquí. A lo mejor se ha encontrado caravana.

—Es posible. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

—No, gracias.

Emma recorrió la distancia que la separaba de la butaca de piel para las visitas con sus zapatos de salón ridículamente altos, le estrechó la mano y se la soltó muy deprisa. Luego tomó asiento y abrió el bolso.

—He traído el mío —le enseñó un termo de color rojo oscuro —. El té de camomila de mi madre.

—¿En serio?

Regina ya se había levantado y se acercó al mostrador, en donde una cafetera de vanguardia estaba preparada para proporcionarle cualquier bebida caliente que pudiera llegar a desear. Pulsó los botones para hacerse un expreso solo y se volvió hacia Emma mientras la máquina molía los granos de café.

—He recibido una llamada de uno de tus productores. Al parecer no va muy bien con el nuevo disco, ¿me equivoco?

—Si lo que quiere decir es que no estoy dispuesta a repetir el mismo disco de siempre, supongo que tiene razón —repuso Emma, que cruzó las piernas y se sacudió una mota de polvo imaginaria de los pantalones.

—Has firmado un contrato y tenemos unos plazos.

—Eso no se lo discuto. Sencillamente, no quiero sonar exactamente igual ni cantar las mismas canciones que en el último álbum.

—El cual fue todo un éxito —apuntó Regina, haciendo un esfuerzo por sonar afable y no dejar que se le notara la irritación.

«Halágalos si es lo que hace falta», rezaba la voz de su madre desde el fondo de sus pensamientos. «Haz lo que sea necesario para hacerles firmar sobre la línea de puntos. Lo que sea.»

—Sí, pero eso ya lo he hecho —insistió Emma, al tiempo que se inclinaba hacia delante. Al moverse enseñó más escote que antes, ya fuera a propósito o no—. El caso es que sé que soy capaz de mucho más. De darle mucho más a mis fans. No me veo cantando pop ligero y simplón toda la vida.

—El pop no tiene nada de malo —interpuso Regina rápidamente. Ya se veía venir de qué pie calzaba Emma y se temía una larga canción, baile incluido, en donde se mezclaran palabras como «creatividad», «inspiración» y «cultura».

—Yo no he dicho que tenga nada de malo. —Emma hizo una pausa, tratando de encontrar las palabras adecuadas—. Lo que intento decir es... He trabajado con varios productores durante la última década, incluido Owen y su equipo, y siempre he estado encantada de ser lo que necesitaran que fuera. Estoy muy agradecida por haber tenido una oportunidad tan maravillosa, porque nunca he creído del todo que me la mereciera. Pero ahora... —Emma se encogió de hombros casi imperceptiblemente—. He llegado a mi límite.

— ¿Tu límite? ¿Puedes explicarme eso? —pidió Regina, tomando asiento tras su escritorio con la diminuta taza de expreso en la mano.

—¿Nunca se ha sentido como si hubiera llegado a un punto en donde ya no puede seguir de la misma manera? —preguntó Emma, al tiempo que gesticulaba enfáticamente con las manos y observaba a Regina fijamente con sus ojos graves y oscuros—, ¿cuándo lo más importante es seguir al corazón y lo demás no cuenta?

Regina no podía creer que, siendo capaz de someter a los zorros viejos más intimidantes de cualquier junta de administración con una sola mirada, se sintiera tan acorralada bajo la mirada de Emma.

Irritada, decidió que Emma necesitaba que le dieran una lección sobre límites. Es decir, cuáles no podía cruzar.

—Esto no tiene nada que ver conmigo —espetó Regina—. Has firmado un contrato que le asegura a VMP dos álbumes con tu estilo de música de referencia. No firmamos contigo para que experimentaras con los gustos de tus fans y, si eso es lo que quieres hacer, tendrás que esperar a haber cumplido con el contrato que tenemos.

—¿Cómo puede presidir una compañía discográfica y no estar interesada en el crecimiento y la evolución creativa de sus artistas? —inquirió Emma, no solo dolida sino también confusa—. He demostrado lo que valgo una y otra vez. He traído a mi enorme comunidad de fans a VMP. Dice dos álbumes. Pero no se olvide de los seis sencillos que fueron número uno en las listas de éxitos, solo en el primer disco. Y también las tres canciones que grabé para la banda sonora de la última película de Diana Maddox. Y ahora que lo pienso, habéis comprado los derechos para sacar en un momento u otro los discos que grabé en mis dos sellos anteriores. He cumplido con todas y cada una de las obligaciones de mi contrato hasta ahora, hasta los actos de promoción más bobos a los que me obligáis a ir.

—¿Bobos? —Regina no daba crédito a sus oídos—. ¿De qué diablos hablas?

—Ya sé que tengo fans de todas las edades, pero, sinceramente, ¿qué creía que iba a conseguir llevándome de estrella invitada en Barney y sus amigos?

Emma se cruzó de brazos y lanzó a Regina una mirada incendiaria.

—De acuerdo, eso fue un poco absurdo —admitió Regina, gimiendo internamente al recordar la estupidez del relaciones públicas que lo había propuesto.

—Exacto.

—Pero eso no significa... —el intercomunicador pitó y Regina pulsó el botón—. ¿Sí, Wendy?

—El señor Graham Haley ha llegado para la reunión con usted y la señorita Swan.

—Hazle pasar, por favor.

A lo mejor él sería capaz de hacer entrar en razón a Emma, aunque Regina lo dudaba.

—¡Emma! Señora Mills, un placer verla de nuevo —saludó Graham Haley. Atravesó el despacho y estrechó la mano a Regina con entusiasmo—. Siento llegar tarde. El tráfico estaba colapsado. No, peor. Parecía un aparcamiento. —Tomó asiento cuando Regina le indicó una butaca y dio una palmada a Emma en el hombro mientras se acomodaba—. Así pues, ¿de qué hemos venido a hablar? Ponedme al día.

—Tu clienta no quiere cumplir su contrato —informó Regina sucintamente. Estaba tensa y no le apetecía suavizar sus palabras.

—Estoy seguro de que se trata de un simple malentendido — aseguró Graham , sin perder un ápice de su ancha sonrisa—. Cariño, ¿qué sucede? —le preguntó a Emma.

—No intento saltarme el contrato. Estoy lista para empezar a grabar, pero quieren que vuelva a cantar las mismas canciones idiotas que llevo diez años cantando.

—Como estipula tu contrato —apuntó Regina, reclinándose en su asiento y obligándose a tener las manos quietas sobre el regazo, en lugar de tamborilear con los dedos sobre el escritorio.

Emma se envaró.

—Mi contrato estipula que grabe dos discos de soul.

—Soul-pop —recalcó Regina, en voz deliberadamente acerada e implacable.

Fue consciente de cómo su tono afectaba a Emma. Esta frunció las perfectas cejas y entrecerró los ojos, aceptando el guante.

—La música soul tiene muchas facetas —afirmó en voz baja.

Aun así, se le notaba el enfado en el modo en que levantaba la barbilla y observaba a Regina con mirada afilada—. Si no puedo crecer y evolucionar como cantante y como artista, ¿de qué sirve? ¿Por qué tendría que esforzarme tanto y echarle tantas horas para sonar igual que siempre disco tras disco?

—Porque lo haces muy bien y porque es lo que da dinero — repuso Regina con prontitud.

—¡No puede ser todo cuestión de dinero! La música es mucho más que eso.

—Sabías lo que esperábamos de ti cuando firmaste el contrato. —Regina no le dio ocasión de replicar antes de dirigirse a Graham —. Y estoy segura de que le has explicado esto mismo a tu clienta más de una vez.

—Estoy aquí —objetó Emma con dureza—. No hace falta que habléis de mí como si no estuviera.

—Emma, un contrato es un documento vinculante —explicó Graham, en un claro intento de apaciguarla que sonó a condescendencia—. Hemos hablado de que...

—Por amor de Dios, Graham. Ya sé lo que es un contrato y a lo que me obligo al firmarlo. Vamos a dejar una cosa clara. Trabajas para mí. Tú me consigues las ofertas. Tú te interesas por mis objetivos, deseos y necesidades y haces lo posible por conseguirlos.

No resultaba muy difícil leer entre líneas. Lo que Emma estaba diciendo claramente era «Consíguelo o dejarás de trabajar para mí». Graham carraspeó, pero siguió sin perder la chispa de su sonrisa.

—Venga, venga —intervino—. Seguro que podemos llegar a un acuerdo sobre este asunto.

—Yo no estoy tan segura —negó Regina—. Emma parece empeñada en cambiar de género y los productores están preocupados por su falta de interés en lo mucho que les ha costado encontrar canciones nuevas para que eligiera.

—Créame, me han ofrecido la misma canción una y otra vez, así que no les habrá costado tanto. —Emma se puso en pie y se echó el bolso Prada al hombro—. Ya que ninguno de los dos está dispuesto a escuchar una palabra de lo que digo, os dejaré para que os pongáis de acuerdo. Graham, llámame cuando tengas algo positivo que contarme.

Por un instante, cuando Emma se colocó las enormes gafas de sol, pareció que el labio inferior le temblaba, pero no titubeó al escupir su despedida y salir de la habitación con aire furioso.

—Nunca había visto a Emma así —dijo Graham, ajustándose la corbata—. Normalmente es un pedazo de pan.

—¿Me estás echando la culpa de su comportamiento? —preguntó Regina, dándose unos golpecitos en la barbilla—. No es bueno para negociar.

—No, no, señora Mills. No era mi intención insinuar tal cosa —se escandalizó Graham —. Emma solo ha tenido más que buenas palabras hacia VMP y su gestión hasta ahora.

—Las palabras clave son «hasta ahora» —enfatizó Regina, que apoyó las palmas de las manos en su escritorio y se levantó de la silla—. Ya conoce mi opinión. Y si la señorita Swan cree que puede montar una pataleta y salirse con la suya solo porque es una superestrella, está muy equivocada. Si no atiende a razones y rompe el contrato, las penalizaciones serán importantes. Y por mucho que pueda creer que cualquier otra discográfica la recibirá con los brazos abiertos, que se lo piense dos veces. No es la única superestrella que hay ahí fuera, y la gente no está para tirar el dinero en estos tiempos.

—Dele tiempo para tranquilizarse. Hablaré con ella y con su madre si es preciso —afirmó Graham, que se levantó a su vez y alargó la mano—. Emma entrará en razón, me aseguraré de ello.

Algo en la voz del representante hizo que Regina se preguntara qué métodos de persuasión pretendía utilizar. Había algo en Graham Haley que no le gustaba y la incomodaba el modo en que trataba a Emma y hablaba sobre ella. Una cosa era que a Emma le hubiera dado por ponerse en plan creativo y explorar —algo que, en cualquier caso, tendría que hacer en su tiempo libre y con su propio dinero—, pero los modales dominantes de Brad no servirían para disuadirla. Era un enfoque que parecía tener en común con Owen Flynn

Regina se despidió de Graham con frialdad y volvió a sentarse ante su escritorio. La relación entre Emma y su agente no era asunto suyo, mientras Emma respetara el contrato. Sin embargo, mientras repasaba el correo electrónico, no era capaz de quitarse la mirada dolida y airada de Emma de la cabeza.


—A casa, Anton, por favor.

Emma se acurrucó en el asiento trasero de la limusina. Anton había escrutado su rostro con semblante sombrío en cuanto regresó al vestíbulo, en donde la había estado esperado pacientemente. La conocía muy bien y ni todas las gafas de sol del mundo bastarían para esconderle a él sus emociones.

—¿Estás bien? —le preguntó Anton, echándole una ojeada por el retrovisor.

—Sí.

—No es verdad —murmuró él—. ¿Qué ha dicho esta vez el capullo de tu agente? ¿O ha sido la Mills esa?

—Los dos. Da igual, tengo que volver a casa y prepararme para el viernes por la noche. No puedo preocuparme ahora de lo que piensen esos tiburones sedientos de billetes.

Emma trató de concentrarse en el mini concierto que tenía el viernes. Se suponía que tenía que cantar en un acto benéfico. Kathryn Nolan, editora y productora de Hollywood, se lo había pedido personalmente. Además de sus ocupaciones, llevaba una organización no gubernamental que, entre otras causas, recogía dinero para refugios de niños y mujeres maltratadas. Emma había accedido, pero no le pidió a Kathryn que contactara con su agente, sino que lo arregló todo ella misma. Tenía previsto cantar sus propias canciones, porque era una buena oportunidad para probarlas con público en directo, sin que la Mills o Graham interfirieran.

Solo pensar en Regina Mills le hizo fruncir ligeramente los labios para que no se le escapara ninguna ordinariez. La habían criado para no decir palabrotas, para ser educada y humilde en todo momento, pasara lo que pasara, pero cuando se calentaba, su reacción instintiva era estar de acuerdo con los que decían que Regina Mills era una tiburona empresarial y una zorra de primera. Siendo francas, Regina se había mostrado tan superior al resto de los mortales como en su fiesta de cumpleaños dos años antes.

«Y ha ido igual de sobrada.»

Cuando estaba en una habitación la llenaba como si físicamente fuera mucho mayor de lo que parecía. Emma calculaba que Regina debía de medir alrededor de uno sesenta, unos diez centímetros menos que ella. Y aunque la cantante siempre llevaba tacones de quince centímetros, Regina tenía tanta presencia que a Emma le daba la impresión de que eran igual de altas. A la hora de comerse a todo aquel que se le oponía, la voz ronca y profunda de Regina era también un valor a tener muy en cuenta. Extrañamente, la melena negra azabache que le caía a la altura de los hombros parecía de seda y los tonos suaves de maquillaje que utilizaba no solo le otorgaban una belleza clásica, sino que le suavizaban las facciones.

—Ya hemos llegado, Emma.

Anton aparcó en la calle, delante del complejo de apartamentos.

Mientras el portero corría hacia la limusina y abría la puerta, un grupo disperso de paparazzi zumbó alrededor del vehículo. Emma se aseguró de que llevaba las gafas de sol bien puestas antes de salir del coche.

Se abrió paso apresuradamente entre la pequeña multitud, el chasquido de las cámaras y las voces que reclamaban su atención.

El portero la condujo al interior del edificio y ella le dejó una generosa propina. Ya en el ascensor, mientras subía a su apartamento, hizo un esfuerzo por parecer contenta para no preocupar a su madre y a sus hermanas. Le había prometido a su padre que cuidaría de ellas y que nunca olvidaría sus orígenes. Una promesa era una promesa.


Emma metió sus partituras en la carpeta y comprobó de nuevo su aspecto en el espejo. Estaba un poco pálida, pero eso era fácil de remediar con algo de la surtida bolsa de maquillaje que llevaba siempre encima. En la puerta del dormitorio tenía colgado en su funda protectora el vestido negro largo que había escogido y se disponía a sacarlo cuando su madre asomó la cabeza.

—¿Estás lista, cariño? Anton ya ha golpeado su reloj cuatro veces.

—Como si eso sirviera de algo —Emma arrugó la nariz—. Nunca llego tarde, sencillamente llego justa.

—Eso es muy cierto —asintió Mary M., echando un vistazo al maletín. Se la veía preocupada—. ¿Así que al final vas a llevar tus temas?

—Sí.

Emma no quería discutir, porque si no perdería los nervios.

—¿Por qué ahora, cuando estás en mini crisis con VMP?

—Porque me apetece mucho cantar estas canciones con público —repuso su hija, encogiéndose de hombros.

—No quiero que creas que no estoy de tu parte, ¿pero qué habría de malo en ceder y hacer otro álbum más del estilo de antes?—preguntó Mary, y le acarició el brazo a Emma con cariño.

—Esa no es la cuestión —objetó Emma, que, aunque no retiró el brazo, se puso tensa—. Llevo diez años cantando estas canciones y diez años soñando con hacer otras cosas, otros temas. Mis temas. Eso es mucho tiempo. Me he ganado esta oportunidad.

—Ya veo. Nunca lo había mirado así. —Mary le acarició la mejilla a Emma y le dio un abrazo—. Adelante. Lo harás genial.

—Gracias, mamá.

En la limusina, Emma tarareó la melodía de la canción con la que abriría la actuación, con la esperanza de no olvidar la letra ni fastidiarla de alguna otra manera. Demasiadas cosas dependían del resultado de su actuación; se trataba no solo de su carrera, sino también de su autoestima. Su confianza en sí misma se tambaleaba, porque en el trabajo nadie había mostrado el menor interés en sus pensamientos e ideas. De vez en cuando, los productores la dejaban cambiar alguna palabra o incluso una frase, pero esto... esto iba a ser su bautismo de fuego.


Había al menos ochocientas personas concentradas en el auditorio del Hilton y el ruido de las conversaciones era ensordecedor, pero Regina estaba acostumbrada a las multitudes y había auspiciado suficientes juntas de accionistas como para no sentirse intimidada.

Después de ajustarse el chal semitransparente, se puso el bolso bordado de perlas debajo del brazo y bajó las escaleras. Al final la esperaba Kathryn Nolan, cuya asociación había organizado el acto benéfico.

—Regina, qué alegría verte —la saludó calurosamente.

Kathryn llevaba un vestido de noche de color azul pálido, a juego con sus ojos. Se había peinado el largo cabello rubio hacia atrás en una intrincada trenza francesa, y delicados mechones se le ensortijaban sobre la nuca. Sin la expresión austera que la caracterizaba, se la veía mucho más cercana que años atrás.

— Kathryn, ya sabes que no me perdería uno de tus actos por nada del mundo.

Regina se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla. Eran amigas desde que habían trabajado juntas en la creación de los famosos audiolibros Maddox. Los libros sobre Diana Maddox se habían convertido en un éxito inmediato y Kathryn había dado un paso más y había producido dos películas sobre la ilustre inspectora criminal lesbiana. Tras un noviazgo tormentoso, Kathryn se había acabado casando con Jim Frederick, que interpretaba a Diana Maddox en las películas. Emma echó un vistazo en derredor, en busca de la hermosa actriz.

—¿Dónde está Jim?

—En el estudio. Llega tarde, pero debe de estar al caer. Tiene muchas ganas de conocerte. Eso sí, te aviso: no le hizo ninguna gracia que te perdieras nuestra boda.

Kathryn guiñó un ojo a Regina y sonrió al siguiente invitado de la fila. Regina siguió adelante y se abrió paso entre la multitud. Se había fijado en una camarera con una bandeja de champán y pronto estuvo lo bastante cerca para hacerse con una copa.

—Por Dios, Regina, ¿tanta sed tienes? —comentó una voz conocida a su espalda.

—Pues sí, Elsa —Regina se volvió y saludó a su antigua amiga

—. Y sí, he tenido una semana muy dura después de volver de Londres, así que tengo mucha sed.

—No me digas que tus superestrellas están haciendo que te des a la bebida —bromeó Elsa mientras sorbía su propia copa de champán.

—No. Bueno, podrían si las dejara. Sería difícil encontrar gente más egocéntrica que ellas.

—Oh, venga ya. Te encanta hacer malabares con los famosos y ganar todos esos deliciosos fajos de billetes.

—¡Ojalá! —Regina saludó con la cabeza a un par de conocidos de negocios al pasar—. Todo el mundo tiene que apretarse el cinturón en estos tiempos.

Elsa se puso seria.

—VMP no tendrá problemas, ¿verdad?

—No, estamos bien. De momento. Pero como todos los demás, tenemos que ir con cabeza.

—Cuánta razón tienes. Hablando de superestrellas. He visto que tu joya de la corona actúa esta noche.

—¿Qué? ¿Quién? —se sorprendió Regina, que miró al escenario en donde había un piano de cola iluminado con luz tenue.

—¿No lo sabías? —se extrañó Elsa—. Emma Swan es la cabeza de cartel del acto benéfico. Saldrá dentro de unos minutos.

—No, no lo sabía. —Regina se obligó a relajarse, temerosa de que se le saltara un diente si apretaba más la mandíbula—. Pero bueno, no puedo seguir las actividades de todo el mundo. Cuando presides uno de los mayores sellos de Estados Unidos, es algo imposible.

—Ah, no seas humilde. VMP es el sello más grande. Punto.

Helena meneó la cabeza.

—¿Ya has estado leyendo el Forbes otra vez, Elsa?

—Es mi sustituta de la libretita negra —afirmó Elsa, con un guiño—. Nunca se sabe cuándo la lista de las más «ricas y poderosas» te puede ser útil.

—Zorra calculadora —musitó Regina, compartiendo una mirada de afecto con su amiga.

Elsa y ella habían dejado de hablarse durante dos años después de romper. Lo cierto es que Regina le había roto el corazón al dejarla, pero, en cuanto aclararon las cosas, habían encontrado en la otra una cordial amistad.

—Ya te digo. —Elsa miró por encima del hombro de Regina —. Parece que el espectáculo está a punto de empezar.

Kathryn subió al pequeño escenario, se colocó ante el micrófono y, tras comprobar algo a su espalda, se volvió y le dio la bienvenida al público.

—Gracias por venir a nuestra función benéfica para la Fundación Línea contra el Sida. Es un placer presentarles a una de las estrellas más brillantes en el firmamento de la música pop: Emma Swan.

Los asistentes prorrumpieron en aplausos atronadores en cuanto las luces de la sala disminuyeron y los focos iluminaron el escenario.

A la izquierda se agitó el telón y los focos recibieron a una esbelta mujer vestida con un fino vestido negro, largo y ajustado, que le dejaba los hombros al descubierto. Emma se había recogido el pelo rubio con mechas negros en una larga coleta, apartado de la cara, y las únicas joyas que llevaba eran unos refulgentes pendientes de diamantes. Regina contuvo la respiración cuando Emma se sentó al piano. ¿Qué estaba haciendo? ¿Dónde estaban las pistas de acompañamientos, los bailarines y los coros?

Emma observó las teclas un momento antes de alzar las manos despacio y empezar a tocar. El público guardaba un silencio absoluto, al parecer tan encandilado como la propia Regina. Cuando Emma empezó a cantar, la ejecutiva se quedó de piedra.

Mi reflejo en el espejo,

¿esto es lo que ven de mí?

Los que callan cuando llego

y se burlan al verme partir.

Con su asombrosa voz al piano, Emma contó la historia de una chica tímida y solitaria. En lugar de actuar como una leona que rugía sobre los escenarios, al acecho de su presa, cantó cada palabra con una sinceridad tan pura y una emoción tan desnuda que Regina retrocedió un paso, en busca de cobijo tras unos maceteros. Oculta entre las sombras, contempló a la revelación que era Emma bajo la implacable luz del foco que la iluminaba junto al piano. Se balanceaba al son de la intensa canción, mientras sus dedos volaban sobre las teclas. Regina trató de recordar si sabía que Emma tocaba el piano y que encima lo hacía tan bien. La melodía era muy bella, sin complicarse demasiado.

Pase lo que pase, no me rendiré.

Ayer, bien entrada la noche, hice una promesa.

Este viaje acaba de empezar,

pero estoy lista para resistir, estoy lista para luchar.

La voz de Emma llenó la sala y acalló al público con facilidad.

Cantó el estribillo una última vez y terminó lentamente, con unos últimos acordes nostálgicos. Tras un silencio sepulcral inicial, el público tomó aire al unísono y estalló en aplausos. Regina aplaudió hasta que le dolieron las manos, igual que todos los que la rodeaban.

—Dios santo, no sabía que podía cantar así —comentaba una mujer a su izquierda—. Claramente, la pequeña Emma Swan ha crecido.

—Pues sí —asintió enfáticamente un hombre—. Oh, bien, aún no ha terminado.

Emma empezó a cantar su segunda canción, con un tema diferente y una clave más baja. Al principio murmuró la melodía con dulzura, hasta convencer a Regina de que todo saldría bien.

Cuando empezó a cantar la letra, las primeras palabras la hicieron volver a la realidad. Se estremeció y estuvo a punto de derramar su cóctel.

Si crees que aceptaré un mero «lo siento»,

con algo tan simple tienes las de perder.

Prueba con un frío, frío diamante.

Te demostraré lo fría que puedo ser.

Era la típica canción de «mujer cabreada», pero la voz de Emma y la autenticidad con la que cantaba la convirtió en una crítica afilada a todo lo superficial.

«¿Es así como la han tratado? ¿Es esa su realidad?»

Regina se acercó al escenario sin darse cuenta de que estaba apartando a la gente con los codos para que la dejaran pasar.

Quería verle la cara a Emma de cerca, porque de algún modo necesitaba estar segura de que las letras eran sinceras y no fruto de la imaginación de Emma. Se detuvo a poco más de cuatro metros del escenario, en donde aún podía esconderse tras dos hileras de espectadores.

Emma aporreó las notas más amargas, y lágrimas, probablemente de ira, le brillaron en las pestañas como gotas de cristal. Entonces volvió a cambiar la música y las emociones de Regina volvieron a virar con la suave melodía y la voz baja y exquisitamente trémula. La canción se desvaneció con un último acorde dolorosamente intenso y el público volvió a recompensar a Emma con un aplauso entusiasta. Cuando se levantó del taburete del piano, la gente la vitoreó y coreó su nombre una y otra vez.

Emma no parecía creerse del todo lo bien que habían sido acogidas sus canciones. Con el micrófono agarrado con tanta fuerza que los nudillos le quedaron blancos, la cantante les agradeció a todos sus aplausos.

—Nunca había cantado mis canciones originales en público y estaba muy nerviosa, porque creía que a lo mejor solo me gustarían a mí.

La gente se rio y unos cuantos le gritaron en voz alta.

—¡Nos encantan! ¡Te queremos, Emma! —exclamó un joven cerca de Regina.

—Gracias. Yo también quiero a mis fans. —La belleza de Emma era casi extraterrenal cuando le lanzó un beso al joven—. Quiero acabar con una canción un poco más alegre. Espero que os guste. Se titula Algún día.

Esta vez Emma se sentó en una silla alta y alguien le acercó una guitarra acústica desde las sombras de la parte trasera. Probó un par de acordes y a continuación empezó a tocar una tonada melancólica, pero más animada, sobre soñar con el futuro. Regina se preguntaba hasta qué nivel sus letras eran autobiográficas y si Emma se daba cuenta de lo transparente que era para su público.

No creo que sea mucho pedir una larga vida de amor y felicidad.

Un compañero para el alma, un amigo de verdad.

Alguien con quien combatir la tristeza.

Quizá no sea ahora; quizá no sea pronto.

Pero entonces... ¡algún día!

Regina creyó que los vítoreos y aplausos no iban a acabar nunca. Tras hacer hasta cinco reverencias, Emma por fin se retiró del escenario. Regina se había quedado conmocionada; empezaba a creer que Emma tenía poderes psíquicos. Varias de las frases que había cantado, y especialmente el significado que se escondía claramente entre líneas, podrían aplicarse a la vida de la propia Regina.

La primera canción le había recordado los primeros y terribles meses que pasó en el internado a los once años. En un par de semestres había pasado de ser extremamente tímida a gobernar el internado. Había aprendido una lección muy valiosa en la vida: que sus compañeras se comían a las niñas tímidas y educadas para desayunar. Su madre había utilizado la transformación de Regina como prueba de que los internados eran una excelente herramienta para criar a los hijos, hacerlos fuertes y enseñarles a buscarse la vida. Pronto Regina se convirtió en la presidenta de varias asociaciones extraescolares en su colegio y se graduó entre las primeras de su clase. Hasta consiguió la mención a mejor estudiante de la promoción. Cora le había dejado claro que menos de eso sería inaceptable.

—Ha sido increíble. Ha crecido mucho creativamente — comentaba una voz familiar de contralto.

Regina regresó a la realidad, se volvió y se encontró con Kathryn justo detrás.

—Emma es fantástica. Te felicito por tenerla ligada, Regina.

—Gracias —contestó Regina, y le devolvió el abrazo a Kathryn —. Tú sí que sabes dar fiestas. Parece que ha sido todo un éxito.

—Gracias. Jim dijo... — Kathryn hizo un gesto de disculpa —. Lo siento, la campana me llama. Tengo que hacer de anfitriona hasta que pasemos al salón de banquetes. Estás sentada en nuestra mesa, así que te veo luego.

—Muy bien.

Regina echó a andar hacia las enormes puertas dobles, con la esperanza de evitar el grueso de la multitud que tendría la misma idea en cuanto Kathryn anunciara que la cena estaba servida. Echó un vistazo al escenario, ya oscuro, y evocó las melodías intensas e intimistas y las hechizadoras letras de las canciones de Emma.

«Me ha cogido por sorpresa. Eso es todo.»


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besos :*