Capítulo 2
Alberto
El rocío aumentaba el olor de las diferentes flores que marcaban el camino hacia una estatua de un gran toro al centro del jardín, el portón anaranjado estaba aún con candado. Una voz fuerte y aguardientosa preguntó en forma seca en la bocina del interfón.
-¿Quién?
- Don Chava, soy yo, usted me dijo que viniera- contestó el muchacho algo nervioso.
-Ya voy- dijo el hombre pausadamente.
La figura alta y un poco regordeta del hombre venía hacia el portón caminando con una leve cojera, Salvador rió estrepitosamente con un dejo de ternura y nostalgia, ese "huerquillo" le recordaba sus años mozos cuando él también buscaba una oportunidad en el ámbito taurino.
-Hay Gato, pareces pollo remojado- dijo todavía a distancia con las llaves en la mano.
El muchacho de ojos felinos traía el cabello mojado y peinado hacia atrás, su cuerpo todavía adolescente marcaba sus viejos pantalones de mezclilla y su camisa de cuadros roja reflejaba la dedicación de su dueño por plancharla. Impaciente caminaba de un lado a otro del enrejado creyendo que Don Chava jamás llegaría, cargó su mochila tipo militar y entró en cuanto el viejo le abrió.
-Madrugaste, Gato, te dije temprano pero no tanto, vas a tener que esperar al matador, se está bañando, acaba de llegar de correr.
- Ya ve, los matadores se levantan tempra… ¿No?- contestó con una sonrisa.
- Ven pásale a la cocina, estoy tomando mi café, acompañame…
-No, gracias, no quiero importunar- dijo el chico al llegar a la puerta de la cocina.
-¿Importunar?, hay Gato tu siempre con tus palabras domingueras. No, si no te ofrecí, dije que me acompañaras…-dijo Don Chava al soltar una carcajada y sentarse a la mesa donde lo esperaba una taza de café humeando…-Ándale chamaco, por los tacos que me has fiado…tómate una taza- Una muchacha de cabello largo y negro de acercó rápidamente a llenarle la taza al Gato con una gran sonrisa y una mirada coqueta aceptó las gracias de este, lo que hizo que el chico de piel clara se ruborizara y cambiara la mirada hacia Salvador.
Pásale- dijo una voz dentro de la biblioteca estilo rústico.
El muchacho entró marcando sus pasos con las botas queriendo que sus piernas no lo traicionaran.
Siéntate-pidió el hombre detrás del escritorio, tratándole de dar confianza estiró la mano para saludarlo, era un hombre de unos 40 años, no muy alto pero su presencia era apacible y tranquila, tan diferente en el ruedo.
Gracias matador, me dijo Don Chava que viniera porque esta buscando a alguien que le ayude en el rancho y que también le ayude cuando entrena…
Si,¿ tu eres el muchacho de los tacos que le gustan a Chava?.
Si, yo trabajo con Don Víctor-
También me dijo Chava que quieres aprender a torear-dijo Elías Cabrera, viendolo a los ojos y encontrando en ellos la chispa que el mismo tenía cuando era de su edad… quería comerse al mundo y ser el mejor torero, él también trabajó duro, venía de abajo… tal vez ese chico merecía la oportunidad.
Pues bien….
Alberto, Alberto Pérez- asintió el Gato.
Alberto-dijo Elías al recargarse hacia atrás en la silla, respiró profundo, era un presentimiento, todo iba a salir bien… ese barro era el indicado.- ¿Donde vives?
Con Don Víctor, mis papás murieron somos de Allende N.L. y el rancho se perdió, así que me vine a Monterrey a probar fortuna, también a estudiar con lo poco que tengo en el banco que me dejó mi papá. El quería que yo estudiara…bueno por lo pronto la prepa
¿Cuántos años tienes?
17
-¿Estás estudiando?
Si pero estoy en la prepa abierta para poder trabajar, y bueno, entrenar para torero…
¿De verdad te gusta la tauromaquia?
Si- dijo contundente
Ahh, ya veo, pues, ya tienes otro trabajo y otra casa-dijo Elías sonriendo.
Gracias matador-casi gritó Alberto…
No tan rápido, dos cosas, una quiero buenos resultados en todo, trabajo, escuela… veremos si entrenamiento… y dos, mucho cuidado con las muchachas… sin perder tiempo además mi mujer nos correría a ti y a mi juntos si se le va una de sus muchachas… nada de galanteos… sin tomar en cuenta que una de ellas es sobrina de Chava.
Gracias por la advertencia.-dijo el Gato con una mueca expresando que por lo pronto no le interesaba el tema de las mujeres.
Chava acompañó a Alberto a su cuarto, estaba al final del patio, era uno de tres, con la suerte de ser el que estaba cerca del baño; pequeño, apenas cabía su cama, un tubo para colgar ropa, una mesita y como decoración un poster de Leonora Montenegro en un vestido muy sugestivo y una litografía de un toro, al pie de esta, el mes de Mayo de 1981.
Pues aquí tienes tu suite-dijo Chava pronunciando la última palabra como se escribe.
Alberto aventó la mochila y se recargó en la pared, no se lo creía ya estaba donde quería, todo a pulso,
Ayúdenme, por favor, yo se que ustedes están de mi lado- dijo al cielo.
Los Cuates y Toño
Esteban buscaba la cocina como un naufrago a una madera, estaba muriendo de inanición.
-Sólo a la Tía Abuela se le ocurre dejarnos de hambre hasta que lleguen sus invitados…- dijo entre dientes
Sus cabellos negros resaltaban sus ojos del mismo color, sus pestañas topaban con los lentes que las tenían prisioneras, era alto para su edad y mas envarnecido que su gemelo, bueno más bien cuate, ya que Armando era físicamente diferente a él, su cabello era castaño claro y su ojos avellana, su piel era clara y sus facciones más finas que las de su hermano, era alto y sus músculos que prometían ser más fuertes en el futuro, empezaban a marcarse a esta temprana edad debido a la natación, su caminar era más seguro que el de Esteban, este a su vez era despreocupado, y en eso exhibía su seguridad.
A sus 12 años eran el orgullo de Rita, la tía de su madre,
los crió como si fueran sus propios hijos al morir Lucinda y Esteban en un accidente aéreo. Pero ese orgullo no lo dejaba ver seguido ya que era muy estricta con ellos, pero realmente eran su talón de Aquiles.
-La señora Joanna habló para decir que van a llegar hasta después de las dos- dijo Dorotea a Rita.
-¿Hasta las dos?- dijeron sin pronunciar palabra los cuates solo se miraron.
- Yo ya no puedo- dijo Esteban, empezó a caminar con sigilo sin que Rita lo notara y corrió a la cocina
-Juanita, Juanita- dijo al entrar a la cocina esperando no encontrarla, para su sorpresa, juanita no estaba, pero como un ángel caído del cielo, vio esa figura era pequeña, delgada, su cabello negro recogido en una cola de caballo estirada como si quisiera convertir sus ojos negros en representantes de la raza oriental y con una gran sonrisa estaba Sandra, enfundada en ese uniforme que odiaba, pero tenía que usarlo cada vez que Joanna y Rita tenían invitados.
- SHHH-hizo una seña para que no hablara Esteban.
-Ten, los hice para ustedes, ya se que los invitados van a venir más tarde-dijo al entregarle un par de sándwiches.
La chica de su misma edad no solo era parte de la servidumbre, se había convertido en el tercer mosquetero de juegos, era un muchacho más para ellos. Originalmente
Sandra dejó la casa-hogar para ir con los Linares y ser la compañera de juegos con Elisa pero podría decirse que por incompatabilidad de caracteres Sandy terminó como sirvienta que se pasaban Joanna y Rita.
Sin embargo, para la chica todo le era para bien, los cuates eran sus amigos y cómplices.
-Ya llegué- dijo Armando al abrir la puerta de la cocina.
-Aquí tienes algo para que aguantes-dijo Sandy.
- Hay, gracias, eres nuestro ángel.
-Cuidado con lo que dices manito, porque te puede escuchar tu novia.
-Yo no tengo novia- dijo tajante
-¿Y que tal Anita Landeros?-contestó Esteban molestándolo.
-¿Landeros?- gritó Sandy en silencio.
-Bueno ya, ya, lo importante es que viene Toño,- dijo Armando para cambiar de tema.
-Si ahora vamos a estar completos Sandy- dijo Esteban al dar un sorbo de su refresco.
- La verdad, no creo que me vaya a caer muy bien su primo, porque Elisa lo menciona mucho… ha de ser igual que ella y Néstor y para aguantar a otro de esos, mira, paso sin ver-dijo Sandra al tratar de disimular su nerviosismo por ver de nuevo a Ana. ¿Cómo estará? ¿Cuánto habrá crecido? ¿Le iba a hablar?, lo que menos le importaba era el famoso primo Toño.
El cielo a pesar de ser mayo, para Sandra estaba gris, caída de rodillas frente a una de las bancas de ese jardín que tanto había cuidado estaba llorando, ya se había despeinado y sus ojos estaban hinchados, Ana siguió en su papel de sobrina aceptada por Valeria Landeros… eso le dolió más que los regaños y humillaciones que se explayaron Néstor y Elisa en hacerle.
"Solo está obedeciendo a su mamá"- recordó lo que dijo el príncipe. Eso la hizo dudar de lo que sentía, era dolor por una hermana perdida o envidia porque ella ya tenía lo que quería.
Una mano se acercó para ofrecerle un kleenex. Pensó que era Armando.
Gracias, Armando
Yo no soy Armando- dijo una voz extraña pero suave.
Sandra levantó la cabeza y no podía creer lo que estaba viendo, era el príncipe, se talló los ojos para enfocar bien.
El chico se acercó para ayudarla a levantarse.
-gracias, yo puedo sola.- se levantó como un resorte y se sacudió el uniforme y le sonrió.
-hola ¿Cómo estás?-dijo familiarmente.
-Bien… ¿Ya nos conocíamos? – dijo el chico extrañado
Ella lo releyó con la mirada, ¿Porqué no la reconocía?, su voz ese acento algo agringado no era del príncipe la verdad no lo recordaba muy bien, solo en sueños, ya hacía cerca de dos años de su encuentro.
Al ver la cara de confusión de la chica, el muchacho decidió presentarse.
Me llamo Antonio Dawson, bueno también soy Zambrano
Pero en Estados Unidos no usamos el apellido de nuestra madre.
-Ella sonrió, más por vergüenza, temió verse descubierta de su error, pero aún lo seguía mirando.
-Y ves, te ves más bonita cuando te ríes que cuando lloras.
-¿Eres tú?¿No te acuerdas de mí?
-No sé que dices, pero si sé quien eres, eres Sandra ¿verdad?
-Si- contestó Sandy, todavía desconcertada.
