El cementerio del mundo.

La mañana se desvaneció con el sol de la tarde el cual incendiaba los helados paramos más allá de las faldas del monte, en un cuadro de pardos, verdes, amarillos y demás colores que componían un prisma único en la sepulcral calma del cementerio del mundo. Tal vez, se dijo a si mismo, se debía a la ausencia de contaminación de las industrias ahora abandonadas que podía gozar de ese paisaje, una suerte de revancha de la naturaleza en contra de la desagradecida especie que lo daba todo por sentado, pero ese verano sin esperar mucho de la monotonía del cambio de estaciones, el sol llegó antes y la nieve se derritió con prontitud. Creyó por ello que tendría una temporada fácil, al menos así fue hasta que las tormentas volvieron a arreciar.

Por suerte había reparado el techo del templo así como su refugió en las tierras altas, nada impediría que las varitas de incienso cuidadosamente colocadas se consumiesen a cabalidad.

Esperaba que su pequeño ofrecimiento fuese suficiente como para comprar la indulgencia de algún dios y así, de algún modo, hallar la paz antes de ir a encontrarse con ella al otro mundo.

"Bueno, te veré mañana", le dijo al despedirse, "Con algo de suerte podré traer flores silvestres"

Dando media vuelta se alejó del templo y retomó su rumbo por las calles desoladas, a su alrededor, en todas direcciones, la vegetación comenzaba a devorar los edificios de hormigón barridos por las hojas traídas por el viento, creando así un contrastante de deslucido gris y blanco bajo el verde vibrante de las plantas. Había notado con cierta satisfacción como un pequeño brote que resquebrajó el pavimento apenas un par de años atrás ya estaba aferrándose a una señaletica y dando pequeños capullos que dentro de poco se abrirían.

En las calles, en cada punto en que la civilización retrocedía nacían flores. Dentro de poco, nada quedaría de la humanidad e incluso él terminaría por desvanecerse.

La idea de desaparecer ya no le producía la misma angustia de antes, tras años de silenciosa contemplación el aceptar su destino se había vuelto fácil, pero algunas cosas… algunas cosas jamas dejaban de pesar, ciertos asuntos lo perseguirían para siempre.

Aquel dolor fantasma que lo agobiaba de vez en cuando regresó a atormentarlo, era una vieja herida de combate obtenida en un momento de supremo valor y estupidez, de la clase que uno podía vanagloriarse frente a otros sin pensar demasiado en lo aterrado que estuvo en realidad al momento de conseguirla.

Ese día casi la pierde…

"Debe divertirse mucho allá", comentó para si mismo, imaginando que ella vivía protegida y feliz con el resto del grupo.

Por un instante sus entrañas se retorcieron y la extrañó a más no poder, así, con la bilis agolpándose en su garganta maldijo al cielo y al infierno.

De todos ellos, de todos los que le importaban era a ella a quien menos quería dejar atrás… pero la verdad era que Alice no tendría un futuro si el grupo no salía de la isla y en cuanto a Kohta... pues ya estaba acabado, sin importar cuánto intentase razonar consigo mismo seguía llegando siempre a la misma conclusión.

Debía alejarse y llevar consigo ese dolor fantasma, todas las pesadillas, las noches en vela, su mirada hambrienta cada vez que esa porción de cordura comenzaba a fallarle y la bestia interna susurraba sobre la inminente traición, el hecho de que constantemente tuviese que reprimirse para no gritar en su presencia ni desmoronarse cuando el terror comenzaba a devorarlo...

Sobrevivir… no debería ser tan sencillo para alguien tan débil como él ni tan difícil para una niña que era completamente inocente.

"He matado niños, bueno, ya estaban muertos pero eso no cambia nada..."

Se cruzó de brazos mientras que sus dientes rechinaban, ¿a cuántos pequeños cuerpos había puesto a descansar?, ¿cuantas chicas iguales a Alice habían caído ante él?, ni siquiera llevaba la cuenta y a pesar de eso, recordaba cada rostro con exactitud, cada rostro que se asemejaba a su pequeña Alice.

Sus dedos rozaron el crudo mango del machete que le acompañaba al cinto, ¿no había sido así como comenzó la última vez?, en cuanto logró zafarse de sus captores y acorralar a ese monstruo antes de partir su cráneo a golpes…

En ese momento pudieron haberlo matado, cualquiera de ellos que hubiese sobrevivido podría haber cortado su garganta antes de que sus amigos pudiesen intervenir.

"Maté a tanta gente ese día, y ellos no eran como los otros, a pesar de que se lo merecían"

Era consciente de su propia fragilidad, incluso con su multitud de planes de emergencia debía de reconocer que existía una infinidad de factores que él en ningún caso podría controlar, era obvio que eventualmente se le acabaría la suerte y ningún estratagema de último minuto sería capaz de salvarlo.

Sabía que un día, su propia mente terminaría por traicionarlo y la soledad, la terrible soledad que era todo lo que lo motivaba y todo lo que lo destruía acabaría con su persona.

"Ojala nunca me hubieses visto hacer eso", se lamentó en silencio, "Ojala… ojala no supieras lo débil que soy"

Alrededor de esa pequeña aldea que había clamado como su hogar había dejado señales para que nadie osase a acercarse, no solo el cráneo de su despreciable profesor descansaba sobre una estaca, sino el de muchos otros a los que asesinó mientras se las arreglaba con su grupo para sobrevivir. La idea era que cualquiera que caminase por allí supiera que alguien más estaba acechando y que era mejor dejarlo en paz.

"Esta mucho mejor sin mi, mucho, mucho mejor..."

Con el sol golpeando su espalda volvió a su hogar, huyendo de un espectro que de seguro lo perseguiría por el resto de su vida.

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Aquella voz insidiosa, llena de un desmerecido orgullo… aquella voz infectada de falsa sabiduría y bondad, nunca, en toda su vida había llegado a sentir tanto desprecio por alguien como lo que sentía por esas personas.

Un nido de víboras, eso eran, un asqueroso nido de serpientes follando y comiendo y defecando y violando y matando y mintiendo… un asqueroso agujero de putrefacción al que había llegado después de un fatídico encuentro entre su grupo y el de ellos.

Perdieron a varías personas ese día, buenas personas. Al final, Takashi tuvo que retroceder para proteger al resto mientras que él se quedó para distraerlos.

Lo capturaron en una encrucijada, lo ataron como a un animal y lo llevaron a esa escuela primaria que tenían tomada como base, allí, presenció lo peor de la especie humana, vio actos grotescos e inhumanos que lo quebraron más de lo que ya estaba.

Lo que le hicieron allí, lo que tuvo que ver… Kohta lo recordaba todo, hasta el último detalle, incluida la aparición de esa idiota, la misma que al parecer se las había arreglado para sobrevivir como la perra del grupo ahora que su amiga era alimento de gusanos, la misma que se reía cada vez que el otro imbécil lo acosaba a más no poder.

Las ganas de soltarse y estrujar ese delgado cuello casi lo hacen perder la compostura e ignorar la propuesta que le tenía, era bastante sencillo, ella quería vivir y sabía que era cuestión de tiempo para que se hartasen de su persona y acabase muerta y ultrajada como tantas otras, también sabía que Kohta tenía una vendetta personal en contra de ellos y que dada la oportunidad, no dudaría en acabarlos. Lo único que requería era una oportunidad, y ella se la proporcionaría.

Cortó entonces la cuerda y lo dejó salir, para luego guarecerse como una rata y dejarle el trabajo sucio.

Lo que vino entonces fue una carnicería, fue de uno por uno, siempre en silencio y en cuanto los tuvo a su merced…

El último en perecer fue el maestro, al darse cuenta de que no quedaba nadie para salvarlo trató de negociar, y en cuanto se dio cuenta de que nada podía ofrecer intentó apelar a la buena naturaleza de Kohta.

Lo que recibió en lugar de piedad fue un solido garrotazo en medio de la frente, así como otros habían terminado asfixiados, o con la garganta rebanada o el corazón perforado, no usó balas, las balas eran demasiado buenas para ellos, las balas eran para cosas importantes, no para malgastarlas en monstruos como Shido, no, no, los monstruos como Shido merecían acabar igual que las cucarachas.

No escuchó los gritos de sus compañeros o tal vez los ignoró, tampoco le prestó atención a esa oportunista que trató en vano de detenerlo, pues nada importaba en ese instante, nada salvo acabar con esa bestia para que nunca más volviese a atormentarlos.

Solo cuando se dio cuenta de que Alice le tenía miedo descubrió que aquel remedo humano a sus pies no era el único monstruo presente, solo entonces comprendió que la había dañado de manera permanente al destruir a una de las pocas personas en las que podía confiar.

Una angustia inmensa se apoderó de su corazón, un horror como ningún otro que lo acompañaría por el resto de su vida.

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Sin que Kohta lo supiese, alguien se había aventurado demasiado cerca de su refugio. Ya sea por suerte o mero descuido, logró evadir las tétricas advertencias dejadas por el solitario sobreviviente para alejar a los intrusos, no fue sino hasta que se topó con un cráneo humano empalado en una estaca que se dio cuenta de que algo andaba mal.

Al principio, la idea de regresar a buscarlo le había parecido sencilla, con cada año que pasaba habían menos de esas cosas alrededor y en cualquier momento lograrían volver a tierra para empezar a reconstruir. Tal vez nunca conseguirían igualar lo que antes tenían, sería una labor casi imposible luego de que ese pulso electromagnético dejase inservible gran parte de la infraestructura del país, sin embargo, todos estaban esperanzados, todos deseaban recuperar siquiera un atisbo de normalidad.

Sin embargo, existían varios contratiempos a considerar, siendo una posibilidad que ellos no fuesen los únicos planeando volver, aunque ese panorama parecía cada día más lejano.

La posibilidad de encontrar supervivientes disminuía con cada estación y los que encontraban… pues siempre venían con problemas, muchos de las cuales parecían ser demasiado para que el pequeño grupo médico apostado en el muelle. La verdad,era que con sus escasos recursos el volver a tierra terminó por ser una necesidad, y el reconstruir era el primer paso para recuperarlo todo, incluyendo a los supervivientes.

Se figuró que debía de estar en algún lugar y que al ver las señales de su llegada, pronto aparecería, pero conforme pasaban las estaciones tuvo que enfrentar una nueva decepción.

Se dio cuenta de que no sería tan sencillo como creía, nada lo era, nada lo sería.

Creyó que ese lugar podría darle una pista, había notado humo desde lejos y asumió que se trataba de él, ni siquiera pensó en los días previos al rescate, la forma sutil y desdeñosa con la que se fue apartando de todo el mundo hasta que, en el momento de subir al ferri y escapar desapareció por completo.

El muelle ardió ese día mientras que detrás de la gruesa cortina de humo, la figura del chico que siempre la protegió era subsumida por las siluetas terroríficas de una monstruosa marea inhumana.

Alice comenzó a retroceder, a decir verdad, ahora que prestaba atención el lugar se veía mucho menos acogedor que antes, pensó entonces en volver con sus amigos y decirles que el ir por esos lares era una mala idea, y apenas dio dos pasos lo confirmó, al terminar de espalda contra el suelo con su tobillo derecho firmemente sujeto por una cuerda.

La alerta fue de inmediata, y el señor de esos dominios solitarios descendió a toda velocidad en búsqueda del transgresor que venía a importunar su paz.

Una sombra se plantó frente a Alice, ocultando con su silueta el horizonte dentado por las copas de los árboles.

"¿Quién eres y qué haces en mi pueblo?"

La joven estuvo segura de que moriría en ese instante, eso, en el mejor de los casos.

Pero… reconocía ese rostro, incluso con el paso de los años estaba segura de que se trataba de la misma persona a la que buscaba.

"Alice...", dijo en un hilo de voz, temiendo lo peor, "Mi nombre es Alice"

El extraño hombre se agachó frente a ella y cortó la cuerda para liberarla de esa trampa, luego, la agarró del cuello de su camisa y la ayudó a ponerse de pie.

"Se hace tarde", comentó en un gruñido, "¿Puedes volver por tu cuenta?"

"Eso creo...", murmuró Alice, viendo con preocupación como el sendero al refugio se volvía menos claro.

"Entonces vete antes de que oscurezca más", le ordenó ese hombre, "Quedan algunos en los alrededores"

Estaba a punto de irse, no tenía nada más que hacer en ese lugar, pero…

Su mano halló la muñera del desconocido, se giró para observarlo con atención, debía ser él, tenía que ser él, pues eran sus gafas y sus ojos y su nariz, incluso su voz...

Había esperando el verlo cambiado, pero no de ese modo.

"Ven conmigo", susurró él, guiándola por un sendero en medio de las calles abandonadas.

Alice no opuso resistencia.

"¿A dónde me llevas?", preguntó al darse cuenta de que habían llegado al final de una calle que daba directo a un bosque.

"Un lugar seguro", contestó Kohta, "Mañana volverás con los tuyos y si sabes lo que te conviene no volverás a mi pueblo"

La joven asintió y trepó junto con él hasta el refugio en la copa de los árboles. Kohta le alcanzó un cuenco lleno de agua fresca y algo de pescado ahumado.

"Sabía que estabas vivo", susurró Alice, "Sabía que no morirías, nadie más me creyó pero yo sabía que tenía razón"

Aquella vieja herida protesto con venganza, todo se saldría de control con ella conociendo su paradero. Tendría que mudarse lejos, internarse en lo profundo de las montañas y quedarse allí de manera indefinida para no arriesgarse a ser hallado, pero antes… antes se aseguraría de llevarla sana y salva de vuelta con los suyos.

Sintió sus delgados brazos envolviéndolo y se preguntó cómo lograba soportar la podredumbre que lo envolvía.

"Te extrañe mucho"

De forma culpable le devolvió el abrazo, odiando lo mucho que la había extrañado y pidiendo fuerzas a Asami para poner distancia entre los dos apenas llegase un nuevo día.