Ambar escucho una fuerte explosión que sacudió la jaula y pronto sintió chocar su cuerpo contra algo húmedo y fríos que le hizo temblar; Instintivamente contuvo la respiración no sabiendo que debía hacer en aquel momento o que tan profundo se encontraba. Finalmente escucho el particular sonido de otro cuerpo chocar con en agua y pronto se encontró siendo sujeta al estilo nupcial por alguien.
Dio grandes bocanadas al sentirse fuera del agua y sintió el frío suelo debajo de ella haciéndola soltar un alargado suspiro de alivio. Con sus manos quito cuidadosamente el agua de su rostro e inhaló antes de soltar el aire por su boca.
— ¿Quien está allí? — Cuestiono finalmente deseando saber quien había sido su salvador. No obstante no obtuvo más respuesta que una mano posándose en su cabeza antes de escuchar pasos alejándose. — ¡Espera! — Lo último que deseaba era quedarse sola.
No escucho mas pasos retumbando y supo que aquella persona se había marchado dejándole a la deriva; torció su boca en un gesto y se levanto tambaleante estirando sus manos hacia adelante con el fin de evitar chocar con algo. Aun podía sentir aquella peculiar energía pero un poco más lejana que antes y sabía que si quería respuesta debía ir hacia ella.
Avanzaba siendo las más cuidado pasible y cada que tanteaba un terrenos un salida volvía a intentarlo, hasta que finalmente dio con una salida y aquella energía se sintió un poco más fuerte. Sonrió levemente al saber que lo estaba consiguiendo y siguió tanteando hasta que se encontró con un nuevo reto; escaleras.
— De todas las cosas, ¿por que esto? — Ambar elevo su mirada arriba aun cuando no podía observar nada y alzo levemente sus brazos. Sin embargo y sabiendo que no obtendría nada de aquella manera avanzo siendo aun más cuidadosa y luego de agitar como una completa loca sus manos comprendió que aquellas escaleras no tenían barandilla.
«¿Tu me odias?.»
Cuestionó resignada mientras se apegaba a la pared y subía lentamente escalón por escalón sabiendo que la prisa solo le traería tropezones innecesarios que podrían poner su vida en peligro. Y si bien ella no podía ver lo hermoso de la vida como el resto, amaba vivir y sentir como nadie.
Se reprendió a si misma por quejarse de aquella situación y en silencio agradeció las cosas buenas; Como el haber sentido aquella energía tan pura y cálida y aquella persona que le rescato en su momento de soledad y miedo. Podía continuar de ser necesario, pero el infinito y aparente largo de aquellas escaleras lograba distraerla en gran medida.
— Dame una señal de que todo saldrá bien — Ambar sintió que cuando estaba por rendirse algo le impulsaba a seguir. Y con una relajante e inesperada brisa que había aparecido de la nada dio un último paso para notar como los escalones habían acabado finalmente.
Sonrió levemente feliz de finalmente salir de aquella situación y el sentir aquella energía cada vez más cerca le hizo extender sus brazos y estirarse un poco para finalmente dar unos cuantos pasos y avanzar, o eso intento.
— ¿Una pared? — Sintió su cuerpo chocar contra algo duro y firme poco lo que confusa dio un paso hacia atrás y tanteo aquella superficie en busca de descifrar de que se trataba, además de que mentalmente se regañaba por no haberse ido con cuidado como anteriormente.
— ¿Uh? — Un joven de considerable estatura con peculiar cabellera plateada Y ojos dorados observaba por sobre su hombro y con completa extrañeza como aquella chica que había chocado con el tocaba sin vergüenza alguna su espalda. — ¿Qué haces? — Arrugo su entrecejo.
Ambar dio un leve brinco seguido de un chillido al escuchar a aquella profunda e imponente voz bastante cerca para su gusto. Confusa movió si cabeza en todas las direcciones intentando saber de dónde provenía hasta que finalmente sus ojos se abrieron como platos y alejo lentamente te sus manos.
«Trágame tierra.»
Suplico retrocediendo lentamente unos cuantos pasos pero siendo cuidadosa de no tropezar y terminar por perder la poca dignidad que le quedaba.
— ¿¡Tu de nuevo!? — Aquella voz que reconoció enseguida le hizo saltar en su lugar y girarse algo tambaleante hacia donde supuso que estaba aquella mujer que se había encargado de que le encerraran en aquella celda.
— Miiko — La voz de aquel hombre mencionó ese nombre que ella supuso pertenecía a aquella mujer. Un fuerte agarre en su muñeca le hizo soltar un jadeo de sorpresa y por reflejo intento liberarse.
— ¿Esa es la intrusa de la que hablabas? — Otra voz aterciopelada y con un toque seductora se escucho por el lugar y aunque ella se sorprendida de saber que había más de una persona no tenía tiempo de ponerse a pensar en eso.
— ¿Realmente es peligrosa? Desde aquí puedo notar como tiembla — Otra voz cargada de ironía y burla le hizo arrugar su entrecejo sin dejar de forcejear un solo segundo, no estaba para discutir algo que sabía era cierto.
— No sé cómo has escapado ¡Pero regresarás a la celda! — Ordeno de forma firme y dura por lo que Ambar soltó un sollozo y se encogió en su lugar de forma casi inmediata. Aquella situación comenzaba a asustarla de sobremanera y aun no sabía dónde se encontraba o como había llegado.
Todos los presentes observaron con sorpresa lo indefensa que se mostraba la chica en aquel momento y el cómo sus ojos se llenaban de lágrimas que luchaban por querer escapar.
— Deberías dejar que hable al menos, Miiko — Una suave y tranquila voz que trasmitía calma hablo en su defensa. Sintió el agarre en su muñeca aflojarse y al instante frotó con su otra mano la zona afectada sin emitir algún sonido.
— ¿No hablarás? — La irritada mujer parecía perder la paciencia con cada segundo que trascurría y no dudaba en demostrarlo. — ¡Solo perdemos el tiempo! ¡A la celda! — Exclamo enojada.
Al escuchar aquello Ambar intento correr y nuevamente termino por chocar contra aquel fuerte hombre, lo reconocía por su peculiar aroma a madera y hierro. Sabiendo que no tenía escapatoria y reprochándose por ser tan descuidada solo se aferro a aquel hombre.
Sintió como su rostro era alzado al tiempo en el que escuchaba fuertes y pesadas pisadas que venían en su dirección.
— Miiko — Aquella voz salió en un tono que pedía espera. El de peculiar cabello plateado observo aquello preciosos ojos azules empañados por las lágrimas, profundos y brillantes pero con algo diferente. — Es ciega — Dijo de la nada alzando su mirada mientras soltaba a la chica.
— ¿Qué? — La voz atónita de aquella mujer seguida de el resonar de pasos le alerto, por lo que cuando su rostro fue girado con poca delicadeza dio un pequeño brinco en su lugar y luego su entrecejo se frunció levemente.
Miiko observo aquellos ojos que si bien eran expresivos tenían una ligera capa opaca y no miraban ningún punto exacto. Suspiro y soltó el rostro de la joven mientras retrocedía dos pasos.
— Realmente esta chica es ciega — Afirmo para sorpresa de todos quienes observaban a aquella joven que y comenzaba a sentirse más que incomoda sabiendo que de seguro era el centro de atracción ene se momento.
— ¿Qué haremos con ella? — Y aquella pareció ser la pregunta del millón.
