La noche era fresca, los perfumes de la habitación inundaban el ambiente, Loras deslizó la mano por el firme vientre de Oberyn, cubierto de aceites esenciales, parte del ritual de su amante Ellaria.
Meterse en la cama de los dornienses había resultado casi natural, las caricias, los besos, permitir que Ellaria lo tocara, pero lo que Loras deseaba era a Oberyn Martell, y ahora que la mujer, rendida del juego, dormía, era el turno de Loras de iniciar un ritual diferente.
Oberyn despertó al sentir las caricias, sonrió a Loras, mirándolo de nuevo con esos ojos de serpiente, tan peligroso, tan bello, Loras se abalanzó sobre él, besándolo y tocándolo donde quiso, completamente desnudos iniciaron una lucha, Loras consiguió imponerse, sonrió descarado a la víbora, le enseñaría que las rosas también tienen espinas.
