Un comienzo insidioso, espero que les guste. Esta historia apenas comienza y con ella mucho misterio.


-2-

Detonación.


Sus ojos se encontraron nuevamente, ese día en especial hacía mucho frio, de hecho, se podía apreciar perfectamente cómo el vaho de su boca se ondeaba frente a él. Estaba nevando, hacía meses que nevaba y no había nada en la tierra que pudiera parar esta nueva era glaciar.

Sus ojos se encontraron entre la gran ventisca… y a pesar de que no podían oírse el uno al otro estaban completamente seguros de los pensamientos del contrario.

No era noche ni mañana, no era bosque o tundra, simplemente se trataba de un evento más, una situación en la que el frágil mundo se vería involucrado en quizá el inicio de la destrucción.

—¿No sientes el frio? – preguntó entonces uno de ellos. Armado de color negro y neblina oscura, un hombre vestido de caballero cuya armadura recordaba a la postura de un demonio descansaba en el suelo de aquella gélida tierra, estaba sentado contra un enorme pino, a pesar de todo el viento helado y la terrible tempestad sus ojos eran tan penetrantes cuan soles.

—No, ¿Tú sientes frío? – le respondió la amable voz de su rival. Totalmente contrario a su existencia aquel ser era tan blanco y puro… desgraciadamente no se podía ver entre las corrientes invernales que iban y venían. La espesura de la nieve le impedía verle el rostro con claridad, pero algo sí era seguro, la radiante luz de un amanecer coronaba su cuerpo.

—Jamás… - el caballero negro se levantó de su aposento. Su rostro era tan negro y su casco y yelmo emitían una espesa neblina junto con aquel vaho cálido, señalando que aún dentro de aquella monstruosidad existía vida.

—Todo comenzará ahora… por fin puedo verlo. – habló el ser blanco.

—Ya nada volverá a ser lo mismo.

—¿Por qué nosotros? – eso había sonado lastimero.

—¿Por qué no? – el guerrero dio un paso al frente. —Te amo. – dijo con voz baja y la nieve, poco a poco comenzó a mermarse.

—Yo también…- y entonces un gran haz de luz cegó aquel magnífico sueño.

Naruto abrió los ojos repentinamente mientras se revolvía incomodo entre los gruesos cobertores que cubrían sus pies de por sí envueltos de gruesas botas. Estaba haciendo demasiado frío y lo único que había podido conseguir a cambio de unas cuentas monedas de plata fueron dos cobertores de piel de un mamífero que no sabría identificar.

Naruto miró hacia arriba para encontrarse con el techo rocoso de una cueva llena de filosas estalactitas que, si llegasen a perturbarse y romperse lo más seguro sería que lo atravesarán por completo. Hizo un gesto desconsolado al tiempo que cubría su rostro con sus manos enguantadas. No quería pensar en la posibilidad de morir, lo había arriesgado todo para poder encontrar su destino y ahora la sola idea de ser atravesado de manera injustificada le quitaba todavía más el sueño.

Suspiró para olvidarse al menos un minuto de su suerte e intentó recordar el sueño que acababa de tener. Últimamente tenía extrañas visiones de dos guerreros armados que se encontraban furtivamente y charlaban para después lanzarse uno al otro. No entendía por qué podía verlos y escucharlos. Siempre había algo que se interponía en su sueño y él. Lo más curioso de todo esto era que sí podía identificar a uno de ellos; le conocía pero no profundamente y la idea de poder ver esto le convencía de que existía un vínculo entre los dos que él no podía interpretar.

El muchacho se frotó los ojos y decidió no pensar en aquellos sueños, porque simplemente no podía pensar en cosas que no entendía. Así que se llevó la mano hasta el cuello y buscó entre sus pesadas ropas un pequeño relicario de plata que guardaba celosamente de la vista de todo el mundo. Lo abrió con cuidado y la foto de su interior le hizo sonreír.

La sonrisa y la mirada grabada de la mujer de la cual estaba enamorado. Naruto recordó la razón por la que había emprendido aquel fantástico viaje en busca de esperanza.

—Hinata. – musitó para sí.

Que difícil era estar enamorada… y al mismo tiempo en guerra.

Uzumaki Naruto no era una persona común y corriente. Él era el hijo del Gran Minato Namikaze, el Emperador del Norte, una vasta tierra que gobernaba todos los confines del extenso mundo hasta una línea que dividía su tierra de otro imperio. Como una línea ecuatorial las dimensiones de los reinos eran idénticas a media masa de un continente; y precisamente esa zona era la peor de todas, pues estaba constantemente bajo el ataque del reino vecino.

Sí, el gran reino blanco, o como muchos lo llamarían, El Imperio del Sur; una tierra igual de extensa y rica que la del Norte, pero con un gobernante igual de testarudo que el gran Minato. El poderoso Hiashi Hyuuga, el líder de uno de los clanes más interesantes del mundo y enemigo número uno de la nación del Norte… sí, un enemigo, si no fuese porque Naruto sólo lo veía como a un hombre testarudo y gruñón, padre de la mujer a la que amaba… la gentil y tímida Hinata Hyuuga.

Ellos se conocieron cuando eran niños… en aquellos tiempos parecía que todo estaría bien, que las cosas entre las grandes naciones se había acabo finalmente. Fueron tiempos de tregua y paz, el rey Minato y el emperador Hiashi entablarían una reunión para plantear los términos de aquella tregua.

Se reunieron en un punto neutro, ahí la reunión se llevaría a cabo sin la interrumpió de ningún distractor. Naruto la conoció cuando paseaba por los recovecos del enorme palacio en donde se erigía la tregua. A sus quince años era un muchacho travieso y curioso, pese a que su padre insistía que tuviera siempre prudencia, Naruto gustaba de entrometerse en asuntos que iban más allá de su fuerza y comprensión. Le encantaba…

Ese día se encontró en uno de los grandes jardines a una frágil doncella que era perseguida por varios hombres que intentaban hacerle daño. Naruto se interpuso entre ellos y la rescató. Resultó herido, pero nada que una compensación sentimental no curase, la chica le pidió eternas disculpas y le curó con cuidado. Naruto quedó maravillado por su delicadeza y sin pretenderlo… se enamoró de ella. A Hinata le pasó igual, pues no podía evitar sonrojarse de manera despampanante cada vez que el joven la miraba con intensidad. Pasaron el resto de la tarde justos y cuando nadie les miraba se dieron su primer beso. Fue tan romántico, si no fuera porque la princesa se desmayó en los brazos de Naruto al instante.

A la mañana siguiente la tregua fracasó. Hiashi, escandalizado por el suceso del intento de asesinato de su hija mayor, culpó al imperio del Norte y las disputas volvieron; sin darse cuenta que en realidad la cacería de la misma chica había sido originada por propios partidarios del reino del sur para continuar con esta absurda guerra.

Ahí tuvieron que separarse y antes de que fueran separados nuevamente Hinata le regaló el relicario, y Naruto, sin nada para darle a cambio le hizo una promesa… que siempre serían el uno para el otro. Lástima que las circunstancias no era propias para aquel amor, pues los conflictos se hicieron cada vez más extensos y al cabo de diez años más la guerra seguía tan caliente como al principio.

Pero esto no impidió a la pareja mandarse cartas y mensajes secretos. Ansiaban verse con fervor y en diez años sólo lo consiguieron cuatro veces, en donde después de elaborados planes y uno que otro aliado se las arreglaban para escabullirse entre los muros de grandes ciudades y verdes prados.

Pero ahora era diferente. Naruto había desaparecido hacía dos años de su reino… y la razón de ese viaje incognito no podía ser rebelada, no hasta que encontrara su objetivo. Después de todo… se lo había prometido a él.

Ya llevaba mucho tiempo en aquellas gélidas montañas, buscando incansablemente el misterioso templo que según lo prometido lo llevaría cada vez más cerca de la verdad y le revelaría el paradero del Creador. Pero por el momento, tendría que vivir con las peripecias que todo desventurado lidia. Se recostó una vez más en intentó alimentar el fuego con aquellos leños mojados por la nieve. Hizo una mueca de desagrado, durante toda su vida él había sido un príncipe y le habían servido de tal manera que, ahora que tenía que vivir miserias le hacía sentirse desconsolado… pero una elección era una elección; y desesperado por la inmensa guerra que había durado generaciones enteras, cada vez que veía a las personas perecer y sufrir por los estragos de un conflicto tan antiguo que llegaba a perder el sentido… se sentía más responsabilizado por hacer lo correcto.

Aunque sonase utópico.

¿Pero que estaba buscando realmente? Bueno, en realidad no lo tenía muy claro, cuando escuchó sobre ese milagroso Creador, pensó que se trataba de un sabio de antaño capaz de viajar en el tiempo. El precio por averiguar cómo encontrarlo fue el silencio y por ello también había escogido la soledad. Había recorrido el mundo en secreto, mientras que la guerra se intensificaba, y cada día rogaba porque el mundo no pereciera repentinamente.

Si tan sólo las cosas fueran diferentes.

Cerró el relicario y lo guardó mientras dejaba emitir un espeso vaho. Extrañaba las comodidades pero sabía que todo su sacrificio era necesario… lo deseaba más que una cama tibia, lo deseaba tanto como ver el rostro feliz de su amada.

—¿Estás reconsiderándolo? – la voz pastosa, quieta y maquiavélica de las sombras hizo a Naruto sentir un escalofrío de miedo y no biológico.

—¿Siempre estás velando por mí? – preguntó mientras disimulaba el pequeño susto que acababan de darle.

—No. – las llamas se hicieron pequeñas y en cuestión de segundos se apagó el pequeño fogón, provocando que la terrible sensación de congelamiento abatiera a Naruto.

—Mira lo que has hecho. – protestó, mas la entidad, negra y grande se acercó desde el fondo de la cueva hasta posarse sobre las brasas de ahora muerto fuego.

—Quería asegurarme de que seguías vivo. – le dijo casual.

—Pues lo estoy. – le dio la espalda. —Deberías irte a dormir o algo así, ¿Eh, Malvolo? – la mención de aquel nombre profético hizo que entre las tinieblas se dibujaran un par de ojos rojizos.

—Parece que no has viajado en vano. Ahora sabes uno de mis nombres. – la criatura caminó hasta la salida de la cueva. A pesar de la tempestad, la luna lograba colar pequeños destellos de luz, dejándose contemplar la figura de un ser envestido con una armadura tan negra como la noche.

—Eso creo. – Naruto salió de sus cobijas y se acercó a él. Malvolo, como le habían llamado antes, era visiblemente más alto que Naruto, su armadura, parecida a la de un caballero de antaño, repleta de signos mágicos y legendarios, en cuya espalda descansaba un par de alas negras que recogidas al frente simulaban una capa y cuan casco y yelmo tenían el aspecto de un demonio cornado que indicaban que no se trataba de un ser común.

—Está aquí.- dijo de pronto. Los ojos rojos del ser atravesaron el alma de Naruto cuando sus miradas se encontraron. Naruto se estremeció, Malvolo nunca le había mirado con tanto desosiego desde la vez que se conocieron.

—¿Quién? – se atrevió a preguntar.

—Eous. – y después se esfumó mientras su sombra se fundía con su cuerpo y lentamente desaparecía en la oscuridad nocturna.

—¿Eous? – Naruto corrió a su mochila y sacó un viejo libro que había encontrado en sus viajes. Al momento la fogata volvió a encenderse, dejándole claro a Naruto el dominio que dicha criatura tenía sobre la oscuridad. Se acercó al fuego para leer y hojeó el vejestorio hasta toparse con lo que anhelaba.

Dejó caer el libro al suelo con desesperación. No podía ser posible… el tiempo… se había acabado.

La verdadera guerra se desataría muy pronto.

En el libro se apreciaba con un lenguaje antiguo: Ir Renarcem Re Angel Ir Drakos Ger Cisclos Terminus…

Que traducido decía: Y con el renacimiento de la luz y la oscuridad el ciclo termina.

No le quedaba mucho tiempo, tenía que encontrar al Creador o la advertencia que Malvolo le había dado el día en que se conocieron se volvería realidad.

—…Si quieres que tus deseos se cumplan será mejor que lo hagas rápido, humano. Porque muy pronto Eous estará aquí y el principio del final dará comienzo.

¿Quién es Eous?

Mi némesis.

Recogió sus cosas lo más rápido posible y tomó una antorcha cuyo fuego se tambaleaba en la ligera línea de la inexistencia. Corrió hasta el interior de aquella cueva. Se había prometido esa misma tarde que descansaría de su agotador ascenso a la montaña y en la mañana buscaría el lugar que, después de tanto investigar había conseguido ubicar.

Tal como esperó el terreno era escarpado, resbaloso y congelado. En varias ocasiones se tropezó y tuvo que correr más rápido para evitar ser aplastado por la nieve o las estalactitas. El camino era cada vez más angosto y acogedor. Llegó a un punto en los que las aberturas eran tan pequeñas que sólo su cuerpo solo cabría y tendría que deslindarse de su equipaje para poder pasar.

Lo primero que hizo fue lanzar la antorcha al otro lado, arriesgándose de que cayera en un charco congelado o nieve y se apagara, pero era lo único que podía hacer. Dejó su equipaje y se coló forzadamente entre las grietas de esa profunda cueva. Recuperó su fuente de luz y continuó caminando. Y justo cuando pensó que no llegaría a ninguna parte se sorprendió al descubrir una enorme y rocosa pared que le decía, era el final del camino.

—No. – musitó pávido. No, esto no podía terminar así. Había gastado dos años de su existencia, esfuerzos y tras esfuerzos, se había enfrentado a peligros mortales… ¿Para esto? Cayó derrotado mientras apretaba los puños hasta dejárselos blancos de la presión. Malvolo lo había engañado, los sabios lo habían timado y su propia voluntad estaba hecha pedazos.

—¡No, no, maldita sea! – rugió mientras tomaba la antorcha y la clavaba en el suelo. Era el fin, Malvolo se lo había advertido, antes de que el guerrero de la luz llegase a la tierra él debía encontrar al Creador, de otra manera la verdadera guerra se desataría y todo sería peor.

No en vano había tenido visiones sobre ellos y no en vano aquel ser oscuro se lo había advertido. Naruto sabía que en ocasiones como estas la desesperación no ayuda y la frustración simplemente nublaba la vista para continuar buscando… pero ahora simplemente no necesitaba de esas cosas para darse cuenta que era el final de su búsqueda fútil.

El joven miró la pared de piedra llena de moho y pequeñas incrustaciones de cuarzo y pensó por un segundo lo hermosa que se vería si le prendía fuego y el resplandor iluminaba las piedras como un enorme vitral de colores.

—Bien, no he venido aquí para nada. – tomó el fuego y lo acercó al moho. Inmediatamente el material encendió como si se tratara de petróleo, no fue hasta que un olor característico llegó a Naruto que se dio cuenta que no eran hongos, sino una masa aceitosa altamente inflamable.

Como en un sueño profético, la pared de piedra se incendió en todas sus dimensiones y en el techo, hileras de aceite rodearon la cueva en un perfecto rectángulo que le dio a Naruto una visión completa de aquella magnífica cueva. Se trataba de una cámara secreta, en donde las paredes ardían lentamente y cuyo fuego se extinguía después para dar paso a hermosas figuras y lenguas muertas que apenas entendía.

Y detrás, en el fondo, yacía un monumento que se desmoronaba por la edad. Naruto se acercó a él hasta encontrar la peculiaridad de que en los ojos de aquella estatua de mujer y hombre (un hermafrodita) se encontraban dos hermosos rubíes rojos. La imagen de la fusión masculina con la femenina dejó pasmado a Naruto, pero sobre todo por una inscripción que descansaba en la base, una que por cierto, era muy borrosa. Acercó su fuego y leyó lentamente.

—Decaenes Incenrium Materas. – El significado podía variar pero Naruto estaba seguro de conocerlo. —¿Qué querrá decir? – tocó las letras y entonces descubrió más letras. —Drakrocius It Angelus Kirien Oerfen Perfectus.

De manera sobrenatural la cueva tembló y el techo comenzó a perder fragmentos de roca sólida. Naruto corrió a protegerse bajo el busto de la estatua y de pronto el fuego del techo se apagó repentinamente. Naruto revisó alrededor con su antorcha y se alejó un poco hasta quedar frente a la estatua. Cuando intentó verle el rostro el fuego se apagó y para sorpresa del muchacho los ojos de aquella hermosa figura brillaban como dos centellas.

Y pasó.

Sintió como una espesa energía pasara a través de su cuerpo en una convulsión tónica. Fue capaz de ver muchos colores, entre ellos tonos rojizos, dorados, plateados y blancos; pero también contempló sombras y al final de aquella catarsis sintió un dolor opresivo en su pecho que lo dejó sin aliento. El cuerpo de Naruto cayó inconsciente al duro piso de aquella cámara y repentinamente las masas de cantera de la montaña se derribaron sobre él.

Esa noche en especial, Hinata descansaba pasivamente en la habitación de su gran palacio. Últimamente se había sentido desanimada y perdía el tiempo descansado o leyendo en la biblioteca. En ocasiones, visitaba la gran comuna de correos o iba con su amigo y confidente, Shino, uno de los mayordomos de la corte y que le ayudaba siempre que lo necesitaba. A pesar de que ya hacían dos años desde que Naruto había desaparecido repentinamente y que nadie en el mundo parecía conocer su existencia, Hinata todavía tenía la esperanza de recibir una carta de él.

La idea de que estuviera muerto o encarcelado por haber descubierto su relación secreta la aterraba. En varias ocasiones no pudo dormir de la preocupación que le generaba su angustia. Ella le amaba más que a cualquier hombre, pero en hecho de no saber de él le hacía dudar en ocasiones. En varias oportunidades su padre la presentó ante condes y generales de guerra de su confianza para que escogiera un marido, según él, ya estaba lo suficientemente grande para casarse y no quería que pasara el resto de su vida cohibida en el castillo sin compañía más que de sus sirvientas y flores; pues a Hinata le encantaban las flores.

Resignada a pasar otra noche en vela, Hinata se recargó en una gran poltrona de madera fina y comenzó a mecerse. Cerró los ojos somnolienta, ya llevaba tres días con insomnio y pareciera que esa noche podría descansar un poco. Inevitablemente se quedó dormida un instante y al hacerlo sintió como si algo en su interior se estremeciera y la hiciera temblar de los pies a la cabeza. Abrió los ojos incomprensiva y miró a todos lados. Nada, si habitación estaba vacía.

Pero de nuevo un zumbido extraño la dejó perpleja. Se escuchaba como el sonido de un pequeño temblor. Se levantó cuidadosamente y salió de su habitación, extrañamente, los pasillos estaban más que vacíos y ni siquiera la guardia merodeaba los alrededores. Intentó convencerse a sí misma que había sido su imaginación, pero un pálpito apelmazado la hizo darse cuenta que algo iba mal.

Caminó por los pasillos hasta llegar a una escalera que deba al sótano, o mejor dicho, a la cámara de los tesoros de la familia. Las palpitaciones de su corazón la persuadieron de seguir adelante. Bajó por una escalera en espiral y cuando llegó a la gran puerta labrada en acero y piedra simplemente tuvo que esperar a que un pequeño cristal que portaba consigo diera en una cerradura construida exclusivamente para dicho material, cuya posesión era de la familia real.

Las puertas se abrieron de par en par los candelabros en el interior se encendieron automáticamente. Fuera de ser fantasmal y escalofriante, Hinata se sintió maravillada y se adentró a la sala sin precaución alguna. Llegó a un sitio en especial. Ahí, tras una vitrina de vidrio reforzado y con una descripción solemne figuraba uno de los tesoros más antiguos y valiosos de su familia.

La funda de la Luz.

Una funda, en la extensión de su palabra. Se trataba de un viejo retazo de tela y cuero en cuyo centro se encontraba una hermosa esmeralda. Le llamaban Avalón, un tesoro que recordaba a una leyenda del Viejo Mundo, en la cual Avalón era una isla legendaria donde descansaban los restos de un poderoso rey. Las escrituras decían que Avalón, es decir, la funda de espada, tenía la capacidad de otorgarle a quien la poseyera la capacidad de curarse al instante de cualquier lesión o enfermedad.

Sin embargo, Avalón era más que eso. La historia de su obtención era confidencial, pero según las explicaciones de Hiashi a su hija cuando era pequeña, Avalón tenía el poder de la Luz dentro de ella. Y con Luz… se refería a un mito más intenso que las habilidades de la funda.

Hinata la contempló en silencio, de alguna manera le parecía que la esmeralda en su centro estaba brillando. Se acercó más a la vitrina y tocó el cristal. Al hacerlo las varillas que figuraban el contenedor salieron disparadas hacia afuera y los trozos de material se destruyeron dejando caer la funda al suelo.

Hinata retrocedió asustada y revisó su mano, la cual sangraba por el vidrio roto. Pero ignoró este hecho y se apresuró a recoger la funda, era un tesoro valioso, no podía dejar que se estropeara. Mas fue su frustración al darse cuenta que su sangre impregnaba la prenda sin previo aviso y la hermosa joya del centro se llenaba de su sangre.

—No, no. – rogó en silencio, si no encontraba la forma de limpiarla alguien la descubriría y la regañaría. Pero al posar nuevamente su mano sobre la piedra ésta resplandeció.

Una onda mística y poderosa la mandó al suelo y mientras intentaba descifrar que sucedía las puertas de la cámara se cerraron rotundamente, Hinata gritó ante el ruido y saberse atrapada, la funda se elevó en el aire y todo el cuerpo, ya viejo y arrugado se rehabilitó enseguida. Una fuerte luz emergió desde el interior de la prenda y la esmeralda dejó emitir una onda sónica que dejó aturdida a Hinata por unos segundos. Parpadeó un par de veces y, todavía mareada su mente la llevó a pensar en cosas que no conocía.

Palabras. Leguas muertas. Hinata sintió la enorme necesidad de decirlas aún sin conocer su significado. Se levantó, casi poseía por la propia luz del cuarto y tomó la funda entre sus manos. La herida se curó al instante y ella pudo leer una frase escrita en la funda.

— Ir Renarcem Re Angel Ir Drakos Ger Cisclos Terminus… - musitó, fuera de su propia mente.

Al decir aquellas palabras la funda resplandeció aún más hasta cegarla por completo. Hinata se alejó y contempló como poco a poco la luz iba concentrándose en un solo punto hasta que tomó forma.

La imagen de un ser viviente la hizo retroceder mientras sudaba asustada. Era un humanoide vestido de una blanca armadura que protegía todo su cuerpo. Su peto, hombreras y brazos fue lo primera que contempló, pues la esmeralda de la funda quedó en su pecho. Después vinieron sus piernas y su casco, el cual estaba cerrado en una máscara dorada y blanca que asimilaba la forma de un dragón o demonio, sólo que no tenía cuernos, sino pequeñas extensiones como si fueran espinas radiadas, como la corona del sol mismo.

En su espalda se veían dos hermosas alas blanco con dorado, las cuales descansaron después de extenderse por completo. Sin duda, parecía un hermoso arcángel que venía desde el cielo. Podía ver una piel blanca y delicada, a través de recovecos de la máscara, al igual que sus ojos, que eran verdes como el jade, y un poco de su nariz, sus labios también estaban a la vista entre los colmillos de una bestia dorada en su máscara.

La criatura no estaba armada, pero en sus manos habían garras tan filosas que le revestían las yemas de los dedos que pensó que, si llegase a tocarla se cortaría en un santiamén.

Intentó no sentir miedo. Se acercó lentamente a la criatura, la cual era más alta que ella por unos centímetros y, a pesar de temblar cuan cervatillo decidió hablarle.

—Dis-Disculpa. – tartamudeó, típico en ella. —Me… llamo Hinata. – la criatura, quien miraba a la nada enfocó su vista en ella en un movimiento brusco de la cabeza y eso intimidó más a Hinata. —¿Cómo… te llamas?

Pero en vez de recibir una sonrisa o algo por el estilo, Hinata observó cómo letárgicamente el caballero se inclinaba sobre ella y le atacaba sin previo aviso. Una de las garras de oro pasó a un lado de mejilla izquierda y la sola brisa causó que su mejilla se cortara. Hinata miró aterrada a la figura, quien se levantaba y sacudía levemente para atacarle de nuevo.

Hinata corrió hasta la puerta para salir, pero a una velocidad casi inaudita, la criatura la tomó del hombro derecho y la haló hacia tras. Hinata cayó al suelo y le miró desde abajo. Observó cómo se preparaba para atacarle nuevamente y rodó a la izquierda esquivando el ataque pesado. El suelo del castillo se destrozó ante el contacto. Hinata corrió hasta una esquina y de manera predatoria, la criatura se acercaba a ella con ambas garras extendidas.

Desesperada Hinata tomó lanzas y objetos y los lanzó contra ella. Se asustó al ver que los objetos rebotaban en su cuerpo brillante y cayó de rodillas sin esperanza. Pero entonces, los gritos de los guardias al otro lado la consolaron.

—¡Majestad, princesa! – golpearon la puerta insistentemente y a pesar de que deseaba correr hacia ellos y abrir no creía que lograra escabullirse tan rápido.

La garra le atacó de frente y se movió lo más rápido posible, esta vez el corte fue más profundo en su hombre derecho y Hinata apretó los dientes para retener su dolor. Corrió hacia la puerta, sacó su cristal y antes de introducirlo en la cerradura sintió que la tomaban de la cabeza.

La alzaron en el aire de manera sorpresiva y su cuerpo se quedó forcejeó un poco provocando que el cristal se le cayera. Fue lanzada contra una colección de alfombras caras y aun así pensó que se había contusionado la cadera.

—¡Princesa! – la guardia real estaba desesperada.

—No, por favor… - musitó ella cuando se encontró cara a cara con la criatura, una vez más.

—¡Hinata! – ahora era la voz de su padre del otro lado.

—Papá… - musitó mientras sus lágrimas corrían libres. De nuevo sintió que le tomaban de la cabeza, apretándole como una prensa en el cuero cabelludo. Gritó de dolor, pero al menos no la habían levantado sobre su propia altura, sólo estaba de pie, sosteniendo aquella garra de oro y forcejeando inútilmente, rogando por no morir.

Una garra de la criatura se hizo hacía atrás, preparando la estocada y el terror dominó su cerebro; cuando el filoso material estuvo a punto de atravesarla… se desmayó.

La calidez del sol acarició el rostro de Hinata y junto a ello la mano compasiva de su padre la hizo abrir sus ojos.

—¿Padre?

—¡Hinata! – desesperado el rey se inclinó más sobre ella.

La chica observo alrededor, estaba en su cama, en su habitación, era como si lo de anoche hubiese sido un sueño.

—¿Estoy… viva? – preguntó aturdida.

—Sí, hija. – su padre le miró comprensivo. —Ayer en la noche los guardias me informaron de lo ocurrido, sea quien sea que invadió la cámara familiar se salió con la suya… y robó a Avalón. Sin olvidar… que casi te mata a ti.

—¿Avalón? – el rostro de Hinata se puso pálido. Entonces todo había sido cierto, ella había sido testigo de un suceso por demás divino; y por si fuera poco casi muere en el intento. Observó sus heridas, efectivamente tenía vendas en su hombro y rostro, algunos rasguños en la espalda y la dolorosa sensación de pesadez en la cadera, seguramente por haber sido arrojada.

—Hinata. – su padre la sacó de sus pensamientos. —¿Qué hacías en la cámara real a esas horas de la noche? ¿Puedes explicarme que fue exactamente lo que pasó?

—Pues… - guardó silencio un momento, ideando las palabras correctas para explicarle a su padre lo que había vivido.

—Adelante hija, dímelo todo. – Hinata le miró un poco cohibida, su padre rara vez se comportaba de esa manera tan atenta, ella era su hija, claro, y la quería mucho, pero la mayor parte del tiempo era un tipo frío que se apartaba de ella para planear nuevas estrategias bélicas.

—Tenía insomnio y salí a dar un paseo… - dijo ella, mientras pensaba qué sería lo más correcto para decir, no estaba segura que su padre le creería, así que tenía que suavizar las cosas, por no decir modificarlas.

—Majestad. – la puerta de la habitación sonó.

—¿Sí? – Hiashi se levantó.

—Su hermano acaba de llegar.

—Enseguida voy, Shino, gracias. – el emperador se acercó a la puerta de la pieza y miró a su hija en un leve instante. —Me lo contarás después, hija. Debo atender un asunto, en unos minutos llegará el médico real. Ah, y tu desayuno está en la mesa. – dicho esto salió en silencio.

Hinata suspiró, de por si era difícil el recordar lo que había vivido, ahora contarlo sonaba aún más complicado. Se relajó un momento y se volvió para tomar la bandeja de comida y desayunar en la cama, estuvo a punto de alcanzarla pero sintió un dolor punzante en el brazo. Se recorrió automáticamente para evitar sentir ese escozor. Hizo una cara triste, no comprendía cómo es que había escapado de ese destino tan cruel, todavía podía sentir la enorme garra sosteniéndole la cabeza, preparándole para ser atravesada.

—¿Necesitas ayuda? – una voz desconocida pero usualmente amable la dejó tiesa. Dirigió su vista a la punta del balcón, de donde había provenido aquella misteriosa voz. Sentada sobre el barandal de mármol se encontraba una chica desconocida.

Su cabello era rosado, su piel tan blanca como la nieve y sus ojos… eran familiarmente verdes. Estaba vestida por una túnica preciosa de color blanco y negro. Estaba ligeramente sujeta de la cintura y podía apreciar que debajo de ella estaba descalza.

Hinata miró a la puerta, la cual estaba cerrada y se sintió algo estúpida de pensar que ella había entrado por la ventana.

—Disculpa pero… ¿Quién eres?

—Ah, perdona mis modales. – la mujer se acercó y extendió su mano hacia Hinata. —Perdona que entrara como si nada, mi nombre es Sakura.

—Oh… - Hinata le sujetó la mano, aún desconfiada. —Soy Hinata… perdona pero, ¿Cómo entraste aquí?

—Volando. – contestó con simpleza.

—¿Eh? – Hinata en cambió la miró sorprendida. —¿Pero cómo es que…?

—Sí, verás. – Sakura sonrió ligeramente. —La razón es simple… - apretó la mano de Hinata y ella le miró preocupada. —Mi nombre es Sakura, pero además de ese tengo muchos más.

La mirada de Hinata se transformó en una de terror cuando una luz inmaculada rodeó a aquella persona y ante sus ojos la imagen de la misma criatura de la noche anterior se materializaba y al mismo tiempo que sujetaba la mano. Se llevó su mano libre a su boca para contener un grito desgarrador y después miró la mano que aún sostenía la mano de Sakura, la cual ahora estaba entrelazada a un guante dorado.

—No… no puede ser… - musitó al asustadiza mujer.

—Cómo te dije… tengo más nombres. Hola… - su voz se había distorsionado repentinamente. —Yo soy Eous de la Luz.

Hinata no pudo evitar reconocer el nombre. Eous significaba, en una lengua sumamente antigua: "El que hace lo correcto". Y eso sólo se refería una cosa… Ella estaba frente a una de las criaturas más sagradas del cosmos.

—Eres un Perfecto. – musitó.

Ahora el detonante acababa de explotar. Los dos guardianes estaban en la tierra y la leyenda acababa de cobrar más vida que nunca.

Continuará…

Eous y Malvolo son nombres asignados ellos por una razón, pero tal como ambos lo dieron a entender poseen más nombres además del obvio. (SasuSaku) Cada nombre tiene un significado.

PD: El lenguaje antiguo lo inventé yo, pero de igual manera lo hice pensando en un significado.

Espero que esta historia les esté gustando, todavía falta mucho por descubrir, así que espero que les guste el misterio, por que habrá mucho.

¿Merece un comentario?

Yume no Kaze.