A día de hoy, sigo siendo dueña de mis sueños e ilusiones, pero no de Sherlock ni sus personajes, que lo son de la BBC y ACD, pero nunca pierdo las esperanzas ;)

Segunda parte...me ha costado, porque aunque tenía una idea de cómo la quería, al final, como si tuviera vida propia ha salido algo totalmente distinto de lo que había pensado. Espero que os guste, si no podéis lanzarme todos los tomates que haga falta.

De nuevo, muchas gracias por leer, por los comentarios dejados y la gente que ha marcado esta historia como favorita y la está siguiendo ¡Gracias¡

Capítulo editado 11/12/13


Capítulo 2: El mundo a sus pies


Dvd número 1

Jim se encontraba sentado en una mecedora blanca, situada al lado de una cuna de madera de ese mismo color, cuyos barrotes aparecían tapados por una manta azul con un oso bordado. Mecía con suavidad a un recién nacido en sus brazos, mientras tarareaba una canción infantil con voz dulce y melodiosa, típica de tenor irlandés que conseguía siempre emocionar el corazón de quienes le escuchaban, conmoviendo su alma al llenarles de sentimientos.

Con una delicadeza casi etérea acariciaba el rostro del niño con el dorso de su mano derecha. Sus ojos, cuando se fijaban en el objetivo de la cámara, que se encontraba grabando la escena enfrente de él, solo transmitían un amor feroz hacía la pequeña forma de vida que sujetaba posesivamente. Con cuidado de no despertarle de su sueño comenzó a hablar, sin levantar la mirada del estudio sin fin al que estaba sometiendo al infante dormido, memorizando todos los detalles, desde la forma graciosa de la nariz diminut,a a como los pequeñas manos se cerraban en minúsculos puños cerca de su delicado cuello.

- Este querubín que tengo en brazos totalmente dormido es mi Johnny Boy, mi pequeño niño, mi ángel, mi John. Acaba de nacer hace unas horas y ha pesado dos kilos con quinientos gramos, lo que está muy bien, porque eso significa que está sano como un roble. Él es único, es mi hijo y sólo por eso es ya un tesoro que nadie más podrá aspirar tener jamás. Ningún ser hay más como él en el mundo, digno de tenerlo todo y el resto de la estúpida humanidad se deberá inclinar ante su sola presencia, si no, les haré yo arrodillarse y caer de bruces delante suyo. Pero, por él mismo es la perfección más pura que existe sobre la Tierra, es como si un ángel hubiese caído del cielo y tomado forma humana en el hijo del ser más cercano a un demonio que haya nacido jamás como hombre. Al fin al cabo, querido Sebastián, tal vez, debamos recordar que los demonios son ángeles caídos y que sus hijos, si son lo suficientemente puros, van a ser capaces de recuperar la gracia perdida en la caída. Solo sé, que por él, conquistaré y subyugaré el mundo si hace falta, aniquilaré países y esclavizaré a la estúpida gente que malvive sus ridículas vidas en ellos. Si hace falta, le regalaré la cabeza de Sherlock Holmes o del hombre de hielo que tiene como hermano, si se acercan demasiado a su presencia, aunque antes les torturaré haciéndoles contemplar lo que nunca podrán poseer en sus vidas vacías.

- Jim, enséñale más a la cámara, que se le vea el rostro, es su video presentación en sociedad, y solo se ve la manta y tu mano.- Se escuchó la voz del otro hombre que grababa, rompiendo el monólogo delirante del feliz padre, que le miró con una sonrisa que hubiera sorprendido a cualquier persona que tuviera negocios con él, tan llena de vida, tan cotidiana como el reflejo del orgullo de un padre hacía su hijo.

- Si Seb, es el protagonista ¿no? ¿A qué es hermoso, mi Johnny Boy? Pequeño, el pesado que sostiene la videocámara es tu tío Sebastián. Debes saber que él matará por ti a quien se acerqué demasiado y tenga malas intenciones. Nunca nadie te hará nada si se encuentra cerca, va a ser tu protector más fiel, como si de un perro guardián se tratase. Al fin al cabo es tu tío y va a ser como un segundo padre para ti, si algo malo me pasa a mí, pero que nunca pasará. Pero no olvides recordar, mi pequeño John, que tu padre de verdad siempre seré yo, el único y verdadero, es mi sangre la que corre por tus venas y tu corazón es el mío. Verdad Seb, ¿qué Johnny es mío, sólo mío?

El irlandés miró más allá del objetivo y sonrió exuberantemente a su amante al ver su respuesta silenciosa afirmativa, mientras le indicaba que acercase la cámara a los brazos donde sujetaba cariñosamente a su bebé, que parecía que acababa de despertar de su sueño, por los movimientos inquietos que empezaba a realizar, y que su padre calmo con un pequeño mecido de sus brazos, mientras volvía a tararear tenuemente unos instantes, antes de volver a hablar.

- Hagamos las presentaciones bien entonces. Este lindo y precioso niño es John Hamish Moriarty. Elegí esos dos nombres porque John significa "él lleno de gracia" y no hay nada más que verlo para darse cuenta de que esa es la verdad más evidente sobre su naturaleza pura; y Hamish "aquel que Dios recompensará", porque sólo le espera lo mejor en su vida. Tengo que confesar que la razón principal para elegir el segundo es que quería nombrarle con mi mismo nombre, pero era demasiado aburrido y confuso tener dos James en la misma casa, así que me decidí por la variante escocesa, más única, más especial, más como mi pequeño niño. Sus nombres reflejan toda su perfección, lo que le hace especial y lo que le va a deparar la vida en un brillante futuro. Mi pequeño niño tendrá el mundo a los pies.

- Tú se lo pondrás en ellos. Más vale que empiecen a temblar los que se quieran oponer a ello.- La voz de Morán parecía perderse en el fondo de la idílica escena que presentaba Moriarty con su hijo en brazos, nadie nunca podría poner en duda el amor y la devoción que el irlandés tenía a su hijo. Pero quien no se dejase engañar por las plumas de colores que siempre exhibía en su comportamiento, temblaría ante la locura absoluta que se escondía detrás de la mirada de amor devoto que presentaba el hombre, la obsesión que el ligero toque de su mano sobre la suave piel del bebé mostraba en los gestos de posesión inconsciente que iba marcando en ella mientras hablaba. Torturaría, quemaría vivo y después destruiría, pedazo a pedazo, la vida de quien tratase de arrebatárselo, hasta sólo dejar un montón de cenizas a sus pies.

- Escucha a tu tío Seb, que me conoce demasiado bien, te voy a dar el mundo, mi niño, y pobre de quien trate de impedírmelo. – Sonrió feliz ante el dulce gorjeo que hizo el bebé en ese preciso momento, como si diese la razón a las palabras pronunciadas por su padre. Lo alzó hasta que su cabecita se encontraba a la altura de su nariz, y aspiró con fuerza el aroma dulce que desprendía su cuerpo, como un hombre sediento de agua, memorizándolo. – Ahora, por desgracia, mi Johnny Boy debe volver al lado de esa mujer – el gesto de desprecio fue evidente en la voz, perdiendo el tono amoroso que había tenido a lo largo de toda la grabación – para que te alimente y crezcas fuerte y ya no sea necesaria en nuestras vidas, para irnos pronto de esta podredumbre de ciudad a nuestra casa y ser los dueños del mundo, mi pequeño niño, mi John.


221B, Baker Street, Londres, cuatro meses después de la muerte de Moriarty

Sherlock cerró la pantalla de reproducción en el ordenador, donde había estado viendo el video grabado por Moriarty con su hijo recién nacido. Expulsó el Cd marcado con el número uno y lo volvió a guardar en el maletín marcado con el nombre de John que lo había custodiado junto a otros similares. Lo habían encontrado mientras hacían el registro en la propiedad escocesa del consultor criminal, y sólo ahora había podido verlo. Primero había sido por falta de tiempo, mientras seguían ejecutando la desarticulación de la red criminal más inmediata a Jim y ordenaban todos los papeles para hacerse cargo del niño y el periodo siguiente de adaptación que habían vivido. Y segundo, porque había tenido demasiado miedo de lo que podían contener. Temía que a pesar de que todo parecía demostrar que Jim había sido un padre cariñoso y atento, que no hubiese dejado de ser un psicópata en su vida familiar y que hubiese podido dañar a su hijo de mil maneras diferentes, tanto física como mentalmente, todo eso mientras le declaraba su amor infinito y grababa las escenas para su disfrute sádico.

Pero al verlos finalmente, y tras haber hablado con los empleados del irlandés en los interrogatorios, sabía que no iba a encontrar ningún tipo de maltrato a John, sólo videos de un padre amoroso y su hijo pequeño. Lo que le había estremecido era la devoción absoluta que había mostrado Moriarty en sus gestos, algunos dirían que la propia de un padre, pero el detective había visto más allá de la primera sensación y vio posesividad, obsesión, locura, ingredientes que inspiraban y movían el amor del criminal, un reflejo claro de la demencia que había regido toda su vida. Se pregunto, una vez más, como algo tan puro e inocente como el niño que dormía arriba, podía ser hijo de tal monstruo. Al pensar en la manera despectiva cómo se había referido a la madre recordó, como, según las palabras de Morán, había sufrido dolor y tortura antes de conseguir morir, todo eso a manos del hombre que pensaba que la amaba y que sólo la había utilizado como un vientre donde engendrar a su hijo.


El joven detective se llevó las manos a la cara en un gesto claro de cansancio y se masajeo los músculos faciales doloridos por días de trabajo eternos, que parecían nunca acabar en los últimos tiempos. Sus ojos, que habían permanecido durante unos instantes cerrados, descansando de las luces brillantes encendidas en la habitación, al abrirse de nuevo se fueron de manera inconsciente al archivo que contenía los últimos meses de vida de Moriarty y que detallaba en profundidad el incidente en la azotea de St. Bart, las palabras, amenazas y manipulaciones, que se habían cruzado durante el enfrentamiento. Y como, al final, se había desatado el infierno.

Durante un instante, Sherlock, cuando el psicópata irlandés había visto como sus planes para llevarle al suicidio fracasaban, había creído que éste acabaría frustrado con su propia vida, en ese mismo momento y lugar, como una coacción final para lograr sus planes, pero algo le había detenido de apretar el gatillo. A continuación, todo había estallado, literalmente, entre las balas cruzadas de las fuerzas conjuntas de los hombres de Mycroft y del Yard y las de los hombres del consultor. Había sido un caos sangriento, y pocos habían podido escapar indemnes cuando Moriarty había hecho estallar las bombas que habían destruido el ala del hospital donde se encontraban, tras abandonar la azotea.

El mismo Sherlock había conseguido sobrevivir de milagro, el consultor criminal solo había logrado ser reconocido, una vez que se pudo acceder a los restos que quedaban del edificio, por el reloj de oro tan característico que siempre llevaba puesto consigo en la muñeca derecha. Su cuerpo había quedado tal calcinado que las pruebas de ADN habían sido imposibles de realizar, así como la comparativa dental. Pero junto al dicho reloj: la estatura, la edad y masa de edad parecía coincidir y confirmar la muerte del hombre. No había dudas.

Sólo por suerte o el destino, la perdida de la chaqueta por Moriarty en la refriega inicial del tejado le había permitido buscar datos para conocer sus planes e iniciar la destrucción de su organización tocada por la pérdida de su cabeza. Había sido un choque encontrar una fotografía de un niño de aspecto angelical en el bolsillo interior de la misma. Los enormes ojos azules y el pelo dorado parecían llenar todo el espacio, pero, aunque pocos evidentes a primera vista, había los suficientes rasgos físicos, así como el gesto con el que posaba ante la cámara, para saber quién era su padre.

Se había quedado helado en su sorpresa, preguntándose cómo era posible que un hombre, un monstruo como Moriarty, que se alimentaba del dolor y la destrucción del resto de la humanidad, pudiera ser padre de esa criatura, que sólo transmitía inocencia y amor. Durante unos breves instantes, su corazón se atenazó de celos por lo que había poseído su némesis, ese calor que él parecía destinado a desconocer en su existencia. Al final pasaron, dejándole el sabor de la soledad en la boca, la única que parecía destinada a ser su única compañera en la vida. Y trató de borrar los sentimientos anteriores de su memoria.

La investigación posterior, la caza y captura de Morán mientras trataba de huir, en vez de vengar a su amante, le sorprendió. Era algo que estaba tan fuera del perfil psicológico que había realizado sobre el ex coronel, fiel hasta la extenuación hacia Moriarty y con instintos asesinos sólo comparables al muerto, un cazador de hombres. Había luchado tenazmente hasta caer herido mortalmente por varias heridas de bala. Sherlock le escuchó mientras en medio de sus desvaríos moribundos llamaba al pequeño John, jurando que le iba a buscar y proteger, y sin darse cuenta, le narraba al peor enemigo de su amado Jim, su mayor secreto.

No sabía poner nombre a lo que había crecido en su interior en esos instantes, pero sabía que tenía que ser el que fuese a buscar al niño. Verlo, conocerlo y llegar a saber de primera mano lo único que había dado algo de humanidad a su némesis muerta. Recordó la mirada de Mycroft, insoldable, fija en sus ojos mientras le comunicaba sus intenciones, durante un instante temió que se lo negase, pero al final asintió lentamente, como si hubiese tomado una decisión de la que dependiese el destino de Gran Bretaña y del mundo entero.

Esa misma tarde se encontró observando una imagen idílica en un pequeño pueblo escocés, que sin saberlo le calentó el corazón, que siempre había mantenido helado. La noche le volvió a encontrar en el mismo lugar, fumando cigarro tras cigarro, y tratando de dar sentido al anhelo que había crecido en su interior.

Sólo, cuando en medio de un camino, cubierto de verde vegetación, le habían mirado unos ojos azules llenos de una inocencia que jamás había conocido en ningún ser humano antes, se dio cuenta de que era lo que deseaba y debía hacer: cuidar esa pequeña luz que había logrado sobrevivir incluso a la maldad más absoluta que podía alguna vez haber tenido forma humana y evitar que se perdiese algo tan bello dentro del sistema, que fuera a caer en manos de quién no supiera ver el tesoro que se le concedía disfrutar y cuidar. Incluso en esos momentos, en que tomaba una decisión tan irrevocable para su destino y el de la pequeña vida que lo iba a compartir a partir de entonces, no podía dejar de tener miedo, de no ser capaz de llevar a cabo esa tarea.


Sus ojos viajaron desde el archivo de Moriarty al dibujo que John le había regalado esa misma tarde, para que no estuviese tan cansado ni triste siempre: era la imagen de un cachorro de perro jugando con un niño rubio. Rió suavemente al recordar como el niño, un bebé aún, había indicado, casi de casualidad que un perro siempre te hacía feliz y puedes jugar con él, tratando de ocultar la esperanza en sus enormes ojos azules. No había podido evitar abrazarle, mientras le besaba cariñosamente en el pelo, y le decía que hablarían con la señora Hudson por la mañana y que si les dejaba, irían a buscar uno a la perrera. No sé le escapa que acababa de ser manipulado por ¡un niño!, pero había sido imposible resistirse ante tanta inocencia y candidez. Enterró en el fondo de su mente el recuerdo que Moriarty había sido un manipulador experto. Todos los niños pedían y manipulaban a sus padres, a los mayores que les rodeaban, para conseguir sus deseos, sobre todo cuando se trataba de mascotas, nada de lo que preocuparse en parecidos paternos. Debía tratar de dejar de ver en John las cualidades más nefastas de Jim. Él, mejor que nadie, sabía como una persona podía ser muy diferente de sus padres, con todos sus defectos, todavía no había heredado los peores de sus progenitores.

Los cuatro meses que había estado John en el piso habían parecido pasar demasiado deprisa mientras luchaban, sobre todo Sherlock, por adaptarse a la nueva situación. El detective tenía que recordar que ahora vivía con un niño, que dependía de él para poder sobrevivir en todo. Sus experimentos fueron trasladados al sótano, las armas y objetos peligrosos guardados en una caja fuerte en su habitación. La señora Hudson procedió a la descontaminación de todo el piso, por miedo a enfermedades contagiosas, ya que un niño pequeño, por lo visto, era más propenso a poder contagiarse con ellas. Fue advertido que debía ser consciente de los horarios de las comidas y el sueño. Por suerte, de nuevo, la querida señora Hudson se hizo cargo de la situación, al desconfiar, con toda la razón del mundo, que Sherlock fuera capaz de hacerlo por él mismo en esos momentos iniciales. Pero el detective, a pesar de agradecérselo con todo su corazón, quería ocuparse del cuidado del niño él solo, y tras varios errores y equivocaciones, creía que ya tenía totalmente dominado el asunto, aunque era consciente que era vigilado por la anciana con ojos de águila.

Pero lo peor vino por las noches, en las cuales, John no paraba de llorar por su padre y parecía no poder entender porque no podía llamarlo por teléfono o volver a verlo, y oírlo era sentir como se rompía en pedazos el corazón más frío. A pesar de los psicólogos contratados por Mycroft, de las palabras de todos y los mimos de la patrona, el niño parecía incapaz de asumir la muerte y ausencia en su vida de su amado padre. Sherlock se encontraba incapaz de actuar para darle consuelo, se sentía sucio en ocasiones, ya que no podía evitar los celos de sus némesis, al ser dueño de ese amor y devoción incondicional por parte del pequeño.

Las primeras semanas fueron sentir angustia pura al ver su pequeño cuerpo sacudido por los sollozos y la cara congestionada por las lágrimas caídas, formando surcos en sus mejillas. Sherlock desesperaba, no sabía qué hacer más, nunca había sido empático y la mayoría de las ocasiones solía obviar los sentimientos del resto de personas en su propio beneficio. Pero, poco a poco, se dio cuenta que sí le mantenía en brazos, con un ligero abrazo, para no agobiarle, el pequeño se iba tranquilizando hasta caer dormido en sus brazos, agarrándose con sus puños a la camisa, como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer también, si no le sujetaba. A veces, las lágrimas que seguían cayendo de los ojos del niño, aún dormido, le dolían como propias y trataba de secárselas con sus propios dedos, con cuidado de no despertarle.

Algo de lo que no se percató de forma inmediata fue que, aunque cortés y educado, incluso cariñoso en ocasiones, con Mycroft, la señora Hudson o Lestrade en esas primeras semanas, John solía seguirle por toda la casa y sentarse en silencio donde pudiese mirarle sin molestarle en lo que estuviese haciendo en esos momentos, prefiriendo su compañía. Al principio se sintió incómodo por ese acoso sosegado. Pero, en un raro destello de empatía, se dio cuenta, tras analizar todos los datos de los que disponía, que extrañaba a su padre y su tío, muy distintos en su trato con él, por lo que había podido averiguar siempre dispuestos a jugar, abrazarle y besarle, diametralmente opuesto de lo que estaba recibiendo, hasta entonces, en el 221B, donde salvo el abrazo ocasional de la patrona no recibía nada similar.

Sintió asombro, porque de pronto se dio cuenta de por qué era tan importante para John, que era que el niño veía en él algo similar a su padre. Le extraño que un niño tan pequeño fuese capaz de reconocer las similitudes entre Moriarty y él mismo, reales si se obviaba la naturaleza asesina y psicópata del consultor criminal, y que estuviese buscando consuelo en la única persona en el mundo que se le pudiese comparar en capacidad intelectual.

El detective sabía que él no era una persona táctil, ni cariñoso, en ocasiones, no tenía ni siquiera un lado suave. Era incapaz de dar lo que nunca había recibido en su vida, pero sabía que era necesario que lo intentase por John, por su bien y bienestar. Así que la próxima vez que estando sentado en el sofá, leyendo el archivo de un caso nuevo, al levantar la mirada y ver al niño mirarlo silenciosamente desde la entrada de la habitación, le llamó y sentó sobre sus rodillas. Mientras abrazaba suavemente su pequeño cuerpo continuó con su trabajo, fue notando como la tensión del pequeño iba cediendo, poco a poco, y pronto se relajo totalmente hasta quedar dormido, con la cabeza apoyada en su hombro.

Pronto no fue necesario llamarlo para tenerlo sobre su regazo sentado, él mismo, sin preguntar se subía y se apoyaba en su pecho, pudiendo estar horas en la misma postura. No pudo dejar de notar que, teniendo a esa criatura angelical refugiada en sus brazos, su mente parecía trabajar mejor, llegar a cuotas más elevadas, como si fuera un conductor de luz de sus pensamientos para hacerlos más brillantes. Darle pequeños besos sobre la cabeza o en la frente, fue algo casi natural de hacer, al acostarle, o simplemente tenerle entre sus brazos. A veces cuando trabajaba y el niño estaba sobre su regazo, apoyaba su barbilla en él, y respiraba el aroma siempre fresco que despedía su cuerpecito, consiguiendo una paz que nunca había tenido anteriormente.


El joven se levantó del sofá, tras apagar las luces, subió sin hacer ruido al piso superior, y entró por la puerta entornada en la habitación aún más silenciosamente, si era posible. Se sentó con delicadeza sobre el borde de la cama contemplando como dormía el niño abrazado a un oso de peluche blanco, del que nunca se separaba. Paso la punta de los dedos sobre los rasgos de la cara, cuidando de no despertarle, en una suave caricia que nunca se permitiría hacer delante de otras personas, volviendo a memorizarlos en su mente. Si despierto parecía un ángel travieso que acababa de perder un diente al caerse de una nube mientras jugaba, dormido parecía un querubín al que ningún mal nunca se había atrevido a tocar, lleno de inocencia y risas. Cada noche, desde que le había traído a su casa, realizaba el mismo ritual, incrédulo que esa pequeña figura dependiese de él. Mientras realizaba esos gestos, se repetía para sí, que nadie le podría separar de él, de ese pequeño corazón que había descubierto hacía latir el suyo y que tanto calor le daba.

No sabía si fueron minutos u horas cuando con un suave beso en la frente del durmiente, se marchó de la habitación, tras comprobar que las cortinas no dejasen pasar la luz y que el intercomunicador no estuviese apagado. Antes de meterse en su propia habitación, contempló desde las sombras del salón Baker Street y sus ojos, siempre alerta, localizaron a los hombres de su hermano que vigilaban la vivienda. Por una vez no le importo, ya que sabía que más que por él, estaban para cuidar al pequeño niño que dormía arriba. Sonrió para sí, no era el único que había caído conquistado por el candor de John y estaba aprendiendo a amarlo, aún a regañadientes.


"…..recuerda, mi pequeño Johnny, tu padre de verdad siempre seré yo, el único y verdadero, es mi sangre la que llevas y tu corazón es el mío,... Johnny es mío, sólo mío."


Gracias por leer¡