CAPÍTULO 01

La abstinencia no sería tan mala, pensó Natsu, si no fuera por la falta de sexo.

Haciendo cuenta de su quinto escocés y deseando que fuera su quinta escocesa, el Alfa del Clan Dragon Slayer de Magnolia pasaba su noche de sábado de la forma en que ningún hombre dragón que se precie pasaría: soltero y célibe.

Por lo menos no tenía que pasarla solo, reflexionó, aunque la compañía que se encontraba en la fiesta post-boda de sus amigos dejaba mucho que desear.

Los dientes un poco largos para su gusto. Natsu prefería mujeres que no habían estado pintando la ciudad de rojo cuando sus antepasados todavía pensaban que la desmotadora de algodón era un artilugio de última moda. Además, teniendo en cuenta que acababa de terminar una relación, otra vez, justamente con una vampiresa muy particular, no se sentía con ganas de comenzar de nuevo. Las mujeres inmortales podían ser un poco demasiado exigentes.

Por qué se dedicaba a ponerse de mal humor en una esquina, en lugar de excusarse y salir a la calle para conocer a la mujer dragona de sus sueños, seguía siendo un misterio. No podía echarle la culpa al temor al compromiso como muchos hombres humanos solían hacer. A los hombres dragón les gustaba la idea de una compañera y vivían para engendrar un montón de nuevas generaciones de bebés dragones, y Natsu incluso esperaba con interés el día en que él introdujera a sus cachorros en las tradiciones de su clan y sus antepasados. Compromiso sonaba muy bien para él. No era miedo lo que le inducía a ese estado de ánimo; era aburrimiento.

Natsu sufría un caso grave, un caso agudo de 'siempre igual'. Dondequiera que miraba, veía las mismas caras, los mismos hábitos, oía los mismos rumores y follaba las mismas mujeres. Oh, sus nombres y el color de su pelo podían cambiar, pero en el fondo, eran todas iguales para él. La realidad lo deprimía. ¿Qué había pasado con el alegre, gallardo dragón que solía ser? En estos días se comportaba más como un sacerdote que un playboy.

Culpaba a las mujeres, por supuesto. ¿Qué otra razón podría haber para que una atractiva y saludable dragona lo dejara frío en lugar de disfrutar los placeres del sexo? Todavía gozaba el acto, después de todo, así que su problema no era físico. Nunca en su vida había experimentado ningún problema para conseguir una erección cuando la situación la requería. No tenía problemas para mantenerla, pero últimamente había tenido que esperar un tiempo para que volviese, y culpaba de eso a su pareja.

Si se quedaba insatisfecho después de un polvo, debía ser porque había jodido con las mujeres incorrectas, ¿verdad? Esa conclusión le parecía lógica. Ignorando el hecho de que había jodido con algunas mujeres muy interesantes.

Tomando como ejemplo a Jenny. La vampira rubia con la que había roto recientemente conseguía que la mayoría de las supermodelos pareciesen monstruos de feria. Con su cabello claro, piel blanca y radiantes ojos azules, por no mencionar un cuerpo que hacía morir de vergüenza a Venus, parecía un ángel enviado a la tierra para recompensar lo verdaderamente justo. El hecho de que ella tuviera la moral de un gato callejero y la cruel ambición de Napoleón Bonaparte, explicaba por qué se había pasado los últimos tres meses retorciéndose debajo de Natsu intentando moler su polla en lugar de cantar en un coro celestial. Nadie dijo que fuera justo, o incluso lógico.

El punto era que él no tenía por qué ser aburrido. Jenny sabía trucos sexuales que podían conseguir que a una hurí[1] le diera vergüenza y tenía la resistencia de un atleta olímpico no-muertos. Estaba dispuesta a intentar cualquier cosa, no importa lo depravado que fuera, y si fallaba, lo hacía de nuevo hasta que pudiera dar lecciones a los expertos. ¿Cómo, en nombre de Dios, podía conseguir náuseas por eso?

No lo sabía, pero las tenía.

Había llegado a estar harto de todas las mujeres, y modestia aparte, Natsu había tenido un montón de mujeres. Algunas eran para poco más que una sola noche, otras compañeras recurrentes, y otras, como Jenny, habían bordeado las relaciones ocasionales, pero ninguna logró mantener su interés durante más de unas pocas semanas. La única razón por la que Jenny había durado tanto tiempo había tenido más que ver con su desinterés a tratar de encajar con sus costumbres que con una verdadera necesidad de mantenerse en torno a ella. Incluso en las últimas semanas habían llegado a invitar a terceras y cuartas personas en el juego, pero al final incluso con eso no había sido capaz de mantener el interés.

Cuando empezó a salir de las orgías de toda la noche con los músculos temblando de agotamiento y su pene todavía duro como una piedra, tiró la toalla. Ahora que sabía que ninguna mujer podía satisfacerlo, no veía ninguna razón para seguir torturándose con el sexo que lo llevaba a todas partes, pero no donde hacía falta. Esto lo había llevado a romper con Jenny, con la esperada escena desagradable, y eventualmente a esta, su decimotercera noche del celibato, fiesta post boda en casa de su amigo Gray.

Bebiendo un trago de whisky, echó una ojeada por la habitación y se preguntó cuánto tiempo requeriría la etiqueta que se quedara. Consideraba a Gray como un hermano, y realmente le gustaba Juvia, por lo que se alegraba de compartir la celebración de su reciente boda, sobre todo porque había tenido que dejar a un lado sus funciones de padrino para hacer frente a un incendio en la cocina de su club. De lo que no estaba tan contento era de las miradas especulativas de las que estaba siendo objeto, por un gran número de personas, por estar solo en un rincón y algunas no sólo de las mujeres. Trataba de ignorarlas, pero sabía que era sólo cuestión de tiempo antes de que uno de ellos decidiera meter baza y comenzaran a increparlo.

—Yo voto por la pelirroja. Se ve como el tipo de mujer que está lista para cualquier cosa. Además no creo que esté usando ropa interior.

Su amigo y beta apareció al lado de Natsu, con una botella de cerveza marrón oscuro y una sonrisa reprimida. Gajeel Redfox lo sabía todo sobre la situación de Natsu y parecía encontrarlo divertido. Natsu le lanzó una mirada de reojo.

—Nunca lleva —Dijo—. Pero dudo que Flare quiera poner su marca en mí, no después de la última vez que salimos.

—¿Qué hiciste? ¿Derramaste una bebida en su vestido o algo así?

Natsu negó con la cabeza. Los diálogos deben empezar en una nueva línea

—Critiqué su técnica para mamarla.

Gajeel hizo una mueca en torno a una sonrisa.

—Ouch. Bueno, quizá la pelirroja no después de todo —Miró de nuevo a donde estaba Flare, susurrando a un par de mujeres—. Podría ser su amiga, ésa con el vestido verde. ¿Crees que ésas son de verdad?

—Sobre vampiros, siempre son reales. No pueden darse el lujo de sangrar durante la cirugía sólo para conseguir unos implantes —Dirigió a la mujer una mirada evaluatoria—. Además, ni siquiera con silicona se pueden conseguir unas tetas tan firmes. Créeme lo sé.

Bebiéndose la cerveza de un trago, Gajeel puso los ojos en blanco.

—Estoy seguro de que lo sabes. ¿Hay alguna mujer aquí que no te hayas follado?

—Juvia.

—Ella no cuenta. Gray te rompería las piernas, esperaría un par de horas para que te curaras, y luego volvería a rompértelas. Y después de eso, podría gruñir. Estoy hablando del resto de ellas. Las que no están casadas con tu mejor amigo, y no son de nuestra manada, ya que son todas prácticamente de la familia.

Natsu echó un vistazo a su alrededor, seguido de una mirada más larga. En su tercera barrida a la multitud, se detuvo y señaló hacia un grupo de asientos ocupados por tres mujeres muy atractivas.

—Allí —Dijo—. Esas tres. No me he acostado con ninguna de ellas.

Gajeel siguió su gesto y suspiró.

—Sí. Las mejores amigas de Juvia, que son probablemente las únicas mujeres humanas aquí esta noche, y los dos sabemos que no lo haces con humanas.

Una sonrisa cruzó el rostro de Natsu.

—Pensé en hacerlo una vez. Erza. Ella es por la que Gray casi me estaca cuando encontró a Juvia. Realmente me hubiera gustado verla en el otro extremo de mí, en vez de en el asiento delantero de mi coche. Pero ella es humana.

—De acuerdo con los que han hecho negocios con ella, eso es sólo una fachada. Ella realmente es un tiburón.

Natsu se encogió de hombros.

—De todos modos, preguntaste con cuales no había jodido. Ellas.

—Sólo esas tres.

—Creo que sí —Vaciando su vaso, Natsu observó la sala una vez más, fijándose en cada una de las mujeres que había. Sus ojos no parecían hacer una pausa de más de medio segundo sobre cualquiera de ellas, no importaba cuán atractiva fuera, ni cómo de provocador fuera su vestido, hasta que se posaron sobre un culo con generosas curvas y se quedó totalmente paralizado. Casi podía oler su carne quemarse.

Sus ojos acariciaron sus líneas completas, generosas de su parte posterior que encajaba perfectamente con una falda bastante ceñida de color negro. La tela se envolvía en esa carne deliciosa, mostrándole cada curva redondeada con detalle de infarto. Sorprendentemente, no sabía si llevaba bragas, pero a diferencia de la falta de ropa interior de Flare, la idea de que esta mujer estuviese desnuda debajo del vestido hizo que su polla se pusiera en posición de firmes.

—Y ella, —Gruñó, toda su atención centrada en la mujer cuyo rostro aún no había visto. Si era tan bueno como lo que había visto, sería un hombre muy feliz—. No la he tenido a ella. Aún.

Lucy llegó a la fiesta con más de dos horas de retraso, pero era como lo había calculado, Juvia tenía suerte de que siquiera hubiera venido. Especialmente con este vestido.

Tiró disimuladamente del dobladillo, tratando de hacerlo bajar unos cuantos centímetros más por debajo de su culo. Ni modo. Cada vez que tiraba, el dobladillo bajaba, pero también lo hacía el escote. Podía enviar flashes a todo el mundo de su delantera y su trasero, y no le gustaba mucho.

¿Cómo, en nombre de Dios, se había dejado convencer para esto? Se preguntó en un momento de lucidez. Ni siquiera las amenazas y los sobornos deberían haberla convencido para ponerse esta pobre excusa de vestido y dejar que sus amigas la sirvieran en bandeja de plata para su última Ronda de Fantasías. Se había escapado por poco, en las dos últimas rondas, con su orgullo intacto. Debería haber salido corriendo y gritando ante la idea de una Tercera Ronda. Lamentablemente, era demasiado tarde para eso.

Sus amigas tenían una naturaleza astuta, y con la compulsión propia de Lucy por agradar a todo el mundo, se aprovecharon sin escrúpulos. Sabían que Lucy albergaba un intenso rechazo por las fantasías y que intentaba retrasar las fechas, pero que había hecho las dos primeras rondas, porque se lo pidieron, y porque no quería que creyeran que era una cobarde aún mayor de lo que ya creían. Sin embargo, un corazón blando y una terquedad latente no la llevarían demasiado lejos. Dos rondas habían sido el límite de la naturaleza buena de Lucy, y pensó que debería haber adivinado que montarían su fantasía en un acto que sabían no podía evitar, la fiesta post boda de Juvia.

No importaba que la boda hubiese sido hacía dos semanas, cosa que sabía porque Lucy había sido la dama de honor. Juvia y Lucy habían sido las mejores amigas desde la secundaria, y Lucy no podía faltar a una fiesta en honor de su amiga. Así que allí estaba, vestida como una puta francesa y tratando desesperadamente de encontrar una manera de hacer que esta tercera fantasía resultara igual que las otros dos, porque tenía la horrible sensación de que esta vez, la suerte no estaría de su lado.

Renunció a tirar de la parte superior de su vestido y fue hasta una parte vacía de la sala donde le dio la espalda a la gente y tiró del vestido hacia abajo sobre su culo. Su escote se estiró tanto que sus pechos amenazaron con salirse del ajustado material, pero si seguía mirando la pared, nadie debería ser capaz de ver eso, y lo que pudieran ver estaría casi decentemente cubierto.

No creía que Erza, Levy y Mirajane la hubieran visto, pero sabía que era sólo cuestión de tiempo. Estarían tratando de encontrarla, porque era muy tarde y se había negado a contestar ninguna de sus llamadas de teléfono gracias a la bendición del identificador de llamadas. Una vez que se dieran cuenta de que había llegado, su aplazamiento terminaría y tendría que enfrentarse a su más reciente fantasía, quien quiera que fuera.

En las dos últimas rondas, los mismos dioses debían de haber estado mirando por ella, porque los cambios no podrían haber ido mejor si lo hubiera planeado ella misma. Su secuestrador montañés había resultado ser el novio que su hermana mayor había tenido en la escuela secundaria, y la idea de follar a la pequeña Lucy Heartfilia en una cabaña aislada durante cuarenta y ocho horas lo había puesto verde. Le había dado una de sus sudaderas para cambiarse, haciendo que se asara como un malvavisco y la alojó en un hotel hasta la hora de volver a casa. Mientras la acompañaba hasta la puerta de su edificio de apartamentos, le había hecho la promesa de no decirle a Erza cómo fue su fantasía realmente. Habría sido duro. Prefería tener que decirles a sus padres que había decidido convertirse en una dominatriz bisexual vestida de cuero.

Prefería convertirse en una dominatriz bisexual vestida de cuero.

Los mismos dioses a los que les había agradecido, debieron de preocuparse por ella después, en su segunda fantasía. En esa ocasión, el bombero aficionado que debía rescatarla de un ascensor deliberadamente parado en el edificio de oficinas de Erza había estado dispuesto a cumplirla, al menos hasta que se quitó su gorro de punto y vio el color rubio ceniza de su cabello. Fue entonces cuando le recordó a su hija de cuatro años, que a su vez le recordaba a su ex esposa y lo mucho que deseaba que aún estuvieran casados. En lugar de un polvo rápido en un ascensor parado, Lucy había pasado cerca de dos horas escuchando la historia del corazón roto de Alzack y mirando fotos de su niña. La pequeña Asuka parecía realmente un encanto, e incluso si Lucy no podía ver el parecido, se comprometió a enviar a la niña una tarjeta de cumpleaños todos los años para mostrarle el agradecimiento que Lucy sentía por su salvador.

Ni siquiera había tenido que preocuparse de que Alzack la descubriera. El día siguiente a su rescate, él se había trasladado de nuevo a Boston para estar más cerca de su hija y para tratar de convencer a su ex esposa de que volvieran. Todo lo que Lucy tuvo que hacer fue ruborizarse cada vez que alguien le preguntaba qué pasó, y estaba libre. Por la forma en que, por lo general, transcurrían las conversaciones con sus amigas, ruborizarse no le resultó muy difícil.

Lucy a veces se preguntaba si "amigas" era en realidad la palabra adecuada para describir a esa cuadrilla. Juvia parecía más su hermana que su amiga, alguien que la amaba incondicionalmente, pero que también le encantaba atormentarla, a veces la volvía loca, y la defendería hasta la muerte o el asesinato. Mirajane y Levy eran unas amigas potables. Hacía tiempo que se conocían, a pesar de que tenían muy poco en común, y nadie podía hacerla reír más rápido.

Luego estaba Erza.

Erza era simplemente indescriptible. Ella presidía el grupo como una diosa perra, haciendo regalos o atormentando, dependiendo de su estado de ánimo. Erza no era el tipo de persona con la que 'gustarle' o 'llevarte bien con ella' fuera tan fácil. Te hacía trabajar muy duro para ello, pero era fiel y feroz, y Lucy podía imaginarla fácilmente arrancando el corazón a quien quisiera hacer daño a sus amigas. Lucy la amaba por eso, lo que probablemente explicaba por qué aguantaba toda esta basura en la que Erza la había metido.

Como esta noche.

Lucy se había vestido con este ridículo pseudo-vestido, tomado un taxi hasta el Upper East Side, caminado a través de la puerta de entrada de Juvia y Gray pareciendo una prostituta, todo por Erza. Si no fuera por la intromisión de la otra mujer, ella habría ido como era su costumbre, con pantalones ligeros y un suéter de gran tamaño, o una falda larga hasta los tobillos y una túnica diáfana, básicamente el aspecto de una profesora de jardín de infancia. Dado que eso era lo que era, Lucy no veía motivo para avergonzarse. Después de todo, ¿qué sería del mundo sin los maestros de preescolar? Carecería de habilidades básicas para la comunicación y atarse los zapatos, eso sería. Sus amigas podían burlarse de su profesión todo lo que quisieran. Lucy amaba los niños, y se negaba a sentirse avergonzada de que la inocencia de su carrera se reflejara en su actual vida sexual, porque si sus amigas y esta triste excusa de vestido se salían con la suya, la inocencia no le iba a funcionar esta noche.

Mirando con recelo por encima del hombro, trató de localizar a sus amigas. Por lo menos sabría qué partes de la habitación evitar. Vio a Juvia junto a Gray, sorpresa, sorpresa, mientras conversaba con un distinguido señor mayor con un mechón de pelo gris. Era el senador que Lucy siempre pensó se parecía a su abuelo Makarov. Bueno, excepto por sus colmillos. El abuelo Makarov tenía genio, pero ni siquiera le chupaba la sangre a la gente. A Lucy no le importaba lo que el senador eligiera chupar mientras mantuviera a Juvia ocupada con la conversación y no le prestara atención a ella. Una menos, quedaban tres.

Las localizó agrupadas charlando junto a la chimenea. Erza repantigada en un sillón mullido, que más bien parecía un trono, mientras que Mirajane y Levy estaban sentadas en el sofá a su izquierda. Cada una sostenía una copa de champán, y sus miradas se dirigían del reloj, a la puerta y entre sí, en ese orden. Erza parecía todo menos satisfecha.

Que les sirviera de lección, pensó Lucy, girándose de cara a la pared con rapidez antes de que se fijaran en ella. Lo tendrían bien merecido si no se hubiese molestado en aparecer en absoluto. Ninguna persona racional podría culparla. Acababa de entrar en una habitación llena de vampiros, hombres dragón y sólo Dios sabía qué más, con aspecto de carnaza en una convención de tiburones para reunirse con un hombre al que no conocía y al que realmente no quería conocer, no tenía ningún interés en una cita y mucho menos dormir con él. Tal vez debería replantearse todo eso de las "amigas".

Bien, ahora estás siendo injusta, se regañó a sí misma, tomó una respiración profunda inmediatamente después de darle un tirón a su escote. Realmente no podía culpar a sus amigas por no reunirla con el hombre con el que realmente estaba interesada en acostarse, ya que su nombre era un secreto que tenía toda la intención de llevarse a la tumba. Sabía que sus posibilidades con él eran ridículas, probablemente a la par que sus posibilidades de sufrir una inmaculada concepción, porque como todo el mundo en el grupo social de los Otros de Magnolia sabía, Natsu Dragneel no tenía sexo con humanos.

Miró con aire taciturno las hojas de un ficus mientras absorbía el aguijón afilado de ese conocimiento. No era algo nuevo, lo sabía desde el principio, pero incluso después de seis semanas, todavía no había logrado aplastar la decepción y renunciar a regañadientes. Todavía fracasaba con el maremoto de fantasías, gracias a sus hormonas rebeldes. Se ponían en estado de alerta cada vez que ponía los ojos sobre su cuerpo y se le caía la baba o se le debilitaban las rodillas cada vez que veía sus ojos verdes. Esa reacción le dio una razón más para mantenerse de cara a la pared. Lo último que necesitaba era distraerse. Sabía que probablemente estaba en algún lugar de la casa, así que sería mejor mantenerse en las sombras y evitar verlo hasta que pudiera tener una vía de escape.

Pero, Señor, era lo que quería conseguir, poner sus manos sobre él.

Suspiró con nostalgia y descartó la imagen mental de sus manos pasando por todo su ancho, musculoso pecho. Si no cortaba con esto, le daría un ataque. Sus amigas podrían detectarla en cualquier momento, y cuando lo hicieran, no tenía dudas de que se abalanzarían sobre ella como una jauría de perros de caza y la arrastrarían gritando y pataleando a su encuentro Fix. Ahora que lo pensaba, eso explicaría el vestido, también. Sabía que no podría luchar con la maldita cosa sin que se rompiera como una banda de caucho. En cuanto intentara lanzar un puñetazo, sus senos probablemente se saldrían del escote. La idea de lo que ocurriría con el vestido si daba una patada la hizo estremecer.

Sus amigas eran aún más astutas de lo que había imaginado, y francamente, en vez de intimidarla, la idea la volvía mucho más loca. Después de todo, podía apreciar que quisieran que tuviera un buen momento, pero en realidad, empezaba a sentirse más como una prostituta a estas alturas. Si bien la idea de acordar reunirse con un hombre para cumplir todas sus fantasías había sonado bien en su momento, la sobriedad y dos rondas la habían devuelto a sus cabales. Sólo había un hombre con el que Lucy pudiera imaginarse saltando en una cama sin haber intercambiado siquiera veinte palabras, y como no estaba interesado, se dio cuenta que ella tampoco.

Cuando la rebeldía golpeaba en Lucy, lo hacía con fuerza. ¡Al diablo con sus amigas y sus fantasías pactadas! Lucy era una mujer madura e independiente capaz de tomar sus propias decisiones y conseguir sus propios revolcones. De hecho, podría conseguir a cualquiera en esta fiesta Sólo con tocarse la nariz y llevarlo a su casa. El infierno, sólo debía elegir un invitado al azar y llevarlo a casa. Si no podía tener al hombre que ella quería, al menos podía tener un hombre de su propia elección. Eso les demostraría que Lucy Heartfilia no era una mujer con la que se podía jugar. O al menos, que era una mujer que elegía sus propios hombres para el sexo.

Sintiéndose temeraria y desafiante, Lucy se dio la vuelta para hacer frente a la habitación. Recogería un hombre, lo más opuesto a su cita, y desde luego al objeto de sus fantasías secretas, como pudiera, y lo llevaría a casa y pondría fin a su racha de seis años de celibato, sin la "ayuda" de sus entrometidas amigas. ¿Qué pensarían ellas de eso?

Su desafío duró unos tres segundos y medio. Hasta que vio a Levy poniéndose en pie de un salto y la oyó gritar:

—Lucky Lucy Heartfilia, ¿dónde demonios has estado? —En ese momento, la bravuconería la abandonó, los instintos de auto conservación la asaltaron, y Lucy hizo la cosa más inteligente en la que pudo pensar.

Dio media vuelta y salió corriendo, tan rápido como sus tacones de tres pulgadas le permitían.

Hizo todo el camino a través de la sala de estar, en línea recta hacia las puertas francesas que le permitirían salir al patio lateral. Estaba a punto de hacer una fuga perfecta cuando un cálido y sólido objeto entró en su camino y le bloqueó la salida. Lucy se estrelló lo bastante duro como para tambalearse ligeramente, pero lo que realmente la sorprendió fue sentir unos poderosos brazos envueltos alrededor de ella manteniéndola inmóvil y apretada toda la longitud de un cuerpo muy musculoso y decididamente muy masculino.

—Bueno, bueno, bueno —Su voz retumbó tan baja, que podía sentir las vibraciones a través de las suelas de sus zapatos—. ¿Dónde crees que vas con tanta prisa, preciosa? Tenía la esperanza de que pudieras decidir quedarte un rato más. Conmigo.


[1] En el islam, una hurí ūr o ūrīyah (en árabe ÍæÑíÉý) es una de las jóvenes perpetuamente vírgenes que esperan a sus prometidos para tener relaciones sexuales. Tienen el don de la eterna juventud y están dotadas de toda suerte de encantos, simbolizan para algunos musulmanes la eterna bienaventuranza.