Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en el Reto # 16 «Los opuestos» del foro Hogwarts a través de los años.

II

Fealdad

Lo dejaré ir porque no te veré después.

Y no se nos permite resolverlo hablando.

Royal Blood – Figure it out.

Percival Dumbledore ha conseguido mantener la compostura en el momento en que se ha dedicado a curar las heridas de Ariana, lo que es un considerable progreso teniendo en cuenta lo mucho que le ha costado tranquilizarse para no cometer una locura de la que se arrepentirá; sí, es necesario que siga repitiéndoselo para no olvidar cualquier consecuencia que puedan tener sus acciones.

La única parte positiva de este acontecimiento es que él ha estado ahí para velar por la integridad de su hija, de ese modo ha impedido que esos muggles pudiesen hacer un daño muchísimo mayor del que han realizado hace menos de cinco minutos. Percival suspira mientras mira a Ariana quien trata de quedarse quieta en su sitio: a pesar de que sepa que, al igual que todos los niños de su edad, su princesa se quede en el mismo lugar demasiado tiempo eso no significa que se comporte como si tuviese exceso de azúcar.

«Sé que se ve bien sin embargo eso no quiere decir que lo esté, al menos no psicológicamente hablando», piensa él; termina de aplicar el ungüento en el brazo de Ariana, se encamina hacia el armario y lo abre, de ahí escoge el vestido que hipotéticamente Ariana se va a estrenar en su cumpleaños número siete. «Puede que usar este vestido no te alegre lo que resta de la tarde, pero te distraerá de lo que acabas de vivir. Sé la ilusión que te hace usar este atuendo y espero, deseo, que sea suficiente para que vuelvas a tener esa sonrisa linda en tu cara, Ariana.»

—He terminado —dice Percival dejando colocando el pañuelo dentro del botiquín, cerrándolo y colocándolo en el suelo—. Vamos, ponte de pie, es hora de que te vista.

—No, papá. —Ariana se levanta, toma el vestido entre sus manos y vuelve a ver a su padre—. Me lo pongo yo.

—¿Por qué quieres ponértelo tú? —pregunta con la evidente intención de comprobar que no le quedase un daño psicológico, aunque la convicción que tiene no es muy firme—. La última vez que lo has intentado lo has dejado.

—¿Lo dejé?

—Sí, no pudiste —le responde—. Te enojaste tanto ese día que el vestido se convirtió en una mariposa, fue una de las veces que hiciste magia accidental; aunque sé que no fue intención, igualmente te dije que nos pidieras ayuda cuando no pudieras hacerlo por ti misma.

—Quiero intentarlo.

—A mí no me molestaría ayudar.

—No quiero.

«Bueno, que esté respondiendo con pocas palabras no es preocupante. Ella no es precisamente conversadora con los demás», piensa Percival. «Lo que sí es nuevo es que esté renuente a aceptar la ayuda que le estoy ofreciendo. Me parece que realmente no quiere que la toque; de hecho, pensándolo fríamente, ella se tensó desde que empecé a limpiarle la herida. ¿Será posible…? No puede tratarse de eso, es absurdo siquiera imaginarse que ella tenga… Tengo que comprobarlo.»

Percival suspira antes de continuar, de hacer la pregunta de la que teme saber la respuesta.

Él está seguro que si Kendra tuviese que pasar por este tipo de situación, también le fuese a tener miedo a confirmar sus peores sospechas acerca de sus hijos. Los hijos que con ahínco se han encargado de proteger desde que han sido engendrados: los rumores acerca de los orígenes de Kendra siempre estarán presentes, para bien o para mal, y aunque a ella no le importe revelar que es una nacida de muggles a él le preocupa lo que sus padres, lo que Honoria pueda pensar de él. Percival no quiere que sufran por esta clase de situaciones.

¿Cómo lo van a conseguir? Le tiene sin cuidado: la gente siempre se encargará de encontrar la manera de joderles la existencia a sus hijos aun por hechos que han pasado antes de que siquiera naciesen.

—¿Por qué no quieres, Ariana?

—Me lastimarás.

—¿P-Por qué crees que haré eso? —No intenta disimular su tartamudeo que se ha producido por su incredulidad—. Soy tu papá.

—Y esos niños mis amigos —le contesta Ariana retrocediendo un poco.

Percival se esmera por mantener la sonrisa en su rostro, para no asustar más a la pequeña Ariana por el más pequeño cambio en las facciones de él.

—¿Qué quieres decir eso? ¿Por qué mencionas que esos niños fueron amigos tuyos?

—No los detuvo.

«A la mierda las leyes, a la mierda la repercusión que pueda tener. Ellos le han provocado esto a mi dulce princesa, no me quedaré de brazos cruzados: me niego rotundamente a ver cómo Ariana sufre mientras que esos cabrones siguen con su vida tranquilamente. Haré justicia por mí mismo.» Percival cierra los ojos con fuerza al mismo tiempo en que empuña la varita, que está guardada dentro del bolsillo del pantalón. «Cuando regrese Kendra del parque con Albus y Aberforth, lo haré.»

Percival no necesita trabajar en el Ministerio de Magia para estar convencido que sólo necesita ejecutar una vez para lanzar un hechizo en presencia de un muggle para que casi al instante ya tenga una citatoria allá donde los funcionarios se van a reunir para determinar la clase de reprimenda que le darán a Percival, después de que él les cuente las razones que lo han llevado a actuar de esa manera.

Sin embargo, él ha decidido que no dirá nada. No porque no quiera que todos sepan qué han hecho esos muggles, sino porque le angustia que internen a la pequeña Ariana en San Mungo para siempre.

«Si me vengo, aceptaré la cadena perpetua en Azkaban», se dice. «Sé que no es correcto no obstante no me interesa; este es el camino que he elegido y aceptaré las consecuencias de andar en él con la cabeza en alto.»

—Te quiero, papá —dice Ariana—. Estás distraído.

—Yo también te quiero, princesa —le dice Percival dándole un beso en la frente, a pesar del estremecimiento que ha recorrido a Ariana cuando ha recibido el gesto; la reacción de ella sólo ha afianzado la decisión que ha tomado—. Nadie en esta casa te lastimará de ninguna manera; no tienes por qué asustarte de nosotros. Somos tu familia, hija mía.

—¿De verdad?

—Sí.

Ariana lo mira por un par de minutos sin soltar la prenda, nada convencida con lo que ha dicho Percival. No la culpen: ella ama a su padre, por supuesto que es así, sin embargo esos niños han roto la confianza que ella les ha tenido durante el tiempo en que han sido amigos; ¿su familia la va a tratar así también? Ella no sabe, no quiere saberlo, no quiere que la toquen o que se acerquen mucho a ella.

«Perdónenme todos ustedes por lo que voy a hacer», piensa Percival. «Perdóname especialmente tú, Kendra: te dejaré sola al cuidado de tres hijos, uno de ellos desestabilizado. Sé que me odiarás por un tiempo pero… pero yo no me perdonaré a mí mismo hasta que haga la justicia que creo necesaria. Sí, estoy en un error. Y no me importa. No puedo creer que no reaccioné antes que empezaran a lastimarla. Le fallé como padre, te fallé como esposo.»

Percival Dumbledore siente que les ha fallado a sus seres queridos.


El verso está traducido del inglés, cito el original: «I'll let it go, because I won't see you later. And we're not allowed to talk it out.»