II
- Así que la Dra. Pillsbury y el Dr. Schuester están casados…-dice Tina, sorprendida, mientras se acomoda con gracia la falda y se sienta debajo del enorme roble. Kurt, Santana y Rachel la imitan. Hacen eso a veces. Sentarse a charlar. Tina se anima a hablar cada vez más, especialmente con Rachel.
- Sí, de hecho trabajaban en otra institución y fundaron ésta cuando se casaron.- explica Kurt, dándole un cigarrillo a cada una y encendiendo el suyo. Rachel en realidad no fuma. Tina tampoco. Kurt y Santana ven demasiadas cosas horribles todos los días como para que fumar un cigarrillo los espante. Se lo merecen. - Es casi impensado que alguien pueda encontrar a su alma gemela en un lugar como este, ¿no? Que aún a pesar de todo… lo que vemos, lo que oímos a diario… nos quede la capacidad de amar.- agrega, y Santana y Tina asienten. Rachel no dice nada. A lo lejos, el Dr. Schuester y la Dra. Pillsbury pasean alegremente, tomados del brazo, charlando. Y Rachel quiere llorar.
- ¿Adónde vas, Berry?- inquiere Santana cuando Rachel se pone, inconscientemente, de pie.
- Déjala. Todos sabemos adónde va.- responde Kurt con una risita. Y de hecho es verdad: todos lo saben. Incluso los pies de Rachel que, casi con urgencia, la conducen hasta el oscuro pasillo del tercer piso. Irrumpe en la habitación, sorprendiéndose por la falta de luz, y las lágrimas comienzan a brotarle en el momento en que se quita los zapatos y se sienta en la vieja butaca a cuadros. No sabe del todo porqué llora, pero últimamente lo hace bastante seguido. Tal vez tenga que ver con la muerte de su padre, o con que su tratamiento no avanza, o con que en estos últimos días se ha preguntado con regularidad que ocurrirá con ella el día que sí funcione y deba irse. ¿Adónde irá? ¿Qué será de su vida? ¿Qué ocurrirá con Finn?
- ¿Porqué no pude conocerte antes?- le pregunta, limpiándose el rostro con la punta de sus sábanas.- ¿Porqué no pudimos conocernos en… en una fiesta? ¿En la preparatoria? ¿En la universidad? Tal vez… tal vez habríamos salido un par de veces y me habrías presentado a tus padres. Tal vez tendríamos un restaurante favorito al que siempre iríamos o una canción que nos gustaría bailar juntos. Tal vez yo habría ido contigo en el auto esa noche y te habría obligado a usar el cinturón de seguridad. Tal vez no… no estaríamos aquí.- llora ella, poniéndose de pie y acercándose a él. Los últimos rayos de sol se filtran por la ventana, tiñendo la habitación de un color rojizo, y Rachel piensa que Finn nunca ha estado tan hermoso como en ese momento. Se recuesta sobre él, colocando su rostro en el lugar en que el cuello de Finn termina y su hombro empieza. Ella es tan pequeña que ambos entran en la cama sin mucho preámbulo. Él respira lentamente. Está tibio y huele a jabón. Su piel es suave. Rachel puede sentirla contra su mejilla y cree que es lo mejor que ha sentido en su vida. De inmediato se calma. La tristeza desaparece para dejar lugar sólo a la ansiedad, al deseo, y a esa pequeña llama incandescente que Finn desata en sus entrañas.
- Un día despertarás. Tú despertarás y yo estaré aquí. Y tu y yo seremos… seremos los que pasearemos despreocupadamente por los jardines del McKingley.- le murmura ella, abrazándolo por la cintura. Él no se mueve. A Rachel le gusta creer que él no se mueve porque ella no lo deja. A Rachel le gusta creer que todo lo que ella le ha dicho será verdad. A Rachel le gusta creer que eso que siente en su cintura son los dedos de Finn aferrándose más a ella. Esa es una de las pocas certezas que tiene por esos días.
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A veces se mueve. Como si estuviera incómodo. A veces se queja. A veces tiembla o mueve un brazo. Es como si estuviera dormido. Ella está en todas esas veces. Ella le habla y… lo acaricia. Él se calma. Cuando pasa un poco el tiempo, ella comienza a pensar que tal vez Finn lo hace para llamar su atención. No es por eso, ella lo sabe. Pero sin embargo él… es como si quisiera que ella lo tocara. Lo tomara de la mano. Le acariciara una mejilla. Le acomodara el cabello. Si él no se ha ido aún, piensa ella, es porque tal vez considera que vale la pena quedarse. O tal vez ella es la única que piensa en eso.
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Artie, uno de los del primer piso (o DEPs, como los llaman las enfermeras, por "Depresivos, Esquizofrénicos o Bipolares") sabe bastante de autos. Es amigo de Tina, porque tienen la misma edad, y es muy inquieto, aún cuando está en silla de ruedas. A Rachel le molesta un poco, porque habla todo el tiempo y tiene una risa muy estruendosa. Es todo lo que Tina no es, y son demasiado tiernos para ser verdad. Ella juega con el ruedo de su pollera cuando está con él, un hábito que Rachel conoce a la perfección, y que Tina solo guarda para los momentos de puro nerviosismo, como los minutos finales de una película de suspenso o las partes más electrizantes de "Las Crónicas de Narnia".
En su última tarde libre de verano, Rachel los lleva en auto a la feria del pueblo más cercano, y Artie habla sobre transmisiones y carburadores los 45 minutos de viaje. Kurt viaja con ellos también, y le echa una mirada cómplice a Rachel de vez en vez, sobre todo cuando Artie "accidentalmente" le roza la mano a Tina y ella se sonroja.
Juegan toda la tarde, y Artie se gana un camión de lata en uno de los juegos de tiro. Tina y Rachel no ganan nada, así que ambas se compran un globo de Hello Kitty como recuerdo. Para deleite del resto, el cansancio hace que Artie se quede dormido en el viaje de vuelta, y Tina lo mira los 45 minutos, como examinándolo con detenimiento ahora que (por fin) está quieto.
- ¿Alguna vez tuviste novio?- le pregunta a Rachel mientras ambas se ponen los pijamas y se meten a la cama (hoy no ha películas. Tina está demasiado cansada).
- Si. Salí con un chico llamado Jesse en la preparatoria. Pero… no fue nada del otro mundo.- le contesta ella, previendo hacia dónde va la conversación, y apaga la luz.
- ¿Y qué… qué se siente? ¿Cómo sabes cuándo…? Ya sabes.- vuelve a preguntarle, arrastrando un poco las palabras y conteniendo un bostezo. Rachel sonríe.
- Cuando lo sabes… lo sabes. No hay mucho sobre eso.- dice, acomodándose las sábanas. Se quedan en silencio un rato, y Rachel sabe que Tina sigue despierta porque nunca se duerme sin desearle las buenas noches.
- Arite es lindo.- dice Tina, casualmente, y el corazón de Rachel se derrite.
- Yo creo que le gustas.- contesta. Tina parece encontrar todo aquello muy hilarante, porque suelta la primera carcajada que Rachel le escucha en casi un año de conocerla.
- Finn es muy lindo también.- agrega su compañera, cuando logra calmarse. Rachel asiente en la oscuridad.- Kurt dice que tiene los ojos…
- ¡No me digas!- le interrumpe, llevándose las manos a los oídos.- No me digas, no quiero saber.
- Bueno… está bien.- murmura Tina, con un dejo de tristeza, como si temiera haber enojado a su compañera. Vuelven a quedarse en silencio. Es algo infantil, pero Rachel simplemente no quiere saber. No quiere pensar en eso, idealizarlo. No piensa en el color de sus ojos o en su sonrisa o en el tono de su voz (o en el sabor de sus labios). No, definitivamente no debería… no. Eso lo hace todo más doloroso.
- ¿Tina?- le dice, después de un rato.
- ¿Hmm?
- Sabes que a veces pienso que si hubiera tenido una amiga como tu antes… tal vez no habría terminado aquí.- le confiesa. Tina parece meditarlo por un segundo, como considerando las opciones.
- Pero entonces no nos habríamos conocido. Ni a Santana y Kurt o a Artie. Ni a Finn.- contesta ella, como si se tratara de lo más elemental del mundo. Y es así, de hecho. - Buenas noches.- agrega, con un bostezo.
- Buenas noches.- contesta ella, casi automáticamente. Se duerme aquella noche concentrándose con muchas fuerzas en no pensar en Finn. De no estar tan cansada, lo lograría.
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Tina y Artie se besan por primera vez cuando el otoño ya se ha hecho permanente y Rachel está a punto de cumplir un año en el Santa Rita. Ella los llevó al lago a pescar y se ha sentado en una roca a leer unos artículos nuevos que Kurt le consiguió. No les está prestando atención, en realidad. Sabe que aquello es casi una cita para ellos. Tina ha estado mejorando mucho su tratamiento, y se está poniendo cada día más linda (a Rachel le parece que se está convirtiendo en demasiada mujer para Artie, pero no dice nada). Lo real y lo concreto es que en un momento ambos están pescando y él le está explicando como funciona la lancha de su tío y, al siguiente, él se calla. Rachel los busca con la mirada porque, francamente, le parece increíble que Artie esté guardando silencio. Entonces los ve. No debería verlos, piensa. Es algo privado. De ellos. Pero no lo puede evitar. Están sentados en el pequeño muelle, demasiado lejos el uno del otro, pero besándose de todas formas. Ella sonríe, pensando en la cara que pondrá Kurt cuando vuelvan y ella le suelte la noticia. Ellos se siguen besando. Rachel quiere ser feliz por ellos, y lo es pero… pero tampoco puede evitarlo. Ella y Finn se merecen eso. Ella quiere eso. Ella daría lo que sea por tenerlo. Esconde sus lágrimas detrás del libro que está leyendo, y se deja llevar por su tristeza. A partir de esa tarde las cosas cambian, y Rachel se siente más egoísta y más sola que nunca.
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- ¿Todo igual?- le pregunta a Kurt, mientras entra en la habitación con un ramo de flores recién cortadas en la mano. Kurt sonríe. Claro que todo está igual.
- No, hasta recién estuvimos jugando al Lacrosse.- bromea, sin levantar la vista de los análisis que está clasificando.- ¡Quien sabe que sueños estará teniendo con esa música que le pasas!- agrega, señalando al pequeño reproductor, antes de salir de la habitación con las manos cargadas de papeles. Hoy están escuchando una banda llamada Journey, porque Finn cumplió años hace unos días y su madre le envió una colección de discos de regalo. Rachel se sienta en el borde de la cama, y le da un beso en la mejilla.
- ¿Cómo te sientes hoy?- le pregunta, secando unas partituras de su pequeño bolso y comenzando a leerlas, mientras traza perezosos círculos en el antebrazo de Finn con las yemas de sus dedos. A veces hace eso también, últimamente. A veces pretende que es sólo una tranquila tarde de domingo, en la que él dormita a su lado, cansado por una larga semana de trabajo. Ella tararea al ritmo de "Don't Stop Believing" y pellizca la piel de su brazo, sonriendo cada vez que siente que la piel de él se eriza bajo sus dedos. Él cambia el ritmo de su respiración, casi como si suspirara. Casi como si estuviera… contento, en paz. Como si le agradara esa tarde de domingo imaginaria que ella ha planeado para ellos. Rachel se incorpora después de un buen rato y comienza a cambiarle las flores que suelen ponerle en el jarrón que Tina le hizo especialmente en el taller de cerámica.
- Hoy comimos Pollo en el almuerzo, y Santana dice que tal vez esta noche nos den Pizza. No hemos comido pizza en un largo tiempo.- le comenta ella, cortando los pequeños tallos de las flores para armar el ramo. Finn suelta un quejido, y ella una risita. Entonces él suspira de nuevo. Y otra vez. Rachel se acerca. Hay algo distinto en su rostro que no puede descifrar. Los monitores comienzan a titilar, como si algo anduviera mal, y ella suelta el jarrón, que se hace pedazos en cuanto se azota contra el suelo. Corre al pasillo, llamando a Kurt o a Santana o a cualquiera que oiga.
- ¿Finn? ¿Finn?- le dice ella, desesperada, tomándolo de las mejillas mientras él se mueve en la cama. Entonces… él abre los ojos. Los enormes, profundos, brillantes, asustados ojos marrones que la miran con pánico, con temor.- Finn… tranquilo.- le dice ella. Él no hace caso. Mira hacia todos lados, intentando en vano sentarse en la cama. Parece como si quisiera gritar pero no pudiera. Ella intenta tomarle una mano, pero él se aleja, temblando. En un segundo, la habitación se llena de médicos y enfermeras y los aplacados gritos de Finn, que intenta escaparse en vano. Rachel se ve empujada hacia afuera, y ella no opone resistencia. Es como si alguien le hubiera quitado el piso sobre el cual estaba parada. Obtiene un vistazo de los ojos de Finn una vez más antes de que alguien le cierre la puerta en las narices.
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- ¿Cuánto hacen que lo están examinando?- pregunta Tina.
- Casi… cuatro horas.- responde Rachel. Está acostada en su cama, mirando hacia el techo y aferrándose al pequeño comunicador que Kurt le dio para mantenerla informada. No ha vuelto a verlo desde que él despertó. Primero fueron los médicos del piso y las enfermeras, y después fueron los especialistas. Rachel está ansiosa, irritable. No puede sacarse de la mente el asustado rostro de Finn, el rechazo y el desconcierto en sus ojos, la frialdad con la que rechazó su contacto. Desearía poder estar con él ahora. Desearía poder abrazarlo, acariciarlo, consentirlo, como en todos esos momentos en que ella lograba calmarlo con solo tocarlo. Esta al tanto de que si no lo ve en el transcurso de la noche… no lo verá por un par de días. Su familia llegara en la mañana, y de seguro van a acapararlo. Tina se pone de pie y camina hasta la ventana. Rachel sabe que está nerviosa, porque se ha tocado el ruedo de la pollera desde que se enteró de que Finn se despertó.
- ¿No deberías… vestirte un poco mejor?- le dice, con una media sonrisa. Rachel también sonríe. Probablemente debería. El intercomunicador vibra entonces, y Rachel se incorpora ágilmente, calzándose las zapatillas y saliendo rápidamente. Tina la sigue. (Los planes de arreglarse han quedado olvidados).
- ¿Cómo está?- le pregunta a Kurt, en cuanto llegan a la puerta de la habitación. El sonríe, tomándola de los hombros para tranquilizarla.
- Bien. Más calmado. Creo que se pondrá un poco mejor cuando vea a nuestra madre. Puedes… pueden pasar si quieren.- les responde, abriendo la puerta. Rachel inspira y entra, seguida de cerca por Tina y Kurt. Finn está tumbado en la cama mirando hacia el techo, y se gira en cuanto ellos entran.
- Hola.- dice ella, mirándolo fijamente a los ojos. Él asiente y sonríe, y vuelve a mirar al techo. Rachel siente como Tina se mueve a su lado, nerviosa. Se acerca hasta la silla (su silla) y se sienta en ella.- Yo te acompañaré esta noche. ¿Está bien?- le pregunta. Él vuelve a asentir, sin prestarle mucha atención, sin siquiera mirarla a los ojos. Tiene el ceño fruncido, como si estuviera realmente concentrado en algo, y suelta un suspiro muy similar a aquellos que solía soltar mientras aún estaba… dormido.
- Los dejaremos entonces. Vendré en un par de horas a relevarte. No te asustes, Finn. Ella es fantástica.- le dice Kurt, dándole a su hermano una palmada en el hombro y guiñándole un ojo a Rachel. Finn parece debatirse consigo mismo por un momento, pero luego asiente, sin sonreír, como permitiéndole que se retire. Tina también se gira sobre sus talones para irse, saludando a Rachel con la mano y dándole una media sonrisa. Se quedan en silencio entonces y es… tan extraño, piensa ella. Es increíblemente extraño que estén en silencio cuando ahora pueden… no hacerlo.
- Perdón por lo de hoy.- dice él, con la voz rasposa y cortada. Rachel se sorprende tanto de que él le esté dirigiendo la palabra que por un segundo se queda en silencio, como aquella primera vez en que Tina le habló en la oscuridad de su cuarto. Ella no sabe si esa es realmente su vos o si ahora es de ese modo por todo el tiempo que él paso en silencio. No le importa.
- ¡No, no tienes… no tienes que pedirme perdón! Entiendo cuan confuso fue todo para ti.- responde, nerviosa, moviéndose en la silla para mirarlo. Él también la mira. Es como si la viera por primera vez, de hecho. Como si sólo entonces le estuviera prestando atención.
- ¿Te conozco?- le pregunta, claramente confundido. Ella sonríe.
- Que estúpida… no me presenté. Soy… Rachel. Rachel Berry. Yo… te he estado cuidando estos meses.- le explica. Sabe que se está sonrojando, pero no sabe bien porqué. Pero él habla, y le habla a ella, y tiene los ojos más hermosos que ha visto y… ella no ha sido así de feliz en toda su vida, eso es seguro.
- ¿Enfermera?- inquiere él, tosiendo un poco. Ella se incorpora y le acerca el vaso con agua, ayudándolo a beber de él.
- No, yo… yo también estoy en tratamiento. Sólo… tenía demasiado tiempo libre y tú estabas siempre aquí y… te cuidaba.- responde, acomodándole las almohadas y acariciándole la frente y el cabello cariñosamente. Él la mira extrañado, sorprendido, y ella vuelve a sonrojarse. Deberá acostumbrarse a la idea de que él no la conoce. No sabe que es natural que ella haga ese tipo de cosas. Pero entonces Finn le sonríe. Tiene los dientes un poco separados y su sonrisa es algo ladeada, y sus ojos brillan y Rachel cree que va a desmayarse allí mismo, cayendo sobre él como esa primera vez en que Kurt la sorprendió mirándolo. Él vuelve a toser, y ella le acerca el vaso otra vez.
- Tal vez no deberías hablar tanto.- le dice, con una sonrisa. Su auto control es sorpréndete, piensa ella, cuando él ríe entre toses.- Me alegra muchísimo que te hayas despertado.- suelta, casi sin pensarlo, o pensando exactamente en eso. Él asiente, aún sonriendo, y ella vuelve a su silla.
- ¿Quieres dormir?- le pregunta, quitándose las zapatillas y cruzando las piernas. Él niega con la cabeza.- ¿Tienes miedo de volver a caer en el coma?- bromea Rachel. Él no sonríe esta vez, si no que vuelve a mirar al techo, y ella quisiera pegarse a sí misma por hacer un comentario tan estúpido.- Podemos… podemos mirar alguna película, si quieres. ¿Qué te parece?- inquiere, con un tono de voz entre dulce y suplicante que no ha usado nunca en su vida. Él asiente, aún sin mirarla.- Miremos "El Padrino". Nos encanta mirar "El Padrino".- propone, poniéndose de pie y preparando el televisor.
- ¿Nos?- murmura él, con el mismo tono rasposo, y ella vuelve a sonreírle. Acerca un poco más la silla a la cama, y tiene que contener el impulso de tomarle la mano cada veinte segundos. Es como si nada hubiera cambiado, piensa ella. Excepto por el hecho de que él a veces contesta a sus comentarios o tose de vez en vez. Y porque cada vez que ella se voltea para mirarlo, sus ojos le devuelven una mirada que, a cada segundo, se llena más de gratitud.
-oo-
- ¿Qué le pasó a mi cabello?
- Oh… eso. Bueno… yo te lo corté.
- ¿Y la barba?
- Lo lamento, Finn, pero nos pareció más oportuno cortártelos.
- ¿Nos?
- Bueno… me pareció. Puedes dejártelo crecer ahora, si no te gusta.
- No. No, no está del todo mal. ¿Me lo seguirás cortando tu?
- Sí, claro.
- Entonces se queda.
-oo-
Hay tanto silencio. Un pesado, pesado silencio. Es casi como un manto, en realidad. Él mira al techo, con la vista en blanco, y ella lo mira a él. Quiere decirle algo, pero no sabe qué. Rachel cree que, en realidad, Finn está asustado. Tiene miedo. No entiende del todo lo que le ocurrió, y eso lo pone irritable. Suspira de a ratos, respira lentamente, y Rachel cree que lo ve llorar un par de veces. Y cuando lo ve llorar esa noche… algo en ella se enciende. Es como si, por fin, ella entendiera por qué está ahí. Está ahí porque él la necesita. Y estará ahí mientras eso no cambie. Se mueve en su silla, recostándose un poco, y Finn ni siquiera la mira. Entonces ella comienza a cantar.
-"Oh, a mi hombre lo quiero tanto. Él nunca lo sabrá. Mi vida es un caos, pero a mí no me importa. Porque cuando él me toma en sus brazos, el mundo brilla… se arregla. ¿Qué diferencia habría si yo dijera "Me iré lejos"? Cuando se que volveré de rodillas algún día. Lo que sea que mi hombre sea, yo soy suya… por siempre".- es casi un murmullo. Es como si, en realidad, la canción la estuviera cantando a ella. Rachel abre los ojos entonces, y se encuentra con las oscuras orbes de Finn clavadas en su rostro.
- Tu voz… es hermosa.- murmura él, asombrado. Rachel sonríe, intentando no sonrojarse, y Finn le devuelve la sonrisa. No lo ha visto sonreír en días. No de forma tan dulce. Él se incorpora en la cama, sentándose, apoyando su espalda contra la pared, con la vista aún clavada en Rachel.- Puedes… ¿cantarías algo mas para mi?- le pide, casi avergonzado. Rachel sólo asiente. No puede decirle otra cosa. Tiene miedo que, de abrir la boca, una serie de sinsentidos saldrán corriendo. Sin embargo, antes de darse cuenta, ya se encuentra cantándole a Finn los primeros versos de "Somewhere". Él sonríe. Ella sonríe. Todo está bien.
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Él casi no habla, excepto con ella. Es más bien como si aún estuviera evaluando su situación, como si no terminara de creer lo que los médicos, las enfermeras, su familia y Rachel le dicen. Sus padres vienen todos los fines de semana, y de a poco Finn se va mostrando ante ella tal cual es. Él es bastante frontal. Rachel no sabe si siempre ha sido así o si haber pasado por una situación cercana a la muerte lo ha hecho adoptar esa posición. Se lleva bien con Tina, por ejemplo. Los dos tienen esta política del silencio, por lo que se resultan atractivos. Ambos son iguales en ese sentido: no hablan demasiado, pero dicen mucho. Como si cada palabra fuera elegida con detenimiento. Rachel es bastante más impulsiva.
- Artie me hace doler la cabeza.- le dice esa tarde, mientras ella acomoda la ropa limpia que acaba de traer. Rachel no puede evitar sonreír. Ya tienen una rutina, piensa ella. Antes también la tenían pero ahora… ahora es mucho mejor. Ahora ella hace las cosas que solía hacer con la diferencia abismal de que él la mira con detenimiento mientras ella cumple con sus tareas y, de vez en cuando, le habla de algo.
- A mi también. Pero es un buen chico.- le responde, abriendo las cortinas para que entre un poco de luz.
- Tina es demasiado linda para él.- agrega Finn, intentando retomar con los ejercicios de coordinación que la terapeuta le dejó.
- Puede ser, pero aquí… no hay mucho más para elegir.- concede ella, sentándose en el viejo sillón. Él parece meditar por un segundo lo que va a decir.
- Tú… ¿tenías más para elegir?- le pregunta, sin mirarla, casi en un susurro, y a Rachel le parece que se está sonrojando.
- ¿A que te refieres?- lo interroga ella, intentando restarle importancia.
- A que no entiendo porqué perdiste tanto tiempo conmigo.- responde él, casi apenado. He allí otra cualidad que comparte con Tina: esa mirada perdida y suplicante, como si el resto del mundo lo considerara una pérdida de espacio. Rachel lo toma del brazo, trazando aquellos círculos que no ha trazado en un buen tiempo.
- Nunca repitas eso. Contigo… contigo el tiempo no se pierde, Finn.- contesta ella, sin atreverse a mirarlo.- Ha valido la pena si te ha hecho volver.- agrega, con una media sonrisa. Él también sonríe.
- Tu también eres muy, muy linda. Hermosa.- le dice, acariciándole una mejilla. Ella le cree.
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- Falta poco para el receso de invierno.
- Sí, solo un par de semanas.
- ¿Te irás… a algun lado?
- No, no tengo planes.
- Oh. ¿No tienes familia que visitar o…?
- No, en realidad… la única familia que me quedaba era mi padre, pero murió hace unos meses.
- Lo lamento mucho… en serio. Desearía… desearía haber estado contigo. Haberte acompañado.
-… lo estuviste, Finn. Créeme que estuviste.
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- Están por darte el alta.- le confiesa Santana esa noche, mientras ambas doblan los manteles del comedor. No es una sorpresa. Rachel sabe que el tratamiento está llegando a su fin. No ha tenido una decaída en meses (no al menos desde que Finn se despertó). Suspira amargamente. Todos allí parecen querer irse, terminar con sus tratamientos. Pero ella… bueno, ella encontró un lugar en el McKingley que nunca había encontrado antes. A veces, Rachel cree que este último año de silencios con Tina, de espera con Finn y de damas con los enfermeros le ha enseñado más de si misma que los complicados cuestionarios que la doctora le hace llenar todas las semanas. Pero así es como debe ser, ¿no? Santana la mira por un segundo, como si pudiera leerle los pensamientos.- Yo tengo una idea. Algo que hará que te quedes.- le dice, sentándose en una de las sillas. Rachel se apoya en el filo de la mesa y le hace un ademán con la mano para que ella continúe hablando.- Bueno… podrías inscribirte como acompañante terapéutica. De Finn, de Tina y de Artie. Y podrías proponerte como tutora de un nuevo taller.
- ¿Y que puedo llegar a enseñar yo, Santana?
- ¿No eres profesora de Música o algo así? Podrías… armar una nuevo taller de piano o… o de historia de la música. O hasta de cine. Sabes mucho de comedia musical. Eso te ayudó mucho con Tina, ¿no?
- Sí… supongo que si.
- Pues ahí lo tienes. Puedes ayudarnos a nosotras las enfermeras también. De hecho ya lo haces. No te pagarán mucho, pero te dejarán quedarte.- finaliza, dándole una pitada al cigarrillo que acaba de encender. Rachel lo medita por un segundo, mientras el humo revolotea a su alrededor. No es una mala idea. Para nada. Sobre todo si le va a permitir quedarse allí por un tiempo más.
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Le dan de alta un viernes. Oficialmente, Rachel ya no es más una paciente en el McKingley, pero eso no la altera demasiado. El taller se abre unos días después, y al principio solo cuenta con la presencia de Tina, Finn y Artie (y eventualmente Santana y Kurt, cuando estos no tienen mucho trabajo). Sin embargo, para la tercera reunión ya son casi doce, y Rachel se encuentra en la difícil tarea de aprenderse los nombres y las áreas de internación de todos. Las cosas no cambian tanto, después de todo. Tina sigue durmiendo a su lado, Finn sigue estando en su habitación la mayor parte del tiempo (porque aún le da vergüenza que lo vean en la silla de ruedas) y Artie sigue hablando más de lo tolerable. Aún con sus nuevas tareas, Rachel encuentra el tiempo para asistir a los juegos de damas de los jueves y charlar con Tina antes de dormir. Por sobretodo, Rachel aún encuentra el tiempo para sentarse con Finn debajo de los naranjos a mirar la puesta de sol. No sabe cómo, pero siempre logra convencerlo. Sin excepción. Es como si él no pudiera negarse a nada de lo que ella le propone. Y a veces, la mayor parte de los días, Rachel debe contener las ganas de aprovecharse de la situación.
- Sólo digo que es un poco confuso, es todo. Es difícil cuando todos se llaman igual.- se queja él, cerrando su copia de "Cien años de soledad" y tirándola a su lado en el césped. Han logrado un buen ritmo en el club. Cada uno debe leer un libro, ver una película y escuchar un disco por semana, y después todos lo comentan en las reuniones colectivas. Rachel es quien selecciona el material.
- No te preocupes, hablaremos de eso esta noche.- lo tranquiliza ella, colocando un par de naranjas en la canasta que él tiene en su falda y sentándose en el pequeño banco que ha estado usando como escalera. Se frota las manos intentando calentárselas.
- Esto va a sonar muy raro…- dice él, casi en un susurro, con una nota de dulzura en la voz que la obliga a Rachel a mirarlo.- pero no puedo sentir el perfume de las naranjas sin pensar en ti. Inmediatamente.- finaliza, jugueteando con las frutas. Rachel sonríe. Ella aún recuerda las noches en las que solía irse a dormir pensando en no pensar en él y, francamente, esto es mucho mejor de lo que podía imaginar. El silencio compartido de las últimas tardes de invierno debajo de los naranjos… eso parece demasiado bueno para ser verdad. Aún cuando no avanzan. Aún cuando él no la ha besado aún o ella no lo ha besado aún o no se han besado.
- El baile de primavera es en una semana.- dice ella, rompiendo el silencio, intentando salir de ese lugar extraño al que su mente se va cuando Finn está cerca. Él asiente.
- Si, Tina me comentó algo.- responde, mirándola de reojos.- Tú… iras conmigo, ¿no?
- Claro. Si tú quieres ir, iré contigo. Soy tu acompañante terapéutica después de todo.
- No, yo no… no me refería a eso.- la corrige él, moviéndose en la silla para mirarla directamente a los ojos (casi seis meses y Rachel aún no se acostumbra a los profundos, dulces y frágiles ojos de Finn en los suyos).- ¿Irías conmigo… como en una cita?- le pregunta. Ella no puede contener la sonrisa que se forma en sus labios.
- Me encantaría.- murmura, asintiendo. Finn también sonríe y, por un momento, a Rachel le parece que va a besarla. Pero no. Verán, lo increíble de la perfección es que, en la mayoría de las veces, es imperfecta. Posee esta cualidad única de hacernos esperar siempre más, aún cuando "perfecto" debería ser el tope.
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Él nunca habla del tiempo en que estuvo en coma. Ese es el único tema que no toca. Ni siquiera con Rachel. Tal vez no quiere pensar en ese tiempo, o tal vez no lo recuerda. No todos son tan respetuosos como ella, sin embargo. Puck, uno de los del primer piso que asiste al taller de Rachel, está obsesionado con Finn, con su historia y, sobre todo, con esos meses fatídicos en los que él estuvo pero no estuvo.
- ¿En serio no recuerdas nada?- es su latiguillo. Cada cena, cada reunión, cada vez que se cruzan en los pasillos… Puck nunca pierde la oportunidad de preguntar por eso. Al parecer, no conoce una negativa cuando la ve. O no la acepta, que es mucho peor.
- ¿Nada? ¿Nada de nada? ¿No hay luces blancas o voces estridentes o sueños alucinógenos… nada?- inquiere, por millonésima vez, mientras toman el desayuno. Finn deja el tenedor en la mesa con mucho cuidado, como si temiera apuñalarlo (Rachel no lo culparía). Suspira antes de contestar, vencido.
- Ahora que lo pienso… recuerdo un sueño. Hay… una carretera larga que corre hacia el sol. Yo voy en este auto, las ruedas giran contra el pavimento. Y estoy pensando en una mujer, le estoy… le estoy hablando aún cuando ella no está ahí. Y ella me contesta. Es una especie de conexión. No lo sé, es todo lo que recuerdo.- dice, volviendo al pan con manteca y al té con leche. Puck abre los ojos brillantemente, como si Finn acabara de decirle que es el mismísimo hijo de Dios.
- Excelente la broma de esta mañana.- le dice Rachel más tarde, mientras lo acompaña a la sesión de fisioterapia. Él frunce el ceño, sin entender.- Sí… ¿cuando le relataste a Puck la letra de "Faithfully"? Fantástico.- Finn suelta una carcajada.
- No le mentí. Realmente recuerdo eso.- le confiesa. Rachel no sabe si está más sorprendida porque él le está contando (por fin) algo de ese tiempo o porque sabe, con total seguridad, de donde provinieron esos recuerdos: ella misma le pasaba esa canción unas dos veces por día.- ¿Sabes que más recuerdo? Algo acerca de unas estrellas doradas. No sé de donde proviene eso. Y… y una voz muy dulce, hermosa, cantándome al oído.- agrega, mirándola directamente a los ojos. Rachel no contesta. Sin embargo, antes de dejarlo en la pequeña sala de la terapia, se acerca a él y le da un beso en la mejilla. Porque puede. Porque quiere. Porque aquellos meses de espera no fueron en vano. Porque él es Finn y es mejor de lo que ella soñó. Y Rachel realmente, realmente… lo quiere a él más de lo que puede contar.
- ¿Rach?- la llama él, antes de que ella se pierda en el pasillo. Rachel se gira para mirarlo.- ¿La voz que escuchaba? Era la tuya.- le confiesa, con una media sonrisa. Rachel también sonríe, sintiendo como los ojos se le llenan de lágrimas.
- Lo sé.- es todo lo que puede decirle. Finn asiente, satisfecho, e ingresa a la sala de rehabilitación. Rachel se sienta allí mismo, en la oscura galería, a esperar a que él salga. No tiene nada más que hacer. No quiere estar en otro lugar.
