Frederick supo que había algo mal cuando Andrew lo apartó de su cuerpo. No lo hizo de forma violenta, sin embargo, sabía que ese movimiento tranquilo indicaba que su amigo ya sabía toda la verdad sobre él, era imposible que fuera de otra manera. Y eso que al sentir sus labios, Frederick comprobó cuánto amaba al hombre que tenía frente a sí, que sus labios habían necesitado de los otros para recuperar una calidez que se le había perdido no sabía dónde. Al pensarlo de un momento a otro se dio cuenta que no recordaba cuándo asumió su amor por el mismo sexo, tal vez porque no amaba a los hombres, sólo a Andrew, por ello, a pesar de haber sido empujado, él sonrió para sí mismo como un tonto, como una mujer entregada a un amor imposible de realizar. Por otra parte, Andrew miraba al chico fijamente, con seriedad contenida, aún pensando en las palabras apropiadas para comunicarle sus intenciones. Decirle que no le gustaban los hombres o que él no le atraía no era lo más apropiado.

-Frederick, has tenido una muy mala suerte si naciste mujer en cuerpo de hombre… Es una lástima, pero no beses a otros como si nada creyéndote una mujer.

Ahora le decía que era una especie de fácil al ir besando a otros cuando ese era su primer beso. Lo juzgaba porque había sido besado por un hombre del cual no conocía sus sentimientos. No, Frederick sabía que su amigo estaba enterado de todo y que sólo intentaba ser sutil, pero aquellas palabras continuaban hiriéndolo y ni siquiera soportó cuando Andrew acercó su mano para arreglarle el cabello y secarle las lágrimas. ¿Por qué se comportaba así? No tenía que ser amable al instante siguiente de haberlo rechazado. El chico apartó el rostro enfadado, continuó secándose las lágrimas él mismo y se cruzó de brazos considerando que lo ideal era volver a ser él mismo, entonces carraspeó.

-Tonterías… Ayer dejé mi arma aquí. Tomémosla y vámonos a comprar las cosas que necesitas…-

-Claro…- él sacó desde la mesita de noche el arma de su amigo y se la entregó sólo tras quitarle las balas pues debido a la impulsividad de su amigo supuso que éste no dudaría en dispararle en un arranque de ira, después meditó y recordó que aún iba en pijama – Voy a cambiarme, quédate en la oficina.

-Como digas…-

Y aunque el joven se quedó en la oficina hasta que el hombre estuvo arreglado completamente, no estuvo presente en espíritu ni cuando lo acompañó a comprar, ni cuando comieron juntos. Ese día no fue a clases, estuvo desatento en el trabajo. De buena gana se habría quedado encerrado en su dormitorio, pero debido a que su madre aún rondaba por casa se dedicó a trabajar a medias, pero trabajando de todas formas. Incluso optó por hacer la guardia nocturna en la biblioteca y así vigilar todas las acciones de su compañero Andrew, a quien lo imaginaba destruyendo todo el lugar.

La biblioteca era un gran edificio que se encontraba en la esquina de dos calles, justo en donde antes se encontraba otra biblioteca seriamente dañada por un incendio. Estaba hecha al estilo renacentista lombardo, por lo tanto, tenía varias tendencias griegas como los pilares que pasaban del segundo al cuarto piso. Luego de traspasar la reja que la custodiaba y la estatua que había en la entrada, había que cruzar un pórtico que también manifestaba con exquisitez el estilo renacentista: los portales circulares, los detalles en cada pilar, las barandas que protegían el piso superior, todo que en conjunto, entregaba la sensación de un edificio clásico cuyos detalles se habían cuidado para que no fuera una simple construcción sin elegancia, nada art-deco. La fachada del primer piso era más bien común, no obstante, en el segundo piso cada una de las ventanas daba hacia un pequeño balcón, así mismo sucedía con el tercer piso y en el cuarto piso había una azotea donde reposaban las chimeneas y un gigantesco tragaluz. Aquel tragaluz era una maravillosa estructura de concreto y cristal que permitía a la luz natural entrar al edificio durante el día y por la noche reflejaba el brillo lunar para hacer resplandecer la escalera y estantes de caoba. Al ser un edificio tan grande, Frederick se abrumaba pues se sentía pequeño en ese gran espacio y temía que los libros pudieran caer sobre él. Muchos de ellos eran grandes volúmenes de portada durísima por lo que cualquiera de ellos podría matarlo con tan sólo caer sobre su cabeza. De todas formas, ese día no parecía pensar en eso mientras sacudía las hermosas mesas de madera oscura y las lámparas de lágrimas que adornaban el alrededor, por el contrario, miraba a Andrew que parecía buscar algo.

Conforme el hombre buscaba lo que fuera que necesitara, Frederick pensó en el momento en que se habían conocido. Había sido hace cinco años y por entonces Andrew ya estaba comprometido y tenía el mismo cuerpo de hombre que en la actualidad, también estaba terminando sus estudios en antropología, esa carrera inútil según él. De hecho cuando lo conoció leía La familia entre los indígenas australianos de un tal Malinowski, pero en realidad era una lectura que no servía de nada ya que Australia era otra isla muy lejana de la isla británica que para alguien de clase media como él no era posible recorrer, así, jamás podría hacer investigación alguna sobre los indios de cualquier lugar. De todas maneras, Andrew leía entretenido ese libro sentado en la plaza central de esa ciudad y contaba con veinte años, la edad que recién Frederick tenía. En esa época él tenía quince y su única afición era descansar bajo un árbol. A él ni siquiera le gustaba leer.

Si ese día no hubiera conocido a Andrew seguramente seguiría tomando libros a la fuerza y no por el simple gusto de devorar los nuevos mundos y conocimientos que éstos le obsequiaban, pero, aún peor, continuaría sintiendo el vacío de una vida que no tendría buen término. Sin él, habría sido un vago toda su vida. No obstante, si continuaba analizándolo con detenimiento, era posible que, si no lo hubiera conocido tampoco habría conocido un amor tan doloroso o al niño que el día anterior había estado hablando con él. La vida era toda una encrucijada y a Frederick, que estaba deprimido, sólo se le quedó ese último pensamiento conforme seguía desempolvando la biblioteca inmensa.

A Andrew, que revisaba libros, también se le vino a la mente ese primer encuentro con Frederick al encontrarse con el volumen de La familia entre los indígenas australianos pero su percepción sobre el encuentro fue mucho más alegre. Recordaba a un chico sentado bajo un árbol y mirando hacia el lago donde las parejas paseaban en botes y los patos se bañaban; al principio, viéndole sólo el rostro, le pareció que se trataba de una mujer vestida de hombre y su sorpresa fue grande cuando notó que en realidad era un chiquillo afeminado. De todas formas, decidió acercarse a él como para gastarle una broma e intentar seducirlo porque un rostro tan de señorita no podía ser sólo eso, debía haber algo más. Finalmente, tomó asiento a su lado en el mismo árbol.

-¿Qué quieres? – había dicho en esa ocasión Frederick con una expresión para nada amable.

-Me preguntaba qué hacía una señorita sentada sola frente al lago y vestida de hombre. Bueno, dado que observa tanto el lago pensé que querría ir y subir a un bote, yo la invito.

Obviamente la reacción de Frederick había sido muy distinta a la de una dama pues a pesar de sus bonitos rasgos era como un mono adolescente. Lo primero que hizo fue quitarle el libro de antropología y arrojarlo al agua, luego empezó a gritarle como un desquiciado, algo para nada extraño en él.

-¡¿Acaso tengo cara de mujer?! ¡No es mi culpa tener una familia repleta de mujeres y un padre debilucho! ¡Si heredé el rostro de mi madre o algo así es precisamente porque ella es más fuerte que mi tonto padre! ¡Así que puedes irte a la mierda con tu cuento de la señorita vestida de hombre! – Se acercó al lago a tomar el libro enlodado y se lo arrojó a la cara.

-Qué grosero… Pero viéndote de pie se nota que de dama no tienes nada. Eres pequeño pero tienes más hombros que caderas, como los varones…- Andrew rió. Esa era la primera y una de las pocas ocasiones en que el joven vio esa risa clara como el agua fresca del lago y ni siquiera se había inmutado por el lodo de su cara - ¿Qué te gusta hacer?

Frederick no tenía predilección por nada.

-¡¿Por qué no vienes a la biblioteca de día?! – gritó Frederick de pronto a su compañero cuando ya había terminado con un estante y alcanzado aquel que revisaba Andrew - ¡En el día la bibliotecaria a la que ayudo podría decirte de inmediato dónde está el libro!

-Jamás me diría la ubicación de lo que estoy buscando en realidad. No es un libro.

-Sí, debí suponerlo. Pero termina pronto, si te descubren me regañarán y despedirán. No puedo darme el lujo de conseguir otro trabajo tan bueno como este.

-Si me ayudaras terminaría más rápido…-

-¿Qué quieres en la biblioteca? Aquí sólo hay libros y tonterías de ese tipo…- se acercó a él para mirar si tenía algo entre las manos pero al ver que Andrew no tenía nada sólo suspiró.

-Leyendo el periódico supuse que aquí hay una puerta oculta hacia unos pasadizos secretos. La forma en que consiguen algunas noticias es sorprendente… así que si descubrimos esos pasadizos sería muy interesante descubrir a dónde nos llevan y claramente, podríamos usarlos para resolver casos propios.

-Tonterías…-

-Está bien, no necesito ayuda. Puedes seguir con tu trabajo, yo no molestaré.

Y acto seguido se marchó a otro punto de la biblioteca. El chico, pasmado, se quedó mirándolo fijamente unos instantes y volteó deprimido hacia un lado para continuar su trabajo de asear y vigilar el edificio. Como su obligación no era limpiar, sacó su arma de fuego y fue a la entrada de la biblioteca pues esa era la única manera de que alguien entrara en ella.

Sentado en un escalón de la gran escalera de concreto, Frederick se apoyó en la baranda y miró a la luna que era su única compañía. Sus ojos reflejaban la luz que ésta a su vez reflejaba del sol y ante ellos continuaron transcurriendo las memorias de ese primer encuentro con Andrew. En cuanto él le había preguntado qué le gustaba hacer no supo responderle. A los quince años no había muchas cosas con las que entretenerse y si no te gustaba la lectura, tenías menos cosas aún que te agradaran. No le gustaban los deportes, tampoco el arte, no tenía talento para dibujar o escribir. Ser pintor habría estado bien, pero como era zurdo tenía aún más complejidades para tomar el pincel y hacer los trazos que él hubiera considerado como los apropiados. ¿Qué más existía? Los caballos, sí le gustaban los caballos pero nunca había subido a uno. También le gustaban los barcos pero le daban miedo desde que el RMS Titanic se hundió; los aviones que habían comenzado a aparecer diez años atrás también le atraían pero no era fácil conseguir uno de ellos.

-¿Qué me gusta? Las tecnologías… los medios de transporte modernos y las armas de fuego, supongo…-

-¿Y las novelas de misterio?

-No…-

-¿Has leído alguna al menos para decir que no te gustan?

-No, pero no me gustan los libros así que da igual…- refunfuñó – Los botes no me gustan, pero de buena gana le dispararía a uno de esos patos o a esos idiotas emparejados.

-Ya veo. Yo vine a leer y me di cuenta que frente a mí tengo a mi más valiente ayudante. ¿Qué te parece? ¿Quieres trabajar para mí? Te daré unos cuantos chelines por semana si todas las mañanas llevas el periódico a mi casa y me ayudas con otras cosas… ¿Pero por qué no lees aunque sea una novela de misterio? Si lees una te daré un arma y serás mi ayudante de verdad, seremos detectives y dispararás a nuestros enemigos.

Frederick lanzó un sonoro suspiro y sintió que se iba a echar a llorar al recordar con tanta claridad esas palabras. Como era un niño tonto, la idea no le pareció mala por ese entonces y creyó que esa sería una aventura valiosa sellada con una especie de promesa no formulada. Pero durante la mañana, Andrew había asumido que la vida era muy distinta a como había dicho en el pasado en el primer encuentro. Igualmente, Frederick se divertía al lado de su amigo en esas aventuras infantiles, mas comenzaba a pensar que con el cambio de los tiempos ya era hora de sentar cabeza, no sabía si su amigo ya lo tenía pensado porque a veces era muy serio con la vida y en otras ocasiones, como esa, se comportaba como un tonto desinteresado. Ojalá supiera qué pasaba por su cabeza, aunque imaginó que Andrew no pensaba mucho y sólo absorbía los conocimientos de los libros para expulsarlos como una máquina, como un diccionario, sin que pudiera darles una verdadera aplicación. Sus pensamientos se interrumpieron con el sonido de una cuerda. Pensó que alguien iba a robarles, pero se dio cuenta que ese ruido era más distante, que provenía del museo vecino. ¡Estaban robando el museo y él estaba junto a Andrew al lado del edificio para evitarlo!

En silencio pero con rápidos movimientos, el ayudante del detective se internó en la biblioteca hasta que, dentro, pudo correr con libertad. Sin dar muchas explicaciones a su jefe, lo tomó de la muñeca y lo arrastró hacia el exterior para señalar la cuerda y a un hombre que descendía del edificio.

El hombre iba vestido de negro y dado que nadie vigilaba el lugar, parecía demasiado confiado en que no lo atraparían. Ni siquiera le temía a la delatora luz de la luna llena. Pero Frederick estaba decidido a atraparlo por lo que en cuanto una nube pasó cerca del astro saltó en un ágil movimiento por la baranda de la escalera para caer a un lado de la biblioteca, salir por encima de la reja y así encaminarse hacia el museo con sumo cuidado. Andrew en cambio decidió analizar un poco más e intentó recordar algún robo en otro lugar que contuviera artículos valiosos como los de un museo. En el periódico no había nada relevante, no tendría que preocuparse de la inoportuna presencia de Scotland Yard. Ya consciente de esos factores siguió a su compañero.

Frederick corrió hacia el sospechoso y le apuntó con su arma. El sospechoso, que iba tan cubierto que de su rostro no se veían ni los ojos le hizo un gesto con la mano para indicarle que se acercara más, por lo que el impulsivo joven avanzó para demostrarle que no le tenía miedo. En ese instante el ladronzuelo lanzó una patada al nivel de la tierra, empujó a Frederick al suelo y le arrebató el arma con un rápido movimiento de su mano, el chico se levantó, le regresó el golpe con un puño en su estómago y empezó a lanzar ágiles patadas voladoras, como si hubiera aprendido artes marciales con un experto, pero sólo era la experiencia que Andrew le había dado a través de los libros. Para demostrar cuán hábil era Andrew a comparación de su amigo, éste sólo hizo una aparición silenciosa detrás del ladrón y golpeó su nuca para dejarlo inconsciente.

-Muy hábil de tu parte…- sentenció Frederick mientras recuperaba su arma.

-Si hubiera ido a la guerra a mi regreso habría sido un hombre de un alto rango militar, lamentablemente no se me llamó a filas.

-Estaba pensando que cuando nos conocimos hace cinco años estábamos en plena guerra… como apenas tenía quince años no lo recordaba y eso que eso fue algo importante.

-Está bien, a mí también se me olvida a menudo. No hay que desperdiciar pensamientos en algo que ya pasó.

Utilizando la cuerda, Andrew hizo un fuerte nudo en las muñecas del ladrón dejando un trozo de soga para llevarlo como si fuera un perro. Parecían victoriosos pues hace tiempo que no conseguían una de esas hazañas y todo habría sido perfecto de no ser por la llegada de la policía inglesa que capturó a los tres por diversos cargos para cada uno. Allí estaba el presentimiento de Andrew quien sabía que habría problemas si no llamaban a la policía antes de realizar cualquier movimiento, pero, a fin de cuentas, era su error de nuevo por no haberlo dicho a tiempo. Gracias a eso se llevaron como única recompensa una noche en las celdas individuales de la comisaría.

Dentro de un espacio tan reducido el detective se sintió sumamente incómodo. Estaba acostumbrado a su cama matrimonial que sólo había compartido con Frederick y a las ventanas grandes que dejaban pasar el viento hacia su rostro. El lugar donde estaba en cambio era apestoso, olía a orina, la ventana era apenas un cuadrado pequeño con barras que cortaban la luz. Y por cama sólo había un colchón mohoso en el que no pensaba recostarse para dormir; al contrario, decidió quedarse de pie y brazos cruzados toda la noche pues respecto a la comodidad era bastante estricto. En aquella posición pudo detectar con claridad la figura del chico que lo acompañaba aunque él permanecía sentado en el suelo y con el rostro oculto en sus rodillas de tal manera que no pudo deducir qué estaría pensando. Al menos él sólo estaba preocupado de una cosa: ¿Quién habría llamado a la policía? Era imposible que fuera algún vecino pues aquella zona no era un barrio residencial, y aunque alguien hubiera llamado, ¿Por qué no había advertido a la policía que sólo era uno el causante del alboroto? Lo único que él y Frederick habían hecho era proteger la integridad del museo.

Cansado, pero sin mostrarlo en su rostro, Andrew continuó meditando en torno al causante de ese desastre. Él, sin duda, cometió un error al no llamar porque así había permitido que alguien más lo hiciera, pero era culpa de ese otro que fue tan inexacto con la llamada. Lo que más le molestaba de todo eso, sin embargo, no era el estar en prisión sino que nuevamente quedaba como un estúpido frente a su amigo que por entonces ya lo había pasado mal por su culpa, y para peor, tendría preocupado a su madre que estaba en su casa. Recordó también que ni siquiera habían comido.

-¿Tienes hambre? Tengo un caramelo en mi chaqueta…-

-No tengo apetito y si quisiera comer no sería un dulce…- susurró su compañero – Déjame dormir.

-Esta vez no fue mi culpa…- se defendió Andrew aunque en el fondo sí creyera en que él era el causante de la detención – Sospecho que hay alguien detrás de todo esto…-

-No me interesa, quiero dormir. No entiendo por qué esta semana no me han permitido dormir con tranquilidad…-

Frederick bostezó y se estiró con cuidado, luego tomó su cabello y le quitó el lazo para peinarse con los dedos. En la posición que estaba a Andrew se le hizo bastante atractivo, no sabía si por ese constante rechazo de aquel día o porque con las piernas juntas en el suelo y ese cabello suelto se parecía a una mujer. Al detective normalmente no le venía ninguna clase de instinto respecto al sexo opuesto o al suyo porque como antropólogo era bastante objetivo con las personas, pero en su interior no pudo negar que, de haber estado en la misma celda del joven, se habría acercado a abrazarlo y olerle la cabeza. ¿A qué olía Frederick de todas formas? Aunque era una persona muy desordenada nunca había sentido un ápice del olor de su transpiración y sin embargo, al pensar en ello, tampoco se le venía a la mente un perfume en particular. De ser así, pensaba el detective, si hubiera estado interesado en él como persona, al menos habría sentido la atracción a través de su perfume pues entre las parejas aquello era como miel para las abejas.

Tras una larga pausa de silencio, Andrew entrecerró los ojos más enfadado que antes porque no le gustaba que Frederick fuera tan poco cortés con él. Comparado con el primer día en que estuvieron juntos ya no era necesario que el chico le tratara mal cuando ni siquiera le hacía cosas malas. Ya no insinuaba que era una mujer – y menos cuando ya sabía que el histriónico sueño del joven era justamente serlo – y tampoco se burlaba de lo cobarde que era cuando tenía pesadillas. No debía tratarle mal sin razón.

Durante lo que restaba de la noche Frederick cambió varias veces de posición, pero siempre con cuidado porque no se atrevía a avanzar mucho por esa celda desde que había visto un ratón de treinta centímetros. Con su arma le habría disparado y ya, pero sin ella, imaginaba que el animal le contagiaría una enfermedad mortal, además su celda olía peor que la de su compañero. Tampoco pudo dormir así que comenzó a torturarse con diversos pensamientos, todos relacionados con quien quería. Por lo general, pensaba que Andrew se casaría y tomaría el cuerpo de quien ahora era su prometida, situación que le causaba repugnancia y una ira incontrolable, pero ese día también se imaginó solo, en un mundo donde Andrew le rechazaba por ser como era, o uno donde él se iría lejos y lo dejaría abandonado. No le importaba estar en prisión con él o por él, pero esperaba que quien amaba no lo abandonara ni dejara de tenerlo entre sus pensamientos.

Particularmente, lo que más le asustaba era el cambio de las personas con el paso del tiempo. Incluso el mundo estaba cambiando de forma muy brusca en muy pocos años y eran justo aquellos en los que él vivía; haber nacido cien años atrás le habría venido bien porque todos los días eran iguales y no existían demasiados progresos científicos. En un mundo como el que en él vivía no parecía que las relaciones o las promesas fueran muy duraderas; inventaban barcos y aviones para hacer viajar a las personas y separarlas de quienes amaban, las armas mataban a quienes alguien podía apreciar y las guerras eran las más peligrosas armas que separaban a familias enteras. No era un mundo estable en el que vivir, tampoco existían relaciones verdaderas. Te casan con quien tiene mejores posibilidades de acuerdo a quien eres y poco importa si se aman, esa es la realidad, pensó Frederick, y por ello no había manera de que Andrew estuviera con otra persona que no fuera su prometida. Ella tenía dinero al menos.

Según el joven, lo único malo de ser mujer era no tener la alternativa de decidir con quien casarse, eso era cosa del hombre. Él mismo, como tal, ya había rechazado a un par de chicas y su madre llegaba con una tercera propuesta, pero seguro esas mujeres no habrían podido rechazarlo a él. Le nació la duda sobre si la prometida de Andrew realmente lo amaba o si sólo lo hacía por deber. Se prometió a sí mismo preguntarle aunque le costara trabajo hablar con ella. Luego de hacerse esa promesa, Andrew le habló:

-¿Ese fue tu primer beso?

-¿Por qué preguntas semejante tontería? – lo miró de reojo mientras sostenía el colchón con ambas manos para arrojarlo sobre la rata a la que había detectado al fin.

-Desde que te conozco nunca te he visto con alguien a quien quisieras besar.

-Desde mi punto de vista las mujeres son asquerosas, yo no besaría a ninguna nunca y si algún día me casara a la fuerza le daría un hijo para que se contentara, luego me iría de la casa.

-Pero darle un hijo implica acciones más drásticas que un beso.

-No es lo mismo. Todos los hombres saben que una cosa es un beso y otra cosa es el sexo. Yo no doy besos porque sí, sólo a quien me gusta…- se sonrojó suavemente y luego saltó a otro extremo de su celda para apartarse de la rata que al tener gran flexibilidad se había salvado de la asfixia.

-Usa el lazo de tu cabello para amarrar a la rata y lánzala por la ventana.

-Claro que no, es mi lazo favorito.

Andrew no sabía que Frederick tuviera algo así como lazos favoritos, menos para el cabello. Eso le hizo pensar que era más adorable de lo que simulaba ser. Del beso prefirió no hacer comentarios, pero también le parecía bastante adorable que le hubiera regalado su primer beso aunque éste había sido demasiado inexperto. Al final, ninguno dijo nada, Andrew se quedó de pie y Frederick comenzó a escaparse de la rata que trataba de morderlo, eso hasta que amaneció y liberaron a los dos por cargos menores, mas sin el reconocimiento por haber atrapado al ladrón. Al día siguiente el Daily News anunciaría que Scotland Yard había sido el realizador de la hazaña.

Con el paso de los días, Andrew sintió la distancia en el joven quien no se había aparecido por la casa y pronto se enteró que tampoco estaba yendo a sus clases de derecho. No quería ir a su trabajo, porque si estaba allí lo interrumpiría y probablemente haría que se incomodara. Enfermo, en definitiva, no estaba porque la rata no lo había tocado y de por sí solía tener muy buena salud.

La madre de Frederick se había marchado luego de que éste había aceptado conocer a la joven que quería darle de prometida, aunque claro, únicamente lo hacía para quedarse a solas y cuando llegara el momento de conocer a la mujer la dejaría plantada. Luego de encontrarse solo simplemente se metió a la cama y allí se quedó. Primero intentó dormir para recuperar las horas perdidas de sueño, pero la luz le molestaba y no pudo hacerlo. No podía ir a clases sin dormir porque de lo aburridas que eran se dormiría y lo castigarían con golpes de regla así que prefirió faltar a ellas y quedarse en cama. Allí no dejó de pensar en cuán tonto era por la manera tan irregular en que había confesado sus sentimientos e imaginó en lo avergonzado que se sentiría si viera de nuevo a Andrew por lo que decidió que no lo vería hasta que transcurrieran unos días y fuera el detective quien lo llamara, sólo así podría sentir seguridad en que él no lo consideraba un verdadero raro.

Él no llegó. Al segundo día Frederick ya sentía la necesidad de verlo y hablarle, aunque fuera para regañarlo por alguna tontería e incluso discutir con él, no obstante carecía de la fuerza de voluntad para levantarse de la cama e ir a verlo. Esperó verlo en la pastelería junto a su prometida y para su sorpresa tampoco se apareció por allá. Así se deprimió más y optó por no ir a la biblioteca, después de todo tampoco tenía la obligación dado que se había quedado a vigilarla. Durmió casi quince horas, en las siguientes nueve no hizo ni sus deberes, no atendió el llamado de la mujer dueña de la pensión que se quejaba por la anterior presencia de su madre y tampoco atendió a uno de sus compañeros de estudio que era el único preocupado por él. Sí apareció al cuarto día.

-Frederick…- el hombre entró mientras leía uno de cuatro periódicos – Te pago varios chelines a la semana para que me compres el diario y no has ido a mi casa, ¿Acaso falleciste?

-¿Fallecer yo? ¿Te parezco muerto, Andrew?

-Ciertamente no, querido amigo… Sólo sospechaba porque me han dicho que nadie abría la puerta. Y como echaste a tu madre imaginé que habrías cometido suicidio.

-Lo haría si no me diera miedo morir…- susurró él mientras se secaba una lágrima que se le había formado tras varios días de pensamientos deprimentes – Claro, si no me diera miedo morir sería soldado.

-Los hombres allá abusarían de ti. ¿Estás enfermo? – se acercó a tomarle la temperatura con el dorso de la mano. Ante la cercanía, Frederick se sonrojó y Andrew se le quedó mirando fijamente a los ojos.

-¿Qué me miras?

-Tienes fiebre… Voy a quedarme cuidándote esta noche…- se separó con el rostro serio y los ojos cerrados con firmeza. Entonces se quitó la chaqueta, su sombrero y arremangó su camisa, después decidió tomar una fuente con agua y tomó un pañuelo de entre sus ropas para mojar la frente de Frederick.

-Andrew… No tengo fiebre, tú no sabes tomar la temperatura… Sólo estoy acalorado y sonrojado porque estaba en la cama desde anoche y ya son las dos de la tarde.

El hombre no le prestó atención sino que se dedicó a atenderlo como si de verdad estuviera enfermo y por más que el chico se quejara no recibió respuesta alguna. Sin embargo, no podía decir que no estuviera contento, pues mientras Andrew lo cuidaba estuvo tratándolo como a un niño e incluso le llevó la comida a la cama. Nuevamente tuvo una fantasía en la que él mismo se veía como una mujer siendo atendida por su marido; si hubiera sido una ya habría estado casada con él y compartirían la cama sin miedo. Entre tantos desvaríos similares, Frederick sintió que de verdad le daba fiebre así que se dejó caer en la cama para dormir y así olvidar a Andrew.

-¿Por qué no te vas? – le dijo de pronto.

-Estoy leyendo el periódico. Aunque este sofá que tienes es muy incómodo, creo que no me gusta para realizar la lectura, ¿Por qué no vas a mi casa y te quedas a dormir allá?

-No tengo intenciones de ir a tu casa, tu tonta prometida va muchas veces y no llama a la puerta.

-Tú tampoco lo haces… Por cierto, ya que hoy es sábado creo que deberíamos ir al parque donde nos conocimos, ¿Qué te parece mañana? Vayamos los tres…-

-¡Claro que no, odio a esa mujer! ¡Sabes que la odio, ¿Cómo te atreves a invitarla?!

Una vez más Andrew le ignoró y continuó con la lectura del diario. Al leer en él que el ladrón que había atrapado estaba libre frunció el ceño y más aún cuando leyó en otro periódico que supuestamente la captura fue hecha por Scotland Yard. A ellos ni siquiera lo mencionaban durante la noticia, ni como coautores del crimen u otros dos implicados. Nada. En cambio a Holmes junior lo nombraban en todos los periódicos y éste se daba el lujo de cubrirse la cara, como si todos los días le tomaran fotografías. Si estuviera en su lugar se tomaría amablemente una fotografía con todo aquel que se lo pidiera, pero debería tener cuidado para que no usaran su imagen.

Luego de expresar sus quejas abiertamente, se levantó para preparar la cena de ambos. En el pequeño dormitorio de Frederick no había cocina así que usó el escritorio como mesón para cortar los alimentos y la chimenea para calentar comida, aunque eso dio como resultado una comida con un gusto distinto al que una cocina decente habría otorgado. Si con tal esfuerzo Frederick se ponía feliz, a Andrew le parecía bien. No obstante, el chico se quejó porque otra vez no le agradaba el sabor de la carne, ¿Qué podía hacer el detective? Eso ya no era su culpa sino del joven que era tan quisquilloso que ni su madre debía de soportarlo, ¿Y si realmente se quejaba para llamar su atención? No le veía ningún objetivo así que sólo clavó sus ojos en él como diciéndole que forzadamente debía comerse todo. Frederick pareció entender la mirada y guardó silencio.

-Vayamos a la biblioteca hoy…- dijo el detective.

-No quiero ir…-

-¿Por qué no? En verdad no estabas enfermo, eso dijiste…-

-No digo que no quiero ir porque estoy enfermo sino que no tengo ganas. Si dices que el otro día alguien llamó a Scotland Yard para que nos llevaran detenidos como al ladrón entonces no hay que ir como si nada, no seas tan terco e ingenuo o cualquiera te engañará y yo no podré defenderte con una sola arma. Mejor diseña un buen plan.

-Esta vez tienes razón… Me alegra que lo hayas pensado.

-Es posible que incluso el ladrón haya sido falso. Lo pensé porque nunca vimos su cara, los policías nunca quisieron quitarle la capucha. O sea que sí, digo que fueron esos farsantes de Scotland Yard para que nos rindamos, y de verdad pienso que tienen razón.

-¿Por qué? – lo miró sin cambiar su expresión del rostro.

-Tú mismo lo dijiste, la vida no es lo que parece. Esto de los detectives es muy mala idea, en serio, y sólo jugamos a eso porque bueno, tú tenías veinte años y yo quince, éramos como dos niños jugando a la guerra y no me parece que debamos seguir sólo porque resolvimos un par de casos.

-Una cosa es resolver misterios y la otra es pretender ser un héroe, eso fue lo que yo dije. Holmes juega a ser héroe de todas las historias, yo no. Bien, cambiemos el tema, ¿Por qué has estado deprimido estos días? Quiero saberlo y no me mientas, reconozco cada uno de tus movimientos.

Al oír la última frase, Frederick sintió que sus mejillas cobraban un color aún más carmín sobretodo porque así confirmaba su teoría de que Andrew sabía cuánto él lo amaba. Es decir que se había hecho el tonto y fingía hacerse el que era idiota de remate para reconocer los sentimientos ajenos. De buena gana le habría lanzado un puñetazo de no ser porque el hombre volvió a hablarle. Frederick se había arreglado el cabello poniéndolo detrás de su oreja a lo que el detective había dicho: Ah, estás avergonzado, no deberías ya que sólo soy yo. Esas palabras eran absurdas pues parecían de alguien que tomaba el cuerpo de una mujer e intentaba calmarla para que le dejara ver su desnudez. Su respiración entonces se entrecortó y se cubrió con las mantas, ahí su amigo dijo: ¿Por qué te pones nervioso? Y acto seguido se acercó para tocarle el lóbulo de la oreja.

Andrew no conocía la razón por la que de pronto sentía deseos de tocarle la oreja a su amigo. Por lo general no le parecía una parte bonita del cuerpo, menos las de Frederick que tenían cicatrices, sin embargo, en ese momento quería tocarla no sólo con sus dedos sino que también con sus labios. Le parecía que debía proteger el cuerpo indefenso de ese joven que le daba su amor incondicional a pesar de lo brusco que podía ser con sus gestos y más aún, con sus palabras. Resistió la tentación de hundir sus labios en su oído y susurrarle cualquier cosa que inquietara a Frederick, pero no pudo evitar buscar el aroma en su cuerpo pues de pronto había recordado que en la distancia de la celda olvidó cómo olía.

Se sentó en la cama mientras aún le acariciaba el lóbulo de su oreja, tomó a Frederick por los brazos y con una mirada tan intensa que el chico no reconoció, lo sostuvo para abrazarlo contra su cuerpo. Para Andrew ese era un gesto común, ya lo había experimentado antes con otras mujeres, pero claro, él era hombre, cosa que no le importó dado que lo conocía como si se tratara de un hermano, no obstante, no se podía explicar aquella mirada que apenas y había notado. En ese abrazo donde Andrew sentía el rostro del joven sobre su pecho, decidió que para poder obtener el olor de su cuerpo no podía estar en esa posición y fue él quien se inclinó hacia el pecho de Frederick para acercar su perfilada nariz por entre la abertura de la camisa. Se quedó en esa posición.

Frederick que era tan torpe en esas cosas se alteró al punto que su corazón empezó a latir el doble de fuerte y su cuerpo se estremeció estimulado por tal cercanía. Era como si fuera la primera vez en que sus pieles se rozaban en partes del cuerpo que no fueran sus manos estrechándose en un saludo, por ello, su reacción más consciente, y a la vez inconsciente, fue apoyar una mano en la cabeza de Andrew y otra en su espalda para impedir que se alejara. Esperaba un beso en su pecho o que de pronto sus pasiones se desataran, con tal cercanía sería lo más normal.

-¿Qué dices sentir por mí, Frederick? – preguntó de pronto Andrew.

-Yo… yo te amo… ¿Por qué preguntas eso?

-¿Y si te tocara? ¿Cómo te sentirías? ¿No te daría miedo?

-Si me tocaras… no tendría miedo, al contrario, sería muy feliz… aunque suene como la típica frase que sueltan todos, es porque eres tú, por eso no me daría miedo…- inició una serie de caricias en su cabello mientras sus ojos se cerraban por inercia – Claro, si me tocaras sería muy feliz porque te amo… pero te conozco y no estás haciendo esto porque me ames también porque a ti te gustan las mujeres, siempre lo he sabido. No te atraigo siquiera…-

-Sólo quería sentir tu aroma… Llevo cuatro días sólo pensando en eso… pero ahora que siento tu aroma veo que hueles a ropa limpia y a jabón, me siento decepcionado porque por más que pensara sólo tenía opciones demasiado atractivas cuando sólo hueles a una persona común y corriente, incluso hueles un poco a libros. ¿Y el cabello?

-No lo huelas… debe estar sucio porque me quedé en cama mucho tiempo…- dijo Frederick mientras apartaba al hombre con cuidado, pero no pudo evitarle cuando él tomó un mechón de cabello de entre los más largos.

-Hueles a vainilla…-

A Andrew no le gustaba la vainilla pero el aroma de ella resultaba más satisfactorio que el de los libros viejos por lo que terminó sonriendo imperceptiblemente mientras depositaba un beso en la frente del joven para luego ordenarle el cabello. Como hasta entonces lo llevaba desordenado decidió peinárselo y atárselo con el lazo favorito del chico y así se dio cuenta que su cabello era una de las pocas partes de su cuerpo que le gustaban de Frederick, de ahí que debía de venir su fetiche con él, sólo el cabello bien cuidado, y con razón porque en esa época no había hombres que lo llevaran en tan bonito peinado. Por otra parte, a Frederick le gustaban mucho más los cabellos rubios y el suyo lo mantenía largo porque nunca lo había imaginado de otra forma. Y bueno, porque secretamente, temía a las tijeras.

-Bien, ya he terminado…- dijo Andrew – Vístete y vamos a la biblioteca, sé que hay algo en ella…-

-¿Otra vez? – suspiró el joven.

-Tengo un plan para entrar sin que nos descubran, confía en mí.

-Aceptaré ir si me dejas hacer algo más…-

-Claro…- El detective bostezó algo cansado pues el misterio del cabello de Frederick ya había sido resuelto así que ya no se sentía tan emocionado como antes, por lo cual se dejó caer en el sofá.

Frederick sonrió con un dejo de arrogancia y se levantó de la cama para acercarse al viejo sofá, allí con ambas manos y con mucho cuidado, sacó las gafas del hombre pues sabía que sin ellos veía realmente mal. Esperó a que sus miradas se encontraran unos segundos y entonces se acercó a él para apoyar una mano en su mejilla y besarlo. De haber podido, Andrew habría reído por la insistencia del joven que lo besaba aún cuando había sido rechazado por segunda vez, y como para darle un premio de consuelo, aprovechando que sin gafas no le parecía ni hombre ni mujer, sólo un ser humano al que quería, lo tomó por los hombros y correspondió al beso unos segundos más que en la ocasión anterior. No tenía planeado darle más expectativas, sólo darle un pequeño regalo. Sus lenguas se rozaron sutilmente, pero lo suficiente para alterar al chico que en ese momento se apartó y le regresó los anteojos a su compañero.

-Vamos…- dijo el rubio finalmente.

Varios días después de aquel inusual acontecimiento, uno aún más extraño llamó a la puerta de la casa de Andrew cuando él y su joven compañero comían un platillo que el segundo al fin consideró apropiado y devoraba con ganas. Se vio interrumpido y molesto cuando llamaron a la puerta y se levantó para abrir mientras se quejaba en voz alta, rascando su bien peinado cabello en un gesto varonil para que Andrew no pensara que de verdad era un amanerado porque ni a él mismo le gustaba pensar que lo era. Cuando abrió la puerta gritando que no le gustaba ser molestado a la hora de la comida vio un paquete grande y delgado bien envuelto. Regresó a la mesa con el paquete y se lo entregó a Andrew pues no tenía remitente. Al abrirlo vieron un cuadro con el dormitorio de Frederick, lo cual ya era aterrador, sin embargo, aún más aterrador fue ver en él a dos personas abrazadas, una con el rostro apoyado en el pecho del otro, y el otro acariciando el cabello del primero. Eran los dos hombres.