Call se las había arreglado para ponerle a Estrago su mochila roja. El lobo se había debatido con él al intentarlo por primera vez, pensando que era una especie de juego. Luego, ya cansado de hacerlo por la fuerza, Call se sentó encima de la mochila y dejó que Estrago se calmara. Este, al ver que no podía separar la bolsa del trasero de su amo, se había resignado y sentado delante de él, expectante.
En esa postura, Call le explicó que la bolsa llevaba su cama y sus accesorios y juegos y que, por la tanto, era responsabilidad suya llevarla. Así que Estrago se levantó y permitió que el chico le colocara la mochila.
Con todo el jaleo que habían montado, el autobús que debía llevarlos al Magisterium llegó antes de que ellos estuvieran preparados. El lobo bajó a trompicones por las escaleras en cuanto oyó el sonido el claxón, y Call por poco cae sobre su padre al deslizarse por la barandilla.
-¡Call!-Le regañó Alastair.-¿Qué te he dicho sobre hacer eso?
-Perdón.-Se disculpó él, con una sonrisita inocente en los labios.-No volverá a pasar.-Y se dirigió junto a Estrago, que arañaba con prisas la puerta.
-"Es un lobo muy inteligente."Pensó Call, orgulloso, y hundió sus dedos en el pelaje gris. Ahora no tenía que agacharse para hacerlo, Estrago había crecido tanto que ya le llegaba a la cintura. Se imaginó cómo reaccionarían Aaron y Tamara. Con sorpresa, supuso.
Cogió el abrigo del perchero y se giró para despedirse de su padre. Alastair tenía una expresión taciturna en el restro, y Call temió que se arrepintiera en el último momento y no lo dejara marchar. Pero eso no ocurrió, al contrario, repentinamente su padre se abalanzó hacia él y lo abrazó con fuerza.
Call no supo qué hacer, jamás había experimentado nada igual antes, no estaba acostumbrado al contacto físico.
-Te echaré de menos.-Dijo al fin, mientras su padre se separaba.
-Yo también a ti.-Contestó él.
Estrago gimió. Desplazaba su mirada de ellos y a la puerta.
-Creo que ya es hora de irse.-Dijo Alastair, y accionó el pomo.
Estrago salió primero, impaciente, y esperó a Call ante la entrada del autobús. Era el mismo que lo había llevado por primera vez al Magisterium, y al joven mago le invadieron un montón de recuerdos desagradables. En esos momentos se arrepentía de lo que había dicho.
Al salir se volvió para dirigirle una última mirada a su padre, quien levantó el pulgar en señal de ánimo. Call le sonrió y dejó el equipaje en el maletero del autobús, no sin cierto esfuerzo. Había llenado su maleta con todo lo necesario para su estancia en el Magisterium: ropa, suministro de caramelos para tres meses, mp3 portatil con cascos, ebook (llenado con exactamente los ciento cincuenta y siete libros preferidos de Call), cargador de tablet, libreta de apuntes, dieciseis bolígrafos, quince lápices, trece gomas de borrar, álbum de fotos llenado a la mitad, cámara de fotos (con su respectivo cargador), y el único libro de magia que su padre había conservado: el antiguo Códex platinum de su madre, el gran libro (por tamaño e importancia) que reunía absolutamente todos los principios de la alquimia, por muy desconocidos que sean.
-"Sólo hay cinco ejemplares además de este en el mundo,"-Le había dicho su padre.-"porque sus páginas no se pueden fotocopiar ni imprimir, deben ser escritas a mano por un mago para que no pierdan su poder."
-"Entonces mamá..."-Había intentado preguntar Call.
-"En efecto."-Contestó Alastair, adelantándose.-"Tu madre copió a escondidas durante dos años el Códex platinum del Magisterium."
Con lo cuál, gracias a todas las cosas que llevaba en la maleta, Call tuvo que hacerla levitar sigilosamente para poder meterla, junto a las demás, en el autobús.
Los Maestros del Magisterium insistían en que estaba haciendo grandes progresos, y la ayuda de Cassandra Volkov era indispensable. Sin embargo, por mucho que pareciera imposible, Aaron empezaba a sentir que cada vez la magia del caos se resistía más.
Era el último día de verano, y el chico esperaba con impaciencia en medio del vestíbulo a que las puertas de la academia se abrieran para poder ver de nuevo a sus tres mejores amigos: Tamara, Call, y Estrago. Hacía poco que había terminado el entrenamiento diario con Cassy, que era como había obligado a Aaron a llamarla, y aún tenía el cabello húmedo por el agua de la ducha.
La misteriosa mujer de pelo blanco se encontraba rígida a su espalda, tan silenciosa y pegada a la pared de roca que no se notaba que estaba allí. Tendría unos cincuenta años, y la melena recogida en un moño del color de la cera. En su momento habría sido rubia, pero a sus cincuenta años apenas conservaba vestigios de su antigua belleza. Tenía un porte delicado y un cintura de avispa. Un rostro severo (a pesar de que se hacía llamar Cassy) de pómulos afilados y absolutamente ninguna arruga. Aaron supuso que era gracias a la magia.
Él estaba en medio del vestíbulo, sin decir palabra, con sus bellos ojos azules fijos en la puerta metálica que pronto se abriría para dejar paso a los alumnos del curso de cobre. Ella le observaba entre las sombras, y Aaron podía notar su gélida mirada escrutándole la nuca. Durante los dos meses que había pasado en el Magisterium, solo se habían separado para dormir.
El sonido chirriante de las puertas resonó por toda la estancia. Las paredes de roca multiplicaron el sonido de las ilusionadas voces y, en cuanto la rendija fue lo suficientemente grande como para pasar, una oscura figura babeante se abalanzó sobre Aaron.
A Cassy no le dio tiempo a reaccionar, estaba con la guardia baja. Si Estrago hubiera sido un caotizado salvaje, Aaron ya estaría muerto. Por suerte, el enorme lobezno tiró al chico al suelo y se limitó a lamerle la cara.
-Estrago, ¡para!-Gritó Aaron en medio de un ataque de risa.-¡Estrago!
Un potente silbido retumbó en sus oídos. Al instante, el lobo se separó de él y empezó a dar vueltas alrededor de Call.
-¡Hey, Aaron!-Saludó el mago, levantando el brazo.-Estrago ha crecido mucho este verano, ¡me ha costado lo suyo colocarle la mochila a cuestas!
Aaron prorrumpió a carcajadas al ver la pinta que tenía Estrago, y luego alzó la mirada hacia su amigo. Call también había crecido unos centímetros, casi estaban a la misma altura. Su cascada de rizos negros parecía más salvaje que antes, como indomable, y le caía por debajo de las orejas. Tenía el pelo más largo.
Aaron, al contrario, lo llevaba más corto. Cassy le había obligado a llevarlo así, para mayor comodidad en los combates.
Detrás de Call apareció Tamara, era la que más había crecido, ahora estaba más alta y tenía una figura más femenina. Sus perfectas trenzas no habían cambiado, y tampoco su forma de correr. Se abalanzó sobre Aaron en cuanto lo vio, y por poco lo tira de nuevo en un intento de abrazarlo.
-A mi me hizo lo mismo.-Comentó Call, sonriente.
-Qué alegría veros a todos.-El Maestro Rufus surgió de uno de los túneles como un fantasma.
Tuvo que carraspear para que le atendieran, todos estaban saludando al makaris. Celia también lo abrazó, Jasper se limitó a tenderle la mano, y Call no le quitaba el ojo a Estrago, que parecía muy contento y olisqueaba el lugar con interés.
-No te hacen mucho caso...-Susurró la Maestra Milagros, apareciendo detrás de Rufus.
Los demás profesores surgieron uno a uno de entre las sombras. Algunos sonrieron, y comentaron que aquel era el curso con la mayor ilusión.
Call fue el primero en darse cuenta, silbó como había hecho con Estrago y todo el mundo le prestó atención. Señaló con la cabeza a los Maestros, y la sala quedó en silencio.
-Por fin...-Suspiró Rufus, severo.-Entiendo toda vuestra emoción, pero como sigáis así el resto del año seréis vulnerables a emboscadas.
Hubo un rumor general, como si de repente todos se acordaran de Constantine Madden, el Tratado y sus secuaces. Y así era, en cierta forma.
-Tenemos algo que anunciaros.-Prosiguió la Maestra Milagros con solemnidad. A pesar del aspecto joven (ahora su pelo, en vez de rosa, era violeta), conseguía que los alumnos la tomaran en serio tanto como al fornido Rufus.-A raíz de los hechos ocurridos a finales del curso pasado, la Asamblea ha tomado una importante decisión.-Tamara miró asustada a Call y a Aaron. Este último ya sabía de qué iba la cosa. Hasta Estrago había erguido sus orejas y miraba a la Maestra Milagros con cierta intriga. Era un lobo muy listo.-La Asamblea ha escuchado el incidente de Drew Wallace y el caotizado y nuestros espías han verificado que quien orquestó toda la operación se trataba...
Tragó saliva e hizo una pausa, girando la cabeza para mirar a Rufus con preocupación.
"Un gesto de debilidad," Pensó Call con amargura. "creía que los Maestros no se dignaban a eso." De haberlo dicho en alto, se hubiera sorprendido de sus propias palabras. En aquel momento no se dio cuenta.
-De Constantine Madden.-Exclamó el Maestro Rufus con una voz potente. La última sílaba (den) se escuchó varias veces antes de perderse por los túneles.
Los murmullos asustados y de sorpresa comenzaron. Aaron bajó la cabeza y a Call le recorrió un escalofrío.
Le ocurría cada vez que mencionaban el tema, no podía evitar pensar que todas esas muertes eran culpa suya.
Esa idea le atormentaba desde hacía mucho.
-¡Chicos, chicos!-Milagros trató de captar su atención en vano.
Call volvió a silbar, y el vestíbulo quedó de nuevo en silencio.
-Bien. Como acaba de decir mi compañero, Rufus, hemos confirmado que es muy probable que Drew Wallace tenga parentesco con uno de los magos más influyentes del otro bando...
-¿Otro bando?-Preguntó alguien. Call reconoció la voz de Rafe.
-Sí, sí... El Enemigo y sus partidarios.
-¿Cuantos son en total?
-Señorita Mawson, contestaremos a ese tipo de preguntas otro día, ahora tenemos que acabar rápido para liberar el vestíbulo y que se instalen, ¿le queda claro?-No hubo respuesta.-Bien, en tal caso proseguiré. Como iba diciendo, creemos que el falso Drew Wallace era en realidad el hijo del Maestro Joseph que, como todos sabéis, fue un gran mago en su tiempo y, como su alumno más célebre, enloqueció. Ahora está completamente obsesionado con revivir a los muertos, y no se detendrá ante nada para conseguirlo. Es nuestro deber como magos pararle los pies, y por ello la Asamblea ha decretado empezar los…-Carraspeó.- los preparativos de guerra.
Los murmullos comenzaron de nuevo. Aaron mantenía la cabeza gacha, como avergonzado. Muchos lo miraron con gesto inquisitivo, entre ellos Tamara. Él era el makaris, debía saber algo más.
Call no miraba a Aaron, estaba demasiado ocupado procurando que el corazón no le saltara del pecho.
Otra guerra. Una guerra inminente. Y lo peor era que él era el enemigo.
Estrago se apegó a su pierna buena, sus ojos caleidoscópicos brillando. Aquel gesto reconfortó a Call, que estiró el brazo para acariciarle.
Estrago podía resultar aterrador a veces, pero Call sabía que a él no le haría daño.
-Vuestros respectivos Maestros os explicarán las situación actual en cuanto empiecen las clases, -Intervino North.- aún estamos organizando el nuevo temario, mucho más inclinado al combate, con la inestimable ayuda de la Maestra Cassandra Volkov, que se ha ofrecido para solucionar cualquier duda que tengáis sobre el arte de la guerra y los duelos.
Call frunció el ceño, muchos otros también. Miró de reojo a Aaron, que levantó la cabeza y articuló "te lo explicaré luego", y volvió a desviar la mirada.
-A continuación, -Dijo la Maestra Milagros.- seguiréis a vuestros profesores hasta las habitaciones, y nos veremos mañana.
Los demás alumnos cuchicheaban por lo bajo. Rufus se hizo a un lado e indicó a sus aprendices que le acompañaran. Call le sonrió a Celia en cuanto pasó por su lado y le dedicó a Jasper una mirada de odio. Ella se sonrojó, y él le devolvió la mueca.
En cuando el oscuro cogote de su rival desapareció, Call se dispuso a seguirlo, pensando que su Maestro iría detrás. Por el contrario, una poderosa extremidad le aferró la capucha de la sudadera.
-¿Desobedeciendo ya el primer día, Callum?-Sorprendentemente, la voz le resultó familiar y, haciendo caso a la lógica, desconocida. Era una mujer de timbre grave y severo.
Call se giró, y se topó con una figura curvilínea envuelta por completo en los trajes negros de mago. Imponía, tal vez porque era más alta que él, tal vez porque sus ojos grises estaban clavados en los suyos como estalagmitas
-Me llamo Cassandra Volkov, -No le dio más tiempo a Call para amedrentarse.- pero llámame Cassy, si no te importa, y yo te llamaré Call.
Le tendió la mano. El joven aprendiz intentó no arquear las cejas, pero el desconcierto se le notaba hiciera lo que hiciera. Cassy no parecía el tipo de mujer al que le gustaba que la tutearan, y miraba a Call sin el más mínimo atisbo de agrado. Parecía como el profesor de lengua que le tenía manía cuando iba al instituto de su pueblo; o el de matemáticas, al que tampoco le caía demasiado bien; o el alcalde, que había atribuído el incidente de los ratones a una organización animalista. Pensándolo mejor, Call no era demasiado popular en su pueblo, así que aquella señora era la más normal de todo el Magisterium.
Le estrechó la mano y se esforzó por sonreír.
Ella levantó las cejas, cuidadosamente depiladas, en una expresión de sorpresa. Un fantasma de preocupación cruzó momentáneamente su rostro, y luego se presentó cordialmente ante Tamara. Ella no quería que la llamasen Tamy.
- A partir de ahora, Cassandra me acompañará en vuestras lecciones. -Intervino Rufus cuando Cassy acabó.- Como aprendices más prometedores de vuestro curso, recibiréis un entrenamiento más duro que los demás con la finalidad de apoyar y proteger a Aaron.-Fue todo un gesto de su parte no llamarlo "makaris".- Tres tardes a la semana, ella se lo llevará para que aprenda a controlar la magia del caos.-Explicó y, aunque su expresión no cambió en absoluto, su tono se transformó en algo más ameno cuando añadió por lo bajo:.- Espero grandes cosas de vosotros, chicos, no me decepcionéis.
Se dio la vuelta, y empezó a caminar hacia el oscuro pasillo. Estrago esperó a que Call se pusiera en marcha, con la maleta levitando detrás. Cassandra había desaparecido, y Aaron le explicó que solía hacerlo. Volvieron a escuchar las puertas del Magisterium abriéndose, y un nuevo curso entrando en el vestíbulo. Call divisó los rizos de Alex Strike entre ellos, pero ni siquiera pensó en saludarle.
Fue entonces cuando sintieron realmente que el curso había comenzado.
